Algo que brilla como el mar fragmento de Hiromi Kawakami

Cómo te ha ido el día?—me pregunta mi madre todos los días.

—Bien, normal—le respondo yo.

«Bien» y «normal», siempre las dos mismas palabras. Las ocasiones en las que le doy una respuesta diferente se pueden contar con los dedos de una mano. Cuando tengo que responderle otra cosa, como «fatal» o «muy bien», intento no tenerla delante.

 Es muy fácil no tener a mi madre delante, porque siempre está ocupada.

 Mi madre es escritora freelance. Escribe artículos sobre temas variados: sobre las pastelerías de los alrededores de Tokio, sobre tácticas para librarse de las tareas domésticas, sobre cosmética para adolescentes inexpertas o acerca de la mejor forma de cuidar un perro en un piso. Por exigencias de su trabajo, ha llegado a comer doce pastelitos de golpe y a untarse la cara con cinco productos distintos para blanquear la piel, además de ir echando pestes de un paño de cocina que sirve para fregar los platos sin detergente: «¡Con lo que a mí me gusta la espuma artificial!», dice.

 Cada vez que le respondo «Bien, normal», me lanza una mirada escéptica. «Ya—dice—. Bueno, pues me parece estupendo». Pero yo sé que es mentira. A mi madre no le gusta esa respuesta. Le encantaría decirme que la vida es mucho más que «normal». Desde mi primer día en la escuela primaria, cuando me preguntó por primera vez «¿Cómo te ha ido el día?», hasta hoy, que ya soy un estudiante de bachillerato, no ha dejado de pensarlo ni por un momento.

Recuerdo perfectamente la primera vez que mi madre me preguntó:

—¿Cómo te ha ido el día?

—Bien, normal—le respondí con un hilo de voz. Llevaba el gorrito amarillo del uniforme de primaria calado hasta los ojos. Mi cartera, que era demasiado grande, llevaba un plástico protector del mismo color, a juego con el gorro. Asentí, iluminado por el resplandeciente tono amarillo.

—¿Normal?—repitió ella.

—Sí—le respondí de nuevo.

—Los días no son normales, seguro que te ha pasado algo especial—insistió.

 Entonces, me puse a pensar.

 La niña que se había sentado a mi lado se parecía mucho a la tortuga que teníamos en casa.

 El maestro se había equivocado al leer mi apellido. Yo me llamo Edo, pero él lo pronunció «Hedor». Mis compañeros de clase y yo nos quedamos estupefactos. Todos menos uno, que soltó una carcajada. Era Hanada. Ya tendré ocasión de hablar de Hanada más adelante, así que ahora no lo haré.

 El agua del grifo salía tibia y tenía un sabor metálico.

 A la hora del recreo, me había quedado de pie bajo el cerezo, mirando hacia arriba, y un niño de mi clase me había insultado: «¡Idiota!».

Hanada, que también estaba contemplando el cerezo, se había vuelto hacia el niño y le había espetado: «¡Mocoso!». Su capacidad de reacción me dejó admirado, de modo que eché un vistazo a la chapa que llevaba con el nombre escrito. Los caracteres que formaban su nombre, Hanada, estaban muy separados y no encajaban con el aspecto corpulento del niño.

—Ha sido normal—repetí.

todo está bien en la tierra

—Ya—suspiró mi madre.

 Por mucho que pensara, mi segundo día de clase en la escuela primaria estaba dentro de los límites de lo que yo consideraba «normal».

—Si te pasa algo malo, díselo enseguida a mamá—me advirtió ella con expresión preocupada.

 Asentí levemente.

—Y cuando te pase algo bueno, Midori, también quiero que se lo digas a mamá para que pueda compartir tu alegría—prosiguió mi madre.

 Asentí de nuevo. Estaba impaciente por empezar a comer, pero intuía que mi madre estaba preocupada por algo, así que permanecí inmóvil. Sin embargo, la impaciencia me corroía por dentro.

 Por cierto, en aquella época mi madre se refería a sí misma como «mamá». Ahora, en cambio, cuando habla de sí misma dice «yo».

—Eres un chico muy arisco, Midori. Si yo fuera joven, nunca me enamoraría de alguien como tú—suele decirme con toda la tranquilidad del mundo.

 No me molesta que mi madre se refiera a sí misma como «yo» y no parezca mi madre. Sólo me hace sentir vagamente incómodo que se esfuerce tanto en no parecer una madre.

 Por otro lado, tengo el presentimiento de que hay algo de mí que también incomoda a mi madre. Seguro que le molesta que todo lo que me pasa me parezca simplemente normal.

 Para mí, todo entra en la categoría de «normal», incluso aquella pelea que tuve con Hanada, de la que salí con un dedo inflamado porque quise darle un puñetazo en el estómago que él esquivó ágilmente y mi puño se estrelló contra un poste de electricidad; o la primera vez que conseguí hacer el amor con Mizue Hirayama después de tres intentos frustrados. De todos modos, a mi madre no le cuento todo lo que me pasa, por supuesto.

—Aunque el mismísimo Godzilla apareciera en la colina que hay detrás de tu colegio, a ti te parecería lo más normal del mundo—me reprocha ella, con un suspiro.

—Detrás de mi colegio no hay ninguna colina.

—No tienes sentimientos.

—No es una cuestión de sentimientos.

—Los chicos de tu edad no sois capaces de comprender la belleza y la tristeza que encierra la figura de Godzilla.

—No es verdad. A mí Godzilla me gusta bastante.

—Tiene una cola digna de admiración.

—Sí, esa cola de reptil le da un aire especial.

 Mi madre y yo nos desviamos del tema, como si nada, y acabamos perdiendo el hilo de la conversación.

«Como si nada» es una expresión que suele utilizar Mizue Hirayama.

—Tú y tu madre lo hacéis todo como si nada—me dijo un día Mizue, con un deje de emoción en la voz.

—¿Como si nada?

—Sí. ¿No te parece misterioso?

 Misterioso. Siempre he pensado que Mizue tiende a creer que posee la razón universal. El caso es que mi madre y yo, para bien o para mal, no tenemos una relación tan intrigante como ella piensa.

—Yo nunca me he sentido incómodo frente a mis padres—repuso Hanada, que estaba sentado con la espalda apoyada en la valla de la azotea. A la hora de comer, Mizue, Hanada y yo tomábamos el sol en la azotea del pabellón de clases especiales del colegio. A diferencia de los demás pabellones, allí casi nunca había nadie.

—Los padres son criaturas de otra especie, ¿verdad? —prosiguió Hanada, animadamente.

 Quizá tuviera razón. Puede que los padres y las madres sean criaturas de otra especie, como la mía:

 Mi madre siempre se perfuma después de desayunar. «Este perfume huele a flores blancas—dice—. Ni amarillas ni violetas, sino blancas».

A mi madre le quedan muy bien las gafas de sol.

 A mi madre le gusta más el filete de ternera rebozado que el filete de cerdo.

 A mi madre le gusta el sumo, y se lamenta porque últimamente ya no hay luchadores con enormes barrigas.

 A mi madre no se le da bien coser. Se le resisten especialmente los botones. En cambio, es una artista de los dobladillos. Cuando empezaba a coser los trapos que tenía que llevarme al colegio, no podía parar. Una vez, cosió veinticinco trapos de golpe y tuvimos una discusión porque pretendía que me los llevara todos al colegio al día siguiente.

 Mi madre no ha estado nunca casada. De hecho, me tuvo a mí sin haberse casado.

—Pues a mí la madre de Midori no me parece una criatura de otra especie—dijo Mizue Hirayama.

—Yo creo que es la excepción, aunque es una persona que parece nadar a contracorriente de la sociedad—le respondió Hanada a Mizue, encogiéndose de hombros. Hanada sigue teniendo la misma constitución corpulenta que cuando éramos niños.

—A mí me cae bien. Quizá por eso Midori esté tan enmadrado—añadió Mizue, con un profundo suspiro.

 Era un día soleado. Al mediodía, Mizue y yo solíamos subir a la azotea. No había gente, pero sí muchos cuervos y palomas. Hanada llegaba más tarde.

Mizue Hirayama extendió la bolsa vacía del bollo con sabor a melón y la dobló.

—La verdad es que me apetecía más un bollo de curry, pero he tenido que aguantarme y comer el de melón.

—¿Por qué no has comido el bollo de curry?

—Es que estoy a dieta.

—¿Tanta diferencia de calorías hay?

—Muchísima.

—¿Por qué las chicas os emperráis en hacer dieta?

—Porque nos gusta comprobar que somos capaces de hacerla.

 Mizue Hirayama y yo hablábamos apoyados en la valla. Yo hablaba despacio, mientras que ella articulaba las palabras velozmente. Los cuervos volaban por encima de nuestras cabezas.

—Veo que te gustan los cuervos.

—Pero odio las palomas—dijo ella.

 Mizue tenía muy claro lo que le gustaba y lo que no. A mí, en cambio, no me gustaba ni me disgustaba prácticamente nada, del mismo modo que casi todo lo que me ocurría entraba en la categoría de lo «normal».

—¿Es verdad que estás muy enmadrado?—me preguntó Hanada.

—A mí no me lo parece—le respondí cautelosamente. No me gustaba la palabra «enmadrado». No por el significado, sino por la sonoridad de la palabra en sí. Cuando Mizue utilizó esa palabra me sorprendí, aunque no reflejé mi asombro.

 Aún no sabía cómo reaccionar cuando una chica utilizaba una palabra que no me gustaba. ¿Debía expresarle mi disconformidad con mucho tacto, o quizá debía darle a conocer mi punto de vista y pedirle que dejara de utilizar esa palabra? ¿Sería más adecuado cambiar de tema? Estaba convencido de que, fuera cual fuera mi reacción, no podría evitar que Mizue se enfadara conmigo. Los enfados de Mizue me daban miedo, porque no tenía ni idea de cómo apaciguar su cólera.

—Yo no entiendo a las mujeres. Ni a las jóvenes, ni a las maduras, ni a las viejas—dijo Hanada, y Mizue rió.

 Hanada tenía un poder de atracción innato. Su corpulento físico, su profunda voz y sus grandes ojos redondos estaban llenos de atractivo. Si yo hubiera dicho algo parecido, estoy convencido de que Mizue se habría enfadado conmigo. Pero como fue Hanada quien lo dijo, ella se echó a reír a carcajadas.

 Unas cuantas palomas revoloteaban a nuestro alrededor, picoteando las migajas de pan.

—Hace buen día—dijo Mizue, dando puntapiés a las palomas despreocupadamente.

—Un día precioso—corroboró Hanada.

 Yo guardé silencio.

 Cuando sonó el timbre que indicaba el comienzo de la quinta hora de clases, los alumnos del patio empezaron a entrar en los pabellones de las aulas normales. Imitando a Mizue, intenté ahuyentar a las palomas con la punta del zapato, pero ellas eran más rápidas y no conseguí alcanzar ninguna. Mizue y Hanada se echaron a reír. Malhumorado, pateé el suelo con el pie, y los pájaros levantaron el vuelo todos a la vez.

 Las piernas de Mizue resplandecían exuberantes bajo la luz del sol. «Quiero hacer el amor con Mizue—pensé intensamente—. Quiero hacerlo, quiero hacerlo, quiero hacerlo con desesperación», pensé. Aquella idea había surgido con la misma fuerza con que el agua brota de una fuente.

 Pero no podía hacerlo.

—¿Por qué no vamos a algún sitio esta tarde?—propuso

Mizue Hirayama. Mi corazón empezó a latir más deprisa, porque sabía que mi madre y mi abuela no estaban en casa.

—Vale—le respondí, con fingido desinterés.

 Mizue rió bajo la luz del sol que inundaba la azotea.

—¿Te apuntas, Hanada?—le pregunté con un susurro.

—Pues no lo sé—repuso Hanada, desperezándose. Estaba medio adormilado en el suelo de la azotea, y el sol bañaba su cuerpo robusto.

—Vamos todos juntos—dijo Mizue.

—Qué rollo—respondió Hanada, y Mizue se acercó a él. «Si se acerca tanto, Hanada le verá las bragas por debajo de la falda», pensé yo. Pero no dije nada.

—Vente con nosotros, Hanada—insistió Mizue.

De repente, me vinieron a la memoria unas palabras que mi madre solía decir en ciertos momentos:

 El año está en primavera

 y el día está en el alba,

 del alba son las siete.

 La colina está perlada de rocío,

 la alondra va en vuelo,

 el caracol está en el rosal.

 Dios está en su cielo.

 Todo está bien en la Tierra.

 En aquel momento, sin saber por qué, me acordé de aquella poesía que mi madre recitaba, a veces en un murmullo y otras veces en voz alta. «Hoy tampoco podremos hacer el amor desesperadamente», me lamenté para mí mismo. Seguro que no podríamos hacerlo nunca más. Todo estaba bien en la Tierra, y Mizue Hirayama exhibía su encantadora sonrisa.

Hiromi. kawuakami

Autora japonesa, Hiromi Kawakami cursó estudios de Biología en la Universidad de Ochanomizu, trabajando como docente durante varios años hasta que el éxito de su primera novela publicada la animó a dedicarse por completo a la literatura. Antes ya había escrito varios relatos que habían aparecido en revistas y antologías, sin mucho éxito.

Es, sin duda, la aparición de su antología Dios la que supuso el espaldarazo que necesitaba para dar un paso adelante dentro del panorama literario japonés. Desde entonces, 1994, Kawakami ha publicado seis novelas más que han logrado el aplauso conjunto del público y la crítica, convirtiéndose en una de las autoras más populares de su país. De entre su obra habría que destacar títulos como El cielo es azul, la tierra blanca, Algo que brilla como el mar, El señor Nakano y las mujeres o Vidas frágiles, noches oscuras.

A lo largo de su carrera ha ganado premios tan importantes como el Akutagawa o el Tanizaki. Ha sido traducida a más de cinco idiomas.

traducción del japonés

de marina bornas montaña

La garganta de acero de Mijaíl Bulgákov

Así pues, me quedé solo. Me rodeaban las tinieblas del mes de noviembre mezcladas con torbellinos de nieve que había cubierto la casa; la chimenea aullaba. Yo había pasado los veinticuatro años de mi vida en una gran ciudad y pensaba que las tormentas aúllan solamente en las novelas. Pero resultó que también en la realidad aúllan las tormentas. Aquí las veladas son extraordinariamente largas; la lámpara, bajo su pantalla verde, se reflejaba en la ventana negra y yo soñaba despierto, mientras miraba la mancha que brillaba a mi izquierda. Soñaba con la ciudad del distrito, que se encontraba a cuarenta verstas de distancia. Tenía grandes deseos de escaparme de mi hospital para ir allá. Allí había electricidad, cuatro médicos a quienes podía consultar, y en todo caso no era tan terrible. Pero no había posibilidad alguna de escapar y, por momentos, yo mismo comprendía que aquello no era más que cobardía. Después de todo, justamente para eso había estudiado en la facultad de medicina…
“…¿Y si trajeran a una mujer con complicaciones de parto? ¿O, supongamos, a un enfermo con hernia estrangulada? ¿Qué haría yo en ese caso? Aconséjenme, por favor. Hace cuarenta y ocho días que terminé la facultad con sobresaliente, pero el sobresaliente es una cosa y la hernia otra. En una ocasión vi cómo un profesor realizaba una operación de hernia estrangulada. Él operaba y yo estaba sentado en el anfiteatro. Eso fue todo…”
Cada vez que pensaba en la hernia, un escalofrío me recorría la columna vertebral. Cada noche, después de tomar el té, me sentaba en una misma postura: bajo mi brazo izquierdo, estaban todos los manuales de cirugía obstétrica, y encima de ellos, el pequeño Doderlein. A la derecha, unos diez tomos diversos de cirugía práctica, ilustrados. Yo me lamentaba, fumaba, tomaba un té negro y frío…
Me quedé dormido; recuerdo perfectamente esa noche, la del 29 de noviembre. Me despertó un estruendo en la puerta. Cinco minutos más tarde, mientras me ponía los pantalones, no lograba apartar mis ojos implorantes de los divinos libros de cirugía práctica. Oí el crujir de los patines de un trineo en el patio: mis oídos se habían vuelto extremadamente sensibles. Resultó, quizá, algo peor aún que una hernia o que la posición transversal de un bebé: al hospital de Nikólskoie, a las once de la noche, trajeron a una niña. La enfermera dijo con voz sorda:
-Es una niña débil, se está muriendo… Doctor, venga al hospital…
Recuerdo que atravesé el patio y me dirigí hacia la lámpara de petróleo que estaba junto a la entrada del hospital y, como hechizado, no conseguía apartar la vista de la luz parpadeante. La recepción ya estaba iluminada y toda la plantilla de ayudantes me esperaba con las batas puestas. Eran: el enfermero Demián Lukich, un hombre todavía joven pero muy eficiente, y dos experimentadas comadronas, Ana Nikoláievna y Pelagueia Ivánovna. Yo no era más que un médico de veinticuatro años que se había graduado dos meses atrás y que había sido designado para dirigir el hospital de Nikólskoie.
El enfermero abrió solemnemente la puerta y apareció la madre. Entró apresuradamente, patinando sobre sus botas de fieltro; la nieve aún no se había derretido en su pañuelo. Llevaba en sus brazos un envoltorio que acompasadamente emitía silbidos y respiraba produciendo un sonido sordo. El rostro de la madre, que lloraba en silencio, estaba demudado. Cuando la mujer se quitó la pelliza y el pañuelo y abrió el envoltorio, vi a una niña de unos tres años. La observé y por un momento me olvidé de la cirugía, la soledad, el inútil bagaje universitario; me olvidé definitivamente de todo a causa de la belleza de la niña. ¿Con qué se podía comparar? Solo en las cajas de bombones dibujan niños así, con rizos naturales en el cabello, formando grandes bucles del color del trigo maduro. Los ojos azules, enormes; las mejillas como las de una muñeca. Así dibujaban a los ángeles. Pero una extraña turbación anidaba en el fondo de sus ojos y comprendí que era miedo: la niña se asfixiaba. “Morirá dentro de una hora”, pensé con absoluta convicción, y mi corazón se contrajo dolorosamente…
Cada vez que la niña respiraba, en su garganta se formaban pequeños hoyuelos, las venas se hinchaban y el rostro pasaba de un tono rosado a uno ligeramente liláceo. De inmediato comprendí y valoré ese cambio de color. Enseguida me di cuenta de lo que se trataba; mi primer diagnóstico fue exacto y, lo más importante, coincidió con el de las comadronas, que tenían mucha experiencia: “La niña tiene garrotillo diftérico, la garganta ya está cubierta de falsas membranas y pronto se cerrará completamente…”
-¿Cuántos días lleva enferma la niña? -pregunté en medio del atento silencio de mi personal.
-Es el quinto día, el quinto -dijo la madre, y me miró profundamente con sus ojos secos.
-Garrotillo diftérico -dije entre dientes al enfermero, y a la madre le dije-: ¿En qué estabas pensando? ¿Eh? ¿En qué estabas pensando?
En ese momento se oyó detrás de mí una voz llorona:
-¡El quinto, padrecito, el quinto!
Me volví y vi a la abuela de cara redonda, con la cabeza cubierta por un pañuelo. “Sería magnífico que estas abuelas no existieran en el mundo”, pensé con un lóbrego presentimiento del peligro, y dije:
-Tú, abuela, cállate; estorbas.
A la madre le repetí:
-¿En qué pensabas? ¡El quinto día! ¿Eh?
De pronto la madre, con un movimiento de autómata, entregó la niña a la abuela y se arrodilló delante de mí.
-Dale unas gotas a la niña -dijo, y golpeó el suelo con la frente-, me ahorcaré si se muere.
-Levántate inmediatamente -le contesté-, de lo contrario no hablaré contigo.
La madre se levantó rápidamente, recibió a la niña que le entregaba la abuela y comenzó a mecerla en sus brazos. La abuela se puso a rezar en dirección a la puerta, mientras la niña continuaba respirando con un silbido de serpiente. El enfermero dijo:
-Siempre hacen lo mismo. El pueblo -y al decir esto sus bigotes se torcieron hacia un costado.
-¿Quiere decir que la niña morirá? -preguntó la madre mirándome con negra furia, o al menos así lo percibí yo entonces…
-Morirá -dije en voz baja y con firmeza.
La abuela inmediatamente cogió el borde de su falda y comenzó a secarse con él los ojos. La madre me suplicó con voz abatida:
-¡Dale algo, ayúdala! ¡Dale unas gotas!
Ya veía con claridad lo que me esperaba. Me mantuve firme.
-¿Qué gotas le voy a dar? Aconséjame tú. La niña se está asfixiando, la garganta se ha cerrado. Durante cinco días seguidos has descuidado a tu hija a quince verstas de donde yo estoy. Ahora, ¿qué quieres que haga?
-Tú lo sabrás mejor, padrecito -comenzó a lloriquear la abuela en mi hombro izquierdo, con voz afectada. ¡Cómo la odié en ese momento!
-¡Cállate! -le dije. Me dirigí al enfermero y le ordené que cogiera a la niña. La madre entregó la niña a la comadrona. La niña comenzó a agitarse y quería, por lo visto, gritar, pero la voz ya no salía de su garganta. La madre quiso defenderla, pero la apartamos; entonces pude examinar, a la luz de la lámpara de petróleo, la garganta de la niña. Nunca hasta entonces me había enfrentado con la difteria, salvo en algunos casos leves que había aliviado rápidamente. En la garganta había algo que bullía, algo blanco, desgarrado. La niña de pronto espiró y me escupió en la cara, pero yo, ocupado como estaba por mis pensamientos, no me preocupé por mis ojos.
-Mira -dije, sorprendiéndome por mi tranquilidad-, el asunto es el siguiente. Ya es demasiado tarde. La niña se está muriendo. Solo hay una cosa que podría ayudarla: una operación.
Yo mismo me horroricé. ¿Para qué lo habría dicho? Pero no podía dejar de decirlo. “¿Y si aceptan?”, pasó fugazmente por mi cabeza.
-¿Cómo una operación? -preguntó la madre.
-Es necesario hacerle un corte en la parte inferior de la garganta e introducir un tubito de plata, para dar a la niña la posibilidad de respirar; así quizá podamos salvarla -le expliqué.
La madre me miró como a un loco y protegió a la niña con sus brazos mientras la abuela se ponía a refunfuñar de nuevo:
-¡No! ¡No dejes que la operen! ¡No! ¡¿Cortarle la garganta?!
-¡Lárgate, abuela! -le dije con odio-. ¡Inyéctele alcanfor! -ordené al enfermero.
La madre no quiso entregar a la niña cuando vio la jeringuilla, pero le explicamos que la inyección no era nada terrible.
-¿Quizá eso la ayudará? -preguntó la madre.
-No, no la ayudará en absoluto.
Entonces la madre se echó a llorar.
-Basta -le dije. Saqué mi reloj y añadí-: Les doy cinco minutos para pensarlo. Si no están de acuerdo dentro de cinco minutos, yo ya no haré nada.
-¡No estoy de acuerdo! -dijo tajantemente la madre.
-¡No damos nuestro consentimiento! -añadió la abuela.
-Bueno, como quieran -añadí con voz sorda, y pensé: “¡Bien, esto es todo! Mejor para mí. Yo lo he dicho, lo he propuesto; los ojos asombrados de las comadronas son testigos. Ellas no han aceptado y yo estoy salvado.” No acababa de pensarlo cuando una voz ajena salió de mi interior:
-¿Se han vuelto locas? ¿Cómo que no están de acuerdo? Matarán a la niña. Acepten. ¿No les da lástima?
-¡No! -gritó nuevamente la madre.
En mi interior pensaba: “¿Qué estoy haciendo? Voy a degollar a la niña.” Pero decía otra cosa.
-¡Pronto, pronto, acepten! ¡Acepten! Ya se le están poniendo azules las uñas.
-¡No! ¡No!
-Está bien, acompáñenlas a la sala; que se queden allí.
Las llevaron por el corredor casi a oscuras. Yo oía el llanto de las mujeres y el silbido de la niña. El enfermero regresó enseguida y dijo:
-¡Aceptan!
En mi interior todo se petrificó, pero dije con claridad:
-¡Esterilicen de inmediato el bisturí, las tijeras, las grapas, la sonda!
Un minuto más tarde, atravesaba a toda velocidad el patio donde la tormenta de nieve, como un demonio, volaba y chocaba contra las casas. Entré corriendo en mi gabinete y, contando los minutos, cogí un libro, lo hojeé y encontré una ilustración que representaba una traqueotomía. En ella todo era sencillo y claro: la garganta estaba abierta y el bisturí clavado en la tráquea. Me puse a leer el texto, pero no comprendía nada, las palabras parecían brincar ante mis ojos. Jamás había visto cómo se hace una traqueotomía. “¡Eh!, ahora ya es tarde”, pensé, y miré con melancolía la luz azulada y la ilustración del libro; sentí que había caído sobre mí un asunto terrible y difícil y regresé al hospital sin percatarme de la tormenta.
En la recepción, una sombra con falda redonda se pegó a mí y una voz comenzó a lloriquear:
-Padrecito, ¿qué es eso de que vas a cortarle la garganta a la niña? ¿Acaso se puede pensar siquiera en algo así? Ella es una tonta, por eso ha aceptado. Pero yo no te doy mi consentimiento, no. Estoy de acuerdo en que le recetes unas gotas, pero no permitiré que le cortes la garganta.
-¡Saquen de aquí a esta mujer! -grité, y en mi acaloramiento añadí-: ¡La tonta eres tú! ¡Tú! ¡Ella no, ella es inteligente! ¡Además, a ti nadie te ha preguntado nada! ¡Sáquenla de aquí!
La comadrona abrazó firmemente a la abuela y la empujó fuera de la sala.
-¡Listo! -dijo de pronto el enfermero.
Entramos en la pequeña sala de operaciones y yo, como a través de una cortina, observé los brillantes instrumentos, la cegadora luz de la lámpara, el hule… Salí por última vez a donde estaba la madre, de cuyos brazos apenas lograron arrancar a la niña. Oí una voz ronca que decía: “Mi marido no está. Está en la ciudad. ¡Cuando regrese y se entere de lo que he hecho, me matará!”
-La matará -repitió la abuela, mirándome horrorizada.
-¡No las dejen entrar en la sala de operaciones! -ordené.
Nos quedamos solos en el quirófano. El personal, Lidka (la niña) y yo. La niña estaba desnuda. La habían sentado sobre la mesa. Lloraba en silencio.
Luego la acostaron, la sujetaron, le limpiaron la garganta y la untaron con yodo. Yo tomé con decisión el bisturí, pero pensaba: “¿Qué estoy haciendo?” Había un profundo silencio en la sala de operaciones. Tomé el bisturí e hice una línea vertical por la regordeta garganta blanca. No salió ni una gota de sangre. Por segunda vez pasé el bisturí por la franja blanca que había aparecido en la piel, que se había separado. Ni una gota nuevamente. Despacio, intentando recordar ciertos dibujos de los atlas, comencé con ayuda de una sonda roma a separar los delgados tejidos. Entonces, de la parte inferior del corte brotó una sangre oscura que inundó de inmediato la herida y comenzó a correr por el cuello. El enfermero la secaba con tampones, pero la sangre no dejaba de correr. Recordando todo lo que había visto en la universidad, comencé a apretar con pinzas los bordes de la herida, pero no obtuve ningún resultado. Sentí frío y mi frente se humedeció. Me arrepentí profundamente de haber ingresado en la facultad de medicina, de haber aceptado venir a este remoto lugar. Con furiosa desesperación metí una pinza al azar en alguna parte próxima a la herida, la cerré y la sangre inmediatamente dejó de correr. Absorbimos la sangre de la herida con bolas de gasa y solo entonces la herida se me presentó limpia, pero completamente incomprensible. La tráquea no estaba en ninguna parte. Mi herida no tenía nada que ver con ninguna de las ilustraciones de los libros. Pasaron todavía dos o tres minutos durante los cuales, de un modo mecánico y totalmente incoherente, estuve hurgando en la herida, unas veces con el bisturí y otras con la sonda, en busca de la tráquea. Al final del segundo minuto comencé a desesperarme. “Es el fin -pensé-, ¿para qué habré hecho esto? Podía no haber propuesto la operación y Lidka habría muerto tranquilamente en su habitación, mientras que ahora morirá con la garganta desgarrada y nunca, jamás, podré demostrar que de todas formas habría muerto, que yo no podía perjudicarla…” La comadrona secó en silencio mi frente. “Dejar el bisturí y decir: no sé qué hacer ahora”, pensé, e inmediatamente me imaginé los ojos de la madre. De nuevo levanté el bisturí y, sin sentido alguno, corté profunda y bruscamente a Lidka. Los tejidos se separaron e inesperadamente apareció ante mis ojos la tráquea.
-¡Los ganchos! -dije con voz ronca.
El enfermero me los dio. Introduje un gancho en un lado de la herida y el segundo en el otro y le di uno de ellos al enfermero. En ese momento solo veía una cosa: los anillos grisáceos de la tráquea. Hundí el afilado bisturí en la tráquea y me quedé inmóvil. La tráquea comenzó a salirse de la herida: el enfermero, pensé, se ha vuelto loco, ha comenzado a extraer la tráquea. Las dos comadronas gritaron detrás de mí. Levanté los ojos y comprendí lo que ocurría: el enfermero se estaba desmayando por el calor y, sin soltar el gancho, rompía la tráquea. “Todo está en mi contra, es el destino -pensé-, ahora sí que hemos degollado a Lidka. -Y me dije-: En cuanto llegue a casa me pegaré un tiro…” En ese instante, la comadrona principal, que por lo visto tenía mucha experiencia, se lanzó de un modo rapaz hacia el enfermero y cogió el gancho que este sostenía; luego me dijo con los dientes apretados:
-Continúe, doctor…
El enfermero cayó ruidosamente, dándose un golpe, pero nosotros no lo miramos siquiera. Introduje el bisturí en la tráquea y luego metí en ella un tubito de plata. El tubo entró con facilidad, pero Lidka permaneció inmóvil. El aire no había entrado en su garganta, como debiera haber ocurrido. Respiré profundamente y me detuve: no tenía nada más que hacer. Solo quería pedirle perdón a alguien, arrepentirme de mi ligereza, de haber ingresado en la facultad de medicina. Reinaba el silencio. Yo veía cómo Lidka se ponía cada vez más azulada. Quería abandonarlo todo y echarme a llorar. De pronto Lidka se estremeció de un modo extraño, arrojó como una fuente los sucios coágulos a través del tubo y el aire, con un silbido, entró en su garganta. La niña respiró y comenzó a llorar fuertemente. En ese instante el enfermero se levantó, pálido y sudoroso, miró alelado y horrorizado la garganta abierta y se puso a ayudarme a coserla.
A pesar del cansancio y del velo del sudor que me cubría los ojos, vi los rostros felices de las comadronas. Una de ellas me dijo:
-Ha realizado brillantemente la operación, doctor.
Pensé que se estaba burlando de mí y la miré con aire sombrío de reojo. Luego se abrieron las puertas y penetró el aire fresco. Sacaron a Lidka envuelta en una sábana. De inmediato, en la puerta, se presentó la madre. Sus ojos parecían los de una fiera salvaje. Me preguntó:
-¿Y bien?
Cuando oí el tono de su voz el sudor me recorrió la espalda, y solo entonces me di cuenta de lo que habría ocurrido si Lidka hubiera muerto en la mesa de operaciones. Pero le contesté con una voz muy serena:
-Tranquila. Vive y seguirá viva. Eso espero. Solo que mientras no le saquemos el tubito no podrá pronunciar ni una palabra, así que no se asusten.
Entonces la abuela salió de debajo de la tierra y se santiguó en dirección al pomo de la puerta, hacia mí, hacia el techo. Pero yo ya no me enfadaba con ella. Me volví y ordené que le inyectaran alcanfor a Lidka y que por turnos hicieran guardia junto a ella. Luego me fui a mi apartamento. Recuerdo que la luz azulada ardía en mi gabinete. Allí estaba el Doderlein, había libros esparcidos. Me acerqué al diván, me acosté vestido e inmediatamente dejé de ver cualquier cosa. Me quedé dormido y ni siquiera soñé.
Pasó un mes, otro. Yo había visto ya muchas cosas y algunas más terribles que la garganta de Lidka. Incluso la había olvidado. Estábamos rodeados de nieve y la consulta crecía de día en día. En una ocasión, ya al año siguiente, entró en mi consultorio una mujer llevando de la mano a una niña exageradamente abrigada. Los ojos de la mujer brillaban. La miré con atención y la reconocí.
-¡Ah, Lidka! ¿Cómo está la niña?
-Bien.
Dejamos al descubierto la garganta de Lidka. La niña se resistía, tenía miedo. Por fin logré levantarle el mentón y examinarla. En su cuello rosado había una cicatriz vertical de color marrón y dos cicatrices transversales delgadas, las de las costuras.
-Todo está en orden -dije-, pueden dejar de venir.
-Se lo agradezco doctor, muchas gracias -dijo la madre, y ordenó a Lidka-: ¡Dale las gracias al señor!
Pero Lidka no tenía deseos de decirme nada.
No volví a verla nunca más. Comencé a olvidarla. Mi consulta seguía creciendo. Y llegó el día en que recibí a ciento diez personas. Habíamos comenzado a las nueve de la mañana y terminamos a las ocho de la noche. Yo, tambaleándome, me quité la bata. La comadrona principal me dijo:
-Tal cantidad de pacientes debe agradecérsela a la traqueotomía. ¿Sabe lo que dicen en las aldeas? Que a Lidka, en lugar de su garganta, usted le puso una de acero y se la cosió. Viajan especialmente a la aldea donde vive la niña para verla. Ya tiene usted fama, doctor, lo felicito.
-¿De modo que creen que vive con la garganta de acero? -pregunté.
-Sí, eso creen. Usted, doctor, es excelente. ¡Es un encanto ver la sangre fría con que opera!
-Sí… Yo, sabe usted, jamás me pongo nervioso -dije sin saber por qué, pero era tanto mi cansancio que ni siquiera pude avergonzarme, simplemente volví la vista hacia otro lado. Me despedí y me dirigí a mi apartamento. Caía una nieve gruesa que lo cubría todo; el farol ardía y mi casa estaba solitaria, tranquila y grave. Y yo, en el camino, solo deseaba una cosa: dormir.

bulgakov

(Mijaíl Afanásievich Bulgakov; Kiev, 1891 – Moscú, 1940) Novelista y dramaturgo ruso. Hijo de un profesor de la Academia Eclesiástica de Kiev, Mijaíl Bulgakov estudió medicina y ejerció como médico hasta que, en 1921, se trasladó a Moscú para dedicarse en exclusiva a la literatura. En el decenio de 1920 alcanzó considerable fama como autor teatral: en 1928 llegó a tener tres obras representándose simultáneamente en las escenas de los más importantes teatros de Moscú.

Qué es la difteria?

Es una enfermedad aguda, que puede ser muy grave. Descrita por Hipócrates 500 años antes de Cristo. La palabra difteria viene del griego y significa «membrana».

La bacteria produce una toxina (veneno) que causa la aparición de pseudomembranas obstructivas en nasofaringe, orofaringe, amígdalas, laringe y tráquea. A veces afecta la conjuntiva, la mucosa genital y la piel. También puede dañar otros órganos como corazón, sistema nervioso o riñones.

Es una enfermedad muy poco frecuente en los países desarrollados pues casi toda la población está correctamente vacunada contra ella.

La difteria ha sido de las enfermedades más temidas. Su mortalidad llegaba al 50%. Tras descubrir la antitoxina a finales del siglo XIX, la mortalidad bajó en Europa hasta un 15%. En 1923 se usa por primera vez el toxoide como vacuna, aunque su uso tardó décadas en generalizarse.

En la mayoría de los países industrializados, la difteria ha desaparecido o se producen casos aislados. Donde aún se producen casos, afecta sobre todo a niños en edad preescolar y escolar. Es importante vacunar correctamente a toda la población para evitar brotes como los sufridos por países de la ex Unión Soviética durante la década de 1990.

Aunque la antitoxina y los modernos cuidados intensivos han reducido la mortalidad de la difteria en países industrializados, sigue siendo alta en muchos países en desarrollo.

En España era llamada “garrotillo”, pues la muerte por asfixia que causaba, recordaba a los ajusticiados mediante garrote vil. La incidencia anual disminuyó de forma importante tras iniciarse campañas de vacunación en 1965, pasando de 27.500 casos en 1940 a 248 casos en 1966. En 1986 se notificaron los dos últimos casos de difteria en nuestro país. En 2015 se ha vuelto a declarar un caso que desgraciadamente ha terminado con la vida de un niño de 6 años que no  estaba vacunado.

En muchos países subdesarrollados sigue siendo un problema de salud pública. Especialmente en Asia, (en particular la India, Nepal y Bangladesh), el Sudeste Asiático, el Pacífico occidental (Indonesia, Filipinas, Vietnam, Laos y Papúa Nueva Guinea), el África subsahariana (Nigeria), América del Sur (Brasil) y el Medio Oriente (Irak y Afganistán). Aunque en los últimos años se ha generalizado el uso de la vacuna.

EMIL VON BEHRING (1854-1917):

Pionero de la inmunología y descubridor de las vacunas contra el tétanos y la difteria

A fines del siglo XIX, las epidemias eran causa de muchas muertes en la población civil y, sobre todo, en los niños. En esa época se inicia una carrera de investigación entre las escuelas de Robert Koch en Alemania y de Louis Pasteur en Francia, que llevó a grandes descubrimientos que beneficiaron a generaciones futuras. Emil von Behring descubrió las vacunas contra el tétanos y la difteria –por lo que se le llamó “salvador de los soldados y de los niños” – e inició el desarrollo de la Inmunología.

 

 

Un cuento casi sufi de Gonzálo Suárez

Recogí a un vagabundo en la carretera. Me arrepentí enseguida. Olía mal. Sus harapos ensuciaron la tapicería de mi coche. Pero Dios premió mi acto de caridad y convirtió al vagabundo en una bella princesa. Ella y yo pasamos la noche en un motel. Al amanecer, me desperté en brazos del maloliente vagabundo. Y comprendí que Dios nos premia con los sueños y nos castiga con la realidad.

Renoir. autoretrato

Tomado del Fb

Un cuento de Ema Wolf*

Las esponjas suelen contar historias muy interesantes, el único problema es que lo cuentan en voz muy baja y para oírlas hay que lavarse muy bien las orejas. Una esponja me contó una vez lo siguiente: En una época lejana las guerras duraban mucho, un rey se iba a la guerra y tardaba treinta años en volver, cansado y sudado de cabalgar, y con la espada tinta en chinchulín enemigo.
Algo así le sucedió al rey Vigildo. Se fue a la guerra una mañana y volvió veinte años más tarde, protestando porque le dolía todo el cuerpo.
Naturalmente lo primero que hizo su esposa, la reina Inés, fue prepararle una bañera con agua caliente. Pero cuando llegó el momento de sumergirse en la bañera, el rey se negó.
-No me baño –dijo-¡No me baño, no me baño y no me baño!
La reina, los príncipes, la parentela real y la corte entera quedaron estupefactos.
-¿Qué pasa majestad? – preguntó el viejo chambelán- ¿Acaso el agua está demasiado caliente? ¿El jabón demasiado frío? ¿La bañera demasiado profunda?-No, no y no –contestó el rey- pero yo no me baño nada.
Por muchos esfuerzos que hicieron para convencerlo, no hubo caso.
Con todo respeto trataron de meterlo en la bañera entre cuatro, pero tanto grito y tanto escándalo formó para escapar que al final lo soltaron.
La reina Inés consiguió cambiarle las medias,-¡las medias que habían batallado con él veinte años!- pero nada más.
Su hermana, la duquesa Flora le decía:
-¿Qué te pasa Vigildo? ¿Temés oxidarte o despintarte o encogerte o arrugarte..?
Así pasaron días interminables. Hasta que el rey se atrevió a confesar.
-¡Extraño las armas, los soldados, las fortalezas, las batallas! Después de tantos años de guerra, ¿qué voy a hacer yo sumergido como un besugo en una bañera de agua tibia? Además de aburrirme, me sentiría ridículo.
Y terminó diciendo en tono dramático: ¿Qué soy yo, acaso un rey guerrero o un poroto en remojo?
Pensándolo bien el rey Vigildo tenía razón. ¿Pero cómo solucionarlo? Razonaron bastante, hasta que al viejo chambelán se le ocurrió una idea. Mandó hacer un ejército de soldados del tamaño de un dedo pulgar, cada uno con su escudo, su lanza, su caballo, y pintaron los uniformes del mismo color que el de los soldados del rey. También construyeron una pequeña fortaleza con puente levadizo y con cocodrilos del tamaño de un carretel, para poner en el foso del castillo.Fabricaron tambores y clarines en miniatura. Y barcos de guerra que navegaban empujados a mano o soplidos.
Todo esto lo metieron en la bañera del rey, junto con algunos dragones de jabón.
Vigildo quedó fascinado. ¡Era justo lo que necesitaba!
Ligero como una foca, se zambulló en el agua. Alineó a sus soldados, y ahí nomás inició un zafarrancho de salpicaduras y combate. Según su costumbre daba órdenes y contraordenes. Hacía sonar la corneta y gritaba:
-¡Avanzad mis valientes! Glub, glub. ¡No reculéis cobardes! ¡Por el flanco izquierdo! ¡Por la popa…!- Y cosas así.
La esponja me contó que después no había forma de sacarlo del agua.
También que esa costumbre quedó para siempre. Es por eso que todavía hoy, cuando los chicos se van a bañar, llevan sus soldados, sus perros, sus osos, sus tambores, sus cascos, sus armas, sus caballos, sus patos y sus patas de rana.
Y si no hacen eso, cuénteme lo aburrido que es bañarse.

Wolf Ema

  • Ema Wolf nació el 4 de mayo de 1948 en Carapachay, provincia de Buenos Aires, Argentina. Es licenciada en Lenguas y Literaturas Modernas por la Universidad de Buenos Aires.

Desde 1975 ha sido redactora en distintos medios periodísticos. Sus primeras historias para niños aparecieron en la revista Anteojito. En los ochenta colaboró con la revista Humi de humor infantil. Barbanegra y los buñuelos, fue su primer libro publicado en 1984.
Su original obra infantil ha merecido diversos galardones, entre ellos el Premio Konex por su trayectoria en la literatura infantil (1994), y en 1997 el Premio Mundial de Literatura José Martí; el Primer Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil.

Las lavanderas de Elena Poniatowska

En la humedad gris y blanca de la mañana, las lavanderas tallan su ropa1. Entre sus manos el mantel se hincha como a medio cocer, y de pronto revienta con mil burbujas de agua. Arriba
sólo se oye el chapoteo2 del aire sobre las sábanas mojadas. Y a pesar de los pequeños toldos de
lámina, siento como un gran ruido de manantial. El motor de los coches que pasan por la calle llega atenuado3; jamás sube completamente. La ciudad ha quedado atrás; retrocede, se pierde en
lavanderasel fondo de la memoria.
Las manos se inflaman, van y vienen, calladas; los dedos chatos, las uñas en la piedra, duras como huesos, eternas como conchas de mar. Enrojecidas de agua, las manos se inclinan como si
fueran a dormirse, a caer sobre la funda de la almohada. Pero no. La terca mirada de doña Otilia las reclama. Las recoge. Allí está el jabón, el pan de a cincuenta centavos y la jícara4 morena que
hace saltar el agua. Las lavanderas tienen el vientre humedecido de tanto recargarlo en la piedra
porosa y la cintura incrustada de gotas que un buen día estallarán.
A doña Otilia le cuelgan cabellos grises de la nuca; Conchita es la más joven, la piel restirada5 a reventar sobre mejillas redondas (su rostro es un jardín y hay tantas líneas secretas en
su mano); y doña Matilde, la rezongona,6 a quien siempre se le amontona la ropa. – Del hambre que tenían en el pueblo el año pasado, no dejaron nada para semilla.
– Entonces, ¿este año no se van a ir a la siembra, Matildita?
–Pues no, pues ¿qué sembramos? ¡No le estoy diciendo que somos un pueblo de muertos de hambre!
– ¡Válgame Dios! Pues en mi tierra, limpian y labran la tierra como si tuviéramos maíz. ¡A
ver qué cae! Luego dicen que lo trae el aire.
– ¿E1 aire? ¡Jesús mil veces! Si el aire no trae más que calamidades. ¿Lo que
trae es puro chayotillo! 7
Otilia, Conchita y Matilde se le quedan viendo a doña Lupe que acaba de dejar su bulto en
el borde del lavadero.
– Doña Lupe, ¿por qué no había venido?
– De veras doña Lupe, hace muchos días que no la veíamos por aquí.
– Ya la andábamos extrañando.
Las cuatro hablan quedito.8 El agua las acompaña, las cuatro encorvadas9 sobre su ropa, los
codos paralelos, los brazos hermanados.
– Pues ¿qué le ha pasado Lupita que nos tenía tan abandonadas?
Doña Lupe, con su voz de siempre, mientras las jícaras jalan el agua para volverla a echar sobre la piedra, con un ruido seco, cuenta que su papá se murió (bueno, ya estaba grande)10 pero con todo y sus años era campanero, por allá por Tequisquiapan11 y lo querían mucho el señor cura y los fieles. En la procesión, él era quien le seguía al señor cura, el que se quedaba en el segundo escalón durante la santa misa, bueno, le tenían mucho respeto. Subió a dar las seis como siempre, y así, sin aviso, sin darse cuenta siquiera, la campana lo tumbó de la torre. Y repite doña Lupe más bajo aún, las manos llenas de espuma blanca:
–Sí. La campana lo mató. Era una esquila,12 de esas que dan vuelta.
Se quedan las tres mujeres sin movimiento bajo la huida del cielo. Doña Lupe mira un punto
fijo:
– Entonces, todos los del pueblo agarraron la campana y la metieron a la cárcel.
– ¡Jesús mil veces!
– Yo le voy a rezar hasta muy noche a su papacito…
Arriba el aire chapotea sobre las sábanas.

https://wordpress.com/view/teecuento.wordpress.com

Intimidades de Rafael Norbona

Preparé la maleta cuidadosamente. Mis manos ya no son jóvenes, pero aún pueden doblar una camisa o unos pantalones. Me gusta el olor que desprende la ropa limpia. Me transmite sensación de orden, de equilibrio. No soporto la suciedad ni la desidia.
Siempre he sido algo presumido. Cuando perdí a mi esposa, pasé unas semanas sin afeitarme ni lavarme, pero esa actitud sólo consiguió agravar mi malestar. Al recobrar la rutina del aseo, la desesperación se atenuó. Limpiar y ordenar el apartamento me ayudó a superar la tristeza. Desde entonces, he sido muy cuidadoso con mi aspecto personal y con las faenas de la casa. Nunca dejo platos sucios en el fregadero. La ropa siempre está en el armario o en el cesto y no permito que se acumule el polvo. Tal vez soy algo maniático, pero esa forma de actuar me ayuda a soportar la soledad. Mi relación con el mundo depende de mi esmero en las tareas domésticas. Pero hace semanas que eso cambió. Mi impotencia ante el desorden es absoluta. No puedo recordar si he abierto un grifo o he cerrado el gas. Creí que sería suficiente ser más cuidadoso, comprobando varias veces cada acto, pero en una ocasión estuve a punto de incendiar la casa. Olvidé un filete sobre la lumbre. Las paredes se pusieron negras y el olor a aceite quemado no ha desaparecido del todo. Otra vez dejé abierta la alcachofa de la ducha e inundé el baño. La tarde en que pasé de largo frente a mi portal y necesité ayuda para encontrarlo, decidí ingresar en un asilo.

Van gogh

Tomado del Fb

El refugio del cobarde por Borgeano

¿Y qué piensa?

Avatar de BorgeanoEl Blog de Arena

Si eres neutral en situaciones de injusticia,
has elegido el lado del opresor.
Desmond Tutu

policia 02

La masa es el refugio de los cobardes. La masa, el grupo, la cofradía, el pelotón, es la manera que tiene el incapaz de hacer valor su sinrazón; y la violencia es el derecho de las bestias.

La policía, eterna aliada del poder, no es más que la execrable mano violenta de ese mismo poder que la subyuga a ella misma. Es por eso que el policía es el más detestable de los poderes fácticos; porque sólo sirve al amo y nunca a sí mismo (en ese sentido, el poder fáctico que se sirve a si mismo es repugnante en todas  y cada una de sus facetas, pero al menos es comprensible en su actitud). El policía es un cobarde que actúa para defender a un amo que lo desprecia y para someter a aquel…

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CEREBRO Y COMIDA. Parte 2: saboreando la moral — Neurociencias divertidas

¿No te da asco saber que tu vecino saca la vuelta a su esposa con la empleada y también con el jardinero? ¿No te parece nauseabundo que un adolescente va en las tardes a la iglesia a robar las carteras de las viejitas distraídas? ¿No crees que es repulsivo el racismo? Sí ¿verdad? A mi […]

a través de CEREBRO Y COMIDA. Parte 2: saboreando la moral — Neurociencias divertidas

Las mil y una noche eróticas Ana clavel

Gracias a “aquel sueño del Islam que abarcó mil noches y una noche”, hemos visitado desde niños un mundo fantástico plagado de alfombras mágicas, genios, lámparas y tesoros maravillosos. Libro que recuerda las aventuras de la imaginación, libro de la tradición del legendario Oriente, libro que evoca el infinito… En el hermoso ensayo que le dedica a esta obra, Jorge Luis Borges nos habla de la belleza de su título: “Decir mil noches es decir infinitas noches, las innumerables noches. Decir ‘mil y una noches’ es agregar una noche al infinito”.

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mujer odalisca

Mi mamá se fue a algún lado de VALENTIN GRIGORIEVCH RASPUTIN

La mosca avanzaba en forma irregular hacia la ventana. Correteaba sin detenerse y lo hacía rápidamente.

 El niño pensó que iba por un camino y esperó hasta ver si otra mosca no la seguía porque quería saber si realmente era un camino. Pero no había más moscas. A decir verdad, había, pero no andaban en el techo y el niño pronto perdió el interés en ellas. Se enderezó en la cama y gritó
-¡Mamá, ya desperté!
 Nadie le contestó.
 -¡Mamá! -llamó. Soy yo. Ya desperté.
 Silencio.
El niño esperó, pero el silencio seguía.
 Entonces saltó de la cama y corrió descalzo hacia la estancia. Estaba vacía. Miró primero el sillón, luego la mesa y las repisas con sus filas de libros, pero no había nadie. Todo estaba simplemente en su lugar, ocupando un espacio.
El niño corrió precipitadamente a la cocina, después al cuarto de baño. Nadie estaba escondido ahí tampoco. -¡Mamá! -gritó el niño.
Su grito se hundió en el silencio que inmediatamente se hizo más denso. El niño, desconcertado, corrió de nuevo a su habitación; las huellas de sus talones y de sus dedos desnudos se marcaban sobre el piso pintado y al enfriarse se esfumaban y desaparecían.
-Mamá -dijo el niño con la mayor tranquilidad que pudo-, desperté y tú no estás.
Silencio.
-¿No estás, verdad? -preguntó.
Su rostro se contrajo mientras esperaba la respuesta; volteó hacia todas partes, pero la respuesta no llegaba y el niño rompió a llorar.
Entre lágrimas, caminó hasta la puerta y empezó a jalarla. La puerta no cedía. Entonces la golpeó con la palma de la mano, luego la empujó con el pie desnudo, lastimándose, y su llanto creció con más fuerza.
Estaba de pie, en medio de la habitación y sus tibias y grandes lágrimas rodaban por su cara y caían al suelo. Después, sin dejar de llorar se sentó.
Todo a su alrededor le escuchaba en silencio.
Sentía que de pronto, a sus espaldas, se escucharían pasost pero nada sucedía y no podía recuperar la calma.
Permaneció así un largo tiempo. ¿Qué tanto? No lo sabía.
Finalmente se acostó en el piso y se puso a llorar. Estaba tan cansado que ya no se sentía a sí mismo y ni siquiera se daba, cuenta de que estaba llorando. Su llanto era tan natural como su respiración y ya no estaba bajo su control. Al contrario, era más fuerte que él.
De repente, al niño le pareció que alguien estaba en la habitación.
De un salto se levantó y empezó a mirar a su alrededor. La sensación que lo había hecho ponerse de pie no cesaba y el niño corrió a la otra habitación, después a la cocina y al cuarto de baño. No había nadie.
Sollozando, regresó y se tapó los ojos con las palmas de sus manos. Lentamente empezó a quitar las manos de sus ojos y una vez más miró a su alrededor. Nada había cambiado en la habitación. El sillón estaba vacío, la mesa estaba sola, los libros aguardaban como siempre en las repisas, pero sus lomos de diferentes colores miraban tristemente y como a ciegas. El niño se quedó pensativo:
-No lloraré más -se dijo-. Mi mamá no tardará. Seréun buen niño.
Se fue a la cama y enjugó su rostro lloroso con el cobertor. Después, sin apresurarse, como si anduviera de paseo, recorrió el departamento, examinando cosa por cosa. Una idea luminosa cruzó por su mente.
-Mamá-dijo a media voz-, quiero hacer pipí…
No era cierto, pero sabía que si su mamá estaba en la casa sólo así la haría acudir inmediatamente.
-Mamá- repitió.
Pero su mamá no estaba en la casa. Ahora lo había entendido definitivamente.
Tenía que hacer algo. “Me pondré a jugar. Mi mamá tiene que venir” -decidió-. Se fue al rincón donde estaban todos sus juguetes y eligió a la liebre. Era su consentida. Se le había caído una pata y su papá varias veces le había propuesto pegársela, pero él de ningún modo había consentido. Volver a tenerla con sus dos patas sería aceptar que ya no la quería
porque se había quedado con una sola y la otra, además, andaba por ahí, en alguna parte y vivía ahora su propia vida.
Juguemos, liebrecita -propuso el niño.
La liebre asintió en silencio.
-Tú estás enferma. Te duele una patita y ahora yo te voy a curar.
El niño acostó a la liebre en la cama, tomó un clavo y hundiéndolo en el vientre de la liebre, la inyectó.
La liebre estaba ya acostumbrada a las inyecciones y jamás se quejaba.
Como si hubiera recordado algo, el niño se puso pensativo. Después se alejó de la cama y miró hacia la sala. Todo estaba igual, y el silencio, como antes, se balanceaba de un rincón a otro en la habitación.
El niño suspiró, regresó a la cama y miró a la liebre. Estaba recostada tranquilamente sobre una almohada.
-No, así no -dijo el niño-. Ahora yo seré la liebre y tú el niño pequeño. Tú me curarás a mí.
Sentó a la liebre en una silla y se acostó en la cama. Encogió una pierna y empezó a gemir.
Sentada en la silla, la liebre lo miraba sorprendida con sus grandes ojos azules.
-Yo soy la liebre, me duele una pierna -le explicó el niño.
La liebre callaba.
-Liebre -le preguntó él enseguida-, ¿a dónde se fue mamá?
La liebre no contestó.
-No te duermas. Mira, dilo ¿A dónde se fue mamá?-demandó el niño y tomó a la liebre de un brazo. La liebre seguía callada.
El niño había olvidado que era él el que contestaba siempre por la liebre y que enseguida representaba el papel de los dos, y ahora, en serio, le exigía una respuesta. Había olvidado que la liebre era sólo un juguete como los otros, como sus cubos que se colocaban uno junto al otro sólo si alguien los ponía, como sus coches que caminaban sólo si alguien los jalaba, como sus animalitos de peluche que rugían y corlversaban sólo si alguien rugía y contestaba por ellos.
Se había olvidado de todo.
-Habla, habla -exigía.
Y la liebre seguía callada.
El niño la arrojó al suelo, saltó de la cama y se fue sobre ella dándole de puntapiés.
La liebre rodaba por el suelo dando saltos y volteretas y el niño rodaba también, saltaba y daba vueltas alrededor de la liebre, repitiendo sin parar “Habla, habla, habla.” Pero la liebre ni contestaba ni podía tampoco librarse de él porque sólo tenía una pata. De repente el niño lo comprendió. Se detuvo y se quedó mirando cómo la liebre, apretando su cara contra el suelo, lloraba en silencio. Oyó su llanto. Se inclinó sobre la liebre y perplejo exclamó con todo el peso de su culpa:
-Mi mamá se fue a algún lado.
Y en ese momento al niño le pareció que alguien subía por la escalera.
-¡Mamá!-gritó arrojándose hacia la puerta, pero tropezó con el sillón y se cayó. Sin dejar de escuchar se incorporó, mas en la puerta no había nadie. Y entonces el niño rompió de nuevo a llorar. Lloraba de dolor y de soledad. Lo que era el dolor ya lo sabía, pero acababa de conocer la soledad.

VALENTIN GRIGORIEVCH RASPUTIN (MI MAMÁ SE FUE A ALGUN LADO

Hijo de campesinos, nace Valentín Rasputin en la aldea de Ust-Udá, distrito de Irkutsk, en 1937. Ha publicado cuatro novelas: “Vive y Recuerda” “El Ultimo Plazo”, “El Dinero para María” “El Adiós a Matiora” y dos decenas de cuentos. Rasputín forma parte de esa inesperada pléyade de escritores siberianos (Astáfiev, Abrámov, Bykov, etcétera) que ha causado asombro en las últimas décadas. No obstante, es difícil considerarlo ya “como el más destacado de los escritores siberianos”, etiqueta que él mismo ha rechazado alguna vez. Con su novela “El Adiós a Matiora” Rasputin ha traspuesto los límites de grupo y ha alcanzado un lugar destacado no sólo en la literatura rusa, sino en la literatura de nuestro tiempo. A diferencia de los escritores del grupo siberiano, Rasputin se preocupa más por describir las atmósferas que crean los hondos y contradictorios conflictos interiores de sus personajes que por la trama de las historias que cuenta. Profundo conocedor del alma humana es el más afortunado heredero de esa tradición que sale del “Capote” de Gógol y que continúa con Dostoyevski y con Chéjov.

http://milcuentosrusos.blogspot.com/2011/04/valentin-grigorievch-rasputin-mi-mama.html

El precursor de Cervantes de Marco Denevi

Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchelo, sastre, y de su mujer Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosísimas novelas de estas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar doña Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besasen la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía no menos de treinta años y las señales de la viruela en la cara. También inventó un galán, al que dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de aventuras, lances y peligros, al modo de Amadís de Gaula y Tirante el Blanco. Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, esperando la vuelta de su enamorado. Un hidalgüelo de los alrededores, que la amaba, pensó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario caballero. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió al Toboso, Aldonza Lorenzo había muerto de tercianas1.

 

  1. Tercianas: Fiebre intermitente cuyos accesos se repiten cada tres días. (Malaria) https://narrativabreve.com/microrrelatos      Picasso-6

Economía sumergida de Carmela Greciet

Aquel médico montó una empresa pirata en la misma planta de amnésicos del hospital donde trabajaba. Por un módico precio y como quien va a la perrera municipal, cualquiera podía adoptar como pareja a un hombre, a una mujer sin pasado.

pasajera fabio hurtado madrid

Tomado del Fb

La lógica del amor por Ernesto Ortega Garrido

Empezó a pensar en un nuevo teorema que demostrase que la quería, porque ella siempre le insistía en que el amor había que demostrarlo. Asignó variables al tiempo que llevaban juntos, al olor de su pelo al salir de la ducha, a los absurdos silencios que a veces se interponían entre ellos. Estimó el índice la aceleración que sufría su corazón cada vez que ella se desnudaba y cuantificó los celos que sentía cuando le veía tonteando con otro, para después de horas y horas de trabajo acabar concluyendo que en realidad esto del amor no tenía ninguna lógica.
julio c

Tomado de Fb