Siempre lo llamé Sensei.1 Así lo haré en estas páginas en lugar de revelar su nombre. No es que quiera mantenerlo en secreto, simplemente me resulta más natural. La palabra «sensei» se me viene a los labios cada vez que lo recuerdo. Ahora que escribo sobre él, lo hago con la misma reverencia y respeto que siempre sentí. No me parece adecuado usar sus iniciales para referirme a él. De ese modo sentiría como si hubiera una gran distancia muda entre nosotros. Lo conocí en Kamakura,2 cuando yo aún era estudiante. Un amigo mío fue allí a pasar las vacaciones de verano, y a disfrutar del mar. Me escribió para que lo acompañara, así que me las arreglé para juntar el dinero necesario para el viaje, algo que me llevó dos o tres días. Sin embargo, apenas media semana después de mi llegada, mi amigo recibió un inesperado telegrama de su casa en el que le pedían que regresara. Al parecer su madre había caído enferma. Él no terminaba de creérselo. Sus padres intentaban desde hacía tiempo obligarlo a aceptar un matrimonio que él no deseaba. Según las costumbres de la época era demasiado joven para casarse y, además, la chica en cuestión no le gustaba. Precisamente por eso decidió no regresar a su casa durante las vacaciones, como hubiera sido lo normal, sino que prefirió irse a la costa a disfrutar de unos cuantos días de asueto. Me enseñó el telegrama y me pidió mi opinión. ¿Qué debía hacer? Mi amigo se debatía entre las dudas. Yo no sabía qué aconsejarle, pero en el caso de que su madre estuviera realmente enferma, le dije que debía volver, sin dudarlo. Al final se marchó. Después de todos los esfuerzos que hice para pasar unos días con él en Kamakura, al final me quedé allí solo y sin nada que hacer. Podía quedarme o bien volver a casa, pero aún quedaba tiempo hasta que empezasen las clases, así que al final decidí permanecer donde estaba. Mi amigo pertenecía a una familia acomodada de la región de Chugoku y no le faltaba el dinero. Sin embargo, era joven y se las arreglaba más o menos como yo. Así que, después de su marcha, me vi obligado a buscar un hostal menos costoso del que habíamos elegido en un primer momento. El lugar que había elegido estaba en las afueras del pueblo. Para llegar a los sitios de moda, los billares, las heladerías, tripa KOKORO.indd 20 02/10/14 14:20 21 tenía que caminar un buen rato atravesando inmensos arrozales. Ir en rickshaw me habría costado por lo menos veinte sen. A pesar de todo, por los alrededores se veían muchas casas nuevas de veraneo, la playa quedaba cerca y era la mejor opción para ir a bañarse. Todos los días bajaba al mar. Dejaba atrás las viejas casas de campo con sus tejados de paja ennegrecidos por el humo y llegaba a la playa, repleta de gente de Tokio que huía del calor del verano en la ciudad. Algunos días, la playa me parecía un grandísimo baño público repleto de oscuras cabezas flotantes. No conocía a nadie, pero disfrutaba enormemente cuando me embebía en aquella alegre visión de cuerpos tomando el sol, cuando me tumbaba en la arena o me metía en el agua hasta las rodillas para que las olas las golpeasen. Fue en medio de esa multitud donde por primera vez vi a Sensei. Por aquel entonces, cerca de la orilla había un par de puestos de bebidas que, además, tenían casetas de baño para cambiarse. Sin ninguna razón en particular, di en frecuentar uno de ellos. Al contrario de los propietarios de las grandes casas de veraneo de la zona de Hasé, los bañistas de aquella playa no teníamos casetas de baño privadas, sino que nos veíamos obligados a usar las comunitarias. En ellas la gente aprovechaba para relajarse, para tomarse un té, dejar sus sombreros y sombrillas en un lugar seguro, a salvo de los ladrones, y quitarse la sal con una buena ducha mientras los empleados se encargaban de enjuagar sus trajes de baño. Yo no tenía un bañador propiamente dicho y por tanto no necesitaba ir a cambiarme. Sin embargo, solía dejar mis cosas en la caseta cada vez que me metía en el mar para evitar que alguien me las robara. tripa KOKORO.indd 21 02/10/14 14:20 22 2 Fue allí donde vi a Sensei por primera vez. Caminaba en dirección a la orilla justo cuando yo salía del agua, con la brisa marina acariciando mi cuerpo. Entre nosotros había una considerable cantidad de cabezas negras que me impedían distinguir bien sus rasgos. Era muy probable que en condiciones normales me hubiera pasado inadvertido —de hecho, yo caminaba algo distraído—, pero hubo algo en él que llamó mi atención y que me hizo distinguirlo entre la muchedumbre: iba acompañado por un occidental. El occidental tenía una piel blanquísima. Había dejado su yukata3 encima de un banco y tan solo llevaba unos calzones de estilo japonés. Miraba fijamente al mar, con los brazos cruzados. Su circunspección me fascinó. Dos días antes había ido a la playa de Yuiga. Allí, sentado sobre una pequeña duna de arena formada junto a la entrada trasera de un hotel frecuentado por extranjeros, me pasé un buen rato contemplando cómo se bañaban los occidentales. Del hotel salían muchos hombres, y todos se precipitaban en dirección al agua. Al contrario que ese occidental, ninguno de ellos llevaba el torso, los brazos o las piernas al descubierto. Las mujeres se mostraban aún más recatadas si cabe que los hombres. La mayor parte de ellas llevaban gorros de color castaño rojizo o azul, que emergían graciosos entre las olas. Comparado con aquella reciente escena, la visión de aquel occidental de aire impasible, de pie frente a todo el mundo, cubierto tan solo por unos calzones sencillos, me resultó de lo más extraña. En un determinado momento, el extranjero giró la cabeza y dijo algo en japonés al hombre que lo acompañaba. Este acababa de agacharse para alcanzar la toalla que se le había caído a la arena. Cuando la alcanzó, se la anudó a la cabeza y se dirigió al mar. Ese hombre era Sensei. Movido por la curiosidad, mis ojos siguieron a las dos figuras que ahora caminaban juntas en dirección al agua. Atravesaron la rompiente de las olas abriéndose paso entre el gentío concentrado en la zona menos profunda. Cuando alcanzaron una zona despejada, lejos ya de la orilla, empezaron a nadar. Se deslizaron mar adentro hasta que sus cabezas se convirtieron en dos puntos diminutos perdidos en la distancia. De regreso a la orilla, poco después, se secaron con la toalla sin tomarse siquiera la molestia de ducharse. Entonces se vistieron y se marcharon de la playa, tan rápidamente que apenas me dio tiempo a ver a dónde se dirigían. Continué en el mismo banco donde estaba una vez se marcharon y me fumé un cigarrillo. Pensé despreocupadamente en Sensei. Estaba convencido de haber visto antes su cara, pero no fui capaz de recordar dónde ni cuándo. Entretanto, no tenía nada que hacer, me moría de aburrimiento y debía entretenerme de algún modo. Al día siguiente, a la misma hora, volví a la playa. Y allí estaba él. En esa ocasión llevaba puesto un sombrero de paja e iba solo. No lo acompañaba el occidental. Sensei se quitó las gafas, las dejó encima de una mesa y, ciñéndose la toalla alrededor de la cabeza, caminó con brío hasta el agua. Mientras observaba cómo se abría paso entre la multitud y se echaba a nadar, me invadió la imperiosa necesidad de seguirlo. Haciendo salpicar el agua a mi alrededor, me metí tripa en el mar, hasta que ya no pude hacer pie. Entonces clavé la vista en él y me eché a nadar. Sin embargo, a pesar de mis esfuerzos, fui incapaz de alcanzarlo. En lugar de volver por el mismo sitio, como había hecho el día anterior, esta vez describió una gran curva hasta salir del agua en una zona alejada de la playa. Salí del agua, tras él. Cuando regresé al puesto de bebidas, aún chorreando, él pasó junto a mí impecablemente vestido, ignorándome completamente. 3 Al día siguiente volví a la playa a la misma hora. De nuevo encontré allí a Sensei. Y al día siguiente, como impulsado por un conjuro, hice lo mismo. Y, como el primer día, no reuní fuerzas para hablar con él, ni tan siquiera para saludarlo. Su actitud me intimidaba. La verdad es que había algo en él que hacía que no pareciera muy sociable. Según comprobé, día tras día llegaba a la misma hora, con el mismo aire inaccesible y distante, y se marchaba puntual, indiferente a la ruidosa multitud que lo rodeaba. El occidental con el que lo vi el primer día no volvió a aparecer. Sensei llegaba solo y solo se marchaba. Aquel día, como de costumbre, Sensei volvió de su baño, se dirigió a donde había dejado la ropa y cogió su yukata. Pero se dio cuenta de que estaba llena de arena y, al sacudirla, se le cayeron las gafas que había dejado envueltas en la ropa. Una vez se puso la yukata y se ciñó el obi4 a la cintura, se dio cuenta de que no tenía las gafas y se puso a buscarlas. Vi que aquella era mi oportunidad. Sin pensarlo dos veces, me metí debajo de la mesa y se las alcancé. —Gracias —me dijo, dirigiéndome una tímida sonrisa. Al día siguiente lo seguí hasta el mar y nadé tras él. Habríamos avanzado unos doscientos metros cuando, de pronto, se detuvo, se dio media vuelta y se dirigió a mí. Éramos las dos únicas personas en aquella franja de mar azul. Estábamos a una considerable distancia de la playa. Hasta donde alcanzaba la vista, el sol inundaba el mar y las montañas. Yo me movía danzando en el agua, intentando mantenerme a flote. Sentí mis músculos hincharse. Estaba pletórico. Una indescriptible sensación de libertad y deleite se apoderó de mí. Entretanto, Sensei dejó de moverse para flotar tranquilamente de espaldas. Lo imité. El intenso azul del cielo me golpeó en la cara, como si se hundiera en lo más profundo de mi mirada. —Es divertido, ¿no cree? —dije en voz alta. Al cabo de un rato, Sensei recuperó la posición en el agua. —¿Volvemos? Yo me sentía pleno de energía, me hubiera quedado allí más tiempo, pero asentí de inmediato, feliz de poder hablar con él por fin. Nadamos hacia la playa por el mismo sitio por el que habíamos venido. A partir de ese día, Sensei y yo nos hicimos amigos. Sin embargo, aún desconocía todo de él, incluso dónde se alojaba. Tres días después de nuestro primer baño, nada más llegar a la casa de té de la playa, se giró hacia mí. Era mediodía. —¿Tienes previsto quedarte por aquí mucho más tiempo? No había planeado nada al respecto. No tenía, por tanto, una respuesta preparada. —No lo sé. La sonrisa que se dibujó en su rostro me hizo sentir torpe. —¿Y usted, Sensei? Aquella fue la primera vez que lo llamé así. Esa misma tarde fui a verlo a su hotel. Digo hotel, pero en realidad descubrí que no se trataba de un establecimiento propiamente dicho. Sensei se alojaba en una villa situada en el interior del amplio recinto de un templo. Compartía alojamiento con gente que apenas conocía, no era parte de su familia. Al notar la mueca irónica en su expresión cada vez que me oía llamarlo «sensei», me excusé diciéndole que era mi costumbre cuando me dirigía a personas mayores que yo. Le pregunté por el occidental con el que lo había visto el primer día. Era un excéntrico, me dijo, y ya había abandonado Kamakura. Luego se sinceró y me contó algunas cosas sobre sí mismo. Me confesó que para él era realmente extraño haber entablado relación con aquel hombre. Ni tan siquiera era amigo de relacionarse con sus compatriotas japoneses. Le dije que tenía la impresión de conocerlo de antes, aunque era incapaz de recordar dónde lo había visto. Joven e ingenuo como era, esperaba que a él le ocurriese lo mismo y ya imaginaba su respuesta. Sin embargo, tras una pausa meditativa dijo: —Pues a mí no me suena tu cara. ¿No será que te recuerdo a otra persona? Me sentí en cierto modo decepcionado por sus palabras.

1. Término que se traduce habitualmente como maestro y se refiere a una persona sabia, docta, pero que también implica respeto hacia alguien de mayor edad.

2. Ciudad costera a 50 kilómetros de Tokio y que constituye uno de los principales destinos vacacionales para la gente de la capital.
3. Quimono de verano. http://impedimenta.es/media/blogs/libros/capitulosPDF/9788415979128.pdf


4. Cinturón para ceñir el quimono, generalmente de seda.