Publicado por jerufa | Visto 29499 veces

No resulta fácil para un neófito tratar de hacer una reseña medianamente digna sobre una de las mayores obras de la literatura japonesa de todos los tiempos. Tampoco ayuda mucho a ello saber que, para el gran público castellano, es una novela prácticamente desconocida debido a su escasa difusión.

“Tropezarse” en una librería con un ejemplar de este tipo y descubrir, a medida que se avanza en su lectura, que nada es como nos parece resulta, cuanto menos, sorprendente y muy adictivo.

Pero para tratar de explicar tales consideraciones se hace necesario acercar al lector al mundo Genji.

En primer lugar, ¿por qué es tan desconocida esta obra? Cabe decir que, sobre todo, por la dificultad de su traducción. Los japoneses basaron su sistema de escritura en los caracteres chinos (el chino era, para los japoneses, el equivalente del griego para los romanos, o del latín para los hombres del Renacimiento) a los que llamaban kanji. Adoptaron estos caracteres e inventaron un sistema relativamente reducido de símbolos suplementarios, dando lugar a una fonética que, en realidad, era una versión simplificada de los kanji y que se denominaba kana. Pues bien, el genji está plasmado en escritura kana, que consta de cuarenta y seis signos aumentados con dos diacríticos especiales.

Esta novela fue escrita en el siglo X. Los primeros manuscritos aparecieron a finales del siglo XII, es decir, más de un siglo después de su conclusión y el primer texto completo en el siglo XIV. Ello supone que, a lo largo de los dos siglos que separan la composición de la novela de los primeros manuscritos supervivientes, el texto haya sido objeto de retoques, interpolaciones y lecturas erróneas.

La versión reseñada -una auténtica adaptación- se recrea en la clásica del inglés Arthur Waley, publicada entre 1924 y 1933 que, para algunos, constituyó un auténtico hito de la literatura inglesa, ya que amplificó el texto para hacerlo más inteligible al lector, siendo –a juicio de la crítica mayoritaria- la que mejor “explica” la historia, seguramente porque Waley amó el Genji con pasión de descubridor.

Aclaradas las dificultades de su desconocimiento, ora es de incardinar su contenido a la época Heian.

La Novela de Genji transcurre en Japón durante la segunda mitad del siglo X y el primer cuarto del XI. En aquellos tiempos, oscuros en el resto del mundo, donde el esplendor de Roma era puro recuerdo y la pobre Europa empezaba a levantarse a trancas y barrancas de su inmensa decadencia, tan sólo China y Japón podían enorgullecerse de contar con unas civilizaciones dignas de tal nombre.

En el año 784, la capital de Japón fue trasladada a una ciudad de nueva planta, diseñada a imitación de Ch´ang-an, la capital de China y que fue bautizada Heian Kyo, “La Ciudad de la Paz y la Tranquilidad”, la actual Kyoto. Dicho traslado dio lugar al inicio de un nuevo periodo absolutamente decisivo en la historia de Japón. Nunca la civilización nipona volvió a ser tan refinada, tan culta y tan llena de glamour, hasta el extremo que algunos han comparado esta época con el Grand Siècle de Luis XIV, pero un Grand Siècle de casi cuatro siglos de duración.

Claro está que esta “civilización” era patrimonio exclusivo de un uno por mil–minúscula la proporción- de los habitantes del país. El nivel de educación (por no hablar de cultura) de las clases bajas era inferior al de las sociedades primitivas actuales de Nueva Guinea. La cultura de la nobleza, en cambio, se manifestaba en un modo de vida extraordinariamente artificioso en torno a una utopía de carácter estético, un esteticismo sutil y al servicio de un lujo sin precedentes en la historia. A diferencia de las culturas de Egipto, de Persia y del Indo, donde la vida lujosa era vacía, fría y estereotipada, en la corte del Japón Heian la belleza en las formas, en el vestir y en las diversiones despertaba el entusiasmo de las “almas sensibles” y todos allí querían ser así porque no serlo significaba hacer el ridículo, o sea, no estar à la page.

La historia trata de la lucha del protagonista Genji, el Príncipe Resplandeciente, por recuperar los derechos derivados de su nacimiento (es hijo de un emperador) y de los cuales se ve injustamente privado en su infancia. Nos encontramos, pues, ante un auténtico agon en el sentido que los griegos daban al término. Un joven que se ve obligado por el destino a vivir una serie de experiencias más o menos iniciáticas hasta que se le reconoce lo que es legítimamente suyo. Así, Genji debe abandonar la casa paterna, tiene una serie de encuentros amorosos con mujeres de todo tipo, se granjea enemigos que buscan perjudicarlo, es condenado al exilio y finalmente regresa a la capital, obteniendo la posición que le corresponde y gobernando los destinos del país como una especie de “emperador a la sombra”.

No parece un hilo argumental muy distinto al de otro tipo de novelas. Sin embargo, adentrarse en la vida del Genji constituye todo un reto y un desafío para quién busca algo diferente.

Todo lo anterior, que se resume en apenas cinco líneas, da para mucho en la novela. Con su repaso, el lector se transporta a una época alucinante por lo extraño y lo ajeno. Si bien, a través de sus numerosas páginas, se percibe el devenir de la vida del Príncipe Resplandeciente tal y como se ha narrado, en la novela -por encima de todo-, se eleva la figura del amor y su forma de entenderlo en aquel periodo, tan diferente al nuestro, al que hemos conocido y nos han enseñado a través de la historia. Nos desvela, por arte de la pluma de la autora, cómo pensaban las mujeres Heian, cómo sentían, cómo amaban, padecían y sufrían. Cómo se educaban en el arte de la poesía y de la música. En la danza y la pintura. Y cómo de una simple caligrafía con un tipo de grosor y, según qué tipo y color de papel, averiguaba un noble Heian si estaba ante una mujer perfecta o no. Amor en estado puro. Tan puro que, a veces, el lector desconoce que lo que acaba de leer ha sido una relación sexual o, incluso, una violación y que sólo lo descubre – más tarde- con la discreta pero asombrada reacción de la dama.

La novela, aún así, da para mucho más.

¿Cómo se organizaba el poder y quién movía realmente los hilos en el Japón Heian?, ¿cómo influían los tabúes de orientación en las supersticiones japonesas?, ¿cómo eran sus casas y porqué esas distribuciones?, ¿cómo se establecían las jerarquías en el mundo de Genji?, ¿cómo era su religión?, ¿cómo veían los nobles Heian el ideal de belleza femenina y masculina?, ¿cómo se entendía la monogamia y la poligamia?, ¿cómo eran la vida social, los ceremoniales y la dolce vita?, ¿cómo era el refinamiento y el culto a la naturaleza?, ¿porqué la poesía y la música eran tan importantes?, ¿cómo era su caligrafía?, ¿existían los celos?.

Todas y cada una de estas preguntas tiene adecuada respuesta en la novela, admirándose el lector de la capacidad única que tiene la autora para cambiar de registro en un mismo capítulo y, a veces, en un mismo párrafo.

La novela de Genji constituye un relato de costumbres contemporáneas y es el mejor documento de que se dispone para conocer cómo se vivía, se pensaba y se sentía en un momento determinado de la historia de Japón, al menos en cuanto a las clases sociales más poderosas e ilustradas. No hay que olvidar que nos encontramos ante una obra del siglo X escrita por una contemporánea, Musaraki Shikibu, que retrata un mundo que conoce, una manera de pensar y una manera de vivir que son las de su tiempo, lo que otorga al libro un valor añadido. Es por eso que no narra simplemente una crónica de sucesos ocurridos, sino que nos encontramos ante una auténtica novela en el sentido más moderno del término.

En España, la vida del Príncipe Resplandeciente aparece como la primera versión con vocación de completa de la obra universal de Murasaki Shikibu en Ediciones Destino, en noviembre de 2005, bajo el título de La novela de Genji, por ser escrita como una novela de su tiempo. Esa es la explicación al título y no el de La historia de Genji, que debería ser el correcto a tenor de la traducción del original.

En su “debe”, a la novela cabe atribuirle alguna tara, derivada de su peculiar naturaleza y características. En primer lugar, la selva de personajes, que hace harto difícil seguir las trayectorias parentales sin tener que acudir al apéndice alfabético que la autora incluye al final del texto -menos mal- y que detalla las relaciones entre los actores. Este esfuerzo, además, se acrecienta si se deja de leer por un tiempo. En segundo lugar, se echan de menos gráficos e imágenes de su tiempo que faciliten las explicaciones y algún mapa simple de la época. En tercer lugar, el estilo y el ritmo de la novela que puede parecer, en algunas fases, algo –sólo algo- tedioso por lo extenso. Su lectura requiere, por tanto, delicadeza y paciencia. Finalmente, el precio.

En su “haber”, la propia técnica de narración empleada, una adaptación del original que hace muy llevadera su lectura, empezando por poner los nombres propios a los personajes que en los textos originales aparecen mentados sólo por sus cargos. Además, cuando se hace necesario, se acompañan a pie de página, notas marginales que hacen más comprensible el texto. Y a su favor también, saber que se lee algo fresco, lejano, exótico, diferente y especial. ¿Alguien da más?

Consta de dos tomos. El primero, Esplendor, es un relato de afirmación y triunfo. El segundo, Catástrofe, es de decadencia. No obstante, su lectura es independiente.

Características técnicas Volumen I: Ediciones Destino, Colección Ancora y Delfín, 6ª edición, marzo 2006. Cartoné. 15×23 cm, 886 pp, 30 €.

Características técnicas Volumen II: Ediciones Destino, Colección Ancora y Delfín, 1ª edición, mayo 2006. Cartoné.15X23 cm, 840 pp, 30 €.

http://www.hislibris.com/la-novela-de-genji-murasaki-shikibu/