John M. Coetzee, segundo premio novel de África

(Ciudad del Cabo, 1940) Escritor sudafricano en lengua inglesa. John Maxwell Coetzee nació en Ciudad del Cabo el 9 de febrero de 1940. Cuando tenía ocho años, su familia se trasladó a Worcester, en la provincia de Karoo, una zona casi desértica. Allí transcurrió su infancia.
Su identidad étnica nunca le resultó demasiado clara: en su familia inmediata se hablaba el inglés, pero con otros parientes pesaba más el lado afrikáner, de cuya cultura, sin embargo, Coetzee se sentía muy alejado. Su filiación religiosa no fue más diáfana, pues su familia no era practicante, y a la confusión del niño se añadió el hecho de crecer con compañeros protestantes, católicos y judíos.
Su padre era abogado y, en casa, una figura cuya autoridad no siempre era bienvenida. Con su madre, profesora de escuela, sucedía algo muy distinto: el niño Coetzee desarrolló frente a ella un fuerte sentimiento de solidaridad, de mutuo apoyo, pero también de repulsión y de culpa. «Él desearía que se comportase con ella como lo hace con su hermano», escribió en Infancia, pero aclarando enseguida: «Sabe que se pondría furioso si ella comenzara a protegerlo constantemente». La niñez de Coetzee transcurrió en esos espacios alejados de la urbe y sus sofisticaciones.


John M. Coetzee

Cuando tuvo que escoger estudios universitarios, se decidió por la Universidad de Ciudad del Cabo. En 1961 terminó, con resultados excepcionales, sus estudios de lengua y literatura inglesa y de matemáticas; esa doble disciplina determinó buena parte de su futuro inmediato, pues ese mismo año viajó a Londres con la intención de hacerse escritor, y fue su trabajo como programador informático el que le permitió costearse la vida en la metrópolis del imperio.
Coetzee fue contratado, no mucho tiempo después de su llegada, por IBM, pero el exceso de trabajo y la rutina pronto le resultaron insoportables, y, luego de renunciar a su trabajo, pudo dedicar más tiempo a la tesis en que estaba trabajando, un examen crítico de Ford Madox Ford con el que obtuvo, en 1963, su maestría en humanidades por la Universidad de Ciudad del Cabo. Dos años después subió a bordo de un barco italiano rumbo a Estados Unidos. Para ser precisos, su destino era Austin, Texas.
La influencia de Beckett
La Universidad de Texas sería su hábitat natural durante los años siguientes. Allí, entre varios trabajos filológicos, Coetzee escribió una disertación doctoral sobre la obra de Samuel Beckett; en la Sala de Manuscritos de la universidad encontró los cuadernos en que Beckett había escrito la novela Watt mientras se escondía de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. El descubrimiento lo marcaría para siempre, y Beckett se convertiría en una de sus influencias más notorias.
Hubo otros encuentros, tan accidentales como aquél: en la biblioteca encontró las monografías del etnólogo alemán Carl Meinhof acerca de lenguas sudafricanas como el hotentote. Eso le llevó a retroceder en el tiempo hasta encontrar los inventarios lingüísticos hechos por antiguos viajeros y misioneros, entre ellos uno de sus ancestros: Jacobus Coetzee.
En 1968, cuando se mudó a Buffalo para trabajar como profesor en la Universidad Estatal de Nueva York, Coetzee comenzó la redacción de una especie de genealogía o memoria familiar. El texto acabó por convertirse en su primera novela: Dusklands. Para cuando la publicó, en 1974, ya había abandonado Estados Unidos, y llevaba dos años ejerciendo como profesor en la Universidad de Ciudad del Cabo. Ese puesto ocuparía la siguiente década de su vida.
Durante ese tiempo, Coetzee escribió y siguió publicando con una regularidad sorprendente, como si se hubiera fijado plazos de tres años para sus novelas. En 1977 apareció En medio de ninguna parte; la repercusión de la novela fue extraordinaria, y el Premio CNA, el más prestigioso del mundo literario sudafricano, fue para Coetzee una especie de presentación en sociedad.
Luego vinieron Esperando a los bárbaros (1980), Vida y época de Michael K (1983) y Foe (1986). En las dos primeras ahondó en la condición de su país, en la culpa de los blancos colonizadores y su posible expiación. Vida y época… ganó el Premio Booker, y situó a su autor en el ámbito más amplio de la prosa en lengua inglesa. En Foe, mientras tanto, Coetzee revisitaba el mito de Robinson Crusoe, desde el punto de vista de una mujer que según Coetzee estaba en el mismo barco y que la novela de Daniel Defoe deja al margen, y reflexionaba sobre el impulso «marginador» de los hombres.
Autor consumado
El Premio Fémina de novela extranjera de 1985 y el Premio Jerusalén de 1987 confirmaron que Coetzee podía ser leído fuera del ámbito del colonialismo anglosajón. Mientras tanto, su posición académica se afianzaba, y en 1984 fue nombrado profesor de literatura general de la Universidad de Ciudad del Cabo.
Para entonces, Coetzee se había enfrentado con buenos resultados al conflicto que parecía preocupar a sus críticos más que a él mismo: ¿Cómo producir una literatura comprometida con su tiempo y a la vez capaz de incorporar los sofisticados rasgos de la prosa posmoderna? Después del experimento de Foe, Coetzee publicó su novela más clásica, La edad de hierro (1990), un texto deudor de la literatura confesional, y El maestro de Petersburgo (1994), dedicado a la figura de Fiodor Dostoievski. Con esta novela Coetzee saldó una vieja deuda -el escritor ruso es uno de los demonios presentes en su literatura- y demostró, de paso, que su trayectoria no estaba definida de antemano: cada nuevo libro significaría un nuevo desvío.
El siguiente desvío fue Desgracia, novela con la que ganó en 1999 su segundo Premio Booker. Desgracia se aleja del estilo alegórico de otros textos y utiliza procedimientos que pueden ser llamados realistas. La década de los noventa fue para Coetzee la década de la autobiografía. A pesar de sus dos libros de memorias, Coetzee no se dejaría absorber por el remolino mediático.
En 2002 se mudó a Australia, y ejerció desde entonces como profesor de la Universidad de Adelaida. La noticia de que le había sido concedido el Premio Nobel de Literatura -poco después de la publicación de Elizabeth Costello– causó una reacción doble en sus lectores: de justicia, por el reconocimiento de la importancia de su obra, y de preocupación, pues Coetzee se vería obligado por primera vez a salir de su refugio y dar la cara ante las cámaras. Era el segundo autor sudafricano en lograr el galardón, y la Academia sueca destacó la «brillantez y la honestidad intelectual» del autor, así como su «conciencia crítica».
Como sus libros, J. M. Coetzee ha hecho del aislamiento un valor. Su vida de novelista se ha mantenido al margen de los círculos sociales de la literatura; Coetzee escribe y trabaja en privado, y, al contrario de las tendencias contemporáneas, se ha asegurado de que sus datos biográficos interesen menos que sus novelas.
Desde esa perspectiva, ha llevado a cabo una de las obras más sólidas de aquello que ha dado en llamarse literatura poscolonial, aunque las etiquetas le importan poco: en sus novelas, la experiencia de su país, Sudáfrica, y la suya como hombre blanco en el territorio del apartheid, se han mezclado felizmente con el ejercicio de la crítica literaria, y han procurado no hacer del compromiso político el fetiche que es para tantos novelistas de territorios conflictivos. El hecho de que haya logrado prescindir de la propaganda, y al mismo tiempo realizar un cuestionamiento de las realidades del colonialismo equiparable al de Joseph Conrad, es el verdadero testimonio de su potencia como artista y crítico social.

Wole Soyinka Aké (fragmento)

«Todo el mundo gritó al mismo tiempo:
—¡Estáte quieto, Wole! ¡No te muevas!
Repetí mi pregunta, advirtiendo ahora que no me estaba muriendo, pero preguntándome si estaría obligado a convertirme en un mendigo como los ciegos que llegaban a veces a la vicaría, de la mano de un niño, a veces no mayor que yo. Se me ocurrió entonces que nunca había visto a un niño que llevara de la mano a otro niño ciego.
Alguien preguntó:
—¿Dónde está ese Osiki?
Pero Osiki había desaparecido. Osiki, cuando yo caí herido, había seguido corriendo en la misma dirección que llevaba en aquel momento. Yo estaba seguro de que había corrido a una velocidad superior incluso a la fenomenal suya de siempre. Algunos de los chicos mayores habían tratado de atraparlo (yo no sabía por qué), pero Osiki los superaba en cuanto a correr rápido como el viento. Podía verlo, y aquella visión me llevó una sonrisa a la cara. También me hizo abrir el ojo herido y, para gran sorpresa mía, podía ver con él. Se escucharon grandes respingos de las caras preocupadas, que ahora se iban apretando a mi lado para ver por sí mismas. La piel estaba cortada hasta el rabillo del ojo, pero el ojo en sí estaba ileso. Incluso la hemorragia parecía haber parado. Oí que un profesor murmuraba: «¡Imposible!», mientras que otro exclamaba: «¡Olorun ku ise!» [¡Alabado sea Dios!]. Mi padre se limitó a dar un paso atrás y quedarse contemplándome, con la boca abierta en un gesto de incredulidad.
Y entonces me sentí muy cansado, pareció que una neblina me tapaba los ojos y me dormí.
Yo no podía subir solo la escalera, pero ya sabía dónde estaba. Me bastaba con seguir el ruido de los pies para saber a dónde ir cada vez que el ruido de un acontecimiento llegaba a la casa desde Aké. Era una escalera de hierro y a veces había cuatro o cinco personas de la casa que se subían a ella al mismo tiempo a mirar y hacían comentarios sobre el acontecimiento. No hacían caso de mis esfuerzos por subir a la escalera con ellos, pues decían que era peligroso.
Entonces, un día, Joseph se apiadó, me subió a hombros y así fue como eché mi primera mirada por encima del muro de nuestro patio. Seguí al grupo de bailarines del camino que pasaba junto al cenotafio, detrás de la iglesia, y después desaparecía, según dijo Joseph, en dirección al palacio. Yo había reconocido la iglesia y el cenotafio. También había reconocido otro elemento del paisaje, que era la gran puerta de los terrenos de la vicaría. Entonces comprendí que los muros externos de la vicaría se sucedían continuamente y sólo en algunos lugares dejaban huecos para puertas y ventanas. Sentado en el hombro de Joseph, seguí hacia la izquierda el muro en el que estábamos apoyados, vi que se fundía con la pared del almacén donde se guardaban las cántaras y las ollas (tanto de guisar como para los trabajos de jardinería de mi padre), después desaparecía en la pared del cobertizo de la leña y los pollos, después de lo cual se convertía en el muro de un pequeño nicho que servía para las plantas más jóvenes del jardín de padre, después en la pared del cuarto de baño, y por último en la de la cocina. Desde allí pasaba a rodear el recinto del catequista, envolvía el resto de su casa y después se volvía a convertir en una pared lisa hasta que la rompía la puerta de los terrenos de la vicaría. Después pasaba a la pared de la escuela de muchachas de abajo, antes de interrumpirse en la esquina que constituía la fachada de la librería, único edificio de la vicaría que daba a la calle.
A lo largo del camino había esparcidas unas cuantas ventanas, ventilaciones simbólicas, puestas muy altas en las paredes, casi debajo del techo de chapa ondulada. Pero, en general, los muros continuaban ininterrumpidos, adornados en algunos sitios por las ramas que se inclinaban sobre ellos, ramas de plátano, de guayabo, o de las plantas de hojas amargas como la frondosa, cuyas hojas me rozaban la cara en aquel momento. Entonces quedó claro que en los terrenos de la vicaría vivíamos en un pueblo para nosotros solos, y que Aké era todo lo demás que se extendía ante mi vista. Aquel otro pueblo, Aké, estaba conectado por los techos oxidados, igual que el nuestro lo estaba por los muros. Los únicos edificios exentos eran los especiales, como la iglesia o el cenotafio. Todos los demás estaban conectados sin solución de continuidad. «

WOLWsoyinka4

http://www.epdlp.com/texto.php?id2=10502

Primer Novel africano:Wolw Soyinka

Nació e13 de julio de 1934 en Abeokuta, estado de Ogun, Nigeria.

Fue el segundo de los seis hijos Samuel Ayodele Soyinka, un ministro anglicano y director de la escuela de St. Peters en Abeokuta, y de Grace Eniola Soyinka, dueña de una tienda en el mercado y activista dentro del movimiento de mujeres en la comunidad local.

Cursó estudios en la Universidad nigeriana de Ibadan y en la Universidad de Leeds, en el Reino Unido.

Fue libretista, actor y director en el Royal Court Theatre de Londres. Desarrolló tres piezas experimentales con una compañía de actores que él había reunido. De regreso a su país natal en 1960, fundó el grupo de teatro Masks que presentaría su primera obra dramática mayor A Dance of the Forests, además produjo obras de otros de dramaturgos africanos.

Cuando estalló la Guerra Civil nigeriana fue detenido por el gobierno y encarcelado en régimen de aislamiento de 1967 a 1969.

Su obra está escrita fundamentalmente en inglés y se inspira en los mitos y en las tradiciones tribales, si bien emplea formas occidentales. Entre sus trabajos destacan: La danza del bosque (1960), sobre la independencia de Nigeria; El hombre muerto (1965), escrito durante los años que pasó en prisión; y La muerte y el caballero del rey (1975). Otras de sus obras son las novelas Los intérpretes (1965), Ogun Abibiman (1976), la autobiografía Aké (1982) y varias colecciones de poesía.

En 1986 recibió el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose así en el primer escritor africano y el primer escritor negro galardonado con este premio.

Su primer matrimonio fue en 1958 con la escritora británica, Barbara Dixon, a quien conoció en la Universidad de Leeds, en la década de 1950. Fue la madre de su primer hijo, Olaokun. Su segundo matrimonio fue con la bibliotecaria nigeriana Olaide Idowu, en 1963. Con ella tuvo tres hijas, Moremi, Iyetade (fallecida) y Peyibomi, y un hijo, Ilemakin. Se casó con Folake Doherty en 1989. En 2014, reveló su batalla contra el cáncer de próstata.

Obras seleccionadas

    • The Swamp Dwellers (1958)
    • The Lion and the Jewel (1959)
    • The Trials of Brother Jero (1964)
    • The Interpreters (1965)
    • Poems from Prison (1969)
    • The Road (1969)
    • Madmen and Specialists (1970)
    • A Shuttle in the Crypt (1972)
    • The Bacchae of Euripides (1973)
    • Death and the King´s Horseman (1975)
    • Aké (1982)
    • Beautification of Area Boy (1995)
    • The gay’s never die (2000)
    Alapata Apata (2011)

Viaje

    • Aunque llegué al final del viaje,
    • Jamás sentí que hubiera llegado.
    • Tomé la carretera
    • Que sube despacio la cuesta de las preguntas, y que me lleva
    • Incluso a descender a la tierra que conduce a casa. Yo sé
    • Que mi carne está limpiamente mordisqueada, perdida
    • Para el perturbado pez entre las vainas susurrantes-
    • Yo los dejé atrás en mi ruta
    • Y así también con el pan y el vino
    • Necesito la repartición de derrota y carestía
    • Yo los dejé atrás en mi ruta
    • Jamás sentí que hubiera llegado
    • Aunque amor y bienvenida me atrapan en casa
    • Los usurpadores pasan mi copa en cada
    • Banquete como en una última cena
    Traducción de Rafael Patiño

Wole_Soyinka

 

Contramedidas de Pedro Herrero

El mago me ha invitado a que coja una carta de la baraja y la guarde en el bolsillo sin enseñársela a nadie. Luego ha colocado el mazo ante sus ojos, ha fingido atravesarlo con la mirada y, tras pronunciar en voz alta el nombre de la carta ausente, me ha pedido que la recupere y la muestre al público.
Yo vengo a menudo a este local nocturno. Y no precisamente a dejarme engatusar por las argucias de un intruso con chistera, sino a ser yo el que seduzca a toda hembra apetecible que se me ponga por delante.
Sabía que era solo cuestión de tiempo, que algún día el mago querría hacerme el numerito. Suele rondar por las mesas de la sala y elige grupos concurridos, ante los cuales pueda dejar en evidencia a quien lleve la voz cantante.
Esta noche tengo suerte, soy el centro de atención de varias ninfas predispuestas, con las que llevo un buen rato tomando copas como si fuera un pachá. Por eso respondo a la propuesta del mago con una sonrisa díscola, que él, de momento, parece no querer entender. La entenderá enseguida, cuando de mi bolsillo -previamente lleno de cartas- saque aquella que él no espera.
mago

El ronroneo constante — El Blog de Arena

. Para Lou, mi copiloto Vivir es como conducir un auto por una ruta sin fin. El espejo retrovisor nos muestra el pasado y sería ridículo conducir fijando todo el tiempo la vista en él. Adelante, frente al parabrisas, más allá del motor y de las defensas, está el futuro, el cual, erróneamente, […]

a través de El ronroneo constante — El Blog de Arena

Un grano de trigo frag de Ngugi Wa Thiong´o

Para Dorothy

¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo o de alguna otra planta.

 

1 Corintios 15:36

Aunque esta novela se sitúa en la Kenia contemporánea, todos sus personajes son ficticios. Nombres como el de Jomo Kenyatta o el de Waiyaki son mencionados como parte ineludible de la historia y las instituciones de nuestro país. Sin embargo, la situación y los problemas son reales; algunas veces demasiado reales y dolorosos para los campesinos que lucharon contra los británicos y que ven que todo aquello por lo que lucharon se atribuye ahora a un solo bando.

NGUGI WA THIONG’O

Leeds, noviembre de 1966

1

Mugo estaba nervioso. Estaba tumbado boca arriba, mirando al techo. Colgajos de hollín pendían de la techumbre de helechos y paja, y todos apuntaban a su corazón. Una gota de agua clara estaba delicadamente suspendida sobre él. La gota engordaba y se ensuciaba a medida que absorbía motas de hollín. Poco a poco empezó a avanzar hacia él. Intentó cerrar los ojos. No se cerraban. Intentó mover la cabeza: estaba firmemente encadenada al borde de la cama. La gota se hacía más y más grande y se acercaba cada vez más a sus ojos; quiso cubrírselos con las palmas; pero sus manos, sus pies, todo se negaba a obedecer su voluntad. Desesperado, Mugo se dispuso a hacer un esfuerzo por despertarse, y lo logró. Ahora estaba bajo la manta y desasosegado, temiendo, como en el sueño, que una gota de agua fría le hiriese los ojos. La manta estaba dura y desgastada; sus cerdas le picaban en la cara, en el cuello, en todas las partes desnudas de su cuerpo. No sabía si salir de la cama o no; allí estaba caliente, y todavía no había salido el sol. El amanecer se colaba por las rendijas de la pared en la cabaña. Mugo intentó un juego al que siempre jugaba cuando perdía el sueño en la mitad de la noche o temprano por la mañana. En la oscuridad total o nebulosa, la mayoría de los objetos perdían sus bordes, una forma se disolvía en otra. El juego consistía en tratar de adivinar los distintos objetos de la habitación. Esta mañana, sin embargo, a Mugo le resultaba difícil concentrarse. Sabía que era solo un sueño; y sin embargo, continuaba estremeciéndole la idea de una gota fría cayendo en sus ojos. Un, dos, tres; se quitó la manta de encima. Se lavó la cara y encendió el fuego. En un rincón, descubrió un poco de harina de maíz, en una bolsa entre los utensilios. La puso en una sufuria en el fuego, añadió agua y revolvió con una cuchara de madera. Le gustaban las gachas por la mañana. Pero siempre que las tomaba, recordaba las gachas medio cocidas que comía durante la detención. «Cómo se arrastra el tiempo, todo se repite», pensó Mugo; el día que llegaba sería como ayer y como anteayer.
Cogió un jembe y una panga para repetir la rutina en la que su vida había caído desde que dejó Maguita, el último campo de detención. Para llegar a su nueva shamba, que estaba al otro lado de Thabai, Mugo tenía que recorrer las calles polvorientas del pueblo. Como de costumbre, Mugo descubrió que algunas mujeres se habían levantado antes que él, que algunas ya estaban volviendo del río, sus frágiles espaldas dobladas en dos bajo el peso de los cántaros, a tiempo para preparar el té para sus maridos y sus hijos. El sol ya estaba alto: las sombras de los árboles, de las cabañas y de los hombres eran delgadas y alargadas en el suelo.
—¿Cómo va todo esta mañana? —le saludó Warui, emergiendo de una de las cabañas.
—Todo bien.
Y como de costumbre Mugo hubiera continuado, pero Warui parecía ansioso por hablar.
—¿Atacando la tierra temprano?
—Sí.
—Eso es lo que yo digo siempre. Ve cuando la tierra está todavía suave. Que el sol te encuentre ya allí y no será rival para ti. Pero si llega a los campos antes que tú… mmm.
Warui, un anciano del pueblo, llevaba una manta nueva que hacía destacar claramente su cara arrugada y los mechones de pelo gris en su cabeza y en su barbilla puntiaguda. Había sido él quien le diera a Mugo la tierra en la que ahora cultivaba unos pocos alimentos. Su propia parcela la había confiscado el gobierno mientras él estaba detenido. Aunque a Warui le gustaba hablar, se había acostumbrado a respetar la reticencia de Mugo. Pero hoy le miraba con un nuevo interés, casi con curiosidad.
—Como nos dice Kenyatta —continuó—, estos son días de Uhuru na Kazi. —Hizo una pausa y lanzó un salivazo hacia el vallado. Mugo estaba incómodo con este encuentro—. ¿Y cómo está tu cabaña? ¿Preparada para Uhuru? —continuó Warui.
—Oh, está bien —dijo Mugo, y se despidió. Mientras avanzaba por el pueblo, trató de descifrar el sentido de la última pregunta de Warui.
Thabai era un pueblo grande. Cuando se construyó, había combinado varios cerros: Thabai, Kamandura, Kihingo y partes de Weru. E incluso en 1963, no había cambiado mucho desde el día de 1955 cuando se erigieron a toda prisa tejados de paja y paredes de barro, mientras la espada del hombre blanco colgaba peligrosamente sobre el cuello de la gente para protegerlos de sus hermanos del bosque. Algunas cabañas se habían caído; unas pocas habían sido derribadas. Pero el pueblo mantenía un orden impecable; desde la distancia, parecía una gran masa de hierba desde la que el humo se alzaba hacia el cielo como si se estuviera ofreciendo un sacrificio.
Mugo caminaba con la cabeza algo inclinada, mirando con fijeza al suelo como si le avergonzara mirar a su alrededor. Estaba reviviendo el encuentro con Warui cuando oyó a alguien gritar su nombre. Se paró en seco y vió a Githua, que avanzaba hacia él cojeando con sus muletas. Cuando alcanzó a Mugo se enderezó frente a él, se quitó el sombrero roto y proclamó:
—En nombre de la libertad del hombre negro, te saludo. —Y entonces hizo varias reverencias con cómica deferencia.
—¿Estás… estás bien? —preguntó Mugo, sin saber cómo reaccionar.
Para entonces, dos o tres niños se habían reunido, y se reían de los aspavientos de Githua. Githua no contestó de inmediato. Su camisa estaba desgastada, el cuello relucía de puro sucio. La pernera izquierda de su pantalón estaba doblada y sujeta con un alfiler para cubrir el muñón. Inesperadamente, agarró a Mugo de la mano.
—¿Cómo estás, chico? ¿Cómo estás, chico? Me alegro de verte ir a tu parcela temprano. Uhuru na Kazi. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Incluso en domingo. Te digo que antes de la Emergencia yo era como tú; antes de que el hombre blanco me hiciera esto con sus balas, yo podía trabajar con las dos manos, chico. Mi corazón danza alborozado al ver tu espíritu. Uhuru na Kazi. Jefe, te saludo.
Mugo trató de retirar su mano. El corazón le latía con fuerza, y no encontraba palabras. La risa de los niños aumentaba su agitación. La voz de Githua cambió de repente.
—La Emergencia nos destruyó —dijo con voz llorosa, y desapareció con brusquedad.
Mugo se apresuró, consciente de la mirada del hombre detrás de él. Tres mujeres que v …

megustaleer - Un grano de trigo - Ngugi wa Thiong'o

Conociendo a Ngugi wa Thiong’o, entrevista

La vida de Ngugi wa Thiong’o, nacido James Thiong’o en Kamirithu, Kenia, en 1938, resume muchos de los horrores y miserias de África: creció en una empobrecida familia numerosa, con veinticinco hermanos y, siendo niño, su padre le expulsó de su hogar con su madre y sus cuatro hermanos carnales. Cada día debía recorrer descalzo 10 kilómetros para ir a la escuela, donde descubrió La isla del tesoro, de Stevenson, que cambió su vida.
En los últimos estertores del colonialismo, uno de sus hermanos se unió a la guerrilla local, los Mau Mau, mientras un hermanastro era Fusilero Africano en la milicia progubernamental. Su madre fue torturada en un centro de detención donde pasó tres meses confinada, y otro hermanastro, Gitogo, fue asesinado por la espalda por no obedecer una orden de un soldado británico (era sordo). Una época atroz, que Ngugi wa Thiong’o describe en el segundo volumen de sus memorias, En la Casa del Intérprete, que lanza estos días Rayo Verde, coincidiendo con su presencia en el MOT Festival de Literatura Girona-Olot 2018. En el libro, el autor recupera al joven inocente que fue, y que descubrió cómo su pueblo había sido arrasado y trasladado por las autoridades junto a otras aldeas a modo de campo de concentración. Más tarde, a finales de los 70, él mismo pasó un año en la cárcel. Sin juicio. Sin esperanza.

El lenguaje de los sueños
Todo empezó en 1977. Entonces, recuerda el escritor, ayudó a escribir una obra, Ngaahika Ndeenda (Me casaré cuando quiera) en gikuyu, que iba a ser interpretada por campesinos y trabajadores (hombres y mujeres) de Kamirithu. “El gobierno poscolonial prohibió la representación de nuestra obra por subversiva y el 31 de diciembre de 1977 fui arrestado y encarcelado en la prisión de máxima seguridad de Kamiti, sin juicio alguno. Fui liberado en diciembre de 1978 gracias a Amnistía Internacional. Lo he contado en mi libro de memorias carcelarias Luchando contra el diablo, que publica ahora New Press en Estados Unidos”.

Pregunta.- ¿Fue entonces, en la cárcel, cuando decidió escribir en gikuyu?
Respuesta.- Efectivamente. Antes, todas mis novelas –No llores, pequeño (1964); El río que nos separa (1965); Un grano de trigo (1967) y Petals of Blood (1975)- las escribí en inglés. El diablo en la cruz, que había redactado en papel de váter mientras estaba encarcelado, fue mi primera novela en gikuyu.

Sin embargo, abandonar la cárcel no le dió la libertad: Thiong’o tuvo que dejar primero la Universidad de Nairobi y después el país. Tras pasar por las universidades de Londres, Estocolmo, Leeds, Yale y Nueva York, se instaló en Los Ángeles y comenzó a dar clases de Literatura Comparada en la Universidad de California sin dejar de escribir ficción.

P.- Escribe en gikuyu desde 1977, enseña Literatura Inglesa en la Universidad de California, pero ¿en qué lengua piensa?
R.- Pienso en el lenguaje de los pensamientos; sueño en el lenguaje de los sueños y cuando trato de articular un concepto, lo hago en el idioma en el que estoy escribiendo, ya sea en inglés o gikuyu. Sin embargo, el inglés puede controlar mis pensamientos porque desde la escuela es para mí el idioma de la conceptualización.

Los desafíos del gikuyu
P.- ¿Por eso se convirtió en su propio traductor?
R.- No tuve otra opción. Las lenguas africanas deben hacer frente a muchos desafíos, como sus escasas posibilidades de publicación o que existen muy pocos traductores especializados en ellas, pero en mi caso al menos tres de mis libros han sido traducidos por otros. Traducirse a uno mismo resulta muy aburrido. Uno revisa el mismo material dos veces, la primera vez cuando lo crea -lo que suele ser muy emocionante- y la segunda vez cuando lo traduce. Sin embargo, concibo la traducción como el lenguaje de los lenguajes. Y para que conste, ahora escribo toda mi ficción en gikuyu, mientras que mis memorias y obras teóricas las escribo en inglés. Después de todo, soy profesor de Literatura Inglesa y Comparada.

P.- Desde que escribe en gikuyu, ¿ha cambiado la actitud de sus lectores?
R.- Los lectores de gikuyu (unos siete millones) están encantados, y a los demás sólo les importa que sean buenas lecturas. No, no tengo queja de los lectores. En cambio, me gustaría que cambiaran las actitudes de los editores y de los responsables de las políticas educativas gubernamentales y que destinasen más recursos a los libros escritos en lenguas africanas.

P.- ¿De qué manera el hecho de sufrir en su juventud tanta violencia cambió su vida?
R.-La vida es siempre una lucha. Como el poeta inglés William Blake dijo una vez, sin contrarios no hay progreso. No podemos permitir que lo negativo gobierne nuestras vidas.

En su caso no lo ha hecho. No ha podido, a pesar de que, cuando cayó la dictadura de Arap Moi, y Thiong’o regresó a su país en 2004, fue asaltado en su apartamento por cuatro hombres armados que violaron a su esposa delante de él, mientras le golpeaban y quemaban el rostro.

La herencia del colonialismo
P.- La violencia que sigue devastando África ¿es consecuencia del colonialismo?
R.- En la mayoría de los casos, el postcolonialismo sólo ha supuesto la normalización de las anormalidades de los sistemas coloniales. Tenemos que seguir luchando por un mundo en el que todos tengan derecho a una alimentación adecuada, a una vivienda digna, a educación y salud, y sobre todo, a utilizar nuestros propios idiomas, y a desarrollar nuestra cultura.

P.- ¿Y qué pasa con el sida? ¿Se ha convertido quizá en otro instrumento de dominio?
R.- No hay razón alguna por la que no podamos eliminar todas las enfermedades. No podemos continuar construyendo palacios para unos pocos y prisiones para la mayoría. Un mundo así, de privilegios escandalosos y desigualdades sangrantes, es un mundo muy, muy inestable. Invirtamos en la vida y no en la muerte.

P.- Pero ¿que puede hacer un escritor ante tanta injusticia?
R.- El arte es siempre por la vida. Un autor como yo sólo puede mantener viva la esperanza, sólo puede seguir soñando y escribiendo en pos de un mundo sin violencia, sin injusticia, pobreza ni enfermedad. Un mundo de esplendor para unos pocos construido sobre la miseria de muchos es un mundo profundamente inhumano.

P.- A pesar de la distancia, ¿qué relación mantiene hoy con Kenia, vuelve a menudo?
R.- Kenia está siempre en mi mente. La democracia se ha restaurado, así que vuelvo a casa de vez en cuando. Hace unos dos años, el presidente Uhuru Kenyatta nos recibió a mi familia y a mí en el Palacio Presidencial, y me invitó a la reinauguración oficial del Teatro Nacional de Kenia.

P.- ¿Cómo valora la narrativa contemporánea africana?
R.- El panorama literario de África es muy emocionante. Cada año aparecen más y más autores emergentes. Lo más impresionante de todo es la importancia creciente de las escrituras. Desgraciadamente, el ritmo de creación en lenguas africanas no es demasiado fuerte aún, pero nos esforzamos, tenemos que hacerlo, por nuestros idiomas, por nuestras culturas, y nuestro futuro. Lo que está mal en el mundo no es la existencia de muchos idiomas, sino que mantengan entre sí una relación de jerarquía, de dominio, que parece condenar a los minoritarios. Todos los idiomas tienen derecho a existir, tienen derecho a la literatura, a la vida intelectual. La relación y no la jerarquía es mi nueva religión. El monolingüismo es el monóxido de carbono de la cultura, el bilingüismo es su oxígeno. Dejemos a las naciones y a las palabras respirar oxígeno y no monóxido de carbono.

Primeras lecturas, últimos escritos
P.- ¿Cuál es su relación con los escritores africanos actuales? ¿a qué jóvenes lee y admira?
R.- Uf, hay muchos. No sé, me gustan mucho Chimamanda Ngozie Adichie, la zimbabuense NoViolet Bulawayo; el keniata Peter Kimani… Son demasiados, y con mucho talento, para mencionarlos a todos aquí.

P.- ¿Cuál fue el primer poema que leyó?
R.- Recuerdo como el más memorable un pasaje muy poético en gikuyi, Mathome re wa gikuyu. Escribí sobre él en mis memorias, Sueños en tiempos de guerra, porque hasta entonces sabía leer, comprender conceptos, pero fue este poético pasaje el que me descubrió que “las palabras escritas también podían cantar”.

P.- ¿Qué escribe ahora?
R.- Estoy trabajando en varias historias en gikuyu. La más importante es un relato épico, Kenda Miuyuru, sobre Gikuyu y Mümbi, los padres fundadores del pueblo gikuyu.

P.- ¿Sigue siendo su pasaporte de Kenia su talismán?
R.- Sí, aún me aferro a mi pasaporte keniata. Después de todo, es mi verdadero pasaporte al mundo. Yo llevo Kenia al mundo y llevo el mundo a Kenia.
Ngugi wa Thiong’o

https://elcultural.com/Ngugi-wa-Thiongo-Un-escritor-como-yo-solo-puede-mantener-viva-la-esperanza

Choka un pájaro en la nieve

Todo está en calma.
El peso de la nieve
dobla la rama
y el pájaro asustado
se refugia en mi choza.

d47d8-aguacero

Ratones de Alfonso Reyes

Tenía unas bodegas llenas de ratones. Se hizo traer una gata, que extingió la plaga. Un día la gata se comió un merengue, y se desencantó y volvió a ser princesa. La princesa era muy agradable. Pero la casa se llenó de ratones.

gata2

Chimamanda Ngozi Adichie, breve biografía y fragmento

Autora nigeriana de diversas novelas premiadas que incide sobre la necesidad de usar referentes africanos en la obra que sale del continente, para evitar que las historias sólo tengan elementos occidentales.
Chimamanda Ngozi Adichie nació en Nigeria, concretamente en la aldea de Abba. Es la quinta hija de un matrimonio de etnia igbo formado por Grace Ifeoma y James Nwoye Adichie.
Pasó su infancia en la ciudad de Nsukka, sede de la Universidad de Nigeria, en una casa que anteriormente había sido habitada por el célebre escritor nigeriano Chinua Achebe, autor por quien esta autora siente una gran admiración.
Su padre era profesor de estadística y su madre trabajaba también en la Universidad, como secretaria. A la edad de diecinueve años, Chimamanda Ngozi Adichie se trasladó a Estados Unidos con una beca de dos años para estudiar Comunicación y Ciencias Políticas en la Universidad de Drexel, Filadelfia.
Posteriormente continuó sus estudios en la Universidad Estatal del Este de Connecticut, en la que se graduó en 2001. También ha llevado a cabo estudios de escritura creativa en la Universidad John Hopkins de Baltimore y obtuvo un máster de estudios africanos en la Universidad de Yale.
En 2003, mientras se encontraba estudiando en Connecticut, publicó su primera novela, La flor púrpura (Purple Hibiscus), que fue muy bien recibida por la crítica y recibió el Commonwealth Writers’ Prize for Best First Book en 2005.
La acción de su segunda novela, Medio sol amarillo (Half of a Yellow Sun, 2006), así titulada en referencia al diseño de la bandera de la efímera nación de Biafra, se desarrolla durante la Guerra Civil nigeriana. En 2007 esta obra, alabada, entre otros, por el escritor nigeriano Chinua Achebe, fue galardonada con el Orange Prize for Fiction.
En 2009 publicó una colección de relatos breves, titulada The Thing Around Your Neck.
En este vídeo, la autora nos explica el peligro de conocer sólo una versión de la historia, de conocer sólo un punto de vista y de ahí la importancia de conocer autores africanos que usan recursos africanos en sus obras y no sólo referencias y puntos de vista occidentales. En este otro vídeo nos da los argumentos necesarios para entender por qué todos deberíamos ser feministas
  • La flor púrpura (Purple Hibiscus, 2003). Barcelona: Grijalbo, 2004 (Edición de Bolsillo, Barcelona: Debolsillo, 2005).
  • Medio sol amarillo (Half of a Yellow Sun, 2006). Barcelona: Mondadori, 2007.
  • Algo alrededor de tu cuello (The Thing Around Your Neck, 2009). Barcelona: Mondadori, 2010.

 

Chimamanda Ngozi Adichie

Al abrir, buscar una liga que te lleva a la prosa de Chimamanda