Peligro de las excepciones-Marco Denevi Sentado en el umbral de mi casa, vi pasar a Lázaro, todavía con el sudario puesto en medio de una multitud que lo aclamaba. Después que la muchedumbre se alejó, vi pasar a un joven en ligero estado de putrefacción. Después, a una mujer embalsamada. Tras la mujer pasó un esqueleto pelado aunque con anillos en las falanges. Al ver que se aproximaba un hombre sin cabeza pregunté qué significaba todo aquel desfile. Si bien el hombre no tenía cabeza le pregunté qué significaba todo aquel desfile. Si bien el hombre no tenía cabeza me contestó muy atento:»Cuando suspend ieron momentáneamente la ley para que Lázaro saliera, nosotros aprovechamos la suspensión y salimos también. Somos muchos. Mire». Miré y vi que por el camino avanzaba la columna de los resucitados La atmósfera se había vuelto irrespirable.
Lo cierto es que el gato, con mucha paciencia, aprendió a ladrar. Ladraba con fuerza, con eficacia de perro adulto. Tanto ladró que se olvidó de sus maullidos. Entonces, las opiniones se dividieron entre quienes sostenían que se trataba de un gato falso y quienes, por el contrario, aseguraban que era un perro apócrifo. Nadie tenía en cuenta su virtuosismo, el estudiado empeño que exhibía cada vez que quería soltar un ladrido. Lo peor, sobrevino cuando los demás gatos lo tildaron de traidor, cobarde, obsecuente, cipayo, etc. El mismo rechazo obtuvo de los perros, para quienes era un vulgar imitador, un alcahuete, un arribista, un desarraigado, etc. Con pesadumbre de artista postergado y vagando sin sentido, el gato llegó un día hasta mi casa. Poco nos bastó para comprendernos. Y decidimos vivir juntos, aunque ustedes no lo crean. Le conté mi drama: nadie quiere saber nada con un perro fino, delicado, que sólo emite maullidos de gato.
Cuando atravesaban el bosque, mandó detener el carruaje junto a un campo de tiro tras confesar que le apetecía realizar unos cuantos disparos para matar el Tiempo. -¿Matar a ese monstruo no es acaso la ocupación más normal y legítima de cualquier persona? Y tendió cortésmente la mano a su querida, deliciosa y odiosa mujer, a aquella misteriosa mujer a la que debía tantos placeres, tantos dolores y tal vez buena parte de su genio. Algunas balas dieron lejos de la diana y una de ellas fue a parar incluso al techo. Cuando aquella encantadora criatura empezó a reír como una posesa, burlándose de la torpeza de su marido, éste se volvió bruscamente hacia ella y le dijo: -Fijaos en aquella muñeca, allá, a la izquierda, aquella con la nariz respingona y el rostro tan altivo. Pues bien, angelito mío, imaginaré que sois vos. Y tras cerrar los ojos, amartilló la pistola. Al momento la muñeca quedó decapitada. Acto seguido, se volvió hacia su querida, su deliciosa, su odiosa mujer, su inevitable e implacable musa y, tras besarle la mano, añadió: -¡Ah, angelito mío, cuánto os debe mi destreza!
Siempre lo llamé Sensei.1 Así lo haré en estas páginas en lugar de revelar su nombre. No es que quiera mantenerlo en secreto, simplemente me resulta más natural. La palabra «sensei» se me viene a los labios cada vez que lo recuerdo. Ahora que escribo sobre él, lo hago con la misma reverencia y respeto que siempre sentí. No me parece adecuado usar sus iniciales para referirme a él. De ese modo sentiría como si hubiera una gran distancia muda entre nosotros. Lo conocí en Kamakura,2 cuando yo aún era estudiante. Un amigo mío fue allí a pasar las vacaciones de verano, y a disfrutar del mar. Me escribió para que lo acompañara, así que me las arreglé para juntar el dinero necesario para el viaje, algo que me llevó dos o tres días. Sin embargo, apenas media semana después de mi llegada, mi amigo recibió un inesperado telegrama de su casa en el que le pedían que regresara. Al parecer su madre había caído enferma. Él no terminaba de creérselo. Sus padres intentaban desde hacía tiempo obligarlo a aceptar un matrimonio que él no deseaba. Según las costumbres de la época era demasiado joven para casarse y, además, la chica en cuestión no le gustaba. Precisamente por eso decidió no regresar a su casa durante las vacaciones, como hubiera sido lo normal, sino que prefirió irse a la costa a disfrutar de unos cuantos días de asueto. Me enseñó el telegrama y me pidió mi opinión. ¿Qué debía hacer? Mi amigo se debatía entre las dudas. Yo no sabía qué aconsejarle, pero en el caso de que su madre estuviera realmente enferma, le dije que debía volver, sin dudarlo. Al final se marchó. Después de todos los esfuerzos que hice para pasar unos días con él en Kamakura, al final me quedé allí solo y sin nada que hacer. Podía quedarme o bien volver a casa, pero aún quedaba tiempo hasta que empezasen las clases, así que al final decidí permanecer donde estaba. Mi amigo pertenecía a una familia acomodada de la región de Chugoku y no le faltaba el dinero. Sin embargo, era joven y se las arreglaba más o menos como yo. Así que, después de su marcha, me vi obligado a buscar un hostal menos costoso del que habíamos elegido en un primer momento. El lugar que había elegido estaba en las afueras del pueblo. Para llegar a los sitios de moda, los billares, las heladerías, tripa KOKORO.indd 20 02/10/14 14:20 21 tenía que caminar un buen rato atravesando inmensos arrozales. Ir en rickshaw me habría costado por lo menos veinte sen. A pesar de todo, por los alrededores se veían muchas casas nuevas de veraneo, la playa quedaba cerca y era la mejor opción para ir a bañarse. Todos los días bajaba al mar. Dejaba atrás las viejas casas de campo con sus tejados de paja ennegrecidos por el humo y llegaba a la playa, repleta de gente de Tokio que huía del calor del verano en la ciudad. Algunos días, la playa me parecía un grandísimo baño público repleto de oscuras cabezas flotantes. No conocía a nadie, pero disfrutaba enormemente cuando me embebía en aquella alegre visión de cuerpos tomando el sol, cuando me tumbaba en la arena o me metía en el agua hasta las rodillas para que las olas las golpeasen. Fue en medio de esa multitud donde por primera vez vi a Sensei. Por aquel entonces, cerca de la orilla había un par de puestos de bebidas que, además, tenían casetas de baño para cambiarse. Sin ninguna razón en particular, di en frecuentar uno de ellos. Al contrario de los propietarios de las grandes casas de veraneo de la zona de Hasé, los bañistas de aquella playa no teníamos casetas de baño privadas, sino que nos veíamos obligados a usar las comunitarias. En ellas la gente aprovechaba para relajarse, para tomarse un té, dejar sus sombreros y sombrillas en un lugar seguro, a salvo de los ladrones, y quitarse la sal con una buena ducha mientras los empleados se encargaban de enjuagar sus trajes de baño. Yo no tenía un bañador propiamente dicho y por tanto no necesitaba ir a cambiarme. Sin embargo, solía dejar mis cosas en la caseta cada vez que me metía en el mar para evitar que alguien me las robara. tripa KOKORO.indd 21 02/10/14 14:20 22 2 Fue allí donde vi a Sensei por primera vez. Caminaba en dirección a la orilla justo cuando yo salía del agua, con la brisa marina acariciando mi cuerpo. Entre nosotros había una considerable cantidad de cabezas negras que me impedían distinguir bien sus rasgos. Era muy probable que en condiciones normales me hubiera pasado inadvertido —de hecho, yo caminaba algo distraído—, pero hubo algo en él que llamó mi atención y que me hizo distinguirlo entre la muchedumbre: iba acompañado por un occidental. El occidental tenía una piel blanquísima. Había dejado su yukata3 encima de un banco y tan solo llevaba unos calzones de estilo japonés. Miraba fijamente al mar, con los brazos cruzados. Su circunspección me fascinó. Dos días antes había ido a la playa de Yuiga. Allí, sentado sobre una pequeña duna de arena formada junto a la entrada trasera de un hotel frecuentado por extranjeros, me pasé un buen rato contemplando cómo se bañaban los occidentales. Del hotel salían muchos hombres, y todos se precipitaban en dirección al agua. Al contrario que ese occidental, ninguno de ellos llevaba el torso, los brazos o las piernas al descubierto. Las mujeres se mostraban aún más recatadas si cabe que los hombres. La mayor parte de ellas llevaban gorros de color castaño rojizo o azul, que emergían graciosos entre las olas. Comparado con aquella reciente escena, la visión de aquel occidental de aire impasible, de pie frente a todo el mundo, cubierto tan solo por unos calzones sencillos, me resultó de lo más extraña. En un determinado momento, el extranjero giró la cabeza y dijo algo en japonés al hombre que lo acompañaba. Este acababa de agacharse para alcanzar la toalla que se le había caído a la arena. Cuando la alcanzó, se la anudó a la cabeza y se dirigió al mar. Ese hombre era Sensei. Movido por la curiosidad, mis ojos siguieron a las dos figuras que ahora caminaban juntas en dirección al agua. Atravesaron la rompiente de las olas abriéndose paso entre el gentío concentrado en la zona menos profunda. Cuando alcanzaron una zona despejada, lejos ya de la orilla, empezaron a nadar. Se deslizaron mar adentro hasta que sus cabezas se convirtieron en dos puntos diminutos perdidos en la distancia. De regreso a la orilla, poco después, se secaron con la toalla sin tomarse siquiera la molestia de ducharse. Entonces se vistieron y se marcharon de la playa, tan rápidamente que apenas me dio tiempo a ver a dónde se dirigían. Continué en el mismo banco donde estaba una vez se marcharon y me fumé un cigarrillo. Pensé despreocupadamente en Sensei. Estaba convencido de haber visto antes su cara, pero no fui capaz de recordar dónde ni cuándo. Entretanto, no tenía nada que hacer, me moría de aburrimiento y debía entretenerme de algún modo. Al día siguiente, a la misma hora, volví a la playa. Y allí estaba él. En esa ocasión llevaba puesto un sombrero de paja e iba solo. No lo acompañaba el occidental. Sensei se quitó las gafas, las dejó encima de una mesa y, ciñéndose la toalla alrededor de la cabeza, caminó con brío hasta el agua. Mientras observaba cómo se abría paso entre la multitud y se echaba a nadar, me invadió la imperiosa necesidad de seguirlo. Haciendo salpicar el agua a mi alrededor, me metí tripa en el mar, hasta que ya no pude hacer pie. Entonces clavé la vista en él y me eché a nadar. Sin embargo, a pesar de mis esfuerzos, fui incapaz de alcanzarlo. En lugar de volver por el mismo sitio, como había hecho el día anterior, esta vez describió una gran curva hasta salir del agua en una zona alejada de la playa. Salí del agua, tras él. Cuando regresé al puesto de bebidas, aún chorreando, él pasó junto a mí impecablemente vestido, ignorándome completamente. 3 Al día siguiente volví a la playa a la misma hora. De nuevo encontré allí a Sensei. Y al día siguiente, como impulsado por un conjuro, hice lo mismo. Y, como el primer día, no reuní fuerzas para hablar con él, ni tan siquiera para saludarlo. Su actitud me intimidaba. La verdad es que había algo en él que hacía que no pareciera muy sociable. Según comprobé, día tras día llegaba a la misma hora, con el mismo aire inaccesible y distante, y se marchaba puntual, indiferente a la ruidosa multitud que lo rodeaba. El occidental con el que lo vi el primer día no volvió a aparecer. Sensei llegaba solo y solo se marchaba. Aquel día, como de costumbre, Sensei volvió de su baño, se dirigió a donde había dejado la ropa y cogió su yukata. Pero se dio cuenta de que estaba llena de arena y, al sacudirla, se le cayeron las gafas que había dejado envueltas en la ropa. Una vez se puso la yukata y se ciñó el obi4 a la cintura, se dio cuenta de que no tenía las gafas y se puso a buscarlas. Vi que aquella era mi oportunidad. Sin pensarlo dos veces, me metí debajo de la mesa y se las alcancé. —Gracias —me dijo, dirigiéndome una tímida sonrisa. Al día siguiente lo seguí hasta el mar y nadé tras él. Habríamos avanzado unos doscientos metros cuando, de pronto, se detuvo, se dio media vuelta y se dirigió a mí. Éramos las dos únicas personas en aquella franja de mar azul. Estábamos a una considerable distancia de la playa. Hasta donde alcanzaba la vista, el sol inundaba el mar y las montañas. Yo me movía danzando en el agua, intentando mantenerme a flote. Sentí mis músculos hincharse. Estaba pletórico. Una indescriptible sensación de libertad y deleite se apoderó de mí. Entretanto, Sensei dejó de moverse para flotar tranquilamente de espaldas. Lo imité. El intenso azul del cielo me golpeó en la cara, como si se hundiera en lo más profundo de mi mirada. —Es divertido, ¿no cree? —dije en voz alta. Al cabo de un rato, Sensei recuperó la posición en el agua. —¿Volvemos? Yo me sentía pleno de energía, me hubiera quedado allí más tiempo, pero asentí de inmediato, feliz de poder hablar con él por fin. Nadamos hacia la playa por el mismo sitio por el que habíamos venido. A partir de ese día, Sensei y yo nos hicimos amigos. Sin embargo, aún desconocía todo de él, incluso dónde se alojaba. Tres días después de nuestro primer baño, nada más llegar a la casa de té de la playa, se giró hacia mí. Era mediodía. —¿Tienes previsto quedarte por aquí mucho más tiempo? No había planeado nada al respecto. No tenía, por tanto, una respuesta preparada. —No lo sé. La sonrisa que se dibujó en su rostro me hizo sentir torpe. —¿Y usted, Sensei? Aquella fue la primera vez que lo llamé así. Esa misma tarde fui a verlo a su hotel. Digo hotel, pero en realidad descubrí que no se trataba de un establecimiento propiamente dicho. Sensei se alojaba en una villa situada en el interior del amplio recinto de un templo. Compartía alojamiento con gente que apenas conocía, no era parte de su familia. Al notar la mueca irónica en su expresión cada vez que me oía llamarlo «sensei», me excusé diciéndole que era mi costumbre cuando me dirigía a personas mayores que yo. Le pregunté por el occidental con el que lo había visto el primer día. Era un excéntrico, me dijo, y ya había abandonado Kamakura. Luego se sinceró y me contó algunas cosas sobre sí mismo. Me confesó que para él era realmente extraño haber entablado relación con aquel hombre. Ni tan siquiera era amigo de relacionarse con sus compatriotas japoneses. Le dije que tenía la impresión de conocerlo de antes, aunque era incapaz de recordar dónde lo había visto. Joven e ingenuo como era, esperaba que a él le ocurriese lo mismo y ya imaginaba su respuesta. Sin embargo, tras una pausa meditativa dijo: —Pues a mí no me suena tu cara. ¿No será que te recuerdo a otra persona? Me sentí en cierto modo decepcionado por sus palabras.
1. Término que se traduce habitualmente como maestro y se refiere a una persona sabia, docta, pero que también implica respeto hacia alguien de mayor edad.
La camaleona —Estoy cansada de que la gente critique mis continuos cambios de color. Me dicen: “fíjate que el ornitorrinco es siempre un ornitorrinco, y el escarabajo un escarabajo”. Así que he decidido ser una camaleona de carácter, de personalidad centrada y sólida, una camaleona con identidad encapsulada. Y dicho esto, se puso seria, hizo un gran esfuerzo, se volvió morada y no volvió cambiar de color. Pasaron por un bosque y la camaleona no se puso verde. Pasaron por un jardín de margaritas y la camaleona no se puso amarilla. Durante todo el día, a pesar de los muchos colores que presenciaron en esa variopinta tarde de verano en un trópico evanecido de sus excesos coloristas, a pesar del rojo crepúsculo incendiario, la camaleona permaneció firme en el color morado. Al regresar de la tarde de charla literaria por la orilla del río, la camaleona les preguntó a sus amigos: —¿Cómo os pareció mi firmeza de carácter? El ornitorrinco y el escarabajo pelotero respondieron: —Has mostrado una firmeza de carácter admirable. Pero ya no eres una camaleona.
Esta historia comienza cuando Nasrudín llega a un pequeño pueblo en algún lugar lejano de Medio Oriente. Era la primera vez que estaba en ese pueblo y una multitud se había reunido en un auditorio para escucharlo. Nasrudín, que en verdad no sabía que decir, porque él sabía que nada sabía, se propuso improvisar algo y así intentar salir del atolladero en el que se encontraba. Entró muy seguro y se paró frente a la gente. Abrió las manos y dijo: -Supongo que si ustedes están aquí, ya sabrán que es lo que yo tengo para decirles. La gente dijo: -No… ¿Qué es lo que tienes para decirnos? No lo sabemos ¡Háblanos! ¡Queremos escucharte! Nasrudín contestó: -Si ustedes vinieron hasta aquí sin saber qué es lo que yo vengo a decirles, entonces no están preparados para escucharlo. Dicho esto, se levantó y se fue. La gente se quedó sorprendida. Todos habían venido esa mañana para escucharlo y el hombre se iba simplemente diciéndoles eso. Habría sido un fracaso total si no fuera porque uno de los presentes -nunca falta uno- mientras Nasrudín se alejaba, dijo en voz alta: -¡Qué inteligente! Y como siempre sucede, cuando uno no entiende nada y otro dice “¡qué inteligente!”, para no sentirse un idiota uno repite: “¡sí, claro, qué inteligente!”. Y entonces, todos empezaron a repetir: -Qué inteligente. -Qué inteligente. Hasta que uno añadió: -Sí, qué inteligente, pero… qué breve. Y otro agregó: -Tiene la brevedad y la síntesis de los sabios. Porque tiene razón. ¿Cómo nosotros vamos a venir acá sin siquiera saber qué venimos a escuchar? Qué estúpidos que hemos sido. Hemos perdido una oportunidad maravillosa. Qué iluminación, qué sabiduría. Vamos a pedirle a este hombre que dé una segunda conferencia. Entonces fueron a ver a Nasrudín. La gente había quedado tan asombrada con lo que había pasado en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que el conocimiento de Él era demasiado para reunirlo en una sola conferencia. Nasrudín dijo: -No, es justo al revés, están equivocados. Mi conocimiento apenas alcanza para una conferencia. Jamás podría dar dos. La gente dijo: -¡Qué humilde! Y cuanto más Nasrudín insistía en que no tenía nada para decir, con mayor razón la gente insistía en que querían escucharlo una vez más. Finalmente, después de mucho empeño, Nasrudín accedió a dar una segunda conferencia. Al día siguiente, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde había más gente aún, pues todos sabían del éxito de la conferencia anterior. Nasrudín se paró frente al público e insistió con su técnica: -Supongo que ustedes ya sabrán que he venido a decirles. La gente estaba avisada para cuidarse de no ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia; así que todos dijeron: -Sí, claro, por supuesto lo sabemos. Por eso hemos venido. Nasrudín bajó la cabeza y entonces añadió: -Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decirles, yo no veo la necesidad de repetir. Se levantó y se volvió a ir. La gente se quedó estupefacta; porque aunque ahora habían dicho otra cosa, el resultado había sido exactamente el mismo. Hasta que alguien, otro alguien, gritó: -¡Brillante! Y cuando todos oyeron que alguien había dicho “¡brillante!”, el resto comenzó a decir: -¡Si, claro, este es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer! -Qué maravilloso -Qué espectacular -Qué sensacional, qué bárbaro Hasta que alguien dijo: -Sí, pero… mucha brevedad. -Es cierto- se quejó otro -Capacidad de síntesis- justificó un tercero. Y en seguida se oyó: -Queremos más, queremos escucharlo más. ¡Queremos que este hombre nos de más de su sabiduría! Entonces, una delegación de los notables fue a ver a Nasrudín para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. Nasrudín dijo que no, que de ninguna manera; que él no tenía conocimientos para dar tres conferencias y que, además, ya tenía que regresar a su ciudad de origen. La gente le imploró, le suplicó, le pidió una y otra vez; por sus ancestros, por su progenie, por todos los santos, por lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, Nasrudín aceptó temblando dar la tercera y definitiva conferencia. Por tercera vez se paró frente al público, que ya eran multitudes, y les dijo: -Supongo que ustedes ya sabrán de qué les voy a hablar. Esta vez, la gente se había puesto de acuerdo: sólo el intendente del poblado contestaría. El hombre de primera fila dijo: -Algunos si y otros no. En ese momento, un largo silencio estremeció al auditorio. Todos, incluso los jóvenes, siguieron a Nasrudín con la mirada. Entonces el maestro respondió: -En ese caso, los que saben… cuéntenles a los que no saben. Se levantó y se fue.
Vientos solanos,las sombras de las nubescubren el monte.
Crestas de nube:el barco ha surcado la mar en calma
Montes de otoño:una mancha nubosapasa tranquilamente.
Las nubes vieneny van por la cascada¡ los arces rojos !
Natsume Soseki, (Tokio, 1867-1916) es uno de los escritores japoneses más destacados -y re conocidos- de la segunda mitad del siglo XIX. Llamado en realidad Natsume Kinnosuke, decidió utilizar el pseudónimo Soseki, que en japonés quiere decir terco. Alcanzó una gran popularidad a través de sus célebres novelas «Soy un gato», «Botchan», «Rondon To» y, sobre todo, «Kokoro», su obra maestra. Entre otras cosas fue profesor de inglés, un excelente calígrafo, pintor, poeta de haikus y también de poesía china. Tras una estancia en Londres, de 1900 a 1902, con una ínfima beca y una vida de verdaderas penurias, regresará a Japón con un contrato para enseñar lengua inglesa en la Universidad Imperial de Tokio. A partir de 1903 comienza a dedicarse poco a poco a la literatura, y ante el éxito que obtiene abandona progresivamente la docencia, para dedicarse a escribir hasta su prematura muerte en 1916, con 49 años. En 1948, el gobierno japonés decide poner su efigie en los billetes de mil yenes, en homenaje a su importante trayectoria.
No resulta fácil para un neófito tratar de hacer una reseña medianamente digna sobre una de las mayores obras de la literatura japonesa de todos los tiempos. Tampoco ayuda mucho a ello saber que, para el gran público castellano, es una novela prácticamente desconocida debido a su escasa difusión.
“Tropezarse” en una librería con un ejemplar de este tipo y descubrir, a medida que se avanza en su lectura, que nada es como nos parece resulta, cuanto menos, sorprendente y muy adictivo.
Pero para tratar de explicar tales consideraciones se hace necesario acercar al lector al mundo Genji.
En primer lugar, ¿por qué es tan desconocida esta obra? Cabe decir que, sobre todo, por la dificultad de su traducción. Los japoneses basaron su sistema de escritura en los caracteres chinos (el chino era, para los japoneses, el equivalente del griego para los romanos, o del latín para los hombres del Renacimiento) a los que llamaban kanji. Adoptaron estos caracteres e inventaron un sistema relativamente reducido de símbolos suplementarios, dando lugar a una fonética que, en realidad, era una versión simplificada de los kanji y que se denominaba kana. Pues bien, el genji está plasmado en escritura kana, que consta de cuarenta y seis signos aumentados con dos diacríticos especiales.
Esta novela fue escrita en el siglo X. Los primeros manuscritos aparecieron a finales del siglo XII, es decir, más de un siglo después de su conclusión y el primer texto completo en el siglo XIV. Ello supone que, a lo largo de los dos siglos que separan la composición de la novela de los primeros manuscritos supervivientes, el texto haya sido objeto de retoques, interpolaciones y lecturas erróneas.
La versión reseñada -una auténtica adaptación- se recrea en la clásica del inglés Arthur Waley, publicada entre 1924 y 1933 que, para algunos, constituyó un auténtico hito de la literatura inglesa, ya que amplificó el texto para hacerlo más inteligible al lector, siendo –a juicio de la crítica mayoritaria- la que mejor “explica” la historia, seguramente porque Waley amó el Genji con pasión de descubridor.
Aclaradas las dificultades de su desconocimiento, ora es de incardinar su contenido a la época Heian.
La Novela de Genji transcurre en Japón durante la segunda mitad del siglo X y el primer cuarto del XI. En aquellos tiempos, oscuros en el resto del mundo, donde el esplendor de Roma era puro recuerdo y la pobre Europa empezaba a levantarse a trancas y barrancas de su inmensa decadencia, tan sólo China y Japón podían enorgullecerse de contar con unas civilizaciones dignas de tal nombre.
En el año 784, la capital de Japón fue trasladada a una ciudad de nueva planta, diseñada a imitación de Ch´ang-an, la capital de China y que fue bautizada Heian Kyo, “La Ciudad de la Paz y la Tranquilidad”, la actual Kyoto. Dicho traslado dio lugar al inicio de un nuevo periodo absolutamente decisivo en la historia de Japón. Nunca la civilización nipona volvió a ser tan refinada, tan culta y tan llena de glamour, hasta el extremo que algunos han comparado esta época con el Grand Siècle de Luis XIV, pero un Grand Siècle de casi cuatro siglos de duración.
Claro está que esta “civilización” era patrimonio exclusivo de un uno por mil–minúscula la proporción- de los habitantes del país. El nivel de educación (por no hablar de cultura) de las clases bajas era inferior al de las sociedades primitivas actuales de Nueva Guinea. La cultura de la nobleza, en cambio, se manifestaba en un modo de vida extraordinariamente artificioso en torno a una utopía de carácter estético, un esteticismo sutil y al servicio de un lujo sin precedentes en la historia. A diferencia de las culturas de Egipto, de Persia y del Indo, donde la vida lujosa era vacía, fría y estereotipada, en la corte del Japón Heian la belleza en las formas, en el vestir y en las diversiones despertaba el entusiasmo de las “almas sensibles” y todos allí querían ser así porque no serlo significaba hacer el ridículo, o sea, no estar à la page.
La historia trata de la lucha del protagonista Genji, el Príncipe Resplandeciente, por recuperar los derechos derivados de su nacimiento (es hijo de un emperador) y de los cuales se ve injustamente privado en su infancia. Nos encontramos, pues, ante un auténtico agon en el sentido que los griegos daban al término. Un joven que se ve obligado por el destino a vivir una serie de experiencias más o menos iniciáticas hasta que se le reconoce lo que es legítimamente suyo. Así, Genji debe abandonar la casa paterna, tiene una serie de encuentros amorosos con mujeres de todo tipo, se granjea enemigos que buscan perjudicarlo, es condenado al exilio y finalmente regresa a la capital, obteniendo la posición que le corresponde y gobernando los destinos del país como una especie de “emperador a la sombra”.
No parece un hilo argumental muy distinto al de otro tipo de novelas. Sin embargo, adentrarse en la vida del Genji constituye todo un reto y un desafío para quién busca algo diferente.
Todo lo anterior, que se resume en apenas cinco líneas, da para mucho en la novela. Con su repaso, el lector se transporta a una época alucinante por lo extraño y lo ajeno. Si bien, a través de sus numerosas páginas, se percibe el devenir de la vida del Príncipe Resplandeciente tal y como se ha narrado, en la novela -por encima de todo-, se eleva la figura del amor y su forma de entenderlo en aquel periodo, tan diferente al nuestro, al que hemos conocido y nos han enseñado a través de la historia. Nos desvela, por arte de la pluma de la autora, cómo pensaban las mujeres Heian, cómo sentían, cómo amaban, padecían y sufrían. Cómo se educaban en el arte de la poesía y de la música. En la danza y la pintura. Y cómo de una simple caligrafía con un tipo de grosor y, según qué tipo y color de papel, averiguaba un noble Heian si estaba ante una mujer perfecta o no. Amor en estado puro. Tan puro que, a veces, el lector desconoce que lo que acaba de leer ha sido una relación sexual o, incluso, una violación y que sólo lo descubre – más tarde- con la discreta pero asombrada reacción de la dama.
La novela, aún así, da para mucho más.
¿Cómo se organizaba el poder y quién movía realmente los hilos en el Japón Heian?, ¿cómo influían los tabúes de orientación en las supersticiones japonesas?, ¿cómo eran sus casas y porqué esas distribuciones?, ¿cómo se establecían las jerarquías en el mundo de Genji?, ¿cómo era su religión?, ¿cómo veían los nobles Heian el ideal de belleza femenina y masculina?, ¿cómo se entendía la monogamia y la poligamia?, ¿cómo eran la vida social, los ceremoniales y la dolce vita?, ¿cómo era el refinamiento y el culto a la naturaleza?, ¿porqué la poesía y la música eran tan importantes?, ¿cómo era su caligrafía?, ¿existían los celos?.
Todas y cada una de estas preguntas tiene adecuada respuesta en la novela, admirándose el lector de la capacidad única que tiene la autora para cambiar de registro en un mismo capítulo y, a veces, en un mismo párrafo.
La novela de Genji constituye un relato de costumbres contemporáneas y es el mejor documento de que se dispone para conocer cómo se vivía, se pensaba y se sentía en un momento determinado de la historia de Japón, al menos en cuanto a las clases sociales más poderosas e ilustradas. No hay que olvidar que nos encontramos ante una obra del siglo X escrita por una contemporánea, Musaraki Shikibu, que retrata un mundo que conoce, una manera de pensar y una manera de vivir que son las de su tiempo, lo que otorga al libro un valor añadido. Es por eso que no narra simplemente una crónica de sucesos ocurridos, sino que nos encontramos ante una auténtica novela en el sentido más moderno del término.
En España, la vida del Príncipe Resplandeciente aparece como la primera versión con vocación de completa de la obra universal de Murasaki Shikibu en Ediciones Destino, en noviembre de 2005, bajo el título de La novela de Genji, por ser escrita como una novela de su tiempo. Esa es la explicación al título y no el de La historia de Genji, que debería ser el correcto a tenor de la traducción del original.
En su “debe”, a la novela cabe atribuirle alguna tara, derivada de su peculiar naturaleza y características. En primer lugar, la selva de personajes, que hace harto difícil seguir las trayectorias parentales sin tener que acudir al apéndice alfabético que la autora incluye al final del texto -menos mal- y que detalla las relaciones entre los actores. Este esfuerzo, además, se acrecienta si se deja de leer por un tiempo. En segundo lugar, se echan de menos gráficos e imágenes de su tiempo que faciliten las explicaciones y algún mapa simple de la época. En tercer lugar, el estilo y el ritmo de la novela que puede parecer, en algunas fases, algo –sólo algo- tedioso por lo extenso. Su lectura requiere, por tanto, delicadeza y paciencia. Finalmente, el precio.
En su “haber”, la propia técnica de narración empleada, una adaptación del original que hace muy llevadera su lectura, empezando por poner los nombres propios a los personajes que en los textos originales aparecen mentados sólo por sus cargos. Además, cuando se hace necesario, se acompañan a pie de página, notas marginales que hacen más comprensible el texto. Y a su favor también, saber que se lee algo fresco, lejano, exótico, diferente y especial. ¿Alguien da más?
Consta de dos tomos. El primero, Esplendor, es un relato de afirmación y triunfo. El segundo, Catástrofe, es de decadencia. No obstante, su lectura es independiente.
Características técnicas Volumen I: Ediciones Destino, Colección Ancora y Delfín, 6ª edición, marzo 2006. Cartoné. 15×23 cm, 886 pp, 30 €.
Características técnicas Volumen II: Ediciones Destino, Colección Ancora y Delfín, 1ª edición, mayo 2006. Cartoné.15X23 cm, 840 pp, 30 €.
En el camino de Akasaka, cerca de Tokyo, hay una colina, llamada Kii-No-Kuni-Zaka, o “La Colina de la provincia de Kii”. Está bordeada por un antiguo foso, muy profundo, cuyas laderas suben, formando gradas, hasta un espléndido jardín, y por los altos muros de un palacio imperial.
Mucho antes de la era de las linteranas y los jinrishkas, aquel lugar quedaba completamente desierto en cuanto caía la noche. Los caminantes rezagados preferían dar un largo rodeo antes de aventurarse a subir solos a la Kii-No-Kuni-Zaka, después de la puesta de sol.
¡Y eso a causa de un Mujima que se paseaba!
El último hombre que vio al Mujima fue un viejo mercader del barrio de Kyôbashi, que murió hace treinta años.
He aquí su aventura, tal como me la contó:
Un día, cuando empezaba ya a oscurecer, se apresuraba a subir la colina de la provincia de Kii, cuando vio una mujer agachada cerca del foso… Estaba sola y lloraba amargamente. El mercader temió que tuviera intención de suicidarse y se detuvo, para prestarle ayuda si era necesario. Vio que la mujercita era graciosa, menuda e iba ricamente vestida; su cabellera estaba peinada como era propio de una joven de buena familia.
– saludó al aproximarse-. No llore así.. Cuénteme sus penas… me sentiré feliz de poder ayudarla.
Hablaba sinceramente, pues era un hombre de corazón.
La joven continuó llorando con la cabeza escondida entre sus amplias mangas.
-¡Honorable señorita!- repitió dulcemente-. Escúcheme, se lo suplico… Este no es en absoluto un lugar conveniente, de noche, para una persona sola. No llore más y digame la causa de su pena ¿Puedo ayudarle en algo?
La joven se levantó lentamente… Estaba vuelta de espaldas y tenía el rostro escondido… Gemía y lloraba alternativamente.
El viejo mercader puso una mano sobre su espalda y le dijo por tercera vez:
-¡Oh-Jochú! Escúcheme un momento…
La honorable señorita se volvió bruscamente. Dejó al caer la manga y se acarició la cara con la mano… ¡El viejo vio que no tenía ni ojos, ni nariz, ni boca!…
¡Huyó, gritando de espanto!
Corrió hasta el borde de la colina, oscura y desierta, que se extendía delante de él… Corría sin pararse y sin osar mirar hacia atrás… Por último vio, en lontananza, la luz de una linterna… Era una lucecilla tan pequeña que se hubiera podido confundir con una mosca luminosa. Era la bujía de un mercader ambulante, un vendedor de «soba»(2) que había levantado su tenderete al borde del camino. Después de la experiencia que el viejo acababa de sufrir, la más humilde de las compañías le pareció deseable. Se echó a los pies del vendedor de soba, gimiendo:
-¡Ah! … ¡Ah! … ¡Ah! …
-«Koré» …«Koré» …-replicó el vendedor ambulante bruscamente-. ¿Qué le ocurre? ¿Le ha hecho daño alguien?
-¡No! … Nadie me ha hecho daño…-murmuró el otro-. Pero… ¡Ah! …¡ah! …¡ah! …
-¡Por lo menos le han dado un buen susto!-dijo el mercader, demostrando poca simpatía-. ¿Se ha encontrado con algún ladrón?
-¡No! … Pero, cerca del foso… he visto … ¡Oh!, he visto una mujer que… ¡Ah!, jamás podré describir cómo la he visto…
-¿Qué? ¿La ha visto, tal vez, así? …-exclamó el mercader.
Se acarició la cara, que, de pronto se hizo semejante a un huevo.
—Si mañana hace buen día, iré al mercado a comprar un asno —dijo Nasrudín a su mujer.
—Olvidaste añadir: “Si Alá lo quiere” —señaló su esposa.
Pero Nasrudín, exasperado por una racha de desgracias, dijo malhumorado:
—Nunca Alá parece querer nada. Estoy cansado de decir esas palabras cuando no tienen ninguna utilidad.
El día siguiente era soleado y el mulá se fue a la subasta de asnos, donde compró uno por un precio muy razonable. Montado en su nuevo asno, emprendió el regreso a casa.
—¿Quién necesita los buenos deseos de Dios? —se dijo feliz a sí mismo—. He encontrado una verdadera ganga, sin su aprobación.
Justo entonces, una culebra se deslizó por el camino. El asustado asno corcoveó y Nasrudín voló por el aire, aterrizando en un matorral de espino. Cuando luchaba por liberarse del matorral, las raíces del arbusto se desprendieron y rodó con el mulá cuesta abajo, hasta el pie de la ladera. Nasrudín se las arregló como pudo para liberarse de las espinas. Magullado, sangrando, con las ropas desgarradas y hechas jirones, se fue cojeando hasta su casa. Estaba tan lejos de la aldea que llegó cuando la noche había caído. Llamó, haciendo acopio de sus últimas fuerzas.
—¿Quién es? —preguntó su esposa desde dentro.
—Abre, mujer —replicó Nasrudín a punto de desfallecer—. Soy yo, si Alá lo quiere.
Una relectura del capítulo 68 de ‘Rayuela’ nos adentra en aquellas palabras inventadas por Julio Cortázar. En apenas unos párrafos, el escritor argentino, nacido un 26 de agosto de 1914, nos regala un lenguaje íntimo y sugerente que narra el encuentro amoroso entre La Maga y Horacio Oliveira.
Julio Cortázar siempre consideraba la literatura como un juego. El escritor argentino jugaba con los géneros, jugaba con las formas, pero también con el lenguaje.
“Yo ya no podía aceptar el diccionario, ni aceptar la gramática. (…) El buen escritor es ese hombre que modifica parcialmente el lenguaje. (…) Los prosistas introducen toda clase de trasgresiones que hacen palidecer a los gramáticos y que luego son aceptadas y entran en los diccionarios”, explicaba Cortázar.
Entre sus invenciones, nos dejó ese significado ambiguo que cada lector le encuentra a los cronopios, a las famas y a las esperanzas en sus serie de relatos. Sin embargo, quizás sea el capítulo 68 de Rayuela, su anti-novela collage, donde el lenguaje creado por Cortázar cobre su máximo protagonismo formal.
Cuando releemos ese capítulo, el escritor nos adentra en un nuevo mundo de palabras imaginarias, como ya lo había hecho Lewis Carrol en su poema Jabberwocky u otros escritores vanguardistas. Cortázar nos entrega un capítulo digno de la Torre de Babel.
“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo”.
El glíglico o lenguaje inventado de estos párrafos funciona como juego y como un verdadero quebradero de cabeza para los traductores la obra cortazariana.
No en vano, Cortázar inserta palabras imaginarias junto con otras incluidas en los diccionarios, para crear más verosimilitud en el lector. El resultado es una narración íntima entre los dos protagonistas de Rayuela, La Maga y Oliveira, que activa la imaginación del lector.
Así, en este capítulo 68, leemos las palabras que inventan estos dos enamorados para describirnos uno de sus encuentros amorosos. Toda pareja usa ciertos vocablos solo reconocibles por ellos mismos, cuyos significados son ajenos al resto del mundo. Cortázar juega y el lector participa.
“Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé!”
Una vez que el lector asume la invención, se deja seducir por la melodía de estos nuevos vocablos creados por el autor de Rayuela. Apenas importa el significado, la música de cada palabra crea una nueva y melódica sintaxis que nos muestra la sensualidad de la escena.
“Vemos, una vez más, la complicidad con el lector, que, en este caso, se puede volver en contra de él, pues se avergonzará, quizás, al comprobar como su imaginación ha recurrido a términos más gráficos que los empleados por el escritor”, escribe Andrés Amorós en el prólogo de Rayuela publicado por la editorial Cátedra.
Julio Cortázar murió el 14 de febrero de 1984 y fue enterrado en Montparnasse, el cementerio parisino al que acuden muchos de sus seguidores y donde descansan sus restos, junto a su última pareja, Carol Dunlop.
Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias. | Julio Cortázar, Rayuela, capítulo 68
El discípulo se reunió con su mentor espiritual para indagar algunos aspectos de la Liberación y de aquellos que la alcanzan. Departieron durante horas. Por último, el discípulo le preguntó al maestro:
-¿Cómo es posible que un ser humano liberado pueda permanecer tan sereno a pesar de las terribles tragedias que padece la humanidad?
El mentor tomó entre las suyas las manos del perplejo discípulo y le explicó:
-Tú estás durmiendo. Supóntelo. Sueñas que vas en un barco con otros muchos pasajeros. De repente, el barco encalla y comienza a hundirse. Angustiado, te despiertas. Y la pregunta que yo te hago es: ¿acaso te duermes rápidamente de nuevo para avisar a los personajes de tu sueño?
Hacía un frío de mil demonios. Me había citado a las siete y cuarto en la esquina de Venustiano Carranza y San Juán de Letrán. No soy de esos hombres absurdos que adoran el reloj reverenciándolo como una deidad inalterable. Comprendo que el tiempo es elástico y que cuando le dicen a uno las siete y media, lo mismo da las ocho. Tengo un criterio amplio para todas las cosas. Siempre he sido un hombre muy tolerante: un liberal de buena escuela. Pero hay cosas que no se pueden aguantar por muy liberal que uno sea. Que yo sea puntual a las citas no obliga a los demás sino hasta cierto punto; pero ustedes reconocerán conmigo que ese punto existe. Ya dije que hacía un frío espantoso. Y aquella condenada esquina está abierta a todos los vientos. Las siete y media, las ocho menos veinte, las ocho menos diez. Las ocho. Es natural que ustedes se pregunten que por qué no lo dejé plantado. La cosa es muy sencilla: yo soy un hombre respetuoso de mi palabra, un poco chapado a la antigua, si ustedes quieren, pero cuando digo una cosa, la cumplo. Héctor me había citado a las siete y cuarto y no me cabe en la cabeza el faltar a una cita. Las ocho y cuarto, las ocho y veinte, las ocho y veinticinco, las ocho y media, y Héctor sin venir. Yo estaba positivamente helado: me dolían los pies, me dolían las manos, me dolía el pecho, me dolía el pelo. La verdad es que si hubiese llevado mi abrigo café, lo más probable es que no hubiera sucedido nada. Pero esas son cosas del destino y les aseguro que a las tres de la tarde, hora en que salí de casa, nadie podía suponer que se levantara aquel viento. Las nueve menos veinticinco, las nueve menos veinte, las nueve menos cuarto. Transido, amoratado. Llegó a las nueve menos diez: tran quilo, sonriente y satisfecho. Con su grueso abrigo gris y sus guantes forrados: -¡Hola, mano! Así, sin más. No lo pude remediar: lo empujé bajo el tren que pasaba. Triste casualidad. Max Aub La otra mirada – Antología del relato hispánico. – Menoscuarto Ediciones
Un hombre que quería emplearse como sirviente llegó una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero nombre, lo conocían por el nombre de sirviente, Gonsuké, pues él era, después de todo, un sirviente para cualquier trabajo.
Este hombre -que nosotros llamaremos Gonsuké- fue a una agencia de COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO, y dijo al empleado que estaba fumando su larga pipa de bambú:
-Por favor, señor Empleado, yo desearía ser un sennin¹. ¿Tendría usted la gentileza de buscar una familia que me enseñara el secreto de serlo, mientras trabajo como sirviente?
El empleado, atónito, quedó sin habla durante un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.
-¿No me oyó usted, señor Empleado? -dijo Gonsuké-. Yo deseo ser un sennin1. ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?
-Lamentamos desilusionarlo -musitó el empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa-, pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de sennin. Si usted fuera a otra agencia, quizá…
Gonsuké se le acercó más, rozándolo con sus presuntuosas rodillas, de pantalón azul, y empezó a argüir de esta manera:
-Ya, ya, señor, eso no es muy correcto. ¿Acaso no dice el cartel COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO? Puesto que promete cualquier trabajo, usted debe conseguir cualquier trabajo que le pidamos. Usted está mintiendo intencionalmente, si no lo cumple.
Frente a un argumento tan razonable, el empleado no censuró el explosivo enojo:
-Puedo asegurarle, señor Forastero, que no hay ningún engaño. Todo es correcto -se apresuró a alegar el empleado-, pero si usted insiste en su extraño pedido, le rogaré que se dé otra vuelta por aquí mañana. Trataremos de conseguir lo que nos pide.
Para desentenderse, el empleado hizo esa promesa y logró, momentáneamente por lo menos, que Gonsuké se fuera. No es necesario decir, sin embargo, que no tenía la posibilidad de conseguir una casa donde pudieran enseñar a un sirviente los secretos para ser un sennin. De modo que al deshacerse del visitante, el empleado acudió a la casa de un médico vecino.
Le contó la historia del extraño cliente y le preguntó ansiosamente:
-Doctor, ¿qué familia cree usted que podría hacer de este muchacho un sennin, con rapidez?
Aparentemente, la pregunta desconcertó al doctor. Quedó pensando un rato, con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando vagamente un gran pino del jardín. Fue la mujer del doctor, una mujer muy astuta, conocida como la Vieja Zorra, quien contestó por él al oír la historia del empleado.
-Nada más simple. Envíelo aquí. En un par de años lo haremos sennin.
-¿Lo hará usted realmente, señora? ¡Sería maravilloso! No sé cómo agradecerle su amable oferta. Pero le confieso que me di cuenta desde el comienzo que algo relaciona a un doctor con un sennin.
El empleado, que felizmente ignoraba los designios de la mujer, agradeció una y otra vez, y se alejó con gran júbilo.
Nuestro doctor lo siguió con la vista; parecía muy contrariado; luego, volviéndose hacia la mujer, le regañó malhumorado:
-Tonta, ¿te has dado cuenta de la tontería que has hecho y dicho? ¿Qué harías si el tipo empezara a quejarse algún día de que no le hemos enseñado ni una pizca de tu bendita promesa después de tantos años?
La mujer, lejos de pedirle perdón, se volvió hacia él y graznó:
-Estúpido. Mejor no te metas. Un atolondrado tan estúpidamente tonto como tú, apenas podría arañar lo suficiente en este mundo de te comeré o me comerás, para mantener alma y cuerpo unidos.
Esta frase hizo callar a su marido.
A la mañana siguiente, como había sido acordado, el empleado llevó a su rústico cliente a la casa del doctor. Como había sido criado en el campo, Gonsuké se presentó aquel día ceremoniosamente vestido con haori y hakama, quizá en honor de tan importante ocasión. Gonsuké aparentemente no se diferenciaba en manera alguna del campesino corriente: fue una pequeña sorpresa para el doctor, que esperaba ver algo inusitado en la apariencia del aspirante a sennin. El doctor lo miró con curiosidad, como a un animal exótico traído de la lejana India, y luego dijo:
-Me dijeron que usted desea ser un sennin, y yo tengo mucha curiosidad por saber quién le ha metido esa idea en la cabeza.
-Bien señor, no es mucho lo que puedo decirle -replicó Gonsuké-. Realmente fue muy simple: cuando vine por primera vez a esta ciudad y miré el gran castillo, pensé de esta manera: que hasta nuestro gran gobernante Taiko, que vive allá, debe morir algún día; que usted puede vivir suntuosamente, pero aun así volverá al polvo como el resto de nosotros. En resumidas cuentas, que toda nuestra vida es un sueño pasajero… justamente lo que sentía en ese instante.
-Entonces -prontamente la Vieja Zorra se introdujo en la conversación-, ¿haría usted cualquier cosa con tal de ser un sennin?
-Sí, señora, con tal de serlo.
-Muy bien. Entonces usted vivirá aquí y trabajará para nosotros durante veinte años a partir de hoy y, al término del plazo, será el feliz poseedor del secreto.
-¿Es verdad, señora? Le quedaré muy agradecido.
-Pero -añadió ella-, de aquí a veinte años usted no recibirá de nosotros ni un centavo de sueldo. ¿De acuerdo?
-Sí, señora. Gracias, señora. Estoy de acuerdo en todo.
De esta manera empezaron a transcurrir los veinte años que pasó Gonsuké al servicio del doctor. Gonsuké acarreaba agua del pozo, cortaba la leña, preparaba las comidas y hacía todo el fregado y el barrido. Pero esto no era todo, tenía que seguir al doctor en sus visitas, cargando en sus espaldas el gran botiquín. Ni siquiera por todo este trabajo Gonsuké pidió un solo centavo. En verdad, en todo el Japón, no se hubiera encontrado mejor sirviente por menos sueldo.
Pasaron por fin los veinte años y Gonsuké, vestido otra vez ceremoniosamente con su almidonado haori como la primera vez que lo vieron, se presentó ante los dueños de casa.
Les expresó su agradecimiento por todas las bondades recibidas durante los pasados veinte años.
-Y ahora, señor -prosiguió Gonsuké-. ¿quisieran ustedes enseñarme hoy, como lo prometieron hace veinte años, cómo se llega a ser sennin y alcanzar juventud eterna e inmortalidad?
-Y ahora ¿qué hacemos? -suspiró el doctor al oír el pedido. Después de haberlo hecho trabajar durante veinte largos años por nada, ¿cómo podría en nombre de la humanidad decir ahora a su sirviente que nada sabía respecto al secreto de los sennin? El doctor se desentendió diciendo que no era él sino su mujer quien sabía los secretos.
-Usted tiene que pedirle a ella que se lo diga -concluyó el doctor y se alejó torpemente.
La mujer, sin embargo, suave e imperturbable, dijo:
-Muy bien, entonces se lo enseñaré yo, pero tenga en cuenta que usted debe hacer lo que yo le diga, por difícil que le parezca. De otra manera, nunca podría ser un sennin; y además, tendría que trabajar para nosotros otros veinte años, sin paga, de lo contrario, créame, el Dios Todopoderoso lo destruirá en el acto.
-Muy bien, señora, haré cualquier cosa por difícil que sea -contestó Gonsuké. Estaba muy contento y esperaba que ella hablara.
-Bueno -dijo ella-, entonces trepe a ese pino del jardín.
Desconociendo por completo los secretos, sus intenciones habían sido simplemente imponerle cualquier tarea imposible de cumplir para asegurarse sus servicios gratis por otros veinte años. Sin embargo, al oír la orden, Gonsuké empezó a trepar al árbol, sin vacilación.
-Más alto -le gritaba ella-, más alto, hasta la cima.
De pie en el borde de la baranda, ella erguía el cuello para ver mejor a su sirviente sobre el árbol; vio su haori flotando en lo alto, entre las ramas más altas de ese pino tan alto.
-Ahora suelte la mano derecha.
Gonsuké se aferró al pino lo más que pudo con la mano izquierda y cautelosamente dejó libre la derecha.
-Suelte también la mano izquierda.
-Ven, ven, mi buena mujer -dijo al fin su marido atisbando las alturas-. Tú sabes que si el campesino suelta la rama, caerá al suelo. Allá abajo hay una gran piedra y, tan seguro como yo soy doctor, será hombre muerto.
-En este momento no quiero ninguno de tus preciosos consejos. Déjame tranquila. ¡He! ¡Hombre! Suelte la mano izquierda. ¿Me oye?
En cuanto ella habló, Gonsuké levantó la vacilante mano izquierda. Con las dos manos fuera de la rama ¿cómo podría mantenerse sobre el árbol? Después, cuando el doctor y su mujer retomaron aliento, Gonsuké y su haori se divisaron desprendidos de la rama, y luego… y luego… Pero ¿qué es eso? ¡Gonsuké se detuvo! ¡se detuvo! en medio del aire, en vez de caer como un ladrillo, y allá arriba quedó, en plena luz del mediodía, suspendido como una marioneta.
-Les estoy agradecido a los dos, desde lo más profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un sennin -dijo Gonsuké desde lo alto.
Se le vio hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó a subir cada vez más alto, dando suaves pasos en el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes.
1. Según la tradición china, el Sennin es un ermitaño sagrado que vive en el corazón de una montaña, y que tiene poderes mágicos como el de volar cuando quiere y disfrutar de una extrema longevidad.
Este blohttps://ciudadseva.com/texto/sennin/que ha encontrado un error y no puede previsualizarse.
0) Toda historia que vale la pena se escribe sola.
1) Una historia que se termina de escribir, está a un paso de su muerte.
2) Una historia muerta, con un poco de empeño, puede resucitar; no importa si es al primero o cuarto intento.
3) Nunca digas: «de esa historia no beberé».
4) El minificcionista debe estar convencido de que él habría podido inventar el microscopio.
5) La hoja en blanco es el ideal de todo minificcionista.
6) La margarita del minificcionista es la palabra.
7) El minificcionista sabe que debajo de cada palabra se oculta una historia.
8) Parco de palabras, el minificcionista habla con silencios.
9) El minificcionista es un calvo que se rapa las palabras.
10) El dios de los minificcionistas creó el mundo a partir de la palabra, que pulió arduamente durante siete días.
Poeta, narrador, guionista y pediatra mexicano. Médico por la Universidad Nacional Autónoma de México unam. Miembro coordinador de la revista de microrrelato Internacional Microcuentista. Autor de más de cinco poemarios y libros de minificción. Sus textos se pueden encontrar en antologías colectivas y en publicaciones como Arca Ficticia, Círculo de Poesía, Ráfagas y La Jornada Semanal, entre otras. Obra de consulta: Enciclopedia de la literatura en México