Discretos y apresurados por Rubén García García

Sendero

Despiertas, porque hay partes que gritan de tanto estar inmóviles. Recurres a la poca fuerza en tus brazos. El codo, huesudo y débil, se vuelve palanca y logras alzarte apenas cinco miserables centímetros. Un soplo fresco, un alivio que tu cuerpo, agotado, agradece. Duermes, no sabes cuánto, pues el tiempo podrías medirlo por el goteo que cae del frasco de vidrio y se desliza hacia tu red venosa. Cuentas las gotas, una tras otra, como si el tiempo fuese una acróbata de circo, descendiendo por una cuerda invisible. Un minuto para seguir, un minuto para resistir.

Un olor a yodo flota desde algún rincón del cuarto.

Se oyen pasos y voces.

—¿Cómo está?

—Sigue dormido.

—¿Ya revisó los frascos de suero, el de la orina y el drenaje de las secreciones?

—Ya. Todo está en orden, doctora.

No le quite el ojo al monitor. A veces se ven dormidos y no lo están, ni se hacen. Simplemente se desvanecen, como un susurro en la niebla. Esos son los discretos y apresurados; los que parecen estar bien y sin hacer ruido se van.

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