Dónde tendría el cerebro para aceptar a este bueno para nada? Ronca peor que cerdo Hace dos años sentí el alboroto de las mariposas. ¡Tan bien que estaba! Si comía bien, si no también. Si quería irme a bailar, lo hacía. Me casé. Ahora tengo que lavar, planchar, hacer de comer, aparte de la joda que te dan en la fábrica de ropa. En la noche quieras o no, si el marido desea tengo que complacerlo. ¡Ah, pero eso no es todo! También tengo que tolerar a sus amigos. «Mi amor tráenos otra cerveza y, más botana para picar». Cuando se van hay que limpiar y poner todo en orden. ¡Escuchen como ronca! Ni la vida le corre. ¡Cómo él no tiene que levantarse temprano! ¿a quién le echo la culpa? Si mi madre viviera tendría que darle la razón. Enojada me decía: «¡Nunca se te va a quitar lo bruta!»
Escucho el río, me llena su rumor. Son tantos años de convivir con él, desde mi choza lo disfruto en su ir. En el crepúsculo se encienden las chicharras y junto a las luciérnagas, se hace la fiesta. Un día no estaré. Diré a mis hijos que me laven con su agua, que el rezandero, y el coro estén en silencio, para escucharlo solo a él en su divino rezo.
Despertó en la madrugada con sed. Fue a la cocina, abrió la nevera y asió la jarra, que en vez de agua tenía una cara con la boca abierta por donde salía una lengua polvosa y aplanada. Tengo sed, —dijo con voz aniñada. Violentamente se incorporó de la cama con lumbre en la garganta y su corazón desquiciado. Se quedó inmóvil y masacrado, esperando la mañana.
Brinca sobre los juncos y trepa al macizo. La serpiente se ha tragado a sus semejantes, aún de su miedo, ella no renuncia a cantarle al conejo que vive en la luna. Su tono de soprano complace y se suman a la voz el coro de grillos. El tlacuache, el que robó el fuego a los dioses, se ha preparado víbora en su jugo para disfrutar con la panza llena el concierto.
La planicie de mi pecho era el descanso de tu mejilla. La palma de mi mano acariciaba la oscuridad de tu pelo, que deja escapar los aromas de manzanilla. Mañana no estarás, eres como una libélula que va, que viene, se asoma y parte. Fugaz siempre fugaz, que al cerrar mis ojos te escondes. ¿De dónde eres? Voy detrás de tu aroma que se desvanece en el zacatal de la sabana. El ladrido de los perros y el silbato de la empresa me hace consciente que tendré que internarme entre la selva para encontrar la chapopotera. A veces, no sé qué me da y creo que estás detrás de una ceiba y despacio voy y solo encuentro una monarca que abre y cierra las alas.
El cadáver yacía bajo los escombros de la barda. El periodista comentó con el vecino: «qué mala suerte del occiso que al pasar le haya caído la barda de cantera». «La muerte de él fue, hasta cierto punto, culpa del “Pifas” que es un perro bravo. El difunto y el perro no se tenían simpatía. Muchas veces lo vi molestándolo. Esta vez fue con una varilla, le picó las costillas. El dóberman saltó la protección de herrería, y Gonzalo que así se llamó, cruzó la calle y corrió por donde se alza la barda del convento, y sobrevino el temblor que lo sepultó. «¿y qué fue del perro?». El “Pifas” volvió a saltar la barda y se echó a dormir bajo el árbol.
Hay voces que vienen de un velorio de hace años, pero no, son las mujeres que cuchichean, mientras tallan la ropa en el vientre rugoso de la piedra. Los niños grandes cuidan a los chicos y las mujeres parece que rezan. Pero no, es el río que murmura. Cerca, los hombres platican y beben. La espuma de la cerveza tunde y resbala. En silencio, ellas esperan a que la ropa esté seca. El ave que estaba en el risco se ha ido, dejando en el desfiladero la tarde noche y el vacío.
No había nada que decirse, nuestras miradas satisfechas se entendían. Un golpe con tu codo en mis costillas me decía que el camión de la media noche no tardaría en pasar. Afuera la lluvia azotaba a los árboles de pino. Decidí no vestirme, ni mojarme, ni dejar de abrazarla, mañana me iría antes de que llegasen sus padres, pero con el deseo de que me viesen saliendo de su casa. Total, ya era tiempo de que supieran que su hija tenía un amante. Un novio formal con senos pequeños, pero dispuesta a desposarla.
Mamá, yo recuerdo que mi abuela era delgada con su cabello negro trenzado y bien ordenado y por sus brazos correosos tenía un enramado de venas cuando apretaba su puño. ¡Claro que sí!, así era. Ella, dos veces por semana se iba con su bote a comprar leña por la bocana del río. A mi mamá no se le dificultaba nada, a los varones que crio los traía cortitos y ¡ay! de aquel que le rezongara. Era dura, muy dura, pero nos enseñó a trabajar y a respetar lo ajeno. Era delgada y hábil para manejar los rápidos, cargar la leña y regresar a casa. Pendiente que tuviéramos la panza llena y el sueño a flor de ojo. Siempre se aseguraba de que el pabellón estuviese bien para evitar que fuéramos alimento para los moscos. Era la primera en levantarse y lo sabíamos por el sonido de los trastes y el olor del café. Los gallos cantarían después.
De autos recientes bajaban señoras a punto de parir apoyadas del brazo de un varón, tan ansioso o más que ellas. Celia escuchaba emocionada las palabras de aliento: «todo va a salir bien amorcito». Un camillero llegaba con una silla de ruedas y era el marido que exigía trasladarla hasta la sala de recepción del hospital. Ella tocó su panza lisa, y cabizbaja regresó a preparar la cena, como hace cinco años.
Aquel tipo declaró que mató a más de cuarenta. En un acto de remordimiento aceptó donar una cornea, un riñón, una porción de hígado. Así cuando Dios lo llame a cuentas, la deuda será menos.
Era un día soleado sin embargo el fino sentido de la mujer llama con gritos a los chamacos. «¡Díganle al inútil que venga!». El agua no tarda. Solo pasó un instante cuando se inició la tormenta. Entre todos descuelgan la ropa del tendedero, pero el cielo como olla quebrada deja escapar cascadas de agua. El “inútil” dice: «deja que se moje, que ya se secará» La mujer que se fregó desde la mañana sacando agua del pozo y lavando a mano se le traban las mandíbulas de coraje e impotencia. Era ropa ajena y de la casa. El marido tiene quince días que no lo llama el patrón y ni la cama tiende. Fue media hora de agua y habrá que pedir fiado el jabón.
Esta parte del trayecto hacia las cabañas es poco transitado, es como una brecha entre ceibas y zacatales. Nos desprendemos del cinturón de seguridad y nos besamos una y otra vez. Me recorre el talle y la parte abultada de la blusa. Me toma de la muñeca y la conduce hacia su pierna. Me incita y recorro y aprieto su muslo hasta llegar hacía lo que se esconde bajo su pantalón. Él se ha bajado el zipper. Abarco su dureza y no entiendo cómo es que todo esto lo haya abrigado. Percibo el latido de sus venas. Él conduce despacio, y por el vaivén me balanceo. Ha tomado mi nuca y comprendo lo que desea. No lo rechazo, también me perturba y pasan por mis ojos escenas eróticas de la televisión. Cautelosa olisqueo, lamo. Apenas si puedo. Aprendo. El sabor de su transparencia, el olor, su gemido su cara de satisfacción y el amor son una fuerza poderosa que está por encima, él disfruta y eso es una razón poderosa. Todo lo de afuera desaparece y te concentras en el placer que se muestra al sentir que una laguna se ha formado entre las piernas. También hay temor a que alguien entre los zacatales pueda imaginarse. Es un plus que excita y no sabes el porqué. El paisaje era silencio y complemento, es de mañana y el aire apenas mueve los árboles. Me transporta la imagen donde el amor florece entre la hierba.
Salgamos, la mañana es linda. Al quedar frente a frente, me besa, le respondí entrelazando mis manos a su cuello. Me llevó cargada y me sentó sobre la cajuela del carro. Me abrazó de la cintura y escondió su cara entre mis piernas. Sentía su boca y leves mordidas en mis muslos. Levantó mi vestido y desde las rodillas empezó a besarme hasta llegar a mi centro. Un cielo claro. De no sé dónde el ruido de las chicharras fue de lo último que tuve conciencia. Lo abrace con mis piernas. Cerré los ojos, apreté dientes y puños. Cientos de descargas que reunidas corrieron hasta el fin de mi abdomen. Vibré, reía, me quejaba, no lo sé, pero al final solo tuve fuerzas para echarme a sus brazos. Minutos después almorzábamos con mucho apetito.
Háblame. Toca sutil y aúna, con tu respiración, el labio que me erice. Con tus manos en Re conviérteme en saxo y afina el silencio con solos íntimos escondida en la plaza de tus deseos.