Reclamo de Rubén García

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Inició con su voz de remilgo, sabía que algo no marchaba bien.

—Te cuidas exageradamente. Tomas café descafeinado a la misma hora con galletitas de la sierra. Visitas al jardín, más tarde das tu caminata habitual con Tobi. 

—Si, si todo eso hago, ¿a dónde quieres llegar?

—Eres muy predecible, si te quisieran hacer daño, lo harían fácilmente.

—¿Entonces para qué estás?

—Para cuidarte. Ahora tienes cuarenta años y desde que tienes conciencia siempre haces lo mismo. El único día que tuviste acción fue cuando fuiste a la biblioteca. Ya me cansé y estoy pensando en solicitar un cambio. «cuidar a este sujeto es tan tedioso que contar la arena del Gobi”». Necesitas incorporar a tu vida un suceso que rompa con tu monotonía.

«Este ángel de la guarda tal vez quisiera que fuese un Chapo Guzmán; me gusta vivir sin sobresaltos».

Lo convencí de contarle mis secretos y que se acercara, que me tuviera paciencia. Mis palabras murmuraron en su oído y mi piel rozó el nacimiento de sus plumas. Toda la noche se quedó a mi lado.

Ahora, me cuida hasta de mi sombra.

En la bañera de Rubén García García

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En la bañera

El niño tocaba su pene y preguntó a su madre:

—Mamá ¿este es mi cerebro, —todavía no, hijo…

Miedo de Rubén García García

Sendero

Hace una semana servía la comida a los vaqueros. Sus manos grandes y callosas, parecían pinzas. Vi un brillo en su pupila. Ahora casi derramo la sopa al sentir su mirada. En la cena me hizo una seña: balanceó el puño como un martillo. Era claro…

Tocan quedo. La noche es oscura y fría. Él es el novio de mi tía. Es algo parecido al miedo, pero no es miedo. Es miedo al deseo de sentir su mano tosca. Es la tercera vez que lo escucho. Tiemblo y las piernas no me obedecen. Me muevo con torpeza; entreabro la puerta.

Ya no está. Fue él, percibo su aroma de campo y sudor agrio. Mañana saldrá muy temprano a dejar un hato de ganado, y regresará por la noche, y sé que tocará…

Mal de montaña de Rubén García García

Sendero

Yo reposaba la comida en mi cuarto y luego llegaba Marsella a preguntarme por las partes que había conocido. Traía una almohada de su dormitorio y acostados acariciaba su pelo y le cuchicheaba lo bien que me sentía a su lado. La cama de superficie dura me permitía libertad de movimientos. Esa vez me preguntó si me sentía bien, yo le dije que sí, No te sientes mareado, insistió. Le referí que al parecer la altura de la ciudad no me había afectado.

A las tres de la tarde el taxi llegaba por ella y a las seis volvía. Esa vez llegó acompañada de un buen amigo, y entre la charla y unos tragos de whisky, el tiempo se deslizó. La visita se despidió y nos quedamos solos. Ella se fue a su recámara, yo a la mía. Sin embargo, no tenía sueño, y toqué a la suya. Me ofreció un asiento en el borde de la cama, pero al resbalar por las sábanas de seda, me acomodé más al centro para evitarlo

Una cama que era tan blanda que parecía tener hoyos y me sumí tanto que pensé que era de agua. En esa posición, rodeé su cintura con el brazo mientras ella acariciaba mis cabellos . Empezamos a mimarnos y las caricias se volvieron atrevidas. En uno de los besos me sofocó. Ella tuvo la idea de situarse sobre mí y el colchón abrió sus fauces y sentí desaparecer. Fue como aquella vez de niño, estando en el río, caminando cerca de la orilla, pisé una enorme hondonada y me sumí. No podía respirar.

Abrí los ojos y su cabello estaba en mi nariz. Intenté respirar y no pude. Su cuerpo, su cabello, sus labios sobre mí y el colchón tragándome. Logré hacerla a un lado sin ser brusco, aunque lo fui, y me rodé hacia el suelo. Me paré tratando de respirar. “Es la altura”, dijo ella. “La montaña”, dije yo. Me senté en una silla y de reojo veía las sábanas de seda, y me dije que yo no mimaría en aquel colchón.

Un Bar cerca del mar de Rubén García García

Sendero

Acaso fue una mano húmeda quién la acarició del pelo, ¿y los dos brazos en sus caderas? Iba a protestar, cuando un muñón la mimaba con destreza dándole un placer fuera de este mundo. Se deslizó en un tobogán que la cimbró de rubor, asfixia y gritos de place. llegó a su casa sin saber nada del furtivo amante. Regresó la película y tuvo un episodio de incredulidad y de risa. ¿sería un calamar? y volvió la risa y río como jamás se había reído.

Cómo decirte de Rubén García García

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Me atrae tu pelo negro que se mece al compás de tu paso. Respiro tu aroma que al viento complace. Me gusta escuchar tu voz de lluvia sobre el tejado. Deseo estar contigo mirando el barco que se hunde en el horizonte. Es una pena verte tomada de una mano fina y larga, y dentro de un auto nuevo, que tu amante lo presume como suyo.

Las puertas de Rubén García García

Sendero

La tía Gertrudis le incomoda que una de las puertas de la alacena la dejen abierta. ¿¡quién fue!? Y el tono de su voz casi llega al grito. En la noche, cuando me da mucha sed, paso por su dormitorio y la puerta no está cerrada.

La alacena debe de estar siempre cerrada porque si no se meten las pipiliacas y se comen el chile con el que ella guisa el mole. La de su recámara no sé, quizá siente miedo. Tiene dos años que murió mi tío. A veces la escucho gimotear y creo que está llorando.

Quedé huérfano y me dio un lugarcito. yo soy el mero mero para hacer los mandados. Mis primos dicen que soy el “traidor”

—¡Flaco, flaco! ve con don Demetrio y pides un kilo de bistecs y medio de chorizo. —Buscó el dinero y no lo encontró.

—Dile que te lo apunte, que luego voy y se lo pago.

—Me dijo el carnicero que más tarde pasa a cobrarle.

Hizo un gesto de rechazo y luego la cambió a una sonrisa forzada.

Yo no vi que don Demetrio llegara ni por la tarde, ni por la noche. Algunos susurros escucho, otras como si llorara cuando voy por mi jarro de agua a la cocina.

Lo que sé, es que nunca falta en la mesa un trozo de carne. Aun la escucho: «No desperdicien nada, ni le den la carne al gato, que no me la regalan»

Cuando amo me vuelvo frágil de Rubén García García

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El camino tiene una alfombra de hojas. Ella, al pisar amolda su pie, él hace el ruido de una escoba. Es una tarde fresca.

— Cuando despierto pienso en vos.

— Gracias. Yo me arremolino en la cama y trato de relajarme y después le doy gracias a la vida mientras me baño.

— ¿Qué día desayunamos juntos, como hace treinta años lo hacíamos?

— ¡Buenos momentos! En honor a la verdad, tuve un buen mentor

— Es que tenía una alumna bella e inteligente.

—Tuviste muchas, siempre te rodeaste de alumnas. Me agradaba tu don de gente.

— Yo me enamoré de ti.

— Te enamoraste de muchas.

— Deseaba que camináramos juntos.

— Tú deseabas una mujer que te siguiera.

— Me imaginaba leerte en la intimidad del hogar.

— En ese tiempo a mí me gustaba conocer y trabajaba para comprar mis cosas y ayudar a mis padres. No me gusta depender de nadie.

— Pero, nos amábamos.

— Yo te admiraba

— Te hubiese conquistado.

Ella se queda en silencio y mira a la lejanía.

— Me conquistaste. Pero nunca te diste cuenta. Tal vez pensaste que era una broma, no lo sé, Te lo hice saber. Fue un instante que la alegría de tenerte rompió en ola y sofoqué un momento mis deseos de fuga. ¡Joder! te tardaste. cuando decidiste sólo quedaba la espuma sobre la arena.

—poco después te propuse matrimonio.

—Todo tiene su tiempo. Recién había terminado la licenciatura. —Te diré que me vuelvo una mujer frágil cuando amo. Y tú jamás te diste cuenta. —Regresemos mi buen amigo, el viento arrecía y las nubes se ven amenazantes. Tus hijos están lejos y la única que viene a verte soy yo. Es mi manera de agradecerte. Dentro de una hora estaré marchando para apapachar a mis nietos y si no te apuras te quedarás sin cenar con tus amigos que tienes en el asilo.

Tocan de Rubén García García

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Me golpean los pulsos. Es él. Sé bien que no viene a darme las buenas noches…

Hace unos días servía la comida a los vaqueros. Me fije en sus manos grandes y callosas, parecía pinzas. Me miro con sus ojos oscuros y sonrió. Ayer casi derramo la sopa al sentir el brillo de su mirada. En la cena me hizo una seña: balanceó el puño como un martillo. Era claro…

Tocan quedo. La noche es oscura y fría y mi corazón hierve. Él es el novio de mi tía. Es algo parecido al miedo, pero no es miedo. Es miedo al deseo, de sentir su mano tosca. Tiemblo y las piernas no me obedecen. Es la tercera vez que lo escucho. La luz de la vela chirria y afuera ulula el búho

Me muevo con torpeza; me decido y entreabro la puerta.

Ya no está. Fue él, percibo su aroma de campo y sudor agrio. Mañana saldrá muy temprano a dejar un hato de ganado, y regresará por la noche, y sé que tocará a mi puerta.

La angustia doméstica de Rubén García García

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La alborada huele a color de rosa y humedad de hojas. Abro los brazos y lleno mis pulmones de oxígeno. Después de algunos intentos pude abrir la puerta del departamento. Desperté con una resaca cerca del mediodía. Había un recado: «en la cocina hay un caldo de pollo con hierbabuena y en la heladora tres cervezas. El baño está preparado. Fui con mi madre, a mi regreso hablamos de lo que dijiste dormido»

La albercada de Rubén García García

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Los hijos de ambos matrimonios retozaban en la piscina. Las mujeres se dieron cuenta y de inmediato ordenaron a sus hijos que se salieran. Romeo, el hijo del matrimonio A, llevaba un lunar en forma de coma en la nuca. Julieta la niña del matrimonio B lucía un ala de mariposa a un lado de la axila. Misma marca que llevaban sus papás. Todo normal si los lunares se hubiesen ubicado en la casilla correspondiente.

La noche larga de Rubén García García

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Es tibia la madrugada. En el silencio se oye el crepitar. Daba por hecho que después de la cirugía de columna en veinte días caminaría como un niño que se suelta de la mano de su madre y corre. No sucedió. Quizá un esfuerzo de más y el lomo se hizo frágil. Para mover mi espalda me apoyaba con los codos y trataba de encontrar otra ubicación que me diera reposo. Tenía que pedir ayuda y mi compañera estaba en tan profundo sueño que desistí. Cerré los ojos y abrí los oídos y escuché a lo lejos el barullo de la gente jugando a la lotería: «el gallo, el pájaro, la escalera…» y me hice el sordo porque sé que después de la muerte seguía la calavera. Desperté empapado de sudor y al lado mi esposa que me decía «como vi que estabas tapado hasta la coronilla, me supuse que tenías frío y te cubrí con dos frazadas más»

No ejerzo de conciliatore de Rubén García García

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Convino con los secuestradores que les daría el doble de lo solicitado, siempre y cuando ya no la regresaran. Ella duplicó la oferta si desaparecían eternamente al esposo. El mafioso aceptó el dinero de ambos y a ella la dejaron viva aduciendo: «¡Quién soy yo, para meterme en la privacidad de una pareja!»

El viejo pozo de Rubén García García

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Cayó la niña al pozo. Ocho días después, se despertó. Los padres dejaron de sonreír cuando ella preguntó ansiosa ¿Dónde está mamá Lucha?, nadie se llamaba así.