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sueños reales
—Por favor llévame a tu departamento.
Al despertar vio las sábanas revueltas, colillas, vasos y el recuerdo de una boca en su piel. Encaminó hacia el baño; el vapor apocaba la superficie del espejo, supuso que ella estaría en la tina. Corrió las cortinas con suavidad; no había nadie. Movió la cabeza y murmuró «Malditos sueños, cada vez son más reales».
Eres palabra
Eres palabra. Agua que al caminar desprendes olor y murmullo. Melodía de silencio que duerme a mi lado. Hoja que cobija, y cueva que complace. Te siento más que el recuerdo: viva, fresca, constante. Aromática como una tabla desnuda.
Anuncio de períodico
Se ofrece recompensa a mujer hermosa, febril, sin inhibiciones que excite a marido en receso sexual…con la advertencia de que en el momento que se produzca el efecto, le tape los ojos y me deje su lugar. Puede quedarse si desea.
Adolescencia
¡ Ha de estar agotadísima! Toda la noche soñé con ella.
Pensé que fuiste mía

En el claroscuro se percibe al sol durmiendo la siesta. En ese silencio, el coraje se afila al reclamo de una tarde seducida por las aves. Nada es cierto, ni el sol, ni el silencio ni la tarde. Sólo el peso del mar con sus olas revueltas y bravas; mi palabra es un punto mudo flotando en el radio de una rendija.
El cotorro quiere volar
Su ama lo ponía en su hombro y él silbaba la marsellesa. se desplazaba por su hombro chasqueando besitos tronadores; comía golosamente las semillas de girasol, y su gran placer aparecía cuando el índice de ella rascaba su cabeza azul y decía “piojito, piojito”. Desde polluelo habían cortado sus alas para que desconociera el placer del vuelo; sin embargo, al amparo de la noche robustecía la masa muscular de sus alas. Al salir el sol, se estremecía al escuchar el piar de las aves que cruzaban el cielo. El tiempo y el olvido de su dueña hizo crecer su plumaje y lanzó un grito de “quiero volar”. Batieron sus alas rumbo a la copa del cielo. Planeó por las ramas del ceibo, disfrutó de la humedad del viento. Se llenó de libertad. A lo lejos oía el canto de los grillos y el ulular de los búhos. Por la mañana comía las frutas del nogal y entonaba las notas del himno francés. Voló para perderse entre los olores del bosque. Cuando iba hacía la montaña, sintió de pronto una mezcla de coraje e inquietud. Regresó como saeta hacía su casa. No podía aceptar que otro perico le diese los besos a su ama y que ella rascara otra cabeza que no fuese la suya.
Los copos de nieve
Sentado en la terraza domino el patio donde retozan los críos. Es la hora que ellos disfrutan, porque doña Abigail va a misa de seis de la tarde. Es una mujer de trabajo, incansable, seria. ¿Ha olvidado su niñez, o quizá nunca supo de ella? Es la hora que sus nietas se escapan al solar sembrado de frutales. Hay gallinas, guajolotes y al fondo, en un corral está el chancho. Corren y entre ellas inventan sus juegos. Marta es mayor y gusta de la brusquedad, en cambio Noemí es frágil, femenina. Mientras una está subiéndose al naranjo, la otra tiene entre sus brazos a una muñeca de trapo que la baña sin agua, viste, da de comer; la duerme.
En las últimas semanas se les unió un vecino de la edad de ellas. Es moreno, de pelos parados que se lo aplacan con jugo de limón y le hacen un partido del lado izquierdo. Las ve con curiosidad. Recién llegó a vivir a este lugar y no conoce a nadie. Es hijo único y su mamá no lo pierde de vista. El barullo que arman ellas, hace que salga de casa. Se acerca cauteloso y Marta más alta que él, le pregunta cómo se llama. Con voz apagada musita su nombre y conforme pasan los días va incorporándose a los juegos. Marta es correr, cortar frutos. Noemí contemplativa, juga en silencio con su muñeca.
Como aguacero que no avisa llegó la abuela con una vara en la mano y le dio en las nalgas a las dos, para que no escaparan de casa. Rubén asustado se escabulló. Creí que ya no saldrían al patio, unos días así pasó, sólo estaba el niño jugando con las canicas y un trompo que al aventarlo salía como bala. De diez tiradas, solo una vez lo hacía bailar.
Después de algunos minutos que las campanas sonaron llamando a misa, salieron las niñas. Marta, la mayor, inventó el juego de que el banco era el puesto de centinela, la calle, caudaloso río. La misión, vigilar con un telescopio hecho de cartón si se acercaba un barco viejo, gordo y amarillo. Cuando se viese, había que dar la voz de alarma haciendo sonar el bote con un palo de madera.
Hora y media de retozo. Jugaban a las escondidas, a balancearse en la rama del árbol y quienes estuvieran abajo gritaban asombrados: ¡una piñata! y se colgaban haciéndolo caer. Se repartían las naranjas, las guayabas y la frutilla roja, dulce y cuyas hojas del árbol se duermen en cuanto el sol se esconde, Puanes puanes, así llaman a la fruta.
Sucede que a veces Marta no salía porque tenía mucha tarea, o bien porque su abuela se la llevaba a la iglesia, para que el cura le quitara los cuernos. Salía Noemí y todo cambiaba, era más de platicar, de ver las flores, las mariposas. Ellos se entendían bien. Mirarles los ojos era encontrar en ellos una alegría de platicar en silencio. A que juegas con Noemí le preguntó un primo.
—Jugamos a la nieve.
—A la nieve, si no hay nieve
—Pero hay limonarias
—Y eso qué
—Pues si te das cuenta están floreando y parecen copos de nieve. imaginamos que vivimos en el polo norte y que nos cae la nieve; quien reciba más plumitas de nieve, gana.
—Y que apuestan
—Apostamos besos.
— O sea, si ganas le das un beso ¿y si ella gana ella?
—Ella me lo da a mí.
El primo movió la cabeza y solo dijo: “pinche chamaco cabrón.”
Hoy no jugaron, dijo el gato y fue hacia los matorrales en busca de lagartijas.
Buscando a Edna
Entré con respeto. Eludí flores de durazno, arabescos de arañas. Salió una niña espigada, pelo a la cintura, morena y una sonrisa con hoyuelos.
— ¿Aquí vive la señorita Edna?
Asintió. me ofreció una poltrona. Acepté y se lo agradecí devolviéndole la sonrisa.
—Dice mi hermana que lo espere un momento. Me trajo un jarro de agua y otro de café. —Ahorita le traigo pan, es rico, anoche hizo mi abuelita.
¡Claro que me gustará! Este pan sólo lo comes por estas tierras de frío con hornos de barro.
El corredor estaba resguardado por macetas con helechos, azaleas y enredaderas que formaban un arco de hojas y flores.
Salí antes que el sol. El pasto vidriado de rocío era un tapiz donde se dibujaba mi pie. Me pregunté ¿Cuántas generaciones habrán transitado por estos senderos? Miré. Vi correr a los aztecas llevando el pescado fresco a Moctezuma, el trote de los caballos cuando se dirigían al altiplano. Soy último tras de mí, nadie viene, a nadie veo. A cada paso mis sandalias hacían saltar a los chapulines de colores. A los lados del camino se levantaban columnas pétreas que imitaban enormes cirios desparramando lágrimas de piedra. El viento enfriaba mis orejas y las cubro con una bufanda de franela. Las sombras se han ido, han quedado retazos de niebla que entorpecen la mirada, casi colisionó con enorme piedra. Sobre ella había una iguana que simula un tiempo de miles de años y da la sensación de vigilar el pasado.
El sol descubrió los volcanes. ¡Qué majestuosidad! La inmensa alegría del montañista al conquistar la cima. ¿Qué sentirán? El aliento pobre, las fuerzas al límite y el corazón efervescente de plenitud. La mirada hacia el valle, sintiéndose en ese momento águilas entre nubes y riscos. ¡Sentirse Dios! un millonésimo de segundo y después la humildad, que es la mejor manera de estar en paz consigo y con los hombres. La vida tiene muchas montañas. Mis rodillas viejas se duelen al peso del frío. He decidido ser un trepador y admirar la belleza desde el cielo. Qué importa si no soy ave, nube o cometa.
En el trayecto el viento traía olor de manzanas; resoplé por la cuesta y el pulso rompía en mis sienes. Atrás dejé mi casa, mis libros y una mecedora. Estuve por regresar; seguí, olvidé el dolor; bebí las percusiones de mi corazón. No estaría mucho tiempo fuera, las horas pasarían con su paso acostumbrado. Me dispuse a disfrutar los colores que poblaban el cielo. El gris abochornado por no ser azul. A lo lejos el amarillo eléctrico columpiándose. Los grillos corrían asustados cuando mis sandalias raspaban el camino. Aspiré hondo y dije que el tiempo va y viene. ¡Nada cómo el paisaje!
Mi desasosiego se fue nublando y salieron de mí, viejas canciones que tarareaba cuando regresaba de la escuela… ¡ánimo Rubén! Por el sendero topé con nopales agredidos por caminantes. Las pencas tenían cicatrices blancas, pero las hojas jóvenes colmadas de espinas parecían estalactitas verdes, y arriba se formaba una procesión de tunas.
Nadie inventó la campana, éstas ya existen en forma de flores, las ladea el viento y tintinean perfumes. Encontré un campo de ellas con diferentes colores. Bajo las piedras las lagartijas. Había un ajedrez de vida, donde cada pieza tiene una labor y todas se ordenan de manera celestial. Nadie intenta suplir, cada uno es como es y eso lo define como auténtico. Amo a las personas por esta cualidad y no por la apariencia. Me río al imaginar a una campana que suene como rebuzno.
Llegó tu mano a mi boca. La niña que me recibió trajo un café con panela en un pocillo de barro. Y un pan que no comía desde niño, había galletas de agua y por el otro, el olor inconfundible del marquesote. Tu mano tiene olor a café y de hospitalidad y el afecto que la niña me da, me hace pensar que así eras tú. » No quiere que le traiga un poco más de café» ¿Desea otra cosa? sonriéndole le di las gracias.
Olor de café, marquesote y manzanas, el garabateo de las aves en el desfiladero y el rumor del agua, cuando la cubeta se atraganta en el pozo me ofrece placidez. Arriba los colores ensangrentados del framboyán y la buganvilia en flor enmarcan el día. Escuché el taconeo. Ese golpe que hace la porción de cuero cuando se hinca sobre el piso de loza. y cerrando los ojos, imaginé un cuerpo ágil. Te vi con tu pantalón de mezclilla y tu blusa blanca con detalles de color de rosa. Nos saludamos al unísono, besé tu mejilla y me envolvió el aroma del jabón y después el de hierbas en tu pelo oscuro. Me invitaste a seguir sentado y nos quedamos en silencio. Yo me dije, que eras una niña, juiciosa, de piel que se eriza cuando el hombre muerde inmisericorde la naturaleza, o bien cuando miramos al reyezuelo pisotear las intimidades de una raza despojada. Todo eso pensé cuando te vi. No sé que te dirías, pero tus ojos tenían agua limpia. Me regresé con la imagen de una mujer dispuesta a darse a sus semejantes. Regresé por el mismo camino, lenguas de roca, vientos de aroma y un sol enfebrecido miraba mi retorno.
Dinastía






No es de extrañar que cruce de árbol en árbol dejando en cada rama evidencias que seducen a la caracola más exigente.
Tus ojos tenían instantes de barcos lejanos detenidos en el mediodía. Te dije en silencio, que los años nunca dejaron de existir. Abriste tu ventana y la luna descubrió el hemisferio de tus pechos. Esa noche, el tul de la cortina danzó al vaivén de tu pelo. Te busqué tantas veces, pero nadie dijo nada, sólo los barcos encallados pretendían la palabra, pero las olas furiosas sonantes, rumiaban.
