La mujer del ganadero de Henry Lawson, Australia

La casa tiene dos habitaciones; está construida con troncos,
tablas y corteza fibrosa, y el suelo está hecho de tablas resquebrajadas. La cocina, también de corteza, está al final y es más
grande que el resto de la casa, terraza incluida.
Alrededor sólo hay monte. Un monte sin fin en una eterna
llanura. No hay colinas a la vista. El monte es de manzanos
enanos y carcomidos. Pero no hay arbustos, ni nada en que
descansar la vista, salvo el verdor de algunas encinas cuyo follaje
susurra sobre un arroyo seco. Hay que recorrer diecinueve millas
para encontrar alguna señal de civilización: una choza junto a la
carretera principal.
El ganadero, que tuvo en su día tierras propias, está lejos,
conduciendo rebaños de los grandes propietarios, mientras que su
mujer y sus hijos se quedan aquí solos.
Los niños están jugando alrededor de la casa; son cuatro, y
tienen un aspecto andrajoso y polvoriento. De pronto uno de
ellos grita:
—¡Una serpiente! ¡Mamá, aquí hay una serpiente!
La mujer, delgada y de piel morena, sale precipitadamente de
la cocina, recoge al pequeño del suelo, lo apoya sobre su cadera
izquierda y coge un palo.
—¿Dónde está?
—¡Aquí! ¡Se ha metido en el montón de leña! —grita el hijo
mayor, un pilluelo de once años de cara delgada—. ¡Quédate ahí,
mamá! ¡La cogeré! ¡Apártate! ¡Maldita sea! ¡La cogeré!
—Tommy, ¡ven aquí o te morderá! Ven en seguida cuando te
llamo. ¡Basta ya, te digo!
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El más pequeño acude inmediatamente con un bastón más
grande que él. De repente, grita triunfante:
—¡Se cuela por allí, por debajo de la casa! —y se lanza a
perseguirla con el palo en alto. El perro, que es grande, negro y
tiene los ojos amarillos propios de su raza, muestra un enorme
interés por el incidente, rompe la cadena y echa a correr detrás de
la serpiente. Pero llega demasiado tarde y, cuando mete la nariz
por la grieta de la pared, la cola de la serpiente ya se ha
escondido. A su vez, el niño al golpear con el bastón le pela la
nariz al perro, quien apenas lo nota y sigue inspeccionando la
casa. Con un poco de esfuerzo consiguen amansarlo y lo atan. No
pueden permitirse el lujo de perderlo.
La mujer del ganadero hace que los niños se queden juntos
cerca de la caseta del perro mientras que ella vigila a la serpiente.
Pone leche en dos platos y los deja junto a la pared para hacerla
salir; pero una hora más tarde aún no se ha dejado ver.
Pronto se pondrá el sol, y se aproxima una tormenta. Los niños
deberían entrar en casa, pero ella sabe que la serpiente está allí y
que en cualquier momento podría asomar por una de las grietas
del suelo. Por eso, hace varios viajes a la cocina cargada de leña
y luego lleva a los niños allí. El suelo de la cocina es de tierra o
«natural» como dicen en esta zona. Sienta a los niños a una gran
mesa de madera sin pulir que hay en el centro. Son dos niños y
dos niñas, muy críos. Les da algo de cenar y antes de que
oscurezca, entra rápidamente en la casa para coger algunas
sábanas y almohadas, temiendo que la serpiente se le pueda
aparecer entre la ropa. Improvisa una cama para los niños en la
mesa y se sienta al lado para vigilar durante la noche.
Tiene los ojos bien abiertos, un palo a mano, el costurero y un
ejemplar de Young Ladies’ Journal. El perro también está con
ellos.
Tommy se va a la cama protestando; dice que permanecerá
despierto toda la noche y destrozará a esa maldita serpiente.
Su madre recuerda cuántas veces le ha advertido que no diga
palabrotas.
El niño se ha llevado el bastón a la cama. Su hermano, que está
a su lado se queja:
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—¡Mamá! ¡Tommy no hace más que molestarme con el palo!
¡Quítaselo!
Tommy:
—¡Cállate enano! ¿O quieres que te muerda la serpiente?
Jacky se calla.
—Si te muerde —dice Tommy—, se te hinchará y apestarás.
Te pondrás rojo y verde y azul y de todos los colores, y entonces
reventarás. ¿Verdad mamá?
—Vamos, no asustes al niño —dice ella—, y haced el favor de
dormir.
Los dos pequeños se ponen a dormir. Jacky no para de
quejarse de que está «apretujado», y al final su hermano tiene
que dejarle más sitio.
Entonces Tommy dice:
—¡Mamá! ¿Oyes esos pequeños rabopelados de m***? Me
gustaría retorcerles el jo*** pescuezo.
Jacky protesta adormilado:
—¡Pero si esos pequeños de m*** no nos hacen ningún daño!
Madre:
—¡Oye! ¿Cómo tengo que decirte que no enseñes palabrotas a
Jacky?
Pero lo que ha dicho Jacky la hace sonreír.
Jacky se queda dormido.
Poco después, Tommy pregunta:
—¡Mamá! ¿Crees que llegará un día en que exterminen a los
malditos canguros?
—¡Pero por Dios! ¿Cómo quieres que sepa yo eso, criatura?
¡Duérmete!
—¿Me despertarás si sale la serpiente?
—Sí… Duérmete ya.
Es casi medianoche. Los niños están durmiendo; ella continúa
allí sentada, a ratos cosiendo, a ratos leyendo. De vez en cuando
echa una mirada al suelo y al zócalo y cuando oye un ruido
agarra el palo. La tormenta se acerca y el viento que se cuela por
las grietas de las paredes de piedra amenaza con apagar la vela,
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que coloca con reparo en la rinconera y protege con un periódico.
A cada relámpago, las grietas de la pared brillan como plata
pulida. Se desencadena la tormenta y empieza a llover a cántaros.
Caimán, el perro, está estirado a sus anchas en el suelo, con los
ojos vueltos hacia un tabique interior; y gracias a esto, ella sabe
que la serpiente está allí. En ese tabique hay enormes grietas que
se abren por debajo del suelo de la vivienda.
Ella no es cobarde, pero recientemente han sucedido cosas que
le han sacudido los nervios. No hace mucho, al hijo pequeño de
su cuñado le mordió una serpiente y murió. Además, hace seis
meses que no tiene noticias de su marido y está preocupada por
él.
Él era ganadero, y empezó a ocupar estas tierras cuando se
casaron, pero la sequía de 18** lo arruinó y tuvo que sacrificar
los animales y marcharse a trabajar para los grandes propietarios.
Cuando está en casa, suele llevar a la familia al pueblo más
cercano, y cuando no está, su hermano, que vive en la carretera
principal, les trae provisiones cada mes. La mujer tiene aún un
par de vacas, un caballo y unas cuantas ovejas. De vez en
cuando, su cuñado mata una oveja; ella se queda con lo que
necesita y él se lleva el resto a cambio de provisiones.
Está acostumbrada a quedarse sola; en una ocasión su marido
estuvo fuera durante un año y medio. Como todas las chicas, de
joven, ella también construyó castillos en el aire, pero aquellas
esperanzas y anhelos ya se han desvanecido. Ahora toda la
distracción y el entusiasmo que desea lo encuentra en Young
Ladies’ Journal, y a la pobre le encanta mirar las ilustraciones de
moda.
Tanto su marido como ella nacieron en Australia. Él es algo
despreocupado, pero un buen marido al fin y al cabo. Si pudiera,
la llevaría a la ciudad y la trataría como a una reina. Están
acostumbrados a vivir separados, al menos ella sí lo está. «¿Para
qué atormentarse?», suele decir. Quizá haya momentos en los
que él olvide que está casado, pero siempre que vuelve a casa con
dinero se lo da casi todo a ella. Antes de que la sequía lo
arruinara, la llevaba a la ciudad, alquilaba un coche-cama en el
ferrocarril y se hospedaban en los mejores hoteles. Además, en
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una ocasión incluso le compró una calesa, aunque más tarde
tuvieron que venderla, junto con todo lo demás.
Las dos hijas pequeñas nacieron en la casa, una mientras su
marido traía a la fuerza a un médico borracho para que la
atendiera. Ella estaba sola, y se sentía débil. Había estado
enferma y con fiebre, y pidió a Dios que le enviara ayuda. Dios le
envió a la Negra Mary, la aborigen más «blanca» de la región.
Uno de sus hijos murió cuando su marido no estaba allí y ella
cabalgó diecinueve millas con el niño muerto en busca de ayuda.
Deben ser cerca de la una o las dos. El fuego arde lentamente.
Caimán está echado con la cabeza apoyada sobre las patas,
mirando hacia la pared. No es un perro demasiado bonito; la luz
descubre viejas cicatrices donde el pelo no volverá a crecer. No
teme a nada sobre la faz de la Tierra ni debajo de ella; atacaría a
un buey con la misma facilidad con que atraparía a una mosca.
Odia a todos los perros (excepto a los de la caza del canguro) y
siente una gran antipatía hacia los amigos o conocidos de la
familia, aunque apenas les visitan. A veces se hace amigo de
extraños. Odia las serpientes y ha matado muchas, pero algún día
lo morderá una y Caimán morirá: la mayoría de los «perros
serpiente» acaban así.
De vez en cuando, la mujer deja su trabajo y observa, escucha
y piensa. Piensa acerca de su propia vida, pues hay poco más en
qué pensar.
Gracias a la lluvia, la hierba volverá a crecer. Eso le recuerda
cómo luchó una vez para apagar un incendio en el monte, cuando
su marido se encontraba lejos. La hierba estaba seca y muy
crecida, y el fuego amenazaba con abrasarla. Se puso unos
pantalones viejos de su marido e intentó apagar las llamas con
una rama verde, hasta que gotas de un sudor negro le cubrieron la
frente y le resbalaron por los brazos ennegrecidos. A Tommy le
divertía ver a su madre en pantalones; el niño trabajó a su lado
como un pequeño héroe, aunque gritaba con fuerza para que lo
cogiera en brazos y, de no haber sido por cuatro hombres
valientes que llegaron justo a tiempo, el fuego la habría vencido.
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Fueron momentos de una gran tensión: cuando fue a coger al
niño, éste gritó y se debatió con fuerza creyendo que se trataba
de un «negro»; y Caimán, confiando en el instinto del chiquillo
más que en el suyo propio, atacó furiosamente, y (puesto que era
viejo y ligeramente sordo) tan emocionado como estaba, no
reconoció en un primer momento la voz de su dueña, por lo que
no la soltó hasta que Tommy tuvo que obligarlo a echarse atrás
golpeándolo con la correa de una silla de montar. El dolor que el
perro sentía y su impaciencia por que los demás comprendieran
que todo había sido un error resultaban evidentes: una enorme
sonrisa bastó para reconfortarlo. Fue un episodio glorioso para
los niños; un día para recordar y del que hablar y reír durante
muchos años.
Recuerda cómo luchó contra una inundación estando su
marido ausente. Permaneció durante horas bajo un fuerte aguacero y cavó un canal de desagüe para salvar la presa del arroyo.
Pero no lo consiguió. Una campesina tampoco lo puede hacer
todo. A la mañana siguiente la presa estaba rota y su corazón
también estuvo a punto de romperse al pensar cómo se sentiría su
marido cuando volviera a casa y viera destrozado el fruto de
meses de trabajo. Entonces lloró.
También se enfrentó a «la pleuro», medicó y sangró las pocas
reses restantes y lloró de nuevo cuando murieron sus dos mejores
vacas.
En otra ocasión luchó contra un novillo enloquecido que sitió
la casa durante un día. Hizo balas y las disparó con una vieja
escopeta por entre las grietas de la pared. Al día siguiente el
novillo había muerto. Lo despellejó y obtuvo 7 peniques con 6
chelines por su piel.
Hace frente asimismo a los cuervos y águilas que tienen la
vista puesta en sus gallinas. Su plan de campaña es muy original:
los niños gritan «¡Mamá, cuervos!», ella sale corriendo, les
apunta con un mango de escoba como si se tratase de una pistola,
y dice «¡Bang!». Los cuervos salen volando; son astutos, pero
una mujer lo es aún más.
A veces viene un campesino borracho y sin dinero, o un
haragán sin trabajo de aspecto salvaje, y le dan un susto de
muerte.
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—Mi marido y dos hijos están trabajando en la presa —suele
decir al sospechoso desconocido, porque ellos siempre preguntan
por «el jefe».
Precisamente, la semana pasada un jornalero con cara de pocos
amigos, tras informarse y comprobar de que no había hombres en
el lugar, dejó caer su hatillo en el porche y pidió comida. Cuando
ella le hubo dado algo de comer, él mostró intenciones de
quedarse a pasar la noche. El sol se estaba poniendo. Ella cogió
una barra del sofá, soltó al perro y se enfrentó al desconocido:
—¡Váyase ahora mismo! —dijo con la barra en una mano y el
collar del perro en la otra. Él miró a la mujer y al perro.
—¡Tranquila, ya me voy! —dijo servilmente, y se fue. La
mujer parecía decidida. Los ojos amarillos de Caimán se fijaban
en él de un modo desagradable. Además, la mandíbula del animal
era bastante parecida a la de un verdadero caimán.
Ahora, sentada junto al fuego, en guardia contra una serpiente,
tiene pocas alegrías en las que pensar. Todos los días le parecen
iguales. No obstante, los domingos por la tarde se viste, arregla a
los niños, acicala al bebé y sale a dar un solitario paseo por el
camino del bosque, empujando ante sí un viejo cochecito. Hace
lo mismo todos los domingos. Pone tanto afán en que todos,
tanto ella como los niños, estén elegantes que parece como si se
fuera a ir a pasear a Sydney, y sin embargo no hay nada que ver
ni nadie con quien encontrarse. A menos que se sea un
campesino, se pueden andar veinte millas sin encontrar ningún
punto de referencia. Esto es debido a la similitud perpetua y
enloquecedora de los árboles achaparrados, a esa monotonía que
lleva al recién llegado a desear dejar el lugar y marcharse al sitio
más lejano a donde llegue un tren o navegue un barco, y más
lejos aún.
Pero esta campesina está acostumbrada a la soledad. Al
principio la odiaba, pero ahora se sentiría mal si no estuviera
sola. Cuando su marido vuelve se alegra, pero no se deshace en
atenciones ni se muestra especialmente efusiva por ello. Le
prepara un buen plato y arregla a los niños.
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Parece contenta con su suerte. Ama a sus hijos aunque no
tenga tiempo para demostrarlo y parezca muy severa con ellos.
Las circunstancias tampoco son las propicias para que se
desarrolle el aspecto sentimental o «femenino» de su naturaleza.
Debe estar amaneciendo, pero el reloj está en la otra habitación. La vela ya casi se ha consumido. Había olvidado que se le
habían terminado las velas. Hay que ir a por leña para mantener
el fuego encendido, así que encierra al perro en el interior y corre
a la pila de leña. Ha cesado de llover. Intenta coger un tronco y al
tirar de él – ¡crac! – se derrumba toda la pila de leña, dándole un
susto de muerte.
El día anterior había negociado con un aborigen errante para
que le trajera leños, y mientras él estaba trabajando, ella fue en
busca de una vaca extraviada. Cuando regresó quedó asombrada
al ver una pila de leña junto a la chimenea. Le dio un poco más
de tabaco de lo normal y lo elogió por haber hecho tan buen
trabajo. Él se lo agradeció y se marchó con la cabeza alta. Pero
había dejado un hueco en la pila.
Ahora ella se siente dolida; cuando vuelve a la mesa se le
saltan las lágrimas. Coge un pañuelo para secarlas, sin embargo
se restriega los ojos con los dedos. El pañuelo está lleno de
agujeros y se da cuenta de que ha pasado el pulgar por uno de
ellos y el índice por otro. Eso la hace reír de repente, ante la
sorpresa del perro. Tiene un profundo sentido del ridículo; piensa
que algún día hará reír a los campesinos al contarles este
incidente. A menudo comentaba cómo un día se había sentado
para llorar desconsoladamente y cómo el viejo gato se había
restregado contra su vestido y – como decía – «también lloró».
Entonces ella había tenido que echarse a reír.
Ya casi es de día. La cocina está caldeada por el fuego de la
chimenea. De vez en cuando Caimán mira la pared. De repente,
algo capta su atención. Se acerca a unos centímetros del tabique
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y se estremece. El pelo de su espalda empieza a erizarse; sus ojos
amarillos brillan de cólera. Ella sabe lo que esto significa y apoya
la mano en el palo. La parte inferior del tabique tiene una grieta a
cada lado. Un par de ojos pequeños de mirada fría brillan desde
una de estas hendiduras. Una serpiente negra sale lentamente,
moviendo su cabeza de arriba a abajo. El perro se queda quieto y
la mujer, fascinada, permanece sentada. La serpiente avanza un
poco más. La mujer levanta el palo, y el reptil, consciente del
peligro, se apresura a esconderse metiendo rápidamente la cabeza
por otra grieta. Caimán salta y su boca se cierra con un
chasquido. Ha sido un intento fallido porque tiene la nariz
demasiado ancha; el cuerpo de la serpiente está pegado al ángulo
que forman el zócalo y el suelo. Cuando mueve la cola intenta
alcanzarla de nuevo. Esta vez la ha cogido y tira de ella unas 20
pulgadas. ¡Cloc! ¡cloc! La mujer da golpes contra el suelo.
Caimán tira otra vez. ¡Cloc! ¡cloc! Caimán tira un poco más. Ya
ha conseguido sacar la serpiente – una bestia negra de 5 pies.
Ésta lleva la cabeza rápidamente, pero el perro tiene a su enemiga
atrapada por el cuello. Es un perro grande y grueso, aunque veloz
como un galgo. Zarandea a la serpiente como si la considerara el
castigo común de la especie humana. El hijo mayor se despierta.
Coge el palo y quiere salir de la cama, pero su madre, con una
sartén de hierro en la mano, le obliga a retroceder. ¡Cloc! ¡cloc!
La espalda de la serpiente está rota en varias partes. ¡Cloc! ¡Cloc!
La cabeza está aplastada y Caimán tiene la nariz pelada.
La mujer recoge el reptil aplastado con la punta del palo, lo
lleva hasta la chimenea y lo tira. Apoyada en la pila de troncos
observa cómo se quema la serpiente. El niño y el perro también
miran. La madre pasa la mano por la cabeza del perro, y toda la
furia y la cólera desaparecen de sus ojos amarillos. Los pequeños
se han tranquilizado y se disponen a dormir. El niño, con las
rodillas sucias, permanece por un momento de pie en camisa,
mirando el fuego. Entonces mira a su madre: le ve las lágrimas
en los ojos, y, de repente, le rodea el cuello con los brazos y
exclama:
—Mamá, yo nunca seré ganadero, ¡te lo juro, mamá!
Ella sin aliento lo abraza y besa, y permanecen sentados, así,
juntos, mientras la luz del día irrumpe en el llano.
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(1892)
Traducción: Mónica Monleón, Montse González Barri,
Imma Raluy, Eloísa Moyano

La incertidumbre — El Blog de Arena

. La postura que la modernidad tiene ante el amor mueve un poco a risa y otro poco a compasión. Cuando uno escucha decir a un joven que «no vale la pena enamorarse» o, directamente, que «no hay que enamorarse», uno no puede menos que sonreír con algo de pena mientras espera que el […]

a través de La incertidumbre — El Blog de Arena

Noticias del género

El hombre le pregunta a Dios Hombre:- «¿Por qué has hecho a la mujer tan bella?» Dios:- «Para que te enamores de ella» Hombre:- «Y entonces, ¿por qué la has hecho tan tonta?» Dios:- «Para que se enamore de ti»

pulga..

Flor sin retoño, sus interpretes, su letra y algunas preguntas que me joden.

“Flor sin retoño”, cantaba Salinas en la década de los cuarenta. “Yo la regaba con agua que cae del cielo/y la regaba con lagrimas de mis ojos/mis amigos me dijeron ya no riegues esa flor/esa flor ya no retoña tiene muerto el corazón”. Nadie sabe de dónde salió pero hoy, una pálida flor artificial adorna el nicho en el que se hallan sus restos. En la urna, se mezclaron las cenizas de Genaro y de Malena. Así lo quiso su familia, sumida en un largo silencio que sólo parece explicarse por la trágica y misteriosa muerte del tenor mexicano. https://dospuertos.wordpress.com/2012/11/16/de-tampico-a-chacarita-el-viaje-de-genaro-salinas/?fbclid=IwAR0lJZtplYJqsIbY_YYsAiaSY204JBbKPUFLeJT9d6MGEqHu7yQpIg1EPs0

Lo que he señalado en negritas me servirá de dato para hacerme algunas preguntas relacionadas con la canción. Seguramente la recuerda fue un éxito con Pedro Infante, también con los «Hermanos Martínez Gil» Antes la había interpretado Genaro Salinas* (1918-1957).

La liga de la canción en la voz de Genaro salinas:

 

Lejos, muy lejos de ser un entendido de música, pero la canción esta cantada con la misma letra que se oye en las últimas versiones y en un ritmo de danzón, no de bolero.

Puse en el google quien era el autor de la canción «flor sin retoño» y en microsegundos me dan la respuesta:

Cerca de 31,500 resultados (0.68 segundos)
Resultados de búsqueda

Seguramente Rubén fuentes que es toda una institución en la canción mexicana, le haya hecho el arreglo para ser cantada en bolero ranchero y por un error se le haya adjudicado a él.

Y si es cierto lo que pienso, entonces ¿de quien es?  ¿Alguien lo sabe?

La interpretación de los Hermanos Martínez Gil, De Misantla Veracruz

 

*Breve biografía

Nació en México y, desde muy joven demostró sus cualidades de cantante, al exhibir una tesitura especial que hizo que sus oyentes, en todo el continente, lo llamaran «El tenor de la voz de oro».
Un día, deja su tierra natal para enseñar su talento en otros escenarios de América Latina. Lamentablemente su primera y única gira, terminò en tragedia; pues, en una presentación en Caracas, ya de regreso a México, una de las amantes del dictador Marcos Pèrez Jimènez, se enamorò de Salinas y, loca de pasión, lo buscó en el hotel donde el artista se hospedaba y le ofreciò sus encantos.
Enterado el dictador de las andanzas de su amante, ordenò la muerte del artista. Su cadáver fue hallado, una aciaga mañana, en una calle de Caracas.

Letra de la canción

Sembré una flor sin interés yo la sembré para ver si era formal a los tres días que la dejé de regar al volver ya estaba seca ya no quiso retoñar al volver ya estaba seca ya no quiso retoñar Yo la regaba con agua que cae del cielo y la regaba con lágrimas de mis ojos mis amigos me dijeron ya no riegues esa flor esa flor ya no retoña tiene muerto el corazón esa flor ya no retoña tiene muerto el corazón Yo la regaba con agua que cae del cielo y la regaba con lágrimas de mis ojos mis amigos me dijeron ya no riegues esa flor esa flor ya no retoña tiene muerto el corazón esa flor ya no retoña tiene muerto el corazón.

Dejando huellas — Palabras para recordar

Contrasta tu frígida mirada ante el agitado mundo que te ve. Se intuye tu renuncia a ella, y un prematuro abandono a la vida, así como una inesperada bajada de telón. Pero no te engañes, no porque tu vivas fuera de este mundo, este dejará de existir, ni muerto, ni vivo está, sólo duerme para […]

a través de Dejando huellas — Palabras para recordar

Andres Henestrosa (1906-2008)

“No me llores no, no me llores no, porque si lloras yo peno, en cambio si tú me cantas, yo siempre vivo… yo nunca muero…”

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La soledad del almendro

Me conmueve mirarlo sin hojas. Arriba hay un cielo borroneado y el agua finita y fría duele, como si las gotas trajesen espinas. Es una tarde entintada de sepia que estremece mis huesos. Los truenos son pisadas que se acercan. La luz apenas se unta en la frontera lejana y en los bordes de los árboles; me envuelve a cada paso la congoja y me aterra el relámpago que ilumina el almendro y lo exhibe, como una radiografía, en su precariedad.

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Marcus Clark

Novelista, cuentista, ensayista y editor australiano. Nació en Londres, Inglaterra, fue educado por su padre, ya que su madre había muerto. Asistió a Highgate, donde fue amigo del poeta Gerard Manley Hopkins. En 1863, cuando su padre enfermó y perdió su fortuna, Clarke emigró a Australia. Trabajó en un principio en el Banco de Australia en Melbourne y más tarde en una sucursal en Wimmera, Victoria. Pero fue en Melbourne donde comenzó su carrera literaria, con colaboraciones regulares en diversas publicaciones entre las que cabe citar el Argus y el Australasian. Acuciado siempre por problemas financieros, sus opositores políticos le denegaron el puesto de bibliotecario público en 1881. Falleció poco después de pleuresía y en bancarrota total. Las novelas de Clarke aparecieron inicialmente por entregas, antes de su publicación como libros. Entre ellas cabe incluir Interminable apuesta (1869), Su vida natural (1874) y Entre la sombra y el fulgor (1875). Publicó también varias colecciones de cuentos cortos, ensayos históricos, críticas, artículos periodísticos, obras de teatro y hasta una ópera. Su obra Su vida natural le dio la fama; es una novela melodramática, de rencores sorprendentes, pero con excelentes incursiones en los horrores y fallos del sistema judicial.

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«En torno a las siete en punto la prisión quedó sumida en la conmoción. Se propaló la noticia de que había despertado en los reos el amor febrífugo a la libertad, adormilado por causa de la monotonía durante la primera parte del viaje. Ante la manifiesta amenaza de la muerte, anhelaban con fiereza la posibilidad de escapar que parecía la tributaria concesión de los hombres libres. Cada hombre enardeció a su amigo gritando «¡Salgamos!» «Hemos sido encerrados aquí como un rebaño a la espera de su sacrificio» Los rostros de los hombres concitaban una mirada sombría y abatida, y a través de la lóbrega oscuridad lanzaban miradas feroces que iluminaban su negrura, como el flash de un relámpago que morbosamente iluminara el aturdimiento índigo de una nube tormentosa. Poco a poco, y de un modo inexplicable, comprendieron que se cernía sobre ellos una conspiración, que iban a ser liberados de sus ruinas y que entre ellos había quienes habían sido sediciosos en pos de esta anhelada libertad. El aliento fétido se entremezclaba con el denuedo ansioso y sospechoso de una ansiosa respiración. El predominio de esta influyente idea se mostró por un inopinado desplazamiento de átomos. La concurrente masa de la villanía, la ignorancia y la inocencia comenzó a verse animada por un movimiento uniforme. Las afinidades naturales se despertaron en silenciosa armonía, como piezas vítreas o cuentas de colores en un caleidoscopio que asumiera formas de proporciones matemáticas. El estruendo de siete campanas determinó que la prisión se hallaba dividida en tres partes -desesperados, tímidos y cautelosos. Ese ser tripartito convergía de forma natural. Los amotinados, instigados por Gabbett, Vecht y el Parásito, se encontraban en la cercanía de la puerta; los tímidos -jóvenes, ancianos, pobres infelices condenados por pruebas circunstanciales o personalidades rústicas abocadas al latrocinio para sobrevivir- se hallaban en el último extremo, acurrucados y alerta; y los prudentes -es decir, todos los demás, estaban prestos para luchar, avanzar o retroceder, ayudar a las autoridades o a sus compañeros, según los caprichos de la diosa fortuna- ocupaban el espacio intermedio. Los amotinados no excederían de la treintena, de los cuales sólo una media docena sabía realmente lo que estaban a punto de hacer. «

A veces mi barquito de papel sube río arriba — El Blog de Joaquín Sarabia

Foto de Joaquín Sarabia A veces Mi barquito de papel Sube rio arriba. Buscando el origen Buscando el pasado…. Llega la noche Y mi barquito De papel Navega junto a los salmones…. Rio arriba Navega mi barquito de papel….. Y todo es pasado Y todo es duro Y todo es feroz….. Y mi barquito Navega […]

a través de A veces mi barquito de papel sube rio arriba — El Blog de Joaquín Sarabia

Concordancias

Ella vive en un pueblo donde los varones son lampiños, y las féminas de senos generosos. Él habita en un pueblo distante, y los hombres son de pelo en pecho; con mujeres de escaso busto.
Después de los correos, pasaron al Messenger, se vieron en la pantalla. Los ojos de ella escrutaron su pecho y él disfruta verla con vestidos de profundos escotes.

senos

Enrique Jardiel Poncela, Epitafio

“Sí buscáis los máximos elogios, moríos”

Atacado en vida por su fina ironía, sus palabras no siempre eran bien entendidas. Sin embargo, su epitafio no puede derrochar más verdad.

Minibiografía

Enrique Jardiel Poncela fue un escritor y dramaturgo español que nació en Madrid el 15 de octubre de 1901 y falleció en la misma ciudad el 18 de febrero de 1952. Relacionado habitualmente con el teatro del absurdo, su obra, novedosa para su época, fue ampliamente criticada, y tuve varios percances con la censura franquista. Sin embargo, a día de hoy se ha reconocido su enorme valor como literato y escritor de obras de teatro.

Fragmento

No somos viejos, porque tenemos treinta años, pero… tampoco
somos jóvenes.
Con el pelo negro —y hasta un poco ondulado, ¡ qué caramba!,
todo hay que decirlo — con la frente tersa, con los músculos bien
dispuestos y los nervios excelentemente templados… uno no es
joven ya. Y al mirar alrededor, hacia las juventudes pretéritas y hacia
las juventudes actuales, uno ve claro que ni siente y piensa como
aquéllas, ni siente y piensa como éstas.
En Religión, aquellas juventudes pasadas hicieron de Dios un personaje imprescindible.
Las juventudes actuales no se acuerdan de Dios para nada.
Y uno se acuerda de Él de vez en cuando.
En política las juventudes pasadas se lanzaban briosamente a la
lucha por la libertad.
Las de ahora corren a combatir por la igualdad y por la fraternidad.
Y uno —que tiene siempre presente el espectáculo del Universo—
al oír hablar de igualdad, de libertad y de fraternidad, vomita.
Patrióticamente, aquellas juventudes desaparecidas poseyeron un
riego entusiasmo que las empujó a guerras horribles, al grito de «¡Adelante por la victoria!»
Las juventudes de hoy, con la otra ceguera de la solidaridad universal, no quieren pelear y proclaman: «Hay que suprimir las guerras,
que son una bestialidad inútil».
Y uno —ni guerrero ni pacifista— piensa, con la seguridad de ser
el único que acierte: «Las guerras son una ley, como la gravedad o la
atracción de las masas, y habrá guerras siempre, mientras el Mundo
sea Mundo.
En Amor, aquellas juventudes crearon el romanticismo y sé suicidaron de un pistoletazo ante el daguerrotipo de una dama cualquiera,
tenida por pura y excepcional.
.Las juventudes actuales sustituyen el romanticismo con el deporte,
y son indiferentes.
Y uno piensa que suicidarse por una mujer no está mal cuando esa
mujer merece la pena; pero deja transcurrir la vida sin descubrir entre
las mujeres conocidas la mujer merece la pena de suicidarse.
Ante el matrimonio, las juventudes pasadas adoptaron una actitud de
sometimiento y se casaron enamoradas.
Las juventudes presentes se casan también, pero sin saber bien ú
están enamoradas o no.
Yuno retrocede siempre ante el matrimonio, como un caballo
queviese cruzada en el camino una culebra.
Yen lo Divino…
En lo divino, las juventudes pretéritas tenían fe y creían. Las
juventudes actuales no tienen fe ni creen.
Y uno cree… y no tiene fe.

Gardiel Poncela

 

De Gabo a Cortázar

EL ARGENTINO
QUE SE HIZO QUERER DE TODOS[1]
Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión, y habíamos hablado de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados.
A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolonga hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas heladas. Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonious Monk. No solo hablaba con una profunda voz de órgano de erres arrastradas, sino también con sus manos de huesos grandes como no recuerdo otras más expresivas. Ni Carlos Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible.
Doce años después vi a Julio Cortázar enfrentado a una muchedumbre en un parque de Managua, sin más armas que su voz hermosa y un cuento suyo de los más difíciles: «La noche de Mantequilla». Es la historia de un boxeador en desgracia contada por él mismo en lunfardo, el dialecto de los bajos fondos de Buenos Aires, cuya comprensión nos estaría vetada por completo al resto de los mortales si no la hubiéramos vislumbrado a través de tanto tango malevo; sin embargo, fue ese el cuento que el propio Cortázar escogía para leerlo en una tarima frente a la muchedumbre de un vasto jardín iluminado, entre la cual había de todo, desde poetas consagrados y albañiles cesantes hasta comandantes de la revolución y sus contrarios. Fue otra experiencia deslumbrante. Aunque en rigor no era fácil seguir el sentido del relato, aun para los más entrenados en la jerga lunfarda, uno sentía y le dolían los golpes que recibía Mantequilla Nápoles en la soledad del cuadrilátero, y daban ganas de llorar por sus ilusiones y su miseria, pues Cortázar había logrado una comunicación tan entrañable con su auditorio que ya no le importaba a nadie lo que querían decir o no decir las palabras, sino que la muchedumbre sentada en la hierba parecía levitar en estado de gracia por el hechizo de una voz que no parecía de este mundo.
Estos dos recuerdos de Cortázar que tanto me afectaron me parecen también los que mejor lo definían. Eran los dos extremos de su personalidad. En privado, como en el tren de Praga, lograba seducir por su elocuencia, por su erudición viva, por su memoria milimétrica, por su humor peligroso, por todo lo que hizo de él un intelectual de los grandes en el buen sentido de otros tiempos. En público, a pesar de su reticencia a convertirse en un espectáculo, fascinaba al auditorio con una presencia ineludible que tenía algo de sobrenatural, al mismo tiempo tierna y extraña. En ambos casos fue el ser humano más impresionante que he tenido la suerte de conocer.
Desde el primer momento, a fines del otoño triste de 1956, en un café de París con nombre inglés, adonde él solía ir de vez en cuando a escribir en una mesa del rincón, como Jean-Paul Sartre lo hacía a trescientos metros de allí, en un cuaderno de escolar y con una pluma fuente de tinta legítima que manchaba los dedos. Yo había leído Bestiario, su primer libro de cuentos, en un hotel de lance de Barranquilla donde dormía por un peso con cincuenta centavos, entre peloteros mal pagados y putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquel era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande. Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del Boulevard Saint-Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón.
Años después, cuando ya éramos amigos, creí volver a verlo como lo vi aquel día, pues me parece que se recreó a sí mismo en uno de sus cuentos mejor acabados —«El otro cielo»—, en el personaje de un latinoamericano sin nombre que asistía de puro curioso a las ejecuciones en la guillotina. Como si lo hubiera hecho frente a un espejo, Cortázar lo describió así: «Tenía una expresión distante y a la vez curiosamente fija, la cara de alguien que se ha inmovilizado en un momento de su sueño y rehúsa dar el paso que lo devolverá a la vigilia». Su personaje andaba envuelto en una hopalanda negra y larga, como el abrigo del propio Cortázar cuando lo vi por primera vez, pero el narrador no se atrevía a acercársele para preguntarle su origen, por temor a la fría cólera con que él mismo hubiera recibido una interpelación semejante. Lo raro es que yo tampoco me había atrevido a acercarme a Cortázar aquella tarde del Old Navy, y por el mismo temor. Lo vi escribir durante más de una hora, sin una pausa para pensar, sin tomar nada más que medio vaso de agua mineral, hasta que empezó a oscurecer en la calle y guardó la pluma en el bolsillo y salió con el cuaderno debajo del brazo como el escolar más alto y más flaco del mundo. En las muchas veces que nos vimos años después, lo único que había cambiado en él era la barba densa y oscura, pues hasta hace apenas dos semanas parecía cierta la leyenda de que era inmortal, porque nunca había dejado de crecer y se mantuvo siempre en la misma edad con que había nacido. Nunca me atreví a preguntarle si era verdad, como tampoco le conté que en el otoño triste de 1956 lo había visto, sin atreverme a decirle nada, en su rincón del Old Navy, y sé que dondequiera que esté ahora estará mentándome la madre por mi timidez.
Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción. Fue, tal vez sin proponérselo, el argentino que se hizo querer de todo el mundo. Sin embargo, me atrevo a pensar que si los muertos se mueren, Cortázar debe estarse muriendo otra vez de vergüenza por la consternación mundial que ha causado su muerte. Nadie le temía más que él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios. Más aún: siempre pensé que la muerte misma le parecía indecente. En alguna parte de La vuelta al día en ochenta mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse. Por eso, porque lo conocí y lo quise tanto, me resisto a participar en los lamentos y elegías por Julio Cortázar. Prefiero seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo.

8 películas sobre escritores de todas las épocas y géneros de Manola Díaz-Cano A.

A raíz del estreno el mes pasado de Tolkien, sobre el autor de El señor de los anillos, selecciono hoy otras 8 películas sobre escritores. Evidentemente hay muchas más, pero después de un sondeo me he decidido por estas. Seguro que cada cual tiene las suyas, por supuesto, u otras más preferidas. De momento van estos títulos sobre DickensLorcaAusten, las hermanas Brontë, H. C. Andersen, Agatha Christie y Shakespeare.

Tolkien

La protagoniza Nicholas Hoult, muy conocido por ser la Bestia en las últimas películas sobre la primera generación de los X-men. Y cuenta la influencia que tuvo el paso por la Primera Guerra Mundial del escritor y sus amigos de universidad. Aquel hecho y las relaciones con ellos marcaron la creación de esa Comunidad del Anillo y esos mundos y lenguajes que propiciaron el éxito mundial de lo que fue la trilogía de libros de fantasía quizás más famosa de la Historia.

La mujer invisible – The invisible woman

Sobre Charles Dickens hay más películas, la más reciente fue esta. Y no digamos de sus novelas, que dan para bastantes artículos más. Pero por motivos más prosaicos, léase mi devoción por Ralph Fiennes, hoy me quedo con esta que dirigió y protagonizó en 2013.

Está basada en la novela de Claire Tomalin, escritora y periodista inglesa conocida por sus biografías grandes autores como el mencionado Dickens, Thomas Hardy o Jane Austen. Cuenta cómo, en el apogeo de su carrera, Dickens, casado y con 46 años, conoce a una joven de 18 que se convierte en su amante secreta hasta su muerte.

El fabuloso Andersen

Quizás sea más por el recuerdo de la niñez que tengo que por su calidad o relevancia. Pero esta versión musical de 1952 sobre la vida del escritor danés más popular de cuentos infantiles es una de mis preferidas. Hay más versiones posteriores, pero esta se quedó en mi corazón también por el retrato tan amable, lleno de humor y en tecnicolor que hizo Danny Kaye.

Shakespeare in love

Archiconocida, ganadora de varios premios Óscar, entre ellos el de mejor película, con otro Fiennes de por medio… Poco importa que se ajuste más o menos a la realidad, siempre con tantos recovecos y misterios del más famoso bardo inglés de todos los tiempos. Tampoco importa que derive en comedia de equívocos marca de su autor. Esta versión de 1998 se ha quedado ya en el top de las muchas que se han hecho sobre él.

Que levante la mano quien no recuerde esta magnífica serie de televisión sobre Federico García Lorca. Y son muchas. La dirigió Juan Antonio Bardem y se estrenó a finales de 1987. Constaba de 6 episodios y puede volver a verse cuando se quiera en A la Carta de RTVE. Juntó a lo más granado de la interpretación española, aunque la protagonizó Nickolas Grace, un gran actor inglés al que se había visto en otra de esas exquisitas series británicas de los 80, Retorno a Brideshead.

La joven Jane Austen

De 2007. Está dirigida por Julian Jarrold y protagonizada por Anne Hathaway, James McAvoy, Julie Walters o James Cromwell entre otros. Basada en las evidencias estudiadas sobre un romance de la famosa escritora victoriana con el joven abogado Tom Lefroy, la película recreó esta historia para ahondar en las bases del romanticismo de sus obras.

Las hermanas Brontë

Las novelas de las hermanas Brontë tienen mil y una versiones en el cine, pero de ellas como protagonistas hay muchas menos. La más posterior es de 2016, pero me quedo con esta aproximación que hicieron desde Francia en 1979. Dirigida por André Téchiné, está protagonizada por Isabelle Huppert, Isabelle Adjani y Marie-France Pisier. Y hace un repaso muy reposado sobre la vida de estas tres hermanas tan excepcionales de la literatura universal.

Agatha

Y remato con otra película de 1979 que firma b y protagonizan dos pesos pesados del cine como Dustin Hoffman y Vanessa Redgrave. Esta última encarna a Agatha Christie y Hoffman es el periodista americano que investiga su misteriosa desaparición en 1926.

Grito en la madrugada

Hay un ruido que pareciera un murmullo y una luz tibia en el dormitorio, no es más que el acondicionador de aire que refresca los cuerpos del matrimonio López Pérez, que siendo las tres de la mañana duermen a pierna suelta. Él ronca, ella, hecha un ovillo y sueña. Sueña que llega el auto de su cónyuge en horas en que normalmente no está, se angustia y grita: ¡mi marido, mi marido! Él esposo se sobresalta, deja su ronquido a un lado, busca sus pantalones, camisa y sale del edificio sin ponerse los calcetines. A mitad de la cuadra, se detiene abruptamente y regresa al hogar, ¡qué susto! dice en voz baja…