Choka a la ausencia

No habrá retorno
para el agua que corre,
se van los pájaros,
huyendo de la inclemencia.
También te fuiste,
dejando tus demonios
despiertos e inconcientes.

En ocasiones veo porno de Pilar Galván

Solo en ocasiones. Las peores semanas.
Lésbicos, maduras, orgías, tríos, pelirrojas, morenas… Las etiquetas no me importan. Unas semanas me dedico al sexo profesional y otras, navego por las páginas de parejas amateur, que normalmente no soporto (esas matas de pelo, las risas escondidas, los pliegues de la carne que conoció tiempos mejores… ).
Los lunes, antes de ir al trabajo, soy más de lesbianas, sobre todo si aparecen en duchas y jardines.
Los martes busco rubias, los miércoles, interraciales, y los jueves los dedico al sadomaso light, más bien tipo oficina, no mazmorras.
El viernes, como ya está cerca el fin de semana, rastreo tríos, el sábado, orgías, y el domingo por la noche, invariablemente triste, autosatisfacción con aparatos.
Lo que no cambia nunca es el procedimiento. Abro la etiqueta que se despliega en la página, y contemplo las imágenes, sin sonido, hasta que empiezan a dolerme los ojos. A veces, no siempre, una mano que parece ajena se desliza bajo los pantalones en busca de una piel que no me pertenece. La pantalla me devuelve el reflejo mudo de una cara de otro que ocupa el lugar donde debería estar la mía.
Entonces, cierro los ojos, y me acaricio con una desgana no exenta de ternura.
Luego, harto de otros cuerpos y hambriento aún del suyo, vuelvo a recuperar el mío, lo lavo un poco por encima y comienzo de nuevo la semana.
Pilar Galán
Tecleo en vano. Ed. De la Luna libros. Marzo 2014

balthius

tomado del fb

Sucesos de mi nacimiento 6 enero de 1946

Para mi madrina, la tía Gila. (qepd)
Gila se levantó rápidamente de la cama , se dió un baño fugaz y salió con sus kilos a cuesta hacia la terminal de autobuses . La pequeña población de Álamo distaba a poco más de setenta kilómetros . Plena época de invierno con frecuentes chipi chipi que causaba en aquel camino de terracería encharcamientos que hacían el tránsito lento . seis horas de continuo zangoloteo . El frío que se colgaba de la ventisca hacía tiritar . Por la noche soñó a la cuñada que estaba en días de parir .
Meses antes había ido al cine con la cuñada y en confidencia le dijo que estaba embarazada .
¿Me regalas el niño? Mercedes sabía que ella no podía tener hijos, así que le siguió la broma .
Claro que si cuñada, siempre y cuando llegues el día que me alivie.Bien sabes que dentro de unos días nos iremos a Álamo y el niño si Dios quiere nacerá en tiempos de agua y frío.
Caía la tarde cuando arribó. De inmediato consiguió un taxi que la llevara al domicilio. Eran tiempos de parteras, y los médicos caros y escasos.
Al llegar a la vivienda, abrió con prisa la puerta y lo que vio la dejó pasmada, esperaba encontrar a la cuñada y lo que vio fue la partera en la cocina, calentando trapos y haciendo te. Recordó la promesa.
-Ya vengo por el niño Meche .
Escuchó con horror la voz de Gila y apretó instintivamente al recién nacido acercandolo a su seno. La cuñada se acercó y fue directamente al bebé, le destapó la cara.
-Será de piel blanca*, lo que no me gusta es que haya nacido tan peludo .
-No te lo vas a llevar, ¿verdad?
-Claro que sí. Trato es trato .
Se miraron, pero Gila no pudo sostener la cara de seriedad y una sonrisa se había iniciado .
–¿Pero cómo supiste que me había aliviado?
-Sólo el corazón lo sabe cuñada, solo se que tenía prisa por llegar, algo me dijo que debería estar en Álamo y ya ves, aquí estoy para acompañarte y decirte que seré su madrina, pues me lo he ganado.
* Muchos años después mi madre me decía fuiste como los zopilotes, de recien nacidos nacen gueros y cuando crecen se ponen negros. Eso sí lo peludo no se me quitó.

rub..

¿El amor no tiene nada que ver con el sexo? de Alejandra Díaz Ortiz

Que el amor no tiene nada que ver con el sexo, me lo dijo Aute demasiado tarde…
Cuando llegué a la parada 66 del metropolitano para volver a casa, donde me esperaban mi mujer y los niños, fue imposible no fijarse en su cara llena de tristeza. Era tal el dolor que reflejaba que no pude evitar rodearle con mis brazos, como queriendo asegurarle que «todo está bien». Lejos de rechazar mi gesto, me apretó muy fuerte y comenzó a llorar amargamente. Hipaba, gemía e iba dejando mi camisa empapada sin que yo aflojase el abrazo.
Tras quince minutos de llanto y tres autobuses perdidos, cogí su mano hasta una cafetería cercana. Sin preguntarle nada, pedí una tila (he escuchado que es buena para calmar a las personas) y, para mí, un café. Le indiqué al camarero que en ambas tazas echara un buen chorro de coñac.
Busqué una mesa en el rincón. Nos sentamos. Nos miramos por primera vez a los ojos. Una lánguida mueca apareció en su rostro. Acaricié su mano con dulzura, con mucha calma. Me estremecí. Entonces, una especie de sonrisa desdibujó el rigor de sus labios.
Encendí un cigarro, que coloqué suavemente entre sus dedos. Todo fue instinto: yo no sabía si bebía o fumaba; si deseaba infusiones o abrazos; si quería hablar o seguir llorando, pero seguí haciéndolo con la certeza de que a nada dijo que no.
Durante una eternidad nos estudiamos en silencio.
Las tazas quedaron vacías.
Entre el sexto cigarrillo y un suspiro irremediablemente enamorado, susurré: -Me llamo Luis, ¿y tú? -Pablo…

mujer en violeta 84

Manuel  Martin Morgado

Ficción Tomada del fb

El macho supervisor

¡Bendito el marido que me ha tocado! Tiene horas que se fue. Presiento que él aún está. No puedo dejar que haya otro aroma diferente al de él. porque es capaz de todo.
¡Hasta el viento que mueve las persianas me causa zozobra! Quemé mi agenda de soltera frente a sus narices y sonrió. Cómo diciéndome: ¡eso no basta! Bien que sabe que mi memoria es prodigiosa. A veces cansada de su asedio, tomo el teléfono para contactar mis amistades y de inmediato repiquetea.
– Qué haces mi amor, me dice dulcemente. Cree que no me doy cuenta que lo expresa con sutil ironía. Eso me perturba, pero me repongo de la sorpresa y le contesto:
-Aquí, regando las flores.
-¡Ten cuidado! la gente de ese barrio se la pasa mirando. Cuelga. Me rio y llevo el agua hasta la cerca donde he sembrado girasoles.
Aún no sabe que el vecino tiene unas dalias en floración.

dalias-2

Espejismo

Mis aguas ya no tienen el brío del felino;
mis árboles florean por la magia de la vida.
Tienes en tu mano un espejismo,
que el vuelo de un pájaro lo fragmentaría.
Mi árbol carente tiró la hoja
y mis retoños aparecen lerdos y frágiles.

foto

 

 

No voy a los velatorios

Se murió Juan, el amigo de todos. Nos coperamos para llevarle una corona de flores, con la leyenda «Tus amigos de la colonia» Nos vemos en el velatorio muchachos, y para confirmar pregunté a uno por uno si iba a estar presente, todos dijeron que sí, Tobías se  disculpó. Lo llevé a un apartado y  me dijo «por nada en el mundo voy a un velorio» intrigado le pregunte porqué y empezó a contar:
Un amigo muy querido falleció inesperadamente. Fui a su velorio, llevando un ramo de margaritas blancas, El lugar con olor a cirio, los arreglos florales al frente,  y tras el ataúd, las coronas impolutas. cuando abrazaba a la viuda le dije en voz alta «felicidades» cargado de verguenza, sali del velatorio. Desde entonces no voy,  es incomprensible , pero al sentir el contacto de un abrazo, mi boca en automático exclma en voz alta ¡felicidades!

velatorio

Refelexiones de un escritor o el escritor de novelas de Jorge Ibargüengoitia*

Según parece, en los Estados Unidos el número de personas que han escrito una novela es monstruoso. Muchas veces mayor, por supuesto, al número de personas que han publicado una novela. En nuestro medio, inclusive, a pesar del elevado índice de analfabetismo que tenemos, el número de personas que creen que podrían escribir una novela con las experiencias que han tenido en su vida, es tremendo. Un soneto es algo mucho más difícil, porque hay que aprender a rimar y a contar las sílabas. Pero una novela, ¡en prosa!, es la cosa más fácil del mundo. Basta con sentarse frente a un hoja de papel y contar todo lo que nos ha pasado en nuestra vida, que es tan interesante. Lo malo es que no tiene uno tiempo, porque hay que trabajar para sostener a la familia, llevar a los niños a la escuela, ir a fiestas, lambisconear al jefe, etcétera. En realidad, escribir novelas es un trabajo de ociosos. Pero eso no quita que la mayoría de la gente tenga un talento novelístico innato o, mejor dicho, literario. La prueba está en las composiciones que hacíamos en la escuela y las dedicatorias que poníamos el día de las madres. Eran geniales.
Esta situación, la de vivir en un medio de novelistas potenciales, no frustrados, porque nunca han intentado ejercitar sus talentos, ni fracasado en el intento, hace que las personas, como yo, que no hacemos más que lo todos podrían hacer, seamos considerados como una raza parasitaria, superflua y, francamente, de muy poco talento, porque nos cuesta un trabajo horrible hacer lo que todos harían en sus ratos de ocio.
Por otra parte, esto de usar para expresarse un medio que todos conocen a la perfección desde primero de primara, hace que los escritores tengamos una cantidad de críticos exactamente igual al número de personas que saben leer y escribir. El de lectores, en cambio, es mucho más reducido, porque la mayoría de los críticos son apriorísticos.
– ¡Novelas, las mías! -dicen, y no compran las nuestras.
Criticar a un pintor o a un músico es más difícil. Al primero, porque sus cuadros no los ven más que los culteranos que van a las exposiciones, y porque, además, ése sabe mezclar los colores que requiere cierta ciencia; al segundo, porque nadie sabe leer música. Esos son desechados por locos que, en nuestro medio, es lo mismo a ser desechado por genio. Pero nosotros, los escritores, estamos en la línea de fuego.
– Oye, ¿cómo no me habías dicho que eras escritor? – me preguntó una mujer con quien he tenido la desgracia de trabajar varias veces en congresos. – A ver qué día me regalas tus libros.
Ha de creer que uno tiene que andar anunciándose, y que los libros los escribe uno para regalarlos. Yo nunca le pregunté si era casada, y si me enteré que tenía una tortillería automática, fue por boca de terceros. Además, nunca se me hubiera ocurrido pedirle una tortilla.
– Oiga, patrón, ¿cuándo escribe un libro de veras bueno? – me preguntó una mimeografista a quien cometí la torpeza de regalarle un libro -. Digo, porque ése es de relajo.
Pasa uno muchas vergüenzas.
– Tus libros me parece superficiales – me dijo una culta y, por supuesto, mal educada -, pero mi yerno dice que tienen mucho porvenir, y él es argentino.
Fue un consuelo.
Pero veamos cómo se comportan los demás profesionales. Un ingeniero se pone Ing. antes del nombre, y cuando su mujer llega a la casa, le pregunta a la criada:
– ¿Ya llegó el ingeniero?
Ninguna esposa de escritor le ha preguntado nunca a ninguna criada si ya llegó el Escritor. Entre otras cosas, porque lo más probable es que no tenga criada, y porque sabe que su marido no ha salido; está en su cuarto, frente a la máquina, devanándose los sesos.
Un lic., un arq., un dr., un ing. antes del nombre, o un CPT después, son signo de que alguien se ha pasado años leyendo libros que no leería de motu propio. ¿Pero nosotros? Para escribir novelas no se necesita más que leer novelas, qué, después de todo, se supone que la gente lee por gusto. Así que además de parásitos superfluos somos hedonistas.
Pero como para adquirir prestigio no podemos recurrir a la aridez, porque sería contradecir los principios mismos de nuestro arte, podemos acudir a otras profesiones, que además de lo difícil del estudio tengan otras características que provoquen respeto por parte del público.
Un psicólogo, por ejemplo, es, en sociedad, mucho más aplastante que un ingeniero, aunque sea más difícil calcular un edificio que sentarse media hora a escuchar lo que dice un pariente. Todo le tienen miedo, porque creen que les va a encontrar un defectazo. La mecánica de este proceso es que el ignorante no sabe qué signos pondrán en evidencia qué cosa. La magia del psicólogo está en que él descubre lo que nadie ve y llega a conclusiones que nadie entiende. La base del prestigio es la incomprensión.
Esto puede ser la salvación del escritor. Si, por ejemplo, en vez de contar la novela de principio a fin, la cuenta del fin al principio, si repite la misma escena desde tres puntos de vista diferentes, si quita del diálogo los nombres de los interlocutores, si describe una mesa como si fuera un paisaje, y un paisaje como una mesa, logrará confundir completamente al lector. Es posible que éste nunca termine de leer la novela, pero respetará al que la escribió.
De ahora en adelante escribiremos así y dejaremos de ser parias.

(Guanajuato, 1928 – Mejorada del Campo, 1983) Escritor y periodista mexicano, considerado uno de los más agudos e irónicos de la literatura hispanoamericana y un crítico mordaz de la realidad social y política de su país.


Jorge Ibargüengoitia

Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México y fue becario del Centro Mexicano de Escritores y de las fundaciones Rockefeller, Fairfield y Guggenheim.

Su obra abarca novelas, cuentos, piezas teatrales, artículos periodísticos y relatos infantiles. Su primera novela, Los relámpagos de agosto (1965), una demoledora sátira de la Revolución mexicana, lo hizo merecedor del Premio Casa de las Américas. A ésta seguirían Maten al león (1969), Estas ruinas que ves (1974), Dos crímenes (1974), Las muertas (1977) y Los pasos de López (1982), en las que echó mano del costumbrismo para convertirlo en la base de historias irónicas y sarcásticas.

En el terreno del cuento publicó La ley de Herodes (1976). Entre sus piezas teatrales destacan Susana y los jóvenes (1954), Clotilde en su casa (1955) y El atentado (1963). Murió trágicamente en un accidente aéreo.

 

Cuando los patos tiran a las escopetas de Abrham Nuncio

La insinuación de que los patos le puedan tirar a las escopetas, fue una idea urdida por las propias escopetas para hacer ver a los patos como agresores y pasar ellas por blancos inermes. Ante el hecho cada vez más frecuente de que los patos escaparan a sus perdigones, quienes más se empeñan en difundirla fueron los de doble cañón. Era una manera astuta —alardeaban— de matar dos pájaros de un tiro: seguir participando en el viril deporte de perforar patos sin riesgo de desprestigio y, en caso de conflicto, emplear el recurso de culparlas por trastocar las reglas del juego.

escopetas

 

Tomado del cuento revista de imaginación