Preparé la maleta cuidadosamente. Mis manos ya no son jóvenes, pero aún pueden doblar una camisa o unos pantalones. Me gusta el olor que desprende la ropa limpia. Me transmite sensación de orden, de equilibrio. No soporto la suciedad ni la desidia.
Siempre he sido algo presumido. Cuando perdí a mi esposa, pasé unas semanas sin afeitarme ni lavarme, pero esa actitud sólo consiguió agravar mi malestar. Al recobrar la rutina del aseo, la desesperación se atenuó. Limpiar y ordenar el apartamento me ayudó a superar la tristeza. Desde entonces, he sido muy cuidadoso con mi aspecto personal y con las faenas de la casa. Nunca dejo platos sucios en el fregadero. La ropa siempre está en el armario o en el cesto y no permito que se acumule el polvo. Tal vez soy algo maniático, pero esa forma de actuar me ayuda a soportar la soledad. Mi relación con el mundo depende de mi esmero en las tareas domésticas. Pero hace semanas que eso cambió. Mi impotencia ante el desorden es absoluta. No puedo recordar si he abierto un grifo o he cerrado el gas. Creí que sería suficiente ser más cuidadoso, comprobando varias veces cada acto, pero en una ocasión estuve a punto de incendiar la casa. Olvidé un filete sobre la lumbre. Las paredes se pusieron negras y el olor a aceite quemado no ha desaparecido del todo. Otra vez dejé abierta la alcachofa de la ducha e inundé el baño. La tarde en que pasé de largo frente a mi portal y necesité ayuda para encontrarlo, decidí ingresar en un asilo.

Van gogh

Tomado del Fb