Juicio a un anciano de 95 años

https://mag.elcomercio.pe/virales/facebook-viral-anciano-explica-juicio-excedio-limite-velocidad-conducir-dejo-llorando-estados-unidos-frank-caprio-video-fb-face-noticia-nnda-nnrt-662454?foto=3

El vídeo está en inglés, pero bajo de él, está la traducción en español. Cada quién lo interpretará a su modo, a mí,  me enternece y me conmueve, la fuerza del amor a los hijos, a la familia.
Puede comentarlo, será bueno para la comunidad de blogueros.

Tomado del fb

Bioy y la muerte de Borges

ábado, 14 de junio de 1986
Almorcé en La Biela, con Francis. Después decidí ir hasta el quiosco de Ayacucho y Alvear, para ver si tenía Un experimento con el tiempo. Quería un ejemplar para Carlos Pujol y otro para tener de reserva. Un individuo joven, con cara de pájaro, que después supe que era el autor de un estudio sobre Eddas que me mandaron hace meses, me saludó y me dijo, como excusándose: «Hoy es un día muy especial». Cuando por segunda vez dijo esa frase le pregunté: «¿Por qué?». «Porque falleció Borges. Esta tarde murió en Ginebra», fueron sus exactas palabras. Seguí mi camino. Pasé por el quiosco. Fui a otro de Callao y Quintana, sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges. Que a pesar de verlo tan poco últimamente yo no había perdido la costumbre de pensar: «Tengo que contarle esto. Esto le va a gustar. Esto le va a parecer una estupidez». Pensé: «Nuestra vida transcurre por corredores entre biombos. Estamos cerca unos de otros, pero incomunicados. Cuando Borges me dijo por teléfono desde Ginebra que no iba a volver y se le quebró la voz y cortó, ¿cómo no entendí que estaba pensando en su muerte? Nunca la creemos tan cercana. La verdad es que actuamos como si fuéramos inmortales. Quizá no pueda uno vivir de otra manera. Irse a morir a una ciudad lejana… tal vez no sea tan inexplicable. Cuando me he sentido muy enfermo a veces deseé estar solo: como si la enfermedad y la muerte fueran vergonzosas, algo que uno quiere ocultar».
Yo, que no creo en otra vida, pienso que si Borges está en otra vida y yo ahora me pongo a escribir sobre él para los diarios, me preguntará: «¿Tu quoque?».

ESPEJITO-ESPEJITO: neuronas de cultura. Parte 1.

Avatar de AlonaDeLarkNeurociencias divertidas

Alguna vez se han preguntado ¿cómo logran las aves volar de manera tan sincronizada? ¿Qué hace que los bancos de peces se mueven como si fuera un solo organismo? ¿Por qué el canto de cigarras es siempre en coro?  ¿Y las ranitas en verano? Yo sí, y tengo las respuestas 🙂 y hoy las revelaré para que nunca nadie te podría confundir. Hoy hablaremos de neuronas espejo.

Todo empezó en 1996 con Giacomo Rizzolatti quien descubrió su existencia en primates y de allí se desencadenó todo una avalancha de investigaciones relacionadas con las neuronas espejo. Todos escucharon algo sobre éstas, pero pocos saben qué son exactamente, y para qué sirven. Hace poco vi un programa en Youtube (ya no veo TV hace años, realmente muchos años) de un periodista ruso muy intelectual y admirado por mi, quien con una cara de desprecio decía que las neuronas espejo eran un…

Ver la entrada original 828 palabras más

Anónimo árabe: Nsrudín y la sopa de pato

Cierto día, un campesino fué a visitar a Nasrudín, atraído por la gran fama de éste. Deseoso de ver de cerca al hombre más ilustre y más idiota del país, le llevó como regalo un magnífico pato.

El Mulá, muy honrado, invitó al hombre a cenar y pernoctar en su casa. Comieron una exquisita sopa preparada con el pato.

A la mañana siguiente, el campesino regresó a su campiña, feliz de haber pasado algunas horas con un personaje tan importante.

Algunos días mas tarde, los hijos de este campesino fueron a la ciudad y a su regreso pasaron por la casa de Nasrudín.

– Somos los hijos del hombre que le regaló un pato – se presentaron.

Fueron recibidos y agasajados con sopa de pato.

Una semana después, dos jóvenes llamaron a la puerta del Mulá.

– ¿Quienes son ustedes?

– Somos los vecinos del hombre que le regaló un pato.

El Mulá empezó a lamentar haber aceptado aquél pato. Sin embargo, puso al mal tiempo buena cara, e invitó a sus huéspedes a comer.

A los ocho días, una familia completa pidió hospitalidad al Mulá.

– Y ustedes ¿quiénes son?

– Somos los vecinos de los vecinos del hombre que le regaló un pato.

Entonces el Mulá hizo como si se alegrara y los invitó al comedor. Al cabo de un rato, apareció con una enorme sopera llena de agua caliente y llenó cuidadosamente los tazones de sus invitados. Luego de probar el líquido, uno de ellos exclamó:

– Pero …. ¿qué es esto, noble señor? ¡Por Allah que nunca habíamos visto una sopa tan desabrida!

El Mulá Nasrudín se limitó a responder:

-Esta es la sopa de la sopa de la sopa de pato que con gusto les ofrezco a ustedes, los vecinos de los vecinos de los vecinos del hombre que me regaló el pato !!!

Nasrudin

Juego de máscaras

Destrabo la mandíbula y a punto de engullirse al ave, ésta levantó el vuelo llevándose la víbora, hacia los cielos.

Fragmentos de literatura australiana: Peter Carey

Muerto, y nadie me lo dijo. Cuando pasé frente a su despacho, su secretaria sollozaba a gritos.
—¿Qué ocurre, Felicia?
—¿Cómo, no lo sabes? El señor Tindall ha muerto.
Lo que oí fue: «El señor Tindall se ha herido en la cabeza».[1] Y pensé: «Por Dios, cálmate».
—¿Dónde está él, Felicia?
Era una pregunta un tanto imprudente. Matthew Tindall y yo habíamos sido amantes durante trece años, pero ambos lo manteníamos en secreto. En la vida real, yo eludía a su secretaria.
Felicia tenía ya la el carmín de los labios corrido, y frunció la boca como un horrible calcetín.
—¿Que dónde está? —exclamó, llorando—. Qué pregunta más espantosa.
No entendí su respuesta, de modo que repetí mi pregunta.
—Catherine, está muerto —dijo.
Y esto le desencadenó un nuevo acceso de sollozos.
Como para demostrar que Felicia se equivocaba, entré en el despacho de Matthew, algo que nadie solía hacer. Mi amor secreto era un personaje importante, el director del Departamento de Metales. Sobre el escritorio estaba la foto de sus dos hijos y, en un estante, su ridículo sombrero de tweed. Lo cogí, sin saber por qué lo hacía.
Por supuesto, su secretaria me vio robarlo, pero ya no me importaba. Bajé corriendo la escalera hasta la planta baja. Aquella tarde de abril, entre los miles de visitantes diarios de las salas georgianas del Museo Swinburne y los ochenta empleados, no había ni un alma que tuviera la más mínima idea de lo que acababa de ocurrir.
Todo el mundo tenía el mismo aire de siempre. Era imposible que Matthew no estuviera en alguna parte, esperando para sorprenderme. Mi amado era muy peculiar. Con aquella arruga vertical justo a la izquierda de la larga y pronunciada nariz, el cabello abundante y la boca grande, suave y siempre tierna. Por supuesto, estaba casado. Por supuesto. Contaba cuarenta años cuando reparé en él por primera vez, siete antes de que nos hiciéramos amantes. Por entonces yo aún no había cumplido los treinta y era un bicho raro, es decir, la primera mujer relojera que el museo había visto nunca.
Trece años. Mi vida entera. Durante todo ese tiempo habíamos vivido en un mundo hermoso: el Museo Swinburne, uno de los muchos sitios de Londres que albergan tesoros casi desconocidos. El museo tenía un importante Departamento de Relojería con una colección de relojes, autómatas e ingenios mecánicos de fama mundial. Quienquiera que estuviera allí el 21 de abril de 2010 podría haberme visto, una mujer alta y particularmente elegante que estrujaba en las manos un sombrero de tweed. Puede que pareciera loca, pero quizá no me diferenciaba demasiado de mis colegas, los diversos conservadores y restauradores que atravesaban las galerías públicas de camino a una reunión, un taller o un almacén donde se proponían «interrogar» a un objeto antiguo, una espada, un edredón o tal vez un reloj de agua islámico. Formábamos el personal del museo, profesores, sacerdotes, restauradores, lijadores, científicos, fontaneros, mecánicos —coleccionistas obsesivos, en realidad—, especialistas en metales, vidrios, telas y loza. Afirmábamos que éramos gente de toda clase, si bien en el fondo creíamos que los estereotipos al respecto eran ciertos. Un experto en relojería, por ejemplo, nunca sería una mujer joven con piernas bonitas, sino un hombre algo retraído de menos de un metro setenta, precavido, un tanto extraño, con finos cabellos rubios y poco propenso a mirar a la gente a los ojos. Se escurriría como un ratón por las galerías de la planta baja, con su eterno manojo tintineante de llaves como si fuera el guardián de los misterios. De hecho, nadie del museo conocía el laberinto entero. Todos teníamos un territorio reducido de atajos, de rutas que sabíamos que nos llevarían a donde queríamos ir. Esto convertía el museo en un lugar maravilloso para llevar una vida secreta y para gozar del perverso placer que tal vida puede proporcionar.
En la muerte, resultaba horroroso. Es decir, era igual, pero más brillante, más nítido. Todo parecía más definido y, a la vez, más lejano. ¿Cómo había muerto Matthew? ¿Cómo podía ser que hubiera muerto?
Volví a toda prisa a mi taller y busqué «Matthew Tindall» en Google, pero no había noticia alguna de un accidente. En cambio, en la bandeja de entrada de mi correo vi un mensaje que hizo que me saltara el corazón de alegría, hasta que me di cuenta de que me lo había enviado a las cuatro de la tarde del día anterior. «Besos en los dedos de los pies.» Lo marqué como «no leído».
No había nadie a quien me atreviera a acudir. Decidí ponerme a trabajar, tal como siempre he hecho en momentos de crisis. Para eso servían los relojes, con su complejidad, su peculiar enigma. Me senté ante la mesa del taller para tratar de entender un reloj francés del siglo dieciocho extremadamente extraño. Mis herramientas descansaban sobre una suave gamuza gris. Veinte minutos antes, aquel reloj me gustaba, pero ahora lo encontraba vano y ostentoso. Hundí la nariz dentro del sombrero de Matthew. «Para olfatear», habríamos dicho. «Te olfateo toda.» «Te olfateo el cuello.»
Podría haber acudido a Sandra, la administradora. Era una mujer muy amable siempre, pero yo no podía soportar que nadie, ni siquiera ella, se ocupara de mis asuntos privados, los desplegara sobre la mesa y los manoseara como a otras tantas cuentas de un collar roto.
Hola, Sandra. ¿Qué le ha pasado al señor Tindall, lo sabes?
Mi abuelo alemán y mi padre, inglés de pura cepa, fabricaban relojes —primero en el barrio de Clerkenwell, luego en pleno centro, luego otra vez en Clerkenwell—; nada demasiado espectacular, en general sólidos relojes ingleses de cinco ruedas, pero para mí era casi un artículo de fe, aun siendo niña, que se trataba de una ocupación muy placentera y relajante. Durante años pensé que confeccionar relojes calmaba toda agitación interna. Confiaba plenamente en mi opinión, y estaba equivocada por completo.
La señora que servía el té me tendió su deprimente oferta. Observé cómo giraba la leche —un tanto cortada— en sentido contrario a las agujas del reloj, supongo que esperando que él apareciese. De modo que, cuando una mano me tocó, fue como si me deshiciera. Parecía la mano de Matthew, pero Matthew estaba muerto, y en su lugar se hallaba Eric Croft, el director del Departamento de Relojería. Me eché a berrear sin poder contenerme.
No podría haber elegido un testigo peor en todo el mundo.
Para decirlo de una forma muy burda, Croft era una autoridad en todo lo que hiciera tictac. Un erudito, un historiador, un experto. En comparación, yo no era más que una mecánica bien educada. Croft era famoso por su trabajo de investigación sobre los «Sonsonetes», denominación con que se refería a esa total incomprensión imperial de la cultura oriental que exportábamos con gran éxito a China en el siglo dieciocho, cajas de música de exquisita elaboración encerradas en las más fantasiosas composiciones de animales exóticos y edificios, a menudo posadas sobre un trabajado pie. Así eran las cosas para la gente como nosotros. Basábamos nuestra inestable vida en objetos como éstos. Las bestias movían los ojos, las orejas y la cola. Las pagodas se alzaban y se desmoronaban. Las estrellas hechas de piedras preciosas giraban, y las varillas rotatorias de vidrio daban una ilusión perfecta de agua.
Berreé y berreé hasta que fue mi boca la que se frunció como una marioneta de calcetín.
Como robusto presidente de un club de rugby que tenía un chihuahua como mascota, Eric no se asemejaba en absoluto a sus «Sonsonetes», que más bien parecían la pasión de un homosexual delgado y quisquilloso. Tenía una especie de entusiasmo heterosexual, tal como se esperaba de los expertos en metales.
—No, no —gritó—. Chist.
¿Chist? No se mostró brusco, sino que me pasó un grueso brazo por los hombros, me condujo hasta una campana de gases y luego encendió el extractor, que rugió como veinte secadores de pelo juntos. Pensé: «Me he traicionado sola».
—No, no llores —dijo.
La campana era terriblemente estrecha, diseñada para que un restaurador pudiera limpiar un objeto antiguo con un disolvente tóxico. Eric me acariciaba la espalda como si yo fuera un caballo.
—Vamos a cuidar de ti —me dijo.
En medio de mi llanto, por fin caí en la cuenta de que Croft conocía mi secreto.
—Ahora vete a tu casa —añadió en voz baja.
Pensé que había delatado nuestra relación y que Matthew se cabrearía.
—Te espero mañana en el bodegón, frente al Anexo. ¿Te parece bien a las diez? ¿Crees que estarás en condiciones?
—Sí —repuse.
Y pensé que me iban a echar a patadas del museo principal para encerrarme en el Anexo. Por indiscreta.
—Muy bien —dijo con una enorme sonrisa, y las arrugas de las comisuras de la boca le dieron la apariencia de un gato.
Apagó el extractor, y de pronto me llegó el olor de su loción de afeitar.
—Primero vamos a conseguirte una baja por enfermedad —prosiguió—. Vamos a superar esto juntos. Tengo algo para que resuelvas. Un objeto realmente precioso.
Así es como habla la gente en Swinburne. Dicen «objeto» en lugar de «reloj».
Me dije que quería exiliarme, enterrarme. El Anexo estaba situado detrás del Olympia, donde mi duelo sería tan privado como mi amor.
Así que ese extraño machista de Croft era gentil conmigo. Lo besé en la áspera mejilla, que olía a sándalo, y ambos nos miramos atónitos. Luego salí disparada hacia la húmeda calle y caminé pesadamente hasta el Albert Hall, con el ridículo y querido sombrero de Matthew estrujado en la mano.
Peter Carey
2
Llegué a casa, y seguía sin saber cómo había muerto mi amado. Supuse que se había caído y se había golpeado en la cabeza. Yo siempre había detestado su costumbre de echar hacia atrás la silla.
Ahora habría un funeral. Desgarré mi camisa por la mitad y le arranqué las mangas. Pasé toda la noche imaginando cómo habría muerto, atropellado, aplastado, acuchillado, empujado a las vías. Cada visión era una conmoción, un desgarro, un llanto. Catorce horas más tarde, cuando llegué al Olympia para encontrarme con Eric, estaba en estas mismas condiciones.
El Olympia no le gusta a nadie. Es un lugar horrible. Pero allí se hallaba el Anexo del Swinburne, de manera que era el sitio adonde me mandarían, como si yo fuera una viuda a quien había que quemar viva. «Que enciendan las hojas y la leña de la pira —me dije—, porque nada podrá hacerme más daño que esto».
Detrás del centro de exposiciones del Olympia, las estrechas aceras estaban extrañamente calientes. Las callejuelas tenían curvas y ángulos abruptos. Camionetas veloces y nefastas levantaban el polvo y desperdigaban colillas por toda la calle donde se alzaba el Anexo. No era una cárcel —una cárcel habría tenido un letrero—, pero su alta verja delantera estaba festoneada de alambre de cuchillas.
La mayoría de los restauradores del museo había pasado una temporada en el Anexo, trabajando en algún objeto cuya restauración no podía llevarse a cabo apropiadamente en el edificio principal. Muchos aseguraban que habían gozado su estancia, pero ¿cómo soportaría yo verme separada de mi Swinburne, mi museo, mi vida, donde cada escalera y humilde vestíbulo, cada trozo desconchado de enlucido, cada molécula de acetona contenía mi amor por Matthew y mi corazón vacío?
Encontré el Café de George frente al Anexo, con las puertas abiertas de par en par al calor inesperado.
Cualquiera habría pensado que el autor de «Balanza de pagos: el comercio de Sonsonetes con China en el siglo dieciocho» se distinguiría claramente de los cuatro sudorosos policías del reservado del fondo, los conductores del Olympia, los empleados de la oficina de correos de West Kensington, a quienes, por lo visto, se les permitía llevar pantalones cortos. Era una idea equivocada, pero no tenía importancia. Si el distinguido restaurador no se hubiera puesto de pie (con torpeza, porque los reservados de madera contrachapada no facilitan este tipo de movimiento a los hombres corpulentos), quizá habría sido incapaz de reconocerlo.
A Croft le agradaba decir que era un «perfecto don nadie». No obstante, a pesar de su confuso acento popular y de su demoledor apretón de manos, que debía de explicarse por la época de su nacimiento, en los viriles años cincuenta, podía presentarse en los cócteles ofrecidos al ministro de Cultura, donde, si uno tenía la suerte de ser invitado, se enteraría tal vez de que la semana anterior había estado cazando en Escocia en compañía de Ellsworth (o sir Ellis Crispin, para el resto de los mortales). Al parecer, yo iba a gozar de la protección de este hombre importante.
Lo miré a los ojos, y vi una compasión que daba miedo. Bregué con el paraguas y puse una libreta en la mesa, pero él me cubrió la mano con la suya, una mano grande, seca y caliente en la que se podrían haber incubado huevos.
—Todo esto es horroroso —dijo.
—Dime, por favor, Eric. ¿Qué pasó?
—Oh, Dios —exclamó—. Claro, no lo sabes.
Yo era incapaz de mirarlo. Liberé mi mano y la oculté en el regazo.
—Un ataque al corazón, terrible. No sabes cómo lo siento. En el metro.
El metro. Había estado toda la noche imaginando el metro, ese lugar oscuro, caliente y violento. Cogí el menú y pedí judías en salsa de tomate y dos huevos escalfados. Sentía los ojos de Eric clavados en mí, tiernos y húmedos. No me servían de ayuda, de ninguna ayuda. Ordené mis cubiertos con brusquedad.
—Lo bajaron en Notting Hill.
Pensé que iba a añadir que era una suerte que hubiera muerto tan cerca de su casa. No lo hizo. Pero yo no podía soportar la idea de que lo hubieran llevado de vuelta junto a esa mujer.
Y ella, la gran diseñadora de la «comprensión» conyugal, representaría el papel de la viuda doliente.
—Supongo que el funeral será en Kensal Green, ¿no? —dije.
«Carretera Harrow arriba, a un paso», pensé.
—Será mañana, de hecho.
—No puede ser, Eric. Es imposible.
—Mañana a las tres —ahora era él el que no podía mirarme—. No sé qué es lo que quieres hacer.
Por supuesto, por supuesto. Estarían todos presentes, su mujer, sus hijos, sus colegas. Se suponía que yo tenía que ir, pero no podía. Saldría todo a la luz.
—Es imposible enterrar tan rápido a alguien —objeté—. Esa mujer está tratando de esconder algo.
«Lo que quiere es verlo sepultado bajo tierra para alejarlo de mí», pensé.
—No, no, cariño, no es así. Ni siquiera esa espantosa Margaret es capaz de algo semejante.
—¿Alguna vez tuviste que reservar hora para un funeral? Tardé dos semanas en conseguir que enterraran a mi padre.
—En este caso, hubo una cancelación.
—¿Una qué?
—Una cancelación.
No sé quién rió primero. Quizá fui yo, porque pasaron unos segundos hasta que me serené.
—¿Que hubo una cancelación? ¿Alguien decidió no morirse?
—No sé qué ocurrió, Catherine. Tal vez alguien consiguió un precio mejor en otro cementerio, pero es mañana a las tres.
Empujó hacia mí sobre la mesa una hoja doblada.
—¿Qué es esto?
—Una receta de un somnífero. Vamos a cuidar de ti —dijo otra vez.
—¿Vamos?
—Nadie sabrá nada.
Guardamos silencio, y me pusieron delante una abrumadora cantidad de comida. Eric había ordenado prudentemente un único huevo duro.
Lo observé mientras rompía la cáscara y la quitaba para dejar a la vista una membrana blanda y brillante.
—¿Qué ocurre con sus correos electrónicos? —pregunté, porque también había estado pensando en eso toda la noche.
Nuestra vida personal estaba conservada en el servidor de Swinburne, en un edificio sin ventanas del barrio de Shepherd’s Bush.
—No funcionan.
—¿Quieres decir que no se pueden consultar o que los han borrado?
—No, no, todo el sistema del museo ha dejado de funcionar. Una ola de calor. Me han dicho que se estropeó el aire acondicionado.
—De manera que no los han borrado.
—Escúchame, Cat.
«Cat no es una palabra para decir en público —pensé—. Es una cosita frágil y desnuda, en carne viva y dolorida. Por favor, no me llames Cat».
—Espero que no os hayáis mandado mensajes por el correo del museo.
—Sí, lo hicimos, y no quiero que los lea un extraño.
—Ya se habrán encargado de eso —dijo.
—¿Cómo lo sabes?
La pregunta pareció ofenderlo, y su tono se volvió más autoritario.
—¿Te acuerdas del escándalo de Derek Peabody y de los documentos que trató de vender a Yale? Cuando volvió para vaciar su despacho, todos sus correos electrónicos habían desaparecido.
No tenía ni idea de que hubiera habido un escándalo con Peabody.
—¿Quieres decir que han borrado sus correos para siempre?
—Por supuesto —respondió sin pestañear.
—Eric, quiero que nadie tenga acceso a esos mensajes. Ni los informáticos, ni tú, ni su mujer, nadie.
—Muy bien, Catherine. Te aseguro que tu deseo ya ha sido satisfecho.
Pensé que era un mentiroso. Él pensó que yo era una zorra.
—Lo siento —dije—. ¿Quién más lo sabe?
—¿Lo tuyo con Matthew? —hizo una pausa, como si hubiera toda una gama de respuestas que pudiera darme—. Nadie.
—La verdad es que me espanta que alguien lo sepa —dije, y me di cuenta de que mis palabras lo habían herido—. Lo siento, no quería ofenderte.
—No pasa nada. He hecho arreglos para que te den la baja por enfermedad. Si alguien pregunta, tienes bronquitis. Pero supongo que te interesará saber cómo será el futuro. Quizá deberías echar una ojeada al objeto que te estará esperando cuando te reintegres al trabajo.
De manera que no iba a insistirme para que fuera al funeral. Tendría que haberlo hecho, pero no lo hizo. Su mirada había cambiado y ahora expresaba una emoción muy diferente despertada por el «objeto», que, según yo presuponía, debía de ser algún horrible mecanismo de Sonsonete. Los expertos pueden ser así. Ni siquiera la muerte de un compañero logra hacer desaparecer por completo el placer de un «hallazgo».
No era que yo estuviera disgustada con él. Mi furia se debía a que había quedado excluida del funeral, pero sin duda estaba demasiado trastornada para acudir a Kensal Green. ¿Por qué iba a rebajarme a estar allí junto al resto? Ellos no lo conocían. No sabían absolutamente nada de Matthew.
—¿Podríamos hablar de esto más tarde? —repliqué.
Sabía que era una grosería por mi parte y lo lamentaba mucho. No quería lastimarlo. Observé cómo quitaba la tapa del salero atascado y vertía sal hasta formar una pequeña pila, donde hundió el huevo pelado.
—Por supuesto —contestó.
Pero se sentía desairado.
—¿Lo encontraron en alguna parte? —inquirí.
En respuesta a esta mínima muestra de interés, me dedicó una sonrisa maliciosa. De manera que estaba perdonada, pese a mi falta de amabilidad.
Pensé que, mientras Matthew caía fulminado por el ataque al corazón, Eric hurgaba en los viejos catálogos del museo. Había descubierto un tesoro desconocido por todos los restauradores actuales, algún ingenio extraño y horrible que podría ser el tema de su próximo libro.
Me pregunté si el objeto satisfaría la obsesión de algún esnob, la afición de un ministro o un directivo. Se lo podría haber preguntado de forma cortés, pero la verdad es que no quería saberlo. Un reloj es un reloj, pero un Sonsonete puede ser una pesadilla que incluya vidrio, loza, metal o telas. Si tal era el caso, me vería obligada a trabajar con restauradores de todas esas disciplinas. No quería —ni podía— trabajar con nadie. Gritaría, lloraría y me traicionaría.
—Lo siento —dije, esperando que eso disculpara todas mis ofensas.
Y eran ofensas, porque él me estaba tratando con extraordinaria amabilidad.
Nos fuimos de la taberna. Enfrente había aparcado un Mini Morris rojo reluciente. No era el Mini que yo conocía, aunque parecía igual, e intuí que Eric deseaba hablar de la coincidencia. Pero yo no podía, no quería. Crucé corriendo la calle y entré en el anexo de museo más vigilado de Londres.
Desde luego, los guardias no tenían ningún interés en la relojería. Habrían preferido estar en sus Harley, chillando como abejas enfurecidas por la circunvalación norte. Para mi estupefacción, sabían quién era yo y me mostraron una inesperada ternura que me volvió loca de recelo.
—Bienvenida, encanto. Permítame que le pase la tarjeta.
Cuando cruzábamos el segundo control, aún seguía conmocionada por el Mini. Sentía la mano de Eric suspendida a escasos centímetros de mi espalda. Sólo quería consolarme, pero yo estaba fuera de mí. La proximidad de la mano me agobiaba, era peor que el contacto. Traté de apartarla de un golpe, pero no había mano alguna.
En el cuarto piso me permitieron que yo misma pasara la tarjeta. Entramos en un corredor sin ventanas y demasiado frío, con lámparas fluorescentes en el techo y paredes revestidas de azulejos, blancos en su mayoría. Sentí que se me erizaba el vello de la nuca.
En el bolso tenía media pastilla de Lorazepam de 0,5 miligramos, pero no conseguía encontrarla (debía de haber quedado atrapada entre la pelusa adherida a las costuras).
Eric empujó una puerta, y causamos un sobresalto a una mujercita menuda de gafas sentada ante una máquina de coser.
La puerta siguiente, la correcta, resistió el empellón hasta que giró sobre sus goznes y golpeó contra la pared. Yo estaba inmóvil, al igual que la descomunal estructura de cemento del Anexo. A los relojeros no nos agradan las vibraciones extrañas, así que era de suponer que aquél sería un buen sitio para mí. Me acometió una intensa sensación de claustrofobia.
En el taller había tres altas ventanas bañadas por el sol de la mañana. Yo sabía bien que era mejor no levantar las persianas.
Apiladas contra la pared, debajo de las ventanas, había ocho grandes cajas de madera y otras cuatro, más largas y estrechas.
¿Sería yo la primera restauradora del mundo que no deseaba abrir una caja?
En lugar de eso, abrí una puerta. Mi taller tenía lavabo propio. En suite, como se suele decir. La mirada de mi protector me indicó que se suponía que esto tenía que complacerme. Encontré un guardapolvos y me embutí dentro.
Cuando volví, allí estaba Eric, y las cajas de madera. De pronto tuve la certeza de que se trataba de una horrible horda de monos de cuerda que echaban humo. Sir Kenneth Claringbold tenía una espantosa colección de autómatas, chinos de cuerda y cantantes femeninas de toda clase. De hech …

El anillo

Asistí a mi propio velorio y escondido entre las coronas de flores veía a mis deudos; curiosamente mi esposa no estaba entre ellos. Recorrí los pasillos de la vetusta casa y de los muros salieron unas manos que me ahorcaron; desesperado intenté zafarme tratando de romper el abrazo; mis dedos rodearon sus nudillos y reconocí la protuberancia del anillo; el que le regalé, una noche antes de que la sepultara con su amante.

Resultado de imagen para anillo de piedras engarzado en el dedo

Peter Carey, Australia

NADIE ES PROFETA en su tierra, especialmente cuando no se vive en ella. El escritor australiano Peter Carey (Victoria, 1943) fijó su residencia en Manhattan hace diez años. En octubre, su novela True History of the Kelly Gang (University of Queensland Press. Queensland, 2000) ganó el Booker Prize. Era la segunda vez que Carey conseguía el galardón más prestigioso en la órbita literaria de la Commonwealth e Irlanda (sólo J. M. Coetzee lo había conseguido antes). El éxito de crítica logrado por la obra en Estados Unidos y el Reino Unido Bretaña fue incluso superior a Oscar and Lucinda (1988). Pero en Australia sembró la controversia. La noticia del galardón ha sido recibida con total indiferencia, lo mismo que 30 Days in Sydney (Bloomsbury Publishing Plc. Londres, 2001), su libro más reciente.
True History of the Kelly Gang se basa en Ned Kelly, el mítico bandolero que murió colgado en Melbourne en 1880. Bajo la forma de una confesión, Carey hace que el protagonista escriba por sí mismo la narración de su vida familiar y andanzas delictivas desde los 12 años hasta su trágico final. La Jerilderie letter,que en 1879 Ned Kelly dictó a Joe Byrne, miembro de su banda, ha sido el ADN donde Carey ha hallado el lenguaje coloquial y arcaico con acento irlandés, las inacabables frases puntuadas al estilo Beckett y coloreadas de humor sutil que caracteriza True History. Este manifiesto personal de 8.000 palabras que se guarda en la State Library of Victoria sirvió al bandolero para justificarse ante la opinión pública. Él mismo mandó imprimirlo en Jerilderie (Nueva Gales del Sur) ante la negativa de los periódicos a publicarla. Ocurrió después de robar el que sería su penúltimo banco y de quemar certificados hipotecarios. Al año siguiente, se enfrentaba con la policía con una armadura que habría hecho las delicias de Dalí, y era finalmente detenido. La novela de Carey parte de hechos y carácteres reales combinados con otros fruto de su imaginación. Ned Kelly nació en el seno de una familia irlandesa en 1854, en Beveridge (Victoria). Fue un personaje complejo y trágico y sobre todo enigmático. Su leyenda fascinó a artistas como Sidney Nolan y Albert Tucker. En la obra, su perfil psicológico es el de un hombre torturado como un personaje shakespeareano que se dabate entre el amor y la venganza, tan sensible y solidario con su familia como implacable con sus enemigos. Implacable pero con sentido moral: ‘Nunca he matado a nadie que no debiera (…) Ellos me hubieran disparado si yo no lo hubiera hecho primero’, dice refiriéndose a la policía.
Nadie encarna mejor que Ned Kelly un periodo de la historia moderna de Australia, cuando era colonia penal inglesa y los pobres -entre ellos muchos irlandeses que habían sido deportados desde su país- tenían que vérselas todos los días contra la tiranía y el abuso. Para ellos, que alguien del mismo origen social y geográfico se enfrentara al poder y fuera solidario económicamente con los suyos se convertía en un Bob Roy.
True History es un monumento literario en cuanto a estructura y estilo. A través de sus páginas, lo que es y ha sido esta isla de los antípodas echa raíces en el imaginario literario de los lectores no australianos. Lo mismo que con sus novelas anteriores. Lo mismo que cuando sea publicada la novela que le ocupa sobre el poeta Ern Malley, que los también poetas James McAuley y Harold Stewart se inventaron para dejar en ridículo a los partidarios de las vanguardias literarias en los años cuarenta.
Sin embargo, de ello no han sido pocos los críticos y colegas de Carey en Australia a los que True History les ha dolido en las vísceras. Según ellos, el autor ha mezclado realidad y ficción con alevosía, es decir, sin avisar al lector. Consideran que ha construido un personaje que actúa en un contexto de valores políticos de finales del siglo pasado y no del XIX, como la corrupción de la administración pública, el odio a los políticos elegidos democráticamente y el republicanismo.
Y le han exigido que aclarase el porqué de las preguntas -en boca de Thomas Curnow, delator de Ned Kelly- con las que finaliza la novela: ‘¿Qué nos pasa a los australianos? ¿Qué es lo que anda mal entre nosotros? ¿Por qué no hemos tenido un Jefferson? ¿Un Disraeli? ¿No hemos podido encontrar nadie mejor para admirar que a un ladrón de caballos y asesino? ¿Por qué tenemos siempre que dar este penoso espectáculo de nosotros mismos?
John Banville señalaba en su crítica en The New York Review of Books a propósito de la polémica que la respuesta está en la misma True History y que los críticos australianos ‘sólo pueden sentirse orgullosos de Peter Carey‘.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de febrero de 2002
Peter Carey

Toni Morrinson, (qepd) premio nobel, fragmentos literarios.

Toni Morrison

Toni Morrison nació el 18 de febrero de 1931 en Lorain, Ohio, (Estados Unidos) en el seno de una familia de clase trabajadora. Toni Morrison cursó estudios en la Universidad de Howard, donde se incorporó a un grupo de teatro universitario y se graduó en 1953 con una licenciatura en Inglés. En 1955 fue admitida en la Universidad de Cornell, donde realizó un curso de posgrado de Literatura inglesa.

Escribió una tesis sobre el suicidio en la obra de William Faulkner y Virginia Woolf.

Además dio clases en las universidades de Texas y de Howard. Allí conoció a Harold Morrison, un arquitecto jamaicano con el que se casó y tuvo dos hijos. En 1964 se divorciaron, en el mismo año en que, abandonó la enseñanza para trabajar en la editorial Random House de Nueva York.

En 1975 su novela Sula fue nominada al National Book Award, y en 1977, La canción de Salomón, fue considerada por la crítica como gran acontecimiento literario. La isla de los caballeros (1981) también tuvo una excelente acogida.

En 1987, publicó Beloved, que se convirtió en otro éxito de crítica y ganó el Premio Pulitzer de ficción y un American Book Award. En ese mismo año, Toni Morrison entró como profesora visitante en el Bard College.

A continuación publicó Jazz (1992) y Jugando en la oscuridad (1992).

Sus novelas dan cuenta del abandono y el dolor a los que estuvo sometida la raza negra durante las guerras del sur en los Estados Unidos; los maltratos y la esclavitud son retratados de una manera cruda, pero poética.

Desde 1989 se desempeña, como profesora de letras en la elitista Universidad de Princeton, en el estado de Nueva Jersey. En 1988 fue galardonada con el Premio Pulitzer.

En 1993 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.

El 29 de mayo de 2012, el presidente Barack Obama le entregó a Morrison la Medalla Presidencial de la Libertad. En 2016, recibió el Premio PEN/Saul Bellow.

Toni Morrison falleció el lunes 5 de agosto de 2019 en un hospital la ciudad de Nueva York.

 

Sssst… yo conozco a esa mujer. Vivía rodeada de pájaros en la avenida Lenox. También conozco a su marido. Se encaprichó de una chiquilla de 18 años y le dio uno de esos arrebatos que te calan hasta lo más hondo y que a él le metió dentro tanta pena y tanta felicidad que mató a la muchacha de un tiro solo para que aquel sentimiento no acabara nunca. Cunado la mujer, que se llama Violet, fue al entierro para ver a la chica y acuchillarle la cara sin vida, la derribaron al suelo y la expulsaron de la iglesia. Entonces echó a correr, en medio de toda aquella nieve, y en cuanto estuvo de vuelta en su apartamento sacó a los pájaros de las jaulas y les abrió las ventanas para que emprendiesen el vuelo o para que se helaran, incluido el loro, que decía: “Te quiero”.
Pasaje de Beloved (1987) en la mitad: «-Estaba hablando del tiempo. Me resulta difícil creer en el tiempo. Algunas cosas pasan. Otras se quedan. Antes pensaba que era mi memoria. Ya sabes, algunas cosas se olvidan, otras siempre se recuerdan. Pero no es eso. Los lugares, los lugares siguen en su sitio. Si una casa se incendia, desaparece, pero el lugar… la imagen del lugar permanece, y no solo en mi memoria sino allí, en el mundo. Lo que yo recuerdo es una imagen flotando en redondo fuera de mi cabeza. Quiero decir que aunque lo piense, aunque se muera, la imagen de lo que hice, o supe, o vi, sigue allí. Exactamente en el lugar donde ocurrió.
– ¿Y los demás pueden verla? -inquirió denver.
– Oh, sí. Oh, sí, sí, sí. Algún día irás andando por el camino y oíras o verás algo. Con toda claridad. Y pensarás que eres tú la que está pensando. Una imagen pensada. Pero no. Es cuando tropiezas con un recuerdo que le pertenece a otro».
Pasaje de Amor (2003), hacia el desenlace: «Él la mira. Azorada (¿le habrá visto menear las caderas?) y temerosa. Él es el guapo gigante propietario del hotel y al que nadie replica. Heed se detiene, incapaz de moverse o decir: ‘Disculpe. Lo siento’. (…)
Le toca el mentón y entonces, con naturalidad, sin dejar de sonreír, le toca un pezón, o mejor el lugar bajo el traje de baño donde habrá un pezón (…) Heed se queda ahí durante un tiempo que le parece una hora pero que es menos del que se requiere para hacer una burbuja de chicle perfecta. (…)
Heed no ha traído las piezas. Le dice a Christine que no las ha encontrado. Esa primera mentira, de las muchas que seguirán, se debe a que Heed cree que Christine sabe lo que ha sucedido y eso la ha hecho vomitar. Así pues, hay algo en Heed que no está bien. El viejo lo ha visto enseguida, y por ello le ha bastado con tocarla para que se moviera, como él sabía que iba a suceder, porque esa cosa mala ya estaba ahí, esperando que un pulgar la despertara. Ahora Christine también sabe que eso está ahí, y no puede mirarla porque la cosa mala es visible».
Canción-de-SalomonFinal de La canción de Salomón (1987): «-¿Quieres mi vida? – Lechero ya no gritaba-. ¿La necesitas? ¡Tómala!
Sin secarse las lágrimas, sin respirar hondo, sin doblar siquiera las rodillas, saltó al vacío. Ligero y resplandeciente como la estrella polar, fue girando en el aire hacia Guitarra. No importa cuál de los dos entregara su espíritu en los brazos asesinos de su hermano porque ahora Lechero sabía lo que Shalimar había sabido años atrás: que si te rindes al aire, puedes cabalgar en él».
«Soy Beloved y ella es mía. Sethe es la que recogía flores, flores amarillas en el lugar anterior al encogimiento. Las separaba de sus hojas verdes. Ahora están en la colcha donde dormimos. Estaba a punto de sonreírme cuando llegaron los hombres sin piel y nos llevaron a la luz del sol con los muertos y empujaron a éstos al mar. Sethe entró en el mar. Entró. No la empujaron. Entró. Se estaba preparando para sonreírme y cuando vio a los muertos empujados al mar también entró y me dejó allí sin rostro y sin ella. Sethe es el rostro que encontré y perdí en el agua bajo el puente. Cuando entré, vi su rostro acercándose a mí y también era mi rostro. Quise unirnos. Intenté unirnos pero ella emergió del agua entre fragmentos de luz. Volví a perderla, pero encontré la casa que me había susurrado y allí estaba, por fin sonriente. Eso es bueno, pero no puedo volver a perderla. Lo único que quiero es saber por qué se internó en el agua en el lugar donde estábamos encogidos. ¿Por qué hizo eso justo cuando estaba a punto de sonreírme? Yo quise unirme a ella en el mar pero no podía moverme, quise ayudarla cuando recogía flores, pero las nubes de uno de los disparos me enceguecieron y la perdí. Tres veces la perdí: una con las flores debido a las nubes de humo alborotadoras, una cuando se metió en el mar en lugar de sonreírme, una bajo el puente cuando quise unirme a ella y ella vino a mí pero no me sonreía. Me susurró, me masticó y se alejó nadando. Ahora la he encontrado en esta casa. Me sonríe y es mi propio rostro sonriendo. No volveré a perderla. Es mía.
Dime la verdad. ¿No has venido del más allá?
Sí. Estaba en el más allá.
¿Has vuelto por mí?
Sí.
¿Me recuerdas?
Sí. Te recuerdo.
¿Nunca me olvidaste?
Tu rostro es el mío.
¿Me perdonas? ¿Te quedarás? Ahora estás a salvo aquí.
¿Dónde están los hombres sin piel?
Afuera. Lejos.
¿Pueden entrar aquí?
No. Lo intentaron aquella vez, pero yo lo impedí. Jamás volverán. Uno de ellos estaba en la misma casa que yo. Me hizo daño.
No pueden volver a hacernos daño.
¿Dónde están tus pendientes?
Me los quitaron.
¿Los hombres sin piel se los llevaron?
Sí.
Iba a ayudarte pero las nubes se interpusieron.
Aquí no hay nubes.
Si te ponen un círculo de hierro alrededor del cuello, lo arrancaré a mordiscos.
Beloved.
Te haré un canasto redondo.
Has vuelto. Has vuelto.
¿Me sonreiremos?
¿No ves que estoy sonriendo?
Amo tu rostro. «

https://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2013/01/la-gran-hechicera-toni-morrison.html

http://www.epdlp.com/texto.php?id2=8349

El secreto de la muerte de Gibran

Queréis saber el secreto de la muerte
¿Pero cómo habéis de encontrarla a menos que la busquéis en el corazón de la vida?
El mochuelo, cuyos ojos atados a la noche son ciegos en el día, no puede descubrir el misterio de la luz.
Si queréis, en verdad, contemplar el espíritu de la muerte, abrid de par en par vuestro corazón en el cuerpo de la vida.
Porque la vida y la muerte son una, así como el río y el mar son uno también.
En el arcano de vuestras esperanzas y anhelos descansa vuestro conocimiento silencioso del más allá.
Y, como las semillas durmiendo bajo la nieve, vuestro corazón sueña con la primavera.
Confiad en los sueños porque en ellos el camino a la eternidad está oculto.
Vuestro temor no es más que el estremecimiento del pastor cuando está en pie frente al rey, cuya mano va a ponerse sobre él como un honor.
¿No está, tal vez, contento el pastor, bajo su temor, de llevar la marca del rey?
¿No le hace eso, sin embargo, más consciente de su temblor?
Porque, ¿qué es morir sino erguirse desnudo?
Y ¿qué es dejar de respirar sino el liberar el aliento de sus inquietos vaivenes para que pueda elevarse y expandirse y, ya sin obstáculos, buscar a Dios?
Sólo cuando bebáis el río del silencio cantaréis de verdad.
Y, cuando hayáis alcanzado la cima de la montaña es cuando empezaréis a ascender.
Y cuando la tierra reclame vuestros miembros es cuando danzaréis de verdad.
Una vez discernidos todos los misterios de la vida, desearás la muerte, porque la muerte no es sino otro misterio de la vida.
KHALIL GIBRAN
Alegoria a la muerte

Reflexión: El profeta de Khalil Gibrán

Entonces, Almitra habló otra vez: ¿Qué nos diréis sobre el Matrimonio, Maestro?
Y él respondió, diciendo:
[…]
Amaos el uno al otro, pero no hagáis del amor una atadura.
Llenaos uno al otro vuestras copas, pero no bebáis de una sola copa.
Daos el uno al otro de vuestro pan, pero no comáis del mismo trozo.
Cantad y bailad juntos y estad alegres, pero que cada uno de vosotros sea independiente.
Las cuerdas de un laúd están solas, aunque tiemblen con la misma música.
Dad vuestro corazón, pero no para que vuestro compañero lo tenga.
Porque solo la mano de la Vida puede contener los corazones.
Y estad juntos, pero no demasiado juntos. Porque los pilares del templo están aparte.
Y, ni el roble crece bajo la sombra del ciprés ni el ciprés bajo la del roble.”

Resultado de imagen para Gibran


Khalil Gibran , El Profeta

El orden de los lugares no altera el producto

«Estoy tan jodido que no tengo donde caerme muerto» Ella, le respondió: «donde caigas, el resultado es el mismo».

POSADA1

Aprender a decir adiós — El Blog de Arena

. La cultura occidental tiene, entre sus muchas fijaciones, una muy particular: saber cuáles fueron las últimas palabras de este o aquel personaje (ya se sabe, la fama, aquí, tiene un plus de distinción o morbo). Tal vez sea la idea de despedida lo que prima aquí aunque, como dije, tal vez sólo sea simple morbo. Sea como […]

a través de Aprender a decir adiós — El Blog de Arena

La fiebre de la oveja loca

—¿Cómo desea su corte de pelo?
— Un estilo ajedrez —ordenó la oveja— sacudía su melena y le guiñaba un ojo  al estilista.
Ya peluqueada se atrevió con los equinos y con descaro coqueteo con ellos…, desesperada por no turbar a los caballos, tomó su bolsa y fue en busca del perro ovejero, que al verla movió la cola y rasco con entusiasmo el pasto.

No hay descripción de la foto disponible.

PARA QUE ME CONOZCAN UN POQUITO…

Avatar de manoloprofemanologo

Hoy domingo, limpiando un poco los archivos de la PC, encontré este video -que como para que me conozcan un poquito- comparto con ustedes..

Si no me equivoco, fue hace bastantes años en la primera edición en Lima del «Ojo de Iberoamérica», donde hicieron una simpática semblanza mía. Hacía unos meses que había tenido el tercer ACV y les confieso que al subir despacio al escenario para decir unas palabras y ver la sala llena (no sé cuántas personas, pero muchísimas), lo único que pude fue decir gracias y dedicar ese homenaje a los amigos y compañeros que ya no estaban con nosotros y lo merecían muchísimo más que yo. Ahí supe lo que era la emoción y yo -hablador- casi no pude hacerlo.

Peronen la «autopromoción», pero parece que no puedo con mi manía (sostenida por 50 años) de ser publicitario.

Manolo.

¡Gracias «Mercado Negro» (organizador), «

Ver la entrada original 8 palabras más