Cobija rala
Frio. Frio intenso y profundo que se regodea y levanta el cuello como el gallo sobre el tejado. Lo miro pasmado y la visión se humedece
SITUACIÓN ACTUAL
Tengo un menú de cirugías; Pensé que sería la última la de columna lumbar, pero la vida se escribe día a día. La evolución ha sido insatisfactoria. La pierna derecha se queja de dolor profundo, intenso, cuando apoyo mi cuerpo sobre ella, o bien cuando inició la marcha y me hace trastabillar. Tengo que dormir en determinada posición para no despertar el animal que llevo dentro y no gritar por dolor. (posición fetal y del lado izquierdo es como mejor me siento ), para caminar me apoyo con una andadera .Sentarme para comer puedo hacerlo con maña. El reposet me acoge mejor y me permite distraerme con la televisión.Tomo la pc portatil para comunicarme breve con ustedes amigos reales y virtuales. En días veré a otro especialista. Lamento no tener la misma actividad y no poder darles las gracias por acompañarme cuando publico algún texto.
Abrazos con afecto a mis amigos que me leen en mi blog y en fb y en la pagina azul, los cuentos.net Ficticia.com
Sendero – Rubén García García
Serie Evadne

Cerca. Tan cerca que sí respiro, escuches la luciérnaga de tu sueño.
Tenerte sin que te sobresaltes y traspasar con alfileres a la mariposa negra que ronda tus sueños; o tan lejos, que el oído de tu pensamiento escuche cuando te nombro.
La esperanza
Llegan mujeres de otras vidas.
Mujeres que pasan a mi lado
doblando orillas de hombre.
zurciendo la esperanza.
Tú no llegabas.
En mis sueños veía
que la inquietud te despertaba
y en el cielo de tus ojos
las nubes aceradas
transitaban en sospechosa calma.
Despertaba con un tal vez,
y en la boca un resabio de la oscuridad de tu trenza.
Estoy en esta esquina
viendo pasar a las mujeres,
que van hilando su camino;
y no te veo.
Quizá nada es cierto.
sólo fantasmas.
Mas… sigo esperando a que llegues.
La tocata

La ciudad es un hormiguero de alientos que se aleja y vuelve. El mismo rostro con diferente gesto. Las calles son cordones de vehículos que se mueven a pausas, temblorosos, enganchados por el claxon, la prisa y la ansiedad.
Hay un cielo con grises en desparpajo que presumen agua. El viento que llega tiene olor a metal, cuero y ácido; viene en ráfagas, mueve tendederos, antenas y anuncios espectaculares. Los pájaros nómadas toman un descanso, huyen del frío, del ruido y el smog.
Estoy guarecido bajo una cornisa y miro a la gente que corre. Algunos cubren sus testas con los periódicos del día, otros se tapan con un viejo suéter, estremeciéndose. A mi lado, en una tienda de ropa, le están colocando un vestido azul y una peluca rojiza a un maniquí; tiene los brazos abiertos y extendidos hacia adelante. En ese momento tu imagen aletea en mis ojos y me prende en el recuerdo.
Un carro ronronea cerca, toca el claxon con insistencia. Me haces señas para que aborde; y tu mano, al girar, va de un do hasta un fa. Con la ceja saludo al viejo auto que a diario se rompe el espinazo por ti. Tenemos el deseo de besarnos en la mejilla, pero la luz del semáforo cambia a verde y la arrancada es violenta.
Me acerco con la rutina que aprendí hace tiempo; tomas mi mano y la aprietas, como preguntando: ¿por qué no me has hablado? En un tris, haces un cambio en la palanca de velocidades y tu mano, que me sujetaba, se desplaza al volante.
Hablas y hablas, y simulo una atención que estoy lejos de tener, mis gruñidos y monosílabos son evidencia de que deseo continuar en silencio. Tú sigues la plática como si entre nosotros nada hubiese ocurrido. Muestras tu imagen de anteayer, y no la de hoy. No quiero escucharte decir que la mañana es fría, que llueve a cantaros, que la polución, el tráfico. Maneja, sólo maneja, no deseo platicar contigo. Así que, ¡sólo maneja! Me miras sorprendida, pues antes no te hubiera hablado de ese modo; de haberte permitido continuar, tendría el fastidio de tu discurso como esferitas tintineándome el alma, pero todo cambia.
Las calles encharcadas detienen el tránsito; el vehículo se asfixia, estornuda cada vez que el rojo lo obliga a suspender la marcha. La avenida es larga y el semáforo se reproduce en cada esquina.
Aquella mañana, cuando por primera vez nos encontramos, ya te conocía porque todos me hablaban de ti, de tu sonrisa, la charla, tu cercanía con la música; y también sabía del carro, que era viejito, pero… ¡qué cómodo! Jamás se quedaba, era un burrito de trabajo, sobre todo, para una mujer. Imagino en qué problemas te verías, si el carruaje se detuviera en cada esquina, ¡y con el tráfico de México! ¡Qué carácter bonito, nunca enojada!, y cómo cambiabas cuando tus manos iban y venían por el teclado del piano. Recuerdo que cuando te sentaste, los cabellos se tendieron en la superficie de la mesa. Olías a mañana de pueblo, que en la noche se lava por la sorpresa de un chubasco. Tus ojos negros, vivos, zigzagueantes, difíciles de atrapar, te otorgaban la belleza de un pez en movimiento.
El café llenaba de olor la estancia y mientras platicábamos, aspiré tu presencia. Te imaginé dentro de mí. Fue una delicia verte a mis anchas y enjuagarme con tu aroma a manzanilla. Te inventaba recovecos para dejarte en mis entrañas, pero no fue posible, y escapaste.
Me habías conocido con la barba de varias noches y ojos adormilados. ¿Abrirlos? ¡Para qué! Era ver lo mismo: los monitos de porcelana en actitud de darse un beso con una patita levantada, el reloj con el gorila que al aplaudir daba las horas.
Así llegaste a mi vida. Simplemente te entregué el ropero, el cajón de olores, las palabras rotas, mi insomnio, y esa tristeza adosada por años a mi equipaje. Mi piel fue cambiando de textura, el color viejo se hizo más vivo, y se limpió de resabios. Poco a poco pude sentir que dentro de mí había un germen que respiraba.
— Luces mejor que cuando te conocí –me decías – antes estabas indefenso, cercano a la lejanía, escondido. Hoy eres diferente y tus manos, si llega el viento, parecen dos rehiletes.
Era increíble, ¡me tomabas en cuenta!
Tal vez te acercaste por un sentimiento mórbido, pero me suavizaste la piel con tus caricias y mis ojos eran dos girasoles cuando tu mejilla descansaba sobre mi pelo. El tiempo se volvía un instante y el alma se vitalizaba.
Me quitaste las ropas sucias y la barba de tantas noches. Estabas en mí sin estarlo, y mi corazón presuroso brincaba queriendo salirse del jarrón. Contemplarte era descubrir el mundo, tener un sol dentro de mí, un asombro. Observar tu carro doblando la esquina, me incitaba a seguirlo, a gritarle al semáforo que se quedara en rojo, pero fui dejando de ser, hasta que ya no pude ser sin ti. ¡Qué difícil explicármelo! Era como sumergirme en un río sin saber nadar, bracear sin ton ni son, hasta el desmayo, percibir que en el fondo resbalaban los musgos por la calvicie de mis rodillas y el agua llegándome al alma a través de las corrientes celulares. Luego, cuando al fin alcanzaba la orilla, volvía la soledad; cabizbajo, solía regañarme por no haber interpretado correctamente tus señales.
Hoy, a tu lado, soy consciente de que yo era un papel que con cualquier remolino daría vueltas y vueltas y seguiría girando, aunque el torbellino no estuviera.
Conduces rápido y tomas Insurgentes mientras los charcos se acuestan en las esquinas. De la tercera velocidad pasas violentamente a la segunda, sacando una cortina líquida que moja a quienes esperan el urbano. Me miras y te encoges de hombros.
—Como quiera ya estaban empapados, además, llegarán a sus casas a bañarse. No te he dicho, mis manos cada día son más hábiles, ya puedo tocar la tocata en fuga. Sabes de quién es, ¿verdad? –preguntas.
—Déjame en la esquina, por favor.
— ¡Oye, te vas a mojar! Si lo deseas te dejo en el metro. ¿Quieres?
—No, gracias.
El agua fría se escurre por mi cuello, no hago nada para evitar que siga por la espalda. A lo lejos, un muñeco de luz toma la guitarra y saca chispas que se pierden en la oscuridad de la noche. A mi lado, un trolebús mueve pesadamente su carga. Es la gente que busca su cueva
Atrapada
Esteban siempre sonríe, me busca con su mirada y cuando creo haberlo perdido, me asalta con su porfía, pero se retira al percibir mi indiferencia. ¡En cambio tú…! En el bar, la penumbra es cómplice. Soy yo la que te besa, la que ausculta tus latidos con mi boca. ¡Estoy atrapada en ti! ¿Por qué no fuiste como Esteban?
La urgencia

En un hospital, las tres de la mañana es el momento en que la tensión da un respiro a los trabajadores. No sucede siempre, pero sucede.
Con un trapeador el intendente relame los mosaicos de vinilo y en el área de atención de partos los internos de pregrado, enfermeras y auxiliares están de pie.
De pie, es un decir; lo más exacto sería definir que con un ojo dormitan y con el otro descansan.
Sólo es un instante. Es como si la máquina se parara y diera lugar a un profundo silencio.
Todos intentan aprovecharlo. Un relax, un pestañeo o un mini-sueño, pueden ser renovadores y dar el impulso para las siguientes horas, que suelen ser las más intensas.
Si acaso se oye una radio que da la hora, es el programa del «ojo pelón». Los que toman las decisiones críticas, duermen; se despiertan sólo si es necesario.
En el piso –así llamamos al sector de hospitalización– las mujeres esperan con angustia el momento del parto. No hay nadie a su lado; sólo ellas y sus hijos por nacer. Presienten un mundo vacío, sin asideros.
Las enfermeras –algunas, ángeles; otras, no tanto– aunque quieran acompañarlas tienen tanto trabajo, que les responden con palabras indiferentes, toman los signos, dan las pastillas y se van. Son almas en blanco que ejecutan su rutina.
El puente entre la paciente y la institución son los internos, que revisan a las señoras y las derivan al servicio de atención del parto cuando tienen cuatro centímetros de dilatación.
Algunas mujeres deciden no esperar, y el parto es atendido en la cama. Este hecho es conocido como “Camacho”. Por lo tanto, el prestigio de un médico interno de pregrado es no tener “Camachos”.
En el momento exacto –a esa hora crucial– preparamos a nuestro jefe de internos, Durazo. Alto, blanco, tenía un abdomen protuberante que prometía el radio de un embarazo gemelar.
A las tres de la mañana lo caracterizamos para su presentación en la unidad toco-quirúrgica: un turbante para resguardar el cabello, la bata, vendas en las piernas que le ocultaban los pelos, y botas de algodón cubriendo sus pies; una sábana húmeda con restos de yodo para que simulara sangre y un suero –ese sí– clavado en la vena.
Dos de nosotros guiamos la camilla con la mayor rapidez posible a la sala de partos; trabajo que, normalmente, hacían los enfermeros.
El jefe –en el silencio del hospital– daba alaridos tan desgarradores, que más bien parecía una puerca a punto de sacrificio.
–¡Camacho! ¡Camacho! –anunciaba con énfasis nuestro equipo.
El escándalo despertó a todo el mundo.
Los auxiliares y enfermeras se movieron rápido, preparando todo para la atención del parto. Los internos de pediatría llegaron a la sala para recibir al nuevo ser, y los encargados de obstetricia se vistieron con prontitud.
Pasamos “la parturienta” a la mesa, y las enfermeras alzaron
sus extremidades, para que las apoyara en las pierneras en posición ginecológica.
Nosotros, mientras tanto, dándole consuelo.
–Ya, señora; todo va a salir bien –y, por dentro, muriéndonos de risa.
El interno encargado de atender el parto retiró la sábana para hacerle el tacto.
–¡Esta mujer tiene huevos y no está rasurada! –exclamó encabronado.
No contuvimos la carcajada, y ellos tampoco.
El jefe Durazo escapó de un salto; todavía tuvo el humor para caminar como patito y, sujetándose el vientre, se perdió entre los pasillos del hospital.
Faltaba poco para las cuatro de la mañana, y casi una hora para las urgencias de las cinco.
Doña Abigaíl
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—¡Pásale hijo, pásale!, que ya te vi. La mirada se le puso ausente y siguió contándome. Fui una mujer de trabajo, acostumbrada a levantar al sol. Entre la penumbra recogía la basura del patio, buscaba leña para cocer los frijoles y como a eso de las diez de la mañana, con el sudor pegado al cuerpo, venía a tomarme el café con un pedazo de pan; y a seguir, que el trabajo de la casa nunca se termina. Yo le decía a José que esa muchacha me daba mala espina. La veía muy delgada, tan fina de cara, con esos ojos que languidecían la mirada hasta perderla. La verdad, no sabía con quién hablaba, si con ella, o con la ausencia. En aquella ocasión entré a su recámara porque ella no había salido y creí que estaba enferma. La encontré en un rincón con los ojos vacíos, distante. Movía los labios como si estuviera en un rezo o probando el sabor de una comida. Allí, todo olía a humedad, con ropa sucia desperdigada sin ton ni son; polvo apelmazado en la superficie de los muebles y la cama que parecía tener años de no haberse tendido. Le dije enojada. En las noches oía sus pasos; tenía dificultades para dormir y llenaba el silencio de murmullos. |
Vives en dos mundos
Vives en dos mundos.
Así, tus hombros y tus pechos son girasoles de un tallo.
En el día eres cautiva de las horas cotidianas;
en la noche, vienes conmigo.
Qué importa que no alumbre el sol en tu ausencia
si tu eco me lleva a tu aroma de luna agridulce.
Despierto cuando beso tus caderas.
En otro sol descubro el diapasón de tus ojos,
y de tu piel germinal nacen sirenas.
No estés triste.
Recuerda que vives en dos mundos.
Soy el de la noche que resbala por tus pestañas
y fecunda los peces de tu vientre;
empujado por el viento milenario que nos arropa.
Días periféricos
Hay días que pasan,
y, sin que lo imagines, te vuelven a sacudir.
Son días periféricos
que acechan en el camino.
Me desconcierto,
y turbado trato de pasar con indiferencia,
es tarde, y me asaltan,
La mata de tu cabello
desfallecía bajo la nuca,
y tu frente rubeliforme
esparcía teas en la cama.
Mis labios te mordían.
y cuando el sudor nos convertía en peces,
abrevaba el furor de tu pozo.
Éramos,
gacela y felino,
felina y gacelo.
El día se ha ido.
Sólo está el almizcle
de tus manos
cuando recorrieron mi nuca
y el cinturón de la espalda.
A tientas,
los besos
son pasos que se alejan
dejando los hilachos del adiós.
Despedida
Voy a cien kilómetros por hora
y las espigas de la hierba
parecen manos que se mueven de un lado a otro.
¡Golpeo el volante!
Y me pregunto:
¿son adioses
o es el viento que pasa?
Nuestro beso
parecía un río sin agua,
y el abrazo, un árbol desnudo.
La gata, el Negro y Beto
La gata nos la obsequió una vecina. Poco después, mi perra paría y de su camada se quedó un perro que llamamos el Negro, crecieron juntos, muy cerca de los gritos de un loro gigante de cabeza azul que llegó de las selvas del sur. Sabía chiflar e imitaba a gallinas, gansos y puercos. Beto, el cotorro, se enamoró de mi esposa y no se le podía acercar nadie porque abría su plumaje de sol y verde mientras volaba con un grito feroz. La gata y el Negro sabían de su mal carácter, y daba gusto mirarlos comer en el mismo plato bajo la sombra del limón.
Mirando a Cox
Pareciera que el pueblo es otro. Nos invade la modernidad. Tenemos ahora una carretera asfáltica que comunica a otros municipios cercanos y también a la gran ciudad. Estos ingenieros o pendejos de obras les valió madre la piedra de siglos y la arrancaron para poner una capa gris que en breve estará llena de hoyos. A la piedra de la cantera se le resbalaron los siglos y estaba tan lozana como si la hubiesen puesto ayer las manos abuelas. Las casas, que eran de techos de teja, están cambiando a losas de cemento. Los aromas que revoloteaban por la mañana o tarde cada día, los siento lejanos. Caminaba por la calle principal y se venía el olor a pan, a café recién tostado y el revuelo que hacía el aroma de la vainilla cuando era el tiempo en que se asoleaba en los patios. Hoy, los olores son a diesel quemado y, en vez de escuchar el griterío de los cotorros, se oye el ruido de los motores acelerados en la terminal de autobuses que pusieron a un lado del parque.
No estoy tan viejo, estoy llegando a mis cincuenta años, pero al sentir lo que el pueblo ha cambiado, me acomodé a la política para dar a conocer mis ideas. No estoy fuera de tiempo, estoy de acuerdo que nos comuniquemos, que haya red eléctrica e internet. Antes el agua llegaba a las casas porque las señoras iban al pozo o bien se acarreaba en burros, hoy sólo das vuelta a una manija. Lo que me patea es que jodan la armonía. Ese enlace que no se ve, pero que une en un todo a las partes. Un pendejo dice que es mejor el cemento que la piedra, un presidente autoriza que las tejas se sustituyan por una losa plana, y un tarado les da permiso a los transportistas para que lleguen al corazón del pueblo y empiecen a lastimar lo que ha durado siglos.
Los días de plaza es una locura. Cada quien trae una bocina de alta potencia y se pone a gritar. Tenemos ruido, smog y contaminación visual. Por supuesto que hay otros problemas que hay que discutirlos. ¿A dónde va la basura? Lo sabe, sé que lo sabe, pues a un tiradero a cielo abierto. Antes, el pueblo se mantenía de la vainilla, el café, la pimienta, la ganadería; y cuando no había para comprar, jalaba uno al monte y conseguía carne de conejo, armadillo, frutas silvestres y no faltaba el compadre que le prestara una fanega de maíz. Los arroyos tenían camarones o acamayas y peces. Esto ya es pasado, ahora todo tiene dueño; y si entras a una propiedad, corres el riesgo de que te avienten a tiros. Tuvimos un buen ciudadano que nos hizo ver que las cosas para la indiada se iban a poner de la patada.
Celedonio ya no está. Se fue a otros silencios. Nos dejó el quehacer de seguir tallando y tallando para hacer camino y seguir.
– Si se tiene que hacer huecos para enterrar la tubería o el drenaje hagámoslo, pero dejemos igual de ordenada la piedra. Que los autobuses ubiquen su terminal fuera del centro para que no destruyan con su peso lo que fue construido para carretas. Respetemos los árboles centenarios que embellecen el pueblo pues han sido testigos del quehacer de nuestra historia. Cuidemos a nuestros niños dándoles desde que nacen una buena nutrición, ellos serán vértebra.
Así nos platicaba nuestro amigo que sólo término su instrucción primaria.
-Voy a hacer mi casa en cuatro meses – decía – y zas, la hizo.
– Traeré el agua desde el manantial.
Un año después ya no teníamos que ir camino a la montaña, llegaba el agua a una pileta. Fue un hombre de palabra.
El grupo me eligió para continuar esta tarea que será de años. Fui tomado en cuenta para el ejercicio de la nueva comuna. Es un puesto menor, pero al menos tenemos voz y voto. Me comunicaron que me haría cargo de ordenar los archivos que yacen en cartones, cajas de madera, y los recientes en modernos archiveros de metal. Este pueblo tiene más de trescientos años. A los movimientos sociales les gusta la lumbre, y casi la totalidad de los documentos se han hecho ceniza. En esa tarea estaba cuando me encontré un folder en una vieja caja de cartón que decía: “Gestión de salud del médico en servicio social de 1972”. Lo limpié del polvo. En muchas de las hojas, la tinta se había corrido y al hojearlo salía esa capa de humedad y vejez. “Cox es un pueblo de más de trescientos años de edad que medio entiende el español y que se cura con hierbas y a la buena de dios…” En esa fecha tendría como diez años. Interrumpí la lectura, me quedé perdido y pude verme montado en el burro. También pude vislumbrarlo a él, el médico, sudoroso. Minutos antes había aterrizado la avioneta, y él venía en ella.
Recordé que había sido su mandadero. Me llamo Moisés, pero el médico me decía Moi. Recordé cuando llegó. Estuvo más de un año y se me vino a la cabeza las pláticas que tuvieron Celedonio y él. Pues él y Cele, como él le decía, lograron una buena amistad. Me pude ver en la memoria.
Teníamos años sin matasanos. Lo vi subir sudoroso y jadeaba como si le apretaran el pescuezo. Pensé que era otro maestro. El tipo chaparrón y relleno se detenía cada cuadra, una para descansar; en otras se le iba la mirada o levantaba la cabeza como si tomara tragos de olor porque las señoras tostaban el café a todas horas. Luego, se perdió en la subida que da hacia el parque y es que a un lado se encentraban las oficinas del municipio.
Ángel, el topil, era el encargado de llevar y traer recados de los que trabajan en la presidencia, contó que el fuereño era médico y que había platicado con el presidente, y le firmó los papeles para que los llevase a la capital del estado. Antes de retirarse, le preguntó si en el pueblo había dentista, y Ángel con una mueca en la boca le preguntó que si también sacaba muelas.
– Para nada – le dijo.
– Hay un sacamuelas que viene de vez en cuando, recorre los pueblos de la sierra; y según sé, algunos se atienden con él, le informó Ángel.
Vivía y aún vivo a cien metros de la entrada principal del pueblo. Por las tardes, después de que llegaba de la escuela, vendía agua del manantial. Jeremías, mi burro, se aparcaba a un lado de la fuente. Yo, con una manguera, servía el agua hacia los tambores. Conocía bien mi comunidad que siempre estaba pendiente de lo que sucedía; y como a la gente le da por hablar, me enteraba de los chismes. Mi lugar preferido era la iglesia, no porque me gustara rezar mucho, sino que desde allí se veía el paisaje de la planada. Árboles gigantes de zapote, mangos, cedros, caobas y los maizales. También se mira el campo de futbol, pero en ese tiempo lo habían acondicionado para que bajara la avioneta que enlazaba a los pueblos con la ciudad grande.
– La iglesia es hermosa, la hicieron sin máquinas, con el sudor y la fe de los que ya no están – decía el cura Panchito. Tiene más de trescientos años.
El atrio tenía una plancha de cantera extensa; y en la ausencia del padre, llevaba mi cometa y la subía en instantes, pues el sitio por la tarde era nido de vientos. Me invadía la fascinación de ser cometa y ser vecino de las nubes, viendo de frente a las parvadas de pájaros que llegaban o se iban según fuese el tiempo, mirar el río y compararlo con una víbora de agua.
Ver el rio me hacía escuchar el agua y me conectaba con las mulas de los arrieros que llegaban desde otros pueblos a vendernos sus mercancías o con las señoras que temprano iban con sus maletas de ropa, y al mediodía regresaban con ella: blanca y oliendo a jabón. Ellas se llevaban a los críos para aprovechar el agua y darles una bañada. A mí me gustaba ir con mi mamá ya que era divertido chapolear y ver tanto animalito que se escondía debajo de las piedras: tortugas, peces, camarones, y en los charcos miles de gusarapos. Algunas veces pasaban los loros con su griterío, y el cielo se ponía de colores. En otras eran las mariposas que llegaban de no sé dónde y pasaban junto a nosotros tan cerca que nos mareaban de tanta pintura que traían. Las libélulas zumbaban, ¡qué manera de volar! Ese azul intenso que parecía cambiar a dorado, era increíble. Mi vista jugaba carreras con ellas y siempre me ganaban. Cuando crecí un poco más, mi madre me dio quehaceres.
– ¡Anda, cuida a tus hermanos!, me decía, ¡qué no se metan más allá de la piedra grande que se ahogan! Tú ya puedes cargar, así que te llevas la maleta chica.
El rio y el cielo me alocaban los pensamientos. La pandorga surcaba como zopilote, parecía estarse quieta, daba vueltas y cansada del mismo lugar, buscaba otro acomodo. En ocasiones me ponía de acuerdo con José, un amigo de la escuela, y jugábamos. Aplastábamos una corcholata de tal manera que quedase delgada y filosa y la ensartábamos en el hilo y éstas subían. Con esa arma jugamos vencidas, sabíamos que el que perdiese no recuperaría la pandorga. Cuando veíamos que el padre ya venía por el camino, bajábamos las pandorgas y desaparecíamos del atrio. Ahora José ya no es un niño y vive en una comunidad más grande y forma parte de una organización campesina.
Mi padre salía muy temprano de la casa, pero mamá, aunque no iba a ninguna parte, se levantaba antes, así se hubiese acostado más tarde. Mi papá se servía un café con pan y se llevaba un tente en píe porque su regreso era al anochecer. Sabía que era aserrador y que tenía fama de sacar la tabla más limpia de todos los aserradores, lo buscaban y decían que tenía unos ojos de regla. Un día, me dijo mi padre.
– Acabo de comprar un burro y unos tambores, aprenderás a montar y venderás agua a las personas que no quieran cargarla desde el manantial hasta su casa. El dinero servirá para ir pagando el asno y para comprarte zapatos. Todos debemos de ayudar en la casa.
En la mañana a la escuela, en la tarde a vender agua, y el tiempo de las pandorgas se fue y llegó el de las obligaciones.
El domingo es un día que parece fiesta. Llegan familiares de comunidades más pequeñas y nos juntamos hasta cuatro o cinco primos, incluyendo a dos primas que son latosas. Ellos venden lo que cosechan y compran lo que por allá no hay. Las tías se van temprano con sus maridos a vender calabazas frescas, la flor, frijol de vaina, maíz, hojas de maíz. Con la venta compran condimentos, hilos de colores, y si se pudiese hasta chanclas de hule de llanta para los hijos o bien algunos metros de manta.
En el mercado no falta qué comprar, hay de todo y para todos. Los arrieros que traen sus mercancías vienen de diferentes pueblos y traen para que todos los ojos se prenden. Mis primas siempre se agarran de la mano y van como dos cotorritas. A veces hablan en voz baja y se ríen, en otras se oyen carcajadas de cosas que se cuentan. De nuestra casa al mercado son como seis cuadras, pero si te vas por el atajo, te ahorras dos.
Las calles son empedradas, las puertas y ventanas labradas en madera de cedro, caoba o carboncillo, de paredes gruesas y tejados rojos. Los hombres caminan por delante, atrás las mujeres cargando sus bolsas y en la espalda el chilpayate. De blanco los hombres y las mujeres con blusas bordadas de colores. Ellas, mis primas cotorras, detienen las miradas en los muchachos más grandes y una de ellas, que es la más atrevida, deja sonrisas en cada momento. Primero ven los que les gusta, el problema es que les gusta todo: pulseras, collares, aretes, peinetas de colores y ligas con alguna florecita para sujetarse el pelo. Luego, piden zapatos, telas para estrenar un vestido y, aunque no lo dicen ni piden, ansían comprarse pintura para las cejas y los ojos. Las señoras ven y guardan silencio, saben de antemano que no hay suficiente dinero para comprarse una buena tela, un par de zapatos o bien unos aretes de oro. Se conforman con tener condimentos para cocinar, hilos de colores para los remiendos y veladoras para ofrendar a la virgen. A los hombres se les van los ojos con los arreos del caballo, aunque la mayor parte de ellos no tiene caballo, pero no dejan de admirar lo bien hechos que están. Donde más se detienen son en las botas y los sombreros; y no pierden la oportunidad de sentir en su cabeza la textura y la belleza, por lo que se miden los que más pueden y, si acaso, compran los de palma que son los más baratos. A mí me gustan las canicas, hay de dos tipos, unas que llamamos “Agüitas” que son transparentes y otras que nombramos “Tiritos” que es una combinación de opacidad y transparencia y que parece que tienen vida dentro. Hay juguetes de madera, baleros, trompos y Charpes con los que puedes lanzar piedras para, al menos, asustar a los pájaros que llegan a comerse el maíz tierno. Es un gran barullo los domingos en el centro del pueblo, parece una fiesta. Si levantas la nariz te llegan olores de pan recién horneado, de pailas donde la carne de puerco se fríe en su manteca. En otro lado, tuestan el café, en hilera ponen los tendidos de vainilla y aplaudes a las manos que tejen figuras de flores, pirámides, búhos. Los arrieros empiezan a empacar a eso de las cuatro de la tarde, otros más temprano porque seguramente irán más lejos. La mitad de las gentes se va después del mediodía, algunos llevan su comisaria, otros, que no son pocos, se quedan tirados sobre las banquetas, dormidos y babeados por que tomaron mucha caña.
Yo veo a mi pueblo bonito, es porqué aquí nací, pero otros, llegaron de fuera y se quedaron, así que algo bello debe de tener mi pueblo. El médico viene de fuera, de la gran ciudad y seguramente estudió en la misma capital de mi país. Para llegar a la gran ciudad tiene uno que irse muy temprano a caballo, cuatro horas después se llega a la carretera y uno espera hasta que llega un autobús. Tres horas después, con suerte, llegará. En la avioneta son veinte minutos.
Así que llegó el médico. Llegó a la casa de Doña Licha, Doña Licha es buena gente, sus hijas también, y es cliente mía pues a diario le llevo una carga de agua. Seguramente me lo encontraré un día de estos. Le llevo un año a mi hermano y quiere ir adonde voy. Salió mejor que yo para manejar al burro. Está flaco, correoso y tiene las piernas cortas, pero muy fuertes y puede aferrarse bien a la panza del burro, así que rápido aprendió a no ser tirado por la bestia, aunque ésta trote, vaya a paso, suba por calles empinadas. El burro nos aguantaba a los dos, pero cuando lo cargábamos de agua, íbamos a pie. Al finalizar el trabajo, le cortábamos zacate tierno, o le dábamos un cuartillo de maíz o lo llevamos al campo, y el animal escogía su pastura. Mientras lo hacía, se le subían algunos pajarillos y éste se dejaba.
El médico encontró posada con Doña Licha. Durante el día, el cuarto funcionaba como consultorio, y por la noche como dormitorio. La casa de ella se componía de una sala amplia, una cocina y tres dormitorios. Atrás había un patio con árboles frutales; y bajo un naranjo, en un tronco, un molino de mano; y a un lado, el mortero. Tenía dos hijas y un chaval como de cuatro años de edad. El esposo muy temprano se iba a su rancho y llegaba cuando caía la tarde. Doña Licha era mujer alta, delgada, muy trabajadora y siempre dispuesta a ayudar. Las muchachas siempre con una sonrisa diciéndome: “baja del burro y vente a tomarte una taza de café”. La gente de por aquí te invita a tomar café, en vez de agua, pero es que el café se toma como agua pues no está cargado, tiene canela y se endulza con panela. La mezcla quita la sed y vuelven las ganas de trabajar. Yo siempre tuve ganas de tomar café, así que no me decían dos veces y aceptaba. Ya dentro, si doña Licha estaba haciendo el almuerzo, me obsequiaba una o dos tortillas calientes, embarradas de chile y de frijol. Algunas veces me topé por instantes con el médico que consultaba en el cuarto que daba a la calle y que abría siempre para disponer de luz, o bien lo veía de espaldas, cuando el miraba por la ventana.
Corriendo llegué a la escuela, para mi sorpresa, vi a mis compañeros jugar en el patio.
-¿No ha llegado el maestro?
-Está con el médico, dentro del salón.
-¿Se puso enfermo?
-No. Estamos pasando a consulta de cinco en cinco. El maestro pesa y mide a los compañeros y después el médico revisa y apunta en su libreta.
-¿Entonces, ya no va a haber clase?
-Si va a haber, el médico es rápido, ya pasaron diez.
Cuando me revisaba, bromeó conmigo y me dijo que me estaban comiendo las lombrices y que me veía pálido, aunque comiera bien, había que sacarme los parásitos. A todos nos dio receta. A dos compañeros los citó con sus padres a su consultorio y no sé qué más le dijo al maestro.
En otoño, nuestro pueblo se llena de aves. Dice mi mamá que son patos y que llegan a los pantanos. Hay otras que gritan tanto que lastiman los oídos, son de color café oscuro. Mucha gente va para allá con el fin de cazar y comer carne de pato o de chachalaca y si no cazan nada, entonces, se traen unas varas que tienen un capuchón en la punta, las ponen al sol hasta que se secan y con la pelusa que sueltan se rellenan las almohadas.
Aquí en el pueblo no hay moscos, pero en las sabanas te siguen y si te dejas te quedas sin sangre. Bueno, no tanto, pero si te inyectan enfermedades como el paludismo, eso nos los dijo el médico. Aquí cuando empieza a hacer frío, hace frío porque no viene solo, sino que se acompaña de gotitas frías, puntiagudas y heladas, le decimos chipi-chipi. Fríos que se adelantan o bien se atrasan, pero que duran de ocho días en adelante. En esos días, el café con pan es una bendición, pues te calienta rico, días que también hay que trabajar pues las señoras necesitan de agua no tan sólo para bañarse, sino para cocinar y peor si tienen niños chiquitos. Dice mi papá que son tiempos de reumas y de tos, y que a los viejitos hay que cuidarlos porque la calaca tiene gusto por ellos.
Cuando llegué con Doña Licha para entregarle su agua. Escuché que decía.
-Dr. Ya llegó el niño del agua
-¿Entiendes bien el totonaco? Me dijo, viendo directo a mis ojos.
Le conteste moviendo la cabeza de arriba abajo.
-¿Quieres trabajar conmigo por las mañanas? Pues en las tardes vas a la escuela.
-Tengo que pedir permiso a mi papá. Le dije serio.
No cabía de gusto, sabía de antemano que me dirían que sí. En la casa no sobraba el dinero, y mi hermano ya estaba listo para tomar la rienda del burro y repartir el agua. Mi padre se puso contento ya que no dejaría la escuela, y mi labor era llegar por la mañana barrer y esperar órdenes del médico. Empezaría la próxima semana. Supe que le habían rentado la casa deshabitada, que se ubicaba muy cerca de mi casa. Mis primeras tareas consistieron en dejarla limpia y raspar las paredes y prepararla para que la pintura luciera mientras el carpintero y su ayudante revisaban y revisaban la madera recién traída
-Moisés, ¿sabes de alguna muchacha que quisiera trabajar conmigo? Yo le enseñaría a inyectar, a curar y a tomar la presión.
Repasé mentalmente a las casas donde iba a entregar el agua y encontré que en tres de ellas había una muchacha como la que necesitaba el Dr. Le dije que sí.
Sonia era una muchacha morena, delgada con un pelo oscuro que le llegaba a la cintura, vivía con su mamá, su hermana y sobrinos. Lo mejor de ella era su limpieza pues siempre la veía como si fuese a ir a una fiesta y sonriendo. Sonreía con sencillez y dejaba ver sus dientes blancos y ordenados. Le dije, y sin pensarlo mucho, me contestó que iría a hablar con él.
Después de diez días de trabajo y terminada la labor de carpintería. La casa se había transformado. Muchas veces tuve oportunidad de ayudarle al maestro Fili, quien fue el que diseñó el espacio que dividió en tres. El primero era el consultorio con un escritorio y un par de sillas. En medio quedó la sala de espera, y en un espacio más grande se colocaron seis catres que servirían para los enfermos graves. Atrás, del lado izquierdo, se habilitó un dormitorio para el médico. En el extremo derecho se hizo un techado de lámina. Había una estufa, una mesa y dos sillas, y aún quedaba un pequeño rectángulo que serviría de jardín.
Cuando el médico me ordenó que viniera a la casa a hacer la limpieza, las paredes olían a humedad, la pintura se levantaba en jirones, y el piso estaba lleno de guano. Una casa abandonada, paredes de ladrillo y techo de teja. Mi padre le consiguió la madera a buen precio, seca, color rojo, jaspeada. Don Fili y un ayudante fijaban la mirada por el canto de la tabla, la pusieron sobre el banco de trabajo y, poco a poco, entró el cepillo. A un lado quedaban los risos y el olor de la madera se dispersó en el ambiente. La tabla cepillada dejó ver el dibujo caprichoso que formaba corrientes, nudos, remolinos y rectángulos de colores. El olor viejo se fue disipando, y el ambiente comenzó a oler a cedro. Los carpinteros armaron el escritorio, las sillas y los catres. Fue entonces cuando comprendí que los carpinteros tienen las manos llenas de callos de paciencia y de creatividad. En poco tiempo la vivienda tenía vida. Quince días después el médico se instaló. Sonia era poco a poco instruida en cómo poner una inyección, tomar la temperatura, la presión. Por la tarde se retiraba a su casa y el doctor se quedaba solo. Por las noches iba con doña Licha y cenaba con la familia.
Antes de que se instalara el médico, poca gente caminaba por aquí. Ahora pasan más, algunos queriendo venderle algo, otros por curiosidad, y más de alguna muchacha he visto que fisgonea. A todos los vecinos los conozco. Enfrente vive doña Candi, es la esposa de un vaquero que trabaja con el ganadero más rico de la región. Ella tiene muchos hijos y el vaquero Blas no aporta lo suficiente para que coman, por lo que ella lava, plancha y ve cómo le hace para llevar alimento. Ya hizo amistad con el médico. De vez en cuando le trae un café, un atole o bien alguna gordita de masa con chile que él recibe de buen gusto. A dos cuadras está el taller de Don Gregorio, papá de Celedonio, Ramiro y Blas. El abuelo no trabaja, pero sí Ramiro quien se encarga de herrar los caballos. Celedonio es un buen tipo, sale muy temprano a trabajar con las brigadas del gobierno que combaten el mosco que transmite el paludismo. Tiene mucha amistad con mi papá, y mi mamá le dijo que viniera a ver el médico porque cada vez se le mira más pálido.
La calle donde está el consultorio es una media calle porque el arroyo la adelgaza tanto que en el tramo que sube queda un espacio que apenas pueden pasar un caballo o una mula cargada. Es un atajo para ir al centro del pueblo porque que al doblar, se sale a la calle principal donde está el negocio de Don Isidro, un señor solo, pues sus hijos se fueron y su esposa tiene años que murió. En su tienda vende jarros, cazuelas, comales y otras chucherías. Tiene un tapanco que le sirve para poner mercancía, pero también se observa un ataúd de pura tabla de cedro. Vi cuando enojado le decía a Ángel, el topil, que no le pediría nada al municipio ni a ninguno de sus amigos. Por eso había mandado hacer su féretro a la medida, pues aún a sus ochenta y tantos años mide uno setenta y ocho centímetros. En contra esquina está la panadería de don Jesús. Él es el culpable de que a las siete de la mañana que pasaba en mi primer viaje, los olores del pan llegaran a mi encuentro. Cuando le dejaba el agua, tomaba mi pan y el me los iba contando. Habíamos hecho el trato de que eran diez panes por un viaje de agua. Después se dio cuenta mi hermano, y el pan tuvo que dividirse.
El domingo fuimos a misa y al salir vimos a Doña Licha. Mi mamá y ella se conocen desde niñas. A mi madre le platicó lo que sucedió por la noche.
– El médico esperaba su cena. Con ambas manos rodeaba la taza que contenía café caliente. Había hecho huevo con chorizo y el comal estaba a punto para echar las tortillas cuando escuché que tocaban con insistencia a la puerta. Era una noche oscura, usted recordará, mucha neblina, agua afilada e insistente y mucho frío. No reconocí al muchacho en ese momento, pero hablaba atropelladamente en su dialecto, quería una consulta con el médico, y yo le preguntaba que dónde estaba el enfermo, y él me decía que en el cementerio. Sorprendida le dije que en el cementerio estaban los difuntos y no los enfermos. Ya más en calma, me dijo que su esposa la habían enterrado al medio día, pero uno de sus hermanos que vive en una comunidad cercana, llegó tarde y se fue a despedir de ella y le juró al cuñado que escuchó ruidos raros en la fosa, como si golpearan el ataúd. Ya en la casa, la mamá se preguntó en voz alta.
-¿Y… si estuviese viva?
Salieron corriendo hacía las oficinas del palacio municipal y en el camino se encontraron a Jesús Guerra que ocupa el cargo de seguridad. Éste, de inmediato, mandó a dos policías a investigar y que de una buena vez se llevaran el tubo de fierro y para que lo enterraran a un lado del ataúd, pensando que de esa manera le podría llegar algo de aire. Él le dijo al marido que viniera a buscar el Dr., para que diera testimonio si la difunta había resucitado.
– Quieren una consulta, le dije.
Abrí la ventana no se veía a dos metros de mis ojos, y el frío se hacía más frio fuera de la casa.
-¿A dónde hay que ir? Me preguntó.
Le contesté que no era lejos. Que era en el cementerio. Por poco se le atraganta el café.
-¿En el cementerio?, pregunto.
Le expliqué lo que me había contado su esposo y me sorprendió diciéndome que iría. Mi esposo que estaba pendiente, dijo.
-¡Yo lo acompañaré!
Se puso sus botas, se cubrió con un sarape y arriba del sarape se colocó la manga. Dos horas después regresó, dejó al médico a unos cuantos pasos de su nuevo consultorio. Era cerca de la media noche y Servando me encontró despierta y con un tazón de café.
-¡Cuéntame le dije!
Me quedé pensando en la difunta: ¡tan solita y con esta lluvia que hela!
Por fin vi a Celedonio llegar al consultorio cuando yo partía hacia la escuela. Al día siguiente, lo vi en la herradora. Seguramente lo convenció de que dejase el trabajo de fumigar con DDT. Ahora viene cada tercer día para ser inyectado por Sonia. Un día, escuché que le decía.
-Dr. Rubén, cuando no tenga quien le ayude o que le vengan a hablar de noche, dígame. Al fin que ya sabe dónde vivo y con gusto lo acompaño.
Por esos días los caminos se habían transformado, pues había partes que eran charcas de lodo apestoso. Celedonio le sugirió que sería bueno que se comprara un caballo y días después teníamos como parte del equipo a la Gurrumina, una yegua no tan joven, pero mansa y que no era mañosa. Tenía un pasito coqueto y por lo que escuchaba era que había sido educada para que la montase alguna señora.
Con cepillo de cerdas finas le fui quitando telarañas y el polvo acumulado durante tantos años. Algunas hojas se habían pegado y por fortuna cedieron. Era la hora de salir a comer, guardé el folder y salí a la calle. Me gusta caminar y al pasar por la iglesia, me pregunto.
– ¿Cómo le hicieron para construirla? Me asomo y veo el paisaje, con menos árboles y de aquel verde brillante, ahora se mira cenizo.
Tengo que pasar por las calles que bordean al mercado donde los domingos se hacia la plaza. Ahora lo han invadido tendejones hechos de lona y plástico donde te ofrecen tacos y chucherías. Te llenas el pecho con olores de fritangas y humo que sale de los autobuses destartalados.
Durante días me concentré en ir poniendo en orden los archivos. El presidente citaba a juntas cada tercer día, pero sólo acudían los principales. Sólo fue una vez a verme al archivo y salió tan rápido como llegó. El polvo acumulado lo hizo estornudar y, por poco, se le cae la nariz.
Recordaba poco el suceso de la difunta, así que cuando revisé las notas del informe me encontré narrado el acontecimiento. Tiene por título: “Una consulta en la noche”.
De un salto caí a horcajadas sobre el ataúd, una docena de lámparas alumbraron mi nuca. El viento frío arreaba un aguacero menudo al que no se le veía fin. El inspector gritó.
-Doctor, ¡agarre este candil para que se ilumine! ¡Le paso la barreta para que pueda despegar las tablas, y vea bien si la difunta es difunta!
Miré hacia arriba: un numeroso grupo de indígenas me observaba en profundo silencio. Sus vestidos blancos le conferían un aspecto albino a la noche; y sus rostros, cruzados por luces y sombras, mostraban una imagen de luto ancestral.
Dejé la bombilla a un lado. Tomé la herramienta, golpeé con fuerza para despegar un tirante del cajón y luego hacer palanca. Poco a poco, fue cediendo, dejando ver parte del interior. Nadie hablaba. Ni un murmullo. Arriba, entre algunos destellos, se veía un enorme cedro azotado por el viento cuyas ramas, al chocar entre sí, hacían que su cuerpo tronara y gimiera.
La lluvia helada corría por mi cara, proporcionándome el aliento para seguir con la tarea de desprender la tapa del rústico féretro. Un olor a humo, barro y esperanza se abatía mientras el calor del farol me quemaba la curvatura de los párpados. Había quitado el primer madero, y ya se podía vislumbrar el velo blanco que cubría la mayor parte de la cabeza. Fragmentos de tierra caían a mi lado pesados, llorosos, como empujados por el agua o el silbido de los pájaros. Pude ver el cabello negro recogido hacia atrás, dejando tan sólo un rulo que reposaba fláccido, sobre su frente. Las cejas pobladas, largas, como un camino que se entrega a la noche.
Poco tiempo tenía yo en el pueblo. Había llegado por esos días en que las gaviotas se pierden en la neblina y cuando los pies piden una frazada de lana. Me había instalado en casa de doña Licha. Esa noche, me encontraba en la cocina, esperando que saliera la otra tanda de café cuando llegó aquel nativo. Habló en su dialecto y, por los gestos, deduje que se trataba de una urgencia. Supe por doña Licha que su esposa, muerta de parto, fue enterrada a la mitad del día. Un familiar llegó tarde al sepelio y quiso despedirse de ella. Al estar rezando en la fosa, escuchó ruidos que le hicieron sospechar que tal vez estuviera viva.
Para llegar al cementerio había que subir la loma. Las espadas del zacate me golpeaban, y el lodo se adhería a mis zapatos, haciéndome resbalar. Alargué la mirada al arribar a la cima. La visión de la oscuridad me dejó sorprendido, pero mi perplejidad fue mayor aún cuando vi una multitud que se arremolinaba llevando una vela, o una tea hecha con trapos. Eran múltiples luces que se unían alrededor del sepulcro, su resplandor iba y venía según los caprichos del viento y por momentos parecía verse una gigantesca radiografía del enorme árbol. Por fin, arranqué la tapa: adentro había una niña. Todos tiraron la luz hacia su cara y emergió un rostro pequeño que hacía contraste con la largura de sus cejas. La nariz chica, su boca mediana teñida de rojo, los ojos cerrados y sus pestañas negras dobladas, me hicieron pensar que estaba dormida.
El viento cargaba con los ladridos de los perros. Unos eran cercanos y otros de perros lejanos que respondían. Las mujeres hacían la señal de la santa cruz, y los hombres rezaban con los labios apretados, quitándose el sombrero y situándolo a mitad del pecho.
– ¿Quiere más luz, médico? Era la voz del comandante.
Le grité que sí y me bajaron dos linternas. Saqué del maletín una lámpara de punto fino y el estetoscopio. Sabía que era observado. Cuando abrí su párpado, no pude contener una profunda tristeza al encontrarme con la opacidad del cristal y la ausencia de cualquier reflejo en su ojo. Moví la cabeza de un lado a otro y, poco después, irrumpió el sollozo de las mujeres. A un lado, cerca de sus muslos y envuelto en descoloridos trapos de algodón, estaba el crío. Seguramente lo sacaron como un brote desgajado. No llegaron a conocerse, tal vez, murieron al mismo tiempo, pero… ¡Cuántas cosas los unirían cuando se internaban por los maizales y compartían los granos tiernos del elote y el gorjeo de las aves!
No se escuchaba ni un susurro, sólo un grito lejano que venía de afuera, no sé de qué parte. Con respeto, cerré sus párpados y contemplé la suavidad de las líneas de su semblante que la muerte aún no había desencajado. Al incorporarme, vi a sus hermanos que tomando el sombrero con la mano izquierda se persignaban, dándose cuenta de que la esperanza se había desvanecido. Salí de la sepultura con su ayuda. Después, poco a poco, la fosa volvió a ser llenada con un barro frío, chicloso, calentado si acaso por el ansia de que estuviera con vida.
Caminamos despacio, haciendo una fila. Ellos con su vestimenta blanca; yo, con la imagen de ella, de sus largas y oscuras cejas. Los relámpagos se sucedían, y el cedro era un enorme molino que, al moverse, hacía gritar a los pájaros cada vez que sus ramas se atropellaban.
Me pareció verlo y cerré la carpeta cuando Ángel, el topil, me apresuraba a que fuese al despacho del señor síndico.
Soy más viejo que mi padre
Sale una luz tenue de algún rincón. Me dijo el anestesiólogo: sólo miraras puntitos de colores. Conté tres y después no supe de mí. A dos camillas, la voz de una niña se queja, y la enfermera la protege. Empecé a toser y las nauseas me brincaban bajo la lengua. Ya soy más viejo que mi padre y me duele.
Dolor intimo coagulado de lágrimas y azotes. Hubiese recogido el olor de la tierra si tuvieras mi edad, pero no fue así. En esta camilla, mientras la luz brota de alguna parte y una niña se queja a dos pasos, yo cargo piedras que ruedan a cámara lenta por mi espalda herida. Dolor gigante que se hace bolas en mi corriente, en mi flujo.



— ¿Venías a ver a las muchachas?