leñador

Miraba su torso. Él sentía su mirada. Desgajaba con prontitud el tronco de madera. Los vaqueros no tardarían. Urgía la leña. Por órdenes del patrón auxiliaría en labores de la cocina. Había cruzado miradas, algunos roces y una que otra vez la patrona lo había tocado, como hace unos momentos que introdujo algo en su bolsa.
Desdobló el papel y leyó: rumbo al cementerio, se entrecruzan los caminos, toma el de la izquierda, encontrarás una vereda, se llega a una casa con una puerta antigua pintada de azul. Entra. La puerta no tiene tranca.
Había un olor a rosas trituradas. Miró por todos lados y la noche recién, no cubría la luz de la veladora que aluzaba la imagen de un cristo, a un lado un antiguo calendario con la imagen de un felino.
Reconoció el vestido que colgaba. No tuvo dudas. Con rapidez se despojó de su ropa. Llegó hasta la cama y los besos rodaron como bolas de lumbre sobre los precipicios de ella. Después la respiración adormilada, el cabello largo recostado sobre el tórax de él.
Un ruido seco cimbró la luz de la vela. Una bala se incrustó en la boca que aún saboreaba el resabio del pezón.
— ¿Tienes certeza de que estás en tus días fértiles?
Aturdida contestó.
—Sí
—Bien. Dame el pico y la pala… —le ordenó el marido.
¡Espero que quedes preñada!