El tiempo dilatado de Rubén García García

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Lo veía y no daba crédito, era yo, más flaco que un perro de pueblo. Tenía ausencia de deseos, solo uno me punzaba. Buscaba el rectángulo de una tumba. Cuando veía que iban a enterrar a alguien, era tanta fatiga, que me daban ganas de pedirle al difunto que me hiciera un lugar. Una noche me tiré sobre la loza de una sepultura. Por la madrugada sentí como unas manos que me pasaban a otra tumba, y a otra, y a otra… y así hasta que me desperté. Una luz brillante donde iban y venían, algunos vestidos de blanco otros de azul. Cuchicheaban. “Mira tú, el que se iba a morir, ya resucitó. Está respirando solo, sin ayuda. Este ya la hizo”. Después recordé que solo fue un sueño que tuve hace años. Sigo envuelto en una bolsa, dentro de un frigorífico, con el deseo de encontrar una tumba tibia y no este frío artificial que a diario me vuelve a matar.

Cotidiana de Rubén García García

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¡Se viene el agua!, se viene el agua. ¡metan la ropa!, ¡metan la ropa! Llegó la lluvia con sus gotas gordas. No dio tiempo de nada y las señoras están encabronadas. En el campo, el maíz bailó de gusto al son de la brisa. Por la mañana los chamacos se harán los desaparecidos, pero se les puede ver brincando en los charcos para joder a los gusarapos.

En el patio la abuela espanta a las palomas que se cagan por donde quiera y roban el girasol de los cotorros.

Fragmento de la duda(7) o anotaciones de una adolescente de Rubén García García

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Me abrazó y dijo: «ya es tiempo de hablar con tus padres, de esa manera podemos ser como cualquier pareja». Eso me emocionó y lo besé con pasión en la boca y fue uno, luego otro y su palma se deslizó por mi espalda hasta sentir que sus dedos se cerraban en mis nalgas. ¡No sé cuánto tiempo pasaría para volver a verlo!, asi que me dejé llevar por los brotes de luz y calor de nuestra piel. Cuatro horas de deseo, de ser explorada por un varón al que amo, de saber parte por parte donde exhalo intensidad, de saciar mi curiosidad y ejecutar decenas de poses para conocer mis puntos de placer. Para el disfrute sublime es indispensable dejar a un lado todo lo que pueda inhibirlo. Fuera vergüenza. Fuera nausea, fuera todo pensamiento y emoción que trastorne el movimiento de ir hacía lo profundo y luego brotar como ave hacia las alturas. Correr hacia el cielo y desgajarte en lluvia de luces.

Sonia y el café de Rubén García García

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Tuve el impulso de pararme y vestirme. Creí que el tiempo me había rebasado y tenía un compromiso en las primeras horas. La tranquilidad sobrevino cuando vi a mi esposa que dormía profundamente. Volví a acostarme y al cubrirme con la frazada, miré el reloj. Oprimí el botón de luz y me llevó a la lejanía, y un rostro. Cerré los ojos, y escuché los latidos de mi pulso. Conté mentalmente la frecuencia del corazón y rebasaba lo normal, como si hubiese estado caminando de prisa. Respiré hondo y traté de continuar el sueño. Una pregunta brotó entre la oscuridad. ¿Por qué mi corazón latía más de prisa? ¿Acaso sería mi presión, o era el stress cotidiano? Soñaba o platicaba conmigo mismo, no lo sé, pero vino a mí el olor de café recién hecho. A Sonia le encantaba el café, aspiraba el humo y decía: “En este momento puedo hacer locuras.» Yo reía, pensaba que era una broma, pero después de repetirlo, empecé a dudar. Una mañana, en el archivo la besé una, dos y tres veces y seguimos y seguimos hasta que gritó…»tengo citas pendientes” y se fue corriendo. Un fin de semana tuve que ir a su departamento para darle unos documentos que necesitaría para una reunión de negocios, Tomé el café, que me ofrecía y ella sólo agua. “Entonces, no me acompañaras con un café y le dí mi taza, dio tres sorbos y de manera espontánea, me tomó de los hombros, me jaló la oreja y exclamó: “Tienes una fragancia rica” Dos horas después ambos estábamos bajo la misma regadera. La acompañé y pasamos un domingo increíble. El aroma de café se alejaba y volví a encender la luz del reloj y solo habían transcurridos dos minutos. Fui al baño… y volví a acostarme.

El cerdo de la plaza de Rubén García García

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El carnicero arrea al puerco grande, lo fuetea con una vara para que siga caminando. Apenas si puede, es tanto su peso que parece ahogarse si da unos pasos hacia adelante. “¡déjalo descansar!” grita una señora. ¡Solo finge! Y vuelve a golpearlo. Tal vez no simula, en realidad le duele que su vida se acabe a la vuelta de la esquina. Mañana es la plaza y la gente pedirá, como todos los domingos, cueritos a medio cocer y chicharrones.

El regalo de Rubén García García

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El padre se percató que su hija adolescente lo vio cuando retiraba el brazo de la cintura de aquella mujer. Lo pensó mucho antes de decirle a su madre, pero se detuvo. En la cena, el padre sacó de su portafolio un presente para su hija. Eras un móvil de última generación.

—No se lo merece, —exclamó la madre—, sus calificaciones dejan mucho que desear.

—Es para que se aplique más. —dijo el padre.

Mientras acariciaba el equipo pensaba que el silencio era la mejor decisión. Nada agradable sería escuchar reclamos y gritos de sus padres, que la desconcentrarían del estudio. Los exámenes estaban a la vuelta de la esquina.

A veces los sueños se cumplen de Rubén García García

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Ella vive en un pueblo donde los varones son lampiños y las mujeres de generosos senos. Él vive donde los varones son barbados y de pelo en pecho. Es cierto, ellos mantenían correo, luego pláticas y concertaron conocerse cara a cara. Ella quedó satisfecha de que su amigo fuese barbado e intuye que es un varon velludo. Él evitaba aterrizar la mirada en sus senos, que parecían salirse de la blusa, pero se traicionaba. Coincidieron que era una delicia el asado y ambos comentaban con interés los cuentos de García Márquez. Por la tarde disfrutaron de un café colombiano y en la noche bailaron al son de la cumbia. Nadie regresó a su hotel; durmieron en otro. Ambos con una sonrisa plena. ¿Dónde está el suceso desequilibrante de la historia? No lo hay y es que todo sucedió como lo soñaron.

La cuerda de Rubén García García

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En los momentos que escribo pareciera que camino sobre un hilo que cruza un abismo; pero la cuerda se balancea y caigo. ¿Sabes? Una vez los duendes me obsequiaron una vara viva. Cada vez que cometía un error, me azotaba. Cuando inicié y cometí el primer abrupto me lanzó al vacío y dijo con gravedad: “Uno más que deja de ser escritor” La miré desde abajo sin odio, sin rencor y le pedí que me permitiera continuar. He subido desde entonces noventa y nueve veces y en esa misma cantidad me ha arrojado.

No la detesto. Es un reto que me inspira a escribir mejor. Gracias a ella mis frases se oyen menos mal.

La última vez, que caminé sobre la cuerda, había recorrido la mitad del precipicio, cuando cometí la imprudencia, y ella, salvaje, me dobló el lomo con un golpe y se río. «¡Cuándo aprenderás!” Lloré de impotencia. Tragué el llanto. Respiré hondo para amortiguar la caída y desde allí, la miré con súplica, pero ella me gritó: “¡Quédate allá! ¡Busca otro oficio! Supe entonces comprender lo que quiso decirme: ¡Sube! ¡Tú puedes!

Cuando cruce el abismo, me dijo: “no es suficiente. ¡apenas empiezas niñato!

Entre el debe y el haber de Rubén García García

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Aquel tipo declaró que mató a más de cuarenta. En un acto de remordimiento aceptó donar una cornea, un riñón, una porción de hígado. Así cuando Dios lo llame a cuentas, la deuda será menos.

El canto de las sirenas

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Yo tambien quería escuchar el canto de las sirenas! A todos los remeros les pusieron cera en los oídos, yo me la quité. El canto me infundió tal poder que dirigí la nave buscando su voz. Así mientras Ulises imploraba que lo soltaran, yo reencausaba el barco. Cuando solo quedó el silencio, la nave estaba en medio de otra tormenta.

Nada es verdad de Rubén García García

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Con el zoom veo en los ojos del niño, los ojos de un pájaro. El ave nerviosa brincotea en el alfeizar de la ventana. ¡Cuánto asombro tiene la cara del niño! El reflejo que se ve en el cristal, dice que veo lo que no es. Ellos se miran tranquilos y platican como dos viejos amigos.

Perseverancia de Rubén García García

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Salió al jardín, contempló la rosa claridad entre los árboles. Pasaban de las seis de la mañana y era el tercer día que no podía dormir. Había tomado de todo, desde remedios caseros hasta las grageas del homeópata. Cuando los bostezos se juntaban se tiraba a la cama y el sueño desaparecía. Sacó del cajón una pistola que parecía de juguete y se disparó. Abrió los ojos y a través del cristal del ataúd observaba a una araña que se columpiaba en la viga del techo.

Las noches del hubiera de Rubén García García

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Nunca comprendí cómo es que decías quererme y en tu carta me dices: “…lo mejor sería que te propusieras objetivos nuevos”. Por la noche dije: ¡es qué esto, no puede decirlo ella!, y movía la cabeza, como las marionetas estúpidas que encuentras en los mercados de vecindad. Entonces, cerré el libro y acepté de una vez por todas, que lo que escribiste era una indicación de que la complicidad se había roto.

Han pasado veinte años y cada quien rehízo el camino. No sé de ti, pero más de alguna noche me da por pensar en el hubiera; aunque bien sé que el hubiera no existe.

Lunares de calor de Rubén García García

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Hay pelotas de neblina rodando de cerro en cerro. En el imaginario meteorológico presumen que el sol se pondrá bravo después de la media mañana y atormentará a la flor de la limonaria. Los perros se echarán debajo de los carros y el silencio con la siesta dormitarán en la hamaca. Cuando el bochorno cruce la pierna, fume su puro y trastabillando agarre camino; los grillos saldrán del sopor y brincarán para cualquier parte, tan felices y despreocupados que más de alguno cantará en la bodega de un sapo.

La cabaña abandonada de Rubén García García

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Su vestido sobre la silla desvencijada. El cuarto lo aluzaba una veladora. Se quitó su ropa interior y se acostó al lado de él.

Llegó a la hacienda “la corona” a pedir trabajo como vaquero. No había, pero aceptó apoyar en la cocina.

Desgajaba un enorme tronco con el hacha. Resaltaba el brillo del sudor que definía el perfil de la espalda y el lomo. Traer el agua del pozo, y encender el fuego eran tareas diarias.

La patrona, a la que todos saludaban con respeto, le dijo:

—¿No eres de la región?

—Vengo del mar pacífico

—¿Mataste a alguien?

—Solo me defendí.

—¿Y la familia?

—Nunca tuve, ni tengo.

Bajo la luz de los candiles, sin que nadie se percatara, la mano de ella buscó su mano y le dio un papel doblado.

En un lugar apartado leía: “rumbo al cementerio, se cruzan los caminos, toma el de la izquierda. Toparás con una casa abandonada. La puerta está abierta. Te espero.

Miró dentro de la noche, y en medio la luz de una veladora que aluzaba a un antiguo calendario con la imagen de un león.

La mujer le había exigido al límite, abrió sus brazos, tan bella, tan de fuego… El cansancio fue el preámbulo de un profundo reposo.

Un ruido seco cimbró la luz de la vela. La bala se incrustó en la boca.

—¿Seguro que estás en tus dias fértiles?

Aturdida y salpicada de sangre, contestó.

Sí.