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Aquellos ojos verdes

Escrita en 1929, Aquellos ojos verdes tiene música del pianista matancero Nilo Menéndez y letra de Adolfo Utrera. Menéndez viaja a Nueva York contratado por el departamento latino de la discográfica Columbia, y allí se enamora de “Conchita” Utrera, una cubana rubia y de ojos claros, y le pidió al hermano de ésta, Adolfo Utrera, que escribiera el poema cuya música estaba dedicada a su hermana, Conchita.

Esta canción, el primer gran éxito discográfico de la historia del bolero, tiene tristes noticias rodeándola, como bien lo señala Darío Jaramillo Agudelo en su maravilloso libro «Poesía en la Canción Popular Latinoamericana». Utrera, el letrista, el hermano de Conchita, se mató en 1931, aterrado por una enfermedad incurable. La segunda triste noticia: Nilo, el compositor inspirado, y Conchita, esa belleza, nunca estuvieron juntos. Pero hay aún más hielo de realidad para esta cálida canción: en 1977, Nilo Meléndez testimonia que los ojos de Conchita “no eran verdes realmente sino azul grisosos.”

En cuanto a la letra de la canción, el madrigal de Gutierre de Cetina (1520-1560), tan bello y conocido, parece ser antecedente directo en el que se inspiró el desgraciado poeta de «Aquellos ojos verdes»:

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué si me miráis, miráis airados?
Si caundo más piadosos
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay, tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.

CÓMO MANTENER SOBREPESO: instrucciones paso a paso

Avatar de AlonaDeLarkNeurociencias divertidas

En Parte 1 y, luego en Parte 2 vimos en detalle todo el contexto en el cual nace y crece nuestro sobrepeso. En esta parte hablaremos qué hacer para conservarlo y de lo posible , aumentar. Ya sabemos que en la gran mayoría de los casos el sobrepeso se gana con el exceso de comida que consumimos. Así que cuando hablamos de sobrepeso, referimos casi siempre a sobrealimentación.

Sabiendo, que el apetito viene en el acto, y que tenemos la tendencia de comer cuando no tenemos nada que hacer, hay que asegurarnos de siempre tener a mano carbohidratos simples: chocolates, dulces, pasteles, mermeladas, miel de abeja, un par de pedazos de torta y mucho helado en freezer. No olvidar cargar en la cartera o bolsillo galletitas, de lo posible, dulces, pero saladas también pasan, maníes, nueces, frutas secas llenas de azúcar etc, etc. Si no nos da gana de…

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Aguacero

LLegaron las aguas con su cohorte,
para confeccionarle al cielo una capa de grises y azules oscuros.
¡Mi corazón se rinde ante septiembre!
y salgo a encontrarme con la lluvia.
Mi boca es una cubeta sedíenta.
Mi cuerpo exhala aromas de alegría,
me contorsiono como un gusano herido y voy de un lado a otro poseído por el grito.
Llegaron las aguas,
también los truenos que erizan los pelos de mi corazón y corro a refugiarme en los brazos de mi madre.

Tras la huella, de Marcial Fernández*

No le des más vueltas: el trastorno mental que padece Miguel es muy grave, probablemente sin remedio. La situación es clara y difícil: siente que alguien lo persigue, y por eso huye; empero, a sus espaldas, nunca nadie ha intentado siquiera acercársele. Te lo digo yo, que lo he seguido durante tantos años.

*

Editor y escritor, Marcial Fernández nació en la Ciudad de México en 1965. Posee estudios en Filosofía por la UNAM. Con el pseudónimo de Pepe Malasombra tiene publicados siete libros de tauromaquia. Con su nombre es autor de la novela Balas de salva (2003), del microrrelatarioAndy Watson, contador de historias (varias reediciones) y el cuentario Los mariachis asesinos (2008). Es fundador y editor de Ficticia Editorial, sello especializado en cuento hispanoamericano contemporáneo.

Marcial

Omar Khayyam

Lenguaje misterioso

Este rubí precioso fue extraído
del fondo de una mina ignota y rara,
y esta perla purísima y sin copia
en seno oculto de la mar fue hallada…

Mas digo mal: ni mina ni océano
de otras minas u océanos se apartan:
Sólo el secreto del amor se expresa
en lengua de los hombres ignorada.

Soy así

¿Que yo del vino soy devoto ciego?
Y bien, lo soy.
¿Que soy infiel, idólatra del fuego?
Y bien, lo soy.

Cada uno de mí en su idea fía;
mas yo, dueño de mí, tengo la mía:
Soy lo que soy.

El vino del amor

Mi pobre corazón de angustia herido
y de locura, no podrá curarse
de esta embriaguez de amor, ni libertarse
de la prisión donde quedó sumido.

Pienso que el día de la creación
en que el vino de amor fue al hombre dado,
el que llenó mi copa fue esenciado
con sangre de mi propio corazón.

Reseña biográfica 

Nació en Nichapur, Persia, hacia el año 1040 de la era cristiana, y vivió cerca de ochenta años.
Libertino, sibarita, ácido, místico y profeta, estudió Matemáticas y Astronomía, reformó el calendario musulmán, cultivó el Derecho y las Ciencias Naturales, pero todo le resultó insuficiente a la hora de resolver el misterio del Universo, las pasiones humanas y la existencia misma.
Se destacó en el plano de las letras por sus famosas «Rubaiyat», que constituyen  una alabanza al brindis, una enorme plegaria fragmentada en estrofas que remiten a la celebración del vino y del goce del instante, frente a la finitud de la vida. ©

http://amediavoz.com/khayyam.htm

KHAYYAM2

Todos tienen premio de Emiliano Pérez C.

A la memoria del Jerry

Ella era bella y era buena.
Él era dulce y era triste.
Murieron del mismo dolor.
Perdónalos,
Perdónalos,
Perdónalos, Señor!

Pablo Neruda

Nadie me comprende. Por eso prefiero refugiarme aquí. Sí, aquí hay buenas compañías. El Maistro nunca me dice nada y deja que me lleve las revistas a mi casa, aunque tengo que esconderlas. Todos son mentirosos, pero tengo


muchísimos amigos: Tarzán, Batman, Supermán, Lulú… Todos ellos me gustan. Otros no, son para niños tontos. ¡Rolando el Rabioso! Es el que más me encanta. Otro poco, los Supersabios.
El Maistro es muy buena gente. Tampoco tiene amigos. Yo lo acompaño a traer los periódicos a la calle de Bucareli. Antes de tomar el camión nos sentamos un rato a ver cómo la niebla empieza a levantarse y el sol pinta de colores las nubes. Luego, cuando tenemos los paquetes, vamos a tomar atole y tamales calientitos frente a la iglesia de La Santísima.
Las putas no me gustan. A mi amigo Alfonso, que el otro día se detuvo a mirarlas, lo trataron muy mal. Dice que ellas son como yo: les gusta leer mucho, pero en horas de trabajo. Mi papá decía que cuando es a trabajar, a trabajar. Al Maistro igual lo trataron mal, pero con él fue diferente. “¿No vas, muñeco?”, le dijeron, y como no tenía dinero, nomás estaba mirando, le picaron un güevo con una aguja así, grande. Y otra vez, se enroñó. Por eso ellas no me gustan.
Mi mamá es muy extraña. Sale con su vitrina llena de gelatinas y no quiere que yo la acompañe. Siempre estoy solo. Alfonso también, pero él tiene un negocio de vaselinas, espejitos y pasadores con punta de goma. A su puesto llegan muchas muchachas. Dicen que es idiota. Pero no. Se parece a Pitoloco, el escudero de Rolando. Es muy trabajador. Quiere comprar una pistola para matar al Güero, el de la pollería. El Güero dice que se acostó con la hermana de Alfonso, la monja. Ella es vieja, cerca de cincuenta años, y siempre habla de Dios. Tiene dinero, porque al pollero varias veces le ha surtido el negocio y por eso Alfonso lo quiere matar. El Güero lo amenaza: dice que va a meterlo al manicomio. Se aprovecha porque la mamá de Alfonso no quiere a éste. Es que tiene cara de buena gente. A mí me da gusto como es. Dice que no le da miedo ir al manicomio, sino irse sin matar al pollero, y de paso a su hermana, la monja. La odia, aunque es de su familia.
El Güero es quien cobra las cuotas a los locatarios. Tiene dientes amarillos y ojos azules. Su cara es fea, arrugada. Posee mucha fuerza, aguanta hasta cien pollos en la espalda. Pero no quiere a Alfonso. El otro día le pegó y él tuvo que meterse bajo el mostrador; el pollero se burlaba y le decía: “Sal de ahí, perro sarnoso, sal de ahí.” Cuando se asomaba, el Güero hacía “¡buuuh!” Alfonso regresaba temblando a su escondite. El pollero es malo. Y no le gusta Rolando, sólo ve revistas de viejas encueradas. En los guáteres del mercado lo he visto hacerse una puñeta. Una vez me salpicó y se carcajeó.
La hija del Güero es bonita, igual a su padre en los ojos. Me gusta su risa; parece el arroyo que hay en el rancho de mi abuelito: es claro, de agua fresca y siempre corre, corre hasta allá, hasta el bosque. Y hay salamandras de manecitas transparentes. El bosque me gusta mucho. Con mi hermana íbamos a poner trampas para las ardillas. Mi hermana se murió el año pasado. Mi papá está en la cárcel, en las Islas. Dicen que mi hermana se murió a causa de mi padre. Ni mi mamá ni el Maistro ni Alfonso saben qué quiere decir “incesto”. Yo sí, pero no les digo.
Las gelatinas de mi mamá son riquísimas. Yo les ponía uvas, pasas y fresas grandes. Los flanes no me gustan, parecen caca. Mamá no quiere que le ayude porque pongo una uva y me como otra. Mi abuelito ya no vive. No le gustaba que amarráramos las ardillas. Era maestro rural y le faltaba un pie. Tenía el pelo blanco y nos leía cosas bonitas. Pero me gusta más lo de Rolando.
Juana, la hija de doña Práxedis, es muy caliente. La otra vez hizo que me acostara con ella. Pero no tiene chiste. Esconde unos pelos muy feos y le falta el pitirrín. Se enojó porque no le hice caso. Luz, la hija del Güero, sí es bonita. Es igual a mí. No tiene pelos ni pitirrín, pero cuando estamos solos le hago uno con una zanahoria y jugamos a los espadazos. Su cabello es largo, rubio. Cuando ríe, los ojos se le hacen chiquitos y en las mejillas se le hacen hoyuelos. Su papá dice que le gusto para yerno. Es porque no sabe que va a morir. Alfonso lo juró ahí, frente al altar del Señor de las Maravillas. Los hoyuelos de Luz se repiten en sus nalgas.
Ayer vimos una revista. Ni a Luz ni a mí nos gustó. Todos tienen pelos por todos lados y no saben hacerse el amor. A mí me agrada hacerlo con Luz, porque con Juana no. Si no tuviera vellos, tal vez. Pero es tonta. Su mamá dice que es una resbalosa y le grita que cuando quede panzona la correrá de la casa.
Luz no puede quedar panzona. El Maistro dice que eso sólo les pasa a las que reglan. A mí todavía no me salen mocos, por eso jugamos a gusto. Ella dice que siempre vamos a jugar. Le creo. Alfonso juega con nosotros algunas veces. También tiene pelos, pero desde que se metió con una puta ya no se le para. Ella le dijo que pagara por adelantado y lo calentó, pero a la hora de la hora lo dejó plantado. Él comenzó a hacerse una puñeta y quiso a fuerzas, pero la puta llamó al padrote y lo quitaron de encima cuando ya iba a terminar. Ya no se le para, nomás nos ve y aplaude. Su mamá dice que es tonto. No, lo que pasa es que es buena gente.
El puesto del Maistro es grande, pero no cabemos porque tiene montañas de cuentos y novelas. Las alquila o las cambia. Cuando llueve, el papel huele bonito y Luz y yo leemos bajo el mostrador. El Maistro es viudo. Su esposa murió hace tres años, cuando yo tenía nueve. Después, su casa se incendió y de las láminas de chapopote no quedó nada. Ni sus dos hijitos. Se murieron. Le pasó igual que a Pepe el Toro. Quizá por eso nunca habla. Entre todos tratamos de apagarla con tierra, porque agua no hay. De todas maneras murieron.
Luz ya va a la escuela. A mí me corrieron por burro. Le dijeron a mi mamá que tengo que ir a un centro especial. La maestra se enojó porque atrás de la escuela encontramos un nido de ratones. Luz fue y pidió alcohol en la Dirección. Como había llovido, a todos los pusimos en una lata de sardinas y en el patio del recreo se fueron navegando. Les habíamos rociado la piel y prendimos un cerillo. No les gustó. Saltaron de la lata y nadaron bastante, pero no alcanzaron la orilla del charco. Nos vio el conserje y tuvimos que correr. Luz sí escapó, pero yo caí en un hoyo de los que habían hecho para poner arbolitos. Estaba cubierto de agua y me hundí hasta el cuello. Luego, me expulsaron.
De la doctrina salí también porque me dormía o prestaba cuentos a los demás. La catequista me acusó con el padre y le entregó los cuentos de Rolando. Los rompió.
Nunca digo groserías, pero ese día se la menté. Se enojó mucho. Al otro día, con Alfonso y Luz le cobré las revistas rotas. A Luz le dio un coscorrón, a mí una patada en el culo y a Alfonso le mencionó el manicomio (como tiene que cumplir su promesa, no nos defendió). Otra mentada de madre, y a correr.
Ayer vi a Juana y Nemesio, el hijo del elotero, haciendo el amor sobre la taza del guáter, en el mercado. No saben. Luz y yo, sí. Primero, nos contemplamos desnudos bajo el mostrador, cuando el Maistro se ha ido. Luego buscamos qué hay de nuevo en nuestro cuerpo. Me empiezan a salir vellitos en los sobacos. A Luz se le está hinchando el pecho. Creo que le van a salir chiches. Después ella juega con mi pitirrín y yo le beso la pepa. Jugamos y jugamos hasta que me orino. Ella ríe. Cantamos un rato, nos dormimos y nos vamos. Pero ellos no saben. Hacen sus cosas rápido. Mi mamá tampoco sabe. Con mi papá, tal vez. Mi hermana, la que se murió, quién sabe. No lo creo. Era guapa, cuatro años mayor que yo. Mi papá llegaba borracho porque no tenía trabajo. Ahora me da gusto porque dicen que allá, en las Galletas, hay mucho quehacer.
Mi mamá vivió medio año con mi tía. Ella es solterona y mi mamá cuidaba su enfermedad, pero regresó al morir mi hermana. Las gelatinas que hace son ricas, los flanes no.
Hoy fue un día triste y alegre. Se murió doña Jova, la que vendía suertes. A Luz y a mí nos dejaba escogerlas, a los demás no. Veinte centavos por una bolsita. Luz siempre las palpaba y compraba las que traían anillos o cámaras de televisión. Eran espejos adentro de un cubo de madera o de papel manila. Con ellas podíamos ver sin que nos vieran. Los pies de Luz son bonitos y se ven mejor con los anillos que se pone en los dedos. Doña Jova nunca hablaba. Gritaba: “Vengan, niños, vengan por sus suertes. Todos tienen premio, todos tienen premio”. Eso era todo. La encontraron afuera de la pulquería Aquí me quedo. Dicen que venia de Mi ranchito. Estaba despatarrada y con su delantal vomitado. Tomó pulque con arsénico. Es extraño, porque nunca bebía. Para otros hoy será día triste también. Van a llorar.
Pero hoy fue un día triste y alegre. A Alfonso se le paró de nuevo. Andaba feliz. Vino y nos dijo al Maistro y a mí y a Luz. Luego fue y se metió al guáter, y quiso cogerse a Veva la frutera. Ella comenzó a gritar como los cerdos que mata el Gordoismael, el carnicero que a veces se acuesta con mi mamá. Llegaron los policías del mercado. No son tan malos. No se llevaron a Alfonso, aunque le rajaron el coco a macanazos. Y ya no se le ha parado de nuevo. Veva no terminó de miar.
El otro día, Alfonso me regaló unos espejos y unos listones para Luz. Ella se vio reflejada y lloró, tal vez porque es muy bonita. Tiramos los espejos. Son malos. Los listones, por si las dudas, los usamos como corbatas para las lagartijas que cogemos en las bardas. Su caca es negra y ovalada, con otra bolita blanca en un extremo.
Ya van a salir de la escuela. Luz y yo vamos a nadar al Chocolatito. Es un charco enorme, profundo. Atrapamos culebras de agua y catarinas. Es por acá, por el aeropuerto. Allí las lagartijas son más bonitas, con panza azul y traje de rayas amarillas. Con el moño rojo que les ponemos se ven mucho más bonitas y coquetas. El Maistro y Alfonso iban a venir, pero no han cumplido su tarea aquí y tienen que esperar. No nos denunciarán. Luz me acompaña y nos quedaremos a vivir siempre en el agua. Hay charales, quién quita y ellos nos comprendan. No sabemos nadar, pero doña Jova nos dará la bienvenida. Y aguardaremos a los demás.

La maleta de mi padre de Orhan Pamuk

Dos años antes de morir, mi padre me entregó una pequeña maleta llena con sus notas, manuscritos y cuadernos. Asumiendo su habitual aire bromista y escéptico, me dijo de repente que le gustaría que los leyera después de que se hubiera ido, o sea, después de su muerte.
–Échale un vistazo –me dijo ligeramente avergonzado–, a ver si hay algo que valga la pena. Quizá después de que me vaya puedas hacer una selección y publicarla.
Estábamos en mi estudio, entre libros. Mi padre daba vueltas mirando por ahí sin saber dónde dejar su maleta, como alguien que quiere librarse de un doloroso peso muy especial. Luego la colocó silenciosamente en un rincón donde no llamaba la atención. En cuanto pasó aquel inolvidable instante, que a ambos nos había avergonzado, nos relajamos volviendo a nuestros papeles habituales, a nuestras personalidades burlonas y cínicas de quienes se toman la vida con ligereza. Como siempre, hablamos de trivialidades, de la vida, de los interminables problemas políticos de Turquía y, sin entristecernos demasiado, de los negocios de mi padre, la mayor parte de los cuales terminaba siendo un fracaso.
Recuerdo que, después de que mi padre se fuera, estuve unos días dando vueltas alrededor de la maleta sin tocarla. Conocía desde niño aquella maleta pequeña de cuero negro, sus cierres y sus esquinas redondeadas. Mi padre la usaba cuando salía a algún viaje breve o cuando quería llevar algún peso a su oficina. Me acordaba de que cuando era pequeño, después de que mi padre regresara de algún viaje, me gustaba abrir la maleta y revolver sus cosas y aspirar los olores a colonia y a país extranjero que salían de su interior. Aquella maleta era un objeto conocido y atractivo que me traía muchos recuerdos del pasado y de mi infancia, pero ahora no podía ni tocarla. ¿Por qué? Por el misterioso peso de la carga que se ocultaba en su interior, por supuesto.
Voy a hablar ahora del significado de ese peso. Es el significado de lo que hace alguien que se encierra en una habitación, se sienta a una mesa, se retira a un rincón y se expresa con papel y pluma, o sea, el significado de la literatura.
Era incapaz de abrir la maleta de mi padre, ni siquiera me atrevía a tocarla; sin embargo, conocía algunos de los cuadernos que contenía. Había visto a mi padre escribiendo en ellos. No era la primera vez que notaba la carga de la maleta. Mi padre tenía una gran biblioteca, y en su juventud, a finales de los cuarenta, había querido ser poeta en Estambul y tradujo al turco a Valéry, pero no quiso vivir las penurias que entrañaban escribir poesía y llevar una vida dedicada a la literatura en un país pobre con pocos lectores. Su padre, mi abuelo, era un rico empresario y mi padre había vivido una niñez y una juventud muy cómodas, así que no quería afrontar las dificultades de la literatura, de la escritura. Amaba la vida con todas sus cosas buenas, y yo le comprendía.
La primera preocupación que me mantenía alejado del contenido de la maleta de mi padre era, por supuesto, el miedo a que no me gustase lo que leyera. Como mi padre lo sabía, había tomado sus precauciones asumiendo ese aire de no darle importancia a lo que contenía. Tras veinticinco años de vida como escritor, me había entristecido ver aquella actitud suya. Pero tampoco quería enfadarme con mi padre porque no se tomara lo bastante en serio la literatura… Mi verdadero miedo, lo que de veras no quería ni saber, era la posibilidad de que mi padre fuera un buen escritor. Ese miedo era el que me impedía abrir la maleta de mi padre. Porque si de ahí surgía verdadera gran literatura, tendría que aceptar que dentro de mi padre existía un hombre completamente distinto. Era algo aterrador. Porque, a pesar de mi edad, yo seguía queriendo que mi padre fuera solo mi padre, no un escritor.
Para mí, ser escritor es descubrir, luchando pacientemente durante años, la segunda persona que se esconde en el interior de uno y el universo que convierte a esa persona en lo que es. Y cuando me refiero a la escritura lo primero que se me viene a la mente no es la novela, la poesía ni la tradición literaria, sino alguien encerrado en una habitación y sentado a una mesa que se vuelve sobre sí mismo a solas y gracias a eso forja con palabras un nuevo mundo. Ese hombre, o esa mujer, puede escribir a máquina, puede aprovechar las facilidades que le ofrecen los ordenadores o, como yo, puede pasarse treinta años escribiendo a mano con una pluma sobre el papel. Mientras escribe puede tomar té o café, o fumar. A veces puede levantarse de su mesa y mirar por la ventana a los niños que juegan en la calle, a los árboles o al paisaje si tiene suerte, o bien a un muro oscuro. Puede escribir poesía, teatro o, como yo, novelas. Todas esas diferencias vienen después de la actividad principal, la de sentarse a una mesa y volverse pacientemente sobre sí mismo. Escribir es verter en palabras esa mirada hacia el interior, y estudiar con paciencia, obstinación y alegría un mundo nuevo según se va cruzando por el interior de uno mismo. Mientras pasan los días, los meses y los años y voy añadiendo lentamente palabras a la página en blanco sentado a mi mesa, siento que estoy construyendo para mí mismo un mundo nuevo, que extraigo de mi interior otra persona, como hacen quienes levantan un puente o una cúpula poniendo piedra tras piedra. Las palabras son las piedras para nosotros los escritores. Colocando palabras durante años, manoseándolas, sintiendo las relaciones que hay entre ellas, a veces mirándolas de lejos, a veces tocándolas con los dedos y con las puntas de nuestras plumas como si las acariciáramos y las sopesáramos, creamos nuevos mundos con obstinación, paciencia y esperanza.
En mi opinión, el secreto de la escritura no reside en una inspiración que nunca se sabe de dónde va a venir, sino en la obstinación y la paciencia. Me da la impresión de que ese hermoso dicho turco, «cavar un pozo con una aguja», se usa para escritores como yo. Me gusta la paciencia de Ferhat, que en las viejas leyendas atraviesa las montañas por amor, y la comprendo. Cuando en mi novela Me llamo Rojo hablaba de los antiguos ilustradores persas que memorizaban el mismo caballo a fuerza de dibujarlo durante años con pasión y que incluso llegaban a reproducir el hermoso animal con los ojos cerrados, sabía que también estaba hablando de la profesión de escritor, de mi propia vida. En mi opinión, para que el escritor sea capaz de contar lentamente su propia vida como si fuera la de otro y para que pueda sentir esa fuerza narrativa en su interior, debe entregarse durante años con toda su paciencia a este arte y oficio sentado a su mesa y conseguir un cierto optimismo.

La maleta

Tu no cumpleaños

Las horas son peones, cada veinticuatro horas se levantan antes que el sol. Hoy es especial; es la fiesta de tu no cumpleaños. Avivemos la mirada cuando se prenda el fuego lunar.  Mientras,  tu sonrisa corre y el conejo reposa, tomaremos el te en los hombros de la montaña y despertemos a las flores de la hierba.

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Donde florece el amor de Amos Oz

Y en donde por fin se revelan los secretos que han permanecido ocultos hasta este día, entre ellos el amor y otros sentimientos.

En la calle Zacarías, cerca de nosotros, vivía una niña llamada Esti. Por la mañana, sentado en la mesa de la cocina mientras desayunaba una rebanada de pan, susurraba para mis adentros: “Esti”.

A lo cual solía responder mi padre: “Anda, come y calla”.

Asimismo, de noche, decían de mí: “Este chiquillo está chiflado; ya ha vuelto a encerrarse en el cuarto de baño a jugar con el agua”.

Sólo que yo no estaba jugando con el agua, sino que, sencillamente, llenaba el lavabo y trazaba con el dedo su nombre sobre las ondas de la superficie. Algunas veces soñaba que Esti me señalaba por la calle y gritaba: “¡Al ladrón, al ladrón!”. Y yo me asustaba y echaba a correr, y ella me perseguía, todos me perseguían: BarKojba Sujovolsky y Goel Germansky y Aldo y Eli Weingarten, todos; la persecución se desarrollaba a través de solares vacíos y escombreras y patios traseros, por encima de verjas y de montones de chatarra oxidada, entre ruinas, por senderos, hasta que mis perseguidores empezaban a cansarse y poco a poco se quedaban rezagados, y al final sólo Esti y yo corríamos uno junto al otro, a punto de alcanzar los dos juntos algún lugar remoto, un alpendre quizá, o un lavadero, o el oscuro hueco de la escalera de una casa desconocida, y en ese punto el sueño se volvía a la vez dulce y terrible: me despertaba sobresaltado y lloraba, poco menos que de vergüenza. Escribí dos poemas de amor en el cuaderno negro que después perdiera en la arboleda de Tel Arza. Seguramente es mejor que lo perdiera.

Pero, ¿qué sabía Esti?

Esti no sabía nada. O bien sabía algo y quería saber más. Por ejemplo, una vez levanté la mano en clase de geografía y dije con autoridad:

El lago Jula es conocido también con el nombre de lago Sumji.

La clase entera, acto seguido, se echó a reír a mandíbula batiente y sin poder parar. Lo que dije era verdad. De hecho, era la verdad exacta; está en la enciclopedia. A pesar de lo cual, el profesor, el señor Shitrit, quedó un momento confuso y me pidió de mala manéra, muy malhumorado:

Sea usted tan amable de aducir los datos en que se basa su conclusión.

Pero la clase, ingobernable, gritaba a pleno pulmón:

Si., Sumji, demuéstralo, Sumji.

Mientras, el señor Shitrit se hinchó igual que un sapo, se puso colorado y bramó, como siempre:

¡Cállense todos! ¡Cállense! ¡No quiero oír ni el vuelo de una mosca!

Cinco minutos después, la clase se había calmado. Pero hasta el final del octavo curso me siguieron llamando Sumji. No tengo mayores motivos para contar todo esto. Sencillamente, quiero subrayar un detalle muy significativo, una nota que me envió Esti al final de aquella clase, que decía:

“Estás como una cabra. ¿Por qué siempre tienes que decir cosas que sólo te traen problemas? ¡Para de una vez!”

Tras esto, había doblado una de las esquinas de abajo, y había escrito con letra muy pequeña: “Pero no importa. E.”

Así pues, ¿qué sabía Esti?

Esti no sabía nada o, tal vez, algo sabía y quería saber más. Lo que es a mí, bajo ningún concepto me habría dado por esconder una carta de amor en su mochila, tal como hizo Eli Weingarten en la de Nurit, ni enviarle un mensaje a través de Raanana, el celestino de la clase, como hizo Tarzán Bamberger, también con Nurit. Muy al contrario, lo que yo hacía era esto: a la primera de cambio le jalaba las coletas o, en cuanto podía, le pegaba su bonito suéter blanco a la silla con un chicle.

¿Que por qué lo hacía? Pues porque sí. ¿Por qué no habría de hacerlo? Para enseñarle, para que se enterase. Y a punto estuve de retorcerle a la espalda sus delgados brazos, casi con toda la fuerza que pude, hasta que empezó a insultarme y arañarme, pues nunca aceptó rendirse. Eso es lo que le solía hacer. Y cosas peores. Fui yo quien le puso el mote de Clementine (por la canción que cantaban los soldados ingleses de los barracones Schneller, que en aquellos días estaban por todo Jerusalén: “Oh my darling, oh my darling, oh my darling Clementine!”). Las chicas de nuestra clase, por sorprendente que pueda parecer, no se lo tomaron a mal, y durante Januká, seis meses después, cuando todo había acabado, seguían llamando Tina a Esti. Tina, por Clementina (de Clementine, claro).

¿Y Esti? Tenía una sola palabra para mí, y me la echaba en cara en cuanto me veía, sin darme siquiera tiempo de empezar a molestar: “Piojo”, o bien: “Apestas”.

Una o dos veces, en el recreo, estuve a punto de hacerla llorar. Por eso tuve que aguantar el castigo que me impuso Jemdá, nuestra maestra, y lo aguanté como un hombre, con los labios bien apretados y sin quejarme.

Y de esta manera floreció el amor, sin acontecimientos notorios, hasta el día que siguió a la fiesta de Shavuot. Esti lloró por mi culpa en el recreo y yo por la suya en la noche.

En la muerte de Amos Oz de Ernesto Bustos Garrido

Un diario italiano tituló una noticia hace unos días, concretamente el 29 de diciembre de 2018, de la siguiente manera: “El escritor israelí Amos Oz falleció ayer a los 79 años (sin su merecido Nobel)”. La fuente de la noticia fue la propia hija del escritor, quien dijo que la causa fue un cáncer implacable que venía padeciendo desde hacía algunos años. “Murió en paz”, especificó Fania Oz-Salzberger, que así se llama la hija.
El intelectual había nacido en Jerusalén el año 1939. Oz, cuyo verdadero apellido era Klausner, siempre criticó la política sionista del estado israelí. Criticó su afán expansionista y el desprecio por el pueblo palestino. Sobre este tema publicó decenas y decenas de artículos y ensayos. Su cuentística también abordó el tema, intentando dejar constancia de que más allá de las rivalidades históricas, artificialmente agrandadas por los poderes fácticos, es posible la convivencia o al menos el diálogo prudente y respetuoso.
En 2005 a Amos Oz (Oz significa “coraje”) le entregaron el Premio Goethe y en el 2007 le fue concedido el premio Príncipe de Asturias de las Letras. En 2013 recibió el Premio Franz Kafka y en la última década siempre apareció como uno de los más firmes candidatos al Premio Nobel de Literatura. Lamentablemente, como les sucedió a muchos otros, se murió esperando. Sin embargo, en una entrevista Amos Oz dijo al respecto: “Creo que ya yo he tenido mi cuota de premios literarios, más de lo que me merezco. Prometo que si no recibo el Nobel, no me voy a morir insatisfecho”.
Al momento de su deceso vivía en Tel Aviv e impartía clases en la Universidad Ben Gurion. Viajaba continuamente a España para empaparse del gracejo andaluz. Era un pacifista, a pesar de que en 1967 fue movilizado con ocasión de la “Guerra de los Seis Días”. Seis años más tarde ocurrió lo mismo para la Guerra del Yom Kipur. De ambas experiencias salió convencido de que la guerra es un acto humano inútil. En 1978 fundó la organización “Paz Ahora”, que le valió severas críticas de los sectores ultra de Israel.
De su extensa obra se rescata su primer libro de cuentos titulado Chacales Howl, que fue publicado en 1965. Luego vendrían más relatos e historias. De sus novelas, las más conocidas son: Mi querido MijaelTocar el agua, tocar el vientoUna pantera en el sótanoEntre amigos, y Judas (la más reciente).
amos