Los mangos de Rubén García García

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Aquella vez, en el patio de su casa, le dije a la Cristina que el mango de don Nicolás estaba a reventar, que todavía teníamos tiempo de ir a cortar. «Ya es muy tarde», «No lo es», «Y si llega mi mamá y no me encuentra, me deja sin cabellos», «No. Vi que se llevó su librito de rezar y estará ocupada con el difunto», «¿Estás seguro?», «Claro que lo estoy, pues mi mamá también fue al velorio. Así, mientras me subo al árbol, los corto y tú los cachas».

Eso se lo había dicho tres meses antes. Días después de haber hecho el corte, dejó de hablarme y me evadía. Aquella vez que salimos de clase, me dijo que me esperaba bajo el mango, ,

Teníamos la misma edad y en la escuela nos llevábamos bien; por eso algunas veces hacíamos la tarea en su casa o en la mía. Y, cuando terminábamos, sonreíamos a la menor provocación. La Cristina me gustaba para novia.

Esa tarde cortamos mangos de un amarillo radiante y nos ganó el deseo de comerlos. Le hincamos toda la dentadura. Sonreíamos y sonreíamos porque a ella y a mí se nos escurrían hilos dorados que llegaban a la barbilla y al cuello. En un impulso, se los quité del mentón y me dejó seguir como si ella fuese el mango. Se hacía de lado, pero fue cediendo y llegué al cuello y más abajo. Después me quité la camisa y me embarré de pulpa y le dije: «Te toca a ti …». Pensé que no iba a querer, pero sí quiso. Después destripamos más frutos. Y, con la lengua y los labios, sorbíamos el dulce arroyo que regaba nuestros cuerpos. Regresamos sin mangos.

Bajo la sombra del árbol le reclamé a la Cristina que por qué no me hablaba. «No me hagas caso, ya te platicaré». Entonces, la tomé de la cintura y la besé. Ella no dijo nada, pero al tocarle sus pechos saltó hacia atrás y dijo que no, que estaba asustada y ahora contenta porque la regla ya le había bajado, aunque con muchos dolores, que mejor la viera en el patio de su casa en tres días, que sus padres se irían a la ciudad a visitar a un compadre. Antes de despedirme me dijo al oído: «Cortas mandarinas».

En el vestidor de los médicos de Rubén García García

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Anexo a los quirófanos se ubican los vestidores médicos, sitio de enormes tensiones, los que estamos como aprendices, nos limitamos. El paciente era un niño de cinco años con un tumor alojado en faringe. El anestesiólogo con ojos de raya y espejuelo. Él normalmente serio, ahora parecía más. Se cambiaba sentado en una esquina, alejado de los demás. El cirujano se la había pasado contando situaciones jocosas que festejábamos y se cambiaba de pie en una esquina contraria a la del anestesista. Hubo un momento en que nos quedamos callados. El otorrino se despojó de los pantalones, al mismo tiempo, el anestesiólogo sentado, hacia lo mismo. Cuando escuchamos del otorrino y cirujano «ay ay ay», amanerado y reculando hacía donde estaba su compañero y exclamando «¡Ay… ay qué me vas hacer…!, qué me vas a hacer», hasta que se topó con las piernas de su colega. Rompimos en carcajadas. Él se puso de mil colores mientras el otro imitaba movimientos copulatorios y seguía con su vocecita amanerada “qué me vas a hacer”, “qué me vas a hacer” Instantes después se paró y serio le dijo: «ánimo colega, deje esa cara, que vamos a salir bien de la cirugía».

La voluntad del insomnio de Rubén García García

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alió al patio. Pasaban de las tres de la mañana y era el tercer día que no podía dormir. Había tomado de todo, desde remedios caseros hasta las grageas del homeópata. Cuando los bostezos llegaban, se tiraba a la cama y el sueño desaparecía. En la séptima madrugada sacó del cajón una pistola, y se voló la tapa de los sesos. A través del cristal del ataúd reconoció a la araña, que se columpiaba indiferente al murmullo de los rezos, y era la misma que él veía, mucho antes de que pensara en meterse una bala.

Juana de Rubén García García

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El chipi chipi transforma los caminos en lodazales. Es el invierno, donde los días se alargan. Mi auxiliar, una muchacha de la comunidad, conoce a toda la etnia y gracias a ella la gente me va conociendo. Amen de que el consultorio es un paso obligado para llegar al centro del pueblo.

Juana vende tamales que trae desde su comunidad y llega sucia de los zapatos y con el vestido salpicado de lodo. Angela, que es el nombre de mi auxiliar, me dice que si le doy permiso a Juana de entrar al baño. Cuando sale me percato de que se ha lavado pies y piernas, en sus mejillas tiene una fina capa de polvo, sus labios tienen el color de la granada y su cabello negro y peinado. Lleva otras sandalias con un pequeño tacón. Juana se transformó en una adolescente hermosa.

Un rato platicaba con Ángela. ¿qué se dirán?, no lo sé, Le dije a mi secretaria: «se me hace que Juana anda de novia» y ellas volvían a la plática y sonreían con malicia. A Juana se le forman dos hoyuelos a uno y otro lado de la boca y sus ojos negros dejan ver sus pestañas rizadas.

Más tarde le pregunté a mi auxiliar que habían platicado. Y mi secre sin mirarme me dijo «le dejó dos tamales para que almorzara». Meses después tomando café supe lo que platicaron. Me dejó sin palabras y la mocita recién adolescente es de armas tomar.

Infarto postmorten de Rubén García García

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Si Romualdo Godínez hubiera leído el epitafio de su tumba con seguridad iría hasta su domicilio para reclamarle a su esposa, que tuvo la osadía de la siguiente inscripción: «A mi marido, al año de su muerte. De su esposa, con profundo agradecimiento»

Siempre me hizo a un lado de Rubén García García

Despacio entró a la cueva, solo oscuridad, algún rumor de agua, o algún gemido distante. En las tripas parecía tener una carrera de autos y empezó a inflarse. «algo te hizo daño» reconoció la voz de su esposa. «fue la crema de vainilla» Creyó asentir con la cabeza y luego llegó la absolutez de la nada. «Nunca me hacía caso, se carcajeaba cuando le dije que lo iba a matar» platicaba la mujer consigo misma, mientras repartía licor de frutas en el novenario.

La mano de Rubén García García

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La mano era fría, y se sentía pesada sobre su cadera. No era una mano humana, seguro que no. Era una pesadilla, eso era todo. Pero la mano seguía allí, y ella no podía despertar. Intentó gritar, pero estaba atrapada en su sueño. La mano se cerró sobre su cuello y empezó a apretar. El mundo se fue oscureciendo a medida que la mano la violentaba… Recordó su vida. Escuchaba los aplausos, los abrazos y un día se dijo «de que sirvió todo. Es un día más, rodeada de la misma mierda». Luego el disparo certero y fatal en su recámara. Así volvía a la paz, recordando la noche de su muerte.

Judith, fragmento de un diario

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En el baño de niñas había una palabra que nunca le encontré sentido. Estaba en el dintel de la puerta la palabra «cógeme».  Antes de los quince años lo supe, pero era una palabra hueca. Como una cascara de cacahuate.

Hace dos meses la dije.

La fiesta de Rubén García García

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Ayer casi se fundieron las piedras del río difunto. Marchitos estaban los “mocos de guajolote”. El cielo borroneado de oscuridad se prendió por los relámpagos. Un rayo en la seguía. Y después de los truenos cayeron chorreras por dos días sin parar. Los niños que nunca habían visto llover corrieron asustados buscando las enaguas de la madre. Enloquecidos por el agua, el pueblo desnudo bailaba y las parejas retozaron como gusarapos. Los ancianos dejaron las sillas y se encendieron como cocuyos. La vieja laguna, que solo los centenarios recordaban, volvió con espejos. Tres días duró la fiesta. Se fue el agua y solo quedó el pueblo árido, tan polvoso como un fantasma.

Incertidumbre de Rubén García García

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En el sueño la encontré dispuesta, una mano alisaba un rulo y bajo su camiseta de dormir la huella de su pezón. Cerca de la media noche abrió una hoja de la puerta y la luz del candil me permitió. Estaba esperándola. Frente a la madre tuvimos un diálogo con los ojos e inferí su visita. Lo que nunca supe es si la amé, o me enterró una daga.

Dolor de Rubén García García

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Sentado en el risco veo la infinitud del mar. Te digo Susana que estar sin ti me pone a la deriva. Te busco y es un pedregal el cielo. Es un infierno saber que no vives conmigo y que el muerto soy yo.

El regalo de Rubén García García

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Todos los días mi padre va por mí. Hoy salí temprano y en vez de esperarlo fui a su negocio. Cuando él desliza su mano por el talle de la empleada se da cuenta de que yo lo veo. Estoy en mi cuarto y no puedo dejar de pensar. ¿le digo a mi madre? Me repito que son figuraciones mías, que a lo mejor estoy pensando lo que no es y que al decirle a mi madre, siendo ella tan arrebatada, no sé lo que podría pasar. ¿Y si se separan?, siempre he sido para él su princesita, ¿cómo sería mi vida sin su cariño? Mi padre me procura. Me da lo que necesito, me lleva de vacaciones. Tampoco me imagino tener un padrastro. “Su mejor amiga es su madre”, eso dice mi maestra: “deben de contarle todo”. Eso es cierto, ¿quién me puede querer tanto como ella?, pues nadie… pero, ¿contar lo que vi?

—No se lo merece, —exclamó mi madre, sus calificaciones dejan mucho que desear.

—Es para que se aplique más. —dijo el padre y me dio la caja que contenía el móvil que semanas atrás le había pedido.

¿te ha gustado tu regalo? Me dijo días después.—No tanto, le contesto y se lo devuelvo. No es el que te pedí.

Nada personal de Rubén García García

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Los recién nacidos tienen tres meses con una feliz convivencia materna. Al siguiente día son llevados a los maternales, privándoles de la leche dulce de la teta de su madre. No hay porque espantarse, si ellos ya de adultos, firman para llevarnos al ancianatorio.

La custodia de Rubén García García

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Mi ángel de la guarda trabajó bien hasta mi niñez. En mi adolescencia fue peor que mi madre, siempre detrás como perro faldero. Me dejaba sola cuando me bañaba, pero estaba pendiente a un costado de la puerta. De púber me gustaba encaramarme a los árboles y deslizarme presionando mi pubis sobre la superficie rugosa y me reprendía, que si era yo marimacho, que eso no estaba bien para una señorita decente. Nunca vio mi cara de placer al tocar tierra. Yo no sabía por qué lo disfrutaba, pero lo disfrutaba. Ahora lo sé, pero es insuficiente.

—¿Te pasa algo? —preguntó mi ángel cuando escuchó que suspiraba.

—Nada, es por lo frío del agua.

Abrí la llave del agua caliente. Y… ¡Sorpresa!, en medio del vapor apareció un fauno, de esos que corretean a las ninfas, y yo no tenía para dónde correr…

—¿Te pasa algo? —me preguntó al escuchar mis gemidos.

— Nada, nada… —le dije con voz entrecortada—. Es que el agua ahora está muy caliente.