Sendero
Su vestido sobre la silla desvencijada. El cuarto lo aluzaba una veladora. Se quitó su ropa interior y se acostó al lado de él.
Llegó a la hacienda “la corona” a pedir trabajo como vaquero. No había, pero aceptó apoyar en la cocina.
Desgajaba un enorme tronco con el hacha. Resaltaba el brillo del sudor que definía el perfil de la espalda y el lomo. Traer el agua del pozo, y encender el fuego eran tareas diarias.
La patrona, a la que todos saludaban con respeto, le dijo:
—¿No eres de la región?
—Vengo del mar pacífico
—¿Mataste a alguien?
—Solo me defendí.
—¿Y la familia?
—Nunca tuve, ni tengo.
Bajo la luz de los candiles, sin que nadie se percatara, la mano de ella buscó su mano y le dio un papel doblado.
En un lugar apartado leía: “rumbo al cementerio, se cruzan los caminos, toma el de la izquierda. Toparás con una casa abandonada. La puerta está abierta. Te espero.
Miró dentro de la noche, y en medio la luz de una veladora que aluzaba a un antiguo calendario con la imagen de un león.
La mujer le había exigido al límite, abrió sus brazos, tan bella, tan de fuego… El cansancio fue el preámbulo de un profundo reposo.
Un ruido seco cimbró la luz de la vela. La bala se incrustó en la boca.
—¿Seguro que estás en tus dias fértiles?
Aturdida y salpicada de sangre, contestó.
—Sí.

