Los regalos del abuelo

Siempre me han encantado los domingos, porque es el día en que visitamos a la abuela. Abue Meche vive en la parte alta de la loma, en una casita rodeada de árboles frutales y de rosas. El corredor es amplio, fresco y melodioso por el canto de las aves.

Mi abuela sabe preparar unos deliciosos panes que le enseñó a hacer su mamá cuando era pequeña y después, cuando se casó con el abuelo, aprendió otros, pues él traía recetas de muchas partes del mundo. Me parece verlo sentado en su poltrona, contándonos leyendas de los países que visitó y cuando alzaba el dedo era para que pusiéramos atención. Tenía su voz clara que matizaba con el brillo de sus ojos.

— Sientan el aroma del pan de nueces y canela. Eso lo olí una mañana en un pueblito de los Andes. La buena señora me dio la receta y ahora mamá grande lo está horneando— nos dijo.

Era su forma de recordar a la gente que le dio cariño. Siempre que nos llevaba a caminar por el jardín, y hacía un alto, era para explicarnos algo: “No basta con ver, hay que mirar bien. Una rosa nos enseña mucho. Si la ves cuando la agita el viento, la guardas en tus ojos; si la miras en la alborada, la encontrarás cubierta de rocío. Miren la armonía de sus partes, no hay duda de que la rosa está hecha por las manos de Dios.

Uno de esos domingos, después de comer los panecillos que el abuelo aprendió a hacer en los Andes, mi hermano me llamó para decirme un secreto.

—Viri, ven conmigo al sótano para que veas lo que he encontrado…

Mientras papá y mamá conversaban con la abuela, fuimos sigilosos hacia la parte de abajo de la casa. Allí, en el sótano, la abuela guardaba su pasado.

—El día que quieran descubrirlo, sólo tienen que pasar, —solía decirnos. Pero nunca habíamos tenido curiosidad hasta que Adrián encontró debajo de unas sábanas viejas, un baúl repleto con todas las cosas del abuelo. ¡Y entre todo aquello, encontramos unas cartas para nosotros! Leí nerviosa la mía.

Querida Viri:
Desde que naciste vi en tus ojos mi retrato. Cuando recién aprendiste a caminar empezaste a descubrir un mundo en cada paso y en tu media lengua, me contabas y contabas. ¿Qué me habrás dicho? Nunca lo supe. Sólo intuía que dentro de ti había un mar de imágenes y de palabras. Igual que yo, que guardaba recuerdos de playas, valles, montañas y rostros de gente que me ofreció su amistad. De más grande, cuando regresabas de la escuela, me pedías que te contara cuentos. Por eso, los libros que encuentres en este baúl son para ti. ¡Sé que los leerás todos! A través de ellos conocerás muchas de mis historias. Algunas son de nuestra tierra, otras de pueblos distantes en los que estuve dando conciertos con la guitarra. Descubrirás el amor del gaucho hacia sus pampas y los ritmos de los Andes. Comprenderás que los lugares tienen magia y que en el alma de la gente, viven sueños y fantasías.

Abajo encontrarás un tesoro de pequeños objetos que fui adquiriendo cuando llevaba nuestra música a esas tierras. Siempre cargaba conmigo artesanías hechas con las manos de nuestro México y regresaba con otras, hechas con el corazón de otros pueblos. La última vez que toqué fue en Loíza, un pueblo en la costa Norte de Puerto Rico. Al final del concierto, una niña tan bella como tú, me dio un beso y el mejor regalo que he recibido: una máscara de vejigante; yo, a cambio, le di una muñequita con un vestido típico de la mujer totonaca y una mantilla de seda bordada de flores. Le prometí volver, pero uno propone y Dios dispone. Confío que Adrián, a quien le obsequiaré mi guitarra, pueda con paciencia llenarla de música y arrancar melodías que hagan enternecer a los corazones y que a través de su arte pueda hermanar al mundo. Y Tú, que en tu linda cabeza guardas tantos cuentos y fantasías, puedas hacerlos brillar y emocionar con ellos a los niños de la Tierra.

Dedos en fuga

El público escuchaba hipnotizado en el teatro al aire libre. Los dedos del pianista alcanzaron velocidades fantasmales y en una serie de arpegios que imitaban alas en movimiento, las manos del artista escaparon como colibríes para perderse en la inmensidad del cielo.

De equilibrios

Defensor del amor como complemento,  se casó con una mujer opuesta en todo a él. La vida dejó de ser una fiesta cuando sus hijas pasaron a formar parte de las filas maternas. Ahora, pena por la casa como fantasma.

El encargo

Luego de un viaje de veinte horas, el cansancio era visible en las mujeres. La del pelo corto, entre cano y delgada, traía de la mano a una jovencita de doce años. Tocó a la puerta con temor y pensó en voz alta: “espero  sea la casa”. De lejos se escuchó una voz “Ya voy, ya voy”. Abrió una señora carirredonda y baja de estatura, que las recorrió con la mirada y confundida preguntó:
— ¿Qué desean?
— ¿Vive doña Sandra?
— Sí, aún vive, pero ella no recibe visitas.

Doña Sandra, debilitada, sólo acogía en su dormitorio a hijos y amistades de años. Hace tres meses había dicho,  que no deseaba platicar con nadie. “Se me acabaron las palabras y las ganas de hablar”.

—Si Dios aún le conserva la memoria, dígale que venimos de muy lejos… ¡Imagínese, tenemos más de un día de viaje y no sabemos de una cama!
—Yo soy la hija de doña Sandra y conozco todas las amistades de mi mamá. A usted, perdone, no la recuerdo.
—Es que cuando conocí a Doña Sandra, usted no estaba, vine con su hijo, —el finado—. Ella se portó gentil y me ofreció un té.
—Le preguntaré a ella. ¿Cómo se llama?
— Por mi nombre no se acordará. Menciónele que la visité acompañada del finado por la mañana y ella platicaba con una comadre.

La señora musitó entre dientes un “ahora regreso” y se fue por la calzada que conduce  hacia la vivienda.
La niña apretó el brazo de su madre.
— Mamá tengo sueño.
— Aguántatelo, que pronto regresaremos.
“Mi hermano tiene años de muerto y todavía hace sonar campanas. Mi mamá duerme mucho, mas bien creo dormita, porque a veces la he visto sonreírse”

Mamá Sandra estaba en su recuerdo. Se veía a orillas del río, cuando acompañaba a su hermana y a su mamá. Mientras lavaban la ropa, ella se divertía viendo los peces juguetear por entre las piedras.
Después se miraba de jovencita y sonreía cuando los muchachos competían nadando de orilla a orilla del río. Fue época de bonanza pues los grandes buques cargaban sus bodegas de naranja y se veía gente de todos colores.
Noventa y cuatro años cumpliría ese mes y sabía que la muerte se había tardado en llegar; estaba lista, sin embargo, había relámpagos en los sueños que le inyectaban un desasosiego; un algo que no se acomodaba.
— Mamá, ¡mamá!, hay un señora que desea saludarte.
Sin abrir los ojos, arrugó la frente, como preguntándole “… y quién es”
La hija le respondió que nunca la había visto. Dice que estuvo aquí; que vino con José y que tu le invitaste un té. La abuela volvió a arrugar la frente y la hija interpretó.
—No sé que quiera mamá. ¿Le digo que estás dormida?
—No. Hazla pasar. Pero antes péiname y entreabre la ventana y busca mis lentes.
—Le diré que la vas a recibir y que aguarde en la sala.

Los años la habían debilitado, las fuerzas eran parcas para ir y venir, pero sus ojos aún podían reconocer y sus oídos escuchaban con claridad. En cuanto su hija se fue, ella sintió rodar por su mejilla un hilillo de lágrimas. Hubiese deseado no presenciar las exequias de su hijo, pero son designios de Dios. —¿Quién será? —Se preguntó. Visualizó al finado y en la penumbra de la memoria recordó la vez que llegó de improviso para que conociese a la amiga. Fueron unos instantes, pero suficientes para darse cuenta que en la figura breve de la invitada, había esa clara luz que distingue.

La mujer delgada y de cabellos cortos no pudo evitar el recuerdo de aquel día caluroso de invierno -Inesperadamente le había llegado un intenso dolor de cabeza que taladraba las sienes causándole una visión borrosa-. Después del té, le pareció escuchar las palabras de José: “Esta estatuilla la modelé yo”., y la voz de Doña Sandra que le decía pegando su voz al oído de ella: “ fue el unico de mis hijos que quiso ser artista” La voz chillona de la hija de la anciana la sacó de su evocación.
—Puede pasar.
—Gracias.
Entró en silencio, frente a la anciana, ella la tomó por sus hombros, acercó su cara y la besó, Se mantuvo cerca de ella y doña Susana le correspondió.
— ¿Eres la amiga de José? —Le dijo al oído, e irrumpió en sollozos pequeños.
Minutos después ambas lloraban. Las palabras se quedaron mudas y sólo  las manos hablaban. Ella acariciaba con sus palmas los hombros de la anciana y la abuela recorría la pulpa de sus dedos sobre las mejillas.

—Te esperaba. Deseaba mirar una vez más la cara de la mujer que comprendió cabalmente a mi hijo.
—Lo quiero mucho, aún de que no esté.
—El paisaje más íntimo es el que está en el corazón y tú llegaste a esta tierra, no por los ríos o las playas, llegaste por un mandato.
— Le traigo dos regalos, uno está en el sobre, el otro afuera. El sobre contiene los recuerdos de aquel día.
— ¿Afuera?
La mujer llamó a la niña.
La anciana al verla la abrazó y sus manos palparon la cara. La besó plena con sus labios marchitos.
—Saca, por favor, de este cajón —señalaba un buró— una cajita de madera que tiene grabada una casa y dos árboles otoñales y dámela.
La anciana con sus dedos temblorosos la abrió y sacó una medalla con la virgen de Guadalupe donde tenía inscrita la frase “Para mi hija Mari” Se la puso en el corazón a la niña y después, tomando con sus dos manos la cajita le dijo:
—Esto te pertenece.

La mujer de pelo entrecano y corto, sólo gimió un instante, tomó su pañuelo y se lo restregó en sus ojos.

— Me siento mucho mejor, este encargo, me dio los  alientos para esperarte. Ahora sé que podré descansar y mañana estaré  jugando a las escondidas con mi hijo, como lo hice cuando  él era pequeño.

El búho

El búho alisa sus plumas de la testa,  los mofletes y lava su pico antes de dormir. Hoy no saldrá de caza el búho.
La luna canturrea bajo las estrellas.
Y  él, la  acompaña con el tambor de su pensamiento. No quiere disgustarla, sólo desea estar con su recuerdo; cuando pase por su viejo árbol, cantará de pico hacia fuera.
Dentro de él hierven vientos agitando el polvo que el tiempo ha depositado.
Es gracioso y él se da cuenta, que no puede evitar su pensamiento analítico; después expele un silbido que solo escuchan  los vampiros.
No es extraño, es la manera en que los búhos suspiran.
Ha perdido la figura esbelta y por más que alisa el plumaje siempre da la impresión de ser un paréntesis. Nunca está solo, siempre  acompañado por sus pensamientos filosóficos que laten en las sienes de su testa.
Es cierto tuvo amores pasados, que fueron y vinieron como esos chubascos que de un de repente pasan y se van.“Las féminas estorban las cadenas de mi inferencia”, solía decir, luego de un apetito corporal. Sin embargo , se enamoró de una que no tenía cursos, ni recursos y su método de análisis era un champurrado de tonterías.
La veía aletear alrededor de él demostrándole su entusiasmo. Hubo momentos que él sonreía, pero después, ella se hizo insoportable. Realmente no estaba hecho para el dulce y un buen día se alejó y, anidó en otras tierras.
Hoy la recuerda en su vejez y,  comprende que hay fulgores que el pensamiento no puede obsequiar: el método  magnifica la inmensa soledad en que vive.
Él ya no suspira y,  ahora risotea como lo hace la hiena. La verdad es que llora, sólo que disfraza su emoción, pues no es saludable que pierda compostura e imagen y canta alargando el tono como lo hace el bandolón.
La luna pasó de prisa.

El instante

Esta calle no es de nadie, sólo mis pasos resuenan en el vacío del silencio. Ningún recuerdo me saluda, no escucho campanas que llamen a misa ni damas piadosas que pasen presurosas sacándose de la boca el Jesús. Nada, sólo yo con lo vivido. Lo llevo en una bolsa con jareta que cuando desate el nudo no tendré el sentido para escuchar una palabra o ver como se desliza una lágrima.

¡Cómo olvidarla!

Después de bañarnos  subía mis piernas sobre su regazo, con habilidad masajeaba mis plantas y cortaba mis uñas,

luego retozábamos hasta la media noche. Un día, furiosa me gritó diciendo que la engañaba

 y blandió el machete; la desarmé y sucio de ira, de un golpe le cercené la cabeza.

Desde entonces ando a salto de mata y  el dolor se abre en los dedos cuando tropiezo con las piedras.

 

 

¡Nadie como ella! Tenía mano de santa para restaurar mis pies.

Pueden verla con imágenes en :http://www.youtube.com/watch?v=u2PXKKaeV-E

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Un hombre llamado José

Con cariño para: Stellamantrana y José Cruz jr.

Me recuesto en el asiento mullido del autobús y, logro un recuento de lo que me acontecía hace más de sesenta años. El ómnibus rodea la ciudad y, el paisaje fluye veloz. Estas tierras parceladas, eran exuberante selva. Pronto llegaré a la brecha de los Barriles y allí me apearé.

Los árboles que conocí, los cercenaron. Los recuerdo enormes, colmados de heno, con raíces gruesas y  barbas,  que salían de la obesidad del tronco. Sólo dejaron el zapote. En aquellos tiempos era un mozuelo que se abría. Ahora es el único gigante que mira hacia los pastizales donde rumia el ganado. La brecha, actualmente es un camino de terracería, pero, me llevará  por el sendero que transitaba con mis mulas, cargadas de refacciones e hilos.

—¿Le alquilo un caballo?  -dije al ranchero. Se quedó incrédulo.

—¿para qué? Solo espere al autobús y le dice al chofer donde desea bajarse. Además si lo tumba el caballo, no creo que aguante el golpe.

-No se preocupe, se montar bien y si algo me pasara, le dejo el costo del animal.

El caballo tiene paso ligero y responde. ¡Esto es placer! Lo del camión, con asientos mullidos es: comodidad. Lo escucho resoplar, es fiel a sus instintos. Él soporta mi peso y yo acaricio sus crines, le hablo y parece entenderme.

Salimos de la carretera y tomamos la vereda. Es el viejo camino a dos arbolitos.Sigue leyendo «Un hombre llamado José»

Barrunto

Imagen

Despierto en la madrugada con la boca seca. Voy a la cocina, abro la nevera y saco la jarra,que en vez de agua contiene una cara con la boca abierta por donde sale una lengua polvosa y aplanada.Tengo sed, me dijo con voz aniñada. Con violencia me incorporo de la cama con lumbre en la garganta y  mi corazón a galope. Estoy inmóvil y aniquilado esperando la mañana.

De ti

No era difícil que él descubriera mi culpa. Si me hubiese tocado se habría dado cuenta de mi piel enfebrecida, del calor que me dejaron unos besos ajenos, el latido de mis senos y el rocío de mi intimidad. Me alejé, no quise que me rozara con sus manos y que me despojara de las sensaciones que tú dejaste. Me quedé sola, con el pensamiento distante y pegando un botón que se derretía entre mis dedos. ¡Dios! Sólo las puntadas que atravesaron sus pequeños huecos saben mi secreto.

Cofradía

Marchan los borrachos dando traspiés por el camino terroso. Van de dos en dos haciendo altos súbitos. El más sobrio es quien lleva la garrafa de caña. Son cuatro litros que pondrán al centro. Ellos acomodarán sus traseros alrededor del galón y terminarán cuando no quede olor a caña. Éste es su sitio preferido: un solar baldío donde la hierba crece y un árbol de naranja agria  los provee de sombra y fruto.

 

Estarán tomando en cofradía. Brindando por lo que pudo ser y no fue. ¿Por qué más brindaran? ¿Por la mujer que abandonaron, por los hijos que no han visto, o por el rencor que tienen acumulado?

El final es una calca de otros ayeres, quedan tirados y camuflados por la hierba. Hay uno en pie, es un perro que siempre los acompaña y  convidan de lo que comen y beben y él agradecido lame cara y boca, mientras ellos sueñan y sus manos anestesiadas acarician la testa del can.

Vivir en tu espalda

Mis manos viven en el río de tu espalda,
y veo en tus párpados la sospecha de un sueño.

Es perfecto el trapecio de tus pechos,
que van y vienen,
como ondas de agua.

Resbalan mis dedos dándole libélulas a tu nuca,
y mis labios son un tigre que piensa en gacelas.

Tus pestañas tiemblan por instantes,
y sólo murmuran crucigramas.

Sentado me extasío en la belleza de tu espalda,
tu pelo -corrientes que silban-
se bifurcan en la curva de tus hombros.

Tus hombros son dos mundos en el cielo y
cuando cruzas tus manos como pájaros en vuelo
me olvido de mis ausencias,
y entiendo que eres un renacimiento.

Tejo mil aventuras cuando recorro el surco de tu espalda.
Lo lleno con agua,
navego, escalo y
le siembro flores con aromas lejanos.

Oh señora han pasado mil años
y sueño que vivo en las colinas de su espalda.

Déjeme ahí para ponerle sus ojos a la luna,
para ser un eterno caminante,
y sembrarle estrellas subterráneas.

Escribiré como los ángeles

Soy Susano Zabaleta y conozco al escritor desde hace mucho tiempo. La verdad, somos amigos pero,  también como encontrados.  Si él dice que es blanco, yo, que negro y nunca nos ponemos de acuerdo. Cuando el sudor de las manos chorrea y la lengua se hace pastosa, entonces ponemos fin a la cuestión y, decimos salud con otra cervecita. Así, todos los sábados.

Un día dijo que no tomaría, porque estaba practicando la escritura y deseaba hacerlo como los ángeles. Perdí la cuenta de las semanas en que no tuvimos ninguna charla y que no probé ninguna bebida espirituosa, pero ese día, pareciera que el infierno había cambiado de domicilio y fui a su departamento. Abrí resueltamente la puerta sabiendo que allí estaba. Lo encontré sumido en la lectura y escribiendo no sé qué cosas en su computadora, a los lados una pila de libros, que identifiqué, por lo grueso,  con diccionarios de la lengua.

No se inmuto.

—Espérame, no te vayas, termino esta frase y te atiendo, además quiero enseñarte algo.

Con esa dichosa frase, me tuvo más de media hora. “Ya termino ya termino”, repetía. y se iba a los diccionarios, a los antónimos y a punto estuve de mandarlo a la chingada, muy serio, se levantó del asiento.

—Sabes Susano que siento que no tardaré en escribir como los ángeles. Como tú sabrás, de acuerdo a la morfología del señor Tademus, los ángeles tienen piel y en la espalda, las plumas con la que graciosamente se forman las alas.

Y sin que me lo esperase, se quitó la camisa, la camiseta y se volteó.

 —¡Mira! ya me están saliendo las alas.

Yo por más que miraba, no acertaba a ver lo que él decía.

—Cuáles alas —pregunté.

—No seas ignorante ¿Qué hay antes de las alas? sólo tienes que fijarte en los plumiferos y antes de que éstas salgan, la piel enrojece y después, poco a poco hacen erupción. Primero brotan las puntas de los caños, que posteriormente se enramaran de plumas. Fíjate bien y me enseñaba más la espalda.

—¡Acércate más!  —dijo furioso.

Y me acerqué. Sólo veía puntos rojizos…

—¡Tócame!

Y toqué. Se sentían como pequeños nódulos, y sí, estaban enrojecidos.

—Es el principio de mis plumas… y dentro de poco, escribiré como los ángeles.

Después de Cox

Un día, ya no estuve en Cox. Se hizo cierta la voz de la gente: “aquel que bebe agua de los veneros del pueblo, regresa”. Volví. Lo vi de nuevo; de hecho, pienso que nunca me fui. Lo llevé siempre.

Sugerí — cuando pasante— que Cox debería tener un centro de salud. Rebasaba con creces el mínimo. Tiempo después, el Gobernador del estado ordenó que todo municipio tuviese servicio médico. Cox tenía ya edificio, personal, farmacia y estaba coordinado con el sistema de hospitales.

 Me asenté en  mi ciudad,  y tres años después llegué al Estado de México. Me inscribí  a una maestría en Salud Pública, que luego sabríamos -los participantes- que no tenía validación oficial. Iniciamos una protesta que llegó hasta las altas autoridades y, dentro de sus consecuencias, se me otorgó  atender a la Escuela Nacional de Salud Pública. Terminé la maestría y se me confirió la distinción de un cargo que requería -como prioridad- la supervisión médica. Dentro del área geográfica, incluía a Cox. En el puesto, tuve que tratar con médicos pasantes que venían de distintas universidades. Uno de ellos tiene una historia singular.

UN PASANTE FUERA DE SERIE

Designado como responsable en salud de un área de veintitrés municipios con más de medio millón de habitantes, de los cuales, poco menos de la mitad vivían en comunidades rurales. Como médico, tenía que atender miles de cosas, pero una de ellas,  era a los pasantes que se incorporarían en un nuevo programa para dar atención médica a poblaciones en el olvido.

Allí, estaba el pasante Mazón, diciéndome que su lugar de adscripción era una población llamada Santa María.
-Cierto —le contesté — pero de ese lugar te moverás a seis poblaciones más. Será tu base. De Santa María, obtendrás los recursos. Allí, vivirás, pero,  visitarás  una a una  las comunidades que están alrededor.
— ¿Entonces, no daré consulta en ese lugar?
—No. Tendrás un calendario y, de acuerdo a la fecha, visitarás a la población elegida, donde te ayudará una persona que es oriunda de allí y que llamaremos auxiliar de comunidad.

— Tengo aquí tu expediente y veo – con asombro – que tu promedio es de 9.7, en la UNAM. No me explico cómo es que llegaste a este lugar tan retirado.
— Pude haberme quedado en donde quisiera, mi promedio era suficiente razón, pero desde hace mucho tiempo, deseaba estar en la Huasteca Veracruzana, pues mi lugar de origen es el estado de Guerrero que mira al Pacífico y la Huasteca, lo hace al Golfo de México. En el momento de escoger la plaza, le dije a un compañero de estudios, que es nativo del estado de Veracruz, que me acompañase y me escogiera un lugar que se situara en la Huasteca. Mi amigo apuntó a este lugar: Santa María, y aquí estoy. Claro, pensé que se trataría de un pueblo comunicado y que sería responsable de la atención médica de sus habitantes, pero por lo que explica, allí sólo pernoctaré.
Me sonreí. La Huasteca es una región basta que incluye varios estados, así que pude inferir, que su amigo hizo un acto de azar.

Mazón, en cuanto llegó, enseñó sus destrezas: resolvió un parto difícil y se dio a la tarea de tomar al toro por los cuernos. Era admirable, pudo haber renunciado y no lo hizo. Un día llegó a la oficina.
—Necesito que me de permiso, para no estar en Santamaría
— ¿Te peleaste con la doctora?
—Para nada, sólo que la población de San Pedro pide que duerma en la localidad, pues es una comunidad grande. En la noche hay urgencias y no tienen quien los atienda. Acá, en Santa María, se queda la doctora y su servidor. Podría ser útil en San Pedro.
No me pareció mala idea. Pensé. Y agregó:
—La autoridad de salud de San Pedro desea construir un consultorio. Ya compraron y les llevaron el cemento y la varilla, hasta la localidad, pero la arena hay que buscarla en el río y acarrearla, es costoso. Necesito arena.
Recién había llegado una camioneta con tracción delantera y apta para trabajo pesado. Nos pusimos de acuerdo, y algunos lugareños nos esperarían a la vera del río. La unidad motriz también llevaba insumos y medicinas. La arena llegó adonde la necesitaban.

San Pedro es una localidad grande que tiene una iglesia antiquísima y un reloj incrustado que la gente vieja no había visto funcionar en su vida. Seguramente, Mazón se preguntó, ¿qué tenía el reloj? Él residía en el Distrito Federal y no le fue difícil encontrar la pieza dañada. Un día, el pueblo se despertó con las campanadas del reloj de la iglesia. La comidilla de todos los días era el médico, que fue asociado con las campanadas.

Un acierto del médico era que a todas las reuniones que hacía la comunidad, siempre estaba presente. Un día, le recriminaron que a todo, él daba la misma respuesta. ¿Por qué se enfermo mi nieto?, ¿por qué tengo diarrea?, ¿por qué mi hijo no sube de peso?, ¿por qué mi niño no aprende? Él siempre daba la misma respuesta: “es por la caca”. Más de alguna vez le presionaron para que ampliara la explicación y cuando iba a contestar una partera empírica, pronunció:
—Claro que es por la caca, porque todos hacemos nuestras necesidades entre el monte, y algunos muy de mañana. Antes de que claree, se van a la orilla del arroyo y, allí, dejan su recuerdito. Ensuciamos la tierra y el agua; y el viento se encarga de esparcirla y caerle a los alimentos. O sea, comemos caca aunque no la veamos. Si queremos estar bien, al menos, hagamos como los gatos: enterremos nuestra mierda.

Así se inició un ambicioso programa de hacer letrinas para la comunidad. Cuando Mazón se retiró de su servicio social, dejó un consultorio equipado, una comunidad menos enferma y el reloj de la iglesia dando campanadas, todos los días, a las seis de la mañana.

EL REGRESO

El jeep, un sobreviviente de la segunda guerra mundial, gruñía como animal asmático presintiendo la proximidad del vado. El río estaba cerca. Podíamos sentir la humedad que soltaba el cuerpo de agua. El “Niño” —que así llamábamos al jeep—se había portado bien, pero su ronroneo zumbaba en los oídos. El calor que desprendía el motor, se sumaba al sol vivo de un trópico, a las tres de la tarde.

Traíamos las nóminas de pago del personal de salud de la sierra. Habíamos resuelto -con relativo éxito- la primera parte; para la segunda, era necesario cruzar el río. Detuvimos el jeep en la orilla y salimos a estirar las piernas. Me alejé y vi al Niño casi metido en el arroyo. A la distancia, parecía una bestia metálica bebiendo agua.

Hicimos cálculos e identificamos huellas del paso de los vehículos que habían rodado sobre el vado. Reinaldo accionó una serie de palancas y entró la tracción delantera correctamente. Avanzamos a vuelta de rueda y, a la mitad, el Niño se fue llenando de agua. El vapor se hizo denso y corría por nuestra cara mezclado con el sudor y la ansiedad.

Reinaldo  gesticulaba, se mentaba la madre y, con los ojos desorbitados, le daba ánimos al Niño:

—¡Dale chiquito, dale, tú puedes!

Un sudor lo envolvió, como si él mismo fuera parte del río, y estalló.

—Me siento mal, doctor.
—Saca la cabeza fuera de la ventanilla y respira profundo; yo aplastaré el acelerador para que no se mate la máquina.
Mi pierna izquierda sustituyó a la de él; en el momento del cambio, una avalancha de agua sobrevino y el motor convulsionó dando un último gruñido que nos dejó a merced de la corriente.

Vino un silencio y, después, escuchamos el chapoteo del agua, haciendo minúsculas olas en el regazo de nuestros cuerpos. Las veía, sin poder apartar los ojos de ellas, pero la voz de mi compañero me volvió a la realidad.
—Ya nos llevó la chingada doctor… Ya nos llevó.
Poco a poco, veíamos, con angustia, cómo el agua se balanceaba y hacía perlitas y burbujas que estallaban en espumas.
—Doctor, este río crecerá cuando pardee la tarde, pues al sobrante del agua de la presa que está río arriba la expulsan. Si no salimos, les dará más trabajo encontrarnos mañana.

A esa hora, no se veía nada: el sopor de la tarde callaba el ruido de los vaqueros y hasta el aleteo de las garzas; por más que estirábamos los ojos, no se veía ningún cristiano, y sólo uno que otro vientecillo nos llegaba de la sierra. El sol fulgía las piedras, el silencio sesteaba con el ganado y nosotros goteábamos incertidumbre cada vez que se inflaban las venas de la frente.

Una hora después, oímos el primer zumbido. Momentos más tarde, apareció un tractor Ford tumbando agua. Eran zancadas sin temor a la corriente; se aparejó al jeep y, sin detener la máquina, nos gritó.
— ¿Tiene problemas, doctor?
Se adelantó, amarró las cadenas al chasis del Niño y, como a chamaco malcriado, lo sacó de la oreja hasta la ribera.
— ¿Todavía te sientes mal?
—Se me fueron las fuerzas, parece que soy de trapo.
—Es por el susto.
—Yo creo que es por el humo chamuscado que desprendió el motor.
—Vamos, por ahí debe de andar el remedio.

Mientras al Niño lo secaban en el taller, Reinaldo y yo nos curábamos el susto con una caña que los lugareños revuelcan con una frutilla para darle un sabor dulzón, y un olor que se te pega a la boca, aún después que ha pasado el trago.
Dice la gente que sirve para curar fiebres, y los brujos la untan para sacar los sufrimientos de la soledad. Nosotros la ingerimos y, en cada trago de fuego, nos daba por rescatar de la memoria a los amores lejanos. En el sueño, concluíamos lo que, en el recuerdo, se dejó de hacer.

LLEGANDO A COX

Cuando llegamos a Cox, me dice Rey:
-Doctor, miénteme la madre, las pinches nominas del personal se me olvidaron en el centro de salud de Coyutla.
Regresar por la terracería, cruzar el río por la noche era más que imposible. La única persona capaz de ayudarnos era Celedonio. Cuando le dije que los cheques de pago se habían quedado en Coyutla, se rio, movió la cabeza y dijo que había que ponerse en marcha porque la noche no es buena para caminar.

Aceptó un compañero para que le acompañase. Veinticuatro horas después, las nominas estaban en mis manos. El advenimiento de carreteras en terracería hizo que se perdieran los viejos caminos. Un camino que antes era de 4 o 5 horas, ahora, fue de doce horas, con riesgo de perderse por los escollos naturales, la hierba que todo lo pierde cruces y el peligro de ser mordido por alguna víbora. Cuando le dije a Celedonio que me dijera cuánto era por sus servicios, contestó:
—Sólo dele a este bueno para nada cincuenta pesos. Conmigo médico, no es nada.
Conocía a Celedonio. Nada es nada. Nada es amistad profunda. Así son ellos.