La duda o anotaciones de una adolescente entrega once y final de Rubén García García

Sendero

Aymara fue tras de ella. Era importante disminuirla y anular su magia para romper el lazo que lo ataba a Virgilio. Tan compenetrada me sentía con mi nana que podía visualizarla. Corría, sin que sus pies tocaran el suelo.

Mi amante Virgilio permanecía indiferente, sentado sobre una roca, que al tocarla me dio escalofrío, aquella laja caliente y rojiza lo dañaba. Lo tomé del brazo y él se negaba a seguirme. Acaricié su pelo, le hablé al oído y no reaccionaba. Lo jale con fuerza y para mi sorpresa descubrí que podía levantarlo como si cargara un ramo de naranjas. Lo llevé a otra roca. Volví a tallarle su pelo, a recordarle el mar, la cabaña y como si despertara de un largo sueño me veía sin saber quién era y dónde se encontraba. Levanté la cara hacia el sur. Vi a la nana que la habían cercado en un redondel de fuego. Un viento amentado me levantó y volé entre nubes amargas. «solo tienes una oportunidad, entrarás al círculo y al vuelo la sacarás. No salgas del ruedo de fuego, te elevarás rumbo al cielo, no mires hacia atrás e ignora  las lenguas de fuego que estarán tras de ti y cuando sientas la brisa fresca y limpia te sales del círculo». Tomé a mi nana de la cintura y al percibir la frescura del viento regresé. Virgilio poco a poco recuperaba el sentido de realidad. Aleyda me dio un líquido ámbar que olía a mar y me ordenó que lo besara y le diera el elixir con mi boca.

Ya podía caminar y su conciencia regresaba. Lo besé de nuevo, lo inflé como una llanta y me reconoció. Alcánzame le dije y empecé a correr tras Aleyda. Y él tras de mí.  Entramos a una choza donde lo dejamos.  La voz de Aleyda ordenándome: «cierra los ojos y repite los rezos que te enseñé». Al abrirlos me vi,  apagamos las veladoras y se escuchó el canto de los pájaros chisteadores. Regresé a mi dormitorio. De acuerdo al reloj de mi buró solo habían pasado unos minutos. 

Supe que Virgilio se había quedado en el refugio de una amiga de Aleyda, para que tornara a su normalidad. Donde se encontraba era un sitio de poder y la indicación era que volviese lo más pronto a la ciudad, «No recordará nada, tal vez solo le lleguen imágenes neblineadas sin contexto». Me dijo mi nana.

«¿Y de cuando acá ya no duermes en tu cama?» le contesté que no podía dormir y fui a mi estudio a terminar una tarea. «Por un momento pensé que te habías ido a una fiesta o estarías con Aleyda en su cuarto. Tenía tanto sueño que regresé y rápido me dormí con todo y los ronquidos de tu padre».

Anoche platiqué con mi nana. Me tranquilizó escuchar que su amiga le comunicó que Virgilio ya había regresado a la ciudad y que el agua había tornado a ser clara. Una compañía minera, la misma que recogía muestras depositaba los desechos en un pozo profundo que contaminaba uno de los acuíferos que daban agua al pueblo.

Días después recibía en mi móvil la primera carita sonriente con un ramo de rosas y dos corazones. Era la señal para que yo le hablase. Días después supe que era onomástico de la abuela y que mis padres irían a pasarla con ella.

Le hablé y me dijo que deseaba verme, que tenía muchas cosas que contarme. Te espero donde siempre le contesté.

Ve con él, es un buen muchacho. Me dijo Aleyda.

Salí temprano de casa, a cada paso mi corazón tocaba en mi pecho. El viento parecía saltar sobre mi pelo. El rocío no tenía mucho que se había retirado, aún quedaban huellas entre  las hojas. Silbaba.

No apareció su auto, pero sabía que venía tras de mí. Seguí el paso por la alameda, hasta que me tomó de la cintura y besó mi mejilla. Se me quedó viendo aún con restos de una mirada extraviada. No me contuve y tomándolo de las mejillas lo besé. No se lo esperaba. Respondió a mi beso. «nos pueden ver» me sonreí y lo volví a besar. «¿nos vamos?» con un movimiento de cabeza le di a entender que deseaba seguir, «abrázame», nos fuimos sin rumbo recobrando y perdiendo esquinas hasta llegar a un restaurante donde el café con pan es delicioso. Parecía no comprender. Pero yo si entendía bien lo que me sucedía. Al oído le dije ¿quieres ser mi novio? Me estrechó con sus brazos y quebrando su voz salió un sí, que lo sentí íntimo y profundo.

Volvimos a caminar por la alameda, nos sentamos. Me acariciaba diciéndome tanto que las palabras no serían capaces. Abrazados por las calles de la ciudad terminamos fatigados de tanto platicar y reír. Le dije que deseaba una nieve y entramos a uno de esos centros comerciales que todo tienen. El comió de mi nieve, yo de la suya, cruzamos las cucharas y al mismo tiempo engullimos la porción y volvimos a reír. Poco después entramos a la función de cine y nos emocionamos. El tiempo se hizo veloz y en la claridad de la noche, me dice que la institución le daría una semana de descanso. Me dejó frente a la casa y quedamos de vernos temprano en el mismo lugar.

Ahora tú serás mi mujero. Iremos a la cabaña que está entre los pinares. Había gente, me lo hizo notar, pero no le di importancia. En el restaurante disfrutamos de un café de olla con canela y panecillos de la casa. Caminamos entre los pinares por una vereda que nos llevaba hacia una cima. Cuando se haga el camino tortuoso me cargas “amamanche” le dije. Desde lo alto divisamos la cascada sentados uno al lado del otro, Las mejores pláticas de amor son con el silencio, y acurrucándose con la mirada. Regresamos con hambre y sudorosos y oliendo el fino polen que caía de los árboles. Comimos con el placer de estar juntos, y cuando íbamos a la cabaña, le dije; «nos bañaremos juntos. Y en la cama nos pondremos a ver películas. Tengo deseos de jugar contigo. De que me platiques tus planes, tus pensamientos, tus gustos, de sentirme a tu lado y por la noche no nos iremos, dormiremos con la misma sábana y podremos mimarnos, bueno si es que todavía tenemos fuerza cuando empiecen a cantar los gallos. Seré tu “hembro” y voy a caminar centímetro a centímetro por tu piel. No habrá parte de ella que no tenga tu olor, el mío. Estoy festejando la vida y tu eres lo que elegí para que me acompañase. Mañana lunes conocerás a mis padres. Y si no te arrepientes pedirás permiso para verme.

Mis padres me dieron sus razones para no casarme y les respondí que no me estoy casando. Que tampoco abandonaré mis estudios. Que soy muy joven, y me lleva unos ocho años de edad. No hay edad para enamorarse, y ¿el tiempo para que me llegue el arrepentimiento? ni yo lo sé, puede ser uno o muchos años. Supongamos, sin conceder, que en veinte años estoy hecha un río de lágrimas, no es difícil preguntarse ¿y todo ese tiempo que se vivió en armonía, se tira al bote de la basura? La vida es cambio y uno no es indemne a ese paso. Quien se crea que la vida es “y vivieron siempre felices” es bobería. Me propongo vivir día a día. Aceptar la tristeza, el dolor como parte; es sano. ¿Cómo podríamos disfrutar de una alegría si no se conoce al opuesto?

Han pasado algunos meses y mis padres han aceptado que ya no soy una niñata, que tengo carácter para enfrentarme a la vida. Aleyda en una ceremonia con Chamanes nos ha bendecido. Cuando tengo días feriados voy a su casa y me recuerda que lo que encontré en la bodega son escritos de mi bisabuelo acerca de las plantas y hongos. Y una frase inquietante: “aunque no te conozco un día me haré presente en tu vida”. Me sigue adiestrando en los quehaceres del arte del cazador, de las diferentes realidades, de cómo salirse del cuerpo y viajar. Ambas hemos ido a conocer los chamanes de las montañas de la sierra madre y entre los místicos del desierto. La sensación que te da el estar en armonía con la madre tierra, de intentar ser uno y luchar y luchas por ser mejor cada día. Que la felicidad es un ideal.  Que el ayer es el ayer, y el futuro es incierto, que la vida debe de ser siempre vivida.  Solamente vuelvo a ser niña cuando me refugio con virgilio. Me encanta estar bajo la regadera con él. Coincidir en llenarnos de pájaros y soltarlos al mismo tiempo con suspiros, aleteos y chillidos y después ser cobijada. ¿Qué cuánto durará? No lo sé ni me lo pregunto, solo lo vivo. Pero entiendo que nada es para siempre y lo acepto.

Fin.

Mi agradecimiento a quienes siguieron la narrativa. Jamás había escrito tanto y siguiendo solo lo que me venía a la cabeza. Es cierto hay algunos desfaces en el tiempo, que la adolescente no es la tipica adolescente. Creo que el autor tiene ciertas licencias y sé también que hay jóvenes muy despiertos y adultos  encerrados en su «sapiencia».

Ximena de Rubén García García

Sendero

Ximena, la hija del cavador de tumbas, fue al cementerio a dejarle comida a su padre en el momento en que él terminaba de abrir una fosa para exhumar a un cadáver.

En los siguientes días su padre la notó alejada, desatenta.

—¿No has dormido bien?

—No.

—¿Pesadillas?

—No sé

—¿Qué sientes?

—Cuando estoy por dormir, en el letargo, siento un tronco pesado sobre mí. Un rato después respiro asustada, sudorosa y con un cansancio que me dura toda la mañana. Algo baila sobre mí.

La llevaron con la sanadora y les dijo seria:

—A la muchacha se le subió el muerto. Ya nada se puede hacer, como vino se irá.

Meses después tuvo un crío que parecía no tener vida. Creció con la mirada lejana y caminaba engarrotado y dando traspiés. Un día se fue a buscar a su padre. Y ya no regresó. Ximena recuerda al muerto entre sueños y acude al cementerio en la tarde húmeda y gris a sembrar margaritas de monte.

Día de muertos de Rubén García García

Sendero

¡No!, ¡no me contradigas! y vas a hacer lo que te digo: nada de detenerse en aparadores, camina por calles poco transitadas y se viene directo a casa. ¡Cómo que quieres visitar a tu abuela!, ni lo mande Dios, en este día el cementerio está atascado. ¡Me aterra! Y te lo digo yo, que llevo siglos de fantasma.

Las virtudes de un príncipe

Rubén García García

No es tan malo haberme casado con un príncipe con genética de sapo. Tiene una forma encantadora de matar las moscas. Gracias a él disfruto de las comidas, por la noche no hay mosquito que se le resista. Oh la la. Sí que su lengua es un primor.

La rutina de Rubén García García

Sendero

Después de veinte años me da la espalda y duerme a las tres caídas de cabeza. ¡Ay! queda la sensación de haber hecho el amor con un amigo de la infancia. Duermo insatisfecha deseando que mi sueño tenga las vivencias de las primeras veces. Por supuesto, él está invitado. Un mirón añade la cereza en el pastel.

La comida de Rubén García García

Sendero

El maestro Juan cumplió años. Solamente invitó a tres colegas con sus esposas, que departían cerca de la cocina. Después de comer los varones estaban en el patio, tomando cerveza. Contaban chismes, cuentos. Uno de ellos, joven chimuelo empezó su relato dejando escapar un silbido al pronunciar la r.

«Las veces que había ido a tomarme una cerveza en aquel bar, la joven mesera era muy solicitada. Esa tarde estaba sola y aceptó que le invitara unas “amargosas”, Se dejó abrazar y con discreción le acaricié su pierna. Cuando llegaba un cliente lo atendía y regresaba a mi mesa. Me atreví a más, subí mis dedos hacia su ingle y me sorprendí de lo que tenía entre las piernas, en ese momento pagué la cuenta y me retiré».

Los tres maestros con los que departía se reían. Después del silencio uno de ellos les preguntó: ¿le creen al jovenazo? «besotes que le ha de haber dado» dijo uno «y de lengua». Completó el otro, El que tenía cara de flauta la sacó, la dobló en forma de taquito y la mostraba: «así le ha de haber metido su lengua en la ventanita que tiene» Las carcajadas eran tan estruendosas que las mujeres salieron a ver.

El profesor en ese instante sudaba y enrojeció de las mejillas. Molesto y pretextando un compromiso se fue llevándose a su mujer que le preguntaba ¿y de qué se reían tanto?

Día de muertos

Sendero

¡No!, ¡no me contradigas! y vas a hacer lo que te digo: nada de detenerse en aparadores, camina por calles poco transitadas y se viene directo a casa. ¡Cómo que quieres visitar a tu abuela!, ni lo mande Dios, en este día el cementerio esta atascado. ¡Me aterra! Y te lo digo yo, que llevo siglos de fantasma.

El despiernado y el niño

Sendero

Me desperté sin piernas, si acaso dos muñoncitos. Repté hasta la patineta de mi hijo y salí a buscar mis piernas. Un chamaco se subió y pese a mis protestas me dijo que si quería mis extremidades habría que ir a buscarlas. Era un experto, así que recorrimos la ciudad y ya en la desesperanza salió del circo un sujeto que llevaba a la basura unas piernas. No me encajaban tan bien por ser de mujer. A fuerza de insistir, pude caminar y el niño de la patineta se fue.

Al transitar me chiflaban y a gritos decían «¡Qué guapa estás mamacita!, ¡qué buen trasero tienes!» Al pasar por el espejo vi que las piernas venían con sus respectivas nalgas, que seguramente pertenecieron a la edecán del mago. Entré en depresión. Llegó de nuevo el niño a devolverme la patineta. «¿Qué tal, puedes caminar bien? ¡oye, pero qué nalgotas tienes!» Exploté con gritos diciéndole que era mejor no tenerlas, que muchos querían tocar mi culo, qué era mejor morirme. El niño, me dijo: «no seas bruto, tendrás que hacer arreglos en tu vida, ni duda cabe, pero de lo perdido lo que aparezca» y se fue dejándome solo.

La mercancía de Rubén García García

Sendero

En la cabina iban el niño de diez años, el chofer y su pareja. Ya por llegar, se hizo densa la neblina, se apagaron las luces y la troca se detuvo.

Oscuro el silencio, que lo interrumpían las chicharras y el ruido de un motor en la lejanía.

—Bájese pareja, ¡veamos que es!

Todo parecía normal en la camioneta. Eran traficantes, no mecánicos.

—Háblale al patrón.

—No hay señal.

Decidieron caminar a tientas por la oscuridad, la neblina y el frío.

—Saca la mercancía. Él, sin mostrar miedo: “Déjenme aquí, Mi padre…”

—Cállate, nos tienes hasta la madre de que tu papá vendrá.

Habían ido a la capital padre e hijo a comprar. En el metro, una ola de gente los dispersó y el niño se topó con los “malandros”. Lo metieron a la camioneta, lo amarraron. Varias veces les dijo que lo dejaran ir, que su papá lo buscaría. Como respuesta le propinaron una bofetada. En la carretera, solo se oía la radio. El niño cerró sus ojos…

.—¿Qué tal, pareja, si nos divertimos con él?

—Al jefe no le gusta que maltraten la mercancía Y ya conoces cómo es él. Aunque ganas no me faltan.

Caminaban a tientas, el chavito amarrado y sujeto del cuello por una cuerda.

Primero fue un aullido, luego otro, otro…

—Son coyotes pareja, no se asuste que aquí traigo la “tartamuda”.

Se dieron cuenta del ataque, cuando yacían en el suelo. Al chofer le quedó cerca la culata de la metralleta, se estiró para cogerla y lo detuvo el dolor. Fue un gemido que rayó la noche y el silencio. Afilados colmillos se le clavaron en los huevos haciéndolos estallar.

La duda o anotaciones de una adolescente entrega 10

Sendero

En la mañana me despertó la voz de mi madre preguntándome si no estaba enferma. Le dije que no, solo que no había dormido bien. Recordé que estaba en el cuarto de estudio con Aymara, hincada bajo la luz de una veladora. Ella me acarició la oreja en señal de que abriera mi oído. El viento atropellaba la copa de los árboles, algunos pájaros chisteaban, luego un silbido agudo, no molesto, como el que hace un huracán en la lejanía y que se va acercando, luego un siseo, similar al que se escucha cuando se interrumpe la señal de la televisión y en medio hay una voz ahuecada de un hombre que parecía rezar. Fue solo un momento. Algo que no logro precisar, como tampoco sé cómo es que llegué a mi dormitorio, o quizá nunca salí de él. Cerré mis ojos y concentré mi pensamiento, después de repetir y repetir logré escuchar: “ella es una cazadora”.

Mi nana Aymara salió desde el alba, más tarde nos vimos en la cocina. Nos habíamos compenetrado tanto que no había necesidad de utilizar la palabra, hablábamos con los ojos, con la cara o ella apretándome la mano. A veces sentía que podía leer mi pensamiento y me instaba a que yo intentara leer el de ella. Madre se iba y me hacía señas de que las dos estábamos loquitas. En privado me puso al tanto.

«Con el regalo que te dio (el gato de obsidiana) pude imaginármelo. Cuando me dijiste a qué lugar había ido platiqué con un chaman amigo. Parece que por las montañas se esconden secretos que involucran santuarios que vienen desde hace siglos. Antes que él, fueron otros quienes tomaron muestras de diferentes partes de la cadena montañosa, grutas y recovecos, y eso les disgustó. Por coincidencia uno de los manantiales con agua clara cambió a café rojizo. Al tomar muestras para identificar los elementos, seguramente lo confundieron con el equipo de una compañía metalúrgica. Son gente cerrada y él pagará la profanación que hicieron. Hace un mes no lo han visto. La gente de la comunidad cree que se regresó a la ciudad, pero, me dices que no contesta a tus llamadas. Así que tenemos que buscarlo».

«No creo que mis padres me den permiso, ese lugar está muy lejos».

«Es hora que sepas de la puerta que tienes en el estudio. Es una ventana donde el tiempo y el espacio tienen otra manera de comportarse. Tu bisabuelo me hizo ensoñar para que regresara a la casa con el propósito de adiestrarte. Él lo hizo conmigo y ahora como parte de nuestro círculo lo estoy haciendo contigo. Las enseñanzas son numerosas, y si bien tienes la fortaleza, aún falta mucho camino por recorrer, por lo que te voy a pedir que mientras estés cerca de mí no correrás peligro, pero si te alejas demasiado podrían agredirte. ¿Estás dispuesta a correr el riesgo para saber que ha pasado con tu varón?»

Leyó mis gestos y quedamos de vernos en el estudio a media noche. Cuando llegué mi mesita de trabajo estaba cubierta de imágenes y al centro una fotografía en blanco y negro de medio cuerpo abrazándose a sí mismo, los ojos me parecieron familiares. La luz cobriza de las veladoras servía de fondo, cuando mi nana Inicio con un rezo que parecía el murmullo de una cascada.

Me dijo que repitiera sus rezos, tomó mi mano, la apretó, señal que debía concentrarme a profundidad. Se abrió la puerta. Seis remolinos giraban frente a mis ojos. Brinqué detrás de ella y revuelta en la oscuridad giré. Se pierde la noción del tiempo, la conciencia. Tu corazón se detiene y al reiniciar, los olores llegan y la luz y el oído se despiertan. Estábamos en una loma donde divisábamos la extensión del paisaje. Me hizo acostar sobre una roca alargada, ella hizo lo mismo. Relájate que invocaremos con un rezo a mis aliados y las buenas vibras que tiene este monte sagrado.

 «Siempre detrás de mí. Al menos que te lo ordene te separas». El sol abría. De una choza salió una mujer y detrás de ella un hombre encorvado y flojo que la seguía como un perro. «lo adiestran para zombi». Es una mujer con poder. Me dijo con su pensamiento: Hay que romper su cerca mental, hacer que vuelva a su estado de conciencia. No tendrás mucho tiempo, pero si realmente te ama volverá, Si no vuelve tendremos que irnos.

«Ella no puede, ni con sus poderes, detectarnos. Tampoco sabe que estamos aquí, al menos por el momento. En el instante que sospeche, ella le hablará a sus aliados y habrá llamas. Sabe, que en el estado que “viajamos” es breve. Sacaré a la hechicera de su espacio de poder, fuera de las vibras que la hacen fuerte. De esa manera cuando él esté solo tendrás que utilizar los medios a tu alcance para que vuelva a saber de sí y escape. Mira como las ramas de los pinos se agitan y como las hierbas del chaparral parecen abrazarse.  Tenemos un aliado».

Lograba ver que la mujer ya entrada en años iba de un lado a otro, parecía coger cenizas y lanzarlas hacia arriba. Un olor a vinagre me golpeo la nariz y ella salió corriendo por el camino que llevaba hacia una garganta rocosa.

Es el momento, escuché que mi nana me decía y corrí a encontrarme con mi varón. Parecía estar lejos y tal vez lo estaba, sin embargo, la distancia se hizo menor. En tres respiraciones logré situarme frente a él. En su mirada había una lejanía que me dio escalofrío, ¿qué tendría que hacer para devolverle su conciencia?

De tal palo tal astilla de Rubén García García

sendero

Harto de comer, me quedo dormido bajo el árbol del mango. Hilos amarillos escurren por mi barbilla. Lejos escucho los gritos de mi madre reclamando su leña. Sobresaltado busco ramas haciendo un hato más delgado que mi cuerpo.

—¡No había, no hay, siempre tienes pretexto! Explícame ¿cómo es que tienes amarillento y pegajoso el mentón? Chamaco cabrón, estuviste comiendo mangos.

—Solo fue uno que se cayó, mientras buscaba la leña.

—¡Eres igualito a tu padre! ¡falso y mentiroso!

Medusa de Rubén García García

Sendero

Si ella hubiese leído en mi interior se habría dado cuenta de mi pasión por ella. Yo no llegué a su cueva para destruirla. Me azota el viento frío, pero ni eso puede congelar la tibieza de mi cariño. Hace un mes y un día que vino Perseo y se la llevó.

El sótano de Rubén García García

Sendero

Me gusta dormir boca abajo para relajar el cuello. De recién acompañado, ella me daba masaje con la magia de sus manos. Últimamente me ofrece una aspirina. Cuando vi que ponía en fila crema y aceites me sorprendí. «¿a quién le darás masaje?». No me contestó, solo dijo: «acuéstate boca abajo». Era placer, que desaparecía el dolor y entraba en un relajamiento que el sueño me penetraba. Todos los sueños llegaban a montones y mi nuca como una puerta giratoria los dejaba entrar uno tras otro. La última noción que tuve fue la voz de ella: «no tarda. Ya entra en la fase del no regreso. ¿terminaste la fosa en el sótano?». Manejo un tráiler. Por una avería mayor tuve que dejarlo y venir a la ciudad para llevar a un mecánico. Después de platicarle con pormenores, y cuando cenaba le pregunté si no escuchaba ruidos, me dijo que sí, pero que eran los trabajadores del drenaje profundo. Todo estaba planeado, mi llegada intempestiva, solo adelantó sus planes. En esta casa jugaba de niño y me escondía en el sótano y qué ironía, jamás me encontraban. En este país, que un tráiler y el chofer desaparezcan es cosa de todos los días. No me encontrarán

Secretos de Rubén García García

sendero

Soy el mascarón de proa. «He viajado por los siete mares. Los mejores días son los encrespados, cuando el mar se irrita; sin ser violento. Es cuando la quilla se hunde y el agua cubre mis pechos y nunca faltan delfines atrevidos. Los días de calma son muy aburridos».

Desapego de Rubén García García

sendero

La soledad pesa tanto como la laguna de Tlen; evocarte, asfixiaba. Caminé me sin rumbo. Llegué al bullicio de una estación, compré boleto a cualquier parte. Llegaría la amnesia como escudo. Lenta y sin retroceso sobrevendría el prurito de la cicatriz.