Pensamientos de Violeta Rojo y una entrevista

«Hace un tiempo, consideraba que entre el minicuento y un cuento corto existía una diferencia muy sutil, pero al mismo tiempo inequívoca. Pensaba que los cuentos cortos son
cuentos breves, mientras que los minicuentos son narraciones muy breves con un desarrollo veloz, un final sorpresivo y que se cierran de una manera muy precisa. Ahora ya no tengo certezas, la única que me queda es que hay textos más breves que lo habitual. La longitud, quizás es lo único que los distingue de otros textos, brevedad que, a su vez, viene dada por escogencias temáticas particulares y decisiones estilísticas que requieren poco espacio. Cuando se intenta parodiar»
Liga

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violeta rojo

El sueño de la niña resucitada de Natalia Litvinova

Cuando hace calor los poros de la piel se agrandan. Podés verlo en el espejo. Creo que las cosas también se dilatan. No tienen una única forma. Las plantas se estiran en busca de agua, y cuando ya no pueden más, se secan. Ayer leí tanto los poemas de Zinaida Gippius que creí haber desgastado la posibilidad de soñar. Me acosté, cerré los ojos varias veces, y nada. Sólo un cansancio narcotizante. Un mareo que me lanzaba cada vez más lejos y la lejanía irreversible no era dormir. Pero lo logré y tuve un sueño extraño. Salí de mi casa, típica de los pueblos rusos, cerré la kalitka, (el nombre ruso para los portones), me desvié, elegí una calle de tierra y entré al patio donde una familia festejaba. Me senté en un banco con ellos, frente a una mesa de madera larga y precaria. La naturaleza estaba cerca: un viñedo colgante rozaba nuestras cabezas. Un niño se acercó y me habló. Irradiaba una sabiduría tranquila, jugamos, la familia nos miraba, feliz con mi integración. Pero el niño resultó ser una niña que había vuelto de la muerte. Yo era su maestra. Esperaban mi llegada desde hacía tiempo. Sabían que algún día atravesaría aquel portón. Era ocho de agosto.
Jung dice que no podemos permitirnos ser ingenuos al tratar los sueños. Se originan en un espíritu que no es totalmente humano sino más bien una bocanada de naturaleza. En mi sueño la caminata, el encuentro con esa familia y con la niña iluminada, duraba apenas un par de horas. Luego emprendía mi regreso, me recibía mi madre, la casa estaba distinta, las paredes pintadas y con dibujos hechos a mano: pequeñas figuras, damas danzarinas con vestidos como flores, faldas de pétalos, dibujos blancos sobre paredes blancas. Para mi familia, mi ausencia duró años, retorné el ocho de agosto. Mi madre me recibió diciendo que era mi Día Santo. La miré perpleja porque en realidad mi Día es el ocho de septiembre. Hoy recordé este fragmento de Boris Pasternak: Desear conscientemente dormir equivale a insomnio. La conciencia es un veneno, un medio de autoconvencimiento, para el sujeto que la aplica a sí mismo. Ahora pienso, pienso, pienso: ¿qué duerme en nosotros? ¿Qué bestia alojamos? ¿Cuándo dormimos se despierta eso que descansa en nosotros mientras estamos atentos a la luz?

Texto extraído de Cuerpos textualizados (Letra viva, 2014)

 

cuento, natalia livanova
Natalia Livanova

Natalia Litvinova nació en Bielorrusia, en septiembre de 1986. Actualmente reside en Argentina. Es poeta y traductora de poetas rusos. Publicó: Esteparia (Ediciones del Dock, 2010), reeditado en el año 2013 en España, Uruguay y en Córdoba; Balbuceo de la noche (plaquette, Melón editora, 2012); Grieta (Gog y Magog ediciones, 2012; Ediciones Espiral, 2014, Costa Rica); Rocío animal (antología, La Pulga Renga, 2013); Todo ajeno (2013) publicado en Argentina (Melón Editora) y en España (Vaso roto), y Cuerpos textualizados (Letra viva, 2014) escrito en coautoría con Javier Galarza. Compiló y tradujo El ruido de la existencia (Editorial Leviatán, 2013) de los poetas rusos Vladislav Jodasevich y Serguéi Esénin, y El espejo equivocado (Melón editora, 2013) de Cherubina de Gabriak. Dirige la sección dedicada a las letras argentinas de la Revista Ombligo.

«El sueño de la niña resucitada», por Natalia Litvinova

 

Cajitas de Julia Otxoa

Construyo cajitas de madera para enterrar los sueños rotos. Todos aquellos que quieren olvidar definitivamente lo que pudo haber sido y no fue, contratan mis servicios, me presento entonces en el lugar que me citan con una de mis cajitas, son todas iguales,de madera de pino sin pintar, sus medidas también son siempre las mismas 7 x 7 centímetros, me gusta el número siete, todo el mundo lo asocia con la sabiduría.
Una vez en el lugar de enterramiento, coloco la cajita abierta en el suelo y mi cliente relata en voz alta el sueño roto que quiere enterrar, para que éste pueda introducirse por entero en la cajita, luego le pongo la tapa, lo sello con siete clavos y la entierro. A partir de este momento mis clientes se sienten más aliviados, más ligeros sin el lastre del pesado recuerdo, hasta el punto que una vez un señor de Valladolid tras el rito de enterramiento echó a volar como un feliz pajarillo hacia su casa.

caja

Tomado del Fb

 

Leonid Andreiev: La nada

Se estaba muriendo un alto dignatario, viejo, importante; un gran señor que tenía mucho apego a la vida. Era para él muy penoso morir; no creía en Dios ni comprendía por qué moría y lo dominaba el terror. Era horrible ver cómo sufría.
Su vida era grande, rica y llena de interés; su corazón y su cerebro estaban siempre preocupados y satisfechos. Pero estaban cansados, agotados, casi como todo su cuerpo por otra parte, que se iba enfriando poco a poco. Sus ojos y sus oídos, acostumbrados a ver y oír siempre lo bello, estaban igualmente cansados, y la alegría misma pesaba demasiado sobre su pobre corazón, harto trabajado. Cuando todavía no se estaba muriendo pensaba en la muerte; algunas veces con cierto placer. Se decía que le daría el reposo, que le libraría de todos aquellos abrazos, muestras de estimación y relaciones que tanto le fastidiaban. Sí, lo pensaba con placer; pero ahora, estando a punto de morir, sentía que un horror indescriptible penetraba en su alma.
Quisiera vivir todavía un poco, aunque no fuera más que hasta el lunes próximo, mejor aún hasta el miércoles o jueves. Pero no sabía con precisión el verdadero día de su muerte, ya que en la semana hay solamente siete.
Y precisamente aquel día desconocido se presentó ante él un diablo muy ordinario, como muchos. Se introdujo en la casa disfrazado de cura; pero el alto dignatario comprendió enseguida que el diablo no había ido allí por ir, y se puso alegre. “Una vez que el diablo existe, la muerte no es realidad; por el contrario, la inmortalidad es algo real. En rigor, si la inmortalidad no existe se puede prolongar la vida vendiendo el alma en condiciones ventajosas”. Esto era evidente, casi claro.
Pero el diablo tenía un aspecto cansado y aburrido. Durante un rato bastante largo no dijo nada y miró a su alrededor con una mueca de disgusto, como si se hubiera equivocado de dirección. Esto inquietó al dignatario, que se apresuró a ofrecer un sillón al diablo. Pero aun después de sentado el diablo conservaba su aire aburrido y guardaba silencio.
“¡Helos aquí tales como son! –pensó el dignatario examinando con curiosidad al visitante–. ¡Dios mío, qué hocico tan desagradable! Ni en el infierno debe pasar por guapo.”
–Yo me lo figuraba a usted de otro modo –dijo en voz alta.
–¿Qué? –preguntó el diablo haciendo un gesto.
–Yo no me lo figuraba a usted así.
–¡Tonterías!
Todo el mundo le decía lo mismo al verle por primera vez, y esto le fastidiaba.
“Y sin embargo, no puedo ofrecerle té o vino –se dijo el dignatario–. Quizá ni siquiera sepa beber.”
–¡Bueno, ya está usted muerto! –comenzó el diablo con tono flemático.
–¿Qué es lo que dice usted? –exclamó indignado el dignatario–. ¡Estoy vivo todavía!
–No diga tonterías –respondió el diablo, y continuó–: Está usted muerto… Y bien, ¿qué hacemos ahora? Este es un asunto serio y hay que tomar una decisión…
–Pero ¿es de veras que… estoy muerto? Puesto que hablo…
–¡Ah, Dios mío! Cuando sale usted de viaje, ¿no tiene que pasar por la estación antes de subir en el tren? Ahora está usted en la estación, precisamente…
–¿En la estación?
–Sí.
–Ahora comprendo. Entonces, ¿esto ya no es yo? ¿Y dónde estoy yo? Es decir, mi cuerpo…
–En una habitación vecina. Le están lavando ahora con agua caliente.
Al dignatario le dio vergüenza, sobre todo cuando pensó en su vientre cubierto de espesas capas de grasa. Pensó además que son siempre las mujeres quienes lavan a los muertos.
–¡Esas costumbres estúpidas! –dijo con cólera.
–Eso no es cuenta mía –objetó el diablo–. No perdamos tiempo y vamos al grano… Tanto más cuanto que empieza usted a oler mal.
–¿En qué sentido?
–En el sentido más ordinario; se empieza usted a pudrir, y eso huele muy mal. ¡Pero ya estoy harto de sus preguntas! Tenga la bondad de escuchar bien lo que voy a decirle: no lo he de repetir.
Y en términos lleno de enojo, con una voz cansada de repetir siempre la misma cosa, expuso al dignatario lo que sigue:
El viejo dignatario muerto tenía ante sí dos perspectivas a elegir: o pasar a la muerte definitiva, o bien aceptar una vida de un género especial un poco extraño, capaz de provocar dudas. Tenía libre la elección. Si elegía lo primero sería la nada, el silencio eterno, el vacío…
–”¡Dios mío, eso precisamente era lo que me daba siempre horror!”, pensó el dignatario.
–Eso era el reposo imperturbable –dijo el diablo examinando con curiosidad el techo tallado–. Desaparecerá usted sin dejar ninguna huella, sin existencia. Tendrá un fin absoluto, no hablará usted jamás, ni pensará, ni deseará nada, ni experimentará alegría ni dolor; nunca pronunciará la palabra “yo”; en fin, no existirá usted ya, se extinguirá, cesará de vivir, se hará nada…
–¡No, no quiero! –gritó con fuerza el dignatario.
–¡Y, sin embargo, eso sería el reposo! Eso también vale algo. Un reposo tal que es imposible imaginársele más perfecto.
–¡No, no quiero reposo! –dijo decididamente el dignatario mientras su corazón cansado no imploraba más que reposo, reposo, reposo.
El diablo alzó sus hombros peludos y continuó con un tono fatigado, como el viajante de un almacén de modas al fin de una jornada de trabajo.
–Pero, por otro lado, voy a proponerle a usted la vida eterna…
–¿Eterna?
–Que sí. En el infierno. No es eso precisamente lo que usted hubiera deseado, pero así y todo es la vida. Tendrá usted algunas distracciones, conocimientos interesantes, conversaciones… y sobre todo conservará su “yo”. En fin, habrá de vivir usted eternamente.
–¿Y sufrir?
–Pero ¿qué es eso del sufrimiento? –y el diablo hizo una mueca–. Eso parece terrible hasta que uno se acostumbra. Y debo decirle a usted que es precisamente de la costumbre de lo que se lamentan allí.
–¿Hay allí mucha gente?
–Bastante… Sí, se lamentan tanto que últimamente hasta hubo perturbaciones bastante graves: reclamaban nuevos suplicios. Pero ¿dónde encontrar esos suplicios nuevos? Y, sin embargo, aquellas gentes gritaban: “¡Esto es la rutina! ¡Esto se ha hecho trivial!”
–¡Qué brutos son!
–Sí, pero vaya usted a llamarles a la razón. Felizmente, nuestro Maestro…
El diablo se levantó respetuosamente y su rostro adquirió una expresión aún más desagradable. El hombre hizo también un gesto cobarde para manifestar su respeto.
–Nuestro Maestro ha propuesto a los pecadores que se martiricen ellos mismos…
–¿Una especie de autonomía? –dijo sonriendo el dignatario.
–Sí, lo que usted quiera… Ahora los pecadores se rompen la cabeza… ¡Vamos, querido, hay que decidirse!
El otro reflexionó, y teniendo ahora plena confianza en el diablo le preguntó:
–¿Qué me recomendaría usted?
El diablo frunció las cejas.
–No, en cuanto a eso… no soy amigo de dar consejos.
–Entonces no quiero ir al infierno.
–Muy bien, será como usted guste. No tiene usted más que poner su firma.
Desplegó ante el dignatario un papel muy sucio, que más bien parecía un moquero que un documento tan importante.
–Firme aquí –y señaló con su garra–. Digo, no, aquí no. Aquí se firma cuando se elige el infierno. Para la muerte definitiva es aquí donde hay que firmar.
El dignatario, que había cogido ya la pluma, la dejó en seguida sobre la mesa y suspiró.
–Naturalmente –dijo con un tono de reproche–, eso a usted lo mismo le da; pero a mí… Dígame, si gusta: ¿con qué se martiriza allí a los pecadores? ¿Con el fuego?
–Sí, con el fuego también –respondió con flema el diablo–. Tenemos días de asueto.
–¿De veras? –exclamó con alegría el hombre.
–Sí, los domingos y días de fiesta se descansa. Y además hemos introducido la semana inglesa: los sábados no se trabaja más que desde las diez de la mañana hasta el mediodía.
–¡Vaya, vaya! ¿Y por Navidad?
–Por Navidad, lo mismo que por Pascuas, se dan tres días libres. Aparte de esto se da un mes de vacaciones en el verano.
–¡Vamos, eso es muy liberal! –exclamó el otro con alegría–. No me lo esperaba… Pero dígame, en rigor ¿aquello es malo, lo que se dice malo, malo?…
–¡Tonterías! –respondió el diablo.
El dignatario tuvo un sentimiento de vergüenza. El diablo estaba visiblemente de mal humor; probablemente no había dormido aquella noche, o bien hacía mucho tiempo que estaba mortalmente aburrido de todo aquello: de dignatarios muriéndose, de la nada, de la vida eterna…
El dignatario vio barro en la pierna derecha del diablo. “No son muy limpios”, se dijo.
–Entonces –repuso el hombre–, ¿es la Nada?
–La Nada –repitió el diablo como un eco.
–¿O la vida eterna?
–O la vida eterna.
El hombre se puso a reflexionar. En la habitación vecina habían terminado ya el servicio fúnebre en su honor y él seguía reflexionando. Y los que le veían en su lecho mortuorio, con su rostro grave y severo, no adivinaban qué extraños pensamientos asaltaban su cráneo frío. Tampoco veían al diablo. Olía a incienso, a cirios ardiendo y alguna otra cosa más.
–La vida eterna –dijo el diablo pensativo, cerrando los ojos–. Se me ha recomendado muchas veces que les explique lo que eso quiere decir. Creen que no me expreso con suficiente claridad; pero ¿es que estos idiotas la pueden comprender?
–¿Es de mí de quien habla usted?
–No solamente de usted… Hablo en general. Cuando se piensa en todo esto…
Hizo un gesto de desesperación. El dignatario intentó manifestarle su compasión.
–Le comprendo. Es un oficio penoso el suyo, y si yo por mi parte pudiera…
Pero el diablo se enfadó.
–¡Le ruego a usted que no toque a mi vida personal o me veré obligado a enviarle a usted al diablo! Se le presenta una cuestión y usted no tiene más que responder: ¿la muerte o la vida eterna?
Pero el dignatario seguía reflexionando y no podía decidirse. Fuera porque su cerebro comenzara a abismarse o porque nunca hubiera sido muy sólido, el dignatario se inclinaba más bien a la vida eterna. “¿Qué es eso del sufrimiento?”, se decía. ¿No había sido toda su vida una serie de sufrimientos? Y, sin embargo, amaba la vida. No temía los sufrimientos. Pero su corazón cansado pedía reposo, reposo, reposo…
En este momento se le conducía ya al cementerio. A las puertas del departamento de donde había sido jefe se detuvo el cortejo y los curas dieron comienzo a un oficio religioso. Llovía, y todo el mundo abrió los paraguas. El agua a chorros caía de los paraguas, corría por el suelo y formaba charcos en el pavimento.
“Mi corazón está cansado hasta de las alegrías”, continuaba reflexionando el dignatario, al que conducían al cementerio. “No pide más que reposo, reposo, reposo. Quizá sea demasiado estrecho mi corazón, pero estoy terriblemente cansado…”
Y estaba casi decidido por la Nada, la muerte definitiva. Se había acordado de un corto episodio. Fue antes de caer enfermo. Tenía gente en casa, se reían. Él también reía mucho, a veces hasta llorar de risa. Y, sin embargo, precisamente en el momento en que se creía más feliz sintió de repente un deseo irresistible de estar solo. Y para satisfacer este deseo se escondió, como un muchacho que teme que lo castiguen, en un rinconcito.
–¡Pero despache usted! –le dijo el diablo con tono disgustado–. ¡El fin se acerca!
Hizo mal en pronunciar aquella palabra; el dignatario casi se había decidido por la muerte definitiva, pero la, palabra “fin” le espantó y experimentó un deseo irresistible de prolongar su vida a cualquier precio. No comprendiendo ya nada, perdiéndose en sus reflexiones, no pudiendo tomar decisión neta, remitió la solución al Destino.
–¿Se puede firmar con los ojos cerrados? –preguntó tímidamente.
El diablo le echó una mirada bizca y respondió:
–¡Siempre tonterías!
Pero probablemente todos aquellos tratos le tenían fatigado; reflexionó un instante, suspiró y puso de nuevo ante el dignatario el pequeño papel, que más bien parecía un moquero sucio que un documento importante.
El otro tomó la pluma, sacudió la tinta, cerró los ojos, puso el dedo sobre el papel y… precisamente en el último momento, cuando había firmado ya, abrió un ojo y miró.
–¡Ah, qué es lo que he hecho! –gritó con horror, arrojando la pluma.
–¡Ah! –le respondió como un eco el diablo.
Las paredes repitieron esta exclamación. El diablo, marchándose, se echó a reír. Y cuanto más se alejaba, más ruidosa se hacía su risa, semejando una serie de truenos…
En este momento se procedía ya al entierro del alto dignatario. Los pedazos de tierra húmeda caían pesadamente, con un ruido sonoro, sobre la tapa del ataúd. Podría creerse que el ataúd estaba vacío, que no había nadie dentro: tan sonoro era aquel ruido.

Leonid Andreiev

 

 

https://narrativabreve.com/2017/10/cuento-de-leonid-andreiev-la-nada.html

Un cuento breve de Ivan Turguénev

Yo vivía entonces en Suiza… Era muy joven, tenía mucho amor propio y estaba muy solo. Vivía de modo penoso, sin júbilo. Sin haber visto nada aún, me aburría, agotaba y enojaba. Todo en la tierra me parecía ínfimo y trivial, y, como sucede a menudo con los hombres muy jóvenes, acariciaba con malicia secreta la idea del… suicidio. “Les probaré… me vengaré…” -pensaba… ¿Pero qué probar? ¿Qué vengar? Eso yo mismo no lo sabía. En mí, simplemente, se fermentaba la sangre, como el vino en un recipiente taponeado… y me parecía, que debía dejar que se derramara ese vino al exterior, y que era hora de romper el recipiente que lo constreñía… Byron era mi ídolo, Manfredo mi héroe.
Una vez, al atardecer, como Manfredo, decidí dirigirme allí, a la cima de la montaña, por encima de los glaciares, lejos de los hombres, allí donde no había, incluso, vida vegetal, donde se apilaban sólo peñascos muertos, donde se helaba todo sonido, ¡donde no se oía, incluso, el rugido de la cascada!
¿Qué intentaba hacer allí?… no lo sabía… ¡¿Acaso terminar con mi vida?!
Anduve largo tiempo, primero por un camino, después por un sendero, subía más alto… más alto. Ya hacía tiempo que había pasado las últimas casas, los últimos árboles… Las piedras, sólo piedras había alrededor; una nieve cercana, pero aún invisible, soplaba hacia mí un frío áspero; por todas partes, en masas negras, avanzaban las sombras nocturnas.
Me detuve, finalmente.
¡Qué silencio terrible!
Era el reino de la muerte.
Y estaba yo solo allí, un hombre vivo, con toda su pena arrogante, desolación y desprecio… Un hombre vivo, consciente, que se había alejado de la vida y no deseaba vivir. Un terror secreto me helaba, ¡pero yo me imaginaba grandioso!..
¡Un Manfredo, y basta!
-¡Solo! ¡Yo solo! -me repetía, -¡sólo, cara a cara con la muerte! ¿Y acaso no era hora? Sí… era hora. ¡Adiós, mundo ínfimo! ¡Yo te aparto con el pie!
Y de pronto, en ese mismo instante, llegó volando hasta mí un sonido extraño, que no entendí al momento, pero vivo… humano… Me estremecí, presté oídos… el sonido se repitió… Pero eso… ¡eso era el grito de una criatura, de un niño de pecho!.. En esa altura desierta, salvaje, donde toda vida, al parecer, había muerto hacía tiempo y para siempre, ¿el grito de una criatura?
Mi sorpresa, de repente, se convirtió en otra sensación, una sensación de júbilo sofocante… Y corrí sin reparar en el camino, directo hacia ese grito, ¡hacia ese grito débil, lastimero y salvador!
Pronto surgió ante mí una lucecita trémula. Corrí aún más rápido, y a los pocos instantes vi una choza baja. Hecha de piedra, con un tejado plano, aplastado; esas chozas, que por semanas enteras, servían de refugio a los pastores alpinos.
Empujé la puerta entreabierta, e irrumpí en la choza así, como si la muerte me pisara los talones…
Encogida en un banco, una mujer joven le daba el pecho a un niño. Un pastor, probablemente su marido, estaba sentado a su lado.
Ambos me miraron fijamente, pero yo no pude proferir nada; sólo sonreí y asentí con la cabeza…
Byron, Manfredo, los sueños del suicidio, mi orgullo y mi grandeza, ¿adónde se habían ido?..
La criatura seguía gritando, y yo la bendije a ella, a su madre y al marido…
¡Oh grito ardiente de una vida humana, recién nacida, tú me salvaste, tú me curaste!
Vestnik Evropi, 1882

TURGUENEV

 

Cuento breve recomendado: “¡U-Á… U-Á!”, de Iván Turguéniev

 

 

El origen del mal de Leon Tolsotói

En medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más, por concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón entendía el lenguaje de las fieras y hasta podía conversar con ellas.
En una ocasión en que el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron allí, para pasar la noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A falta de otra cosa para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a discutir sobre el origen del mal.
-El mal procede del hambre -declaró el cuervo, que fue el primero en abordar el tema-. Cuando uno come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que le viene en gana y las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si durante días no se prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan divertida ni tan hermosa la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad siente uno! Es imposible tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen pedazo de carne, me abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni lobos enfurecidos serían capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos como víctimas del hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.
El palomo se creyó obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico.
leon-tolstoi-Opino que el mal no proviene del hambre, sino del amor. Si viviéramos solos, sin hembras, sobrellevaríamos las penas. Más ¡ay!, vivimos en pareja y amamos tanto a nuestra compañera que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en ella “¿Habrá comido?”, nos preguntamos. “¿Tendrá bastante abrigo?” Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre nosotros! Ya ven que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.
-No; el mal no viene ni del hambre ni del amor -arguyó la serpiente-. El mal viene de la ira. Si viviésemos tranquilos, si no buscásemos pendencia, entonces todo iría bien. Pero, cuando algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos, nos arrebatamos y todo nos ofusca. Sólo pensamos en una cosa: descargar nuestra ira en el primero que encontramos. Entonces, como locos, lanzamos silbidos y nos retorcemos, tratando de morder a alguien. En tales momentos, no se tiene piedad de nadie; mordería uno a su propio padre o a su propia madre; podríamos comernos a nosotros mismos; y el furor acaba por perdernos. Sin duda alguna, todo el mal viene de la ira.
El ciervo no fue de este parecer.
-No; no es de la ira ni del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del miedo. Si fuera posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas son ligeras para la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de un animal pequeño, con nuestros cuernos, y la huida nos preserva de los grandes. Pero es imposible no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque o se mueve una hoja, temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a salirse del pecho, y echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un pájaro que agita las alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue una fiera; y salimos disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces, para esquivar a un perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de pánico, corremos sin rumbo y caemos por un precipicio, donde nos espera la muerte. Dormimos preparados para echar a correr; siempre estamos alerta, siempre llenos de terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad. De ahí deduzco que el origen del mal está en el miedo.
Finalmente intervino el ermitaño y dijo lo siguiente:
-No es el hambre, el amor, la ira ni el miedo, la fuente de nuestros males, sino nuestra propia naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y el miedo.

A grandes males… Alejandra días Ortiz

Jana clavó sus ojos en los de Miguel. Aunque húmedos, no se permitió ni un sólo parpadeo. Le estaba pidiendo que se separaran por sexta vez en los cinco años que llevaban juntos. No se habían casado, pero su amarre era aún más estoico que la firma en un papel. Era tan inexorable el nudo que, a pesar de llevar tanto tiempo destruyéndolo, eran incapaces de estar separados. Y, cuando lo habían estado, apenas habían sido unos pocos días, cuando mucho un mes. Sabían que no debían estar cerca uno del otro por una cuestión ya no de salud emocional, sino de simple integridad fisica. Pero eran incapaces de sentirse en la misma vida y no juntar sus miserias.
Miguel le sonrió. Tomó su mano entre las suyas, la acarició cariñosamente. Pausadamente, como midiendo cada palabra, le dijo:
-Mira, la única razón que se me ocurre para dejarte es que aparezca otra mujer…
El fin de semana siguiente, Jana le presentó a Teresa.

alejandra-diaz-ortiz

Autora de «Pizca de sal» (Trama editorial, 2012) y «Cuentos chinos» (Trama editorial, 2009). Su primera novela corta, «Julia» ha sido publicada por ViveLibro Editorial, 2013. Actualmente, está presentando «No hay tres sin dos», editado por Trama editorial (2014).
Mexicana de nacimiento, al lado izquierdo de cualquier frontera. Analfabeta pasional confesa. Pagana. Ni guapa ni fea: simpática y educada.
Pase, la puerta está abierta

https://alejandradiazortiz.wordpress.com

Alejandra Díaz-Ortiz
Cuentos chinos.Trama Editorial 2009

Tiempos de Swing fragmento de Zadie Smith

«Yo llevé mis biografías de bailarines, tomos gruesos en cuyas cubiertas aparecían retratos setenteros velados de las grandes estrellas en la senectud —con sus vestidos de seda y pañuelos, con sus boas rosadas de plumas de avestruz—, y sólo por el número de páginas se decidió que había que «debatir» sobre mi futuro. Mi madre acudió a una reunión, a primera hora, antes de empezar las clases, donde le dijeron que los mismos libros por los que a veces ella se burlaba de mí demostraban mi inteligencia, y que los niños tan «dotados» podían hacer una prueba, y que si la aprobaban podía abrirles las puertas de alguno de esos buenos colegios que conceden becas. No, no, no, no de pago, descuide, me refería a institutos de humanidades «selectivos», nada que ver con los colegios privados, no hay que pagar nada, no, no, por favor no se preocupe. Miré de reojo a mi madre, que la escuchaba con cara de póquer. Es por su madurez lectora, explicó la maestra, sin hacer caso de nuestro silencio, para su edad es realmente precoz, ¿sabe? La maestra examinó a mi madre de arriba abajo (su camiseta sin sostén, los vaqueros, el tocado de kente, unos pendientes enormes con la forma de África) y preguntó si el padre iba a acompañarnos. El padre está trabajando, dijo mi madre. Ah, dijo la maestra, volviéndose hacia mí, ¿y a qué se dedica tu padre, cariño, es el lector de la casa, o…? El padre es cartero, dijo mi madre. La lectora es la madre. Bueno, normalmente, dijo la maestra, sonrojándose, consultando sus notas, normalmente, no sugerimos el examen de acceso para las escuelas independientes, la verdad. Quiero decir que hay algunas becas disponibles, pero no tiene sentido alentar a estos chicos con falsas esperanzas. «

zadie smith

Siempre el paraíso de Ana Clavel

Se transformaba a cada instante. Huía sin remedio. Era un cazador profesional. Capaz de introducirse en una sinagoga con dulces para ofrecer a los presentes mientras atisbaba la apartada sección de mujeres, convertida en un súbito harem. O de aprender húngaro para conversar con la madre de su siguiente conquista. También le daba por asumir formas proteicas: pez, chupamirto, lobo, araña. Yo lo amaba en cada una de sus facetas y lo esperaba después de cada transformación. Mientras tanto, me derramaba en otros continentes, pero en cada travesía siempre lo buscaba a él. Me maravillaban sus artes metamórficas, su capacidad líquida para escurrirse entre las manos. Por supuesto, deseaba apresarlo, proclamar que ese hombre múltiple era sólo mío.
Un día llegó a mi casa extenuado. Sus ojos urgían una tregua. Se quedó dormido entre mis brazos como agua escondida. Cabía en un cuenco, un simple vaso. Podía beberlo sin prisa. Pero me contuve, sospeché la tristeza de Dalila, el dolor de Salomé y me contuve.
“Tuve un sueño raro”, me dijo al despertar. “Eras una mujer de agua que dormía en el lecho de un valle. Hombres que venían del desierto te descubrían y te deseaban: querían poseerte -yo entre ellos-. Te forzábamos. Te resistías. La sed iba en aumento, imperiosa, tiránica: terminábamos por beberte. Aún paladeaba el último sorbo -el cuenco líquido de tu cadera, creo- cuando de pronto lo supe: una nueva sed, rotunda y desesperanzada, comenzaba a secarme el alma.”
Y guardó silencio. Busqué sus ojos y él los míos. Por primera vez desnudos desde la última ocasión en que escapamos juntos del Paraíso.

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Un relato de Ana Clavel

El canario asesino de julio Cortázar

Es terrible, mi tía me invita a su cumpleaños, yo le compro un canario de regalo, llego y no hay nadie, mi almanaque es defectuoso, al volver el canario canta a chorros en el tranvía, los pasajeros entran en amok, le saco boleto al animal para que lo respeten, al bajarme le doy con la jaula en la cabeza a una señora que se vuelve toda dientes, llego a casa bañado en alpiste, mi mujer se ha ido con un escribano, caigo rígido en el zaguán y aplasto al canario, los vecinos claman por la ambulancia y se lo llevan en una tablita, me quedo toda la noche tirado en el zaguán comiéndome el alpiste y oyendo el teléfono en la sala, debe ser mi tía que llama y llama para que no vaya a olvidarme de su cumpleaños, ella siempre cuenta con mi regalo, pobre tía.

Tomado de un cuento al día.

De Mónica Lavín los jueves

No debí hacerlo. No pude evitarlo, me bastaba verlos entrar con ese paso excitado y cauteloso: ella con el cuerpo garboso y las piernas largas y bien formadas, él, esbelto, con la mirada protegida por los lentes oscuros y el brazo asido a la cintura de la mujer. Yo los espiaba por el pasillo oscuro, tras la puerta entornada de otra habitación, y sentía alivio cuando después de los pasos sigilosos verificaba que eran los mismos. Los del jueves a las cinco de la tarde, los de la habitación 39. Esa repetición semanal me reconfortaba. En el torbellino de los encuentros pasajeros que atestiguaba todas las tardes, éste hilvanar jueves tras jueves con puntadas de amor y deseo exhalaba continuidad. Quién pudiera como ellos robarle unas horas a la tarde, una tan solo, y encontrar cierta dulzura entre unos brazos. Quién pudiera olvidarse del Chino, de Nachito y la Lola, de los frijoles hirvientes y, con las piernas enfundadas en medias suaves, dejarse recorrer las pantorrillas y los muslos con el interés de quien mide y palpa las formas; quién pudiera ser objeto de deseo respondido y consumado. Antes ni pensaba esto, ni siquiera me veía las piernas, sólo servían para llevar mi andar por todos sitios. Ni con las inacabables parejitas que deambulaban por estos pasillos, sofocando sus gemidos tras las puertas cerradas, había hecho yo conciencia de mi abandono. Ahora sabía que tener marido no era ningún consuelo. Y si no, ¿por qué iban a volver los del 39 con ese gesto de inevitable engarzamiento?, ¿por qué iban a venir aquí una vez a la semana si tuvieran otra posibilidad, por qué los lentes, por qué la hora, por qué la prisa? A las siete se abría la puerta del 39, él atisbaba el pasillo e indicaba a la mujer que no había peligro. Volvía de nuevo a mirarlos. Ahora por las espaldas, con las manos apretadas deteniendo la despedida, prolongando el encuentro. Yo también lo prolongaba, me atrevía a acercarme a la escalera para ver sus cabezas desaparecer por el pasillo que daba a la calle. De prisa entraba a su habitación, no quería que me la ganara Teresa que a esa hora rondaba el mismo piso. Cerraba la puerta y miraba el desarreglo, el mismo que en otros cuartos me producía hastío y a veces repulsión. Entonces me tiraba boca abajo sobre la cama y aspiraba los aromas atrapados entre las sábanas gastadas, extraía el perfume de olor a hierba de ella y la loción leñosa de él, olfateaba los sudores que humedecían esos paños relavados y rastreaba las gotas de semen escapadas de la vagina repleta y saciada de la mujer. Con la sábana descompuesta, mi corazón se violentaba y una ola de sangre me ponía en éxtasis. Entre las evidencias, asistía al ritual del amor. Después de un rato salía de nuevo a la penumbra del pasillo y depositaba en el cesto rebosante de blancos el atado de sábanas con más delicadeza que la usual. Agradecía profundamente esas visitas semanales, me resistía a cualquier cambio de horario, de piso. Esos meses se habían convertido en una sucesión gozosa de jueves. Así que me atreví. Se nos insistió al entrar a ese trabajo que debíamos ser discretas y nunca tener contacto con los clientes, evitar ser vistas, no hablar con ellos. Pero yo quería manifestar mi contento por su presencia, como en una boda cuando se abraza de corazón a los desposados. Entonces se me ocurrió lo de la flor. Las muchachas choteaban que si me la había dado un galán o que si a poco el Nacho era tan romántico. Era una rosa color coral a punto de abrir. A las cuatro y media el cuarto se desocupó, entré presurosa a hacer el aseo y pensé en no salirme hasta unos minutos antes de la hora, No quería arriesgar la posibilidad de una ocupación ajena a la pareja, a pesar de que Tomás ya tenía la consigna en recepción de tenerla libre los jueves a las cinco. Llené un vaso con agua y con la rosa, lo coloqué sobre la cómoda despostillada. La rosa se reflejó en el espejo, las paredes desnudas y la colcha con huellas de cigarro se iluminaron con el rubor de la flor. El 39 parecía un cuarto de otro lugar. Aspiré el aroma de la flor que esta vez celebraría la fiesta con los humores y secreciones de los cuerpos de los amantes. Salí al minuto para las cinco, excitada, nerviosa por aquella irrupción que tambaleaba el anonimato de la pareja. Me encomendé a dios, quien, después de todo, los había puesto en mi camino. Durante las dos horas de amorío mi corazón no estuvo sosegado. Tendí camas, puse papeles de baño, toallas limpias, barrí, caminé. Y todo el tiempo la imagen de la rosa fresca y colorida presenciando sus cuerpos desnudos y la entrega desbordante me persiguió como si yo misma tuviera los pies metidos en aquel vaso de agua. Escuché el ruido de la puerta y me asomé desde otra habitación. Noté que la mirada de él escrutinaba el pasillo con mayor insistencia. Respiré y contuve la tentación de correr a presentarme y confesar que yo era la de la rosa y esperaba no haberlos molestado. Apreté los puños y no me atreví a observar como se perdían al final de la escalera. Entré en la habitación. El mismo desarreglo tributario. Bajo el vaso de agua, sin flor, estaba un billete. Era una forma de respuesta. Lo tomé después de soslayarme entre los aromas familiares y el rito al que añadí mi rosa. Salí gustosa con el itacate fuertemente pegado al pecho para abandonarlo con dolor en el montón de sábanas manchadas. El jueves siguiente dieron las cinco treinta y los del 39 no aparecieron. Esperanzada supuse algún contratiempo pasajero, pero el siguiente jueves me confirmó la ruptura del hábito. Aún así me aferré a la posibilidad de un cambio de horario, después de locación, tal vez ella tuviera un marido que la hubiese descubierto, o él una mujer que se interpusiera. Tal vez se enfermó alguno, tal vez se murieron, tal vez. Desde entonces las sábanas gastadas me parecen una tortura y penitencia y el olor a rosas me enferma

Pénelope y Aracna deRene Avilés Fabila

Nada más falso que Ulises, luego de su penosa y complicada travesía de retorno a Ítaca, haya sido recibido por su fiel esposa. Había muerto. A fuerza de tejer y destejer, de bordar y desbordar, en espera de su amado, Penélope se convirtió en una suprema artista. De sus manos brotaban prendas que se ajustaban a los cuerpos de modo mágico y tapices con las más bellas escenas sobre las deidades griegas. Tejió en lana y seda, en finos linos y suaves telas, ropajes hasta para sus pretendientes. Ello desató el odio de Aracne, quien valiéndose de su figura de araña pudo llegar hasta las habitaciones de Penélope y picarla mortalmente en un brazo. Al parecer, todos han olvidado que Atenea, en su justificada ira para castigar a la irreverente muchacha, la convirtió con jugo de acónito en araña y al hacerlo no consideró que también le daba un mortal veneno y dejaba intactos su egoísmo y envidia
Ulises lloró la muerte de su esposa, pero de inmediato, para hallar consuelo, hizo traer a Circe, la hechicera que había amado durante su ruta de regreso a casa y cuya belleza aún lo subyugaba. Habrá que añadir que Circe detestaba tejer y bordar. Era sumamente sensual y su especialidad era la cocina.

Penelopemitologia

¿QUIÉN HA DE ASCENDER A LA COLINA DEL SEÑOR? AMOS ZOS

Avatar de Rubén Garcia García - SenderoPUROCUENTO

http://www.sisabianovenia.com/LoLeido/Ficcion/IndiceFiccion.html

En el que se dan por concluidas las negociaciones, se firma un contrato y se discute buena cantidad de planes, así como se habla de lejanas tierras en las que el hombre blanco no ha puesto el pie.

En la penúltima casa de la calle Sofonías vivía mi amigo, Aldo Castelnuovo, cuyo padre era famoso por los trucos que sabía hacer con tren-del-fin-del-mundonaipes y fósforos; además, tenía en propiedad una agencia de viajes, El Orient Express. Yo sabía que, de todas las personas del mundo, Aldo tenía que ver mi bicicleta. Era lo único que sus padres no le habían comprado, pues le habían regalado ya casi todo lo demás. No le dejaban andar en bicicleta por los diversos peligros que lleva consigo y, en concreto, porque podía entorpecer el progreso que Aldo llevaba hecho en el violín. Por esta razón le pegué un silbido, furtivamente, desde fuera de su casa. Cuando apareció, Aldo se…

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La cadena de Álvaro B.G.

El enfermero empujaba la camilla sobre la que Tobías, atado con correas, miraba a los ojos de Elisa que, sonriendo, saludaba con la mano a Camila mientras ésta acariciaba el pelo del pequeño Román que silbaba una canción para Jeremías, quien, con su cigarrillo siempre apagado en la boca, levantaba las faldas de Rosario mientras reía porque Basilio tocaba las palmas a Maruxa que tejía y destejía calcetines para Zacarías, su gato.
Y así, unidos por su locura, formaban una cadena en la que el eslabón más débil era el enfermero.

cadena

Tomado del Fb

Mi amigo autista

Dentro, tengo un vecino
que amenazado por las noches nubladas
en mi sueño siempre sale a la calle con un paraguas.
camina solitario entre las pisadas de la gente y distraído se tropieza
con las melodías de un imaginario saxofón.

caminado bajo paraguas