La vara de Rubén García García

Sendero

En los momentos que escribo siento que camino sobre un hilo que cruza un abismo; y antes de llegar, caigo. ¿Sabes? Una vez los duendes me obsequiaron una vara viva. Cada vez que cometía un error me azotaba. Cuando cometí el primer abrupto me lanzó al vacío y dijo con gravedad: «¡Uno más que deja de ser escritor!». la miré desde abajo sin odio, sin rencor y le pedí continuar. Noventa y nueve veces lo he intentado y las mismas que he rodado hasta la sima.

No la detesto.

La última vez que caminaba sobre la cuerda, había recorrido la mitad del precipicio, cuando cometí la imprudencia y ella, salvaje, me dobló el lomo con un golpe y se rio. Aún escucho: «¡Cuándo aprenderás!» Lloré de impotencia. Me tragué el llanto. Respiré hondo para amortiguar la caída y desde allí, la miré con súplica, pero ella me gritó: “¡Quédate allá! ¡Busca otro oficio! Supe entonces comprender lo que quiso decirme y con las manos inflamadas volví a escalar.

Los día difíciles de Rubén García García

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Regresaba poco después de las diez de la noche, «¿recuerdas que te gustaba caminar por la zona rosa esperando alguna aventura? La tía y las primas dormían. Con cuidado metías la llave en la cerradura, el mismo que se necesita cuando es una primera vez y en silencio sonreías. No prendías la luz e ibas como gato ciego hasta llegar a tu recámara. «¡Claro que tenía que hacerlo! uno de arrimado es siempre arrimado. Me miro y allí estoy quitándome la ropa, acomodándola para que no se arrugue. «¡Chamacas no ensucien tanta ropa, que la señora que plancha no vendrá en un mes!” desde mi cuarto escuchaba a la tía».

A veces, la luz de la noche aluzaba la sábana blanca de lino que el tío había pasado de la frontera. Me tendía en la cama, recto, como muerto estirado y evitaba que se arrugara el lino. Pienso en Alicia, en aquella compañera de pechos abultados. «¿aquella que te mandó a la chingada?». La misma. La imagino a mi lado y mi amigo se inquieta. «Cómo madres ibas a saber que aquel ángel a quien le rendías honores con tu instrumento un día llegaría a tu lado en condiciones precarias. La vida es cabrona. Terminada la faena, vas al baño y orinas con un chorro grueso, caliente y bajas la palanca con fuerza y escuchas los hipos violentos del wc. Yo sonreía, pues el ruido del sanitario nadie lo puede evitar, con el agua se iban mis tensiones y regresaba enfundado en el pijama dispuesto a dormir con una sonrisa.

Un servicio esmerado debe de ser bien retribuido de Rubén García García

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Mañana vendrá el niñato de piel delicada, es insoportable, pero a cambio me deja el doble de lo que hoy gasté. A mí me gustan las manos ásperas, callosas por el golpe diario del quehacer. Ese contraste que percibo entre la rugosidad de la palma y la tersura de mis caderas. Estoy exhausta, y satisfecha de intimar varias veces con un hombre recio, viril, al que le dejé una porción generosa de dinero.

Dos cuentos breves de Francisco Rodríguez Sotomayor

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Makiu. El hada y el león de Rubén García García

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Makiu implora que aparezca su Hada. Está sentada en la cama y no puede dormir. Ella llega deshaciéndose en disculpas. Acariciando su cabeza dice:

—¿Qué te sucede?

—Cuando empiezo a dormir, sale un león y me persigue.

El Hada sonríe.

—Duerme.

Ella entra en su sueño y sí, hay un enorme león.

—¿El león es de melena negra?

—Si. -Dice la niña

—Ya no te molestará.

La madrina se retira, sonríe satisfecha cuando la ve dormida. Llega a su retiro, pone la varita en el estuche, se tiende sobre la sabana y programa soñar con un campo de flores. Hay un extenso campo donde se florean las azaleas. Entre los tallos y las ramas irrumpe el color negro de una melena y el brillo frío de unos ojos. Se despierta angustiada y de inmediato le habla a su hada madrina.