Un día como tantos de Rubén García García

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En el patio solo lucía el silencio. Un patio que le habían prestado. Los pocos dineros los había invertido en comprar pollitos y criarlos. Se hicieron robustos, dejó uno para gallo y los otros entre la venta y la comida se fueron acabando. Ayer se fue el gallo, lo cambio su marido por una botella de aguardiente. El niño lloraba, se sacó la teta y le dijo «anqué sea chupa el cuerito». Hasta la cocina llegaban los ronquidos de perro viejo. Era mejor; despierto pedía de comer y si no había la jalaba de la trenza. «busca con los Martínez, y pregunta si no tienen ropa sucia » Solo había pasado más de un año y la criatura pedía. Recordó que había escondido un billete. Con el podían vivir una semana a lo más. El esposo resollaba como si tuviese una olla de tamales hirviendo. La vieja maleta estaba oculta debajo de la cama, así que solo tomó a la cría y salió sigilosamente hacía la terminal de autobuses. Irse con su madre, para qué, si ella la corrió cuando supo del embarazo. Tenía la dirección del novio que despreció. ¿Qué era el orgullo? Ma, ma, ma. Lo apretó contra su pecho y subió al autobús.

la sirenita de Rubén García García

Sendero

El pescador regresaba sin peces. Pronto llegaría la noche y seguramente su nieta lo esperaba en el muelle. Tuvo una sensación de apremio y extendió las alas de la red por última vez al mar.

Dentro de la trama había una sirenita de ojos verdes y cejas color carbón que lo veía con ojos grandes y brillosos. Se dijo en voz alta, «¡Seguro qué me haré rico!». Ella estaba sentada en la cubierta y se dejó llevar. Tenía el cabello largo y obscuro. Miraba sin mirar y por momentos hacía pequeñas escapadas al horizonte.

Él siguió remando hacia el muelle. Una gaviota se posó en el costado de la barca y al espantarla observó en su cara los ojos de su nieta. Quizá la misma edad, tal vez tuviese un abuelo…

Casi al llegar al muelle la liberó. La sirenita le dio un beso llevando su mano a los labios antes de perderse entre los retazos espumosos del mar.

La mosca de Rubén García García

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Acostado en el chinchorro me despertó una mosca minúscula que hurgaba entre los vellos de mi brazo. Parecía olerme, abrirse paso entre mis vellos hasta que la espanté. Un minuto después, la misma llegaba al mismo sitio, hizo lo mismo. Ahora doblaba el abdomen y volvía a su quehacer. Se fue. Recordé que ellas podían percibir el olor de un cadáver a quince kilómetros. Yo no lo era. No hacía más de unas horas que me había tomado un coctel doble de vodka que me quitó la sed y me llevó a un sueño profundo. Ya volvió. La duda es: «¿seguiré soñando, o le aplaudo a la mosca por ser la primera que llega? Ya me da que pensar, ahora explora mis oídos».

Celomanía de Rubén García García

En la agonía, el abuelo le dice al nieto: «ahora que no está tu abuela pon en mi féretro el frasco de pastillas azules, no sea que me tope con alguna de las once mil vírgenes que viven en el cielo, y si lo sabe, es capaz de venirse conmigo».

El tordo de Rubén García García

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El gusano recorre con la mirada la vastedad del paisaje. En lo alto hay una flor de espiga que abre. Él se relame y saliva y emprende el recorrido desde la raíz hasta la cúspide. De los diez pétalos ya se comió uno. Entre las ramas un tordo lo ha visto y espera.

El pájaro lo lleva en el pico «tanto esfuerzo que hizo para llegar a la cima, que él merecía el placer de un bocado».

El almohadón de Rubén García García

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En la cocina teníamos acción. Había un clima de caricias ocultas bajo la mesa. A la mirada solo se veía a una pareja que disfrutaba de una cerveza. Desde ese sitio, su mamá siempre estaba al alcance de la mirada.

Juana, la madre, padecía de una limitación auditiva. Ella tenía afición por las películas programadas para la televisión y se hundía en el mullido sillón, de tal manera que solo se le veía su cabello entrecano.

Bajo la mesa, ella subía su pie por mis piernas hasta llegar a mis ingles y frotaba y frotaba hasta que conseguía alterarme, se retiraba y volvía, se retiraba y seguía. Así que después de una hora los ojos me brillaban, como un reflejo de lo que por dentro ardía.

La mamá la llamó con una seña. Interrumpimos el juego y ella se recargó en el filo del mueble quedando su cuerpo en forma de arco. Su cara pegada a la mejilla de su progenitora. Algo le contaba. Vestía una falda rabona, dejando ver sus pliegues y el borde de su ropa interior.

Me situé detrás de ella, mis yemas la rozaron, su piel blanca se hizo de gallina. La recorrí desde el hueco de su rodilla hasta el ángulo de su muslo. Me hizo una seña con el entrecejo de su frente de que me calmara; eso aumento mi deseo y recargué mi cuerpo sobre el de ella. Con la mano quiso apartarme. Topó con mi dureza. Cerré los ojos y aprete mi boca y cuando creí que me daría un pellizco, empezó a deslizar su mano. Abria sus piernas y las cerraba imitando a las alas de una mariposa. Ella seguía escuchando, casi impertubable, con su mamá.

Después de las nueve, la mamá decidió ver otra película porque se le había ido el sueño. Aún con la efervescencia acepté que lo mejor sería despedirme.

Sin que se percatara tomé un almohadón de la sala. En la oscuridad del pasillo iniciamos con frenesí una nueva ronda de caricias, la ropa caía una a una sobre los escalones. Cuando apoyaba sus rodillas escuché la voz de quejido: ¡Ya súbete! ¡y por favor no maltrates el almohadón!, que es el que hace juego con el color de la sala.

El día infame de Rubén García García

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Las siete de la mañana. Era un día de perros. La lluvia helada caía desde el alba. La clínica de salud en el área de urgencias médicas estaba desierta. Era atendida por el médico de base y una enfermera.

—Enfermera. Dijo con voz grave el médico.

—Dígame.

—Por favor ponga agua a calentar.

—¿Para?

—¿No le caería bien un café calientito? Se hace uno y de paso me lo hace a mí.

—Hágaselo usted. Soy enfermera, no su sirvienta.

Si llegaba un herido lo atendían en profundo silencio, sin dirigirse la palabra. Tenían meses y solo se hablaban si era necesario, por ejemplo, cuando pasaba el señor director, ambos bromeaban y sonreían.

Ese día, el tiempo no estaba de buenas, y el médico menos, el desprecio de la enfermera había colmado su importancia personal. «solo le daré un susto a la enana». Ella también estaba de malas. Casi para llegar a la clínica pasó velozmente un auto y levantó una cortina de agua que la empapó.

Le dieron ganas de orinar. Los baños estaban hasta el fondo del servicio, a un lado del botiquín de instrumental y medicinas. Lo que más le molestaba era pasar frente al médico, que era mal encarado. Bigotudo y con el pelo siempre parado. Pasó sin mirarlo. En el wáter aprovecharía para cambiarse las medias y los zapatos.

Cuando quiso gritar la mano cerró su boca; hábilmente la despojó de su ropa interior «¡Vas a saber lo que es un hombre! Te quitaré la cara de seria que siempre tienes conmigo. Veras que de hoy en adelante sonreirás» El agua arreció y hubo truenos lejanos. Dentro, el forcejeo fue substituido por caricias y besos. No llegó urgencia alguna.

A diario, sobre el escritorio del médico, aparecía en el florero un clavel rojo y en la mesita de ella, escondido entre la papelería un sobre y dentro, una barra de chocolate. Tomaban café en silencio, pero había un parloteo con los ojos que era un jardín en floración.

El mutante de Rubén García García

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Bajo el tejado, las palomas esperan a la mujer que canturrea y dará semillas a los cotorros de cabeza azul. Las perras dormitan cerca y son indiferentes al robo de girasol que hacen los pichones. Saben las perras que su alimento no será tocado. Un día, las granujas lo intentaron y pagaron cara su osadía. Hay en el patio un perico verde, pequeño y desazulado , que alimentan con maní. Sale y entra de su jaula, como “Juan va por su casa”. Las palomas tampoco se meten con él y si lo intentan eriza sus plumas, gruñe y ladra como el feroz Pitbull del vecino y ellas vuelan asustadas y el perico se carcajea.

El pacto de Rubén García García

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Moví la cabeza, herido. Cerré el libro y acepté de una vez por todas, que tu silencio era una indicación de que la complicidad se había roto. No había en la ofrenda los tamalitos de chipilin; causa y razón por los que me casé contigo.

Dia de muertos de Rubén García García

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Tres años esperó para tener derecho a visitar lo que había sido su hogar. La viuda le ofrendó su ron, su cerveza y unos tamales de chivo*, que tenían el mismo olor que cuando los degustaba en vida.

*“tamales de chivo” expresión de México que denota que tu mujer tiene un amante”

Gusanos de Rubén garcía García

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Es desesperante sentir que no respiras, pero todavía escuchas. Y si abriera los ojos sería inutilidad. En el silencio el roer de los gusanos; en ese trabajo finito de convertirte en polvo. ¡Cómo llegar al sueño eterno si esas mandíbulas nunca descansan de roer.

El búho de Rubén García García

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Pocos saben que para llegar al estado de sapiencia e iluminación, él tiene que comer diariamente un ratón de biblioteca.

Esteban de Rubén García García

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penas entreabre los ojos cuando me saluda. Me da los buenos días con pausas e intenta hacerme plática, pero algo se lo impide y suspira. Después de su dificultad logra preguntarme: «¿en qué piensa?».

Sé que le gusto a Esteban, si le diese una mínima seña de que sería correspondido, seguro saltaría de un lado a otro y correría para todos lados. Sin gestos, con una cara de mármol, me le quedo viendo de arriba abajo y él levanta la mano, como saludando a quien sabe quién.

Pienso en alguien, que no es Esteban. No lo es. Él me mira y me hace temblar, me derrite. Si me besara me dejaría llevar a cualquier parte.

¿Qué puedo hacer? Si quién me prende, no es como Esteban.

Al trote de Rubén García García

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En silencio trota. Chillidos de aves que llegan desde la zona boscosa de la ciudad. El resplandor de la cruz de la iglesia destaca. Recuerda su cara de niña, la misma que ve en sus hijos. Está cerca del parque central, a una cuadra de la escuela en donde aprendió a leer. Se ve jugando con sus amigas, «¿Qué habrán hecho de su vida?» Reconoce su antigua casa y parece oír la voz de su madre quien la abrigaba en las noches de frío. Se oye el canto de los pájaros, y la brisa del amanecer que toca sus mejillas. Entreve el color rosa de la cordillera y se escucha cantar el himno escolar. Su primer novio, y el único, que aun al evocarlo la estremece. Suspira. El inmenso placer de amarlo con todo.

Sube por la pendiente. La respiración es asmática; el sudor la recorre. Se ve en su departamento. Los años pasan. El esposo vive obseso de su trabajo, apenas si se da cuenta que ella y los hijos existen. Al dar la vuelta, se topa con la mujer que barre, que viste la misma falda. Su escoba es la que cambia; hecha de ramas y con los ojos escrutando el pavimento. Desea darle los buenos días, y solo mueve la mano. Va aclarando el día. Levanta la mirada y divisa los cerros que son puños de laja. Sobre el horizonte el sol se muestra y deja en las paredes del caserío un color tierno. Desde el pensamiento corren los silencios y el desamor de un hombre que se extravió en la vida. Respira profundo, con dificultad y a punto de desfallecer y quedarse a la vera del camino, saca del vientre un impulso más y logra rebasar la loma. Pareciera que corre por inercia. Llega una ventisca tímida con olor de frutas y divisas en la lejanía el bermellón de las montañas. Hay momentos en que pareces no tocar el suelo. En el horizonte una parvada de patos simulan una estela de luz. El día abre con esplendor. y sobre el asfalto corres con más fuerza y abres la zancada como una cabra que salta cruzando el abismo.