Una extraña historia al este del río (fragmento)

“Desde los dieciséis años hasta hoy, a los diecinueve, Kimie había sido perseguida por las demandas incesantes de esas frivolidades. No había tenido tiempo de considerar profundamente qué clase de emoción era el amor serio. De vez en cuando dormía sola en la habitación alquilada, pero su principal deseo en esas noches era compensar su falta de sueño crónica. Al mismo tiempo, empezaba a imaginar los nuevos placeres por venir, que, naturalmente, iba a disfrutar una vez recuperada de su fatiga. En ese círculo vicioso, una vez dormida, la impresión de cualquier otro tema por muy grave que fuera, se convertía en tenue e insustancial, como si estuviera soñando. Cuando se despertaba, trataba de diferenciar qué era realidad y qué era sueño. Para Kimie, nada resultaba tan agradable en esos momentos como esa mezcla de sentimientos y sensaciones.
Ese día, Kimie también se hundía en ese placer tras despertarse de su ligero sueño, y se resistía a levantar la cabeza de la almohada, a pesar de ser consciente de que eran casi las tres de la tarde. Miró a su alrededor, y vio en el suelo el quimono y el obi que ella misma había arrojado desordenadamente la noche anterior. A esa habitación de cuatro tatamis y medio de la parte posterior del primer piso, después de haberse ido el bailarín Kimura, había llegado el importador de automóviles Yata y este se había ido dejando una contraventana corrediza abierta. La lámpara del techo que Yata se había olvidado de apagar proyectaba la sombra del arreglo floral en la pared del tokonoma, igual que la noche anterior. Junto a los sonidos lánguidos de alguien que ensayaba una canción y las voces de los vendedores ambulantes, una brisa se colaba por la estrecha abertura de la ventana y acarició un lado del rostro que Kimie había apoyado directamente sobre el tatami. En un momento dulce como este, deseó que Yata o cualquier otro hombre estuviera ahí. De ser así, lo provocaría con todo el ardor de su cuerpo. Se sintió desgarrada por sus fantasías, que iban en aumento. Cerrando suavemente los ojos, se abrazó a su propio pecho con todas las fuerzas. Acto seguido, dio un profundo suspiro y se retorció. En ese instante, se oyó deslizar silenciosamente la puerta. Un hombre entró en la habitación y se puso delante del biombo. Era Yoshio Kimura, el mismo en quien Kimie había estado pensando con pesar desde la noche anterior. “

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Kimie dejó la postura formal, deslizando las piernas a un lado para acomodarse, y apoyó el codo en el alféizar de la ventana. Con la mejilla apoyada en la palma de la mano, volvió el rostro hacia el interior de la habitación, dejando que la brisa soplara contra su cabello. Kawashima, que estaba bajo los efectos del alcohol, al observar a Kimie desde donde él estaba sentado, no pudo evitar que una imagen fugaz atravesara su mente: el cabello de la chica cayendo desordenadamente de la almohada al suelo.”

Nagai Kafu