Las puertas de Rubén García García

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La tía Gertrudis le incomoda que una de las puertas de la alacena la dejen abierta. ¿¡quién fue!? Y el tono de su voz casi llega al grito. En la noche, cuando me da mucha sed, paso por su dormitorio y la puerta no está cerrada.

La alacena debe de estar siempre cerrada porque si no se meten las pipiliacas y se comen el chile con el que ella guisa el mole. La de su recámara no sé, quizá siente miedo. Tiene dos años que murió mi tío. A veces la escucho gimotear y creo que está llorando.

Quedé huérfano y me dio un lugarcito. yo soy el mero mero para hacer los mandados. Mis primos dicen que soy el “traidor”

—¡Flaco, flaco! ve con don Demetrio y pides un kilo de bistecs y medio de chorizo. —Buscó el dinero y no lo encontró.

—Dile que te lo apunte, que luego voy y se lo pago.

—Me dijo el carnicero que más tarde pasa a cobrarle.

Hizo un gesto de rechazo y luego la cambió a una sonrisa forzada.

Yo no vi que don Demetrio llegara ni por la tarde, ni por la noche. Algunos susurros escucho, otras como si llorara cuando voy por mi jarro de agua a la cocina.

Lo que sé, es que nunca falta en la mesa un trozo de carne. Aun la escucho: «No desperdicien nada, ni le den la carne al gato, que no me la regalan»

Cuando amo me vuelvo frágil de Rubén García García

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El camino tiene una alfombra de hojas. Ella, al pisar amolda su pie, él hace el ruido de una escoba. Es una tarde fresca.

— Cuando despierto pienso en vos.

— Gracias. Yo me arremolino en la cama y trato de relajarme y después le doy gracias a la vida mientras me baño.

— ¿Qué día desayunamos juntos, como hace treinta años lo hacíamos?

— ¡Buenos momentos! En honor a la verdad, tuve un buen mentor

— Es que tenía una alumna bella e inteligente.

—Tuviste muchas, siempre te rodeaste de alumnas. Me agradaba tu don de gente.

— Yo me enamoré de ti.

— Te enamoraste de muchas.

— Deseaba que camináramos juntos.

— Tú deseabas una mujer que te siguiera.

— Me imaginaba leerte en la intimidad del hogar.

— En ese tiempo a mí me gustaba conocer y trabajaba para comprar mis cosas y ayudar a mis padres. No me gusta depender de nadie.

— Pero, nos amábamos.

— Yo te admiraba

— Te hubiese conquistado.

Ella se queda en silencio y mira a la lejanía.

— Me conquistaste. Pero nunca te diste cuenta. Tal vez pensaste que era una broma, no lo sé, Te lo hice saber. Fue un instante que la alegría de tenerte rompió en ola y sofoqué un momento mis deseos de fuga. ¡Joder! te tardaste. cuando decidiste sólo quedaba la espuma sobre la arena.

—poco después te propuse matrimonio.

—Todo tiene su tiempo. Recién había terminado la licenciatura. —Te diré que me vuelvo una mujer frágil cuando amo. Y tú jamás te diste cuenta. —Regresemos mi buen amigo, el viento arrecía y las nubes se ven amenazantes. Tus hijos están lejos y la única que viene a verte soy yo. Es mi manera de agradecerte. Dentro de una hora estaré marchando para apapachar a mis nietos y si no te apuras te quedarás sin cenar con tus amigos que tienes en el asilo.

Tocan de Rubén García García

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Me golpean los pulsos. Es él. Sé bien que no viene a darme las buenas noches…

Hace unos días servía la comida a los vaqueros. Me fije en sus manos grandes y callosas, parecía pinzas. Me miro con sus ojos oscuros y sonrió. Ayer casi derramo la sopa al sentir el brillo de su mirada. En la cena me hizo una seña: balanceó el puño como un martillo. Era claro…

Tocan quedo. La noche es oscura y fría y mi corazón hierve. Él es el novio de mi tía. Es algo parecido al miedo, pero no es miedo. Es miedo al deseo, de sentir su mano tosca. Tiemblo y las piernas no me obedecen. Es la tercera vez que lo escucho. La luz de la vela chirria y afuera ulula el búho

Me muevo con torpeza; me decido y entreabro la puerta.

Ya no está. Fue él, percibo su aroma de campo y sudor agrio. Mañana saldrá muy temprano a dejar un hato de ganado, y regresará por la noche, y sé que tocará a mi puerta.

La angustia doméstica de Rubén García García

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La alborada huele a color de rosa y humedad de hojas. Abro los brazos y lleno mis pulmones de oxígeno. Después de algunos intentos pude abrir la puerta del departamento. Desperté con una resaca cerca del mediodía. Había un recado: «en la cocina hay un caldo de pollo con hierbabuena y en la heladora tres cervezas. El baño está preparado. Fui con mi madre, a mi regreso hablamos de lo que dijiste dormido»

La albercada de Rubén García García

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Los hijos de ambos matrimonios retozaban en la piscina. Las mujeres se dieron cuenta y de inmediato ordenaron a sus hijos que se salieran. Romeo, el hijo del matrimonio A, llevaba un lunar en forma de coma en la nuca. Julieta la niña del matrimonio B lucía un ala de mariposa a un lado de la axila. Misma marca que llevaban sus papás. Todo normal si los lunares se hubiesen ubicado en la casilla correspondiente.

La noche larga de Rubén García García

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Es tibia la madrugada. En el silencio se oye el crepitar. Daba por hecho que después de la cirugía de columna en veinte días caminaría como un niño que se suelta de la mano de su madre y corre. No sucedió. Quizá un esfuerzo de más y el lomo se hizo frágil. Para mover mi espalda me apoyaba con los codos y trataba de encontrar otra ubicación que me diera reposo. Tenía que pedir ayuda y mi compañera estaba en tan profundo sueño que desistí. Cerré los ojos y abrí los oídos y escuché a lo lejos el barullo de la gente jugando a la lotería: «el gallo, el pájaro, la escalera…» y me hice el sordo porque sé que después de la muerte seguía la calavera. Desperté empapado de sudor y al lado mi esposa que me decía «como vi que estabas tapado hasta la coronilla, me supuse que tenías frío y te cubrí con dos frazadas más»

No ejerzo de conciliatore de Rubén García García

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Convino con los secuestradores que les daría el doble de lo solicitado, siempre y cuando ya no la regresaran. Ella duplicó la oferta si desaparecían eternamente al esposo. El mafioso aceptó el dinero de ambos y a ella la dejaron viva aduciendo: «¡Quién soy yo, para meterme en la privacidad de una pareja!»

El viejo pozo de Rubén García García

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Cayó la niña al pozo. Ocho días después, se despertó. Los padres dejaron de sonreír cuando ella preguntó ansiosa ¿Dónde está mamá Lucha?, nadie se llamaba así.

Las aves de Rubén García García

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Se levanta en la madrugada impulsado por un sueño, y apoyándose con el bordón camina hacia las afueras del pueblo. Escucha en la lejanía el grito de los animales. Al cruzar el zapote un aleteo lo sorprende. Queda en su nariz aguileña un olor de plumas húmedas. Se dirige hacia la cañada. Camina afirmando su talón. Huele el moho que cubre las rocas. ¿Soñaría con su madre? Hubo un grito que lo despertó. Desde adentro, desde una oscuridad que no precisa.
La luz niquelada de la luna cae en la higuera lejana, y sobre la falda del cerro se extiende el cementerio. Allá, camino al río, vivió con su madre
La recordó barriendo la hoja minúscula del tamarindo y del frondoso guayabo. Desgranaba las mazorcas y de su boca salían chasquidos para llamar a las gallinas y polluelos. Oía el ruido del agua, el golpeteo de la ropa en la batea y montones de ropa que le daban a lavar. Él se veía en el patio con su pantalón raído, flaco, mugriento viendo a dos polluelos correteando a otro que intentaban arrebatarle una lombriz. Los siguió y fue tras ellos, no les dio descanso, hasta que piando cayeron sin vida.
Regresó sigiloso. Su madre se dio cuenta cuando los encontró con los ojos abiertos y aún tibios. Solo movió la cabeza, “algo comieron”. Cuando iba a la tienda del pueblo no pudo evitar la sonrisa al recordar el esfuerzo que hizo de corretearlos y aquella sensación de placer al escuchar su piar de angustia. Sabía que aquello no estaba bien y por un tiempo se contuvo. Volvió a las andadas, pero ahora se los llevaba entre los zacatales y lo volvía a hacer, hasta que un día tras de él iba su madre rabiosa con una vara de tamarindo. Se escondió bajo las ramas del guayabo que caían a ras del suelo. En el crepúsculo, escucharon sus gritos de dolor. Las larvas negras y peludas cayeron en su espalda cuando las gallinas trepaban al árbol. Tres días estuvo con fiebres y delirando.
La alborada está por llegar. Así, en un momento, piensa que está atardeciendo y que pronto llegará la noche. En un instante el bordón resbala. Pierde el equilibrio, da varias vueltas. Cae y sin poder detenerse rueda, rueda sobre las peñas. Desesperado intenta asirse. La vida se le va entre los dedos. llega hasta el fondo. Respira atropellado, es fría la humedad y se moja del sonido del agua que corre. Quiere sentarse y, al apoyar la mano, rompe la corteza de un fruto y corren atropellándose cientos de gusanos. No puede controlar la saliva, la náusea y se orina sin que pueda contenerse.
Al mirar hacia arriba se encuentra con unas aves encuclilladas que en hilera lo escrutan con fingida indiferencia. Aletean al parejo, como si quisieran iniciar el vuelo. Pero no; solo llaman a otras plumíferas que planean en círculo y que se retratan sonrientes, en los ojos del viejo.
La mañana se abre con un insolente olor a guayabas.

El romance breve de las piedras de Rubén García García

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Se tallan, se miman, se regodean. Pasaron muchos años—quizá siglos— para encontrarse en las orillas del río, y sus corazones duros están inflamados. Por la mañana llega un niño, toma una como botín, y la tira viendo como hace giros sobre los reflejos del agua.

El minuto envenenado de Rubén García García

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El minuto envenenado de Rubén García García

— ¿No has visto el libro, donde aparece mi cuento?

—No se. Sé de mis cosas, de las tuyas solo puedes saberlo tú, me contestó molesta mi mujer.

—Hace una semana lo dejé sobre mi escritorio. Debiste verlo cuando hiciste la limpieza.

—Recuerda que la limpieza la hizo la muchacha que viene cada ocho días. Mañana, vendrá. Pregúntale a ella.

Guardé silencio, mientras ella trabajaba haciendo artículos navideños que entregaría a sus pupilos. El brillo del metal me atraía, así que tomé las tijeras y… en el instante que iba a levantar el brazo, escuché su voz.

—¿Verdad que me odias?

—¡Cómo crees! Simplemente me perturba no encontrar mi libro.

dándole las tijeras, le dije: estaban escondidas entre la tela y seguro las vas a necesitar. Abrí la puerta del jardín y respiré profundo.

En la sala de espera de Rubén García García

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Una mujer frente a mí descruza las piernas y no evito ver su ropa interior. Ruborizada me dice «¡ay ya lo retraté! » expresión que me hizo retroceder a mis días de niñez en la escuela. Con gravedad, pero sonriendo le contesté: sígale y me animo con una de cuerpo entero.

No tengo edad, pero no soy tarada de Rubén García García

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No, no soy mayor de edad, Si me mira disfrutando del recreo con mi uniforme, me dirá que soy una escolar. Si me ve en una fiesta con mi falda pegada bailando con ritmo tendrá la impresión de una muchacha y si me maquillo y porto un vestida largo quizá exprese que soy una hermosa mujer. Soy la misma, pero su óptica cambia. No tiene la capacidad de mirar mi interior, ni leer mis pensamientos. Conoce la forma, pero no el fondo. Puede que me siga considerando una niña o que después de platicar conmigo le haga cambiar de opinión. Recuerdo que cuando iba a la primaria leí en un rincón de la puerta la palabra “cógeme” simplemente la asocie al hecho de tomar algún objeto. Ya en la secundaria supe que se refería a la relación sexual. Tiempo después la impronta de la palabra me explotó con toda su magnitud, fue aquella vez, que yo se lo pedí a él, con urgencia, apurada por un deseo que nunca había experimentado. Es una palabra tan intensa, lengua de fuego, tan demandante como o más que la sed, y que es el mismo cielo de Van Gogh.

Premonición de Rubén García García

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Tiró de las sábanas para cubrirse, mientras miraba la habitación desconocida. La cama era enorme y estaba decorada en tonos joya. Tenía una mano sobre su cadera, por el anillo, reconoció que era la de Toño, el mejor amigo de su marido, que dormía a su lado. Fuera de la cama y ya vestida salió hacia la calle. ¡Laura!, escuchó que la llamaban. Era la voz de su marido.

¡Laura! despiértate que no tarda en llegar Toño.