Nasrudín es asaltado, anónimo árabe

Mulá Nasrudin inició un viaje hacia tierras lejanas, motivo por el cual se consiguió una cimitarra y una lanza. En el camino, un bandido cuya única arma era un bastón, se le echó encima y lo despojó de todas sus pertenencias.

Cuando llegó a la ciudad más próxima, el Mulá contó su desgracia a sus amigos, quienes le preguntaron como habría podido suceder que él, estando armado con una cimitarra y una lanza, no hubiera podido dominar a un ladrón armado con un modesto bastón.

Nasrudín contestó:

– El problema fue precisamente que yo tenía las dos manos ocupadas, una con una cimitarra y la otra con una lanza. ¿Cómo creen ustedes que hubiera podido salir airoso?

Nasrudin

Análisis de la casa tomada de Cortázar

La narración nace de la presencia de una fuerza extraña que domina la vida de los protagonistas.
Dos hermanos solteros, Irene -”… nacida para no molestar a nadie“- y el na­rrador, viven en una vieja casa de Buenos Aires, llena de recuerdos familiares’. La cuidan con verdadero esmero. Se levantan muy temprano y hacen la limpieza. Después del almuerzo, ya todo está en orden. Entonces, Irene continúa tejiendo -“ No sé por qué tejía tanto… “-. Esa actividad es, en su vida, casi una obsesión.
Un día, a las ocho de la noche, su hermano escucha un ruido “impreciso y sordo” en el comedor o en la biblioteca, y, luego, en el fondo del pasillo. Cierra inmediatamente la puerta con llave y se dirige a la cocina para calentar la pava del mate. Luego, le comunica el hecho a Irene:
Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo. Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado. 


La nueva situación los entristece, porque en “la parte tomada” de la casa han dejado cosas que quieren mucho. A pesar de ello, poco a poco se resignan y tratan de gozar de las nuevas ventajas:
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco per­dido a causa de los libros, pero por no afligir a. mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá (…). Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar. 

Una noche, el narrador siente sed y se dirige a la cocina para beber agua. De pronto, oye un nuevo ruido, pero no puede precisar de dónde procede. Irene también lo oye.
Los ruidos se oían más fuertes pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada. 

La mujer reconoce que han tomado también esa parte de la casa. Suelta el tejido sin mirarlo. Están con lo puesto. Son las once de la noche. Salen a la calle.
Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo’ se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada. 

Casa tomada” está narrado en primera persona por uno de los protagonistas: el hermano de Irene. Éste rememora, desde su presente, todo lo sucedido en un tiempo que desconocemos:
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living.
Sólo explicita algunas referencias temporales -” … eran las ocho de la noche”; ” … a las nueve y media … “; “Desde 1939 … “; ” … eran las once de la noche”- que ubican vagamente los hechos·.
Los personajes viven en el pasado. De ahí que sean tan significativas estas palabras: ” … y eso me sirvió para matar el tiempo”.
El narrador nos dice: ” … es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia”.
La casa aparece casi personificada. Los protagonistas no ven en ella algo material; representa, en realidad, a todos sus antepasados, cuyo recuerdo continúa gobernán­dolos:
Los dos hermanos, alejados del mundo exterior, viven otro tiempo. Su única y gran preocupación es la casa, especie de refugio o de celda·, y, al mismo tiempo, símbolo de su subjetividad.
Irene (que en griego significa paz) se complace serenamente en hacer la rutinaria limpieza y en tejer -” … se pasaba el resto del día tejiendo … “-;
Esta actividad manual, silenciosa -sólo se oye el “roce metálico” de las agujas- es un “leit-motiv” (motivo recurrente) en el cuento. Tejer es crear formas nuevas -lo único que cambia en esa casa, donde el tiempo parece deteni­do–, es sentir que se vive. La actitud de esta mujer -Penélope sin Ulises -_ revela un profundo y, tal vez, inconsciente sufrimiento interior: “sus graves ojos cansados” .
. . . tejía cosas siempre necesarias … A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas.
El narrador se pregunta “qué hubiera hecho Irene sin el tejido”. En verdad, es lo único que le pertenece. De ahí la cantidad de pañoletas que apila vanamente en el cajón de la cómoda:
No necesitábamos ganamos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido …
Su actitud, al final del cuento, es muy significativa: suelta el tejido sin mirarlo, porque ‘Ya no lo necesita. Ahora es libre.
El narrador asume con calmosa naturalidad su destino: “persistir” en esa casa, junto a su hermana.
Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa …
Como admira la “destreza maravillosa” que tiene Irene para tejer -” … a mí se me iban las horas viéndole las manos … “-, sale de la casa para comprarle lana. Ella siempre se queda.
Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Ar­gentina. 

Él es el primero en oír dos veces el extraño sonido·, símbolo, tal vez, de un mandato interior: el de liberarse de ese lugar que le ha impedido elegir su camino en la vida; símbolo, también, de su insatisfacción ante las cosas dadas:
A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos [ … j. No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvemos hacia atrás. 

Irene participa de la decisión de su hermano de dejarlo todo, de salir al mundo. La “puerta cancel” adquiere aquí también un valor simbólico: es la frontera entre lo co­nocido -la casa- y lo desconocido; el paso de la muerte a la liberación. El temor a lo ignoto hace llorar a Irene. “Cerré de un golpe la cancel … “ Ese golpe propicia un “nacimiento”:
Estábamos con lo puesto [ … ) y salimos a la calle.
La actitud final del narrador implica una resolución irreversible, aunque llena de nostalgia: no regresar más. Los hermanos demuelen espiritualmente la casa. La clave está al comienzo del cuento:
… o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese de­masiado tarde. 

Los hechos transcurren en una casa “profunda” y “silenciosa”, “espaciosa” y “an­tigua”, especie de laberinto, donde pueden vivir “ocho personas sin estorbarse” .
. . . avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. 

La extraña “presencia” de los ruidos, siempre sordos, crea el obligado desplazamien­to de los personajes a un lado de la casa; luego, hacia la puerta cancel, hacia el zaguán y, finalmente, hacia la calle.
El tácito miedo a la muerte les impide volver “al otro lado de la casa”, a la “parte tomada”.
La tensión de la que habla Cortázar se intensifica cuando se insiste en que todo está callado, excepto la cocina: “Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos.
La ruptura de ese silencio, de la vida ordenada y rutinaria de los habitantes de la casa, por es a fuerza misteriosa, origina la intriga.
Dijo Julio Cortázar: El cuento surge como un asalto, como algo que se posesiona del escritor y lo con­vierte en “una masa informe sin palabras ni caras ni principio ni fin pero ya un cuento”. Entonces, debe escribirlo inmediatamente e ignorar todo lo que lo rodea. No hay pen­samientos previos, sino un “bloque informe” que adquiere su ser a la luz de la escritura, de una escritura exaltante, desesperada: “es ahora o nunca”.
Finalmente, la comunicación con el lector se da desde el cuento y no mediante él, pues ya es una criatura autónoma.
Casa tomada” • es el primer cuento que publica Julio Cortázar . Según él, todos los cuentos, en especial los fantásticos, “son productos neuróticos, pesadillas o aluci­naciones neutralizadas mediante la objetivación y el traslado a un medio exterior al terreno neurótico; de todas maneras, en cualquier cuento breve memorable se percibe esa polarización, como si el autor hubiera querido desprenderse lo antes posible y de la manera más absoluta de su criatura, exorcizándola en la única forma en que le e a dado hacerla: escribiéndola”.
Casa tomada” es un cuento fantástico que nace de una pesadilla de su autor:
“Yo soñé “Casa tomada”. La única diferencia entre lo soñado y el cuento es que en la pesadilla yo estaba solo. Yo estaba en una casa que es exactamente la casa que se describe en el cuento, se veía con muchos detalles, y en un momento dado escuché los ruido por el lado de la cocina y cerré la puerta y retrocedí. Es decir, asumí la misma actitud de los hermanos. Hasta un momento totalmente insoportable en que [ … ] en ese sonido estaba el espanto total. Yo me defendía como podía, es decir, cerrando las puertas y yendo hacia atrás. Hasta que me desperté de puro espanto.
Al despertar, Cortázar escribe su cuento de un tirón: “El cuento empieza hablando de la casa [ … ] porque la tenía delante de los ojos. Pero de golpe ahí entró el escritor en el juego“. Entonces, decide “vestir un poco” la narración, agregarle datos que no estaban en su pesadilla. Lo fantástico· proviene, pues, de un sueño.

 

puerta,

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Hari Kunzru frag. literatura Hindú

En los tiempos en los que los animales eran hombres
En los tiempos en los que los animales eran hombres, Coyote vivía en cierto lugar. «¡Haikya! Estoy tan cansado de vivir aquí-aikya. Me voy a ir al desierto a cocinar.» Y sin más, Coyote se hizo con una autocaravana, condujo hasta mitad del desierto e instaló un laboratorio. Se llevó diez paquetes de pan de molde Wonder y otros cincuenta de tallarines japoneses. También whisky y suficiente hachís como para ir tirando. Buscó durante mucho tiempo y al final encontró un sitio bueno: «¡Aquí es donde me voy a instalar-aikya! ¡Qué de espacio hay! ¡Y nadie que me moleste!».
Coyote se puso manos a la obra. «¡Qué bien-aikya!», dijo. «¡Tengo un montón de pastillas de pseudoefedrina! ¡Lo que me ha costado conseguirlas! ¡He estado dando vueltas con el coche de farmacia en farmacia durante un montón de tiempo-aikya!» Machacó la pseudo hasta que quedó convertida en un polvillo fino. Llenó un vaso de precipitados con alcohol metílico y removió los polvos. Coló la mezcla con un filtro de papel para separar la masilla. Y luego la colocó sobre un calentador para que se evaporara. Pero a Coyote se le olvidó comprobar el termómetro y la temperatura empezó a subir. Cada vez estaba más y más caliente. «¡Haikya!», dijo, «¡necesito un cigarrito-aikya! ¡He trabajado muchísimo-aikya!».
Encendió un cigarro. Se produjo una explosión. Murió.
Conejo de Florida pasó por allí y le tocó la cabeza con su cayado. Coyote se sentó y se frotó los ojos. «¡Honorable Coyote!», dijo Conejo de Florida. «Cierra la puerta de la caravana. Mantenla cerrada. Y sal fuera para fumar.»
Coyote empezó a lloriquear. «¡Ay-aikya! ¿Dónde están mis manos-aikya? ¡Se me han volado las manos!» Lloriqueó y volvió a tumbarse y siguió triste un buen rato. Luego se levantó y se hizo unas manos nuevas con cactus cholla.
Empezó otra vez. Molió la pseudo. La mezcló con el disolvente. Filtró y evaporó y filtró y evaporó, hasta estar bien seguro de que no quedaba masilla. Entonces se sentó y se puso a raspar cajas de cerillas para extraer fósforo rojo. Mezcló la pseudo con lo que había sacado de las cajas de cerillas y con iodina y con bastante agua. De repente el matraz empezó a hervir. El gas empezó a saturar el aire. Se le metió en los ojos, entre el pelaje. Aulló y se arañó la cara con las uñas.
Se ahogó con el gas venenoso y murió.
Monstruo de Gila pasó por allí y le salpicó con un poco de agua. Coyote se sentó y se frotó los ojos. «¡Honorable Coyote!», dijo Monstruo de Gila. «Utiliza una manguera. Deja el matraz, llena un cubo con arena para gatos y mete dentro la manguera para que absorba el gas. Luego atrápalo y observa cómo hierve y burbujea dentro del matraz. E intenta no respirar en ningún momento.»
Coyote empezó a lloriquear. «¡Ay-aikya! ¿Dónde está mi cara-aikya? ¡Me he arrancado la cara!» Corrió hasta el río y se hizo una cara nueva con barro y se la pegó en la parte frontal de la cabeza. Y empezó otra vez. Molió la pseudo y la evaporó. Rascó las cajas de cerillas e hizo que el gas absorbido por la arena de gato burbujeara dentro del matraz. Mezcló las sustancias químicas y coció la mixtura y la filtró y añadió un poco de lejía Red Devil. Vigiló el termómetro. Tuvo cuidado de no respirar. Enfrió la mezcla y añadió un poco de camping gas y la removió y cuando vio la costra de cristal flotando en el líquido empezó a saltar de júbilo. Puso el disolvente a evaporarse pero estaba tan emocionado que se le olvidó vigilar que no se le metiera la cola dentro del fuego. Entonces bailó alrededor del laboratorio, incendiándolo todo con el fuego de la cola.
El laboratorio se quemó. Él murió.
Zorro del Sudeste pasó por allí y le dio un toquecito en el pecho con la punta de su arco. «¡Honorable Coyote!», dijo. «¡No metas la cola dentro! Si no, no podrás cocerlo.»
«¡Ay-aikya!», lloriqueó Coyote. «Mis ojos, ¿dónde están mis ojos-aikya?» Se hizo unos ojos nuevos con dos dólares de plata y empezó otra vez. Molió la pseudo. La filtró y la evaporó, la mezcló y la evaporó e hizo bullir el gas. Filtró y evaporó aún más, y luego bailó arriba y abajo. «¡Qué listo soy-aikya!», dijo Coyote. «¡Soy el más listo de todos-aikya!» Tenía entre las manos cien gramos de cristal puro.
Y Coyote abandonó aquel lugar.
Eso es todo, así acaba la historia.
1947
En cuanto Schmidt vio los Pináculos, supo que aquél era el sitio. Las tres columnas de roca brotaban disparadas hacia lo alto como los tentáculos de alguna criatura antiquísima. Eran apéndices desgastados por la erosión que sondaban el cielo. Hizo un par de pruebas, primero con la varita de zahorí y luego con el medidor de tierra. La aguja se salió de la escala. No cabía duda, allí había poder, un poder que recorría la línea de falla y ascendía por las rocas: una antena natural. Cerró el trato rápidamente. Ochocientos billetes verdes para la vieja propietaria de la parcela, unos papeles firmados en un notario de Victorville y el terreno fue suyo. Alquilado por veinte años, visto y no visto. No podía creerse la suerte que había tenido.
Compró una caravana Airstream de segunda mano en un comercio de Barstow, la remolcó hasta el solar y se pasó toda la tarde sentado en una silla de jardín, admirando el modo en que el vehículo de aluminio reflejaba la luz. Le recordaba al Pacífico y a los Superforts aparcados en el aeródromo de North Field. El modo en que los bombarderos brillaban al sol. Aquel resplandor encerraba una lección. Servía para recordar que había mundos a los que los seres humanos no soportaban mirar de manera directa.
La primera noche no durmió nada. Acostado en el suelo bajo una manta, boca arriba, mantuvo los ojos abiertos hasta que la negrura se volvió violeta, luego gris, y la lana amaneció escarchada por pequeñas gotas de condensación que parecían diamantes minúsculos. El olor a creosota y salvia del desierto, la cúpula de estrellas. Ocurrían más cosas en lo alto del cielo que abajo en la tierra, pero había que hacer el esfuerzo de salir de la ciudad para darse cuenta. Todas esas malditas verticales no hacían más que entorpecer la vista, esas tuberías de acero y esos cables y todas esas cosas que corrían por debajo de los pies saturaban a los seres humanos e interrumpían cualquier flujo. Pero nadie iba a enredar al desierto. Aquella tierra te permitía estar a solas.
Creía que tenía bastantes posibilidades. Aún era suficientemente joven para llevar a cabo el trabajo físico, y no cargaba con una mujer ni con una familia. Y tenía fe. Sin la fe se habría rendido hacía ya largo tiempo, en la época en la que no era más que un crío que se entretenía leyendo catálogos de compra por correo durante la pausa del almuerzo, mientras tomaba sus primeras notas titubeantes sobre los misterios. Ahora no quería distracciones. No le preocupaba la opinión que tuvieran de él los vecinos del pueblo. Se comportaba de manera educada cuando iba a la tienda a recoger los suministros, pero no se esforzaba más. La mayor parte de los hombres eran unos necios; lo había descubierto en Guam. Unos hijos de puta que no le dejaban tranquilo, le ponían motes y hacían chistes infantiles a sus expensas. Había tenido que utilizar toda su fuerza de voluntad para no hacer nada de lo que se le pasaba por la cabeza, pero después de lo de Lizzie ya no tenía derecho, así que había atemperado su ira y se había dedicado a luchar en la guerra. Aquella panda de simples había volado en incontables misiones, pero a pesar de todas esas horas acumuladas, de todas esas oportunidades de ver, seguían pensando que el mundo real estaba allí abajo, en el suelo, en la cola de la cantina, entre las piernas de las pin-ups de los pósters que pegaban sobre sus catres rancios. La única persona con un ápice de sentido común que había conocido había sido aquel piloto artillero irlandés, cómo se llamaba, Mulligan o Flanagan, un apellido irlandés de ésos, que le había hablado de las luces que había avistado cuando volaban hacia Nagoya para soltar una carga, unos puntos verdes que se movían demasiado deprisa para ser Zeros. Le había pedido prestado un libro. Schmidt se lo había dejado y no había vuelto a verlo. Al chico y al resto de su tripulación los habían derribado una semana más tarde y habían terminado en el mar.
Poco a poco el lugar fue empezando a tener otra apariencia. En la caravana hacía un calor infernal y estaba tratando de encontrar alguna forma de aprovechar la sombra que proporcionaban las rocas cuando descubrió la madriguera del buscador de plata. No sabía lo que era hasta que preguntó en el bar del pueblo. La habían cubierto con hormigón hacía unos pocos años, después de expulsar de allí al viejo cabrón, porque pensaban que era un espía alemán o algo así. Quizás estuviera más loco que una cabra, y lo más probable era que fuese un muerto de hambre porque en sus dominios, por llamarlos de alguna manera, no había ni una onza de plata ni nada parecido, pero sabía excavar. Había una estancia de ciento veinte metros cuadrados debajo de las mismas rocas. Fresca en verano, protegida de las frías noches de invierno. Un búnker en toda regla.
A partir de ahí, fue cosa de coser y cantar. Niveló el suelo para hacer una pista de aterrizaje, enterró un barril de combustible en la arena, levantó un cobijo de bloques de cemento y pintó un BIENVENIDOS en letras enormes sobre el tejado de hojalata. Ya tenía un negocio. No era que aquel café fuera a generar grandes ganancias, pero tampoco hacía falta que fuera General Motors. No le hubiera molestado algo de compañía, pero los ahorros no le daban para mucho. Tenía otro año, dos quizá, antes de que se le agotara el dinero, más o menos el tiempo que necesitaba una empresa como aquélla para salir adelante.
No pasaban muchos aviones. Una vez a la semana, más o menos, aterrizaba alguien. Él servía café, freía huevos. Cuando le preguntaban qué hacía allí instalado les decía que estaba esperando, y cuando le preguntaban a qué, contestaba que aún no lo sabía pero que aquello era mejor que estar metido en un atasco de tráfico, y normalmente eso les bastaba. Nunca llevaba a ningún visitante al búnker. Al cabo de unos meses empezó a tener más clientela. Los pilotos que iban o venían de la costa se fueron enterando de que había un sitio para repostar en aquel punto del desierto. Compró unas cuantas sillas y mesas de formica, se hizo con una provisión de cerveza.
Tuvo algún que otro problema, claro. Se le estropeó el generador. Tuvo un enfrentamiento con unos indios a los que cazó trepando por las rocas y a los que hubo de amenazar con el revólver. Cuando se marcharon descubrió que había varias rocas pintadas con huellas de manos y dibujos de serpientes y muflones. Otro día, una tormenta de arena obligó a aterrizar a un avión. El viento de costado soplaba a ochenta kilómetros por hora y el piloto tuvo suerte sólo con conseguir aterrizar, porque cuando se aproximaba daba la impresión de que el ala derecha iba a levantarse y el aeroplano se iba a dar la vuelta sobre sí mismo. Schmidt corrió a su encuentro cubriéndose la boca con una bandana. Sin pararse a pensar, le llevó hasta el subterráneo, el sitio más lógico donde guarecerse.
El piloto era un joven potro de veintiún años o así, con una cabeza llena de pelo oscuro y un bigotito elegante. Un niño rico. Se quitó la chaqueta y las gafas, y mirando a su alrededor con asombro, preguntó dónde diablos estaba.
Por aquel entonces el proyecto estaba bastante avanzado. Schmidt había construido un condensador de vórtex para almacenar y concentrar las energías parafísicas que fluían de las rocas. En el punto más alto había instalado un cardán con un cristal orientado hacia Venus. Tenía a medio desarrollar un sistema piezoeléctrico parale

 

Estudió en el Wadham College de Oxford, doctorándose en Filosofía y letras en la Universidad de Warwick. Ha trabajado en varios periódicos y revistas, siendo editor de algunas de ellas. Ha trabajado como entrevistador en televisión y es miembro del consejo directivo del PEN Club británico.

Es autor de novelas escritas con estilo directo y sencillo y con gran sentido del humor. En ellas aparece frecuentemente la crítica política y social. Ha obtenido varios premios.

La casa tomada de Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros image014bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
Corta

El mito del cerebro izquierdo y el cerebro derecho

Avatar de José R. AlonsoNeurociencia el blog de José R. Alonso

1fd60999-9766-4074-redTodos sabemos que tenemos dos hemisferios cerebrales, dos grandes masas encefálicas densamente plegadas en su superficie —la corteza cerebral— que es donde están situadas las funciones intelectuales. En la década de 1960, el tratamiento de personas con epilepsia refractaria a los medicamentos, usó una nueva estrategia: la callosotomía, cortar el cuerpo calloso, la cinta de sustancia blanca formada por entre 200 y 250 millones de axones y que conecta ambos hemisferios. La idea era

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Caza mayor de I. Asimov

-He leído en los periódicos -dije apurando mi cerveza- que la nueva máquina del tiempo de Stanford ha sido adelantada dos días en el tiempo, llevando en su interior un ratón blanco que no padeció efectos nocivos.
Jack Trent asintió y dijo, muy serio:
-Lo que deberían hacer con ese invento es retroceder algunos millones de años y averiguar que ocurrió con los dinosaurios.
Durante los últimos minutos yo había estado observando casualmente a Hornby, que ocupaba la mesa vecina. El individuo alzó los ojos y se encontró con mi mirada. Estaba solo y a su lado tenía una botella de la que había bebido la cuarta parte. Tal vez por eso no habló en ese momento.
Sonrió y se dirigió a Jack:
-Demasiado tarde, viejo. Hice eso hace diez años y lo averigüé. Los sabihondos dicen que fue debido a los cambios climáticos. No es verdad. -Levantó el vaso en silencioso brindis y lo apuró de un trago.
Jack y yo nos miramos. Sólo conocíamos a Hornby de vista, pero Jack me guiñó el ojo derecho y meneó ligeramente la cabeza. Sonreí, nos trasladamos a la mesa vecina y pedimos otras dos cervezas.
Jack miró a Hornby con solemnidad.
-¿Realmente inventó una máquina del tiempo?
-Fue hace mucho -Hornby sonrió amigablemente y volvió a llenar su vaso-. Mejor que la chapuza de esos aficionados de Stanford. La destruí. Dejó de interesarme.
-Hablemos de eso. ¿Dice que no fue el clima lo que acabó con los grandes saurios?
-¿Por qué habría de serlo? -Nos lanzó una rápida mirada de soslayo-. El clima no los afectó durante millones de años. ¿Por qué habría de borrarlos tan completamente una súbita temporada seca, mientras otras especies seguían viviendo con toda comodidad? -Intentó chasquear los dedos a modo de burla, pero le salió mal y terminó murmurando-: ¡No es lógico!
-Y entonces, ¿qué pasó? -inquirí.
Hornby vaciló, mientras jugueteaba con la botella. Luego respondió.
-Lo mismo que acabó con los bisontes: ¡seres inteligentes!
-¿Los hombres de Marte? -sugerí-. Era demasiado temprano para los habitantes de la Atlántida.
De pronto, Hornby se volvió truculento. Supongo que estaba medio tocado.
-Les digo que los vi -afirmó con violencia-. Eran reptiles, no muy grandes. Bípedos de un metro veinte de altura. ¿Por qué no? Aquellos dinosaurios tuvieron millones de años para evolucionar. Reptaban, trepaban, volaban y nadaban. Eran de todas las formas, tamaños y variedades. ¿Acaso uno de ellos no pudo desarrollar un cerebro…, y acabar con los demás?
Intervine:
-No hay inconveniente, salvo que jamás se ha descubierto el fósil de un saurio cuya caja craneana pudiera cobijar más materia gris que la de un pequeño gato.
Jack me dio un codazo, pues quería que Hornby siguiera desbarrando, pero a mí no me gustan los despropósitos.
Hornby se limitó a dirigirme una ojeada desdeñosa.
-Tampoco se encuentran muchos fósiles de animales inteligentes. Ya sabe que por lo general no suelen caerse en los pantanos. Además, ocurre que eran de cerebro pequeño. ¿Qué me dice a eso? ¿Qué tanto por ciento de su cerebro utiliza usted? Como mucho, menos de un quinto y el resto no sirve, o Dios sabrá qué ocurre. Esos reptiles tenían el cerebro de un pequeño gato, pero lo usaban todo.
Luego insistió:
-Y no me pregunten por qué no encontramos restos de sus ciudades o máquinas. Creo que no construyeron nada. Su inteligencia era de un tipo por completo diferente de la nuestra. Intentaron contarme su vida, pero no logré entender nada…, salvo que su gran diversión era la caza mayor.
-¿Cómo pudieron entenderse? -preguntó Jack-. ¿Por telepatía?
-Creo que sí. Le digo que tenían cerebro. Los miré y ellos me miraron, y entonces supe. Supe muchas cosas. No oí ni sentí nada; sencillamente supe. En realidad, no puedo explicarlo. Algún día lo intentaré – sus ojos, fijos en el vaso, tenían una expresión melancólica-. Me habría gustado quedarme más tiempo.
Pude aprender muchas cosas -se encogió de hombros.
-¿Por qué no lo hizo? -pregunté.
-Era arriesgado -respondió-. Me di cuenta. Para ellos, yo era un monstruo, y les inspiraba curiosidad. No por mi cuerpo, naturalmente, que no les molestaba. Se trataba de mi cerebro -sonrió torcidamente-. Ya saben, era muy grande. Se preguntaban para qué podría servirme tanto cerebro.
Querían hacer mi disección para averiguarlo, conque me largué de allí.
-¿Cómo pudo irse?
-No lo habría logrado, si en aquel momento ellos no hubieran visto un triceratops. Lo dejaron todo y salieron corriendo con sus varitas de metal en las manos. Ya me entienden: eran sus armas. Ahí tiene la respuesta. Esos pequeños y sesudos reptiles mataban saurios con el entusiasmo de un cazador de leones.
Preferían matar un «tyrannosaurus» antes que comer. ¿Por qué no? Aquellas enormes fieras debieron constituir magníficas presas. Ninguno de los demás, desde el pterodáctilo hasta el ictiosaurio -no logró pronunciarlos muy bien, pero comprendimos lo que quería decir-, podía ser un trofeo tan digno de aquellas bestias enanas que los mataban por diversión o por gloria. Y fueron rápidos. Nosotros matamos cientos de millones en treinta años, ¿recuerdan?
Otra vez intentó chasquear los dedos. Luego agregó con sarcasmo:
-¡Cambios climáticos! ¡Un cuerno! Pero, ¿quién creería la verdad?
Guardó silencio y Jack le dio un codazo:
-Dígame, viejo, ¿quién acabó con esos pequeños saurios? ¿Por qué no están aquí, vivos y coleando?
Hornby levantó la mirada y observó fijamente a Jack.
-Jamás regresé para averiguarlo, pero de todos modos sé lo que ocurrió. La única diversión que había en sus vidas era la caza mayor. Le dije que lo supe cuando los miré a los ojos. Por eso, cuando se quedaron sin brontosaurios y sin diplodocos, se dedicaron a la caza más peligrosa: ¡ellos mismos! E hicieron buena faena.
Hizo una pausa y agregó, truculento:
-¿Por qué no? ¿Acaso los hombres no estamos haciendo lo mismo?

Asimov.

http://www.letrasperdidas.galeon.com/consagrados/c_asimov01.htm

PARADIGMAS — UNA LUZ MÁS

Para entender o impugnar la disyuntiva de quien dice: “Escribir con el Corazón o no escribir” habrá que indagar primero si es posible escribir solamente con el corazón, sin un proceso paralelo de razonamiento, que respalde la estructura del lenguaje utilizado al expresar los sentimientos. Se asume que hablar con el corazón es hablar con […]

a través de PARADIGMAS — UNA LUZ MÁS

Cónocete: anónimo hindú

Un niño de la India fue enviado a estudiar a un colegio de otro país.
Pasaron algunas semanas, y un día el jovencito se enteró de que en el colegio había otro niño indio y se sintió feliz. Indagó sobre ese niño y supo que el niño era del mismo pueblo que él y experimentó un gran contento.
Más adelante le llegaron noticias de que el niño tenía su misma edad y tuvo una enorme satisfacción. Pasaron unas semanas más y comprobó finalmente que el niño era como él y tenía su mismo nombre. Entonces, a decir verdad, su felicidad fue inconmensurable.

niño hindú

Tomado de Ciudad Seva

Anita Nair periodista y escritora

Escritora india nacida en Shoranur en 1966. Estudió Filología inglesa y Literatura en el NSS College, Ottapalam en Kerala. Más tarde asistió a clases en Estados Unidos, en Virginia Center for Creative Arts, gracias a una beca a la que tuvo acceso por su primer libro de relatos breves, Satyr of the Subway & Eleven Other Stories (1997).
En sus relatos cortos y novelas, abundan las protagonistas femeninas en historias emotivas que mezclan tradición y modernidad con un lenguaje sencillo. Sus obras se han traducido con éxito a varios idiomas
Por sus novelas, Nair ha sido nominada y ha recogido varios premios literarios. Finalista en prestigiosos certámenes como Orange Prize for Fiction, LiBeraturpreis o PEN/Beyond Margins y ganadora del Kerala Sahitya Akademi Award o el FLO FICCI Women Achievers.

EL LIBRO

Akhila, si tengo una virtud, es la inmunidad a lo que la gente piense de mí. Naturalmente, esto hace que les guste aún menos. A la gente no le gusta pensar que su opinión sobre alguien no significa nada para esa persona. Y cuando es una mujer…, la sola idea es intolerable. Pero, como he dicho, no me preocupa. No estoy diciendo que debieras pensar como yo. Aunque descubrirás que, una vez que dejas de preocuparte por lo que el mundo pensará de ti, tu vida se hace mucho más fácil de vivir.

el vagón de las mujeres de la autora Anita Nair.

En el caso del presente volumen encontramos un retrato de la sociedad india desde el punto de seis mujeres diferentes que coinciden en un viaje en tren, durante el cual estas mujeres irán hablando de sus situaciones vitales y de las relaciones con sus maridos y familiares, y cómo todo esto las ha ido afectando, a ellas y a su visión de la vida a lo largo de los años.

En este aspecto del retrato social, encontramos una radiografía de la vida de las mujeres en el país, cómo es su juventud y su vida adulta, lo que se espera de ellas en cada momento de sus vidas y sobre todo como esta vida cambia cuando se quedan viudas o solteras, esto se puede ver tanto en la historia de la propia protagonista y las anécdotas que va contando sobre ella y su familia, como sobre mujeres de su propio vecindario así como de las historias de las mujeres que acompañan a Akhila en el vagón a lo largo del viaje en tren, lo que sirve de excusa para denunciar una serie de injusticias respecto de la mujer.

Creo que lo bueno que tiene este libro es que presenta todas estas situaciones, en algunos casos muy desagradables, de una forma muy delicada y que, dentro de lo extremadamente desagradables que resulta, no llegan al punto de provocar desagrado al leerlos, a la vez que utiliza todas estas historias protagonizadas por mujeres para poner el valor del esfuerzo de estas mujeres para sacar adelante a sus familias aun a costa de dejar de lado todo aquello que ellas quieren o necesitan en sus respectivas vidas.

El libro se encuentra en Pdf y pueden bajarlo gratuitamente.

El río y la moto

La carretera se pierde en la lejanía, Detrás, escucho el motor, que en instantes se hace ruidoso y pasa a mi lado. Es una motocicleta que en segundos se vuelve diminuta. Cuando corro, el sol cae sobre la espalda y mi sombra se inclina sobre la lengua gris del asfalto. Estoy en el pico del cerro, con un charco de sudor en la cabeza. Desde aquí, puedo tomar las nubes con la mirada, los árboles parecen arbustos. Casi podría lavarme la cara con el agua del rio. El río que corre abajo y parte los cerros. Hay un cielo con un azul transparente, sin nubes. Tengo mi garganta seca y la lengua pastosa y el sudor hace regatos por las mejillas. Mi sudor es lluvia y fluye. La moto viene de regreso y el rio se dobla y estira como una sierpe manchada de espejos.

rio amazonas

Las tormentas

Espacio de gigantes
de fuego y fragua,
que en días de septiembre
rompen el cielo,
con el hacha y el yunque;
la lumbre, y el rayo.

MADRE TIERRA — POESÍA JAPONESA DE ELFICAROSA.

Pertenezco a la tierra, a los susurros de los ríos, pertenezco a las aves, a la sonrisa de un niño. Soy mar y espuma, soy arena y palmera, soy aquellos ojos marrones, como la miel de tus labios. Soy volcán que arde, tierra seca, tierra en el que el verde lleva aromas de vida. Soy […]

a través de MADRE TIERRA — POESÍA JAPONESA DE ELFICAROSA.

El héroe Tagore

Madre, figúrate que vamos de viaje, que atravesamos un país extraño y peligroso.
Yo monto un caballo rubio al lado de tu palanquín.
El sol se pone; anochece. El desierto de Joradoghi, gris y desolado, se extiende ante nosotros.
El miedo se apodera de ti y piensas: ‘¿Dónde estamos?’
Pero yo te digo: ‘No temas, madre’.
La tierra está erizada de cardos y la cruza un estrecho sendero.
Todos los rebaños han vuelto ya a los establos de los pueblos y en la vasta extensión no se ve ningún ser viviente.
La oscuridad crece, el campo y el cielo se borran y ya no podemos distinguir nuestro camino.
De pronto, me llamas y me dices al oído: ‘¿Qué es aquella luz, allí, junto a la orilla?’ Se oye entonces un terrible alarido y las sombras se acercan corriendo hacia nosotros.
Tú te acurrucas en tu palanquín e invocas a los dioses.
Los portadores, temblando de espanto, se esconden en las zarzas.
Pero yo te grito: ‘¡No tengas miedo, madre, que yo estoy aquí!’ Armados con largos bastones, los cabellos al viento, los bandidos se acercan.
Yo les advierto: ‘¡Deténganse, malvados! ¡Un paso más y son muertos!’
Sus alaridos arrecian y se lanzan sobre nosotros.
Tú coges mis manos y me dices: ‘¡Hijo mío, te lo suplico, escapa de ellos!’
Y yo contesto: ‘Madre, vas a ver lo que hago’.
Entonces espoleo a mi caballo y lo lanzo al galope. Mi espada y mi escudo entrechocan ruidosamente.
La lucha es tan terrible, madre, que morirías de terror si pudieras verla desde tu palanquín.
Muchos huyen, muchos más son despedazados.
Tú, inmóvil y sola, piensas sin duda: ‘Mi hijo habrá muerto ya’.
Pero yo llego, bañado en sangre, y te digo: ‘Madre, la lucha ha terminado’.
Tú desciendes del palanquín, me besas, y estrechándome contra tu corazón me dices: ‘¿Qué habría sido de mí si mi hijo no me hubiera escoltado?’
Cada día suceden mil cosas inútiles. ¿Por qué no ha de ser posible que ocurra una aventura semejante? Sería como un cuento de los libros.
Mi hermano diría: ‘¿Es posible? ¡Siempre lo tuve por tan poca cosa!’
Y la gente del pueblo proclamaría: ‘¡Qué suerte la de la madre al tener a su hijo a su lado!’

caballero inf