Archivo del autor: Rubén Garcia García - Sendero
¿Seré siempre de ti?

Algún día dejaré de escribir sobre ti. —Ella se río.
—Imposible. Mi alma es paisaje . Nunca dejarás de escribir.
—Guardaré silencio.
— Peor. —Repetiré que sigas con tu labor.
— Moriré.
—Me das risa, entonces obedecerás como espíritu, con el atributo de que tu escritura desaparecerá en cuanto termines un texto y volverás infinitamente al inicio.
—¡Soy entonces de ti!
—¡También soy de ti! Estamos encadenados, ¡así qué escribe!
Dijo imperativa la hoja en blanco.
Soñando
Tu espalda es un mar,mis labios una barca. Remo a la vera de tu columna y la habito
.
Taza de café

Me vestí con un short hecho de una tela delgada, adherente y un suspensorio. Terminaba de calzarme los tenis para ir a trotar cuando oí sus pasos.
— ¡Ah… ya hizo café! –Exclamé.
¿Quiere que le sirva una taza?
Dije que sí
Había un sofá de tela aterciopelada verde oscuro. Ella sentada. De reojo la veía. Me acuclillé y quedamos cara a cara. No recuerdo que le decía acerca de la vida. Dejamos de hablar. Sólo murmullos, pulsos, alientos cortados. Mis labios en su oído, su cuello, sus senos. ¡Ah… sus senos! Los respiré. Mis manos exploraban por dentro del vestido, los muslos duros. Sentí el elástico de sus bragas, metí los pulgares y con lentitud empecé a tirar hacia abajo. No opuso resistencia, facilitó al levantar sus caderas. Yo seguía en cuclillas, besaba sus rodillas, y ella relajó sus piernas. Rodaban mis labios por su piel, mi humedad buscó la suya. Labio con labio. Su cadera y la mía se amoldaban; sudor, respiración y nuestros gemidos que fueron ocultados por el griterío de los vendedores ambulantes.
Minutos después salí a correr por un viejo camino real lleno de árboles de naranjo. Imposible no recrear lo que había pasado a cada zancada, la brevedad del short, el roce constante de la tela volvió a incendiarme y retorné para degustar otro café.
La mujer

El sol no tardará en salir. En silencio trota, sólo ella y su pensamiento. Escucha gritos lejanos que provienen de la zona boscosa de la ciudad. Los resplandores de las torres de la iglesia iluminan el rocío. La mirada se fuga y surge el color viejo del pasado. Recuerda su cara agraciada, la misma que ahora ve en sus hijos. Cerca del parque central, a una cuadra de la escuela donde estudió la primaria se ve jugando con sus amigas, ¿qué habrán hecho de su vida? En una calle casi en las afueras de la ciudad, reconoce la casa donde vivió con sus hermanos, parece oír la voz de su madre, que con los brazos cansados la abrigaban en las noches de oscuridad y de frío. Ya llega la alborada, se oye el canto de los pájaros, el aroma de la hierba, el color rosa de la cordillera y silba el himno escolar. Su novio, el primero y el único, le vislumbra, suspira recordando el inmenso placer de amarlo, entregada en espíritu y carne.
Sube por la pendiente, La respiración se hace asmática, el sudor se desliza por la piel. Se ve en su departamento, durmiendo después de la media noche y levantándose antes de que el sol abra. Los años pasan. El esposo vive obseso de su trabajo, apenas si se da cuenta que los hijos están convertidos en hombres. Al dar la vuelta, en una esquina se topa con la mujer que barre la calle. Es la misma falda negra, su escoba hecha de ramas de árboles caídos que día a día sirve para recoger la basura y de lo encontrado, mantiene a su prole; al pasar a su lado siente su mirada vacía. Muerde sus labios, desea darle los buenos días, y sólo levanta la mano. Prosigue su carrera golpeando el cemento. Va aclarando el día. Levanta la mirada y divisa los cerros que parecen puños levantados. Sobre el horizonte, el sol está saliendo, deja en las paredes del caserío un color de naranja suave. En el descenso, el sudor se desvanece por el viento frío. Un rocío cae y baña su espalda produciéndole escalofrío.
De la oscuridad del pensamiento corren como bolas de fuego los silencios y el desamor de un hombre que se extravió en la vida. Respira profundo a pesar de que tiene nudos en el pecho y a punto de desfallecer y quedarse a la vera del camino, saca del vientre un impulso más, logra rebasar la loma y seguir y seguir. Pareciera que corre por inercia; sobre el paisaje llega una ventisca con olor de frutas, levanta la cara sobre el bermellón de las montañas y continúa con más fuerza; es ave que levanta el vuelo saliendo de los abismos. El día abre.
El gato

Por la fría mañana pasan con lentitud viejos años.
La neblina levanta y cubre en espirales el bosque de perones
Una mano niña tirita en la ventana
y por la rendija
descubre que hay motivo para sonreír;
es el gato que intenta atrapar los cabellos de la niebla.
Brevedad negra

Al abrir la puerta percibió un olor a patas y sangre; reprimiendo la náusea se acercó al cadáver y lo identificó por el arete. Esbozó una sonrisa. Un grito hacia dentro y con los labios casi pegados:
– ¡Hasta que te vi muerto cabrón hijo de puta!
Escuchó ruido y después un dolor punzante que se incrustó en su nuca. Antes de sumirse en el vacío, la voz de su enemigo.
– ¡Hasta que se te va a quitar lo pendejo!
Y le dio la razón al gordo, quien salió acompañado del actor que ya había recompuesto su figura y le devolvía el pendiente zafándolo de la oreja.
El ayer de los adultos mayores

Ayer jugábamos en el campo, en la calle, alumbrados por los quemadores de gas o la luna. Hoy no dejo salir a mi nieto ni a la esquina. Carros a velocidad, cazadores de niños y, ofrecedores de droga. Él se enoja y me dice que ya es grande y poderoso.
Pregunta
Recostada sobre mi pecho, mira tímida. Su cabello destella. Me pregunto: ¿cómo puede tener esa luz de turbación en sus ojos, si ella fue la que me llevó al cielo? En su boca, fui flauta y gacela
Leonardo da vinci
La noche
En noches de tormenta
las gotas caen insistentes sobre el techo
El ruido monótono golpea las hojas
y ese roer roer
que talla el almidón de la madera
Sobreviene un ruidoso silencio
desgarrador
Claros que tapizan mi ventana.
Y el rayo espada que cae
se oye el estrépito
Un cuerpo
La rama cargada de mangos
sobre la arcilla
Y los transeúntes del patio
El loro, el perro y las ardillas
enmiedecen.
Brevedad
Hay días periféricos,
brotan por el camino sin que lo esperes. En el desconcierto camino indiferente, pero la memoria retrocede y la hierba vuelve a florecer entre tu cabello. Fuiste lluvia que bañó mi pecho mientras aupaba tus glúteos. Tu tórax sibilante, la quilla de tu barco que desprendía aromas de ola derramada. Aún te siento; vuelves a la memoria.
La hermana de Makiu

Soy una cuerda que desafina. Hermana de Makiu. Una noche entraron a mi cama, -que es la misma de ella-: un gorila, un gato y un fantasma. Brinqué del susto y grité tan fuerte que los tres salieron corriendo. Yo no sabia que eran parte del sueño de ella y que ellos llegaban a protegerla para que no tuviese pesadillas. Si lo hubiese sabido, mis otras hermanas, no se hubieran asustado por mi grito.
Ahora, ellas me miran con recelo… y se llenan de miedo por la noche. En la mañana cuando tengo que irme a la escuela, me dicen:
-vete con cuidado… pasa las esquinas con atención, respeta los semáforos, siempre escoge calles transitadas…no te embobes con revistas, y se recatada y juiciosa, nada de balancearse como si tuvieses una muelle en cada pierna y en cada cadera una flor.
No saben que siempre camino pegada a la pared y la que marcha de ese modo es la bella Makiu.
Tejos en el río
Solo silencio.
Agua fría de la montaña
Y grandes peñascos
Que esconden pequeños camarones de río.
Bajo el agua los peces se comen
Y en el fondo yacen los tejos
De finitos colores y formas,
Tienen vida como el pez o el camarón,
Tejos de un arroyo
Piedras de otro.
Ruedan más que las ruedas de un viejo molino.
Húmedas, con su corazón de piedra.
Esperan quizá siglos
Para encontrar la que rueda y pulsa como ella.
Y se encuentran en un recodo de la corriente
Se tallan
Se miman, se regodean
Se acicalan
Y a las diez de la mañana
Llega un niño toma una de ellas y la tira viendo como hace giros entre las ondas de agua.
El dios del Trueno
Leyenda Totonaca
El leñador despertó estirando el cuerpo. Se calzó las botas y tomó sus arreos, comprobó el filo. Observó la lejanía inclinando la testa a los cuatro puntos. Se movió en círculos e inició una danza de gratitud por los bienes recibidos. Ceñía el mango del hacha, lo giraba, cortaba el viento. Los tacones de sus botas en el piso parecían miles de búfalos trotando sobre la estepa. Avanzaba, se detenía y daba vueltas por encima del piso. El sudor hacía regatos que escurrían por el perfil muscular de su cuerpo; después la mirada caía sobre los grandes árboles y se oía el estruendo por los golpes certeros del hacha. El sudor del enorme cuerpo fluía. Los leños se disponían en gruesas. Del norte y del sur llegaban vientos que revolvían la oscuridad del cielo. Los hatos rodaban. El leñador corría de un lado a otro tratando de detenerlos. Enojado levantaba el hacha y las luces que caían sobre el acero se convertían en relámpagos. Poseído por el enojo disparaba rayos hacia la luna, hacia la tierra. El sudor incesante formaba arroyos que al resbalar por los promontorios cuajaban en cascadas saltando hacia la tierra. Danzaba, danzaba y al danzar llegaba el cansancio y la calma; daba fin a la furia y dormía ocupando la mitad del cielo.
Leyenda







