Sonidos

Aquella tarde noche la cortina de la ventana ondulaba por la brisa, y tu pelo suelto bamboleaba al unísono con tus caderas. Dentro de tus ojos miré los barcos. Por un instante el splash de nuestros cuerpos parecía coincidir con los murmullos del agua. Te decía entre silencios que en mis años sólo estabas tú. Desperté sin ti, te busqué, mas nadie dijo nada. En la lejanía las olas seguían martilleando el risco.mujer-joven-mirando-hacia-fuera-al-mar-6078515

El papayo

CIMG_0797Salió como lo hace un hongo en los días de humedad. Nadie se dio cuenta de su nacimiento. Después, a base de empujones, logró hacerse notar, sin embargo, la penuria de sol, la tierra seca y la competencia criminal lo destinaron a ser enano. El tallo con jorobas doblado a la izquierda, luego, a la derecha por su constante búsqueda del astro. Se quedó sin hojas, pero nunca renunció a trascender. En un parto prolongado, libró los obstáculos y cuajó una papaya petisa, pálida y desnutrida. Con respeto acaricié el fruto y lo abrí y supe que tenía una carne maltratada y sin sabor. Dentro, casi escondidas entre sus pliegues, había cinco semillas oscuras y redondas donde, seguramente, se había escrito su fortaleza y la promesa de mejores tiempos.

Venganza

mujeres—¡No me toque!
La voz suave y delicada dio paso a una enérgica y dura. Julián no esperaba esa reacción de Amalia. Ayer habían caminado por la arboleda tomados de la mano y por la tarde disfrutaron de café con galletas que había horneado su madre. La mirada sonriente de ella se había transformado en punta de lanza, y la boca de él era una mueca por la fuerza con la que apretaba las mandíbulas.

—¿Acaso cree que no me iba a dar cuenta? ¿Qué me embaucaría como seguramente lo ha hecho con otras? ¿Acaso piensa que porque vive lejos de esta ciudad no hay gente que lo conoce? Es cierto que han pasado dos meses que lo trato y que cada vez que le pregunto por su familia me evade. Tarde, pero abrí los ojos. Antes de que lo corra, déjeme decirle que vino a esta casa para vengarse de mi madre. Prometería desposarme y, seguramente, el día de la boda, me dejaría plantada ante el juez. Mi madre no tiene la culpa, la culpa es de mi padre. ¡Ande, aquí tiene una pala, desentiérrelo y exhíbalo en el pueblo! Bastante dolor ha sentido mi madre al saber que mi padre tuvo una primera esposa, y que usted es hijo de su primer matrimonio. ¡Ahora lárguese!

intertextualidad, afliccion de electra, O neil

Ausencia

palomassMe quedé indefenso, turbado, al ver la sonrisa de collar que rompía el día; no me contuve y le grité—espera— Fue una voz astillada de silencio y ella se perdió entre las voces adosadas del viejo muro y el aleteo de las palomas que bullían en el campanario.

El gober

Inserté el anuncio en la sección de «Empleos» donde solicitaba un licenciado en Ciencias Sociales con carácter y capacidad para resolver problemas. Pasé días entrevistando gente en una oficina que no es la mía y que estaba alejada del centro urbano.

Cuando lo tuve en frente, vi que era el hombre que buscaba: frente amplia, cejas robustas, de mediana edad, ojos grandes que despertaban simpatía y un movimiento rápido que reconozco sólo en las personas observadoras. Era alto, recio y con la piel aceitunada seguramente por frecuentes caminatas bajo el sol. Discutimos el sueldo, y acepté su propuesta. Le pagaría de acuerdo a los resultados.

La zona indígena de la región de la montaña andaba alborotada. Él tendría que llevar en una mano el pan y en la otra el fuete. Tenía libertad para decidir. Si una situación escapaba y había difuntos, yo tendría a quien echarle las culpa. ¡Joder! En la actualidad los “ “chivos expiatorios” le salen caros al gobierno.

A quienes sigo y aplaudo y a mis seguidores

Desde hace como quince días deje de recibir en mi correo sus textos, como soy torpe con la informática no sabía como resolver el problema. Una luz se filtró en mi entendimiento y supe por el mismo google que era posible que un extraño haya metido mano en mi correo y haya mandado a spam todos mis contactos. Casi resuelvo, pero me será complicado leerme todo lo que se ha generado en quince días o más.

Ya me he subido al ring del quirófano en varias ocasiones y he salido bien librado, en los próximos por venir, tendré que volver, todo por la rebeldía de una vertebra lumbar que se ha salido del orden establecido y me ha estrechado el canal medular. «puede quedarse así, si lo desea, pero le recuerdo que nunca he visto una columna vertebral que al pasar los años se rejuvenezca» Ante tales sustentos, no me queda mas que decir… «Bien, para cuando, nos comemos el pollito» Recordé a mi madre, cuando nos llevaba  de visita y  estando en casa extraña, hacíamos ruido o corríamos y discretamente me decía «cuando lleguemos a casa nos comeremos un pollito» En mi inocencia, le recordaba «mamá a que horas nos comemos el pollito»

Espero su benevolencia y aunque con irregularidad pero estaré dándome el placer de leerlos.

Abrazos de Sendero.

 

 

 

Shou

tabledance1708513jpg Camino por las enredaderas de tu pelo,
 los entretejes de tu pensamiento
y me acercó a las fuentes de tu deseo.

Te despierto con una caricia,
y  tomo el mejor asiento en algún recodo de tu mente
y a media noche: aplaudo a rabiar el tabledance de tu libido.

La encrucijada

fogataHace frío y la neblina como si tuviese brazos, va y viene enredándose en la cintura de los árboles. Otras veces parece gato y acecha entre los matorrales.

Estas tierras antes fueron selvas, ahora son pastizales en las cuales, en horas de sopor, el ganado se refugia bajo la sombra de los ramones. Hoy llueve menudo.

Van y vienen los caminos, pero hay encrucijadas donde acampa la gente alrededor de la fogata que cruje para que la olla derrame el aroma del café. Unos se dirigen hacia arriba porque la abuela agoniza, otros regresan a la ciudad buscando sustento.

Nada diferente, por estos días, la niebla de la montaña baja por las encrucijadas y la gente sorbe el café para tomar fuerza y seguir hacia arriba o hacia abajo, según se padezca.

La cocina de mamá

cocina-rural-mexicana-vieja-20931899La s gotas frías caen perseverantes sobre la hoja de plátano y el ruido tamborilea en mis oídos.
—Esta silla es mía.
— ¿Quién te la va a quitar, tú?
— ¡Mis hermanos, mamá, mis hermanos!
—Deja de hacerte el chistoso, pues bien sabes que no tienes hermanos
— Bueno, por si las dudas.
Mamá se arrima al fogón, sopla con fuerza para que la lumbre baile alrededor de la sartén y escucho el chirriar del aceite. Al poco rato me llega un rico olor a plátanos fritos y ese aroma que no se ve y que despierta ansias. A mí me lo dan con leche porque los chiquitos no deben tomarlo solo. Me froto las manos para quitarme el frío y mamá me dice cuando sorbo: “Te vas a quemar”. Si supiera mi mamá que cuando ella se descuida me lo tomo bien caliente y negro.
En la cocina de mamá se está re bien; hay plátanos, galletas y café. Ella a cada rato me acaricia y me pregunta — ¿No quieres más?
Afuera, el agua se envuelve con el frío y la hoja de plátano al caerle la gotera parece que tirita…

Eres

Paisaje-sideral-901331Estás llena de asombro: osos que parecen de hielo y retoños de bambú que cubren gacelas. Percibo la vida cuando tus pies  encienden mi espalda. Me gustas en tu grito y callo. ¡Me gustas como la tierra! Tienes agua termal en tu vientre, rosetas en tus volcanes, y viento cuando el maíz se entrega. Me gusta que circules abrazada a mí como gigantesco anillo, y canto enloquecido uniendo mi grito al escándalo de los tordos. Grito sideral que corre tras las cometas, diciéndote que estás en mí, como yo estoy en la tierra.

El camión de la media noche

cabaLa lluvia menuda y fría moja la oscuridad y los pastizales. En la peligrosa curva se oye el pujido asmático del último camión de pasajeros que conduce a la ciudad. El grito de los pájaros anuncia su inminente llegada. Si deseo abordarlo, es preciso salir corriendo de la cabaña hacía la carretera.

Mi mano arqueada se abastece de la curva de su seno. Ella reposa su cabeza en mi brazo. El estremecimiento ha dado paso a la languidez. Mañana muy temprano saldré sin despertarla.

Ajedrez

ajedrez

La sábana color madera se tiende lisa. La luz traspasa los vidrios de la ventana proyectando un tablero sobre la cama. Ella, una reina blanca; él, un alfil ébano. Aún estremecidos, evocan la reciente batalla.

 

Tu nombre

prehistoriaLo deletreo en el agua, lo escucho en la corteza de los árboles y la bóveda de mi oído lo escribe y reescribe en sus paredes. Hace millones de años besé tu boca de reptil y fuimos uno en el nido de los hongos. Beso helecho que cae desde la montaña, beso viejo de tiempos, beso anfibio que respiro en mis lagunas y me lo repite el toc toc del pájaro carpintero.

Páramo

IMG_0944Llegaste humedeciendo mi páramo cuando la hierba asoleada no esperaba la lluvia. Salieron de los nidos los batracios, las blancas mariposas y el olor profundo de la tierra mojada. Te fuiste, y dentro quedó un vientecillo renuente. Aire fresco que no conoce el tiempo y que en el claroscuro de la tarde aparece silbando.

El regreso

sierraSalieron antes de la medianoche.

¡Aguanta! Ya verás que llegando con el médico te compondrás —le dice suplicante al hijo, en medio del silencio.

La aldea de Portilla está en la cresta de la montaña, y el camino se vuelve complicado para las bestias. Con nitidez, se oye cómo el fierro de la herradura golpea y se desliza por el limo que cubre parte de las lajas. El cielo negro, el ruido de la cascada y el viento helado saben del esfuerzo que tienen que hacer para no romper en sollozos. Sostiene, con lo terso de sus manos, la cabeza de su hijo; y con su pecho y vientre forma un nido, para que encaje el pequeño cuerpo de Moisés. Tiene cuatro años, conoce la estatura del maíz, el dulce de sus granos, el siseo de la víbora y la cereza del café que corta cuando el fruto colorea; ahora, sus ojos son estrellas lejanas cubiertas por un párpado sin resorte.

San Juan conoce el camino y guía con precaución a la bestia, pues recuerda lo que dijo su compadre:

Es una yegua mansa, pero a veces pajarea y se espanta. El golpe de los cascos sobre la roca se vuelve estridente cuando la bestia patina, y tiene que gritarle.

¡Oh, Oh, Oh, bestia, bestia! —para que se calme y vuelva a su paso. No mira, sólo atiende al camino. Y de golpe se le viene al pensamiento que su mujer no le dio más hijos y siente que en el pecho se están amasando bolas que le impiden hablar. Al cruzar el riachuelo, una estrella se mira en el cielo y la madre se persigna.

¡Gracias a Dios ya casi llegamos! —Exclama, mientras besa la nuca de su hijo, que revienta en fiebre –– Vas a ver que te vas a componer ––le dice al oído, y luego––:

-¡Apúrate, Celedonio, apúrate, que siento que el niño se desguanza!

Alumbrado por unos candiles y unas lámparas, el niño es puesto en un catre. La aguja busca encontrar la superficie de una vena, pero ésta se esconde en una piel que se arruga de seca. ¡Por fin, la encuentra! Un hilillo de sangre se diluye en el agua, señal de que se está dentro de la vena. Es crucial meter en el pivote de la aguja el conducto por donde bajará el suero. Con violencia, el niño intenta sentarse; el padre y la madre le detienen, mientras el médico se apronta para fijar la aguja. Después, se afloja, tan rápido, que se vuelve nada.

¡Mi hijo! —Grita la madre.

El médico alumbra y la boca está llena de restos de alimento. Le voltea la cara, mete sus manos en la garganta y extrae los pedazos. La boca de él cubre la boca del niño dándole aire. Le golpea el corazón y sus manos muellean con angustia el tórax. Los instantes caen como la rosa que el viento deshoja. La madre estalla en gritos y le habla en balbuceos, entrecorta las palabras, gime y sus lágrimas caen como un rosario que se rompe, pero el hijo, no despierta.

Regresan hacia Portilla. El viento frío trajo la lluvia. El caballo resbala, y en el “¡Oh!, ¡Oh!, ¡Oh!, ¡bestia!”, San Juan se muerde el labio y llora.