La cuesta de las comadres de Juan Rulfo

Los difuntos Torricos siempre fueron buenos amigos míos. Tal vez en Zapotlán no los quisieran pero, lo que es de mí, siempre fueron buenos amigos, hasta tantito antes de morirse. Ahora eso de que no los quisieran en Zapotlán no tenía ninguna importancia, porque tampoco a mí me querían allí, y tengo entendido que a nadie de los que vivíamos en la Cuesta de las Comadres nos pudieron ver con buenos ojos los de Zapotlán. Esto era desde viejos tiempos.
Por otra parte, en la Cuesta de las Comadres, los Torricos no la llevaban bien con todo mundo. Seguido había desavenencias. Y si no es mucho decir, ellos eran allí los dueños de la tierra y de las casas que estaban encima de la tierra, con todo y que, cuando el reparto, la mayor parte de la Cuesta de las Comadres nos había tocado por igual a los sesenta que allí vivíamos, y a ellos, a los Torricos, nada más un pedazo de monte, con una mezcalera nada más, pero donde estaban desperdigadas casi todas las casas. A pesar de eso, la Cuesta de las Comadres era de los Torricos. El coamil que yo trabajaba era también de ellos: de Odilón y Remigio Torrico, y la docena y media de lomas verdes que se veían allá abajo eran juntamente de ellos. No había por qué averiguar nada. Todo mundo sabía que así era.
Sin embargo, de aquellos días a esta parte, la Cuesta de las Comadres se había ido deshabitando. De tiempo en tiempo, alguien se iba; atravesaba el guardaganado donde está el palo alto, y desaparecía entre los encinos y no volvía a aparecer ya nunca. Se iban, eso era todo.
Y yo también hubiera ido de buena gana a asomarme a ver qué había tan atrás del monte que no dejaba volver a nadie; pero me gustaba el terrenito de la Cuesta, y además era buen amigo de los Torricos.
El coamil donde yo sembraba todos los años un tantito de maíz para tener elotes, y otro tantito de frijol, quedaba por el lado de arriba, allí donde la ladera baja hasta esa barranca que le dicen Cabeza del Toro.
El lugar no era feo; pero la tierra se hacía pegajosa desde que comenzaba a llover, y luego había un desparramadero de piedras duras y filosas como troncones que parecían crecer con el tiempo. Sin embargo,
el maíz se pegaba bien y los elotes que allí se daban eran muy dulces. Los Torricos, que para todo lo que se comían necesitaban la sal de tequesquite, para mis elotes no, nunca buscaron ni hablaron de echarle tequesquite a mis elotes, que eran de los que se daban en Cabeza del Toro.
Y con todo y eso, y con todo y que las lomas verdes de allá abajo eran mejores, la gente se fue acabando. No se iban para el lado de Zapotlán, sino por este otro rumbo, por donde llega a cada rato ese
viento lleno del olor de los encinos y del ruido del monte. Se iban callados la boca, sin decir nada ni pelearse con nadie. Es seguro que les sobraban ganas de pelearse con los Torricos para desquitarse de
todo el mal que les habían hecho; pero no tuvieron ánimos.
Seguro eso pasó.
La cosa es que todavía después de que murieron los Torricos nadie volvió más por aquí. Yo estuve esperando. Pero nadie regresó. Primero les cuidé sus casas; remendé los techos y les puse ramas a los agujeros de sus paredes; pero viendo que tardaban en regresar, las dejé por la paz. Los únicos que no dejaron nunca de venir fueron los aguaceros de mediados de año, y esos ventarrones que soplan en
febrero y que le vuelan a uno la cobija a cada rato. De vez en cuando, también, venían los cuervos; volando muy bajito y graznando fuerte como si creyeran estar en algún lugar deshabitado.
Así siguieron las cosas todavía después de que se murieron los Torricos.
Antes, desde aquí, sentado donde ahora estoy, se veía claramente Zapotlán. En cualquier hora del día y de la noche podía verse la manchita blanca de Zapotlán allá lejos. Pero ahora las jarillas han crecido muy tupido y, por más que el aire las mueve de un lado para otro, no dejan ver nada de nada.
Me acuerdo de antes, cuando los Torricos venían a sentarse aquí también y se estaban acuclillados horas y horas hasta el oscurecer, mirando para allá sin cansarse, como si el lugar este les sacudiera sus pensamientos o el mitote de ir a pasearse a Zapotlán. Sólo después supe que no pensaban en eso. Únicamente se ponían a ver el camino: aquel ancho callejón arenoso que se podía seguir con la mirada desde el comienzo hasta que se perdía entre los del cerro de la Media Luna.
Yo nunca conocí a nadie que tuviera un alcance de vista como el de Remigio Torrico. Era tuerto. Pero el ojo negro y medio cerrado que le quedaba parecía acercar tanto las cosas , que casi las traía junto a sus manos. Y de allí a saber que bultos se movían por el camino no había ninguna diferencia. Así, cuando su ojo se sentía a gusto teniendo en quien recargar la mirada, los dos se levantaban de su divisadero y desaparecían de la Cuesta de las Comadres por algún tiempo
Eran los días en que todo se ponía de otro modo aquí entre nosotros. La gente sacaba de las cuevas del monte sus animalitos y los traía a amarrar en sus corrales. Entonces se sabía que había borregos y guajolotes. Y era fácil ver cuántos montones de maíz y de calabazas amarillas amanecían asoleándose en los patios. El viento que atravesaba los cerros era más frío que otras veces; pero, no se sabía por que, todos allí decían que hacía muy buen tiempo. Y uno oía en la madrugada que cantaban los gallos como en cualquier lugar tranquilo, y aquello parecía como si siempre hubiera habido paz en la Cuesta de las Comadres.
Luego volvían los Torricos. Avisaban que venían desde antes que llegaran, porque sus perros salían a la carrera y no paraban de ladrar hasta encontrarlos. Y nada más por los ladridos todos calculaban la distancia y el rumbo por donde irían a llegar. Entonces la gente se apuraba a esconder otra vez sus cosas. Siempre fue así el miedo que traían los difuntos Torricos cada vez que regresaban a la Cuesta de las Comadres.
Pero yo nunca llegué a tenerles miedo. Era buen amigo de los dos y a veces hubiera querido ser un poco menos viejo para meterme en los trabajos en que ellos andaban. Sin embargo, ya no servía yo para mucho. Me di cuenta aquella noche en que les ayudé a robar a un arriero. Entonces me di cuenta de que me faltaba algo. Como que la vida que yo tenía estaba ya muy desperdiciada y no aguantaba más estirones. De eso me di cuenta.
Fue como a mediados de las aguas cuando los Torricos me convidaron para que les ayudara a traer unos tercios de azúcar. Yo iba un poco asustado. Primero, porque estaba cayendo una tormenta de esas en que el agua parece escarbarle a uno por debajo de los pies. Después, porque no sabía adónde iba. De cualquier modo, allí vi yo la señal de que no estaba hecho ya para andar en andanzas.
Los Torricos me dijeron que no estaba lejos el lugar adonde íbamos. “En cosa de un cuarto de hora estamos allá”, me dijeron. Pero cuando alcanzamos el camino de la Media Luna comenzó a oscurecer y cuando llegamos a donde estaba el arriero era ya alta la noche.
El arriero no se paró a ver quién venía. Seguramente estaba esperando a los Torricos y por eso no le llamó la atención vernos llegar. Eso pensé. Pero todo el rato que trajinamos de aquí para allá con los tercios de azúcar, el arriero se estuvo quieto, agazapado entre el zacatal. Entonces le dije eso a los Torricos. Les dije:
—Ese que está allí tirado parece estar muerto o algo por el estilo.
—No, nada más ha de estar dormido —me dijeron ellos—. Lo dejamos aquí cuidando, pero se ha de haber cansado de esperar y se durmió.
Yo fui y le di una patada en las costillas para que despertara; pero el hombre siguió igual de tirante.
—Está bien muerto —les volví a decir.
—No, no te creas, nomás está tantito atarantado porque Odilón le dio con un leño en la cabeza, pero después se levantará. Ya verás que en cuanto salga el sol y sienta el calorcito, se levantará muy aprisa y se irá en seguida para su casa. ¡Agárrate ese tercio de allí y vámonos! —fue todo lo que me dijeron.
Ya por último le di una última patada al muertito y sonó igual que si se la hubiera dado a un tronco seco. Luego me eché la carga al hombro y me vine por delante. Los Torricos me venían siguiendo.
Los oí que cantaban durante largo rato, hasta que amaneció. Cuando amaneció dejé de oírlos. Ese aire que sopla tantito antes de la madrugada se llevó los gritos de su canción y ya no pude saber si me seguían, hasta que oí pasar por todos lados los ladridos encarrerados de sus perros.
De ese modo fue como supe qué cosas iban a espiar todas las tardes los Torricos, sentados junto a mi casa de la Cuesta de las Comadres.
A Remigio Torrico yo lo maté.
Ya para entonces quedaba poca gente entre los ranchos. Primero se habían ido de uno en uno, pero los últimos casi se fueron en manada. Ganaron y se fueron, aprovechando la llegada de las heladas. En años pasados llegaron las heladas y acabaron con las siembras en una sola noche. Y este año también. Por eso se fueron. Creyeron seguramente que el año siguiente sería lo mismo y parece que ya no se sintieron con ganas de seguir soportando las calamidades del tiempo todos los años y la calamidad de los Torricos todo el tiempo.
Así que, cuando yo maté a Remigio Torrico, ya estaban bien vacías de gente la Cuesta de las Comadres y las lomas de los alrededores.
Esto sucedió como en octubre. Me acuerdo que había una luna muy grande y muy llena de luz, porque yo me senté afuerita de mi casa a remendar un costal todo agujerado, aprovechando la buena luz de la luna, cuando llegó el Torrico.
Ha de haber andado borracho. Se me puso enfrente y se bamboleaba de un lado para otro, tapándome y destapándome la luz que yo necesitaba de la luna.
—Ir ladereando no es bueno —me dijo después de mucho rato—. A mí me gustan las cosas derechas, y si a ti no te gustan, ahí te lo haiga, porque yo he venido aquí a enderezarlas.
Yo seguí remendando mi costal. Tenía puestos todos mis ojos en coserle los agujeros, y la aguja de arria trabajaba muy bien cuando la alumbraba la luz de la luna. Seguro por eso creyó que yo no me preocupaba de lo que decía:
—A ti te estoy hablando —me gritó, ahora sí ya corajudo—. Bien sabes a lo que he venido.
Me espanté un poco cuando se me acercó y me gritó aquello casi a boca de jarro». Sin embargo, traté de verle la cara para saber de qué tamaño era su coraje y me le quedé mirando, como preguntándole a qué había venido.
Eso sirvió. Ya más calmado se soltó diciendo que a la gente como yo había que agarrarla desprevenida.
—Se me seca la boca al estarte hablando después de lo que hiciste —me dijo—; pero era tan amigo mío mi hermano como tú y sólo por eso vine a verte, a ver cómo sacas en claro lo de la muerte de Odilón.
Yo lo oía ya muy bien. Dejé a un lado el costal y me quedé oyéndolo sin hacer otra cosa.
Supe cómo me echaba a mí la culpa de haber matado a su hermano. Pero no había sido yo. Me acordaba quién había sido, y yo se lo hubiera dicho, aunque parecía que él no me dejaría lugar para platicarle cómo estaban las cosas.
—Odilón y yo llegamos a pelearnos muchas veces —siguió diciéndome—. Era algo duro de entendeder y le gustaba encararse con todos, pero no pasaba de allí. Con unos cuantos golpes se calmaba. Y eso es lo que quiero saber: si te dijo algo, o te quiso quitar algo o qué fue lo que pasó. Pudo ser que te haya querido golpear y tú le madrugaste. Algo de eso ha de haber sucedido.
Yo sacudí la cabeza para decirle que no, que yo no tenía nada que ver…
—Oye —me atajó el Torrico—, Odilón llevaba ese día catorce pesos en la bolsa de la camisa. Cuando lo levanté, lo esculqué y no encontré esos catorce pesos. Luego ayer supe que te habías comprado una frazada.
Y eso era cierto. Yo me había comprado una frazada. Vi que se venían muy aprisa los fríos y el gabán que yo tenía estaba ya todito hecho garras, por eso fui a Zapotlán a conseguir una frazada. Pero para eso había vendido el par de chivos que tenía, y no fue con los catorce pesos de Odilón con lo que la compré. Él podía ver que si el costal se había llenado de agujeros se debió a que tuve que llevarme al chivito chiquito allí metido, porque todavía no podía caminar como yo quería.
—Sábete de una vez por todas que pienso pagarme lo que le hicieron a Odilón, sea quien sea el que lo mató. Y yo sé quién fue —oí que me decía casi encima de mi cabeza.
—De modo que fui yo? —le pregunté.
—¿Y quién más? Odilón y yo éramos sinvergüenzas y lo que tú quieras, y no digo que no llegamos a matar a nadie; pero nunca lo hicimos por tan poco. Eso sí te lo digo a ti.
La luna grande de octubre pegaba de lleno sobre el corral y mandaba hasta la pared de mi casa la sombra larga de Remigio. Lo vi que se movía en dirección de un tejocote y que agarraba el guango que yo siempre tenía recargado allí. Luego vi que regresaba con el guango en la mano.
Pero al quitarse él de enfrente, la luz de la luna hizo brillar la aguja de arria, que yo había clavado en el costal. Y no sé por qué, pero de pronto comencé a tener una fe muy grande en aquella aguja. Por eso, al pasar Remigio Torrico por mi lado, desensarté la aguja y sin esperar otra cosa se la hundí a él cerquita del ombligo. Se la hundí hasta donde le cupo. Y allí la dejé.
Luego luego se engarruñó como cuando da el cólico y comenzó a acalambrarse hasta doblarse poco a poco sobre las corvas y quedar sentado en el suelo, todo entelerido y con el susto asomándosele por
el ojo.
Por un momento pareció como que se iba a enderezar para darme un machetazo con el guango; pero seguro se arrepintió o no supo ya qué hacer, soltó el guango y volvió a engarruñarse. Nada más eso hizo.
Entonces vi que se le iba entristeciendo la mirada como si comenzara a sentirse enfermo. Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró la lástima. Por eso aproveché para sacarle la aguja de arria del ombligo y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría el corazón. Y sí, allí lo tenía, porque nomás dio dos o tres respingos como un pollo descabezado y luego se quedó quieto.
Ya debía haber estado muerto cuando le dije:
—Mira, Remigio, me has de dispensar, pero yo no maté a Odilón. Fueron los Alcaraces. Yo andaba por allí cuando él se murió, pero me acuerdo bien de que yo no lo maté. Fueron ellos, toda la familia entera de los Alcaraces. Se le dejaron ir encima, y cuando yo me di cuenta, Odilón estaba agonizando. Y sabes por qué? Comenzando porque Odilón no debía haber ido a Zapotlán. Eso tú lo sabes. Tarde o temprano tenía que pasarle algo en ese pueblo, donde había tantos que se acordaban mucho de él. Y tampoco los Alcaraces lo querían. Ni tú ni yo podemos saber qué fue a hacer él a meterse con ellos.
«Fue cosa de un de repente. Yo acababa de comprar mi sarape y ya iba de salida cuando tu hermano le escupió un trago de mezcal en la cara a uno de los Alcaraces. El lo hizo por jugar. Se veía que lo había hecho por divertirse, porque los hizo reír a todos. Pero todos estaban borrachos. Odilón y los Alcaraces y todos. Y de pronto se le echaron encima. Sacaron sus cuchillos y se le apeñuscaron y lo aporrearon hasta no dejar de Odilón cosa que sirviera. De eso murió.
»Como ves, no fui yo el que lo mató. Quisiera que te dieras cabal cuenta de que yo no me entrometí para nada.»
Eso le dije al difunto Remigio.
Ya la luna se había metido del otro lado de los encinos cuando yo regresé a la Cuesta de las Comadres con la canasta pizcadora vacía. Antes de volverla a guardar, le di unas cuantas zambullidas en el arroyo para que se le enjuagara la sangre. Yo la iba a necesitar muy seguido y no me hubiera gustado ver la sangre de Remigio a cada rato.
Me acuerdo que eso pasó allá por octubre, a la altura de las fiestas de Zapotlán. Y digo que me acuerdo que fue por esos días, porque en Zapotlán estaban quemando cohetes, mientras que por el rumbo donde tiré a Remigio se levantaba una gran parvada de zopilotes a cada tronido que daban los cohetes.
De eso me acuerdo.

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https://www.literatura.us/rulfo/comadres.html

El escritor Mijail Bajtin

«El escritor corrige con la cabeza, en efecto, pero escribe con el corazón. Escribe con su vida, sus viernes soleados, sus besos, sus astillas, sus zozobras, sus huecos. Escribe con las cosas más extrañas imaginables, pero no con la cabeza. La fantasía es en nosotros más primitiva que la realidad. Ahora bien, ni en el puro fantaseo, ni en la corrección a secas, reside exactamente la esencia de la creatividad. Los momentos auténticamente creativos de la escritura literaria tienen lugar en una zona intermedia también; allí donde el pensamiento dirigido y el pensamiento fantaseador se equilibran, se alternan, y lejos de oponerse comienzan a trabajar al unísono».

Mijaíl Bajtin

Mijaíl Mijaílovich Bajtin; Orel, 1895 – Moscú, 1975) Teórico literario ruso, conocido también por su seudónimo V. Voloshinov o Vorochilov. Tras graduarse en la Universidad Estatal de San Petersburgo, Bajtín se trasladó a Vitebsk, importante centro cultural de la época, donde organizó junto a otros intelectuales un importante espacio de debate sobre arte y literatura. En 1929, fue arrestado y deportado a Kazajastán.

Conocido por sus análisis de la naturaleza dialógica y polifónica de la producción literaria, ocupa un lugar fundamental en la teoría de la literatura a partir del reconocimiento de su obra en Occidente con la reedición en 1963 del libro Problemas de la poética de Dostoievski (1929). Bajtín superó la crítica formalista, que predominaba en la Rusia de su época y preconizaba la existencia del arte y la literatura como entidades independientes del mundo exterior, en favor de una concepción para la que el lenguaje, la forma y el contenido son reunidos por la figura de un autor, dotado de una historia y un imaginario particulares, que convierten toda obra en un modo de expresión singular.

Después de sus trabajos iniciales sobre F. Dostoievski, la obra de Bajtín atraviesa tres ciclos temáticos. Uno sociológico y marxista, en el que publica con el seudónimo de V. Voloshinov los libros El freudismo (1927) y El marxismo y la filosofía del lenguaje (1929), en los que se opone a una psicología y una lingüística subjetivas, para reivindicar la importancia de lo social.

Mijail Batjin

En defensa del oficio de Rogelio guedea*

Los que no escriben saben que escribir es fácil. Que para ello sólo es necesario un jardín, una mujer y un hombre que, por alguna circunstancia de la vida, ha olvidado la cita. Los que no escriben saben que eso es suficiente para escribir una novela o un cuento, según si en medio del hombre y la mujer interviene un tercero con intenciones de contrariarlo todo. De eso dependen la extensión y la intención de la historia. Sin embargo, los que escriben piensan todo lo contrario, y si se empeñan en estar horas enteras frente a la página en blanco, quemándose la s pestañas y la sesera, creando largos e intrincados argumentos, es sólo porque quisieran encontrar, finalmente, esa verdad que de tan buena fuente saben los que no escriben.

*Licenciado en Derecho por la Universidad de Colima, maestro en Gobernanza, Marketing Político y Comunicación Estratégica por la Universidad Rey Juan Carlos (España) y doctor en Letras Hispánicas por la Universidad de Córdoba (España), con un POST-DOC en Literatura Latinoamericana por la Texas A&M University (USA). Fue becario del Fondo para la Cultura y las Artes en tres ocasiones y director de la colección de poesía “El pez de fuego”. Actualmente es columnista de los medios mexicanos Sinembargo y La Jornada Semanal, y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

rogelioguedea

Curriculum

El hombre-parafraseando una idea de Borges

Antes de cerrar la puerta, su hijo le lanzó un beso chasqueando la lengua. Rosa entrecerró los ojos y vio nítida la imagen de su esposo que hace dieciocho años partió a un viaje de negocios. Lo recuerda con el ceño fruncido, la ceja levantada y aquella sonrisa indefinible. No era extraño que él se ausentara algunos días. había sido una semana fría, lluviosa cuando se le vio por última vez. Vivían en un condominio donde los edificios parecían idénticos.
Lo define como buen compañero, sin embargo, eran evidentes sus ausencias que tenía que golpearlo para volverlo a la realidad. Lo sueña en ocasiones. Ella piensa que lo mataron, tal vez por robarle, tal vez… Había ordenado vestido, y al ir bajando la escalera, se preguntó: ¿qué tanto me amará mi mujer?, sería bueno saberlo. En vez de irse a la estación, se dio a buscar un cuarto de renta. Lo encontró y se quedó a vivir. En unos minutos estaba relativamente cerca de su casa, y podría decirse que era vecino de sí mismo. No salió durante un mes. Su barba creció. Compró ropa holgada de colores oscuros y un sombrero que abarcaba hasta sus ojos. Meses después vigilaba el edificio donde vivía su familia. La seguía cuando iba a comprar la comisaría. Oculto, podía observar su mirada sin brillo y el rostro adelgazado. Pasó el tiempo, la esposa siempre sola, y con una rectitud ejemplar. Cierta vez coincidieron en algún puesto del mercado y escuchó alguna conversación con la verdulera. Su voz era suave, susurrante, parecía hablar consigo misma. Recién casados su voz comunicaba viveza, alegría.
Casi por cumplir los veinte se dio cuenta que Rosa era íntegra; ahora estaba seguro de que no lo reconocería e intentaría enamorarla. Procuró coincidir con ella, logró sacarle algunos monosílabos, y hasta pudo entablar una charla en la soledad de un parque arbolado, donde sin rodeos le habló como la primera vez. Su compañera apretó sus manos, supo que una cicatriz se había roto. Aquellos ojos tristes volvieron a prenderse, se llenó de una fina lluvia. Sobrevino un relámpago, sintió que tenía algo mágico en aquel varón y al verlo con los labios entreabiertos lo tomó de la mejilla y lo besó con descaro. Reconoció el sabor del hombre que se ausentó y dio gracias a Dios por habérselo regresado. Él se retiró ofuscado, perdiéndose en los vericuetos de la gran ciudad y nunca más volvió a verla.

valentin serov

Simón Camila Reimers

Una tras otra las contracciones quebraban mi espalda, pero mi niño no tenía apuro, no deseaba salir de su escondite. Hijo, rosa blanca del jardín de mi sueño, no tengas miedo, yo sé quien eres, te estoy esperando, ven, asoma tu cabeza entre mis piernas, vive.
rosa-blanca
La cara de la enfermera, cubierta con una mascarilla, se acerca a la mía asegurándome que todo está bien, yo siento su voz tan lejana como la luz del quirófano que me ciega y atrapa las lágrimas que insisten en salir.El filo de otra contracción me corta la espalda.
Inspire y expire rápido- repite la enfermera.
Simón, niño mío, ven pronto, deja mecerte en mis brazos.
Y mientras el dolor me abruma, recuerdo el olor dulzón de las rosas que se infiltraba en mi sueño,mientras me daba vueltas en mi cama, durmiendo, pero tal vez despierta, al menos si mis ojos estaban cerrados y mi cabeza descansaba sobre la almohada, mis sentidos seguían abiertos porque el olor de las flores impregnaba el jardín con el que yo soñaba.El día se despedía, atardecer de rosas rojas, tallos verdes, espinas, pétalos colorados, cielo oscuro.Todas rojas, grandes y rojas, pequeñas y rojas, redondas, ovaladas y rojas.
-Todas iguales – pensé Yo – todas iguales.
-Mira a tu derecha – dijo la voz de mi sueño, y cuando obedecí la
orden, mis ojos se encontraron con un color diferente, en medio del rojo vergel, se levantaba humilde y bella,la única flor blanca del jardín.
-Ese es tu regalo- dijo la voz -cuídalo.
En ese momento supe que estaba embarazada, también supe que era un niño y su nombre sería Simón.
-Él es diferente – continúo la voz -viene de muy lejos, de un planeta que no tiene mar ni atardeceres, es por eso que cuando llegue a este mundo, se encontrará perdido y alguien tendrá que mostrarle la diferencia entre el amanecer y el final del día.Te hemos observado por muchos años – hablaba la voz de mi sueño- y te hemos elegido, eres tú quien tendrá que recibirlo.
-No comprendo- respondí, mientras la noche cubría las rosas y las estrellas empezaban a asomar sus caras en el cielo inmenso.De pronto una estrella empezó a bajar, en un rayo de luz que se conectaba con la rosa blanca, la única rosa blanca del jardín, corrí a mirar para ver que es lo que el rayo había depositado en el centro de la rosa y encontré a mi niño de carita redonda y ojos almendrados.
Aún estaba oscuro cuando desperté y me asomé a la ventana, las estrellas seguían titilando, miles, millones de ellas, sin embargo reconocí a la que se había conectado conmigo.Era la más grande, y la más brillante, era la que me había enviado un regalo, era la estrella que me había mostrado a Simón.
-Siga pujando señora- me dice la enfermera –ahí viene la cabeza, tiene pelito negro.
-Si sé- pensaba yo –ya lo vi en mi sueño.
Entonces en un instante comprendo el dolor y la alegría de la vida, grito, tan fuerte que mi desgarro abraza al mundo atravesando el tímpano del universo, grito para avisarle a una estrella que su regalo ha llegado, que mi hijo ha nacido.
Es un niño dice el médico.
Es un varoncito, confirma la enfermera.
Simón llegó un día de primavera, trayendo consigo la esperanza y el amor que yo había buscado por vida.Tardó en emitir su primer llanto para prepararme a que todas sus reacciones siempre tardarían en llegar.
El médico lo examina y observa su abultada lengua gráfica, la forma de su entrecejo, sus orejitas, reflejos y líneas en las palmas de las manos y de los pies,luego me mira con tristeza –señora- me dice, su niño está enfermo, tiene síndrome de Down.
Hay doctores que no entienden ni de planetas ni de jardines fragantes.
– No está enfermo-le respondo sonriendo -es diferente, es una rosa blanca en un jardín de rosas rojas.Me lo trajo una estrella porque sólo yo le puedo mostrar este mundo.
La enfermera deposita a mi hijo desnudo sobre mi vientre, lo tomo de la mano, admiro sus dedos pequeñitos, le doy la bienvenida y empezamos a caminar.

Camila Reimers

Camila Reimers nació en AntofagastaChile, el 14 de abril de 1951 y salió del país en 1975. Vivió en Caracas, por cinco años y llegó a Canadá el primero de julio de 1980.

Durante los ochenta vivió en varias ciudades –Vancouver, Montreal, Sudbury– antes de establecerse en Ottawa con sus dos hijos, en 1990. Durante los noventa tuvo también la oportunidad de visitar y vivir por algunos meses en la India.

Tomado de Puro cuento http://www.teecuento.wordpress.com

Vamos por un traguito? Parte 2. Cerebro Alcóholico

Así que si tu te embriagas rápido, ten un cuidado especial porque eres propenso a desarrollar la adicción.

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Epigrafe: el cerebro de un alcohólico se ve peor que su hígado

Hoy iremos al grano, sin muchas previas y veremos cómo el cerebro pasa de un estado normal a una degradación alcohólica, cuando regresar a la normalidad es la tarea casi inhumana. Una de las cosas que recuerdo de los tiempos cuando vivía con mis padres, es lo que repetía mi papá, que fue un médico: el alcoholismo femenino es mucho más difícil para vencer que el de los hombres. Así que el miedo al consumo del alcohol se me quedó hasta ahora. Hoy no veremos particularidades del alcoholismo en los géneros, sino, el cuadro general. La accesibilidad del alcohol lo convierte en un enemigo secreto que con la sonrisa de un amigo entra a nuestras vidas y las arruina.

La imagen puede contener: bebida e interior
foto tomada en el restaurante Blue Moon, Lima.

Entonces, de pronto alguien empieza a tomar sistemáticamente, las dosis regulares…

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Una Artista de Ema Wolf

Mi abuela Eugenia ama las artes. Todas las artes. Cualquiera.
El año pasado descubrió que podía pintar y eso la puso muy contenta. Se fabricó un caballete. Compró telas, pinceles y pomos de óleo.
Decidió que lo mejor era empezar pintando fruta, como habían hecho todos los artistas célebres. A eso se le llama “naturaleza muerta”. Consiste en poner unas cuantas frutas dentro de una frutera y pintarlas de modo que salgan lo más parecidas posible.
Cuando llegó el otoño juntó manzanas y peras de la quinta. Las acomodó en la frutera, puso la frutera sobre la mesa del comedor y pintó.
Le festejamos mucho el cuadro. Ella se entusiasmó.
El invierno lo pasó pintando cítricos. No dejó una naranja, un pomelo, una mandarina, ni un quinoto sin pintar.
A fines de octubre ya había pintado todo lo que se podía cosechar en casa. La fruta variaba con el correr de los meses; la frutera era siempre la misma.
Colgó las telas de su pieza y organizó visitas de parientes para admirarlas.
Llegó noviembre, que es el mes de los nísperos.
En casa no hay nísperos. El único que los tiene es don Cosme, que vive al lado.
No sé qué habrá pasado por la cabeza de mi abuela aquel día fatal de primavera. Siempre la tuvimos por una persona seria. Pero debe ser cierto que cuando el arte se le mete a alguien adentro, es capaz de hacer cosas que nadie imaginó.
Aquel día mi abuela se coló en el terreno de don Cosme por un agujero de la ligustrina y fue derecho al árbol de los nísperos.
Lo vi todo. Espantoso.
El vecino la pescó justo cuando se descolgaba de una rama baja con el delantal anudado lleno de nísperos suyos.
Me acuerdo de los ojos desafiantes de mi abuela y de sus zapatillas de lana balanceándose a ras del suelo. Don Cosme la miraba petrificado, apoyado el cuerpo en el rastrillo para no derrumbarse. Así estuvieron un rato.
Rojo de vergüenza ajena, don Cosme se metió por fin en el edificio de su casa y mi abuela volvió a la nuestra por el agujero, ofendida porque la habían descubierto.
Rápidamente se puso a pintar los nísperos. Pintó sólo un puñado y completó al frutera con unos cuantos carozos brillantes.
Yo pensé que la cosa quedaba ahí y que nadie más se enteraría.
Pero al día siguiente el vecino mandó llamar a mi papá.
Le contó lo que había hecho mi abuela. Le dijo que la vigilara, que nunca la había creído capaz de portarse así y que era un mal ejemplo para nosotros.
Mi papá volvió furioso. La retó.
A ella el reto le entró por una oreja y le salió por la otra. Estaba cada vez más indignada con el vecino: antes porque pensaba que no era de caballeros pescar a una dama en un momento así; ahora por alcahuete.
Mi papá la obligó a regalarle a don Cosme el cuadro se sus nísperos; al menos eso. Ella obedeció de mala gana. El vecino no supo si agradecerlo o qué.
Desde ese día mi abuela le tomó el gusto al asunto y empezó a visitar otras quintas de la manzana. Siempre con motivo de su arte, se dedicó a levantar fruta madura, bien elegida. Todo a la luz del día, sin esconderse ni ocultar siquiera las huellas de sus zapatillas.
En eso está ahora mi abuela.
Los vecinos se quejan a gritos. Por ellos, ya hubieran guardado todos sus árboles en los dormitorios.
Notamos que cada vez es más lo que se lleva y menos lo que pone en la frutera. Pero sigue pintando.
Van mal las cosas. Debo decir que está completamente sublevada.
La sorprendieron trepada a las medianeras eligiendo fruta con prismáticos, huyendo por debajo de los alambrados y arrojando granadas, que son duras, para retrasar a sus perseguidores. Mi papá tiene pesadillas en las que mi abuela capitanea una banda de forajidos.
Estamos a mediados de enero.
Ella sabe bien que en febrero maduran los higos y no se va a perder el pintar una naturaleza muerta con higos; especialmente esos de cáscara oscura, muy dulces, que crecen en la casa del fondo. Se prepara, creo, para dar el gran golpe.
Armó un artefacto ingenioso para cortar los higos altos: una vara con una tijera en la punta accionada por un piolín y una pequeña red abajo. También consiguió una escalera alta porque la medianera del fondo es alta. Se la pidió prestada al dueño de los higos; el hombre está horrorizado.
Hay que evitar a toda costa que llegue a febrero con esos planes.
Estamos tratando de convencerla de que pinte otras cosas. El mar, por ejemplo, que no molesta a nadie. El problema es que donde vivo no hay mar.
Ella dice que cuando acabe con la fruta va a seguir con los animales.
Eso puede ser peor. No me animo a contárselo a mi papá, pero la encontré dibujando los planos de los gallineros del barrio.

abuela pintora

 

Tomado de puro cuento http://www.teecuento.wordpress.com

Cinco y siete

Quedarse ahí,
esculpiendo el instante.
¡Nunca se sabe!
si es el acto final
con la mujer,
o con la vida.

mujer dormida

Soledades por Ernesto Ortega Garrido

A veces, coge el teléfono y marca su número. Cuando salta el contestador, deja grabadas todas esas cosas que nunca se atrevió a decir. Otras, en cambio, cuando no puede más, llama directamente al buzón de voz y escucha todo eso que le hubiese gustado que le dijesen.

alma

 

Día de la mujer que debe de ser todos los días.

Gracias por preservar la especie. Por amamantarnos.
Por enseñarnos la caricia, el abrazo y las canciones que trae el señor de los sueños.
Gracias por su beso nocturno y cubrirnos, de levantarse a deshoras y comprobar si la noche transcurre con bondad. Por tomarme de la mano y enseñarme las estrellas, la luna, por cultivar mi fantasía. Desvelarse con mis enfermedadades, por abrazarme en mis días grises.
Gracias por darme hijos, por la flor del consejo, y enseñarme a caminar en soledad, por vencer el miedo y saber que nada es para siempre.
Sin la mujer el mundo estaría sin flores y manco.

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Vamos por un traguito? Parte 1. Cerebro y alcohol.

Tomo una botella de vino
Y me voy a beberla entre las flores.
Siempre somos tres,
Contando a mi sombra y a mi amiga, la luna.
Cuando canto, la luna me escucha,
Cuando bailo mi sombra también baila.
Terminada la fiesta…
Los invitados deben partir.
Yo, desconozco esa tristeza.
Cuando marcho a mi casa,
Siempre somos tres,
Me acompaña la luna y me sigue mi sombra.

Li.Po

Avatar de AlonaDeLarkNeurociencias divertidas

¡Bebe vino! Lograrás la vida eterna.

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El vino es el único capaz de restituir la juventud.

¡Divina estación de las rosas, del vino y de los buenos amigos!

¡Goza del instante fugitivo de tu vida!

Omar Khayyam, 1048 – 1131

Las bebidas alcohólicas existían en todas las culturas, y , junto con la comida, participaron siempre en todos los acontecimientos importantes de la vida de las personas. La bondad del vino, el carácter bonachón de la cerveza, la nobleza del whisky, lo atrevido del ron, todas estas frases expresan nuestra estrecha relación con el alcohol y las capacidades casi antropomórficas atribuidas a éste por la humanidad. La palabra alcohol, para variar, tiene el origen árabe. Sin duda alguna,  los árabes habían construido una super civilización, una pena que ahora todo se esfumó. Los árabes destilaban el vino, mejorando los procesos empleados por los griegos, aquellos griegos del Mundo…

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Minerva de Felipe Garrido

Treinta años esperé a Minerva. En un tiempo la aguardaba a la puerta de la iglesia, la seguía en la calle, podía pasar la tarde frente a su casa. Su padre detestaba mi timidez y en cuanto hubo un pretendiente serio la casó.
Soy hombre cabal. Si antes no le había hablado, entonces menos. Si ella pasaba por mi tienda, yo veía a otros clientes y mis empleadas la atendían. Nada tuvo que reprocharme su marido. Guardé una soltería impoluta, hasta que enviudó por segunda vez. Cuando la primera, yo estaba en los Estados Unidos; Minerva tenía tres niños y la gente aprobó su matrimonio con un ganadero ocho años menor que ella. Regresé con fortuna, volví a verla y suspiré de nuevo. Para entonces Minerva tenía otros tres hijos y estaba más bella que nunca.
Volvió a enviudar y, terminado el luto, empecé a cortejarla. Nos casamos rodeados por sus hijos y nietos. He ido envejeciendo; veo mal, tengo una digestión difícil, uso bastón. Minerva está rozagante, firme, esbelta. Dicen que espera volver a enviudar.

arabe

Tomada del Fb

Bio de Felipe Garrido

 

Estudió la licenciatura en Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, en donde ha sido profesor desde 1975. Ha sido director de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, de la Unidad de Publicaciones de la Secretaría de Educación Pública; gerente de producción del Fondo de Cultura Económica, de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México y de la Dirección General de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Colaborador de diversas publicaciones periódicas, entre ellas, la Casa del Tiempo, Diálogos, Diálogo Cultural entre las Fronteras de México, El Heraldo Cultural, El Machete, El Siglo de Torreón, La Gaceta del FCE, La Luciérnaga, La Palabra y El Hombre,  Libros de México, Mascarones, Memoria de Papel, México en el Arte, Paréntesis,  Pie de Página, Proceso, Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, Revista de Bellas Artes, Revista Universidad de México, Sábado, Siempre!, y Tierra Adentro.
Narrador, ensayista y cronista. Entre sus obras destacan Con canto no aprendido, 1978; Tajín y los siete truenos, 1982; Cómo leer (mejor) en voz alta: guía para contagiar la afición a leer, 1990; La musa y el garabato, 1992; Se acaba el siglo, se acaba…, 2000Para leerte mejor: mecanismos de lectura y de la formación de lectores, 2004; Asombro del Nuevo Mundo, 2008; La patria en verso, 2012; El Quijote para jóvenes, 2013; El coyote tonto, 2013 y El buen lector se hace, no nace, 2014. También ha incursionado en la traducción, con El camino de EleusisTeonanácatl, el hongo prodigiosoLos confines de la cristiandad, y Quizás.
Ha sido galardonado con los premios: Juan Pablos 1982; el de Traducción Literaria Alfonso X 1983, y el de la Organización Internacional para el Fomento del Libro Infantil 1984; lista de honor del IBBY, del libro infantil Lección de piano escrito en 2004. Premio Los Abriles, por La urna y otras historias de amor, y, en 2011, el Premio Xavier Villaurrutia por Conjuros. En 2015 obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el campo de lingüística y literatura y, en 2016, el Premio Nacional de Letras de Sinaloa.
garrido felipe

 

Seré

Seré tu sombra
La feromona de tu axila.
El río oscuro que corre por tus huesos.
Lágrima seca
que vive en tu mirada.