El golpe

Oprimí tu mano. Un golpe cerró mi entendimiento y abrió una puerta cargada de emociones: miedo, deseo y opresión de vivir bajo tu sombra.
Zafé los dedos con lentitud, alejándome del nudo. Tuve temor de no ser yo.

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El viejo capitán

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La espuma llegaba de un mar antiguo, donde las olas se acicalan unas a otras. Ella lo peina con sus uñas perladas, al recorrer su pelo brotan luces que juegan con el recuerdo de sus ojos. Dicen que el amor es un canto sólido que llega cauteloso a los corazones. Es una espalda donde te recuestas, son alas que te llevan a un océano de galaxias. Las olas lo abrazan, suavizan la piel. Lo miran, juegan y perciben que sus ojos se ovillan por peso del tiempo. Al hablar se escucha su voz de viejo capitán: si algún día no llego, déjenme pensar que estoy a tu lado y siente que estoy entre  Tus brazos. Si un viento violeta resbala por la cresta del mar, sabrán, entonces, que viviré contigo, en las noches dormiré con tus sueños.

Para el niño Rubén en su cumple

Cumplió seis años, y su primo Enrique, lo llevaba por primera vez al monte, iba con camisa de manga larga, un sombrero de palma, botas de hule. En el camino encontró sembradíos de maíz, y  en partes fangosas vainas que bailaban con el viento, parecían cohetes de los que suben y explotan en el cielo, dejando caer luces de colores.
—La almohada en que duermes y sueñas esta hecha de esa planta, ¿Recuerdas que lleve muchas a la casa? Mamá las puso al sol y después de tres días se hicieron polvo y rellenamos las fundas. Así se hacen frescas. Explicó Enrique a Rubén.

Pantano.

La maleza se hacía tupida. Enrique sacó el machete. Las enredaderas reptaban por los arbustos y brincaban hacia los árboles, las ramas se tocaban, de los tallos descendían lianas que se enroscaban en los arbustos. Sorprendió a Rubén que de los tallos salían raíces que parecían barbas verdes, rizadas, que llegaban hasta el suelo para ocultarse entre la hierba.
— ¡Ten cuidado!, gritó Enrique, —fíjate bien donde pones la mano. Nunca sabes qué está escondido. ¿Qué quieres hacer? 
—Tocar las barbas del árbol. 
Enrique tomó el machete, lo metió entre las barbas y sacudió las raíces. 
-Ahora sí, ¡puedes tocarlas! 
Eran duras, largas, verde opacas que terminaban en forma de tirabuzón, al estirarlas crecían más que las reglas que usaba en la escuela. Rubén regresó con otros ojos.
Semanas después pasó una muchacha a saludar, preguntaba por Enrique, tomó al niño de la barbilla, rascó su cabeza.
—¿ Cómo vas en la escuela?
—Hoy me enseñaron la raíz cuadrada.
A Rubén le llegó la imagen del monte. Vio tantas raíces, pero nunca una que fuese cuadrada. ¿Cómo sería ésta? Por la noche, pensó en ella y por más esfuerzos que hizo, no podía imaginar. Bueno, si lo hizo, pero no le cabía en la cabeza. La soñó como si fuesen los dados.y no dejó de reírse en el sueño; tanto, que su madre se levantó y lo cubrió con la frazada pensando que tenía frío.
Por la mañana, le dijo a su mamá.
—¡Quiero conocer la raíz cuadrada!
Su mamá no supo, le contestó que se esperara hasta que llegase su primo Enrique.
Esperó, le ganó el sueño; en la mañana fue directo al cuarto del primo, pero él ya se había ido. En la noche se prometió estar despierto hasta que llegará.
Cuando el sueño lo zarandeaba, corría al lavabo y se untaba agua fría en los ojos. Escuchó los pasos de Enrique y corrió a su encuentro.
— ¡Quiero conocer la raíz cuadrada! 
Quedó su primo perturbado y silencioso. Se sentó en la cama, bostezó y sintiendo los dedos del niño en sus hombros, volvió a escuchar. 
— ¡Quiero que me enseñes la raíz cuadrada! 
—Estás pequeño, no la entenderías.
Tanta fue su insistencia que al primo no le quedó otra que buscar un cuaderno y sentarlo en la mesa. Cuando Enrique terminó la explicación.
—Esto no es la raíz cuadrada. Esto es aritmética –dijo Rubén. y se fue a su cama.
La raíz cuadrada debe ser diferente, debe de estar más allá del monte, pensaba, antes de quedarse dormido.

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Paúl Gauguin

  • Hace tres años lo publiqué, hoy lo hago con algunas modificaciones

 

Sospecha

Del árbol cuelgan las naranjas, también los chayotes. El cítrico mira sus frutos redondos y otros que no lo son. Está tentado a consultar un oncólogo.

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La margarita y el joven elefante

Al llegar fue envuelto por la tristeza. sus grandes orejas se doblaron; se arrodillaba.
Habían Sonado tambores. Su padre fue apartado de la manada. La madre herida de bala corría hacia el cementerio. La encontró sin colmillos. El joven elefante aflojaba piernas, latidos. Al rodar por el suelo sus ojos tropezaron con una margarita.
–¡No me aplaste! recién broté. ¡Quiero vivir!  ¡No me aplaste!
Abrió los ojos y caminó. Se fue en busca de la manada.

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El potro del 2018 ( Felicidades a los que sigo y a mis seguidores. Abrazo y rosas para mis amigas)

A este Potro que viene, hay que montarlo, domarlo y hacerlo a tu modo, pero si te tira. párate, vuelve a montar y hunde los talones a fondo, y que aprenda que eres tú el que decide.

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Las despedidas

lejaniaCobijado por la tarde vieja, los amigos se despiden, cada quien marcha por diferente camino, unos a pie, otros en mulas. lejos, ondean el sombrero; cada arriero chifla tres veces, deseando buena ventura. Se vuelven diminutos y  entre la niebla van como fantasmas-. Tal vez nunca volverán a verse, quizá en la próxima fiesta. Un año se va rápido.
Otros están tirados en la calle, alcoholizados. La mujer espera.

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Volcán

Dejamos ropa, bailábamos, mis manos rodean tu cintura; media luz que te viste. Seré nave bajo tu vientre. Tu ombligo redondo, profundo, curvado. Soy carruaje que vuelca hacía tu precipicio de fuego y lava.

Degas.

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Una mujer en el urbano

Ya noche tomé el urbano. había aroma de tabaco, axila y acre. Enfrente tenía una mujer que miraba indiferente. Ella recargaba su cara en el vidrio, tenía humedad en sus mejillas. Joven, pelo trenzado con mechón blanco en el copete. Respiraba frecuente, tronaba sus dedos. Ráfagas de aire frío se colaban. Llevaba un pantalón raído, blusa sin el botón inicial; una mancha de sangre reciente en uno de sus tenis, que trataba de esconder detrás del otro. Afuera llovía. Luces de navidad soltaban colores que prendían formando figuras. Solicitó la parada, me vio con su mirada lejana, salió cojeando y se perdió entre el gentío.

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La autodepilación

El aseo se vuelve complicado. Los pelos de la nariz crecen con desmesura. Conseguí un espejo y una pinza. A ver, allí está uno, trato de apresarlo, el pulso tiembla, ¡al fin!, tardé una eternidad. Parece que fue ayer cuando mi amante decía, acuéstese, que yo lo depilaré. Uno atrás de otro, salían. Cada vez que gritaba, ella corría sus dedos por mi mejilla frotando su nariz con la mía. Ahora, cada vez que quito uno, sobo mi piel, limpio el espejo y  el bulto húmedo de mis ojos.

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