México, Breton y Dalí

Existe una genial anécdota que nos cuenta cómo es que André Breton, el francés considerado como fundador del surrealismo, llegó a la conclusión de que México era el país más surrealista del mundo. La historia cuenta que en 1938, cuando Breton visitó México y maravillado por la refinada artesanía que distingue al país, quiso encargar a un carpintero local una mesa artesanal. Como sugería el protocolo cartesiano, bocetó la silla que quería, en perspectiva, por lo cual el cuerpo resultante era una especie de rombo descompuesto. Días después de haber entregado su boceto, Breton recibió una mesa exquisitamente manufacturada, bien montada y con un acabado espléndido. Solo que el carpintero mexicano, con plena naturalidad, había mantenido una completa fidelidad al modelo bocetado por el francés, por lo cual la mesa, de tres patas cada una de distinta altura, era más bien un cuerpo amorfo –una abstracción mobiliaria–.
A raíz de este episodio Breton no dudó en proclamar a México como “el país más surrealista del mundo”. Eventualmente Salvador Dali, quien también visitó México, respaldaría a Breton, advirtiendo que jamás regresaría a este, un país más surreal que sus pinturas.
Así que, independientemente de que México sea o no el país más surrealista del planeta, lo que queda claro es que aquí la metáfora es, con frecuencia, una realidad palpable –lo cual ofrece un encanto incomparable–.

El día que André Breton declaró a México el país más surrealista del mundo

breton

 

Fragmentos: «una extraña historia al este del río» de Nagai Kafu 

Una extraña historia al este del río (fragmento)

«Desde los dieciséis años hasta hoy, a los diecinueve, Kimie había sido perseguida por las demandas incesantes de esas frivolidades. No había tenido tiempo de considerar profundamente qué clase de emoción era el amor serio. De vez en cuando dormía sola en la habitación alquilada, pero su principal deseo en esas noches era compensar su falta de sueño crónica. Al mismo tiempo, empezaba a imaginar los nuevos placeres por venir, que, naturalmente, iba a disfrutar una vez recuperada de su fatiga. En ese círculo vicioso, una vez dormida, la impresión de cualquier otro tema por muy grave que fuera, se convertía en tenue e insustancial, como si estuviera soñando. Cuando se despertaba, trataba de diferenciar qué era realidad y qué era sueño. Para Kimie, nada resultaba tan agradable en esos momentos como esa mezcla de sentimientos y sensaciones.
Ese día, Kimie también se hundía en ese placer tras despertarse de su ligero sueño, y se resistía a levantar la cabeza de la almohada, a pesar de ser consciente de que eran casi las tres de la tarde. Miró a su alrededor, y vio en el suelo el quimono y el obi que ella misma había arrojado desordenadamente la noche anterior. A esa habitación de cuatro tatamis y medio de la parte posterior del primer piso, después de haberse ido el bailarín Kimura, había llegado el importador de automóviles Yata y este se había ido dejando una contraventana corrediza abierta. La lámpara del techo que Yata se había olvidado de apagar proyectaba la sombra del arreglo floral en la pared del tokonoma, igual que la noche anterior. Junto a los sonidos lánguidos de alguien que ensayaba una canción y las voces de los vendedores ambulantes, una brisa se colaba por la estrecha abertura de la ventana y acarició un lado del rostro que Kimie había apoyado directamente sobre el tatami. En un momento dulce como este, deseó que Yata o cualquier otro hombre estuviera ahí. De ser así, lo provocaría con todo el ardor de su cuerpo. Se sintió desgarrada por sus fantasías, que iban en aumento. Cerrando suavemente los ojos, se abrazó a su propio pecho con todas las fuerzas. Acto seguido, dio un profundo suspiro y se retorció. En ese instante, se oyó deslizar silenciosamente la puerta. Un hombre entró en la habitación y se puso delante del biombo. Era Yoshio Kimura, el mismo en quien Kimie había estado pensando con pesar desde la noche anterior. «

El Poder de la Palabra
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Kimie dejó la postura formal, deslizando las piernas a un lado para acomodarse, y apoyó el codo en el alféizar de la ventana. Con la mejilla apoyada en la palma de la mano, volvió el rostro hacia el interior de la habitación, dejando que la brisa soplara contra su cabello. Kawashima, que estaba bajo los efectos del alcohol, al observar a Kimie desde donde él estaba sentado, no pudo evitar que una imagen fugaz atravesara su mente: el cabello de la chica cayendo desordenadamente de la almohada al suelo

Nagai Kafu

Un viaje llamado vida de Banana Yashimoto- fragmeto-

Guiza es una ciudad extraña, te hace sentir como si el suelo
no tuviera ningún punto de apoyo, por lo que resulta ambigua. Quizá sea porque no fue construida para ser habitada.
Antes que nada, cuando hay una presencia tan peculiar en
una ciudad, es lógico que ella domine la atmósfera.
Una vez le comenté a alguien que había crecido en la falda
del monte Fuji:
–¡Qué envidia ver todos los días de cerca el hermoso
monte Fuji!
Pero para mi sorpresa me respondió:
–Para nada. A mí me daba miedo.
Dijo que su mente infantil se preguntaba qué haría en
caso de erupción, y que lo que experimentaba de todos
modos al ver el monte Fuji, que se erguía más allá del patio
del colegio durante las horas de Educación Física, no era su
belleza sino una inexplicable sensación de miedo. Me imagino que más que miedo sentiría una especie de temor.
En Guiza, cuando un anciano de una perfumería me
aclaraba: «Este es barato, pero tiene exactamente la misma
composición que el Chanel n.º5, ¿eh?» (¿En seriooo?), o
cuando paseaba en camello por el desierto, o almorzaba
o tomaba un delicioso cóctel de frutas frescas en el bar de
un precioso hotel, cada vez que me volvía, allí estaban las
pirámides. Ellas se inmiscuían en las escenas cotidianas proyectando un aspecto claramente distinto. Incluso cuando
no las veía en la oscuridad, sin duda me daba la sensación
de que algo enorme estaba allí y no dejaba de mirar hacia
mí. Sentí más próxima esa presencia mientras estuve lejos
de ella, concentrada en hacer otras cosas, que cuando me
detuve enfrente durante el espectáculo de luz y sonido.
En ese momento decidí que, en efecto, merecía la pena
ver las pirámides al menos una vez en la vida. No sé por qué,
pero aquella construcción es como si hubiera sido creada
proyectada hacia el futuro, y digo yo que quién iba a visitarlas sino nosotros, los seres humanos que están existiendo
ahora en ese futuro. Aunque no sé quién las construyó ni
con qué propósito, no se puede entender nada de su enigma
sin verlas in situ.
El aire seco de Egipto es ideal para enjugar bien el corazón
húmedo de los japoneses. Si alguien va allí cuando está harto, se sentirá renovado. Tengo la sensación de que aquellos
rayos de sol tienen una gran fuerza capaz de penetrar en
el corazón de las personas sin importar el estado en que se
encuentren. Tal vez, las pirámides hayan sido construidas
con esa fuerza.
El Japón que encontré en Australia
Fui a Australia a fin de recopilar material para mi nueva obra
Honeymoon. En realidad, había ideado para esta novela un
argumento como si deambulase por Australia; sin embargo,
mientras escribía, la situación interna de Japón se volvía
cada vez más insoportable, y tal vez eso me hizo centrarme
en elementos tales como los jardines y las vistas de Japón.
Creo que el viaje tiene sentido porque precisamente tenemos una vida diaria a la que regresar, excepto cuando uno
parte por un largo tiempo. Como al final me centré en los
aspectos de la vida cotidiana después del viaje, no llegué a
aprovechar mis aventuras australianas en el desarrollo de la
novela, pero mi estancia transcurrió en un lugar encantador.
Ya que se trataba de un pequeño alojamiento, no voy a
entrar en detalles (se localiza fácilmente si se busca). Era un
albergue de estilo japonés en las montañas cerca de Brisbane,
donde hicimos noche. El propietario era un monje que se dedicaba a elaborar washi1
. Y su mujer preparaba deliciosos platos japoneses a los huéspedes. Estaba rodeado por un bosque de bananos donde había serpientes y sanguijuelas, un paisaje
inimaginable en Japón; pero una vez dentro, era una vivienda
japonesa en todos los aspectos. Aunque las habitaciones eran
de estilo occidental, estaban decoradas con libros y caligrafías
japoneses, de tal manera que me pareció encontrarme en
un albergue de las montañas de Nagano o Yamanashi2
. Y, curiosamente, había un baño de madera de ciprés al aire libre
que era muy de agradecer para descansar la vista y el cuerpo
fatigados del agotador viaje. Mientras reposaba en el agua
caliente en medio del aire limpio de las montañas, me llenó
de una inmensa felicidad el hecho de ser japonesa. Hasta
ese día, yo estaba en la habitación de un hotel y llevaba una
vida totalmente distinta a la de Japón, y comía con tenedor
y cuchillo, pero ese día en un baño al aire libre… no me parecía real. Sentí que mi cuerpo se relajaba. A fin de cuentas,
comprendí que los japoneses tenemos una constitución para
andar descalzos en casa, estirar el cuerpo en la bañera, y que
nos sientan mejor los alimentos ligeros. Todo esto se entiende
mejor cuando uno se encuentra en el extranjero.
Para ir de compras es obligado bajar de la montaña y llegar
a la ciudad; cuidar de una plantación de bananos y extraer
las fibras de los tallos para fabricar papel es muy laborioso,
y la administración de la vivienda y el mantenimiento de la
bañera también debe de resultar agotador. Sin embargo, al
encontrarme con la cultura japonesa en medio de aquella
naturaleza salvaje, aprecié su valor como nunca antes. Y es
que los japoneses poseen una sabiduría maravillosa para
vivir en armonía con la naturaleza, al tiempo que no escatiman el trabajo para lograr el bienestar, y mantienen un
gran espíritu y aman la belleza delicada. Los que vivían en
esa casa tenían un rostro realmente lozano. Decidí que, si
alguna vez vuelvo a Australia, regresaría a ese alojamiento al
final del viaje para refrescarme física y mentalmente antes
de volver a casa.
Otra cosa que me impresionó fue el bufé de fritura.
En teoría, esa cocina debía ser coreana, pero estaba preparada un tanto al azar en todo, en cuanto a los ingredientes,
el modo de cocinarlos y servirlos, por lo que resultaba
divertida. Consistía en que los huéspedes se ponían en fila
delante de una especie de bufé de ensaladas. Pero ese bufé
no era de ensaladas, sino ¡de carne! Una variedad de carne
congelada de pollo, cerdo, ternera y cordero cortada en finas
lonchas y amontonada en sus respectivos recipientes, de los
que cada uno tomaba la cantidad que quisiera. Las verduras
estaban dispuestas de la misma manera, y se aliñaban después con diversos aderezos al gusto de cada cual, como sake,
sal, salsa picante, salsa de soja, vinagre, pimienta molida y
salsa inglesa. Por último, se llevaba ese plato a una enorme
plancha redonda debajo de la cual el fuego crepitaba con
vigor. Allí estaba un joven coreano saludable y fornido, que
tras verter el aceite sobre la plancha, volcó bruscamente
todo el contenido del plato sobre ella, lo salteó con una larga
espátula de hierro haciéndolo chisporrotear, y con el espectáculo de darle la vuelta hábilmente al salteado lo devolvió
al plato. Como se podía repetir las veces que se quisiera,
me divertí tanto pensando en todas las combinaciones:
cordero, brotes de soja y jengibre, y después pollo, repollo
con sal y sake, que al final comí demasiado. Sin embargo, en
esta ocasión también reparé del todo en que era japonesa.
En comparación con los australianos que me rodeaban, mi
aliño era sin duda auténticamente japonés.
1 Papel tradicional japonés.
2 Son las prefecturas de la región de Chūbu, de la isla de Honshū en
Japón, que es la cuna de las casas rurales por su geografía montañosa.
banana-yoshimoto

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Yo pude bajar la novela, espero que tengan la misma suerte. Sendero

El diablo de Abe Kobo

Un día encontré una ratonera al fondo del armario. Aunque no recordaba haberla comprado en ningún momento, se me ocurrió probarla, pues se percibía la presencia de ratas desde hacía algunos días; la instalé en un rincón de la habitación con restos de granos de soya fermentada como cebo.
Ese mismo día hubo una presa. Al volver a casa del trabajo, escuché un chillido en la oscuridad. Cuando prendí la luz, vi que quedó atrapado un pequeño animal extraño de color verde azul.
Esta no fue toda mi sorpresa; ese animalito, al voltear a verme, juntó las dos manos como de lagartija y me habló suplicante en un japonés correctísimo, aunque con cierta aspereza:
–¡Sálveme, por favor, se lo ruego, señor! A cambio le voy a satisfacer tres deseos, cualesquiera que sean…
–A ver, déjame decirte que estás cayendo en una contradicción –dije simulando serenidad para controlar la excitación–. Si estás dotado de una capacidad tan envidiable, ¿cómo no te has escapado tú solo de la ratonera?
–Es el castigo que me tocó por un descuido. Hasta satisfacerle tres deseos a mi vencedor, no podré recuperar mi infinita capacidad de transfiguración.
Ciertamente era coherente a su manera. Le quité la tapa, porque de todas maneras no me importaba que me estafara, y resultó que era honesto de verdad.
–Le agradezco muchísimo –dijo con la cara azul, casi morada–. Adelante, señor, ¿cuáles son sus deseos?
–El tiempo, por ejemplo… ¿Qué te parece?
–¿El tiempo?
–El tiempo es oro, como dicen, y estoy tan ocupado todos los días que casi no me queda tiempo para hacer nada, ¿sabes?
–¿Cuánto quiere?
–Cuanto más, mejor…
–De acuerdo, señor.
Al decirlo, el animal alzó los brazos por encima de la cabeza y acercó gradualmente los dedos de las dos manos. En un instante salió de entre las puntas de los dedos una chispa azul que produjo una descarga eléctrica, y se propagó por toda la habitación un fuerte olor a azufre.
–¡No se mueva! –me advirtió el animal con firmeza al verme asustado–. Usted ya dispone de cien veces más de tiempo.
–¿Cien veces más?
–Es lo máximo que le puedo ofrecer. No es tan insignificante como quizás usted crea, ya que la energía está en proporción con el cuadrado de la velocidad, ¿sabe? Con cien veces más de velocidad, tendrá diez mil veces más de energía. Esto quiere decir que usted ya cuenta con una fuerza casi equivalente a la de una avioneta jet… Chist, ¡no se mueva, hágame caso! Un brinco así de golpe puede ser mortal, pues las piernas se harán añicos al destrozar el piso y el cuerpo en reacción saltará al vuelo, quién sabe a dónde, rompiendo el cielo raso como si fuera un cohete.
–¡Carajo, me tendiste una trampa!
–¿Trampa? ¡Cómo se atreve a decir semejante barbaridad! ¿Acaso no sabía esa famosa fórmula: E=1/2 mv2?
–¡Ni la menor idea!
–¡No se mueva, le estoy diciendo!… Pero qué extraño. Esta fórmula está tan divulgada que hasta sale en cualquier texto didáctico a nivel secundaria.
–¡No sé nada de eso! ¡Basta, qué necio eres! Desembrújame ahora mismo, que no soy ningún maniquí… –grité de angustia sin soportar más el estado precario.
–¿Me permite tomarlo como el segundo deseo?
–¡Como quieras! ¡Rápido, hombre!
–Está bien –dijo sonando los dedos–. Relájese, que ya pasó el peligro. Ahora, ¿quiere pasar al último deseo?
Conteniendo las ganas de aplastarlo de un golpe, le repliqué:
–¡Dinero, entonces!
–¿Dinero?
–Ojo por ojo, brutalidad por brutalidad, pues.
–Brutalidad aparte, ¿de veras se conforma con algo tan trivial como el dinero?
–¿Acaso hay otra fórmula inconveniente que te lo impida?
–No, qué va. A mí me da lo mismo si a usted no le importa, señor…
–¡Deja de hacer insinuaciones ambiguas! ¡Dime todo lo que tienes que decir sin dar más rodeos!
–Con mucho gusto se lo digo, si es que lo puedo tomar como el tercer deseo…
Permanecí mudo durante más de diez minutos sin atreverme a romper el silencio. Me sentí mareado, a punto de desmayarme, y terminé gritando desesperado:
–¡Carajo, cuéntame todo!
–Una cosa muy sencilla… –me contestó el animal con un gesto tan ingenuo en su cara como el de una muñeca de plástico–. Sólo quería advertirle que, al hacer tantas compras, no iba a caber todo en esta pequeña habitación, señor.
–¡Maldito diablo!
–¿Diablo? ¡No me insulte, por favor! Soy un extraterrestre auténtico –apenas lo dijo, volteó a hacer una venia de lado–. Hasta aquí la segunda noche de la sección experimental de nuestro curso sobre la psicología terrícola.
Al recorrer la mirada, caí en la cuenta de que había otros dos animalitos del mismo tamaño que cargaban una videocámara para filmarme. En el acto les lancé un tintero. En ese mismo instante se esfumaron tanto la ratonera como los animalitos, dejando tan sólo el eco de una risa sonora…
https://estoespurocuento.wordpress.com/2012/10/01/el-diablo-cuento-de-kobo-abe/

lagartijas

Al borde del abismo de Abe Kobo

…No me dejaré vencer… es una pelea… yo no voy a luchar para perder…
¡Carajo, esta leche es de ayer, ya no sirve! Aun cuando la guardes en la nevera, da lo mismo. La leche está viva, ¿me entiendes?, está viva, es un ser viviente, de verdad. Al estar viva, se digiere a sí misma y se queda sin valor nutritivo. Qué problema, oye… ¿por qué no te fijas en la fecha impresa en el envase ? No gastan el dinero de la impresión solo para ponerle un adorno, ¿sabes? El producto de hoy se debe consumir hoy mismo…
¿Qué hora es?
Pero las nuevas peras locas que acaban de llegar… esas bolas rojas… me sentaron de maravilla… uno dos, uno dos, uno dos… ¿sabes que tengo oídos muy sensibles? Reacciono de inmediato ante cualquier sonido trivial. En el ring las suelas de las botas untadas con resina suenan de una manera muy especial, ¿me entiendes?, y ahí sé en qué estado físico me encuentro. En una ocasión, tuve que volver apurado a la esquina, a mitad de la pelea, para untar las botas con más resina. Y la risa que eso produjo….
Buenas noches… le fue muy bien ayer, señor Kimura… fue magnífico de verdad. Al lado del ring, ¿se fijó?, había una mujer espléndida que le vitoreaba, así…
Qué frase: «¡Me encantas, me encantas!»…
Qué fastidio… Tengo que ganar la pelea…
Últimamente me cuesta tanto la dieta que de noche me despierto soñando con la vianda de arroz. Para colmo, he tenido demasiadas peleas; ya no soporto ese ritmo tan acelerado. ¿Acaso me toman por pan comido?
Claro, sin peleas me aflojaría en el entrenamiento, pero el exceso también me acabará con celeridad. Ya me siento agotado, ¿sabes? Es mejor calidad que cantidad… Cómo me gustaría escoger solo presas fáciles… pero jamás gozaría de semejante lujo…
Carajo, el otro día hasta llegué a la pesada… ya había terminado el chequeo médico… y nunca apareció el contrincante… Cómo lloré, te lo juro… Después de haber sufrido tanto la dieta, ¿ves lo que pasó? Desde luego, el dinero sí lo cobré, pues ya me habían pesado y no podía regresar con las manos vacías. Pero qué decepción, para uno que atraviesa la edad de andar hambriento todo el tiempo; si no fuera por el boxeo, ¿te imaginas?, me hartaría de comida. Al pesar 51 kilos, uno más no me importaría a mí, ni menos a los demás. Al comienzo de la carrera no tuve ningún problema de peso. Con tantos ejercicios que hacía, todo el alimento pronto se me convertía en músculos…
Tantas ofertas en avalancha me harán la vida imposible. Empecé a practicar el boxeo para no morirme de tedio ante una vida demasiado ordinaria, pero me ha resultado tan azaroso que no dejo de angustiarme. Tampoco sería capaz de suicidarme, ¿verdad que no?… No, no sería capaz… Solo un hombre con un cerebro más desarrollado tendría la osadía de hacerlo…
…Oye, te cortaste mucho el pelo, por la parte de arriba… no, no, es mejor ir a la peluquería antes de la pelea… La barba que crece por culpa de la pereza te vuelve doblemente miserable cuando te tumban en el ring…
Uno dos, uno dos, uno dos, uno dos, uno dos, uno dos… Mira, hoy estoy en muy buenas condiciones…
Oiga, señor Kimura, fíjese que el otro día saqué un oráculo escrito y me tocó uno que decía: «Suerte inesperada». Esa máquina que arroja un cacahuate al colocar una moneda de diez yenes y levantar la manivela, ¿la ubica? Me puse de buen humor y probé otro, pensando que sobrevenía algo extraño. Otra vez lo mismo: «Suerte inesperada». Me dejó atontado y quise probar uno más… y me tocó otra vez la misma frase. No lo podía creer. ¿Verdad que es extraño? Usted sabe que tengo el brazo lesionado, pero me infundió tanta confianza que fui a hablar con el maestro para suplicarle que me ayudara a realizar esta pelea, a como diera lugar. Pero qué tal si la pierdo después de todo esto, qué congoja…
Anda, el sparring
Uno dos, seguidos
¡La derecha, uno dos!
Ahora, jab, jab, jab, jab
Un uppercut directo
Tres derechas, una, dos, tres
Un uppercut derecho
¿Qué sonó ahora?… Ya, la puerta de abajo… hasta la puerta es de acero… El ruido me cayó como un golpe en el vientre.
Ay… estoy despistado hoy. Se me han olvidado muchas cosas. ¿Alguien tiene una toalla de más que me preste? La mía se me quedó en la casa. Quizá soy un tarugo insalvable…
Me levanté de un tiro a las cinco de la mañana, como de costumbre, a pesar de que me habían dicho que hoy podía omitir el trote… Qué torpe soy… Iba a dormir a mis anchas, porque me dijeron que ya no había problemas de peso… Anoche escuché música en la cama para relajarme… el concierto para violín de Tchaikovski… ¿no le parece hermoso?… El canto del cisne también es relajante… Me gusta más el jazz, pero el problema es que me desvela…
Me cuesta levantarme temprano en la mañana, más que todo; como sufro, de verdad… el término «trotar» suena exagerado, pero no me resulta tan pesado correr unos cuantos kilómetros… Al levantarme y vestirme… qué sufrimiento tan terrible… tengo que soportar el sueño y el frío… Ya estoy añorando la llegada del verano… qué pereza…
Y qué importa…, me gusta lo que hago, eso es todo. Aunque a veces me parece odioso, en el fondo me gusta, sabes. Si uno lo odiara en serio, no volvería a practicarlo después de haber recibido tantos golpes fuertes. Hay algo que me atrae. Para empezar, es tajante; todo es blanco o negro y puedes definir lo que significa vivir con claridad, ¿no te parece?
¡Jab, jab, jab, jab!
Jab, al fin y al cabo. Disparando el jab, me puedo serenar. Confío en mi golpe directo. Con el jab provoco al contrincante, así. Jab, jab, jab, jab ¡Upper directo!
¿Qué hora es?
Bueno, la pelea comenzará pronto… qué fastidio… casi no lo aguanto…
¿Ves que compré medias rojas? El color rojo nos trae buena suerte, dicen, a los que nacimos en agosto… ¿Sabes que nací en agosto?… El color rojo es para los que cumplimos años en agosto. Por eso compré estas medias rojas… ¿Cómo?… ¿Color blanco?… ¿En serio? Pero usted no nació en agosto, ¿verdad?… Qué malvado es… deje de tomarme el pelo… Qué extraño… ¿las medias rojas no surtirán efecto?…
…Pero estoy en buenas condiciones físicas. He tenido mucha suerte estos días. ¿Vio que me tocó «Suerte inesperada»? Y de noche duermo como un tronco. Ayer me dolía tanto el cuerpo a la hora del masaje que llegué a pensar que se me habían petrificado los músculos, pero después de haber dormido bien, amanecí como un resucitado, como si nada. Será en virtud de la experiencia. Mire con qué agilidad estoy moviendo los brazos en el boxeo de sombras… La victoria es mía, estoy segurísimo. La lesión en el brazo se me curará por completo al comenzar la pelea, ¿no me cree?
Hombre, no voy a perder… Si me derrotan ya estaré fuera de la clasificación…
… ¡Voy bien! Escuché el pitazo muy cerca de los oídos… Esto quiere decir que estoy tranquilo… La resina de las botas también suena como debe ser… Voy a ganar… Ya van cuatro derrotas consecutivas… Sí, me he esforzado, pese a la lesión del brazo… un esfuerzo casi innecesario… Por más que me digan que descanse, que me cuide más el cuerpo, no puedo calmar la ansiedad… El descanso solo serviría para descalificarme… Qué humillación sería… Una vez descalificado, difícilmente saldría a flote… sí, casi imposible… con tanta competencia encima…
Uppercut directo
Al centro, al centro, al centro
¿Qué haces?, golpea, hombre
Eso, eso
Adelante, adelante
Uno dos, uppercut
Lo sé, no me molestes… tengo experiencia…
Del décimo al noveno… del noveno al octavo… del octavo al séptimo… del séptimo al sexto… cada vez que subo un puesto en el ranking, derribo cinco enemigos… me lo dijo el maestro… O sea que el campeón ha derribado, a ver, cinco por diez, cincuenta boxeadores en total… Qué bueno ser campeón, pero qué terrible ser uno de los cincuenta derribados… pero si no eres campeón, eres uno de los derribados… A veces me pongo a reflexionar… Del séptimo al octavo… del octavo al noveno… del noveno al décimo… Qué ciclo tan detestable… Ahora solo estoy boxeando para que los demás suban de ranking… ¿por qué será?… ¿Será que carezco de vocación?…
(Gong)
Ahora, respira hondo
Ese golpe al vientre estuvo bien
Pero no te conformes con uno dos
Uno dos tres cuatro
Relájate, pero no te detengas
Luego, hacia arriba
Cuidado con el jab del enemigo
Muévete bien
Con las piernas ágiles
Métete adentro
Y uno dos tres cuatro
Sin parar, luego hacia arriba
… De veras creo que hoy tengo suerte. Cambié de trabajo el 18 de febrero… llegué ese día a las 8 en punto a la oficina… Estamos en el año 38, para rematar, ¿no ves?… tres veces el número 8, que es de suerte, indica buen futuro. Soy afortunado.
No perderé… Otra derrota me descalificará…
A la derecha, pásate a la derecha
Ahora, el directo
Date prisa
La derecha, hacia adelante
La derecha, la derecha, la derecha, la derecha
Esquívalo, y al vientre
Bien, bien
Tranquilo, vas ganando
¿Sabes que yo anoto todos los acontecimientos del día en mi cuaderno… todo lo que hago durante la jornada…? Sí, todos los días… no he faltado ni un día, te lo juro… Primero la fecha, las horas que duermo, la hora a la que me levanto, la duración de los ejercicios físicos, los kilómetros que corro, el estado físico… Luego, a ver, cómo diría, la bebida antes del desayuno… té japonés, jugo, leche… también la cantidad y los ingredientes de la comida… Viene otra vez la bebida después del desayuno… Claro, lo que como en la oficina, si acaso pruebo algo… Sigue el almuerzo acompañado de alguna bebida… y cuando estoy muy cansado, duermo la siesta… Todo esto lo anoto… todo lo que como y bebo… Luego entro al entrenamiento técnico…
Apunto también la hora de salida de la oficina y la de entrada al gimnasio… el peso según la báscula… En general, comienzo con el boxeo de sombra… y el sparring… claro, sin olvidar el nombre del contrincante… Continúo con el costal… otra vez el boxeo de sombra… tengo que recordar cuántas veces lo hice… la pera… los saltos de la comba, los ejercicios de los músculos abdominales, de contracción y estiramiento, etc. De todo esto anoto cuánto hice… A ver, a ver… el baño, quiero decir, la ducha… la báscula otra vez para terminar, y la hora de salida del gimnasio… La bebida, la cena, la bebida de nuevo… Si acaso pruebo algo más, también lo anoto sin falta… la hora de acostarme… el masaje, si me lo hacen… las vitaminas que tomo… y una que otra observación general…
Todo esto lo apunto en mi cuaderno… te lo juro, todos los días… solo para mí… ya que a nadie más le sirve… Bien sabes que la pelea comienza antes de subir al ring… En realidad, uno pelea todos los días… es indispensable la disciplina para superar a los demás…
No me dejaré vencer después de haber hecho todos estos esfuerzos… me he entrenado con una rigurosidad espartana…
(Gong)
Te sale bien el jab
Mejor que en el primer round
Ahora sí es más certero
¿Comprendes?
Ahora, respira hondo, uno dos tres
O.K.
¿Me escuchas?
¿De veras?
No te acerques por el lado izquierdo
De la derecha, de la derecha
Abanicas porque vas a la izquierda
Eso sí está mal, ¿sabes?
De la derecha, del interior
Y no del exterior
De la derecha, del interior, ¿me entendiste?
Muévete bien para meterte adentro
Eso, a la derecha
Un uppercut
Dale un jab, otro
Anímate
Un jab corto, otro corto
Demasiado grande
Más corto, más, más
Ahora a la derecha, métete adentro
Relájate un poco
La izquierda
Ahora al vientre
Carajo, la caída se acelera sin freno… a pesar de que conté treinta patrones en mi mejor momento, ahora solo me quedan siete, dicen… En la oficina ya me siento incómodo… «Deseamos de todo corazón que sigas haciendo esfuerzos hasta ganar el glorioso título de campeón», me han dicho… Qué ingenuidad… Solo uno entre cincuenta llega a ser el campeón… Sin esos cincuenta derrotados no existiría tampoco el campeón… me deberían agradecer por eso… Qué ridiculez…
Es extraño, ahora me pesan más los brazos; cuidado, se me ha caído la defensa… Ayer me dolieron muchísimo durante el masaje… ¿Será que ya no hay esperanza?… No, ya no quiero pelear contra este hombre que golpea tan fuerte… Debo esquivarlo con el juego de piernas antes de que me deje molido… o con un daño en la lengua, así ni podré trabajar en la oficina…
Ay, qué terrible es la caída en el mundo del boxeo… Es como estar colgando de un paracaídas perforado… al agarrarlo con las manos, solo sientes un alivio ilusorio y, en realidad, es lo mismo que soltarlo… Campeón… bueno, es veloz también la caída de un campeón… quizá más que la de un boxeador común… Detrás del campeón se ve el barranco más abrupto… ¿Verdad que sí?… Te precipitas acá o te precipitas allá: es la única diferencia… sí de todas maneras caes al abismo… Qué tristeza…
… A ver, ¿dónde estoy? ¿Será que me quedé dormido? Me siento como en el fondo de un río. Mira pasan muchos peces aquí arriba…
¿Cuatro? ¡Cuatro, dijo?… No se oye nada, porque habla en voz muy baja… ¿O sea que me han tumbado?… Ya veo, siento el olor de la colchoneta… Tranquilo, todavía hay tiempo… ¿Cuatro, verdad?… No te preocupes, todavía me faltan seis segundos… Claro, me he excedido en el entrenamiento… un boxeador clasificado cuando está de capa caída es muy solicitado entre los jóvenes que van en ascenso… pues sirve de peldaño para la promoción… y le sobran ofertas… Yo mismo me fijaba en aquellos boxeadores menguados al iniciar la carrera… A propósito, ¿cómo se llamaba ese boxeador?… El que peleó conmigo cuando yo estaba recién clasificado… Nunca más lo he vuelto a ver… Ya no seguirá activo… Ya me pararé…
No, mejor descanso un poco más. Apenas va por cuatro, ¿verdad? Me quedan nada menos que seis segundos. Ahora mismo me pararía si lo deseara; me incorporaré primero sobre el codo derecho, así, y luego retiraré la pierna derecha para desplazar el peso hacia la rodilla izquierda. Y listo.
Qué bonito… el cielo azul, pero es un azul celeste auténtico… ¿Pero por qué veo el cielo?… ¿Habrá algún resquicio en la bóveda?… Qué pereza… me da pereza pensar en la bóveda… bien… a mí qué me importa…
¡Ahora sí que me levanto! Lo esquivaré con el juego de piernas para darle un golpe por encima del ojo izquierdo. Esa herida todavía no está bien cicatrizada. Apenas estamos en el cuarto round… con una caída no pierdo nada… Yo tengo más experiencia que él, hombre… esto no es nada… lo voy a inmovilizar con mis jabs… ¡Ya me levanto!
Incorporarme sobre el codo derecho… retirar la pierna izquierda… desplazar el peso hacia la rodilla izquierda…
Qué extraño… Me siento como si estuviera dividido en dos, como si fuera dos personas… Ya estoy de pie, ¿verdad?… ¿Dónde está el ring?… Qué ruidoso… ¡Tanto ruido me vuelve loco!…
Ya, ya, claro…
Estas medias rojas, recién estrenadas, no me sirvieron de nada… sí, lo sé… un hombre como yo está destinado a avanzar sobre el camino prohibido… Cuatro años y seis meses después… he vuelto al punto de partida… En casa me hartaré de comida… comeré hasta más no poder, ya olvidándome del cuaderno… También fumaré y beberé… me comeré una fuente entera de gelatina… me dedicaré a hacer todo lo que no he podido… te lo juro, porque me he disciplinado en exceso…
¡Cómo me duele la cabeza! Carajo, tanto dolor no me dejará dormir un par de días… Ay, me duele… voy a explotar… Auxíliame, por favor, te lo suplico…

 

Abe Kobo (Japón)

Breve reseña sobre su obra
Escritor y fotógrafo japonés nacido en Tokio en 1924. Cursó estudios en la Universidad Imperial donde se recibió de médico en 1948. Colaboró como guionista en diversas películas y en 1951 le fue otorgado el Premio Akutagawa, por su novela La pared o El crimen del señor Koruma. Falleció en 1993.
Su primera publicación fue la colección Poemas de un poeta desconocido (1947). Al año siguiente publicó su primera novela La señal de tráfico al final de la calle, pero no fue hasta el año 1962, que obtuvo reconocimiento internacional con la publicación de La mujer de la arena.

Al borde del abismoaparece publicado en Los cuentos siniestros, editado por Eterna Cadencia.

Publicado por Biblioteca Virtual Hispanica en viernes, agosto 31, 2012

Abe_Kobo

José Juan Tablada*

Es mar la noche negra;
la nube es una concha;
la luna es una perla.

luna...

*

México, 1871 – Nueva York, 1945) Poeta mexicano que fue uno de los principales protagonistas de la transición del modernismo a las vanguardias. Tras asistir al Colegio Militar, del que fue expulsado, José Juan Tablada trabajó como empleado ferroviario, pero muy pronto, con apenas veinte años, se inició en el periodismo.


José Juan Tablada

Su actividad en este ámbito se desarrollaría a lo largo de medio siglo, tiempo en el cual llegó a publicar cerca de diez mil artículos. Colaboró en numerosas publicaciones periódicas mexicanas, como El UniversalEl Mundo Ilustrado y El Imparcial, así como en la prensa de Caracas, Bogotá y La Habana. Parte de sus crónicas (políticas, culturales y de viajes) quedarían reunidas en recopilaciones como Tiros al blanco (1910), Los días y las noches de París (1918) y En el país del sol (1919). Devoto de la cultura y, en especial, de la poesía francesa, en 1898 impulsó la creación de la Revista Moderna, principal órgano del modernismo mexicano, en la que publicó algunos cuentos propios y traducciones de Anatole France y H. G. Wells, entre otros autores.

No fue ajeno a los vaivenes de la Revolución mexicana de 1910: criticó la presidencia de Francisco I. Madero (1911-1913), apoyó la dictadura contrarrevolucionaria de Victoriano Huerta (1913-1914) y fue director del Diario Oficial durante su mandato. A la caída de Huerta, su casa fue saqueada por las tropas de Emiliano Zapata y huyó a Nueva York. Durante el régimen del constitucionalista Venustiano Carranza (1917-1920) desempeñó cargos diplomáticos en Caracas y Quito. Residió luego en Estados Unidos, y en México desde 1935, aunque la muerte lo sorprendió en Nueva York, poco después de ser nombrado vicecónsul.

Entre sus poemarios adscritos al modernismo destaca El florilegio (1899). A raíz de un viaje a Japón (1900-1901), José Juan Tablada amplió la segunda edición de este libro (1904) con una serie de haikús, de los que se le considera introductor en lengua española. La concisión del haikú, forma tradicional japonesa formada por tres versos blancos de 5, 7 y 5 sílabas que expresa una fugaz intuición a partir de un contraste de imágenes, resultaba idónea para el temperamento del autor.

De orientación vanguardista son sus libros de poesías Al sol y bajo la luna (1918), Un día (1919), Li-Po y otros poemas (1920) y El jarro de flores (1922). Además del haikú, Tablada cultivó en esta segunda etapa los ideogramas y las innovaciones tipográficas introducidas por Apollinaire en sus Caligramas (1918).

Los principales temas de la obra poética de José Juan Tablada son la naturaleza, la delicadeza de las criaturas naturales y el paisaje mexicano. Su ingenio verbal apunta a composiciones breves, pero incisivas; son visiones rápidas e intensas de la realidad no exentas de una ironía que, ocasionalmente, raya en la ternura. Sometidos a una estricta disciplina formal, sus poemas son ejemplo de contención expresiva, por lo que la rigurosa formalidad del haikú se convirtió en un vehículo perfecto para él.

De entre sus restantes obras cabe citar la novela La resurrección de los ídolos(1924). Proyectó asimismo una memorias de las que sólo llegó a publicar en libro el primer volumen, La feria de la vida (1937), que abarca desde la infancia hasta los primeros signos de madurez.

Sin bromas de Osamu Dazai*

¿Qué iba a ser de mí? Solo pensar en ello me estremecía, me consternaba hasta el extremo de quedarme en casa sentado sin hacer nada. Un día salí de mi apartamento en el barrio de Hongô y me dirigí arrastrando el bastón de bambú hasta al parque de Ueno. Era una tarde de mediados de septiembre. Mi yukata blanca ya no resultaba apropiada para la época del año y me sentía horriblemente llamativo, como si brillase en la oscuridad. Estaba tan abatido que no quería vivir más. De la superficie del estanque de Shinobazu se levantaba un viento estancado y pestilente. Las flores de loto que crecían allí habían empezado a marchitarse; sus truculentas carcasas, atrapadas entre tallos alargados y vencidos, las estúpidas caras de la gente con una expresión de agotamiento total, todo brotaba al frescor de la tarde y me llevaba a pensar que el fin del mundo debía de andar cerca.
Caminé sin proponérmelo hasta la estación de Ueno. Entre los soportales de esa «Maravilla de Oriente» pululaba una oscura, serpenteante e incontable muchedumbre. Almas derrotadas. Todas y cada una de ellas. No podía hacer nada por evitar esa impresión. Para los campesinos que viven en los pueblos del lejano noreste, todo eso no son ni más ni menos que las puertas del infierno. Pasas a través de ellas para entrar en la gran ciudad y regresas de nuevo a casa, roto, destruido, con nada más que harapos colgando de un cuerpo saqueado. ¿Qué esperabas? Me senté con una sonrisa en los labios en un banco de la sala de espera de la estación. ¿No te lo habían dicho? ¿Cuántas veces te advirtieron de que si te marchabas a Tokio no irías a ninguna parte? Hijas, hijos, padres. Sentados en los bancos a mi alrededor, despojados de todo su ingenio, ocultos tras sus ojos nublados. ¿Qué es lo que ven? Flores fantasmagóricas que bailan en la oscuridad, la historia de sus vidas desplegándose como si fueran pergaminos frente a ellos, como lámparas giratorias decoradas con rostros indescriptibles.
Me levanté para escapar de aquella sala y caminé por el andén hacia la salida. Acababa de llegar el expreso de las siete y cinco. Un enjambre de hormigas negras empujaba y zarandeaba, caían unas sobre otras en la aglomeración que se dirigía y salía del tren. Cestas y maletas por todas partes. También bolsos anticuados de viaje que yo tenía por desaparecidos hacía ya tiempo. ¿Los habrían expulsado a todos de su tierra natal?
Los hombres vestían con presunción. Portaban un tenso y agitado semblante. Pobres cabrones. Ignorantes. Una pelea con el padre y huyen precipitadamente. Imbéciles.
Un joven en concreto llamó mi atención. Fumaba de una forma espléndida y afectada. Sin duda lo había aprendido en una película e imitaba a algún actor extranjero. Salió por la puerta con una única maleta. Con la ceja arqueada inspeccionó los alrededores. Seguía actuando. Vestía un traje de cuadros chillón. Los pantalones, por no decir otra cosa, eran demasiado largos. Parecía como si le nacieran en el cuello. Gorra blanca de deporte. Zapatos de cuero rojo. Apretó las comisuras de los labios y salió a la calle, tan elegante que resultaba cómico. Me entraron ganas de tomarle el pelo. Aquellos días estaba bastante aburrido y no encontraba nada con lo que distraerme.
—¡Eh, tú! ¡Takiya! —Había visto su nombre escrito en la maleta—. Acércate un momento.
Caminé con brío delante de él sin mirarle a la cara. El chaval me siguió dócilmente, como si lo arrastrara el torbellino del destino. Tengo cierta confianza en mi conocimiento de la psicología humana y, cuando la gente está distraída, la mejor manera de hacerte con ellos es comportarte de una manera abrumadora, dominante. Se transforman en arcilla en tus manos. Tratar de tranquilizar a tu víctima actuando de forma natural, razonando con cierto tono de seguridad, puede provocar un resultado opuesto al deseado.
Caminé hacia la colina de Ueno. Subí despacio por las escaleras de piedra.
—Creo que deberías ponerte en manos de tu viejo camarada —dije.
—Sí señor —contestó él, rígido.
Me detuve al pie de la estatua de Saigo Takamori. No había nadie alrededor. Saqué un paquete de cigarrillos y encendí uno. Miré la cara del chico iluminada por la luz de la cerilla. Allí estaba él, haciendo un mohín, con toda la ingenuidad de un niño. Empecé a sentir lástima por él y pensé que ya le había tomado el pelo lo suficiente.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintitrés.
Tenía un fuerte acento del campo.
—Tan joven, ¿eh? —Suspiré sin querer—. De acuerdo. Puedes irte.
Iba a explicarle que tan solo quería darle un pequeño susto, pero de pronto me atrapó la tentación —nada comparable a la emoción de estafar a tu propia mujer— de tomarle un poco más el pelo.
—¿Tienes algo de suelto por ahí?
Se inquietó y al cabo de un momento respondió: «Sí».
—Dame veinte yenes. —La situación resultaba cómica. Sacó el dinero.
—¿Puedo irme ya?
Con su pregunta me daba pie para echarme a reír en su cara y decirle: «Te estoy tomando el pelo. Es solo una broma, idiota. Ahora ya sabes el lugar terrible que puede ser Tokio. Vuélvete a casa y tranquiliza el corazón de tu padre». Sin embargo, no había empezado toda mi rutina solo por el placer de la diversión. Debía la renta del apartamento.
—Gracias. No me olvidaré de ti, colega.
Mi suicidio se pospuso un mes más.
*
iNacido con el nombre de Shuji Tsushima en 1909 en una pequeña
ciudad de Aomori en el norte de Japón, Dazai fue el décimo de
once hermanos de una familia acomodada. Su padre se encontraba a menudo
fuera de la casa y su madre sufría problemas de salud
crónicos, con lo cual el niño fue criado por tías y
sirvientes. Su afición por las letras comenzó desde
pequeño y en 1930 decidió ingresar al departamento de
Literatura Francesa de la Universidad Imperial de Tokio.

En 1948, cuando Osamu Dazai (39) se encontraba en la cúspide de su
carrera literaria, decidió quitarse la vida junto con su amante, una
joven viuda con quien había sellado un pacto de amor suicida.

Osamu Dazai

Nasrudin siempre escoge mal- anónimo Árabe

Todos los días Nasrudin iba a pedir limosna a la feria, y a la gente le encantaba hacerlo tonto con el siguiente truco: le mostraban dos monedas, una valiendo diez veces más que la otra. Nasrudin siempre escogía la de menor valor.

La historia se hizo conocida por todo el condado. Día tras día grupos de hombres y mujeres le mostraban las dos monedas, y Nasrudin siempre se quedaba con la de menor valor. Hasta que apareció un señor generoso, cansado de ver a Nasrudin siendo ridiculizado de aquella manera. Lo llamó a un rincón de la plaza y le dijo:

—Siempre que te ofrezcan dos monedas, escoge la de mayor valor. Así tendrás más dinero y no serás considerado un idiota por los demás.

—Usted parece tener razón —respondió Nasrudin—. Pero si yo elijo la moneda mayor, la gente va a dejar de ofrecerme dinero para probar que soy más idiota que ellos. Usted no se imagina la cantidad de dinero que ya gané usando este truco. No hay nada malo en hacerse pasar por tonto si en realidad se está siendo inteligente.dos-monedas-de-libra-14973153

Geishas rivales de Nagai Kafu*

Komayo, con su paso menudo y rápido, se fue por la derecha del pasillo a su asiento. Mientras, Yoshioka empezó a tomar la dirección contraria también con paso rápido; pero de pronto, como si le hubiera ocurrido algo, se detuvo y volvió la cabeza. En el pasillo sólo deambulaban una joven acomodadora y una vendedora. No había ni rastro de Komayo. Se sentó entonces en uno de los bancos del pasillo, encendió un puro y se puso a divagar sobre los sucesos de siete u ocho años antes… Se había licenciado a los veinticinco años y, después de irse a Occidente, donde pasó dos años, entró en la empresa en la que estaba empleado ahora. Desde entonces, en esos seis o siete años-ahora que lo pensaba bien- había trabajado de firme en la misma compañía. Había invertido en bolsa y amasado una pequeña fortuna. Se había labrado, además, una posición social.
También lo había pasado bien; y-pensaba Yoshioka- había bebido bastante, aunque sorprendentemente su salud no se había resentido. Como decía con orgullo a las personas de su entorno, era, en suma, una persona muy ocupada: sin tiempo siquiera de pensar, ni una sola vez, en aquellos días ya lejanos. Pero esa noche en que por un puro azar acababa de reencontrarse con esa mujer que lo había introducido en el mundo de las geishas cuando él no era más que un simple estudiante, los viejos recuerdos, sin saber bien por qué, parecían rebullir y agolpársele por primera vez en la memoria.
En aquellos largos años en que no sabía nada, la simple existencia de las geishas le parecía envuelta en un hechizo misterioso e irresistible. Cualquier palabra de una de esas mujeres lo embargaba de una felicidad indescriptible. Hoy, por mucho que lo intentara, ya no podía recuperar aquella sensación ingenua y pura de entonces.
Cuando desde el escenario llegaron a sus oídos las notas del samisén, le vino a la memoria la primera vez que fue al barrio tokiota de Shinbashi. Hoy este recuerdo le parecía tan grandioso que, sin querer, una sonrisa se dibujó en sus labios. Tampoco pudo evitar sentirse un poco extraño al pensar que ahora era un hombre curtido en ese campo donde florecían diversiones de todos los colores. Incluso, al reflexionar en la astucia y el cálculo que adoptaba en su relación con la gente, llegó a sentir cierta incomodidad. «Me he servido de la astucia hasta en ese campo… pero también he sido demasiado exigente con los detalles…» Ahora lamentaba haber llegado por primera vez a este conocimiento de sí mismo.
Podía ser completamente cierto. En su empresa, a Yoshioka le habían confiado un puesto importante, el de jefe de departamento de ventas, a pesar de no llevar en ella ni diez años. El presiente y los gerentes lo valoraban como un empleado dotado de gran talento para los negocios. Por otra parte, sin embargo, no podía decirse que gozara de popularidad entre sus compañeros y subordinados.
Hacía unos tres años que mantenía una geisha de nombre Rikiji, la cual trabajaba por su cuenta e incluso poseía su propia agencia de geishas, llamada Minatoya, en el mismo barrio de Shinbashi. Pero Yoshioka no era el típico danna que podía ser manejado como a su mantenida le diera la gana. Para empezar, sabía-porque lo veía con sus propios ojos- que las facciones de Rikiji no eran bellas. Pero era una mujer que dominaba su oficio a la perfección y que en todas partes era reconocida como una neesan. Para un hombre como Yoshioka, cuyo trabajo le exigía una vida social intensa, era conveniente mantener a una o dos geishas a las que confiar los banquetes y agasajos a clientes. Fingiendo estar enamorado de Rikiji, lograba reducir gastos innecesarios.
Tenía, además, otra mantenida. Era la dueña de un machiai llamado Murasaki que por su aspecto no desdecía en aboluto del barrio en que estaba situado, en Hamacho, el centro de Tokio. Un día, Yoshioka, dominado por el síntoma habitual de quien empieza a cansarse de las geishas, se echó a las espaldas una responsabilidad mucho mayor cuando, bajo los efectos del alcohol, sedujo a esta mujer que entonces trabajaba de camarera en un restaurante del barrio de Daichi. Cuando recuperó la sobriedad, se arrepintió de lo sucedido, temeroso de que las geishas que coincidían con él en fiestas se enteraran de que había tenido una relación con una humilde camarera. En este caso, fue ella la que intentó sacar partido. Con la promesa por parte de ella de ocultar discretamente el suceso y evitarle así complicaciones posteriores, Yoshioka accedió a poner secretamente a su disposición un capital suficiente para que abriera ese establecimiento, el machiai Murasaki. Por fortuna, el establecimiento se hizo con una nutrida clientela hasta tal punto que diariamente sus salones no daban abasto para responder a la demanda. En tales circunstancias, hubiera sido absurdo no frecuentar ese machiai después de haber invertido en él un capital importante. Así que Yoshioka empezó a ir allí al principio a tomar algo, hasta acabar recayendo en la relación clandestina con la dueña. Esta mujer, que este año cumplía treinta años, estaba dotada de generosas curvas y de un cutis blanco. Aunque podía decirse, naturalmente, que era refinada comparada con las mujeres ajenas al mundo del entretenimiento, al lado de las geishas resultaba bastante tosca y producía cierta sensación de espesa gravidez. En otras palabras, su aspecto físico y su personalidad fuerte, comunes en las camareras que pululaban en el mundo de las geishas, estimulaban no el espíritu de Yoshioka, sino, como había ocurrido el día de la borrachera, simplemente su apetito carnal. Era una relación desigual de la que se arrepentía nada más consumarla físicamente, pero en la que recaía poco después.
Así, una y otra vez, con recaídas y arrepentimientos, se mantenía este lazo insatisfactorio que, sin embargo, presentaba visos de ser inquebrantable. »

*

Kafū Nagai (永井 荷風 Nagai Kafū), Tokio, 4 de diciembre de 1879 – Ichikawa, 30 de abril de 1959) fue un escritor japonés. Retrató de una forma especialmente sensual los ambientes de la Ciudad de Tokio antes de la II Guerra Mundial y permitió que se extendiera el conocimiento de la vida japonesa más allá de sus fronteras. Se movió entre el naturalismo y un tono estético muy oriental.
En la época militarista de Japón se negó a publicar y a participar en los apoyos al gobierno del Eje imperialista. .En los últimos años recuperó la escritura, pero no llegó al altísimo nivel expresivo de sus obras maestras,
Se considera que Una extraña historia al este del río es su obra maestra. . P. Modiano consideró a Kafu como el gran descriptor de Tokio, comparable en ese punto con Dostoyevski o Balzac y sus ciudades S. Petersburgo o París. Nunca se separo de su Diario

Kafu nagai

La cigarra del octavo día de Mitsuyo Kakuta fragmento

Siete años bajo tierra y sólo viven siete días cuando salen al mundo. No sé si esa historia es realmente cierta o no, pero la primera vez que la escuché me impresionó mucho que esperasen tanto tiempo para vivir una vida tan corta. Yo también era una niña cuando le expliqué a unos adultos eso mismo.
La cigarra del octavo día puede ver cosas que las demás no ven. Quizá no quiera, pero después de todo no es tan terrible. No hay necesidad de cerrar los ojos.»

Kiwako es una mujer desesperada, que lo ha perdido todo en la vida y parece que ya no tiene nada más que perder. Quizá por ello comete una de las locuras más grandes que puede cometer un ser humano: robar una vida. Una mañana se cuela en casa de un matrimonio y les roba su bebé de pocos meses. Claro, no hay nada fortuito en esta elección. Resulta que Takehiro, el padre del bebé, ha tenido una aventura de muy larga duración con Kiwako. Como siempre sucede en estos casos, el hombre casado le promete a la amante que se irá con ella y serán felices, pero nunca llega el día. En este caso hay que sumarle que la esposa de Takehiro se ha quedado embarazada y ha tenido un bebé, el bebé que Kiwako siente que debería ser de Takehiro y suyo.

Desde el primer momento, la vida de Kiwako se convierte en una huida. No tiene padres, no tiene amigos, no tiene dónde ir. Pero no le importa, tiene en sus brazos a su niña y hará lo que sea posible para cuidarla como una hija.

Me he desabrochado el botón del abrigo para meter dentro al bebé, como si lo envolviera. Después he empezado a correr a ciegas. No sé hacia dónde voy, pero en alguna parte de mi cabeza aún soy capaz de pensar con frialdad y se me ocurre que si me dirijo a la estación es muy probable que me encuentre con esa mujer. Quizá por eso mis piernas me llevan de manera automática en dirección opuesta. En un cartel leo. «Carretera de Koshu». Aprieto el paso en la dirección que indica la flecha blanca. Me doy cuenta de que se acerca un taxi libre y levanto la mano en un acto reflejo. Subo al vehículo y descubro que no sé a dónde ir. En el retrovisor se reflejan los ojos atentos del conductor.
-Parque de Koganei, por favor.
El taxi arranca. Me vuelvo y veo cómo se aleja poco a poco de esa ciudad tan poco familiar para mí. El bebé empieza a llorar bajo el abrigo.
-No llores, no llores… -Me sorprendo al pronunciar estas palabras de una manera casi instintiva-. No llores -las repito de nuevo, y le acaricio la espalda.
Hay mucho tráfico. El taxi apenas avanza. Los gimoteos, los ruiditos que hace el bebé con la nariz, cesan. Se chupa el dedo gordo y se adormece. De repente abre los ojos, como si volviera en sí. Emite un sonido débil, como si estuviera a punto de llorar, pero enseguida pone los ojos en blanco, como si estuviera vencido por el sueño. Se me amontonan los pensamientos: «Hay que comprar pañales, leche maternizada, tengo de decidir dónde vamos a dormir esta noche». Antes de ser capaz de ponerlos en orden, me asaltan las dudas: «¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer ahora mismo?». Cuanto más pienso, más me desespero. No sé por qué, pero me asalta un terrible sueño. Me adormezco igual que el bebé, constantemente. Abro los ojos al sentir su tacto suave, ese ligero cosquilleo en la nariz que me produce su olor a leche cuando lo estrecho entre mis brazos.

Mitsuyo-Kakuta

El odio de Tanizaki

Me encanta ese sentimiento llamado “odio”. Creo que es el sentimiento más directo y absoluto, el más sugestivo que pudiera existir. Nada me parece tan divertido como odiar, odiar a alguien hasta más no poder.
Supongamos que entre mis amigos hay uno al que odio en particular. Jamás rompo de manera directa mi relación con él. Al contrario, procuro ser amable, fingiendo una amistad entrañable, pero en el fondo siento unos deseos inmensos de burlarme de él, despreciándolo y portándome de forma grosera, halagándolo con ironía y mostrándole mi falta de honestidad. La vida sería muy triste para mí si no tuviera en este mundo a quien odiar.
Recuerdo muy bien el rostro de las personas que odio. Mucho más que los rostros de las mujeres que he amado. Los puedo vislumbrar en mi mente con todos los detalles como si los tuviera delante de mí. Al odiar a una persona, todo lo suyo, incluyendo la textura y el color de su piel, la forma de su nariz, sus manos y piernas, termina pareciéndome odioso. Suelo decirme: “Qué piernas tan odiosas”, “qué manos tan odiosas”, “qué piel tan odiosa”.
Descubrí el odio por primera vez durante mi infancia, a los siete u ocho años. En esa época, trabajaba en mi casa Yasutaro, un muchacho muy inquieto de doce o trece años, con cara morena y ojos redondos. Era demasiado arrogante para su edad, lo que se manifestaba en su forma fluida de hablar, no sabía obedecer y despreciaba a los empleados y sirvientes de la casa, que lo regañaban constantemente. Tomaba cursos domésticos de caligrafía todas las noches después de acabar su trabajo en la tienda, pero no aguantaba estar sentado mucho tiempo delante de su pequeño escritorio para hacer los ejercicios obligatorios. Solía quedarse dormido, y si no, le daba por entablar conversación conmigo de esta manera:
–Oiga, mi niño, véngase un rato para acá.
Y empezaba a hablar tonterías conmigo, haciendo dibujos en el cuaderno de ejercicios hasta la medianoche.
–¿Usted sabe qué es esto?
Al hacerme preguntas como ésa, Yasutaro me mostraba dibujos obscenos e inmorales hasta hacerme chillar de la risa.
Yasutaro me caía bien al comienzo. Lo consideraba un tanto vulgar, pero me gustaba ver sus dibujos cómicos, y todas las noches esperaba ansiosamente a que terminara el trabajo de la tienda para acudir a su lado.
–Yasutaro, a ver si puedes dibujarme cuando me tiro un pedo.
Escogía temas así de ridículos para sus dibujos y me moría de la risa viendo los cuadros disparatados que resultaban. Por otro lado, Yasutaro me facilitaba conocimientos poco accesibles para los niños de mi edad –misterios tales como: ¿por qué las mujeres se embarazan?; ¿cómo nacen los bebés?-. Nos hicimos tan buenos amigos en poco tiempo que hasta comencé a acompañarlo a escondidas cuando tenía que salir a hacer diligencias, y aprendí a vagabundear por las calles con él.
Fue un domingo al mediodía. Como la tienda estaba cerrada por la mañana, la mayoría de los dependientes, desde el jefe hasta el cajero, habían salido a pasear a algún sitio, pero Yasutaro, que no era sino aprendiz, se tuvo que quedar ese día porque le habían encargado el cuidado de la casa. Ya que se encontraba solo conmigo, empezó con sus idioteces de siempre, hasta que se escuchó una voz que provenía del piso de arriba.
–¡Yasu malvado, qué falta de respeto! ¡No te da vergüenza estar enseñándole al niño esas tonterías en lugar de dedicarte a los ejercicios de caligrafía!
Venía bajando la escalera, maldiciendo de aquella forma, un hombre que había salido de una habitación del segundo piso. Era Zenbei, el interino, un gordo de unos treinta y cinco años, de rostro enrojecido que, a primera vista, inspiraba repugnancia. Parecía estar listo para salir a un asunto importante, puesto que se había calzado de manera formal y vestía un kimono elegante con bordados brillantes encima de la ropa interior de rayas, y lucía su cabello peinado con un esmero poco frecuente.
–¿Para dónde va, don Zen? Anda usted muy elegante.
Yasutaro escrutó detenidamente el traje de Zenbei con una mirada maliciosa.
–¿Y eso qué te importa?
Después de detenerse un momento en el zaguán para calzarse, Zenbei se sentó en el piso de madera mirando con cierto nerviosismo el reloj de pared.
–Uhm, que disfrutes entonces –Yasutaro se dirigió a Zenbei en un tono insinuante, agachando un poco la cabeza.
–¿Qué quieres decir, mocoso? ¿Qué sabes tú, muchacho descarado?
–Seré descarado, pero no al grado de frecuentar un prostíbulo.
–¿Qué? –Zenbei se puso serio de repente y con una mirada severa enfrentó a Yasutaro–: A ver, dímelo otra vez, y verás. ¿Qué tengo yo que ver con prostíbulos? ¿Crees que puedes decir cualquier tontería que se te antoje?
–No se enoje, que no es para tanto, sólo dije que yo no conocía un prostíbulo.
–¿Y a cuenta de qué te refieres a eso? Parece que no fue suficiente la cantidad de bofetadas que recibiste el otro día como castigo.
Al ser puesto en evidencia delante de mí, Zenbei seguramente se preocupaba de que su jefe se enterara del secreto. Quizá por eso resentía mi mirada, al tiempo que descargaba un fuerte manotazo sobre el cráneo semirrapado de Yasutaro.
–¡Ay, hombre! ¡Qué le pasa, pendejo!
–Como nunca entiendes las palabras, tengo que acudir a este remedio para que te acuerdes bien quién soy. Vas a ver si sigues portándote así.
–Qué gracioso. El que va a ver es usted, que se escapa de la tienda todas las noches y no vuelve hasta la madrugada. ¡Qué ingenuo, como para creer que nadie está enterado de eso!
Yasutaro hablaba a gritos y en un tono abiertamente desafiante, tal vez para vengarse de los golpes. Y a pesar de que luego recibió una tanda de bofetadas, se enfrentó a Zenbei con los brazos cruzados.
–¡Venga, coño! Pégueme cuanto quiera. A ver, ¿qué le pasa? ¡Déle!
Zenbei vaciló un instante ponderando su conducta violenta, tal vez temeroso por la actitud decidida de Yasutaro, pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. Lo sujetó de las solapas y lo arrojó al piso, y ahí comenzó a golpearlo a ciegas con los puños cerrados.
Aplastado de bruces como si lo hubieran colocado sobre una mesa de disección, Yasutaro forcejeaba en un intento vano por zafarse, y comenzó así a responder con contragolpes desesperados sobre las piernas de Zenbei, lanzando gritos exagerados para llamar la atención. Las mangas del vestido elegante de Zenbei quedaron destrozadas por los arañazos y pellizcos con que intentaba defenderse Yasutaro. Durante un buen rato me quedé como atontado observando en silencio aquel pleito desigual. Curiosamente, lo que más me llamaba la atención en esos momentos era el gesto miserablemente distorsionado de Yasutaro, que se encontraba aplastado bajo las rodillas de aquel hombre corpulento, y de igual forma me fijaba en el movimiento de sus piernas, que se retorcían de dolor. Al contemplar las plantas de sus pies, amarillentas y redondeadas, con los cinco dedos que se abrían y cerraban con notable fuerza, imaginé que se trataba de animales misteriosos, ajenos a la personalidad de Yasutaro. ¡Ah, y qué gracia tenía su cara con el perfil desfigurado! Desde donde estaba yo parado se veían con nitidez impresionante las fosas de su nariz chata, así como el interior rojo de su boca, que se abría cada vez que lanzaba un grito lloriqueante.
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“¡Qué fosas nasales tan feas y su­cias!”, se me ocurrió pensar. Continué así, en silencio, observando detenidamente cómo su nariz cambiaba de forma, cómo se distorsionaba según los gestos de dolor.
“¿Por qué será que el rostro humano tiene fosas nasales? Se vería mejor sin esos feos agujeros, me parece…”. No sé por qué se me ocurrió esta reflexión tan mal formulada, que reflejaba mi descontento.
Pronto una de las sirvientas acudió a separarlos y así acabó la pelea, pero esa imagen de las fosas nasales de Yasutaro no se me quitó de la mente durante varios días. Cada vez que me sentaba a la mesa para comer, se me aparecía como si la tuviera ahí mismo, delante de los ojos, y la impresión que me producía era siempre desagradable. A pesar de ese fuerte disgusto, de vez en cuando me veía impulsado por el deseo, totalmente inexplicable, de situarme al lado de Yasutaro para observar, en escorzo, la forma de su nariz.
Mirando detenidamente su nariz, me decía para mí mismo, muy en el fondo de mi mente: “De verdad que eres un tipo asqueroso. Qué feo te ves. Mírate no más esa nariz tan horrible que tienes”. Yasutaro, por quien hasta entonces había sentido cierto cariño, me comenzó a infundir una repugnancia que carecía de lógica, a medida que me habituaba a asociarlo con su fea nariz.
Obviamente, Yasutaro no se daba cuenta de lo que pasaba en mi interior. Me seguía tratando con mucho cariño y me hablaba de la misma forma relajada. Ahora que lo recuerdo, desde pequeño yo fui un niño demasiado precoz en cuanto a mañas y malicias se refiere. Era un niño tan ajeno a la inocencia que, aun cuando me disgustara alguien, jamás revelaba exteriormente ese sentimiento. Al contrario, le respondía siempre con el mismo cariño y con los mismos tratos amables. Y cuanto más me mostraba amable y alegre con él en mis tratos diarios, más crecía mi odio con una fuerza incontrolable. Además, me producía una felicidad suprema portarme como cualquier niño ingenuo sin revelar ni en lo más mínimo ese odio hirviente, bien escondido en las profundidades de mi corazón.
Rebosaba de alegría al formular secretamente en mi interior reflexiones insultantes: “Qué tipo tan fácil de engañar, este idiota incurable. Mucho mayor que yo, pero muy inferior en inteligencia”. Solía identificarme con esos subalternos listos y mañosos que aparecían en las historias de conflictos familiares de los antiguos caudillos, tales como Denzo Otsuki y Mimasaka Oguri, para disfrutar de la misma circunstancia que estaba viviendo. Hasta llegué a pensar que habría gozado más si yo hubiera sido el sirviente y Yasutaro mi amo, porque así me podría burlar más de él con lisonjas fingidas.
¿No habría manera de perjudicarlo sin que se diera cuenta de mi odio? Ya no me contentaba sólo con burlarme de él mediante una operación mental. Quería provocar algún suceso que incitara a alguien a golpear a Yasutaro tan cruelmente como en la ocasión anterior. Quería manejar a alguien a mi antojo, como a un títere, para poder disfrutar luego a hurtadillas de las lágrimas de dolor que Yasutaro tendría que tragarse. Empecé a desearle los sufrimientos más terribles. Ya no me importaba que se quedara cojo o que muriera de una vez. Sólo deseaba que recibiera los golpes más contundentes y dañinos, que hicieran sangrar su horrible nariz… Siempre imaginaba planes macabros para Yasutaro, y me mantenía alerta ante la oportunidad de poder ponerlos en práctica. Mentalmente no dejaba de saborear las imágenes de sus lloriqueos, de su cara distorsionada por la angustia, de los movimientos de sus piernas y brazos contorsionándose de dolor. Paladeaba aquellas imágenes como si fueran dulces manjares que se posesionaban de mí con una misteriosa atracción.
En esa época todavía no me podía explicar por qué había llegado a odiar a Yasutaro de semejante manera. Debería existir algún motivo que me impulsara a perder de repente todo el cariño que sentía por él, llevándome a experimentar tal aversión, que podía desearle el peor de los sufrimientos. Pero siendo como era un niño, aún no muy consciente de mis actuaciones, no se me ocurría pensar en tan complejos asuntos. Lo único que recuerdo de esos momentos con precisión es cómo me sentía con relación a Yasutaro. No se trataba de un rechazo ni de una repugnancia cualquiera, era algo mucho más radical y profundo: se podría hablar de una reacción psicológica casi irresistible. Era un sentimiento que quizá no se pueda expresar con un término tan superficial como odio. Sería más oportuno acudir a una metáfora: imaginen las horribles náuseas que sentiríamos al pensar en excrementos humanos justo cuando estamos comiendo. De eso se trataba, de algo muy cercano a esa sensación. Al ver la cara de Yasutaro, me sentía invadido por la desazón, y el asco casi me hacía vomitar, dejándome en la boca un desagradable sabor.
Por otro lado, no tengo ninguna justificación para odiar a Yasutaro. Ni siquiera era un hombre malo. Nunca me faltaba al respeto. Y tampoco tuvo ninguna culpa en la pelea con Zenbei, puesto que éste se molestó seguramente porque Yasutaro le dijo algo cierto con el propósito de provocarlo. En ese sentido, el objeto de mi odio debería haber sido Zenbei, y Yasutaro merecería más bien mi compasión. En fin, se puede suponer que mi odio hacia Yasutaro no se originó en mi ser mismo de ese entonces, sino que se produjo como consecuencia de algún factor desconocido que se había ido formando muy sutilmente en mi psiquis. En otros términos, puedo decir que fui atrapado de forma inesperada por ese fenómeno que se asocia con la llegada de la primavera.
Como ya lo conté antes, al ver cómo Zenbei golpeaba a Yasutaro, me sentí atraído –hasta el grado de alcanzar un placer casi como si estuviera escuchando una melodía muy agradable– hacia los músculos de las extremidades y del rostro, que se movían en curiosos vaivenes. Olvidando completamente la personalidad de Yasutaro, me concentré, de una forma por demás enfermiza, en cada una de las partes que componían su cuerpo.
“Siento unos deseos inmensos de pisotear sus muslos, como lo está haciendo Zenbei. Tengo ganas de pellizcarle las mejillas…”, me dije. Y ése fue el comienzo de mi odio hacia Yasutaro.
Empecé a odiar la forma de su nariz. Su aspecto físico repugnaba a mis ojos y me producía un malestar insoportable, sólo comparable con el que sentiría una persona rabiosa ante la comida que detesta. Mis sentimientos hacia Yasutaro ya estaban totalmente bajo el dominio de los estímulos sensoriales provocados por su cuerpo. Ya no podía apreciar su cuerpo más que como vestido o comida.
Su cuerpo era feo y miserable, mezquino y para colmo gordo –imagino que no era yo el único que, al contemplarlo, sentía el impulso irresistible de golpearlo, pellizcarlo o hacerle otras cosas peores–. Estoy convencido de que cualquiera de ustedes ha tenido una experiencia semejante en algún momento de sus vidas. Seguramente, algunos de mis lectores se acordarán de aquel juguete llamado arcilla de cera que se veía mucho en nuestra infancia. ¿Por qué será que ese juguete estuvo tan de moda entre los niños? Pudo ser por el placer que producía el acto mismo de trabajar la cera para hacer figuras muy variadas. Pero me parece que lo que más estimuló la curiosidad de los niños no fue otra cosa que esa sensación de lo blanduzco, viscoso y pulposo del mismo material. Ese efecto táctil, que experimentábamos al manipularlo a nuestro antojo, extendiéndolo, aplastándolo y manoseándolo, nos encantaba de una forma casi inconsciente. Ningún niño se resistía al deseo de juguetear con ese material cuando lo tenía a la mano.
Puedo nombrar otros casos semejantes. Por ejemplo, ¿por qué hay tanta gente que tiene una predilección muy especial por ciertas comidas, desabridas en sí mismas, como natillas y gelatinas? Seguro que es por el placer de esa sensación blanduzca que se experimenta al tratar de agarrarlas con cucharas o al saborearlas con la punta de la lengua. Mucha gente manifiesta ese apetito instintivo casi sin darse cuenta. De la misma manera, hay mujeres que tienen la manía de hacer cosas tan extrañas como sacarle canas a alguien o limpiar el pus de las heridas. Me parece que gustos tan exóticos son algo innato, en unos más que en otros, y comunes en todos los seres humanos.
Mi interés en el dolor del cuerpo de Yasutaro se puede explicar por el mismo placer causado por la arcilla de cera o por la gelatina. Sólo al ver cómo vibra una gelatina trémula, uno siente un placer inmenso, que tal vez no requiera de ninguna explicación. Sólo en busca de ese extraño placer era que deseaba ver de nuevo a Yasutaro forcejear de dolor.
Al fin, llegué a ingeniármelas con un truco bien elaborado. Un día, aprovechando el momento en que Yasutaro se tuvo que ausentar de casa por un encargo, robé secretamente de un cajón de su escritorio un cuchillo en cuya vaina estaba grabado su nombre, “Yasutaro Sato”. Luego me metí a hurtadillas en la habitación común de los empleados, ubicada en el segundo piso, y por fortuna la encontré completamente sola, pues era la hora en que había mucho trabajo en la tienda. Sin perder ni un minuto, abrí la maleta donde Zenbei guardaba su ropa, y de ahí saqué el vestido de gala cuidadosamente doblado, y después de maltratarlo insistentemente, le rasgué algunas partes con el cuchillo. Para completar el mandado, dejé a propósito la vaina en el fondo de la maleta, cerré la maleta hasta dejarla como la había encontrado al comienzo y bajé a mi cuarto con toda calma. Boté el cuchillo en la cloaca que pasaba cerca. Y así transcurrieron dos o tres días sin ninguna novedad.
“Seguro, antes del próximo domingo se va a armar un escándalo. Te vas a meter en tremendo lío. No sabes, idiota, lo que te espera”. Me colmaba de felicidad pensar de esta manera, mientras, en apariencia, seguía tratando a Yasutaro con el mismo cariño.
Mi truco dio su resultado el domingo en la mañana, tal como había calculado. Zenbei aguardó hasta que se fueron todos los empleados para ocuparse de Yasutaro, que se encontraba todo relajado bromeando conmigo, y lo empezó a interrogar severamente enfrentándolo a la vaina del cuchillo, que constituía una evidencia inobjetable.
–¿Te haces el tonto ante esta evidencia? Eres un tipo incorregible que no tiene ningún futuro. ¡Qué descaro! Mírame bien, malcriado, ¿todavía vas a decir que no?
–Por más que insista, no puedo admitir algo que no he hecho. Piense con calma, hombre, y verá. ¿Qué clase de idiota iba a dejar un objeto que tenga su propio nombre en esa maleta? –alcanzó a decir Yasutaro, pero no podía disimular su palidez delante del rostro desfigurado por la furia de su contrincante.
–¿Quién podría haber sido sino tú? Vas a ver cómo te entrego a la policía si no dices la verdad. A ver, ven conmigo.
La ira de Zenbei no era la de un adulto que se dirige a un niño para amonestarlo. Rebosando de la rabia que surgía desde el fondo de su alma, fijó su mirada enloquecida en su enemigo y empezó a arrastrarlo a la fuerza hacia el zaguán.
Cogido por el cuello, Yasutaro se resistía con desesperación, agarrándose a la columna y al armario, pero ante la fuerza superior de su rival no pudo hacer más nada sino dejarse arrastrar a lo largo del piso. Nadie decía ni una palabra. En medio de aquel silencio horroroso, cada quien dedicaba todas sus energías a intentar superar al otro en esta competencia singular.
De pronto se sintió un enorme estruendo: era Yasutaro que había caído de espaldas en el zaguán, quién sabe si había tropezado con algún objeto o si se había enredado en sus propios pies. Lanzando un chillido estridente que resonó por toda la casa, Yasutaro, en su desesperación, le mordió una pierna a Zenbei con las fuerzas que aún le restaban.
–¡Mierda, carajo! —Zenbei repitió varias veces ese insulto sin dejar de darle patadas a Yasutaro, a ciegas, en la cara, en las piernas, lo que acabó en un tremendo escándalo, algo nunca antes visto.
Yo observaba con calma aquella escena. El cuerpo de Yasutaro, que el traje con las solapas levantadas y las mangas enrolladas dejaba casi al descubierto, forcejeaba violentamente de dolor, un dolor aún más intenso que el de la vez pasada, y pataleaba en el vacío. Se pudo ver con nitidez cómo se contraían los músculos alrededor de esa nariz chata y horriblemente fea.
Como consecuencia lógica de aquel acto, no tardé en comenzar a manifestar mi odio hacia Yasutaro de manera directa y a maltratarlo con mis propias manos, ya sin intentar ocultar mi naturaleza demoníaca. Finalmente, me acostumbré a acosar a cualquier sirviente de la casa sin escrúpulo alguno.
–En esta casa no nos dura ninguna sirvienta, por causa de tu carácter violento —solía decir mi madre. Cada vez que llegaba una sirvienta nueva, me ocupaba de consentirla con exageración durante cierto tiempo, y comenzaba a odiar a las que llevaban más tiempo en casa, con las cuales me había encariñado en apariencia. Así sucesivamente se turnaban mis sentimientos. Yo necesitaba tanto a las sirvientas queridas como a las odiadas.
Me gradué en la escuela primaria, luego en la secundaria y al fin en la preparatoria, para continuar mis estudios en la universidad. Debo confesar, sin embargo, que cuando odio a alguien sigo dominado por el mismo sentimiento que experimenté en mi niñez. La única diferencia consiste en que ahora no lo manifiesto en mis actos, o mejor dicho, no me siento capaz de hacerlo.
Creo que el odio, al igual que el amor, brota de una fuente mucho más profunda que el interés práctico o la conciencia moral. Yo no sabía odiar de verdad hasta que descubrí el instinto sexual.

Tanizaki_1913

Canarios de Yasunari Kawabata

Señora:

Me veo obligado a romper mi promesa y una vez más le escribo una carta.

Ya no puedo tener conmigo por más tiempo los canarios que recibí de usted el año pasado. Era mi mujer la que siempre los cuidaba. Yo me limitaba a mirarlos, a pensar en usted cuando los observaba.

Fue usted quien dijo, ¿no fue así?: “Usted tiene una mujer y yo un marido. Dejemos de vernos. Si por lo menos usted no tuviera mujer. Le entrego estos canarios para que me recuerde. Obsérvelos. Ellos son ahora una pareja, pero el vendedor simplemente tomó un macho y una hembra al azar y los metió en una jaula. Los canarios en sí no tuvieron nada que ver. De todos modos, por favor recuérdeme a través de estos pájaros. Tal vez sea desagradable entregar criaturas vivas como recuerdo, pero nuestra memoria también está viva. Algún día los canarios se morirán. Y, cuando llegue el momento de que mueran nuestros mutuos recuerdos, dejémoslos morir”.

Ahora los canarios parecen estar al borde de la muerte. La que los cuidaba ya no está. Un pintor como yo, negligente y pobre, es incapaz de hacerse cargo de estos frágiles pájaros. Lo diré claramente. Mi mujer se ocupaba de los pájaros, y ahora está muerta. Y como ella ha muerto, me pregunto si también los pájaros morirán. Y si así es, ¿era mi mujer la que me traía recuerdos de usted?

Hasta se me ocurrió dejarlos libres pero, desde la muerte de mi mujer, sus alas parecen haberse debilitado repentinamente. Además, estos pájaros no saben lo que es el cielo. Este par no tiene otra compañía en la ciudad ni en los bosques cercanos donde reunirse con otros. Y si acaso uno se fuera volando por su cuenta, morirían separados. En aquel entonces, usted aseguró que el hombre del negocio de mascotas simplemente había tomado un macho y una hembra al azar y los había metido en una jaula.

Y a propósito, no quiero vendérselos a un pajarero pues usted me los dio a mí. Y tampoco quiero regresárselos a usted, pues fue mi mujer la que los cuidaba. Por otra parte, estos pájaros – de los que probablemente ya se haya olvidado – serían una molestia para usted.

Lo diré de nuevo. Fue porque mi mujer estaba aquí que los pájaros han vivido hasta el día de hoy – sirviendo como recuerdo suyo. Por eso, señora, deseo que estos canarios la sigan a ella en la muerte. Mantener su memoria viva no fue lo único que hizo mi mujer. ¿Cómo pude amar a una mujer como usted?¿No fue acaso porque mi mujer permaneció conmigo? Mi mujer me hizo olvidar todo el sufrimiento. Ella evitaba mirar la otra mitad de mi vida. Si ella no lo hubiera hecho, seguramente yo habría desviado mis ojos o habría desalentado mi mirada ante una mujer como usted.

Señora, ¿no es correcto, entonces, que mate a los canarios y los entierre en la tumba de mi mujer?

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Hiromi Kawakani: Cien años

Hace mucho tiempo que estoy muerta.

Sakaki y yo intentamos suicidarnos juntos, pero él sobrevivió. Sólo morí yo.

Al morir, no sabía qué hacer. Reaparecí en forma de espectro, incapaz de abandonar el mundo de los vivos, pero ahora todo eso ya no tiene importancia. Aun así, sigo pensando en él constantemente.

El otro día, Sakaki murió a los ochenta y siete años. Digo el otro día, pero ya ha pasado bastante tiempo. Ni siquiera sé en qué época estamos.

Conocí a Sakaki con cuarenta años recién cumplidos. Él debía de tener más o menos la misma edad. Quedamos muchas veces. Poco a poco, nos pegamos. Puede que suene raro decirlo así, pero es la palabra que me parece más adecuada cuando pienso en nuestra relación. Con él, el placer no tenía nada que ver con lo que había experimentado hasta entonces. Por muchas veces que hiciéramos el amor, nunca teníamos suficiente. Teníamos que hacerlo cada vez más a menudo. Aunque ambos teníamos una edad en que las fuerzas empiezan a flaquear, no podíamos controlarnos. Sufríamos porque nos fallaban las fuerzas, pero nuestro deseo nunca se agotaba. A veces tenía la extraña sensación de estar poseída.

Mientras tanto, nuestros cuerpos se pegaron el uno al otro. ya no podíamos separarnos. Pronto no fueron sólo los cuerpos, nuestros espíritus también se quedaron pegados. Hasta que, al final, no nos quedó otra salida que suicidarnos juntos.

Unos días antes de tomar la decisión, Sakaki y yo fuimos a comer sushi. A él siempre le había gustado. Empezaba por el pescado blanco y luego pedía marisco, pescado azul, otra vez pescado blanco y anguilas. Pero aquel día lo hizo de otra forma. Era la temporada del sábalo. Empezó pidiendo un plato de sushi de sábalo. Luego pidió otro, pero aún no tenía suficiente, así que siguió comiendo lo mismo. Aunque fuera la temporada del sábalo, para el restaurante era un problema que un solo cliente agotara todas las existencias. Sakaki no era una persona irrespetuosa, pero aquel día pidió demasiada comida. Comió tanto que me provocó náuseas.

—¿Qué te pasa?—le pregunté. Él sonrió.

—Tú cállate—me espetó.

Me daba miedo cuando me hablaba así. No usaba un tono de voz intimidante, sino más bien normal, pero yo temía que sus palabras me devorasen.

Terminó comiéndose todo el sábalo del restaurante. Yo estaba sentada a su lado sin comer nada. Una vez hubo acabado, pidió caballa, sardina, jurel y todo el pescado azul que fue capaz de comer. Estuvo dos horas sin hacer nada más que comer. Yo permanecí sentada a su lado, tiesa como un palo. Sólo pedí un poco de pulpo y de calamar, y bebí té. Oía el ruido que hacía Sakaki al masticar cada vez que se llenaba la boca de sushi, el ruido de sus dientes triturando el pescado. Al cabo de unos días, me propuso que nos suicidáramos juntos.

 

En cuanto tomamos la decisión, dejó la empresa. Se fue de su casa sin decir adónde iba. Desapareció. Ese mismo día pasó a recogerme y fuimos a una pequeña agencia inmobiliaria.

—Queremos alquilar un piso. No hace falta que sea muy grande, nos basta con uno de seis tatamis y una cocina pequeña. Luminoso, a poder ser.

Sakaki se explicaba meticulosamente pero con cierta indiferencia. El propietario de la inmobiliaria, un hombre mayor, lo escuchaba sin parpadear. Teniendo en cuenta el dinero que podíamos destinar al alquiler, cogió de un estante varios planos de pisos enrollados con un cordel y los abrió delante de nosotros. Se humedeció la punta del dedo con la lengua y empezó a enseñarnos los planos uno por uno, sin prisa.

—Este biso les gustará. —El señor de la inmobiliaria decía biso en vez de piso—. Es muy luminoso. La parte de atrás da al río, y como al otro lado de la calle hay una escuela de comercio, es una zona poco transitada y muy tranquila por las noches. El edificio es bastante nuevo, no tendrán problemas de vecinos fisgones.

Antes de decir la palabra fisgones, carraspeó un poco. Echó un vistazo a nuestras manos, que habían estado entrelazadas desde que nos sentamos. Cada vez que nos miraba de soslayo, yo me sentía como si encogiera, pero Sakaki no parecía preocupado en absoluto. Notaba su mano encima de la mía. Su palma era cálida y pesada.

—Iremos a ver el piso que hay enfrente de la escuela de comercio. y también nos gustaría ver otros, espero que encuentre algo que pueda interesarnos—dijo Sakaki, con el mismo tono de voz con que había pedido un plato tras otro en el restaurante de sushi, mientras observaba abstraído el diploma de agente inmobiliario colgado en la pared, delante de nosotros. Yo intentaba leer los anuncios pegados en la puerta de cristal, junto al listado de condiciones para solicitar un alquiler. Desde dentro, las letras se veían al revés, como en un espejo, y costaba leerlas: “3 tatamis, W.C. compartido, a 7 minutos de la estación. 9000 yenes”, “4 tatamis y medio, W.C., a 5 minutos de la estación, obra nueva. 15 000 yenes”. Mientras descifraba los anuncios a duras penas, recordé mi breve matrimonio.

 

Cuando sólo tenía veinte años recién cumplidos, me casé con un respetable hombre de negocios. Yo iba a la escuela de costura, y una señora del vecindario concertó nuestro matrimonio. Pronto nos pusimos de acuerdo y celebramos la boda en el templo del barrio. Ya hacía tiempo que mi madre había fallecido. Sin saber muy bien cómo prepararme, cogí el futón y cuatro cosas más y me instalé en casa de mi nuevo marido.

Él solía ser un hombre serio y responsable, pero de vez en cuando sus ojos brillaban de una forma rara. Entonces bastaba con que yo dijera una sola palabra para que se encolerizara como si se hubiera vuelto loco, y me pegaba y me daba patadas. Al principio sólo pasaba muy de vez en cuando, pero pronto las palizas empezaron a ser habituales.

Acudí a la mujer que había concertado nuestro matrimonio en busca de consejo, y ella intentó convencerme para que tuviera paciencia. Lo intenté, pero las palizas eran cada vez más frecuentes, así que al final acabé huyendo. Pensé que, si volvía a casa de mi padre, mi marido vendría por mí, de modo que me escondí y empecé a vivir sola. Encontré trabajo en un club nocturno, pero no era lo mío. El propietario del local se dio cuenta y tuvo la amabilidad de presentarme a uno de sus clientes, quien encontró un empleo para mí en una empresa de venta de material de oficina al por mayor. Me instalé en la residencia para las empleadas de la empresa, que fue mi hogar a partir de entonces.

Antes de conocer a Sakaki había tenido varias relaciones, pero ninguna fue duradera. La mayoría de los hombres me decían que se aburrían conmigo. Él era el único que nunca me lo dijo.

—¿Por qué estás conmigo?—le pregunté un día.

—Porque te pareces a Kiyo—repuso él tras una breve reflexión.

—¿A Kiyo?

—Sí. ¿No la conoces? Es la vieja sirvienta que aparece en la novela Botchan de Soseki.

—¿Una criada?

—Es muy buena mujer.

A continuación, Sakaki me hizo el amor. Nuestras relaciones siempre empezaban de forma suave y se intensificaban poco a poco. Yo sabía que estábamos rebasando todos los límites, pero me dejaba llevar hasta el infinito. Los ojos de Sakaki parecían sonreír, pero su cuerpo pesaba cada vez más y no se podía despegar del mío.

 

Alquilamos el piso luminoso de seis tatamis que daba a la escuela de comercio. Cuando le dije a Sakaki que quería llevarme el futón que utilizaba en la residencia de la empresa, se echó a reír.

—Olvídalo, compraremos uno nuevo.

—No merece la pena.

—¿Por qué no?

—Pues porque…, porque pronto…

—¿Porque pronto moriremos?—acabó la frase, y se echó a reír de nuevo.

Al piso nuevo sólo llevamos tres cajas, un baúl, un paraguas roto y dos futones nuevos. Cuando terminamos de ordenarlo todo, Sakaki se tumbó en el tatami boca arriba.

—Qué tranquilidad—dijo en un tono de voz extrañamente alegre—. Me gustaría poder estar siempre así.

Tumbado boca arriba, Sakaki estiró las piernas y los brazos. Yo empecé a barrer el polvo que se había levantado durante el traslado con una escobilla de mano que habíamos comprado en la tienda contigua a la escuela de comercio. Barrí concienzudamente, esquivando las extremidades estiradas de Sakaki.

—No hace falta limpiar. Déjalo.

—Estoy a punto de terminar.

Mientras limpiaba, el corazón me latía más deprisa. Noté una extraña sensación en el pecho. A pesar de que nuestra relación no tenía ningún futuro, sentía la necesidad de seguir haciendo las pequeñas tareas diarias. Cuando terminé de barrer, quería limpiar el suelo de madera del fregadero, pero Sakaki gritó:

—¡Déjalo!

—Es que…

—¡Ya basta!—insistió, golpeando el tatami con el puño cerrado. La tranquilidad que transmitía un momento antes se había evaporado sin dejar rastro. Entonces comprendí que estaba asustado.

Qué estúpida. No me había dado cuenta del miedo que lo atenazaba. O, mejor dicho, había fingido ignorarlo. Avergonzada, entendí que había sido absurdo tratar de encajar las piezas de los pocos días que pasaríamos en aquel piso. Pero no podía evitar pensar en las pequeñas cosas del mañana.

—Ven aquí—me dijo, con una mirada grave.

Dejé el paño en el fregadero y me arrodillé al lado de Sakaki, que seguía tumbado. Acto seguido, él me agarró la muñeca y me arrastró hasta tumbarme en el suelo.

—No juegues a querer ser una familia.

Antes de terminar la frase, me levantó la falda hasta la cintura.

—Te equivocas—repuse mientras forcejeaba. Sakaki se sentó encima de mí con las piernas abiertas y me sujetó las manos. En cuanto me tuvo inmovilizada, me miró fijamente sin decir nada. Yo también lo miré en silencio. Tenía una expresión serena. Aunque estuviera nervioso, su cara siempre reflejaba paz. Parecía tranquilo, incluso en aquel momento. Me miraba tranquilamente, sentado encima de mí con las piernas abiertas. Su mirada era lo único grave que había en aquel rostro sereno.

—No sé qué es una familia—repliqué con un hilo de voz.

—Es verdad, no lo recordaba—repuso él, con la voz un poco menos tensa.

—¿A tu mujer le gusta limpiar?

—Supongo que como a todo el mundo.

Siempre procuraba no preguntarle por su familia, y él casi nunca la mencionaba ni me enseñaba fotos. Tenía dos hijos, uno estudiaba tercero de primaria y el otro, segundo. Se parecían a su madre. Al mayor le gustaba leer, y el pequeño decía que quería ser maquinista. La mujer de Sakaki, cinco años más joven que él, enseñaba a coser kimonos a las mujeres del barrio. Los domingos, si hacía buen tiempo, iban de excursión todos juntos a las afueras de la ciudad. Por la tarde iban al mercado, donde compraban los productos que estaban de oferta: si hacía frío, cenaban fideos udon con verduras fritas, y si hacía calor, comían fideos fríos acompañados de tempura.

Aunque procurase no preguntarle nada, conocía todos esos detalles. Las pocas cosas que me había contado alguna vez se me habían quedado grabadas en el cerebro sin que se me escapara ninguna, y crecían cada vez más. Habíamos decidido que no podíamos vivir juntos. Y decidimos morir juntos. No fue idea mía.

 

Sakaki se apartó de mí y se tumbó de nuevo encima del tatami. Cerró los ojos. Tardó muy poco en conciliar el sueño. “Vas a resfriarte”, le advertí sacudiéndolo, pero no se despertó. Lo tapé con uno de los futones nuevos. Me arrodillé a su lado y estuve un rato observándolo. El sol se ponía, y el piso estaba cada vez más oscuro. Cuando menos me lo esperaba, mientras contemplaba su rostro en silencio, Sakaki abrió los ojos.

—He tenido una pesadilla—dijo.

—¿En qué has soñado?

—No me acuerdo, pero daba miedo.

—Ah. Ya veo.

—Tienes que ayudarme.

—¿A hacer qué?

—No lo sé. Pero tienes que ayudarme.

—Oye, ¿qué te parece si, en vez de suicidarnos, nos vamos de aquí y desaparecemos?

—Sería lo mismo.

—¿Estás seguro?

—No importa adónde vayamos, nada cambiará.

Su mirada era igual de grave que antes.

—Si hacemos algo que nos apetezca, seremos felices y quizá no querremos morir.

—Ya estamos haciendo lo que nos apetece.

—A mí no me lo parece.

—¿A qué te refieres? Desde que dejamos casi todo lo que teníamos hemos estado haciendo lo que nos apetecía.

No sé cuándo Sakaki había decidido dejarlo “casi todo”. Tomó la decisión a mis espaldas cuando se encontró en un callejón sin salida. Una vez hubo tomado la decisión, me propuso que nos suicidáramos juntos.

Yo no quería morir. Pero tampoco amaba tanto la vida como para seguir viviendo, de modo que le respondí que lo acompañaría. “Eres muy amable”, me dijo él. No era una cuestión de amabilidad, no. Si no lo hacía por amabilidad, ¿por qué lo hacía? Era algo más sencillo, simple y elemental. Yo no sabía hacer cosas complicadas.

—Aún estás a tiempo de volver—le decía de vez en cuando.

—¿Adónde?

—Con tu mujer, por ejemplo.

Sólo se lo decía por compromiso. Si me hubiera abandonado, me habría hecho una buena jugarreta. Pero, en el fondo, habría entendido que se fuera y lo habría aceptado sin más. Además, teniendo en cuenta la situación, me sentía obligada a decirle que volviera a su casa.

“Estoy cansado —solía quejarse—. Ya no puedo más. Quiero morir cuanto antes”. A pesar del cansancio que acumulaba, al final sobrevivió. Se salvó, volvió con su mujer y vivió una vida larga y feliz hasta los ochenta y siete años. Y yo morí. No le guardo rencor. Pero no puedo dejar de pensar que yo morí.

 

Sakaki y yo convivimos durante aproximadamente un mes en nuestro pisito luminoso. Por la noche íbamos a una pequeña taberna del barrio y nos tomábamos una botella de cerveza y unos cuantos vasos de sake. Para empezar, siempre pedíamos un estofado. Cuando ya llevábamos una semana frecuentando el mismo lugar, nos traían la cerveza y el estofado sin tener que pedirlo.

“Este estofado está riquísimo”, decía Sakaki cada vez quelo probaba. Nunca he sabido si le parecía especialmente sabroso porque sabía que iba a morir o porque realmente lo era. Hace mucho tiempo que estoy muerta, pero todavía recuerdo el sabor de aquel estofado. Aun así, sigo con la duda de si era mejor que cualquier otro.

Paseábamos junto al río, un poco achispados. Luego regresábamos al piso y hacíamos el amor. Como no teníamos nada mejor que hacer, lo hacíamos más de una vez. Cuando nos cansábamos, charlábamos un rato. Sakaki solía provocarme: “Háblame de los hombres con los que has estado hasta ahora”, me decía, por ejemplo. Dado que nuestra relación no tenía futuro, yo creía que no le importaría saber la verdad, y se la contaba con todo lujo de detalles. No tenía gran cosa que explicar, pero él se ponía celoso: “con los demás estabas mejor que conmigo, ¿verdad?”, insistía. A veces, mientras hablábamos, me penetraba de repente con un gesto deliberadamente teatral, como si estuviera interpretando un papel. Supongo que, como íbamos a morir pronto, necesitaba hacer un poco de teatro para no sentirse incómodo. Una vez muerta, pensé que debería haberle preguntado por qué lo hacía, pero ya era demasiado tarde.

 

Después de haberlo meditado detenidamente, decidimos no suicidarnos en el piso. Habría sido un problema para el señor de la inmobiliaria. Al fin y al cabo, era un hombre mayor, y nos había hecho el favor de no insistir demasiado con el tema del aval.

No teníamos ninguna posibilidad de obtener barbitúricos. Se nos ocurrió saltar en una acequia de las afueras de la ciudad, pero últimamente, comparado con unos años atrás, el caudal de agua era escaso y la corriente demasiado débil. No queríamos correr el riesgo de sobrevivir.

Estuvimos tentados de escoger algún lugar famoso concurrido por los suicidas y morir según el método habitual de la zona, pero Sakaki empezó a protestar.

—Morir es demasiado complicado.

—Quizá tengas razón.

Cuando llegó el momento de planear los detalles concretos, fui yo quien tomó la iniciativa, mientras que Sakaki se limitaba a responderme con evasivas: “Sí. Ya. Claro. Como quieras”.

Finalmente, decidimos saltar desde un acantilado que daba al mar del Japón. Yo me encargué de comprar los billetes de tren y de reservar el alojamiento.

—Deberíamos pasar la última noche en un buen hotel —le propuse, y Sakaki esbozó una pequeña sonrisa. Mientras sonreía, hojeaba distraídamente una novela erótica que había comprado en una librería de ocasión del barrio.

—De acuerdo. Dormiremos en un buen hotel, comeremos bien y nos suicidaremos—me respondió.

 

Bajamos del tren en una estación de una línea secundaria situada muy cerca del mar. Echamos dos cartas en un pequeño buzón: la de Sakaki era para su mujer y sus hijos, mientras que yo le había escrito al señor de la inmobiliaria pidiéndole disculpas por haber dejado el piso sin previo aviso.

Caminamos hasta el acantilado cogidos de la mano. Soplaba un fuerte viento. Yo tenía la mente en blanco. Me había imaginado que toda mi vida me pasaría por delante de los ojos como si fuera una linterna mágica, pero era incapaz de pensar. Miré a Sakaki, que parecía tan tranquilo como siempre. Desde que habíamos tomado la decisión de suicidarnos juntos, sólo su mirada era grave.

—¿Tienes miedo, Tokiko?

—Creo que no.

—Yo sí tengo miedo.

—Quiero pedirte un favor.

—Dime.

—Si sólo muero yo y tú sobrevives, quiero que me entierres cerca de la tumba donde te enterrarán a ti.

—No seas ridícula.

Sakaki soltó mi mano, me giró hacia él hasta que estuvimos cara a cara y me dio un fuerte abrazo.

—Eres ridícula. Te pareces a Kiyo.

—¿Kiyo?

—Sí, mujer, el personaje de la novela de Soseki.

—¿Por qué dices esto?

—”Usted es más joven que yo, señorito. Cuando muera, entiérreme en su panteón. Una vez en la tumba, esperaré su llegada con impaciencia”, le dijo Kiyo a su señorito el día antes de morir.

Sakaki parecía emocionado. Yo no me sentía identificada con Kiyo, pero sus palabras me habían impresionado.

—Vamos a morir juntos, no te preocupes por las tumbas. Dicho esto, Sakaki me abrazó de nuevo. Yo me quedé quieta, con las manos colgando a ambos lados del cuerpo.

—¿Sabes? No quiero morir—le dije.

En realidad, no lo pensaba. Estaba dispuesta a morir. Cuando llegó el momento, lo supe con certeza. Nunca había tenido ganas de vivir. Lo que pasa es que hasta entonces no se me había ocurrido la idea de quitarme la vida.

—Pues es demasiado tarde —dijo Sakaki, un poco pálido.

—¿Por qué?

—Porque ya estamos aquí. Suicidémonos. Muramos juntos.

Sakaki estaba convencido de que no podría suicidarse sin mí. “Si no puede morir solo, será mejor que no se suicide”, pensé, pero yo ya había tomado la decisión.

—Pues anda, suicidémonos juntos—dije en un tono de voz deliberadamente dulce. De hecho, debería haberle impedido que saltara. Pero no lo hice. “Soy una miserable”, pensé. Al poco rato, saltó y me arrastró hacia el mar junto a él.

 

Sakaki sobrevivió. Lo rescató una barca de pescadores. Yo choqué contra una roca del fondo del mar y fallecí en el acto.

Al principio no lograba entender por qué sólo yo había muerto y él se había salvado. Si bien era cierto que justo antes de saltar había pensado que Sakaki no debía morir, aquel final me parecía incomprensible.

Su mujer y sus hijos fueron a buscarlo y lo llevaron de vuelta a casa. Gracias a sus cuidados, al cabo de un mes ya se había recuperado y volvía a hacer vida normal, como si nada hubiera ocurrido. No se divorció, y fue un buen padre. El día del aniversario de mi muerte, fue al mar del Japón y estuvo mucho rato rezando.

Después de morir, empecé a reflexionar sobre mi vida. Flotaba constantemente alrededor de Sakaki. Se me hacía raro verlo vivo. Era un misterio que continuara vivo habiendo muerto yo. Cuando mueres, todo desaparece. Te quedas vacío por dentro. Eso no lo sabía antes de morir. Como llevaba una vida que no me hacía feliz, no me resultó difícil suicidarme. Pero ¿por qué quería morir él? Cuantas más vueltas le daba, menos lo entendía. Que esté muerta no significa que pueda adivinar los pensamientos de la gente, así que, por mucho que flotara a su alrededor, no podía saber qué le pasaba por la cabeza.

Puesto que cuando mueres te quedas vacío por dentro, puede que mis pensamientos, en realidad, ya no existan. Siempre pienso en él. Aunque esté muerta, pienso intensamente en él. Cuando estaba viva lo hacía de una forma más etérea, mis pensamientos eran más vaporosos que ahora.

Sakaki murió a los ochenta y siete años. Creía que después de su muerte volvería conmigo, pero no lo hizo. Cuando murió, desapareció por completo. Se ve que la mayoría de la gente se esfuma sin dejar rastro. Los casos como el mío no son nada habituales. Una vez muerto él, ya no tengo adonde ir. Es muy angustioso.

Cuanto más angustiada me siento, más pienso en él. Aunque ya hace mucho tiempo que murió, sigo pensando en él. A veces incluso dudo de que Sakaki existiera de verdad, pero no puedo dejar de pensar en él con todas mis fuerzas.

 

Así han pasado cien años.

Ahora, un siglo más tarde, apenas recuerdo las cosas que nos unían. Sólo sé que lo amaba profundamente.

No sé qué pasará. No sé si al cabo de cien años, y de cien años más, seguiré pensando en él. Cuando estaba viva, conocí a Sakaki y decidimos por casualidad suicidarnos juntos, y así hemos terminado.

A veces recuerdo que él me comparaba con Kiyo. Me pregunto si es cierto que Kiyo esperó a su señorito dentro de su tumba. Yo esperé a Sakaki y nunca vino. Ya han pasado cien años y nada ha cambiado. Ahora ya está muerto, y no cambiará nada.

 

 

Hiromi Kawakami
Escritora. Entre sus libros se cuentan KamisamaEl cielo es azul, la tierra blancaAlgo que brilla como el mar y El señor Nakano y las mujeres.

Traducción de Marina Bornas Montaña.

Cien años

Antes las mujeres se callaban de Óscar Martínez Molina

Por mucho, los mejores recuerdos que tengo de mi infancia y de mi juventud pasan necesariamente por el tamiz maravillosamente modelado por las manos y el corazón de una mujer. Mi madre y su melódica voz, por supuesto en primera fila. Pero también están allí, iluminando días y días las abuelas haciendo magia con exóticos postres, con suculentas comidas, con el relato de maravillosas historias y las tías, hermanas de mi padre y mi madre, integrando mis tardes de ensoñaciones ¡Cantos y juegos! Y por supuesto mis hermanas y primas con sus risas. Y cuando llegó su tiempo, las amigas que, espléndidamente, llenaron de ilusión mis días. Finalmente en mi madurez, la presencia de mi mujer y de mi hija redondeando cada minuto de mi existencia.

¡La mujer en el camino, en el pensamiento, en el corazón, en el alma!

Qué dolor y qué impotencia la lectura en los diarios o la escucha por radio, no tan sólo de México, sino de cualquier país del mundo, agresiones, golpes, asesinatos o feminicidios. Actos deleznables de acoso. Niñas violentadas, jóvenes prostituidas, madres y abuelas esclavizadas.

Sociedad tras sociedad una absurda continuidad de la misma historia.

-¡La mujer a lo largo de la historia ha sido violentada! Y es por lo tanto un acto que raya en la normalidad. En muchas sociedades y religiones actuales la violencia física o verbal es un acto consumado y pasado por alto.

¿Hacia dónde va nuestra irracional civilización?

El tiempo de hoy es tiempo de levantar la voz al unísono con ellas.

– “Antes las mujeres se callaban, no hacía falta matarlas” Dacia Maraini

El cielo es azul: Hiromi Kawakami

El cielo es azul, la tierra blanca. Una historia de amor, de Hiromi Kawakami, nos cuenta que su protagonista (mujer, igual que la autora), Tsukiko tiene 38 años y lleva una vida solitaria.

Considera que no está dotada para el amor. Hasta que un día encuentra en una taberna a su viejo maestro de japonés. No intimaremos con los personajes en el sentido habitual, ya que apenas sabremos retazos de su vida, pero la autora nos coloca muy próximos a ellos, nos sitúa como voyeurs de una relación extraña para nosotros, y, una vez más, frecuente en oriente, y sin darnos cuenta estaremos inmersos en la vida del maestro y de Tsukiko, que se escribe con los caracteres de «niña» y «luna».

La poesía ocupa un lugar destacado a lo largo del libro. Los diálogos escuetos, las descripciones someras, nos adentran en la sociedad nipona, mostrándonos aspectos recurrentes en su literatura actual, como son el aislamiento dentro de una inmensidad de personas, la indiferencia hacia los otros, la relación con la familia, la nostalgia por una infancia que no volverá pero que se resisten a dejar en una batalla perdida contra el paso del tiempo, la oposición entre tradición y modernidad, el alcohol como vehículo de escape, la falta de amor y la negación de su importancia como justificación de la soledad, los convencionalismos, el papel de la mujer en una sociedad anclada en el pasado en muchos aspectos. El viaje de descubrimiento que los japoneses realizan cuando terminan sus estudios, y que les lleva al otro lado del mundo.

He recorrido un largo camino,
el frío penetra mi ropa gastada.
Esta tarde el cielo está despejado.
¡como me duele el corazón!

Nosotros recorremos también un largo camino, el que lleva a los protagonistas a mostrarnos una historia de amor, sutil y delicada como un haiku, una historia llena de sensibilidad, una historia que me hubiera gustado no terminar de leer.

FRAGMENTO
-Maestro- murmuré- Maestro, no sé volver a casa.
Pero el maestro no estaba allí. Al preguntarme dónde estaría aquella noche, me di cuenta de que nunca habíamos hablado por teléfono. Nos encontrábamos por casualidad, paseábamos juntos por casualidad y bebíamos sake por casualidad. Cuando le hacía una visita en su casa, me presentaba sin previo aviso. A veces estábamos un mes entero sin vernos. Antes, si mi novio y yo no nos llamábamos ni nos veíamos durante un mes, empezaba a preocuparme. ¿Y si hubiera desaparecido como por arte de magia? ¿Y si se hubiera convertido en un auténtico desconocido?
Pero el maestro y yo no éramos novios, así que no nos veíamos a menudo. Pero aunque no coincidiéramos, el maestro nunca estaba lejos de mí. Él nunca sería un desconocido, y estaba segura de que aquella noche se hallaba en algún lugar.
La soledad se adueñaba de mí por momentos, así que decidí cantar. Empecé cantando “Qué bonito es el río Sumida en primavera “, pero no era una canción muy adecuada a la época del año, así que la dejé a medias. Intenté recordar una canción invernal, pero no se me ocurrió ninguna. Al final me acordé de una canción para ir a esquiar titulada “Las montañas plateadas brillan bajo el sol de la mañana”. No reflejaba en absoluto mi estado de ánimo, pero era la única canción de invierno que se me ocurrió, así que empecé a cantarla.
– “No sé si es nieve o niebla lo que vuela, ¡oh! MI cuerpo también corre veloz”
Tenía la letra de la canción grabada en la memoria. Recordaba incluso la segunda estrofa. Hasta yo me quedé sorprendida al acordarme de una frase que decía “ iOh! Nos divertimos saltando con gran habilidad”. Un poco más animada, entoné la tercera estrofa, hasta que me quedé atascada en la última parte. Canté hasta “El cielo es azul, la tierra es blanca”, pero no conseguía recordar los últimos cuatro compases.
Me detuve bruscamente en la oscuridad y me puse a pensar. La gente que venía de la estación pasaba por mi lado, tratando de esquivarme. Cuando empecé a tararear la tercera estrofa en voz alta, los transeúntes que venían en dirección contraria daban un amplio rodeo cuando llegaban a mi altura.
Incapaz de recordar la letra, sentí ganas de llorar de nuevo. Mis piernas se movían solas y las lágrimas me rodeaban por las mejillas en contra de mi voluntad. Alguien pronunció mi nombre, pero no me volví. Pensé que había sido una alucinación auditiva. Era imposible que el maestro estuviera allí en ese preciso instante.
– ¡Tsukiko! – me llamó alguien por segunda vez.
Cuando giré la cabeza, ahí estaba el maestro. Llevaba una chaqueta ligera que parecía abrigar y su inseparable maletín en la mano. Estaba de pie, tieso como de costumbre.
– ¡Maestro! ¿Qué está haciendo aquí?
– He salido a dar un paseo. Hoy hace una noche espléndida.
Me pellizqué el dorso de la mano para asegurarme de que aquello no era un producto de mi imaginación, y me dolió. Por primera vez en mi vida, constaté que el truco de pellizcarse para comprobar que uno no estaba soñando funcionaba de verdad.
– ¡Maestro!- lo llamé en voz baja, todavía sin acercarme.
– ¡Tsukiko! Respondió él. Sólo pronunció mi nombre.
Nos quedamos de pie en la calle oscura, mirándonos. Temía que las lágrimas me traicionaran de nuevo, pero no tuve ganas de llorar. Me sentí más tranquila. ¿Qué habría pensado el maestro si me hubiera echado a llorar?
– Tsukiko, la última parte es: “iOh!, las colinas nos reciben”- dijo el maestro.
– ¿Cómo?
– La última frase de la canción. Antes iba a esquiar de vez en cuando.

hiromi