Mis manos viven en el río de tu espalda,
y veo en tus párpados la sospecha de un sueño.

Es perfecto el trapecio de tus pechos,
que van y vienen,
como ondas de agua.

Resbalan mis dedos dándole libélulas a tu nuca,
y mis labios son un tigre que piensa en gacelas.

Tus pestañas tiemblan por instantes,
y sólo murmuran crucigramas.

Sentado me extasío en la belleza de tu espalda,
tu pelo -corrientes que silban-
se bifurcan en la curva de tus hombros.

Tus hombros son dos mundos en el cielo y
cuando cruzas tus manos como pájaros en vuelo
me olvido de mis ausencias,
y entiendo que eres un renacimiento.

Tejo mil aventuras cuando recorro el surco de tu espalda.
Lo lleno con agua,
navego, escalo y
le siembro flores con aromas lejanos.

Oh señora han pasado mil años
y sueño que vivo en las colinas de su espalda.

Déjeme ahí para ponerle sus ojos a la luna,
para ser un eterno caminante,
y sembrarle estrellas subterráneas.