Un parto bajo la luna

Cuando un indígena desea mis servicios, me pongo en alerta. Sé que hay problemas, aunque no me lo diga. En un parto nunca se sabe por donde saltará el conejo; por lo que voy bien equipado. Montado en mi yegua disfrutaba la noche tibia, en el cielo había ribetes de nubes que ocultaban parcialmente a la luna. No había llovido y el camino se mantenía en buen estado. Escuchaba atento los sonidos del monte y cuando Jesús me dijo «ya falta poco», me sobresalté. Las nubes que borroneaban el cielo habían desaparecido.
La casa era de tarros, con techo de palma, un cuarto reducido. Era el tercer parto de una joven, que se mostraba tranquila. El niño venía bien. Le dije al esposo que atendería el nacimiento afuera. Así los niños quedarían dentro y yo me podría mover a mis anchas alrededor de la parturienta. En un alumbramiento siempre hay mujeres, es una especie de solidaridad. ¡Jamás digo que se retiren! La mesa donde ellos tienen el altar se convertiría en mesa de trabajo. La situamos en el patio de la vivienda. Jesús fue por una vara con horqueta, que serviría para colgar el frasco y ensartar una aguja en la vena, así le daríamos agua con sal y azúcar a la madre y  sus medicinas. Rompí la bolsa de las aguas y diluí en el suero una medicina para acelerar el parto.
— Este niño sí viene con agua, el otro, vino seco; por eso nos costó tanto trabajo que naciera —comentó una de las parteras.
No dije nada, sólo pensé que esa era la razón del porqué me habían llamado.
Apagué la lámpara de mano y vi con claridad el óvalo de la cara, su brazo extendido descansaba sobre una tabla y el abdomen, resguardo de la vida, se alzaba bajo el cielo. Una mujer rezaba en totonaco, la otra le acariciaba y el esposo pendiente.
Aquella escena no estaba en ningún libro de medicina. Arriba casi se tocaba la luna naranja y matizaba de ámbar el vientre y el paisaje. La floración de las limonarias esparcía de jazmín el aire. Aire que sería el que respirase el recién nacido. Los murmullos del agua trotaban por los cuatro costados, la choza era abrazada por dos arroyuelos. La corriente parecía una procesión de sonidos al pasar sobre los tejos y arrancaba la voz que tienen dentro. Bajo las estrellas, la tierra era un inmenso diapasón. La matriz una rosa que abriría para ofrecer una semilla con capacidad de amar. La esperanza de traer al mundo a un ser que contenga atributos y contribuya a mejorar la vida de su pueblo. Jamás he atendido otro parto que le parezca. Tampoco supe más de ese niño que nació enredado con luna, agua y aroma de flores. Hoy comprendo que  fue un obsequio que la naturaleza me hizo, para recordarme el milagro de la vida.

luna

Guendanabani cancion del itsmo oaxaqueño cantada en zapoteco

Festeja-el-Ballet-Folclórico-Xiutla-21-años-de-promover-la-cultura-

Cuán hermosa es la vida
y nada hay que se le compare,
Dios nos puso en esta tierra
y Él mismo nos llamará.
Cuán hermosa es la vida
y nada hay que se le compare,
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**1
Con o sin riquezas tú irás,
no por tu oro quedarás
chicos y grandes se irán
y nunca los verás regresar
por sus bienes terrenos,
eso jamás sucederá.
vamos hacia el cielo,
la diosa nos cobijará en sus brazos.
El día de nuestra partida, la casa ensombrece
de tarde y de mañana; el que queda pareciera
que de pié quedará, en medio del mar hondo
lo cobije en sus manos.
Nadie quedará en pie,
todos tendremos que ir
cuando llegue el día
nos uniremos con los demás.
Con o sin riquezas tú irás,
no por tu oro quedarás
vamos hacia el cielo,
la diosa nos cobijará en sus brazos.

Mujer Argentina apostando

baileUn hombre le dice a su mujer :

Te apuesto 500 pesos a que no eres capaz de decirme algo que me sea alegre y entristezca al mismo tiempo…

A lo que ella responde :

De tu grupo de amigos, el que la tiene más grande sos vos.

El viejo capitán

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La espuma llegaba de un mar antiguo, donde las olas se acicalan unas a otras. Ella lo peina con sus uñas perladas, al recorrer su pelo brotan luces que juegan con el recuerdo de sus ojos. Dicen que el amor es un canto sólido que llega cauteloso a los corazones. Es una espalda donde te recuestas, son alas que te llevan a un océano de galaxias. Las olas lo abrazan, suavizan la piel. Lo miran, juegan y perciben que sus ojos se ovillan por peso del tiempo. Al hablar se escucha su voz de viejo capitán: si algún día no llego, déjenme pensar que estoy a tu lado y siente que estoy entre  Tus brazos. Si un viento violeta resbala por la cresta del mar, sabrán, entonces, que viviré contigo, en las noches dormiré con tus sueños.

Platicando con una dama

dama
Llévame me dijo,
será bueno peinarme en el titanio que llevas en la espalda,
circular en caballo por tu memoria,
navegar en tus oleadas rojas;
o subir la cuesta con el tren en reversa;
prenderme a las faldas de tu piedra solar,
o bien irme despacio a la luz de tus lunas.
Llévame, insistió.
Caminé con ella por caminos de olvido,
y el olvido se espantó como lo hacen las parvadas de pájaros azules
cuando presienten la pisada de viento humano.
Volví a verme entre carne, sangre y respirando la primera bocanada de una tierra manchada por veneros de petróleo y naranja.
Las voces lejanas de los abuelos que no conocí.
Sentí el dulce sabor de la leche materna,
las caricias de mi padre
y el sabor duro de las piedras de un rio trayendo noticias de la montaña..
Déjame le dije.
Me miró con amor
la miré de la misma manera.
Tendrás que esperar, y se fue.
Quedó su olor de flores breves y el canto brillante de sus pájaros mudos.
6 Enero Poza Rica a mis 72 años

Autodiagnóstico

Mis aguas ya no tienen el brío de la gacela;
los árboles florean por la magia de la vida.
Tienes en tu mano un espejismo,
tan quebradizo que el vuelo de un pájaro lo fragmentaría.
Mi árbol carente ha tirado la hoja y los retoños tardan.

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En el área de visitas de una prisión

Saturnino herran

Saturnino Herran

— ¡Preso 9985 a la reja! Tiene visita. Una señora de reboso, falda larga, joven lo espera.

— ¿ Que es de usted el preso? —Pregunta el custodio.

— Mi esposo.

Llega Pancho, barbon, mal encarado.

—¿Cómo estás?

— bien, contesta en voz baja. se acerca más y le dice: Pancho, 20 años es un chingo de tiempo, así que fui a ver al director del penal…

—Ese hijo de tal no le pidas nada, me portaré bien para que me reduzcan la pena. Qué te dijo el mierda ese.

— Qué para que te pueda ayudar, le tengo que dar las pompas.

 

— ¡ Que poca madre!

— Por cada vez que me acueste con él te rebajara de un o a dos días.

—¡ Lo voy a matar a ese hijo de su madre!

— No lo mates Pancho, mejor agarra tus cosas ¡y ya vámonos!

Para el niño Rubén en su cumple

Cumplió seis años, y su primo Enrique, lo llevaba por primera vez al monte, iba con camisa de manga larga, un sombrero de palma, botas de hule. En el camino encontró sembradíos de maíz, y  en partes fangosas vainas que bailaban con el viento, parecían cohetes de los que suben y explotan en el cielo, dejando caer luces de colores.
—La almohada en que duermes y sueñas esta hecha de esa planta, ¿Recuerdas que lleve muchas a la casa? Mamá las puso al sol y después de tres días se hicieron polvo y rellenamos las fundas. Así se hacen frescas. Explicó Enrique a Rubén.

Pantano.

La maleza se hacía tupida. Enrique sacó el machete. Las enredaderas reptaban por los arbustos y brincaban hacia los árboles, las ramas se tocaban, de los tallos descendían lianas que se enroscaban en los arbustos. Sorprendió a Rubén que de los tallos salían raíces que parecían barbas verdes, rizadas, que llegaban hasta el suelo para ocultarse entre la hierba.
— ¡Ten cuidado!, gritó Enrique, —fíjate bien donde pones la mano. Nunca sabes qué está escondido. ¿Qué quieres hacer? 
—Tocar las barbas del árbol. 
Enrique tomó el machete, lo metió entre las barbas y sacudió las raíces. 
-Ahora sí, ¡puedes tocarlas! 
Eran duras, largas, verde opacas que terminaban en forma de tirabuzón, al estirarlas crecían más que las reglas que usaba en la escuela. Rubén regresó con otros ojos.
Semanas después pasó una muchacha a saludar, preguntaba por Enrique, tomó al niño de la barbilla, rascó su cabeza.
—¿ Cómo vas en la escuela?
—Hoy me enseñaron la raíz cuadrada.
A Rubén le llegó la imagen del monte. Vio tantas raíces, pero nunca una que fuese cuadrada. ¿Cómo sería ésta? Por la noche, pensó en ella y por más esfuerzos que hizo, no podía imaginar. Bueno, si lo hizo, pero no le cabía en la cabeza. La soñó como si fuesen los dados.y no dejó de reírse en el sueño; tanto, que su madre se levantó y lo cubrió con la frazada pensando que tenía frío.
Por la mañana, le dijo a su mamá.
—¡Quiero conocer la raíz cuadrada!
Su mamá no supo, le contestó que se esperara hasta que llegase su primo Enrique.
Esperó, le ganó el sueño; en la mañana fue directo al cuarto del primo, pero él ya se había ido. En la noche se prometió estar despierto hasta que llegará.
Cuando el sueño lo zarandeaba, corría al lavabo y se untaba agua fría en los ojos. Escuchó los pasos de Enrique y corrió a su encuentro.
— ¡Quiero conocer la raíz cuadrada! 
Quedó su primo perturbado y silencioso. Se sentó en la cama, bostezó y sintiendo los dedos del niño en sus hombros, volvió a escuchar. 
— ¡Quiero que me enseñes la raíz cuadrada! 
—Estás pequeño, no la entenderías.
Tanta fue su insistencia que al primo no le quedó otra que buscar un cuaderno y sentarlo en la mesa. Cuando Enrique terminó la explicación.
—Esto no es la raíz cuadrada. Esto es aritmética –dijo Rubén. y se fue a su cama.
La raíz cuadrada debe ser diferente, debe de estar más allá del monte, pensaba, antes de quedarse dormido.

Paul_Gauguin_

Paúl Gauguin

  • Hace tres años lo publiqué, hoy lo hago con algunas modificaciones

 

Diálogo íntimo

Un chiquito de 3 años se estaba observando su pene mientras se bañaba.
– «Mamá»- preguntó -, ‘¿Este es mi cerebro?’
– ‘Todavía no’ – contestó la madre,

niño

Sospecha

Del árbol cuelgan las naranjas, también los chayotes. El cítrico mira sus frutos redondos y otros que no lo son. Está tentado a consultar un oncólogo.

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Pásifae, madre del minotauro.

Se levantó con la sensación que sería un día pésimo. Muy en la mañana el Rey Minos intentó despertarla. Contestó con un gruñido y regresó al sueño. Cuando los sirvientes la vieron, se encomendaron a los dioses. Por la tarde observó que el sol duro entristecía los jardines del palacio. Estaba por cumplir los cuarenta años y tenía la lozanía de un fruto recién cortado. Era espigada, piel dorada, un andar elegante. Cuando reposaba en el sofá parecía que la prole le había dado brotes de juventud y sensualidad.
Ella conocía de su carácter arrebatado, dominante, con días de mal humor, ahora había otro sentimiento que la inquietaba , que no podía definir. Respiró profundamente. deseando  modificar la sensación de «falta de aire». La ventana de su habitación en el palacio de Cnosos era amplia y desde allí contemplaba la nueva área de jardines que dirigía el arquitecto Dédalo. En ese momento no había nadie, ni viento, ni cantos de aves, solo un bochorno que pisoteaba la tarde.
—¡Fero! ¡Fero! ¿Dónde estás?
Se hizo presente un perro negro azulado que se le acercó. Ella acarició la testa y él lamió sus manos.
—Tú eres el único que soporta mis extravíos. —y volvió sus ojos azules hacía la ventana.
El palacio lo recordó como una construcción fría y húmeda, sin embargo fueron sus mejores años al lado de Minos. Atrás dejó a su padre Helios y a su madre Perséis, que la educaron para gobernar. Rápidamente tuvo a Acacálide, Ariadna, Androgeo, Glauco, Fedra y Catreo, dedicándose a ellos en cuerpo y alma, mientras Minos era reconocido por su juicio y marcialidad; era hijo de Zeus y Europa, que después casó con el Rey Asterión, adoptándole a Minos, Sarpedón y Radamantis. Recordó a su hermana Circe y de cómo ambas fueron instruidas en el manejo de lo oculto. Años después de casada se daría cuenta que su amado esposo perdía fácilmente la cabeza por cualquier fémina. Nunca le dijo nada a Minos del hechizo que sacó del arcabuz de su corazón: por cada eyaculación que vertiese en otra vagina distinta a la de ella, el semen se convertiría en serpientes, alacranes y tarántulas que agusanarían las vísceras del receptor. Así fueron cayendo sus amantes. Él se dio cuenta del hechizo al ver con horror los monstruos que eyaculaba, la vez que se masturbó. Sin embargo, guardó silencio. Ahora comprendía porqué las ninfas huían de él.
Algunas tardes se reunía con Dédalo bajo la sombra de una cabaña. Siempre colmado de ideas y atrapado entre la oreja y la testa un lápiz de carbón que utilizaba para dibujar en cualquier superficie. En ese tiempo, pretendía darle al palacio de Cnosos una nueva cara. Otras veces lo visitaba en su taller, encontraba en sus creaciones, el alma de un artista y el ingenio de una mente inquieta. Los juguetes con que se divertían sus hijos salían de su ingenio.
Cuando el Rey Asterión murió, sobrevinieron los problemas de la sucesión. Los hermanos se disputaron el reinado, pero congregados a puerta cerrada, los herederos, zanjaron el problema: Minos dijo que era el favorito de los dioses y para demostrarlo, Poseidón le enviaría un mensaje del mar. Los hermanos inconformes, dejaron que los resultados hablaran por sí mismos. Si en efecto los dioses apoyaban a Minos, poco podrían hacer ellos, así que optaron por esperar. Poco después de ofrendarle un templo al dios de los mares, en un día de verano, cuando la multitud estaba en el atracadero de la polis, divisaron que entre las olas del mar, un ser se abría paso. “…En un principio no se le encontraba forma, parecía una masa de espumas que se levantaba sobre las olas, pero a medida que se acercaba se fue dibujando su cara y las astas puras de los cuernos. Tenía un cuerpo enorme, donde las crestas del agua rompían en un hervidero de espumas. Cuando salió del mar, semejaba un macizo de nieve y su paso orgulloso levantaba exclamaciones entre la gente. Un toro albo que cautivo a todos” Escribiría más tarde el cronista Aximelon.
El miura fue el indicio de que los dioses querían que Minos gobernara. Él lo sacrificaría hasta que llegasen las fiestas, mientras, lo llevaría a los pastizales de su propiedad.
Cuando el toro albo sintió la mano de Minos sobre su testa consintió que lo acariciara, vio en sus ojos los cuatro elementos de la vida e imaginó sus campos con sementales de nieve. Al retirarse del establo, tomó la decisión de no sacrificarlo; a la distancia parecía un macizo albino cuya frente semejaba platicar con las estrellas. A su lado iba el fiel sabueso Laelaps, un perro que nunca dejaba escapar una presa, y bajo el brazo traía una jabalina que nunca erraba: regalos de Zeus y de Artemisa en el día de la boda de Europa con Asterión, que habían pasado a su poder a la muerte del Rey.
Partió Minos hacia un punto lejano donde se vería con Procris. En el trayecto recordó su cara de fuente, su voz de madera. Al principio despertó en él sentimientos paternos que después se tornaron confusos. Supo que había estado casada con Céfalos y que éste por la magia de la diosa de la aurora tomó la apariencia de otro varón y sedujo a su propia esposa, ofreciéndole una diadema de oro. Después de poseerla, Céfalo tornó de nuevo a su apariencia y se retiró desconsolado por la infidelidad de su esposa, refugiándose en los brazos de la diosa del Alba. Procris huyó avergonzada y llegó a la isla de Creta y aceptó el amparo de Minos y poco a poco las caricias paternales se transformaron en caminos de ardor y deseo.arte-impresionista-oleo
Un día que estuvieron próximos a ser parte del fuego, él se detuvo y con desesperación le confesó el hechizo que sufría.
— No te entiendo.
— Pasifae me ha embrujado y cada vez que mi semilla corre fuera de la vagina de ella, se transforma en veneno y mi compañera muere. Yo no quiero tu muerte.
Procris se acercó a él, lo abrazó y sus yemas rodaron primero por sus cabellos, por su mejilla; con voz breve le dijo:
—Me ha emocionado escucharte. Tus palabras sinceras se han mudado a mi corazón. ¡Ayudémonos! Sé de un brebaje que Circe receta para este tipo de asuntos.
— Cómo sé que me servirá.
— Tendrás que confiar en mí.
Él se acercó, la tomo de la cintura, escondió su barba en la curva de su oreja y después buscó sus labios. Ella se resistió, pero su corazón se dobló por la sinceridad de Minos y correspondió. Él se retiró aún emocionado y le susurró: Te deseo.
— También has encendido mi llama, pero el dolor de saberme sola me entristece.
— ¿Qué es lo que más quieres?
— Reconquistar mi matrimonio, sentirme cerca y unida a Céfalo como antes.
Días después antes de que la alborada llegase Minos tomó el brebaje de Procris y ella le susurró al oído «dentro de unas horas estarás curado».
— ¿Cómo lo sabré?
— Sólo espera en silencio y reza por tu salud a los diosa Afrodita. Espérame.
Regresó con una jarra de vino, ella le dio un trago, buscó sus labios y pasó a su boca un remanente del vino. Abrió su túnica y le ofreció su pecho con el pezón erecto. Volvió a besarle. Minos sintió sacudir su cuerpo, llevó su boca hacia la luna llena de sus senos. Ella montó sobre su piernas y sus labios trazaron otras líneas sobre su rostro, los besos rodaron sobre su cuello y sus pezones ocultos de varón se levantaron sobre el vello de su pecho. luego, con voz dulce: “Lo haré con mi boca así verás que tu germen viene vestido de blanco”.
La despidió de la isla de Creta obsequiándole el perro que nunca deja escapar una presa y una jabalina de caza que nunca yerra el blanco. Pasarían a la custodia de Procris, y serían el instrumento para recuperar a su marido que era un apasionado de la caza.
De regreso, Minos sólo pensaba en el toro espumeante de Poseidón.
Había una lista de adolescentes que ensayaban con religiosidad lo que sería esencial para la fiesta: estar frente al toro, correr hacia él, impulsarse y dar una vuelta en el aire y caer de manos sobre el lomo y después caer al suelo. Al final de la fiesta se realizaría el sacrificio del vacuno albino en honor al dios Poseidón. Todo sucedió de acuerdo a lo programado. Con excepción de que  El Rey Minos se quedó con el toro de Poseidón; y sacrificó uno parecido. El pueblo no se percató del cambio, pero Pasifae y el dios sí.
Parecía que el tiempo no se había movido, la ventana, los jardines, el bochorno. El perro mirándola. Ayer fue a los pastizales y vio al vacuno. Minos ordenó que toda vaca en celo fuera acercada al toro para que éste la montase. El animal tenía líneas de fuego entre la piel blanca; los cuernos parecían fulgir como dos medias lunas y su presencia de blancura le daba una orla de poderío cuasi brutal. Cuando montó a la vaca su estatura creció y de una poderosa embestida distendió las paredes de la vagina. Ésta mugió, aceptando la inutilidad de poner resistencia. Pasifae regresó apresurada a su habitación y en la noche el toro aparecía frente a ella, viéndole manso, tierno y en veces retador.
Sabía de buenas fuentes que el Rey Minos había vuelto a sus andadas de amante; pero sólo hizo un despectivo con los brazos. Recordó que su matrimonio con Minos fue en las fiestas de Afrodita y evocó con sofoco que su cuerpo era palma seca cuando el Rey lamía sus orejas. Pensó que no tenía nada de extrañó soñar con toros pues al fin y al cabo era el símbolo de la polis. Lo que no entendía era el brillo insolente en los ojos del miura y aquella imagen retadora en el momento de la cruza. Tuvo un presentimiento y fue temprano al corral. Sólo estaba el fiel Axto, que traía en ese instante una vaca en celo para ofrecerla al semental y enmudeció cuando se repitió la escena del sueño. En el momento del ayuntamiento la cabeza del toro volteó hacia ella. Después de la cruza, la reina dio la orden de que se abriese el corral, el vaquero dudo, pero la orden se desprendía de su mirada. Ella se acercó y él bajó la testa y pudo acariciarlo de la osamenta, después su cara y luego el lomo duro, como forjado en piedra. Aún sentía la agitación sexual del vacuno y sus manos sudaron; y súbitamente tuvo deseos de escapar, pero no lo hizo y siguió acariciando el pelo húmedo del miura. Por la noche sedujo a Minos y permaneció dormitando hasta el medio día que se levantó de un excelente humor.
Llegó una tarde al taller del maestro. De él se decía que había fabricado al hombre de bronce y de mil cosas más. Le habló en voz baja, él la escuchó sin proferir ningún juicio, movió la cabeza de arriba hacia abajo,  ella se retiró con los ojos mirando el suelo. Un mes después Dédalo le enseñó el encargo: ¡Era perfecta! Ese día el Rey saldría de la ciudad. En la noche, Pasifae entró desnuda al interior de la vaca fabricada por las manos artesanales de Dédalo. El maestro la acercó al semental albino y se retiró. Afuera la luna llena caía retozando entre los pastos y el murmullo de los animales nocturnos era interrumpido por algún relincho en la lejanía. Dentro, Pasifae esperaba ansiosa la embestida del toro. Una hora antes se había untado aceites inodoros en todo el cuerpo. El fuerte olor de hembra traspasaba muros y brincaba por los aires. La imagen de ser poseída por un toro leuco, forjado con espuma y nube, hacía que su media luna se inundara de ardor y de humedad. Cuando sintió su presencia accionó la palanca y las ruedas se inutilizaron para dar paso a las anclas. Exaltado puso las patas delanteras sobre el lomo de la vaca mecánica, ésta resistió la embestida y ella percibió en las sienes un corazón explotando en ansiedad y deseo. Un embolo húmedo y ardiente abrió su vagina y la empezó a llenar de carne y semen hasta sentir que su receptáculo era una nave inundada. Tuvo deseos de gritar y decir miles de cosas que llegaron del pensamiento, pero sólo recuerda haber sido un pastizal seco consumido por el fuego.
Nueve meses después nació el Minotauro, cuerpo de hombre y cabeza de miura y fue encerrado en una de las tantas habitaciones del palacio de Cnosos. En alguna ocasión, Minos le increpó duramente su relación con el vacuno de nieve, Ella contestó que Afrodita la había hechizado a solicitud de Poseidon.
– ¡Tú fuiste el culpable! Debiste sacrificar el toro que llegó del mar. La venganza del dios es para ti. Yo soy inocente. Sólo fui una pieza sin voluntad.
Después con dulzura acarició la testa de Fero y se metió entre los pasillos y puertas del palacio para dar de comer al Minotauro.
Frente al sol ardiente, cientos de trabajadores habían empezado a construir el Laberinto bajo la dirección del arquitecto Dédalo. Era tan confuso que algunos de ellos se perdieron en él , aún sin haberlo terminado.

pasi

*Por error desparecí la entrada, la rehíce. Respeté los comentarios de la antigua entrada.

La margarita y el joven elefante

Al llegar fue envuelto por la tristeza. sus grandes orejas se doblaron; se arrodillaba.
Habían Sonado tambores. Su padre fue apartado de la manada. La madre herida de bala corría hacia el cementerio. La encontró sin colmillos. El joven elefante aflojaba piernas, latidos. Al rodar por el suelo sus ojos tropezaron con una margarita.
–¡No me aplaste! recién broté. ¡Quiero vivir!  ¡No me aplaste!
Abrió los ojos y caminó. Se fue en busca de la manada.

margaritas