Por la tarde tañen las campanas del pueblo. Hoy, el sonido es diferente. Habrá una misa de cuerpo presente. Murió Gervasio. Compañero de todos.
Un abuelo se abre paso en la iglesia. Se acerca al féretro y dice: «Me fallaste».
Después del sepelio se reúne el club de la tercera edad. Se miran, murmuran, tosen por el olor a tabaco. En el cuaderno tachan el nombre del finado y el afortunado obtiene una respetable ganancia. En la calle se escucha el jadeo de los vendedores del tianguis. En el local de la tercera edad ya se ofertan los números de la próxima lotería.
Sabía de antemano que su hijo bien amado no le habló por teléfono sabiendo que hoy se le festejaba.
No valían excusas, ni el parto atendido en un rancho lejano. Era mejor pedirle perdón y cubriendo la distancia fui a verla y se hizo la seria. Yo la abrace y cuando sentí el jalón de orejas, me dije que el perdón no tardaría.
Hoy cumpliría noventa y nueve años y solo le pediría que me diera los jalones de orejas que ella quisiera.
Ella se adelantó. Ambos sabíamos a qué íbamos. Detrás, veía su caminar, los madroños de su cuerpo, el agua de ella que parecía bailar un danzón. Coincidimos en el tiempo en el espació y en el deseo. Dejamosel olor a yodo, el cotilleo de las secretarias y respiramos el ronroneo y el paisaje de la bunganvillas entreveradas en la carretera. «Cuantas noches imaginé que estábamos así, y ahora siento que es un sueño. Mi gemela me decía: “crees que no me he dado cuenta que se te va la mirada cuando miras al primo, ¡deja de fantasear!». Dejamos de besarnos, no por hastío, sino por dolor. No hubo segunda vez. En una ocasión conviví con ellas, eran idénticas, al verlas no me atreví a investigar con quiénestuve y preferí defender el recuerdo de su lunar escondido.
Llegué hasta la «madre». Dejé trabajo en la oficina y en el portafolio venía otro tanto. Urgía un trago. Desde ayer, barrunté que el clima cambiaría. Sintonicé un canal de jazz y, al compás de «Take Five», sorbía mi Old Parr en las rocas. Mi esposa no tardaría en llegar del gimnasio. Escuché el ruido del motor frente a mi casa. Hice a un lado la cortina y, sí, era ella. Empezaba a llover. Frente al portón había un carro que no era el suyo. Entró con prisa y, al besar mi mejilla, apenas si la rozó, se fue directo al dormitorio.
Ella acomodaba su ropa con una rápida precisión, cada movimiento llegaba al espacio adecuado. —¿Te vas de viaje? —No. Me voy de la casa. —Me miró a los ojos, sus ojos brillosos y fríos—. Lo nuestro no funciona.
Hace ocho días habíamos retozado como recién casados. Estaba pasmado. —Hace una semana no decías lo mismo. —No quería hacerte sentir mal. Pero me sirvió para confirmar que no está aquí lo que me satisface. —¿Y a dónde irás? —Eso no es de tu incumbencia. A su tiempo tendrás noticias.
La lluvia arreció. Las gotas eran botines que taconeaban sobre el vidrio, el viento se hizo frío. La vi decidida, me retiré. Mi boca seca reclamaba mi trago. Parado frente a la ventana, entendí los besos descuidados y los gemidos, como si regresaran para decirme que eran fingidos. Regresé cuando la puerta del clóset dejaba escapar el olor de vainilla con el que aromatizaba su ropa interior.
Sentado y sorbiendo, escuché que había cerrado la maleta. El viento había cesado. Con voz menos alterada me preguntó: —¡Qué! ¿No vas a decir nada? —Ya lo decidiste. —Me tembló la quijada. Cerré la boca. Afuera, el agua de la chorrera caía sobre el pavimento. —Por favor, devuélveme los mil dólares que te facilité. —Tragué saliva y saqué mi cartera, tomé quinientos dólares y se los di. —Tengo tu número de cuenta. En la quincena te los deposito. —Los necesito en este momento. —¡No los tengo! Espérate a que cobre.
Hizo una mueca y miró hacia la ventana. El sonido de un claxon sonó repetidamente. Ella abrió la puerta y gritó: —¡Espérame! Miré el carro, la luz apenas me permitió distinguir un auto compacto. Estaba por abrir la puerta llevando su maleta, cuando se regresó y, abrazándome, me dijo: —Algún día me lo agradecerás…
Salió. Yo me quedé en el corredor. En la cajuela del coche metió su maleta y se introdujo en el asiento del copiloto. Vi con tristeza cómo se dejaba besar y el auto que poco a poco se perdía en la calle lluviosa y solitaria. El portafolio lo aventé con fuerza a uno de los muebles, me serví otro trago y el solo de la batería de Dave Brubeck sonaba en mis oídos como una pelota que no dejaba de rebotar.
Apagué la música, sorbí mi copa de un solo trago y salí al patio a sentir la fría llovizna, tan helada que me hizo titiritar. Respiré profundo y, si hubo lágrimas, no me di cuenta. Lejos se oía la música de una banda.
El cadáver yacía bajo los escombros de la barda. «Qué mala suerte del occiso —comentó el periodista al vecino—, que al pasar le haya caído la barda de cantera».
Poco antes había sonado la alarma de terremoto. Nadie lo esperaba; un día soleado, el cielo azul, la gente sin suéter. Los árboles apenas si se movieron, pero aquella barda, de dos metros, se desmoronó.
—¿Usted conoce al muerto?
—Sí, el «chambas», el albañil del barrio. No se llevaba bien con las mascotas.
El cadáver ya había sido levantado, solo quedaba una cruz de cal entre las piedras. El reportero se disponía a irse, pero el vecino lo detuvo.
—La muerte de él, en parte, es culpa del «Pifas». Se odiaban. Yo vi cuando lo picó con una varilla, el dóberman saltó la reja, y el «chambas», por salvarse, cruzó al convento… y justo entonces le cayeron las piedras de cantera.
—¿Y el perro?
—El «Pifas» aulló con las sirenas y saltó de vuelta; y como si nada se echó para seguir royendo un hueso de plástico que se lo dan para que se entretenga.
Soy el gato del tejado. Es un día soleado de otoño. Me gusta trepar por los techos, caminar por las tejas, sentir su tibieza bajo mis patas. Bostezo, me estiro y veo al sol asomarse entre la arboleda, dejando monedas doradas desperdigadas en el suelo. Los gallos me aturden con sus gritos estridentes, pero hay una extraña armonía en sus cantos: se encadenan sin huecos de silencio, como si un director invisible los coordinara.
El sol empieza a quemar mi lomo. Me estiro una vez más y busco un hueco en el ramaje. Desde aquí, diviso a los transeúntes.
¿Ven a ese niño de pelo oscuro, ojos grandes como lunas y mochila azul? Es Armando. Regresa de la escuela con la cabeza llena de estrellas, sin notar que está a punto de tropezar con un tronco. Sueña con ser astronauta y viajar al espacio.
Aquella que sonríe con hoyuelos es María, su amiga. Su risa suena como campanitas movidas por el viento. Van juntos a la misma escuela.
—¡Te vas a tropezar, Armando! ¡Mira por dónde andas! —le grita con una voz que corta el aire como el vuelo de un ave.
Armando reacciona, esquiva el tronco y le lanza un saludo agradecido.
—¡Gracias!
María quiere ser doctora, para curar a su papá y a los vecinos del barrio. Ayer, recogió un tordo con el ala rota y lo cuidó con la paciencia de una sanadora que ama su oficio.
Cuando los naranjas y violetas del atardecer comienzan a rasgar el cielo, sé que es momento de regresar. La anciana que me espera ya debe de estar oliendo el aroma del café. Me echará de menos si no me froto contra sus piernas y la miro con ojos de pedinche. Ella me dirá, fingiendo enojo:
Despiertas, porque hay partes que gritan de tanto estar inmóviles. Recurres a la poca fuerza en tus brazos. El codo, huesudo y débil, se vuelve palanca y logras alzarte apenas cinco miserables centímetros. Un soplo fresco, un alivio que tu cuerpo, agotado, agradece. Duermes, no sabes cuánto, pues el tiempo podrías medirlo por el goteo que cae del frasco de vidrio y se desliza hacia tu red venosa. Cuentas las gotas, una tras otra, como si el tiempo fuese una acróbata de circo, descendiendo por una cuerda invisible. Un minuto para seguir, un minuto para resistir.
Un olor a yodo flota desde algún rincón del cuarto.
Se oyen pasos y voces.
—¿Cómo está?
—Sigue dormido.
—¿Ya revisó los frascos de suero, el de la orina y el drenaje de las secreciones?
—Ya. Todo está en orden, doctora.
No le quite el ojo al monitor. A veces se ven dormidos y no lo están, ni se hacen. Simplemente se desvanecen, como un susurro en la niebla. Esos son los discretos y apresurados; los que parecen estar bien y sin hacer ruido se van.
Tenía el puñal de su mejor amigo en el pecho. En la lejanía silenciosa del sendero, los búhos ululaban. Respiraba con dolor. Qué ironía: él le había enseñado a atravesar el pantano para evitar el camino real, y ahora lo utilizaba. Sintió el chapoteo de la sangre en la batea de su tórax al tiempo que miraba a su esposa, quien le había insinuado que Julio no era de fiar. Todavía escuchó el griterío de los patos que regresaban al pantano…
Amancio, el escritor de historias, detuvo la narración, se volvió irritado para mirar quién lo había tomado del hombro. Por la distracción, la continuidad de la historia se esfumó mientras el aroma a rosas y miel lo invadía. Una boca aterciopelada depositó un beso húmedo en el lóbulo de su oreja y le susurró:
—Soñé que nos perdíamos en un bosque y que luego la escribías como un dios.
Aún molesto, abrazándola de la cintura, le respondió:
—Espérame, sobrina. La historia que deseas será escrita solo para ti… siempre y cuando todas las horas de inmensidad del regocijo, engarzadas en versos largos y pasionales, se consuman en el fuego. Así, ambos resucitaremos purificados por el fuego; porque el fuego todo lo purifica.
La suavidad de la seda del vestido hizo que la mano de él resbalara con cadencia por los meandros de su talle. Antes de que cayera al vacío, aprisionó el músculo y quedó respirando por las yemas. A punto de soltarse, dio un brinco hacia la planicie del abdomen, y el índice quedó atrapado en la coma del ombligo.
Ella acarició su pelo ensortijado, buscando acomodarlo de otra manera, o con la palma abierta y los dedos extendidos exploraba y los retraía, ofreciéndole las minucias de un prólogo de lo que vendría después.
—Eres mi tío preferido, lo sabes. Si deseas olvidar para calmar tu conciencia, es un derecho que tienes. Para mí, tus versos son piedras de rubí, con las que me haré un collar. Tus labios serán los versos, lucientes, escarlata, con los que dormiré por el resto de mis días. Ese será mi disfrute; será nuestro secreto. Mañana será un buen día: empiezan las fiestas a Dionisio, y la quinta será pequeña para nosotros.
Escribiendo, Amancio perdió la noción del tiempo, absorto en su trabajo. Por la mañana lo despertó un esclavo, llevándole su desayuno y una jarra de vino.
—Me dijo el ama que no la esperara, que ya iba en camino hacia el jardín con la familia de su padre, que no la busque, que mañana platicarían. ¿Necesita algún servicio?
—No, puedes tomarte el día.
Poco después llegó Carina, la sobrina. Después del baño, se vistió con la stola de fino algodón que enmarcaba las sinuosidades y salientes de su cuerpo. No se dieron descanso, corretearon por los jardines, los vericuetos de la casa, y por la noche ambos llenaron la tina con aceites y se sumergieron exhaustos.
En la alborada fortalecidos por el canto de los gallos se entregaron entre suspiros al vuelo de pasión de la libélula. Julio regresó y tuvo arreos de tomar la jarra de vino que dejó en el desayuno y durmió como un felino enroscado entre la Almohada.
Al mediodía, Aelia, la esposa, sin que nadie la viese, se metió a la recámara de la sobrina. Salió con una sonrisa. Estaba enterada de que su esposo se la pasó escribiendo y tomando vino, y Carina, su sobrina, estuvo en la cama por los fuertes dolores de su período. Ella jamás contaría que el mismo Dionisio la llevó a lo profundo del jardín, la cubrió de flores, la sentó sobre sus piernas, y una tras otra fueron sustituidas por el dulce de la uva, el entrecortado suspiro y la humedad.
a hija del cavador de tumbas, fue al cementerio a dejarle comida a su padre en el momento en que él terminaba de abrir una fosa para exhumar a un cadáver.
En los siguientes días su padre la notó alejada, desatenta.
—¿No has dormido bien?
—No.
—¿Pesadillas?
—No sé
—¿Qué sientes?
—Cuando estoy por dormir, en el letargo, siento un tronco pesado sobre mí. Un rato después respiro asustada, sudorosa y con un cansancio que me dura toda la mañana. Algo baila sobre mí.
La llevaron con la sanadora y les dijo seria:
—A la muchacha se le subió el muerto. Ya nada se puede hacer, como vino se irá.
Meses después tuvo un crío que parecía no tener vida. Creció con la mirada lejana y caminaba engarrotado y dando traspiés. Un día se fue a buscar a su padre. Y ya no regresó. Ximena recuerda al muerto entre sueños y acude al cementerio en la tarde húmeda y gris a sembrar margaritas de monte.
El carnicero arrea al enorme puerco, lo fuetea con una vara para que siga caminando. Apenas puede moverse; su peso lo sofoca. El sonido seco de la vara al golpear su piel zumba en el aire, mezclándose con el quejido del animal. El puerco se sienta, tiembla. «¡Déjalo descansar!» le grita una señora. «¡Solo finge!» responde el carnicero, enfadado, y vuelve a golpearlo. El porcino intenta levantarse, pero sus patas, temblorosas, ceden y lo hacen rodar. Sus ojos, dos rayas brillantes, sugieren un llanto que no llega. Una niña le arroja un vaso de agua, y el gemido cambia, como si agradeciera.
El cerdo no quiere morir; sabe que su destino está sellado, pero se resiste, tratando de retrasar su final. Echado en el suelo, soporta los varazos con estoica resignación. Ya no intenta levantarse. El carnicero, impaciente, sabe que debe encontrar otra forma de llevarlo a la mesa del sacrificio. Mañana, en la plaza del pueblo, la gente pedirá carne de cerdo para condimentar con especias, sal y chile, o para salar y secar al sol, pues no hay refrigeración. El olor acre del sudor del tasajero se mezcla con el polvo del camino. El cerdo, por su parte, ha defecado, y el hedor dispersa a los curiosos que observaban la escena.
El puerco sabe que el final está cerca; su gemido se vuelve un llanto desgarrador, como el de un niño que ha perdido a su madre. Entre varios hombres lo suben a la mesa. Antes del sacrificio, una señora le lanza agua con una cubeta y un borrachín, en silencio, le acerca a la trompa un generoso trago de caña. El cerdo, quizás, entiende este último gesto de compasión en medio de tanta crueldad.
—¿Hasta cuándo seguirá calentándose el mar? —se preguntan las palmeras, inquietas bajo un cielo afiebrado. «Nada de aguitarse, compañeras, que no cunda el púnico. Sigamos con el plan».
En la quietud de la noche, se entregan a su danza: hojas largas se inclinan hacia la tierra y se alzan, desafiantes, al cielo. Abajo, el suelo es la puerta al infierno; arriba, las palmeras se mecen como abanicos imperturbables, torciendo sus troncos en un vaivén que fortalece sus fibras y su espíritu.
Mientras tanto, los huracanes respiran en silencio. Inspiran y expiran, ampliando el tórax, contando cada aliento en la rutina de afilar la fuerza del soplo, obsesionados con quebrar. Saben que su prestigio no se mide por las ciudades arrasadas, sino por cuántas palmeras logran partir.
Y así, en las cantinas del viento, tifones y huracanes se jactan: «Yo quebré diez palmeras con tres soplidos».
Un murmullo recorre la atmósfera, aunque claro, siempre hay un viento más viejo que, entre risas, murmura: «Sí, y yo fui quien se llevó el calor del infierno».
Aprendí a caminar sin pértiga sobre las nubes, con los albatros persiguiendo el ocaso y el vértigo acechando a cada paso. En las orillas de la montaña, giré, giré sin cesar, retando al abismo en cada vuelta incierta. Exhausto, trepaba a medianoche a las copas del pinar, despreciando mis heridas, esperando el canto del ruiseñor, como si en su trino pudiera hallar una señal, una respuesta. Sé que caía al vacío, enajenado por tu indiferencia. De reojo, te veía, con la voz atrapada en mis quijadas, solo llegaba a decir un hola insípido. Me preguntaba si en el iris de tus ojos o en algún sueño reconocerías mi voz. «¿Y a ti qué te pasa?». Nada, nada, respondía, mientras en tu mirada parecía leer: «parece que todas las noches lo revuelcan los perros». Suelto, tu cabello dejaba escapar luces de sándalo, y recargada en el alféizar mirabas la larga cola de la cordillera y, en el cielo, el vuelo lejano de los patos.
El hermano Jeremías ordena que en el altar primero se acomoden los santos, y en segunda fila las veladoras y las flores dispersas como en el jardín. Reza en totonaco mirando al cielo; después vuelve su mirada hacia Juana, la joven que yace en la cama con las rodillas hinchadas. Eructa, se inclina sobre ella y fija su mirada en sus ojos.
—¿Recuerdas el vestido de flores amarillas? La noche en que lloraste en silencio. ¿Recuerdas? Estabas detrás de la iglesia, en ese sitio donde se reúnen los vientos de la negritud. Te vieron débil, triste…
Mientras reza, el aroma de las hierbas impregna el aire, mezclándose con el olor dulzón de las veladoras derretidas. Las columnas de humo parecen rodear su cabeza, como si una neblina densa saliera de su cabello. Para los padres, sus palabras en totonaco son un rezo que solo él conoce; un vínculo con los abuelos de los abuelos, una conexión que debe mantenerse como el sinsonte que anuncia la llegada de la primavera.
Se acerca más, toma un trago de caña curada con olor a hierbas, le aprieta la cabeza, sopla, la olisquea y luego la chupa. Cierra los ojos, eleva las palmas de las manos y vuelve a susurrar en totonaco. Toma otro trago de caña y sopla hacia sus rodillas, eructando de nuevo. El sonido resuena en todos los rincones, y con voz de pedimento dice:
—Será el día en que el milagro llegue. Que lo insano se derrame en las almas impuras. Te pedimos por la alegría de ver a Juana caminar por los jardines de la Virgen María.
Jeremías sabe que los caminos de Dios son misteriosos. A veces se pregunta si lo que hace es un don divino o el resultado de un poder que no alcanza a comprender. Mientras reza, siente el peso de la fe de Juana como una loza sobre sus hombros, y si el calor avanza desde los pies hasta su coronilla, es una señal, como si los antiguos lo observaran desde las cumbres y lo aprobaran moviendo su cabeza.
Meses después, Juana deambula por el jardín, cortando la hierba que cubre las dalias. Con cada paso que da, siente el barro colarse entre sus dedos. Los amarillos le saben a calabaza; es una Juana renacida. Se hinca y escarba, respetando a las lombrices y mariquitas. Sube al árbol de naranja agria y corta el fruto. Su madre prepara un guisado para agradecer a Dios y al hermano Jeremías por su salud recuperada.
A una hora a caballo de allí, las campanas de la iglesia llaman a misa. El párroco extraña al hermano Jeremías; dos veces que no llega, y siempre le trae un curado de nanche que es una delicia. El sanador, sin embargo, está en cama con fiebre, dolor de cabeza y las rodillas hinchadas. A medida que los días pasan, ya no le es posible caminar. Recuerda una sombra que se le encaramó cuando pasó por detrás de la iglesia. El sanador, debido a la fiebre, no recuerda los conjuros ni los rezos. Afuera, el viento trastea las ramas, y un crujido de huesos lo sume en el desconcierto. En el delirio solo mira un vestido con flores.