La bimba

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la garza hunde su pico en las entrañas. Una y cien mil veces lo hace, obsesa por el manto petrolero que yace en subsuelo. Nada le cansa, ni el sol abrazador; ni la tromba que en los huecos del cielo se gesta.
La garza inmóvil dejó su pico de tubos en el fondo del fondo. El manto aún huele a petróleo y a residuos de riqueza; quieta, presa del silencio basto

Makiu, el hada y el león

leon

Makiu implora que aparezca su Hada. Está sentada en la cama y no puede dormir. Llega, deshaciéndose en disculpas. Acariciando su cabeza dice:
—¿Qué te sucede?
—Es que cuando cierro los ojos, sale un león y me persigue.
El Hada sonríe.
—Eso es fácil de resolver. duerme.
Al cerrar los ojos, Hay un enorme león y que la persigue. Ella abre los ojos y pregunta a la niña:
—¿El león es de melena negra?
—Si. -Dice la niña—a quien se le cierran los ojos.
La madrina se retira, sonríe satisfecha cuando la ve dormida. Llega a su retiro, pone la varita en el estuche, se tiende sobre la sabana y cierra sus ojos, divisando la floración de las azaleas. Entre los tallos y las flores blancas, irrumpe el color negro de una melena y el brillo afilado de unos ojos

Una lengua inflamada

mujer con teleHay cosas para sopesar y nutrirse. Es un tormento ser capturado por la lengua de un monstruo. No lucharía contra él, lo escucharía pidiéndole que aplaque sus manías verbales. No puedo ni debo quitarle el teléfono. Quizá le regale un pincel y la paleta de colores. Mientras habla me instalo en la montaña que amplía la respiración del alpinista. Camino por la ladera, colmada de árboles callosos, o me voy por el campo de campanas que las mujeres del pueblo fertilizan.

” Aun estás allí” -me dice- Y sigue relatando, las aventuras del portero, con la vecina del diez. y la mujer que llega a las doce y en carros diferentes,

El viento despeina y embellece a una mujer que me piensa.

Las flores de limonaria

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Qué lejos se ven los años en el tiempo, que cerca en el recuerdo.  De nuevo veo la sonrisa de Noemí, cuando acostados bajo la sombra jugábamos a percibir la nieve con un sol de treinta y ocho grados; los copos eran las flores de limonaria.

Dónde te metes condenada muchacha le gritaba su abuela desde la choza.

Lo que besa la memoria

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Jugué con canicas, trompo, balero y carritos de madera. Me gustaba caminar bajo la lluvia y brincar sobre los charcos; ver las mariposas que iban revoloteando y otras marchaban como soldaditos sobre las flores que abrían después de la lluvia.  Lo mejor lo daba mamá: besos, abrazos sin ton ni son; café con leche por la mañana y pedacitos de harina que cocía en su estufa de petróleo. Ella decía que eran gatitos y yo me abrazaba a sus piernas.

Día para recordar

 

 

paisaje urbPuede ser de gota fina y fría o gruesa y golpeadora. El sol quemante, mediodía, domingo. Guayabera azul, manga larga, pantalón negro a la medida. Llevaba dos cuadras y todo cambio; el cielo se hizo negro y empezó el agua; sólo faltó que cayera un pez. Regresé a casa encabronado y con los zapatos de tela hechos mierda. Ha salido de nuevo el sol, es esplendoroso y falso.

Las pulgas y la peste

 

peste

Por Asia llegamos a Europa montando a las ratas. Nuestro paso dejó huellas por el número de vidas que segamos. Qué grandes nos sentíamos al conducir a millones de roedores. La sangre de la rata era amarga y la del humano dulce. Por cada familia, sólo quedaban dos para contarlo. Si Atila fue el azote de Dios, nosotros lo fuimos de los hombres.

Sin olvido

 

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¡Me despedí de ella hace tantos años! Pero la memoria no entierra lo que besa, tampoco lo que la muerde.

El placer del baño

mujer dormida

Gloria se bañaba con agua muy caliente. El ángel de la guarda, respetando su intimidad, se quedaba afuera pendiente de ella. Del vapor salía el fauno que con maestría la recorría haciéndola gemir. El querubín al escucharla decía: ¡Ah, lo que puede hacer el agua y el vapor en su cuerpo! y sonreía satisfecho, acicalando su plumaje.

Paisaje

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Miraba el paisaje. Era una tarde haciéndose vieja con un cielo de nubes naranjas y violetas. El viento desordenaba mi cabello. Del bosque de cedros venía el aroma y el ruido de las chicharras. A lo lejos el graznido de los patos. Me senté sobre una piedra fría, dura. Respiré profundo, y pensé en ella. Bajo el cielo pasaban las nubes distantes la una de la otra.

Ayer y hoy

playa

No había sacerdote en el poblado, la gente iba hacia la playa y practicaban el rito del bautismo. Viajaban en lanchas, río abajo. Al llegar a la bocana, las olas crispadas podían voltear la embarcación, y más de una gente murió ahogada. Decía doña Mercedes: las playas de aquel tiempo estaban llenas de vida; mi mamá, que sabía manejar bien el bote, siempre traía un trasto de lámina que había servido para almacenar las galletas. En el mar por donde quiera que miraras se movía algo, en el cielo las gaviotas, bandadas de pájaros, mariposas que parecían marchar. Sobre la arena enormes cangrejos, cuando una ola deslizaba dejaban jaibas, pulpos pequeños y caracoles. Cuando teníamos hambre, juntábamos leña, y en el cacharro ponía agua dulce y nos hacía de comer, recogiendo de la playa el alimento. Hoy, todo venden.

¿Seré siempre de ti?

 

el ojo de Carlos

Algún día dejaré de escribir sobre ti. —Ella se río.
—Imposible. Mi alma es paisaje . Nunca dejarás de escribir.
—Guardaré silencio.
— Peor. —Repetiré que sigas con tu labor.
— Moriré.
—Me das risa, entonces obedecerás como espíritu, con el atributo de que tu escritura desaparecerá en cuanto termines un texto y volverás infinitamente al inicio.
—¡Soy entonces de ti!
—¡También soy de ti! Estamos encadenados, ¡así qué escribe!
Dijo imperativa la hoja en blanco.

Taza de café

taza caf

Me vestí con un short hecho de una tela delgada, adherente y un suspensorio. Terminaba de calzarme los tenis para ir a trotar cuando oí sus pasos.
— ¡Ah… ya hizo café! –Exclamé.
¿Quiere que le sirva una taza?
Dije que sí

Había un sofá de tela aterciopelada verde oscuro. Ella sentada. De reojo la veía. Me acuclillé y quedamos cara a cara. No recuerdo que le decía acerca de la vida. Dejamos de hablar. Sólo murmullos, pulsos, alientos cortados. Mis labios en su oído, su cuello, sus senos. ¡Ah… sus senos! Los respiré. Mis manos exploraban por dentro del vestido, los muslos duros. Sentí el elástico de sus bragas, metí los pulgares y con lentitud empecé a tirar hacia abajo. No opuso resistencia, facilitó al levantar sus caderas. Yo seguía en cuclillas, besaba sus rodillas, y ella relajó sus piernas. Rodaban mis labios por su piel, mi humedad buscó la suya. Labio con labio. Su cadera y la mía se amoldaban; sudor, respiración y nuestros gemidos que fueron ocultados por el griterío de los vendedores ambulantes.

Minutos después salí a correr por un viejo camino real lleno de árboles de naranjo. Imposible no recrear lo que había pasado a cada zancada, la brevedad del short, el roce constante de la tela volvió a incendiarme y retorné para degustar otro café.