Tiempos de Swing fragmento de Zadie Smith

«Yo llevé mis biografías de bailarines, tomos gruesos en cuyas cubiertas aparecían retratos setenteros velados de las grandes estrellas en la senectud —con sus vestidos de seda y pañuelos, con sus boas rosadas de plumas de avestruz—, y sólo por el número de páginas se decidió que había que «debatir» sobre mi futuro. Mi madre acudió a una reunión, a primera hora, antes de empezar las clases, donde le dijeron que los mismos libros por los que a veces ella se burlaba de mí demostraban mi inteligencia, y que los niños tan «dotados» podían hacer una prueba, y que si la aprobaban podía abrirles las puertas de alguno de esos buenos colegios que conceden becas. No, no, no, no de pago, descuide, me refería a institutos de humanidades «selectivos», nada que ver con los colegios privados, no hay que pagar nada, no, no, por favor no se preocupe. Miré de reojo a mi madre, que la escuchaba con cara de póquer. Es por su madurez lectora, explicó la maestra, sin hacer caso de nuestro silencio, para su edad es realmente precoz, ¿sabe? La maestra examinó a mi madre de arriba abajo (su camiseta sin sostén, los vaqueros, el tocado de kente, unos pendientes enormes con la forma de África) y preguntó si el padre iba a acompañarnos. El padre está trabajando, dijo mi madre. Ah, dijo la maestra, volviéndose hacia mí, ¿y a qué se dedica tu padre, cariño, es el lector de la casa, o…? El padre es cartero, dijo mi madre. La lectora es la madre. Bueno, normalmente, dijo la maestra, sonrojándose, consultando sus notas, normalmente, no sugerimos el examen de acceso para las escuelas independientes, la verdad. Quiero decir que hay algunas becas disponibles, pero no tiene sentido alentar a estos chicos con falsas esperanzas. «

zadie smith

Instintos sí, instintos no

Avatar de AlonaDeLarkNeurociencias divertidas

Me preguntan…sí, me preguntan por qué nunca menciono una palabra tan conocida cuando hablamos del comportamiento: el instinto. Hoy voy a explicar mi razones, y no solamente las mías. El instinto es un conjunto de las tendencias comportamentales innatas que se realizan de manera automática determinada para la especie en cuestión.

Son hereditarios y tienen un mínimo margen de variación.  Los instintos son la base del comportamiento animal. En los animales superiores, a los cuales pertenecemos también los humanos, los instintos se modifican por las experiencias individuales. Entonces, por qué yo no uso el término?

Primer motivo es la ausencia de una definición clara qué es instinto. Dos, hasta ahora no está cerrada la discusión entre los especialistas si se puede aplicar este término para describir el comportamiento humano o no. Suficiente para evitar el término para no entrar en error.

Hay propuestas populares para dividir la existencia…

Ver la entrada original 560 palabras más

La maqueta de Francesc Barbera P

Papá lleva veinte años construyendo una maqueta. Su obsesión ha llegado a tal límite que reproduce fielmente cada detalle de la ciudad. Si el vecino decide pintar la fachada de su casa de otro color, papá corre a la tienda a comprar el mismo tono de pintura. Mamá está harta. Ayer se fue de casa. Después de buscarla durante todo el día, al final la encontramos en la estación. A través de la lupa pudimos ver cómo se despedía de nosotros mientras subía las maletas al tren.

maqueta

Tomado del Fb

Siempre el paraíso de Ana Clavel

Se transformaba a cada instante. Huía sin remedio. Era un cazador profesional. Capaz de introducirse en una sinagoga con dulces para ofrecer a los presentes mientras atisbaba la apartada sección de mujeres, convertida en un súbito harem. O de aprender húngaro para conversar con la madre de su siguiente conquista. También le daba por asumir formas proteicas: pez, chupamirto, lobo, araña. Yo lo amaba en cada una de sus facetas y lo esperaba después de cada transformación. Mientras tanto, me derramaba en otros continentes, pero en cada travesía siempre lo buscaba a él. Me maravillaban sus artes metamórficas, su capacidad líquida para escurrirse entre las manos. Por supuesto, deseaba apresarlo, proclamar que ese hombre múltiple era sólo mío.
Un día llegó a mi casa extenuado. Sus ojos urgían una tregua. Se quedó dormido entre mis brazos como agua escondida. Cabía en un cuenco, un simple vaso. Podía beberlo sin prisa. Pero me contuve, sospeché la tristeza de Dalila, el dolor de Salomé y me contuve.
“Tuve un sueño raro”, me dijo al despertar. “Eras una mujer de agua que dormía en el lecho de un valle. Hombres que venían del desierto te descubrían y te deseaban: querían poseerte -yo entre ellos-. Te forzábamos. Te resistías. La sed iba en aumento, imperiosa, tiránica: terminábamos por beberte. Aún paladeaba el último sorbo -el cuenco líquido de tu cadera, creo- cuando de pronto lo supe: una nueva sed, rotunda y desesperanzada, comenzaba a secarme el alma.”
Y guardó silencio. Busqué sus ojos y él los míos. Por primera vez desnudos desde la última ocasión en que escapamos juntos del Paraíso.

EVA-676x675

Un relato de Ana Clavel

El niño y el mango

Me recostaba debajo del mango. Comía hasta quedar ahíto; descansaba y me dormía. Despertaba con hambre y volvía a jambarme de la carne dorada y jugosa; ríos amarillos dulces y pegajosos escurrían de mi barbilla. Lejos se oían los gritos de mi madre llamándome y reclamando el agua deseada del pozo. “Ninguna culpa tengo de que el árbol de mango me distrajese de mis deberes…”.

arbol mango

El canario asesino de julio Cortázar

Es terrible, mi tía me invita a su cumpleaños, yo le compro un canario de regalo, llego y no hay nadie, mi almanaque es defectuoso, al volver el canario canta a chorros en el tranvía, los pasajeros entran en amok, le saco boleto al animal para que lo respeten, al bajarme le doy con la jaula en la cabeza a una señora que se vuelve toda dientes, llego a casa bañado en alpiste, mi mujer se ha ido con un escribano, caigo rígido en el zaguán y aplasto al canario, los vecinos claman por la ambulancia y se lo llevan en una tablita, me quedo toda la noche tirado en el zaguán comiéndome el alpiste y oyendo el teléfono en la sala, debe ser mi tía que llama y llama para que no vaya a olvidarme de su cumpleaños, ella siempre cuenta con mi regalo, pobre tía.

Tomado de un cuento al día.

La bondadosa Cenicienta de José Antonio Ayala

Cuando Cenicienta se casó con su príncipe Azul la felicidad la inundaba y quiso que todo el mundo fuese tan feliz como ella, incluyendo su madrastra y sus dos hijas. Le pidió, pues, a su esposo que les regalase a las tres un gran palacio, el más grande que poseyera. Así lo hizo el Príncipe, enamorado de su esposa, y contento de que ésta tuviese tan buenos sentimientos.
El palacio constaba de más de cincuenta dormitorios y salones, bodegas, caballerizas y varios jardines de vistosos árboles y flores. Muebles de calidad y numerosas lámparas, esculturas y pinturas ornaban todas las estancias. La única condición que se le impuso a sus ocupantes fue que el palacio fuese mantenido, personalmente por sus propietarias, tan limpio y cuidado como se les entregaba.

castillos

 

Tomado del Fb

La pulga matemática

Saltó a la protuberancia con forma de cerro y un apéndice cilíndrico que al tocarlo se perturba. El cono es suave, turgente, tiene forma de copa y se pregunta ¿Cuánto líquido puede albergar? Es una buena cuestión para sus inquietudes aritméticas, pero cada vez que inicia las mediciones una mano callosa deforma las medidas.

pulga..

De Mónica Lavín los jueves

No debí hacerlo. No pude evitarlo, me bastaba verlos entrar con ese paso excitado y cauteloso: ella con el cuerpo garboso y las piernas largas y bien formadas, él, esbelto, con la mirada protegida por los lentes oscuros y el brazo asido a la cintura de la mujer. Yo los espiaba por el pasillo oscuro, tras la puerta entornada de otra habitación, y sentía alivio cuando después de los pasos sigilosos verificaba que eran los mismos. Los del jueves a las cinco de la tarde, los de la habitación 39. Esa repetición semanal me reconfortaba. En el torbellino de los encuentros pasajeros que atestiguaba todas las tardes, éste hilvanar jueves tras jueves con puntadas de amor y deseo exhalaba continuidad. Quién pudiera como ellos robarle unas horas a la tarde, una tan solo, y encontrar cierta dulzura entre unos brazos. Quién pudiera olvidarse del Chino, de Nachito y la Lola, de los frijoles hirvientes y, con las piernas enfundadas en medias suaves, dejarse recorrer las pantorrillas y los muslos con el interés de quien mide y palpa las formas; quién pudiera ser objeto de deseo respondido y consumado. Antes ni pensaba esto, ni siquiera me veía las piernas, sólo servían para llevar mi andar por todos sitios. Ni con las inacabables parejitas que deambulaban por estos pasillos, sofocando sus gemidos tras las puertas cerradas, había hecho yo conciencia de mi abandono. Ahora sabía que tener marido no era ningún consuelo. Y si no, ¿por qué iban a volver los del 39 con ese gesto de inevitable engarzamiento?, ¿por qué iban a venir aquí una vez a la semana si tuvieran otra posibilidad, por qué los lentes, por qué la hora, por qué la prisa? A las siete se abría la puerta del 39, él atisbaba el pasillo e indicaba a la mujer que no había peligro. Volvía de nuevo a mirarlos. Ahora por las espaldas, con las manos apretadas deteniendo la despedida, prolongando el encuentro. Yo también lo prolongaba, me atrevía a acercarme a la escalera para ver sus cabezas desaparecer por el pasillo que daba a la calle. De prisa entraba a su habitación, no quería que me la ganara Teresa que a esa hora rondaba el mismo piso. Cerraba la puerta y miraba el desarreglo, el mismo que en otros cuartos me producía hastío y a veces repulsión. Entonces me tiraba boca abajo sobre la cama y aspiraba los aromas atrapados entre las sábanas gastadas, extraía el perfume de olor a hierba de ella y la loción leñosa de él, olfateaba los sudores que humedecían esos paños relavados y rastreaba las gotas de semen escapadas de la vagina repleta y saciada de la mujer. Con la sábana descompuesta, mi corazón se violentaba y una ola de sangre me ponía en éxtasis. Entre las evidencias, asistía al ritual del amor. Después de un rato salía de nuevo a la penumbra del pasillo y depositaba en el cesto rebosante de blancos el atado de sábanas con más delicadeza que la usual. Agradecía profundamente esas visitas semanales, me resistía a cualquier cambio de horario, de piso. Esos meses se habían convertido en una sucesión gozosa de jueves. Así que me atreví. Se nos insistió al entrar a ese trabajo que debíamos ser discretas y nunca tener contacto con los clientes, evitar ser vistas, no hablar con ellos. Pero yo quería manifestar mi contento por su presencia, como en una boda cuando se abraza de corazón a los desposados. Entonces se me ocurrió lo de la flor. Las muchachas choteaban que si me la había dado un galán o que si a poco el Nacho era tan romántico. Era una rosa color coral a punto de abrir. A las cuatro y media el cuarto se desocupó, entré presurosa a hacer el aseo y pensé en no salirme hasta unos minutos antes de la hora, No quería arriesgar la posibilidad de una ocupación ajena a la pareja, a pesar de que Tomás ya tenía la consigna en recepción de tenerla libre los jueves a las cinco. Llené un vaso con agua y con la rosa, lo coloqué sobre la cómoda despostillada. La rosa se reflejó en el espejo, las paredes desnudas y la colcha con huellas de cigarro se iluminaron con el rubor de la flor. El 39 parecía un cuarto de otro lugar. Aspiré el aroma de la flor que esta vez celebraría la fiesta con los humores y secreciones de los cuerpos de los amantes. Salí al minuto para las cinco, excitada, nerviosa por aquella irrupción que tambaleaba el anonimato de la pareja. Me encomendé a dios, quien, después de todo, los había puesto en mi camino. Durante las dos horas de amorío mi corazón no estuvo sosegado. Tendí camas, puse papeles de baño, toallas limpias, barrí, caminé. Y todo el tiempo la imagen de la rosa fresca y colorida presenciando sus cuerpos desnudos y la entrega desbordante me persiguió como si yo misma tuviera los pies metidos en aquel vaso de agua. Escuché el ruido de la puerta y me asomé desde otra habitación. Noté que la mirada de él escrutinaba el pasillo con mayor insistencia. Respiré y contuve la tentación de correr a presentarme y confesar que yo era la de la rosa y esperaba no haberlos molestado. Apreté los puños y no me atreví a observar como se perdían al final de la escalera. Entré en la habitación. El mismo desarreglo tributario. Bajo el vaso de agua, sin flor, estaba un billete. Era una forma de respuesta. Lo tomé después de soslayarme entre los aromas familiares y el rito al que añadí mi rosa. Salí gustosa con el itacate fuertemente pegado al pecho para abandonarlo con dolor en el montón de sábanas manchadas. El jueves siguiente dieron las cinco treinta y los del 39 no aparecieron. Esperanzada supuse algún contratiempo pasajero, pero el siguiente jueves me confirmó la ruptura del hábito. Aún así me aferré a la posibilidad de un cambio de horario, después de locación, tal vez ella tuviera un marido que la hubiese descubierto, o él una mujer que se interpusiera. Tal vez se enfermó alguno, tal vez se murieron, tal vez. Desde entonces las sábanas gastadas me parecen una tortura y penitencia y el olor a rosas me enferma

The Dark Woods Awaken — rabirius

When the sunlight was filtering though the trees, the dark woods slowly awoke.

irrumpe el sol

entre los viejos pinos

y abre aromas.

a través de The Dark Woods Awaken — rabirius