Cuatro maestros cerveceaban, uno de ellos no tenía el diente medio y platicaba.
…en la cantina había una mesera guapa rodeada siempre de clientes. Cierta vez, encontré el negocio vacío, estaba sola. Invité. Tenía sed y ganas, rápido tomó dos; yo feliz. En cuanto pude, me acerqué más, acaricié la pierna, no protestó. a veces llegaba un cliente y se paraba a atenderlo, en cuanto se desocupaba se venía a mi lado, y sin presionar ella se acercaba y ponía su palma cerca de mi pubis. Osado hice lo mismo y me sorprendí al sentirle un garrote tieso; en ese momento pagué la cuenta y salí.
Todos se reían. Un silencio que dio paso a una pregunta: ¿le creen a este cabrón?
—Besotes que le ha de haber dado
—Bien apañada, metiendo mano.
—Besotes y de lengua, hasta imagino que la lengua de ella se colaba por la ventana que tienes en la boca.
Otro de ellos, saco la lengua y la dobló en forma de taco. Reían batiendo la mandíbula.
Era de tez blanca, en ese instante, parecía tener rubeola y pretextando un compromiso, se fue, llevándose a su mujer que le preguntaba ¿ y de qué se reían tanto?







Cuando hablaba su desatención era insultante; ella platicaba de las cosas diarias de la vida. Yo me distraía con el centelleo de sus ojos, la oscuridad de sus cejas, el tono melodioso de su voz. En los pequeños silencios, buscaba mi mejor entonación para musitar mis trastornos. Ella seguía hablando de los quehaceres y avatares de su persona. Entonces inflé con gas mis palabras, obtuve un ramillete de globos. Salí al patio, solté la cuerda y los vi en la lejanía. Regresé y seguía hablando sin notar mi ausencia. Aproveché para inspirar profundo y recargar mi boca sobre su boca e inflarla poco a poco. La dejé ir hacia las nubes.
Dios te obsequió un cuerpo jorobado con una resistencia sobre natura. En la armonía de tu paso se descubre una paciencia infinita. Soportas: el sol duro, el frío cruel, y las dunas que duermen la siesta del tiempo.
Tuve una novia que se desató de mi mano y buscó una banca frente el mar, se recostó cruzando la pierna, imitando a una estatua. Nunca supe de ella, se fue como el chiflido, el aroma; en el recuerdo es punto en la lejanía. Cada que encuentro el malecón, el sabor marino y una banca, regresa y me sacude.



