Anorexia de Rubén García García

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Tanto tiempo sin sentir sabor que fue un inapetente crónico; cuando le llegó la muerte, ni la muerte le supo.

El búho por Rubén García García

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El búho lava su pico. Se siente agitado por los recuerdos y no dejará que prevalezca su matemático pensamiento. El ayuno es bueno y se quedará en el sauce; no saldrá de caza, tampoco inflará su abdomen para cantar cuando pase la luna.

Se ha levantado una tormenta en su interior, que agita sus emociones y lo incita al recuerdo. Tiene un tic en la cara que parece risa; al tiempo que exhala un suspiro que se esparce en la quietud de las hojas. Agarrado al grosor de la rama, parece, por su forma, un paréntesis forrado de plumas. Siempre ocupado: armando explicaciones al devenir, por lo que encuentra en la soledad una bendición para ejercer su pensamiento lógico.

Tuvo amores pasados que fueron y vinieron. «Las féminas enturbian la claridad de mis silogismos», se decía después de saciar su apetito corporal. Sin embargo, se enamoró de una que no tenía cursos ni recursos. La conoció cuando volaba por el mangal. Atraído por su canto de flauta barroca, sin pensarlo, dejó que sus alas lo llevaran. Nunca se imaginó que aquella búha le quitase la seguridad de tecolote de mundo, parecía recién emplumado mientras ella disfrutaba de su temblor de principiante. Llegaba a la misma hora y juntos disfrutaron de ratón en su jugo a la luz de la luna. La veía aletear alrededor de él. Hubo momentos que lo hacía sonreír, pero a la larga se hizo insoportable. No estaba hecho para el mimo y el dulce y, un buen día, se alejó del mangal.

Voló hasta la ribera del río y el sauce fue su nuevo hogar. Encontró en el filo de la razón el motivo de su existencia y se convirtió en una máquina lógica y creativa. Hoy, sin saber por qué, la recuerda. Acepta que hay fulgores que el pensamiento jamás puede sustituir.

Las nubes se han apartado. La luz cobriza se enreda con el canto lejano de un grillo. El rumor del agua lo humedece y sacude sus plumas en un aleteo que no va a ninguna parte. Se ha ennegrecido la noche y solo persiste el rumor del arroyo,

Él ya no suspira, ahora risotea. La verdad es que llora; no es saludable para su orgullo que pierda imagen y compostura. Y disfrazando su emoción, canta, alarga el tono y se pierde como lo haría un bandoneón.

Todo se parece deRubén García García

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aroma del café salta de casa en casa. La neblina sigue en reposo. En el pueblo de Tlen repiquetean las campanas llamando a misa. La niña de ojos negros se entretiene haciendo dibujos en el vidrio de la ventana que da a la calle. Mira como la niebla se arrastra bajo el manzano y se imagina que es una boa que avanza. Algo más le ha llamado la atención. Es el gato de Juan, su amigo de la escuela, que brinca sobre la serpiente de humo y cae sobre el charco llenándose de barro. Romi explota en una carcajada y recuerda que ayer Juan se tropezó al pasar frente a su casa.

El gato con lodo y su amigo también.

El hombre mono de Rubén García García

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Quítense de la cabeza de que Chita era la mujer de Tarzán!, Chita fue hermana y algo más, nunca su cónyuge.Tampoco llegó como niño extraviado a la selva.

Tarzán era hijo de una mona que fue criada en un pueblo de hombres. Mara se llamaba la mamá. Ella fue rescatada por una macho alfa llamado Kut, que la agregó a su harem. Ella parió cuates, que no gemelos. Uno, es hijo de Kut y el otro de un hombre. Al más débil lo llamaron Tarzán que sobrevivió por la protección de su madre, ya que su hermano era mala leche con él. Chita es su hermana menor a la que cuido con cariño por ser prematura.

Cómo era imposible que el “hombre mono” ganase en una lucha cuerpo a cuerpo contra los machos de la tribu; Chita, muy despierta le servía de celestina y le conseguía las mejores monas a espaldas del tirano Kut.

De la vida que llevó en Londres no sé, solo sé que le gustaba visitar el zoológico por las noches.

Las piedras de Rubén García García

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Se tallan, se miman, se regodean. Pasaron muchos años—quizá siglos— para encontrarse en las orillas del río. Por la mañana llega un niño, toma una de ellas y la tira viendo como hace giros sobre los reflejos del agua.

Lía de Rubén García García

20 de marzo día de la narración oral.

Lia contaba cuentos. El tiempo pasaba sin sentir. Nuestros hijos volaban a tierras de misterio. Lía era un viento fresco y juguetón en aquella cárcel donde habían nacido nuestros hijos. Hijos del abuso y de nadie y de todos.

Freud de Rubén García García

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Toma el puro. lo olfatea. Lo prende. Chupetea y degusta el humo al salir de sus labios. Mira a la docta concurrencia, que atenta sigue el ritual. Golpea sobre la mesa de honor y les dice: colegas, les recuerdo que también se fuma por placer y no sólo por deseos insatisfechos.

Cabeza azul de Rubén García García

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El cotorro de cabeza azul escapó de la jaula. Cuando iba hacía la montaña sintió una mezcla de coraje, celos y ansiedad. Regresó como saeta a su casa. Jamás aceptaría que otro perico le diese de besos a su ama y que ella rascara otra cabeza que no fuese la suya.

Claro de luna de Rubén García García

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Una vez al año la luna se aparta del camino y aluza el bosque y una casa abandonada. A través de la ventana se ve una tertulia, al centro un piano de cola. Se oyen risas, voces que dan paso al silencio cuando interpreta la sonata “Claro de luna”. Al terminar el hombre de la melena y amplia frente agradece los aplausos con una leve inclinación. El resplandor se apaga hasta quedar en la penumbra. La luna vuelve al camino y desaparece entre las nubes.

La santa coincidencia de Rubén García García

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Paula, esposa de Alfredo, llevó a su ahijada al templo, para pedirle al santo niño de Atocha que le diese un compañero. A más de una hora de rezo, de pie frente a la imagen, le dice: «Madrina, estoy cansada». «Descansa, te dejo mi lugar». le contestó.

Seis meses después Otilia ,que así se llama la ahijada se casaba. Paula murió y ella ocupó su lugar.

Consejo por Rubén García García

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Los maestros esotéricos aconsejan que apliques tu ojo a las pequeñas cosas de la vida; si deseas armonía, una cajita de cedro que resguarde el ópalo y el cuarzo es recomendable para tener una buena salud. En días de incertidumbre proponen que no abandones la cueva; solo si es estrictamente necesario. Sugieren que estés pendiente a lo que dice tu oído. Si al descansar por las noches escuchas latidos saltones, huracanes sibilantes o pompas que se rompen en tu pecho será necesario que llames al médico y a una excelente modista para tener a la mano un buen traje que te haga ver elegante y no ser un pobre muerto que sea el hazme reír en tu velorio.

Los mangos de Rubén García García

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Aquella vez, en el patio de su casa, le dije a la Cristina que el mango de don Nicolás estaba a reventar, que todavía teníamos tiempo de ir a cortar. «Ya es muy tarde», «No lo es», «Y si llega mi mamá y no me encuentra, me deja sin cabellos», «No. Vi que se llevó su librito de rezar y estará ocupada con el difunto», «¿Estás seguro?», «Claro que lo estoy, pues mi mamá también fue al velorio. Así, mientras me subo al árbol, los corto y tú los cachas».

Eso se lo había dicho tres meses antes. Días después de haber hecho el corte, dejó de hablarme y me evadía. Aquella vez que salimos de clase, me dijo que me esperaba bajo el mango, ,

Teníamos la misma edad y en la escuela nos llevábamos bien; por eso algunas veces hacíamos la tarea en su casa o en la mía. Y, cuando terminábamos, sonreíamos a la menor provocación. La Cristina me gustaba para novia.

Esa tarde cortamos mangos de un amarillo radiante y nos ganó el deseo de comerlos. Le hincamos toda la dentadura. Sonreíamos y sonreíamos porque a ella y a mí se nos escurrían hilos dorados que llegaban a la barbilla y al cuello. En un impulso, se los quité del mentón y me dejó seguir como si ella fuese el mango. Se hacía de lado, pero fue cediendo y llegué al cuello y más abajo. Después me quité la camisa y me embarré de pulpa y le dije: «Te toca a ti …». Pensé que no iba a querer, pero sí quiso. Después destripamos más frutos. Y, con la lengua y los labios, sorbíamos el dulce arroyo que regaba nuestros cuerpos. Regresamos sin mangos.

Bajo la sombra del árbol le reclamé a la Cristina que por qué no me hablaba. «No me hagas caso, ya te platicaré». Entonces, la tomé de la cintura y la besé. Ella no dijo nada, pero al tocarle sus pechos saltó hacia atrás y dijo que no, que estaba asustada y ahora contenta porque la regla ya le había bajado, aunque con muchos dolores, que mejor la viera en el patio de su casa en tres días, que sus padres se irían a la ciudad a visitar a un compadre. Antes de despedirme me dijo al oído: «Cortas mandarinas».

En el vestidor de los médicos de Rubén García García

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Anexo a los quirófanos se ubican los vestidores médicos, sitio de enormes tensiones, los que estamos como aprendices, nos limitamos. El paciente era un niño de cinco años con un tumor alojado en faringe. El anestesiólogo con ojos de raya y espejuelo. Él normalmente serio, ahora parecía más. Se cambiaba sentado en una esquina, alejado de los demás. El cirujano se la había pasado contando situaciones jocosas que festejábamos y se cambiaba de pie en una esquina contraria a la del anestesista. Hubo un momento en que nos quedamos callados. El otorrino se despojó de los pantalones, al mismo tiempo, el anestesiólogo sentado, hacia lo mismo. Cuando escuchamos del otorrino y cirujano «ay ay ay», amanerado y reculando hacía donde estaba su compañero y exclamando «¡Ay… ay qué me vas hacer…!, qué me vas a hacer», hasta que se topó con las piernas de su colega. Rompimos en carcajadas. Él se puso de mil colores mientras el otro imitaba movimientos copulatorios y seguía con su vocecita amanerada “qué me vas a hacer”, “qué me vas a hacer” Instantes después se paró y serio le dijo: «ánimo colega, deje esa cara, que vamos a salir bien de la cirugía».

La voluntad del insomnio de Rubén García García

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alió al patio. Pasaban de las tres de la mañana y era el tercer día que no podía dormir. Había tomado de todo, desde remedios caseros hasta las grageas del homeópata. Cuando los bostezos llegaban, se tiraba a la cama y el sueño desaparecía. En la séptima madrugada sacó del cajón una pistola, y se voló la tapa de los sesos. A través del cristal del ataúd reconoció a la araña, que se columpiaba indiferente al murmullo de los rezos, y era la misma que él veía, mucho antes de que pensara en meterse una bala.

Juana de Rubén García García

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El chipi chipi transforma los caminos en lodazales. Es el invierno, donde los días se alargan. Mi auxiliar, una muchacha de la comunidad, conoce a toda la etnia y gracias a ella la gente me va conociendo. Amen de que el consultorio es un paso obligado para llegar al centro del pueblo.

Juana vende tamales que trae desde su comunidad y llega sucia de los zapatos y con el vestido salpicado de lodo. Angela, que es el nombre de mi auxiliar, me dice que si le doy permiso a Juana de entrar al baño. Cuando sale me percato de que se ha lavado pies y piernas, en sus mejillas tiene una fina capa de polvo, sus labios tienen el color de la granada y su cabello negro y peinado. Lleva otras sandalias con un pequeño tacón. Juana se transformó en una adolescente hermosa.

Un rato platicaba con Ángela. ¿qué se dirán?, no lo sé, Le dije a mi secretaria: «se me hace que Juana anda de novia» y ellas volvían a la plática y sonreían con malicia. A Juana se le forman dos hoyuelos a uno y otro lado de la boca y sus ojos negros dejan ver sus pestañas rizadas.

Más tarde le pregunté a mi auxiliar que habían platicado. Y mi secre sin mirarme me dijo «le dejó dos tamales para que almorzara». Meses después tomando café supe lo que platicaron. Me dejó sin palabras y la mocita recién adolescente es de armas tomar.