Si Romualdo Godínez hubiera leído el epitafio de su tumba con seguridad iría hasta su domicilio para reclamarle a su esposa, que tuvo la osadía de la siguiente inscripción: «A mi marido, al año de su muerte. De su esposa, con profundo agradecimiento»
Despacio entró a la cueva, solo oscuridad, algún rumor de agua, o algún gemido distante. En las tripas parecía tener una carrera de autos y empezó a inflarse. «algo te hizo daño» reconoció la voz de su esposa. «fue la crema de vainilla» Creyó asentir con la cabeza y luego llegó la absolutez de la nada. «Nunca me hacía caso, se carcajeaba cuando le dije que lo iba a matar» platicaba la mujer consigo misma, mientras repartía licor de frutas en el novenario.
La mano era fría, y se sentía pesada sobre su cadera. No era una mano humana, seguro que no. Era una pesadilla, eso era todo. Pero la mano seguía allí, y ella no podía despertar. Intentó gritar, pero estaba atrapada en su sueño. La mano se cerró sobre su cuello y empezó a apretar. El mundo se fue oscureciendo a medida que la mano la violentaba… Recordó su vida. Escuchaba los aplausos, los abrazos y un día se dijo «de que sirvió todo. Es un día más, rodeada de la misma mierda». Luego el disparo certero y fatal en su recámara. Así volvía a la paz, recordando la noche de su muerte.
En el baño de niñas había una palabra que nunca le encontré sentido. Estaba en el dintel de la puerta la palabra «cógeme». Antes de los quince años lo supe, pero era una palabra hueca. Como una cascara de cacahuate.
Ayer casi se fundieron las piedras del río difunto. Marchitos estaban los “mocos de guajolote”. El cielo borroneado de oscuridad se prendió por los relámpagos. Un rayo en la seguía. Y después de los truenos cayeron chorreras por dos días sin parar. Los niños que nunca habían visto llover corrieron asustados buscando las enaguas de la madre. Enloquecidos por el agua, el pueblo desnudo bailaba y las parejas retozaron como gusarapos. Los ancianos dejaron las sillas y se encendieron como cocuyos. La vieja laguna, que solo los centenarios recordaban, volvió con espejos. Tres días duró la fiesta. Se fue el agua y solo quedó el pueblo árido, tan polvoso como un fantasma.
En el sueño la encontré dispuesta, una mano alisaba un rulo y bajo su camiseta de dormir la huella de su pezón. Cerca de la media noche abrió una hoja de la puerta y la luz del candil me permitió. Estaba esperándola. Frente a la madre tuvimos un diálogo con los ojos e inferí su visita. Lo que nunca supe es si la amé, o me enterró una daga.
Sentado en el risco veo la infinitud del mar. Te digo Susana que estar sin ti me pone a la deriva. Te busco y es un pedregal el cielo. Es un infierno saber que no vives conmigo y que el muerto soy yo.
Todos los días mi padre va por mí. Hoy salí temprano y en vez de esperarlo fui a su negocio. Cuando él desliza su mano por el talle de la empleada se da cuenta de que yo lo veo. Estoy en mi cuarto y no puedo dejar de pensar. ¿le digo a mi madre? Me repito que son figuraciones mías, que a lo mejor estoy pensando lo que no es y que al decirle a mi madre, siendo ella tan arrebatada, no sé lo que podría pasar. ¿Y si se separan?, siempre he sido para él su princesita, ¿cómo sería mi vida sin su cariño? Mi padre me procura. Me da lo que necesito, me lleva de vacaciones. Tampoco me imagino tener un padrastro. “Su mejor amiga es su madre”, eso dice mi maestra: “deben de contarle todo”. Eso es cierto, ¿quién me puede querer tanto como ella?, pues nadie… pero, ¿contar lo que vi?
—No se lo merece, —exclamó mi madre, sus calificaciones dejan mucho que desear.
—Es para que se aplique más. —dijo el padre y me dio la caja que contenía el móvil que semanas atrás le había pedido.
¿te ha gustado tu regalo? Me dijo días después.—No tanto, le contesto y se lo devuelvo. No es el que te pedí.
Los recién nacidos tienen tres meses con una feliz convivencia materna. Al siguiente día son llevados a los maternales, privándoles de la leche dulce de la teta de su madre. No hay porque espantarse, si ellos ya de adultos, firman para llevarnos al ancianatorio.
Mi ángel de la guarda trabajó bien hasta mi niñez. En mi adolescencia fue peor que mi madre, siempre detrás como perro faldero. Me dejaba sola cuando me bañaba, pero estaba pendiente a un costado de la puerta. De púber me gustaba encaramarme a los árboles y deslizarme presionando mi pubis sobre la superficie rugosa y me reprendía, que si era yo marimacho, que eso no estaba bien para una señorita decente. Nunca vio mi cara de placer al tocar tierra. Yo no sabía por qué lo disfrutaba, pero lo disfrutaba. Ahora lo sé, pero es insuficiente.
—¿Te pasa algo? —preguntó mi ángel cuando escuchó que suspiraba.
—Nada, es por lo frío del agua.
Abrí la llave del agua caliente. Y… ¡Sorpresa!, en medio del vapor apareció un fauno, de esos que corretean a las ninfas, y yo no tenía para dónde correr…
—¿Te pasa algo? —me preguntó al escuchar mis gemidos.
— Nada, nada… —le dije con voz entrecortada—. Es que el agua ahora está muy caliente.
Vivo en los hombros de una colina, a un lado hay un camino, que es paso de quienes viven en la cima. A todos los conozco. En los meses de sequía, les digo; “Lleven agua de la chorrera que tengo”, o si tienen un enfermo les presto mis bestias para que lo trasladen al centro de salud. Los de mi edad somos como casas viejas, a quienes no nos les faltan goteras. Ellos me ponen al corriente de los asuntos ejidales o de quienes llegan o se van del pueblo. Ayer platiqué con Artemio y me informó que arribaron varios extranjeros. Uno de ellos vestía de calzón blanco y con un cinturón de grecas. Con seguridad por la tarde estaría en mi casa. Es un viejo conocido de la tierra de donde soy. Por allá la gente son memoriosos y jamás olvidan. Ya no es tiempo de correr. —me dije—, así que preferí de buena vez afrontar el agravio, de cuando él era un púber y yo, un joven impetuoso. Vi como abría la puerta. Un tope hizo que tardara en girar el picaporte. Lo recibí acostado, senil y reumático. Él se encontraba en una joven ancianidad. Su pelo ralo y cano, no correspondía con la felina manera de caminar. Se sentó a un lado de mi cama. Lo vi disfrutar del momento, pero solo insinuó su sonrisa con la luminosidad de sus ojos. Pausada y firme me dijo: «¡No sabes, ¡cuánto soñé con este momento! El cómo vengar la ofensa que me hiciste frente a mi familia. Me avergonzaste, y fue un cuero apestoso con el que viví.». Al tiempo que sacaba una daga con cacha de cuero y bronce. «Es inútil que trates de justificarte. Me daría rabia que me dijeras que te perdone, por compasión, por tu edad. Pensé en darte un solo golpe. —sacó la navaja y le hizo un corte al aire—, he cambiado de parecer; hundiré la daga, hasta el tope, y la moveré de un lado a otro, así te desangraras. En la herida del puñal pondré una cinta, que evite te vacíes y manches la blancura de tu cama». «¿Pero tú te recuerdas lo que hice? yo no, mira que los años nos van borrando la memoria. El hacha del tiempo se lleva desde la basura hasta una alfombra persa. Trataba de armar una plática, calculaba que el veneno que puse en el picaporte no tardaría en hacer efecto, la posibilidad de que yo muriese era mucha, y la de él era segura. Si en cinco minutos él se regodeaba con sus palabras, con seguridad caería, antes de que pudiese herirme. Afuera, la tarde corría y la gritería de los tordos, me decía que no tardaba la noche. Sacó la daga, la vio de uno y otro lado y dijo: a tu muerte tendrás mi perdón. Levantó el brazo y el dolor profundo y plateado hurgaba cerca de mi columna. lo último que vi, fue la mueca de su agonía que sustituyó a su sonrisa. El ladrido de los perros me saltaba de un oído a otro. Luego la voz de mi compadre que me gritaba desde la reja «¡amarre a sus perros compadre!», Después de que se fue, me senté en la poltrona, me pregunté ¿y si llegara?
Durante días soñé con un mar embravecido. Sin que le diera mucha importancia, me empezaba a preocupar. Todo se desinfló cuando me percaté que el gato, ya estando dormido, se acomodaba a un lado de mi cabeza y empezaba a ronronear. Por la mañana, me recordé y me reí sin parar. Se me quitó la risa cuando vi por mi cabecera un mechón de pelos de color rojizo, cuando el “Tato” es totalmente negro.
Asomada por la ventana de un quinto piso, siento la humedad de la llovizna. Abajo hay un desfile de sombrillas, sombreros, gorras. Con empeño encuentro la gorra de Fernando Valenzuela. El bombín de Charles Chaplin. La cazadora de cuadros de Sherlock Holmes. Allá, el de Indiana Jones. ¡Oh my God! el pulóver de Cortázar y la capa de Arreola. Allá, a lo lejos aparece el sombrero de la reina Isabel y al lado, otro de paja, ¿el espantapájaros? ¡No, es Chencha!, ja,ja… porque camina como Chencha. Noooo…¡por santa Catarina! es mi madre y yo ni siquiera he tendido la cama.