¡No!, ¡no me contradigas! y vas a hacer lo que te digo: nada de detenerse en aparadores, camina por calles poco transitadas y se viene directo a casa. ¡Cómo que quieres visitar a tu abuela!, ni lo mande Dios, en este día el cementerio esta atascado. ¡Me aterra! Y te lo digo yo, que llevo siglos de fantasma.
Me desperté sin piernas, si acaso dos muñoncitos. Repté hasta la patineta de mi hijo y salí a buscar mis piernas. Un chamaco se subió y pese a mis protestas me dijo que si quería mis extremidades habría que ir a buscarlas. Era un experto, así que recorrimos la ciudad y ya en la desesperanza salió del circo un sujeto que llevaba a la basura unas piernas. No me encajaban tan bien por ser de mujer. A fuerza de insistir, pude caminar y el niño de la patineta se fue.
Al transitar me chiflaban y a gritos decían «¡Qué guapa estás mamacita!, ¡qué buen trasero tienes!» Al pasar por el espejo vi que las piernas venían con sus respectivas nalgas, que seguramente pertenecieron a la edecán del mago. Entré en depresión. Llegó de nuevo el niño a devolverme la patineta. «¿Qué tal, puedes caminar bien? ¡oye, pero qué nalgotas tienes!» Exploté con gritos diciéndole que era mejor no tenerlas, que muchos querían tocar mi culo, qué era mejor morirme. El niño, me dijo: «no seas bruto, tendrás que hacer arreglos en tu vida, ni duda cabe, pero de lo perdido lo que aparezca» y se fue dejándome solo.
En la cabina iban el niño de diez años, el chofer y su pareja. Ya por llegar, se hizo densa la neblina, se apagaron las luces y la troca se detuvo.
Oscuro el silencio, que lo interrumpían las chicharras y el ruido de un motor en la lejanía.
—Bájese pareja, ¡veamos que es!
Todo parecía normal en la camioneta. Eran traficantes, no mecánicos.
—Háblale al patrón.
—No hay señal.
Decidieron caminar a tientas por la oscuridad, la neblina y el frío.
—Saca la mercancía. Él, sin mostrar miedo: “Déjenme aquí, Mi padre…”
—Cállate, nos tienes hasta la madre de que tu papá vendrá.
Habían ido a la capital padre e hijo a comprar. En el metro, una ola de gente los dispersó y el niño se topó con los “malandros”. Lo metieron a la camioneta, lo amarraron. Varias veces les dijo que lo dejaran ir, que su papá lo buscaría. Como respuesta le propinaron una bofetada. En la carretera, solo se oía la radio. El niño cerró sus ojos…
.—¿Qué tal, pareja, si nos divertimos con él?
—Al jefe no le gusta que maltraten la mercancía Y ya conoces cómo es él. Aunque ganas no me faltan.
Caminaban a tientas, el chavito amarrado y sujeto del cuello por una cuerda.
Primero fue un aullido, luego otro, otro…
—Son coyotes pareja, no se asuste que aquí traigo la “tartamuda”.
Se dieron cuenta del ataque, cuando yacían en el suelo. Al chofer le quedó cerca la culata de la metralleta, se estiró para cogerla y lo detuvo el dolor. Fue un gemido que rayó la noche y el silencio. Afilados colmillos se le clavaron en los huevos haciéndolos estallar.
En la mañana me despertó la voz de mi madre preguntándome si no estaba enferma. Le dije que no, solo que no había dormido bien. Recordé que estaba en el cuarto de estudio con Aymara, hincada bajo la luz de una veladora. Ella me acarició la oreja en señal de que abriera mi oído. El viento atropellaba la copa de los árboles, algunos pájaros chisteaban, luego un silbido agudo, no molesto, como el que hace un huracán en la lejanía y que se va acercando, luego un siseo, similar al que se escucha cuando se interrumpe la señal de la televisión y en medio hay una voz ahuecada de un hombre que parecía rezar. Fue solo un momento. Algo que no logro precisar, como tampoco sé cómo es que llegué a mi dormitorio, o quizá nunca salí de él. Cerré mis ojos y concentré mi pensamiento, después de repetir y repetir logré escuchar: “ella es una cazadora”.
Mi nana Aymara salió desde el alba, más tarde nos vimos en la cocina. Nos habíamos compenetrado tanto que no había necesidad de utilizar la palabra, hablábamos con los ojos, con la cara o ella apretándome la mano. A veces sentía que podía leer mi pensamiento y me instaba a que yo intentara leer el de ella. Madre se iba y me hacía señas de que las dos estábamos loquitas. En privado me puso al tanto.
«Con el regalo que te dio (el gato de obsidiana) pude imaginármelo. Cuando me dijiste a qué lugar había ido platiqué con un chaman amigo. Parece que por las montañas se esconden secretos que involucran santuarios que vienen desde hace siglos. Antes que él, fueron otros quienes tomaron muestras de diferentes partes de la cadena montañosa, grutas y recovecos, y eso les disgustó. Por coincidencia uno de los manantiales con agua clara cambió a café rojizo. Al tomar muestras para identificar los elementos, seguramente lo confundieron con el equipo de una compañía metalúrgica. Son gente cerrada y él pagará la profanación que hicieron. Hace un mes no lo han visto. La gente de la comunidad cree que se regresó a la ciudad, pero, me dices que no contesta a tus llamadas. Así que tenemos que buscarlo».
«No creo que mis padres me den permiso, ese lugar está muy lejos».
«Es hora que sepas de la puerta que tienes en el estudio. Es una ventana donde el tiempo y el espacio tienen otra manera de comportarse. Tu bisabuelo me hizo ensoñar para que regresara a la casa con el propósito de adiestrarte. Él lo hizo conmigo y ahora como parte de nuestro círculo lo estoy haciendo contigo. Las enseñanzas son numerosas, y si bien tienes la fortaleza, aún falta mucho camino por recorrer, por lo que te voy a pedir que mientras estés cerca de mí no correrás peligro, pero si te alejas demasiado podrían agredirte. ¿Estás dispuesta a correr el riesgo para saber que ha pasado con tu varón?»
Leyó mis gestos y quedamos de vernos en el estudio a media noche. Cuando llegué mi mesita de trabajo estaba cubierta de imágenes y al centro una fotografía en blanco y negro de medio cuerpo abrazándose a sí mismo, los ojos me parecieron familiares. La luz cobriza de las veladoras servía de fondo, cuando mi nana Inicio con un rezo que parecía el murmullo de una cascada.
Me dijo que repitiera sus rezos, tomó mi mano, la apretó, señal que debía concentrarme a profundidad. Se abrió la puerta. Seis remolinos giraban frente a mis ojos. Brinqué detrás de ella y revuelta en la oscuridad giré. Se pierde la noción del tiempo, la conciencia. Tu corazón se detiene y al reiniciar, los olores llegan y la luz y el oído se despiertan. Estábamos en una loma donde divisábamos la extensión del paisaje. Me hizo acostar sobre una roca alargada, ella hizo lo mismo. Relájate que invocaremos con un rezo a mis aliados y las buenas vibras que tiene este monte sagrado.
«Siempre detrás de mí. Al menos que te lo ordene te separas». El sol abría. De una choza salió una mujer y detrás de ella un hombre encorvado y flojo que la seguía como un perro. «lo adiestran para zombi». Es una mujer con poder. Me dijo con su pensamiento: Hay que romper su cerca mental, hacer que vuelva a su estado de conciencia. No tendrás mucho tiempo, pero si realmente te ama volverá, Si no vuelve tendremos que irnos.
«Ella no puede, ni con sus poderes, detectarnos. Tampoco sabe que estamos aquí, al menos por el momento. En el instante que sospeche, ella le hablará a sus aliados y habrá llamas. Sabe, que en el estado que “viajamos” es breve. Sacaré a la hechicera de su espacio de poder, fuera de las vibras que la hacen fuerte. De esa manera cuando él esté solo tendrás que utilizar los medios a tu alcance para que vuelva a saber de sí y escape. Mira como las ramas de los pinos se agitan y como las hierbas del chaparral parecen abrazarse. Tenemos un aliado».
Lograba ver que la mujer ya entrada en años iba de un lado a otro, parecía coger cenizas y lanzarlas hacia arriba. Un olor a vinagre me golpeo la nariz y ella salió corriendo por el camino que llevaba hacia una garganta rocosa.
Es el momento, escuché que mi nana me decía y corrí a encontrarme con mi varón. Parecía estar lejos y tal vez lo estaba, sin embargo, la distancia se hizo menor. En tres respiraciones logré situarme frente a él. En su mirada había una lejanía que me dio escalofrío, ¿qué tendría que hacer para devolverle su conciencia?
Harto de comer, me quedo dormido bajo el árbol del mango. Hilos amarillos escurren por mi barbilla. Lejos escucho los gritos de mi madre reclamando su leña. Sobresaltado busco ramas haciendo un hato más delgado que mi cuerpo.
—¡No había, no hay, siempre tienes pretexto! Explícame ¿cómo es que tienes amarillento y pegajoso el mentón? Chamaco cabrón, estuviste comiendo mangos.
—Solo fue uno que se cayó, mientras buscaba la leña.
Si ella hubiese leído en mi interior se habría dado cuenta de mi pasión por ella. Yo no llegué a su cueva para destruirla. Me azota el viento frío, pero ni eso puede congelar la tibieza de mi cariño. Hace un mes y un día que vino Perseo y se la llevó.
Me gusta dormir boca abajo para relajar el cuello. De recién acompañado, ella me daba masaje con la magia de sus manos. Últimamente me ofrece una aspirina. Cuando vi que ponía en fila crema y aceites me sorprendí. «¿a quién le darás masaje?». No me contestó, solo dijo: «acuéstate boca abajo». Era placer, que desaparecía el dolor y entraba en un relajamiento que el sueño me penetraba. Todos los sueños llegaban a montones y mi nuca como una puerta giratoria los dejaba entrar uno tras otro. La última noción que tuve fue la voz de ella: «no tarda. Ya entra en la fase del no regreso. ¿terminaste la fosa en el sótano?». Manejo un tráiler. Por una avería mayor tuve que dejarlo y venir a la ciudad para llevar a un mecánico. Después de platicarle con pormenores, y cuando cenaba le pregunté si no escuchaba ruidos, me dijo que sí, pero que eran los trabajadores del drenaje profundo. Todo estaba planeado, mi llegada intempestiva, solo adelantó sus planes. En esta casa jugaba de niño y me escondía en el sótano y qué ironía, jamás me encontraban. En este país, que un tráiler y el chofer desaparezcan es cosa de todos los días.No me encontrarán
Soy el mascarón de proa. «He viajado por los siete mares. Los mejores días son los encrespados, cuando el mar se irrita; sin ser violento. Es cuando la quilla se hunde y el agua cubre mis pechos y nunca faltan delfines atrevidos. Los días de calma son muy aburridos».
La soledad pesa tanto como la laguna de Tlen; evocarte, asfixiaba. Caminé me sin rumbo. Llegué al bullicio de una estación, compré boleto a cualquier parte. Llegaría la amnesia como escudo. Lenta y sin retroceso sobrevendría el prurito de la cicatriz.
Ivi es tristeza. Por más que la procuran su salud es precaria. Su abuelo para distraerla la llevó a la feria. ¡Sorpresa! Ella abrazó a un Santa Claus y se han sonreído. Ivi es su único familiar y verla jugar es un maravilloso regalo. Dueño de una cadena de casas comerciales, le ofreció el oro y la plata para que estuviese al lado de su nieta,«Sí quiere más dígame. Es mi deseo que haga sonreir a mi nieta», la niña le dijo al oído: «no se lo has pedido por favor»
El Santa Claus de la feria le dijo que aceptaba siempre y cuando el abuelo estuviera presente. Y si hubiese un cambio, le diría el costo. Un mes después… la niña juagaba, comía, y escribe cuentos para evadirse de la melancolía.
Al día siguiente le dijo:
«Me debe la mitad de las ganancias que haya tenido en el año» y le dio su número de cuenta y se fue.
El abuelo no cumplió el compromiso. Un día, la niña desapareció sin dejar rastro. El magnate movilizó a la policía de todo el mundo. La foto de la niña se reprodujo en periódicos, televisoras e internet. Nadie sabía de ella. Nadie le dio informes sobre el paradero del Santa Claus de la feria. La soñaba con harapos pidiendo limosna y la voz de ella en su oído: «ayuda abuelo, ayuda» La policía le informó que no había rastros de él. Esa noche la soñó jugando en un callejón y dentro de una vecindad. Se despertó con la sonrisa de ella.
Los días previos a la festividad mayor estuvo ocupado comprando cientos de platillos, miles de juguetes, abrigos, frazadas y girando invitaciones a los niños. Su mansión que por años fue una fortaleza abrió las puertas a todos los niños a cenar y de recuerdo que se llevaran los juguetes y la ropa de invierno que desearan.
Esa noche no la soñó. Solo escuchaba su voz distante tan diáfana, tan clara que se despertó con un gemido. Seguro que era otra mala broma de la vida. Intentó dormir. Sintió en el rostro las manos de ella cuando por las mañanas iba a despertarlo. Abrió los ojos, y pudo contener un sollozo; los siguientes llegaron en cascada. La voz de Ivi, que acariciándolo le decía: «te quiero mucho abuelito»
Por ordenes de la patrona el gato Tato fue deshuevado. Antes de tal acontecimiento era raro verlo dentro de casa, y si estaba se confundía con los peluches armando la siesta. Cambió su quehacer, si antes era un cazador, ahora mutó a un gato de hogar, dispuesto a aceptar las caricias del ama de la casa. Solo la rutina de la noche la mantuvo: brincar hacia la barda, subirse a la azotea y confundirse con la enredadera de la copa de oro. Esa noche, lejos se escuchaban las bandas de viento del huracán Grace y no lo dejé salir, sin embargo, el maullido insistente y lastimero me colmó y le abrí la puerta. Al cerrarla sentí la vibración y ese algo que acecha y perturba. Se fue la luz. Me retiraba al dormitorio con un cabo de vela, pero escuché un gemido lastimero y golpes en la puerta. La abrí: era el Tato perseguido por el griterío de los vientos. Entró como chiflido a esconderse entre los peluches “ no que muy cabrón, le dije”
Pasó un instante cuando se inició la tormenta. Intentó descolgar la ropa del tendedero, pero el cielo como olla quebrada dejó escapar cascadas de agua. El “inútil” dice: «deja que se moje, que ya se secará» La mujer que se fregó tallándola con sus manos, se le traban las mandíbulas. Era ropa ajena. El marido tiene quince días que no lo llama el patrón y él, ni suda. Ahora, hay que ir hasta el pozo, traer el agua y pedir fiado el jabón para lavarla de nuevo y si algo queda comerán.
Diez minutos se hacen desde la parada hasta nuestra casucha de cartón. Nos conocimos buscando plástico, ella huérfana, yo viudo. Le doblo la edad, pero eso no importó. Viene cansada, es el día que le toca lavar ropa, yo recibí unos centavos de más y le compré un vestido usado. Aluzados por la vela cenamos. Afuera la luna baña el tiradero.
Sabía de antemano que su hijo bien amado no le habló por teléfono sabiendo que hoy se le festejaba.
No valían excusas, ni el parto atendido en un rancho lejano. Era mejor pedirle perdón y cubriendo la distancia fui a verla y se hizo la seria. Yo la abrace y cuando sentí el jalón de orejas, me dije que el perdón no tardaría.
Hoy cumpliría noventa y ocho años y solo le pediría que me diera los jalones de orejas que ella quisiera.
En el claroscuro de una fría y lluviosa tarde pasó el vaquero cubierto por la manga de hule. Sombrero texano y con las manos en la rienda. Bronco de cara y charreras de plata. A quien no logré divisar fue al caballo; aunque, sí se escuchaban los cascos sobre la laja.