Todos los días llegaba Narciso a mirarse en las aguas del río. Tal vez, no tenía con quien jugar, y platicaba con su niño interior. O, padecía de alguna inconformidad. Yo lo amé, desde que lo vi, se veía tan desprotegido, que siempre lo arropaba con mi sombra. Aquella tarde gris, enloquecido por su destino, en que el rio corría con pereza se hundió para nunca volver. Desde entonces no he parado de llorar.
Tu mujer salió corriendo, sabía que no tardaría el tantán de las campanas y se fue tan de prisa que ni adiós dijo. Mientras piensas en el gato, este aparece corriendo tras un ratón que se esconde en la maleza.
Te encuentras en el corredor. A esa hora coincides con el viento de la tarde y disfrutas de la serenidad. La residencia susurra silencio, el cual se rompe cada vez que tu cuerpo se balancea en el sillón de mimbre. Te gusta sumergirte en el recuerdo de tus logros, pero ahora, en tu parpadeo, también han llegado los atributos oscuros de tu ser. Recuerdas aquella vez que el líder te ordenó como un capataz a su criado, y otra ocasión en que el gobernador le acarició las nalgas a tu mujer. Siempre repites que «el fin justifica los medios», aunque tu mujer te miró indignada, tú te hiciste de la vista gorda.
¡Ah, lo que no has soportado! Ahora, eres tú quien lleva la batuta. Aunque siempre te dices que «nada es para siempre», llevas años aferrándote al poder como un bebé que no quiere soltar su mamila.
Ayer, debido a una distracción del jardinero, tu enredadera preferida fue mutilada. Enfurecido, lo despediste y te negaste a pagarle los días que había trabajado, apropiándote de su machete. Con tu pulgar, acariciaste el filo hasta llegar a la punta. «Para que se le quite lo pendejo», murmuraste.
La inmensidad de tu cuerpo se balancea con regocijo en la poltrona. ¿Has notado que tus olvidos se han vuelto frecuentes? ¿Dónde dejaste el machete? Cierras los ojos, te impulsas con el pie y el mueble se balancea al extremo, rompiendo el silencio con un crak. La poltrona cae, tu cuerpo cae, y algo frío penetra con profundidad por un costado de tu cuerpo. Ahora, ya sabes dónde dejaste el machete. Es cierto, lo recargaste con la empuñadura hacia arriba, pero ¿quién lo volteó? Entre sueños, te llega la voz de la hija del campesino que vino a suplicarle a tu mujer que le volviera a dar trabajo a su papá. Las campanas dan la última llamada a misa, y el gato acude a ti con un ratón entre los dientes.
El “Rumba”, pasada la medianoche regresó a su casa. En la última jugada tuvo la corazonada de que ganaría y apostó los cilindros de gas. Fiel a su palabra fue por ellos a su casa y pagó su deuda. Por la mañana sacó de su escondite unos billetes y antes de que se levantara su esposa, le dijo «vístete, iremos a la barbacoa» Cuando regresaron, la mujer se percató que no estaban los cilindros y llorando le contó a su esposo. Adormilado le contestó «la delincuencia no descansa , y se quedó profundamente dormido.
Siento que tengo mucho de jardinero, si veo que las plantas están espigadas, con retoños y bailando con el viento, me complace. Por la mañana, mi esposa, mis hijos y nietos trajeron una rosca de reyes y convivimos; jarro de chocolate en ristre. Mis hermanos se hicieron presentes, y mis compañeros de todo el mundo me han felicitado. Sonrío y extiendo mi palabra para acercarme y darle las gracias a la vida por llegar a la edad de 78 años, que, desde este montón, todo se resume en amarse a sí mismo, para amar a los demás. No volveré a la montaña, he llegado a la planicie y un día toparé con tierras movedizas. En el recuento, he ganado; me sigue una pandorga y en la bolsa, tintinean las canicas.
Fue la noche del 31. Cenábamos en el balcón en silencio. A lo lejos escuché una bandada de truenos, que eran tartamudeos de una Ak47. La bala en su caída lo encontró y en la primera hora del nuevo año me convertí en viuda. Quedó con sus manos caídas y la cabeza ladeada como manecilla de reloj que se ha quedado sin cuerda. Brindé a su lado por el nuevo año que inicia; y seguí degustando el postre de zarzamora. Mañana será un día agitado, me dije, y antes de hablar al teléfono para reportar, me recosté en el sofá.
Regresaba poco después de las diez de la noche. «¿Recuerdas que te gustaba caminar por la zona rosa con el deseo de un encuentro inesperado? Escuchabas el taconeo de tus zapatos y te detenías antes de llegar al departamento, donde la tía y las primas dormían. Con tiento metías la llave en la cerradura. No prendías la luz e ibas como gato ciego hasta llegar a tu recámara». ¡Claro qué tenía que hacerlo! Uno de arrimado es siempre arrimado.
Estoy quitándome la ropa, acomodándola para que no se arrugue. «¡Chamacas, no ensucien tanta ropa! ¡La señora que plancha no vendrá en un mes!», desde mi cuarto escuchaba a la tía. La luz de la noche aluzaba la sábana blanca de lino que el tío había pasado de contrabando. Me tendía en la cama, recto, como muerto estirado, evitando que se arrugara el lino. Pienso en Alicia, en aquella compañera de la secundaria de pechos generosos. «¿Aquella que te mandó a la chingada?» La misma. La imagino a mi lado y mi amigo se inquieta. «¿Cómo madres ibas a saber que aquel ángel, a quien le rendías honores con tu instrumento, un día llegaría a tu lado en condiciones precarias? ¡La vida es cabrona!’»
Terminada la faena, voy al baño y orino con un chorro grueso, caliente y bajo la palanca con fuerza, escuchando el hipo violento del wc. Sonrío, pues ese ruido nadie lo puede evitar. Con el agua se van mis tensiones y regreso enfundado en el pijama, dispuesto a dormir con una sonrisa.
¿Te desperté? tu cuerpo se tensó al escuchar el rechinido de la puerta. Por un instante abrió los ojos, pero volvieron a cerrarse,-suspiré aliviado. Ya se fueron los días en los que disfrutábamos las ciruelas, que solíamos compartir en el mismo plato. Ahora te veo, pero no estás; ya no encuentro mi reflejo en la pupila de tus ojos. Caminas a mi lado como si no estuviera presente. ¿Quién ha cavado en nuestros cuerpos y solo ha dejado la soledad? Nos hemos convertido en cascarones de carnaval, aquellos que al final de la fiesta quedan derramados. Tal vez el hijo que alguna vez deseamos leyó que era mejor volverse una estrella fugaz.
Se tallan, se miman, se regodean. Pasaron muchos años—quizá siglos— para encontrarse en las orillas del río. Por la mañana llega un niño, toma una de ellas y sin mirarla la tira viendo como hace giros sobre los reflejos del agua.
Por más que la procuran, su salud es precaria y ha disminuido el brillo de sus ojos. Su abuelo, para distraerla, la llevó a la feria. ¡Sorpresa!, ella abrazó a un Santa Claus y sonrió. Ivi es su único familiar, y oír su risa es contemplar un día luminoso en el invierno. Dueño de una cadena de casas comerciales, le ofreció oro y plata para que estuviera al lado de su nieta, «Si quieres más, dímelo». La niña le dijo al oído: «no se lo has pedido por favor».
El Santa Claus de la feria le dijo que aceptaba, siempre y cuando el abuelo estuviera presente y si se diera un cambio en la niña; hablaría del dinero. Un mes después, la niña jugaba, comía y ya escribía sobre magos, hadas y flores.
En privado, le dijo: «Me debe la mitad de las ganancias que haya tenido en el año», le dio un número de cuenta y se fue.
El abuelo no cumplió el compromiso. Un día, la niña desapareció sin dejar rastro. El magnate movilizó a la policía de todo el mundo. La foto de la niña se reprodujo en periódicos, televisoras e internet. Nadie sabía de ella. Nadie dio informes sobre el paradero del Santa Claus de la feria. Cada día que no escuchaba la risa de ella, una montaña más se encaramaba en su corazón. La soñaba con harapos pidiendo limosna y la voz de ella en su oído: «¡ayuda abuelo!, ayuda». La policía le informó que no había rastros de él. Esa noche la miró jugando en un callejón y dentro de una vecindad. Se despertó húmedo de sus mejillas sin que después conciliara el sueño.
«Oh Dios las pirañas muerden el alma de mis huesos, cómo pude ser tan vil y dejarme llevar por mi afán de tener más» Ya ordené que transfirieran y en el banco dicen que esa cuenta no existe. ¡Ivi, dónde estás!
Los días previos a la festividad mayor estuvo comprando juguetes, abrigos, frazadas y girando invitaciones. Su mansión, que por años fue una fortaleza, abrió las puertas a todos los niños y sus padres para festejar la Nochebuena. Los niños de toda la ciudad se fueron cantando villancicos de navidad, cada uno abrazando a su juguete.
Esa noche, en el entredormir, escuchaba su voz tan diáfana, tan clara que se despertó con un gemido. Seguro que era otra mala broma de la vida; intentó dormir. Sintió en el rostro las manos de ella, como aquellas veces que por la mañana llegaba a su dormitorio a despertarlo. Fue tan real que abrió los ojos y estalló en sollozos al abrazarla. La voz de Ivi, acariciándolo, le decía: «te quiero mucho, abuelito».
En la madrugada, hablaba con el músico Mardonio. El viento filoso de la serranía traía un olor de elotes tiernos.
—Tu mujer está muy delicada, el niño está atravesado en su panza. Hay que trasladarla a un hospital. Hay que operarla.
—No tengo dinero, doctor. Usted sabe lo que ganamos y lo caro que es una operación. Además, ¿Cómo la llevamos?
Me quedé en silencio, tratando de digerir lo que dijo. El vaho del aliento se ocultaba en la niebla. Su pregunta se sobrepuso a la primera que me había hecho.
—Dígame, médico, ¿podemos hacer algo?
Tardé en contestar. Ya uno que otro gallo cantaba.
—Corremos el riesgo de que se muera —le dije.
—Como quiera se va a morir, doctor.
«¡Qué poca madre! Tiene dos hijos más que van a la primaria. Y poco le importa que su compañera se muera. Me mordí el labio para no insultarlo. Le vale madre los quejidos de ella. Si él tuviese entre sus tripas un niño atravesado luchando por salir, y que cada vez que se mueve sintiera el filo de un cuchillo». La voz aguda y aflautada me volvió.
—Mire, médico, si decido llevarla, hay que armar una parihuela, pedirles a los compadres que me ayuden a cargar a la enferma. Son seis horas de camino hasta el río. Si está el lanchero, cruzaremos rápido. Llegar a la carretera, buscar quien nos lleve en el vehículo al hospital; a buen paso son dos horas. Esperar a que te atiendan, que bien sabe usted, que a la indiada ni caso nos hacen. Y si se me muere allá, ¿cómo la traemos?, de que se muera allá, mejor que se muera aquí…
Lo dijo como si me estuviese dando la instrucción de cómo cocinar un conejo. Escupí al viento y moví la cabeza. Entré de nuevo a la vivienda a enfrentarme con algo que solamente había leído en los libros y en la vos de un viejo maestro.
Mardonio era el encargado de tocar el violín en los velorios; tenía tanta cercanía con el murmullo del rezo y el aroma triturado de las flores. Iba con la mujer cuando escuché su voz desafinada: «Allí se la encargo, doctorcito».
En la densa oscuridad se prendieron las respiraciones, la boca del hombre iba y venía y ella se dobló mirando sus rodillas. Las respiraciones goteaban y el quejido del placer se confundió con el chillido de una paloma. El fuego corrió por las laderas tibias de las ingles hasta ser una mansa chispa.
La casa está sola, se siente sola. El enorme mango no se mueve. El sopor asfixia. Hago llevadero el instante con tragos de cerveza fría, y ráfagas del ventilador. La estridencia proviene de la fiesta que da el vecino. Tiene tres días que no estás. “tres días sin verte mujer” Te llevaste el ruido de los trastes, la tonadilla de “Chente” y “juanga”, el taconeo de tus pasos en la madera, el aroma de hierba en tus cabellos, el sudor de tu axila… hay un enorme vacío que nadie lo llena. Mi esposa se va mañana con su mamá.
Inició con su voz de remilgo, sabía que algo no marchaba bien.
—Te cuidas exageradamente. Tomas café descafeinado a la misma hora con galletitas de la sierra. Visitas al jardín, más tarde das tu caminata habitual con Tobi.
—Si, si todo eso hago, ¿a dónde quieres llegar?
—Eres muy predecible, si te quisieran hacer daño, lo harían fácilmente.
—¿Entonces para qué estás?
—Para cuidarte. Ahora tienes cuarenta años y desde que tienes conciencia siempre haces lo mismo. El único día que tuviste acción fue cuando fuiste a la biblioteca. Ya me cansé y estoy pensando en solicitar un cambio. «cuidar a este sujeto es tan tedioso que contar la arena del Gobi”». Necesitas incorporar a tu vida un suceso que rompa con tu monotonía.
«Este ángel de la guarda tal vez quisiera que fuese un Chapo Guzmán; me gusta vivir sin sobresaltos».
Lo convencí de contarle mis secretos y que se acercara, que me tuviera paciencia. Mis palabras murmuraron en su oído y mi piel rozó el nacimiento de sus plumas. Toda la noche se quedó a mi lado.