La mercancía de Rubén García García

Sendero

En la cabina iban el niño de diez años, el chofer y su pareja. Ya por llegar, se hizo densa la neblina, se apagaron las luces y la troca se detuvo.

Oscuro el silencio, que lo interrumpían las chicharras y el ruido de un motor en la lejanía.

—Bájese pareja, ¡veamos que es!

Todo parecía normal en la camioneta. Eran traficantes, no mecánicos.

—Háblale al patrón.

—No hay señal.

Decidieron caminar a tientas por la oscuridad, la neblina y el frío.

—Saca la mercancía. Él, sin mostrar miedo: “Déjenme aquí, Mi padre…”

—Cállate, nos tienes hasta la madre de que tu papá vendrá.

Habían ido a la capital padre e hijo a comprar. En el metro, una ola de gente los dispersó y el niño se topó con los “malandros”. Lo metieron a la camioneta, lo amarraron. Varias veces les dijo que lo dejaran ir, que su papá lo buscaría. Como respuesta le propinaron una bofetada. En la carretera, solo se oía la radio. El niño cerró sus ojos…

.—¿Qué tal, pareja, si nos divertimos con él?

—Al jefe no le gusta que maltraten la mercancía Y ya conoces cómo es él. Aunque ganas no me faltan.

Caminaban a tientas, el chavito amarrado y sujeto del cuello por una cuerda.

Primero fue un aullido, luego otro, otro…

—Son coyotes pareja, no se asuste que aquí traigo la “tartamuda”.

Se dieron cuenta del ataque, cuando yacían en el suelo. Al chofer le quedó cerca la culata de la metralleta, se estiró para cogerla y lo detuvo el dolor. Fue un gemido que rayó la noche y el silencio. Afilados colmillos se le clavaron en los huevos haciéndolos estallar.

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