La bondadosa Cenicienta de José Antonio Ayala

Cuando Cenicienta se casó con su príncipe Azul la felicidad la inundaba y quiso que todo el mundo fuese tan feliz como ella, incluyendo su madrastra y sus dos hijas. Le pidió, pues, a su esposo que les regalase a las tres un gran palacio, el más grande que poseyera. Así lo hizo el Príncipe, enamorado de su esposa, y contento de que ésta tuviese tan buenos sentimientos.
El palacio constaba de más de cincuenta dormitorios y salones, bodegas, caballerizas y varios jardines de vistosos árboles y flores. Muebles de calidad y numerosas lámparas, esculturas y pinturas ornaban todas las estancias. La única condición que se le impuso a sus ocupantes fue que el palacio fuese mantenido, personalmente por sus propietarias, tan limpio y cuidado como se les entregaba.

castillos

 

Tomado del Fb

La pulga matemática

Saltó a la protuberancia con forma de cerro y un apéndice cilíndrico que al tocarlo se perturba. El cono es suave, turgente, tiene forma de copa y se pregunta ¿Cuánto líquido puede albergar? Es una buena cuestión para sus inquietudes aritméticas, pero cada vez que inicia las mediciones una mano callosa deforma las medidas.

pulga..

De Mónica Lavín los jueves

No debí hacerlo. No pude evitarlo, me bastaba verlos entrar con ese paso excitado y cauteloso: ella con el cuerpo garboso y las piernas largas y bien formadas, él, esbelto, con la mirada protegida por los lentes oscuros y el brazo asido a la cintura de la mujer. Yo los espiaba por el pasillo oscuro, tras la puerta entornada de otra habitación, y sentía alivio cuando después de los pasos sigilosos verificaba que eran los mismos. Los del jueves a las cinco de la tarde, los de la habitación 39. Esa repetición semanal me reconfortaba. En el torbellino de los encuentros pasajeros que atestiguaba todas las tardes, éste hilvanar jueves tras jueves con puntadas de amor y deseo exhalaba continuidad. Quién pudiera como ellos robarle unas horas a la tarde, una tan solo, y encontrar cierta dulzura entre unos brazos. Quién pudiera olvidarse del Chino, de Nachito y la Lola, de los frijoles hirvientes y, con las piernas enfundadas en medias suaves, dejarse recorrer las pantorrillas y los muslos con el interés de quien mide y palpa las formas; quién pudiera ser objeto de deseo respondido y consumado. Antes ni pensaba esto, ni siquiera me veía las piernas, sólo servían para llevar mi andar por todos sitios. Ni con las inacabables parejitas que deambulaban por estos pasillos, sofocando sus gemidos tras las puertas cerradas, había hecho yo conciencia de mi abandono. Ahora sabía que tener marido no era ningún consuelo. Y si no, ¿por qué iban a volver los del 39 con ese gesto de inevitable engarzamiento?, ¿por qué iban a venir aquí una vez a la semana si tuvieran otra posibilidad, por qué los lentes, por qué la hora, por qué la prisa? A las siete se abría la puerta del 39, él atisbaba el pasillo e indicaba a la mujer que no había peligro. Volvía de nuevo a mirarlos. Ahora por las espaldas, con las manos apretadas deteniendo la despedida, prolongando el encuentro. Yo también lo prolongaba, me atrevía a acercarme a la escalera para ver sus cabezas desaparecer por el pasillo que daba a la calle. De prisa entraba a su habitación, no quería que me la ganara Teresa que a esa hora rondaba el mismo piso. Cerraba la puerta y miraba el desarreglo, el mismo que en otros cuartos me producía hastío y a veces repulsión. Entonces me tiraba boca abajo sobre la cama y aspiraba los aromas atrapados entre las sábanas gastadas, extraía el perfume de olor a hierba de ella y la loción leñosa de él, olfateaba los sudores que humedecían esos paños relavados y rastreaba las gotas de semen escapadas de la vagina repleta y saciada de la mujer. Con la sábana descompuesta, mi corazón se violentaba y una ola de sangre me ponía en éxtasis. Entre las evidencias, asistía al ritual del amor. Después de un rato salía de nuevo a la penumbra del pasillo y depositaba en el cesto rebosante de blancos el atado de sábanas con más delicadeza que la usual. Agradecía profundamente esas visitas semanales, me resistía a cualquier cambio de horario, de piso. Esos meses se habían convertido en una sucesión gozosa de jueves. Así que me atreví. Se nos insistió al entrar a ese trabajo que debíamos ser discretas y nunca tener contacto con los clientes, evitar ser vistas, no hablar con ellos. Pero yo quería manifestar mi contento por su presencia, como en una boda cuando se abraza de corazón a los desposados. Entonces se me ocurrió lo de la flor. Las muchachas choteaban que si me la había dado un galán o que si a poco el Nacho era tan romántico. Era una rosa color coral a punto de abrir. A las cuatro y media el cuarto se desocupó, entré presurosa a hacer el aseo y pensé en no salirme hasta unos minutos antes de la hora, No quería arriesgar la posibilidad de una ocupación ajena a la pareja, a pesar de que Tomás ya tenía la consigna en recepción de tenerla libre los jueves a las cinco. Llené un vaso con agua y con la rosa, lo coloqué sobre la cómoda despostillada. La rosa se reflejó en el espejo, las paredes desnudas y la colcha con huellas de cigarro se iluminaron con el rubor de la flor. El 39 parecía un cuarto de otro lugar. Aspiré el aroma de la flor que esta vez celebraría la fiesta con los humores y secreciones de los cuerpos de los amantes. Salí al minuto para las cinco, excitada, nerviosa por aquella irrupción que tambaleaba el anonimato de la pareja. Me encomendé a dios, quien, después de todo, los había puesto en mi camino. Durante las dos horas de amorío mi corazón no estuvo sosegado. Tendí camas, puse papeles de baño, toallas limpias, barrí, caminé. Y todo el tiempo la imagen de la rosa fresca y colorida presenciando sus cuerpos desnudos y la entrega desbordante me persiguió como si yo misma tuviera los pies metidos en aquel vaso de agua. Escuché el ruido de la puerta y me asomé desde otra habitación. Noté que la mirada de él escrutinaba el pasillo con mayor insistencia. Respiré y contuve la tentación de correr a presentarme y confesar que yo era la de la rosa y esperaba no haberlos molestado. Apreté los puños y no me atreví a observar como se perdían al final de la escalera. Entré en la habitación. El mismo desarreglo tributario. Bajo el vaso de agua, sin flor, estaba un billete. Era una forma de respuesta. Lo tomé después de soslayarme entre los aromas familiares y el rito al que añadí mi rosa. Salí gustosa con el itacate fuertemente pegado al pecho para abandonarlo con dolor en el montón de sábanas manchadas. El jueves siguiente dieron las cinco treinta y los del 39 no aparecieron. Esperanzada supuse algún contratiempo pasajero, pero el siguiente jueves me confirmó la ruptura del hábito. Aún así me aferré a la posibilidad de un cambio de horario, después de locación, tal vez ella tuviera un marido que la hubiese descubierto, o él una mujer que se interpusiera. Tal vez se enfermó alguno, tal vez se murieron, tal vez. Desde entonces las sábanas gastadas me parecen una tortura y penitencia y el olor a rosas me enferma

The Dark Woods Awaken — rabirius

When the sunlight was filtering though the trees, the dark woods slowly awoke.

irrumpe el sol

entre los viejos pinos

y abre aromas.

a través de The Dark Woods Awaken — rabirius

Pénelope y Aracna deRene Avilés Fabila

Nada más falso que Ulises, luego de su penosa y complicada travesía de retorno a Ítaca, haya sido recibido por su fiel esposa. Había muerto. A fuerza de tejer y destejer, de bordar y desbordar, en espera de su amado, Penélope se convirtió en una suprema artista. De sus manos brotaban prendas que se ajustaban a los cuerpos de modo mágico y tapices con las más bellas escenas sobre las deidades griegas. Tejió en lana y seda, en finos linos y suaves telas, ropajes hasta para sus pretendientes. Ello desató el odio de Aracne, quien valiéndose de su figura de araña pudo llegar hasta las habitaciones de Penélope y picarla mortalmente en un brazo. Al parecer, todos han olvidado que Atenea, en su justificada ira para castigar a la irreverente muchacha, la convirtió con jugo de acónito en araña y al hacerlo no consideró que también le daba un mortal veneno y dejaba intactos su egoísmo y envidia
Ulises lloró la muerte de su esposa, pero de inmediato, para hallar consuelo, hizo traer a Circe, la hechicera que había amado durante su ruta de regreso a casa y cuya belleza aún lo subyugaba. Habrá que añadir que Circe detestaba tejer y bordar. Era sumamente sensual y su especialidad era la cocina.

Penelopemitologia

Zoologico cerebral. Parte 2. Caballos y peces

Avatar de AlonaDeLarkNeurociencias divertidas

Los caballos eran animales favoritos de mi abuela. Agraciados, un poco locos, alegres y sensibles. Yo, particularmente, les tengo miedo. En sí, pienso que la mejor mascota es un grupo de peces en un acuario: son bonitos, callados, y si les come el gato, no será difícil reemplazarlos.

Entre los peces resalta uno muy inusual: el caballito del mar. Tiene nombre cientifico que hoy nos llevará al zoológico cerebral de nuevo. Les presento al hipocampo.

El hipocampo, el caballito del mar cerebral, se encuentra en el sistema límbico. Su nombre recibió en las épocas cuando los cerebros se estudiaban en estado ya disfuncional, es decir, muerto. Al cortar el cerebro, al curioso anatomista del siglo 16  Giulio Cesare Aranzio le pareció que esta parte del cerebro lucía igualita que un caballito del mar. Creo que a los caballitos del mar él también vio solo muertos y, por…

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Clotilde

Corría por una vereda que no conocía. La tierra suelta recién raspada. Cerca el ganado pastaba y de lejos venía un gruñido que se hacía intenso. Después de traspasar la loma vi que se trataba de un Bulldozer. Cuando me acerqué a la máquina, ésta detuvo su marcha y quedamos en silencio. Le dije mi nombre.
—Soy Rubén.
—Soy Clotilde. —El nombre saltó como un chapulín en mi memoria.
—¿Eres del pueblo de Contreras?
—De Allá mero.
—¿Fuiste agente municipal en tu comunidad?
—Hace diez años tuve el honor.
—Entonces tu esposa es doña Lorenza que es auxiliar médico.
—Pues cómo me conoce tanto, yo por mas memoria que hago no me acuerdo.
Platicábamos en el campo a kilómetros del conglomerado urbano. Él montado en el asiento del Bulldozer y yo en short, con tenis y sudado de pies a cabeza. Las voces podrían haberse escuchado con claridad en aquel espacio. El sol empezaba a ponerse bravo y los animales buscaban la sombra de los mangos, dispersos en el potrero.
—No me reconoces porque ya han pasado cerca de diez años que nos vimos, Imagínate estuvimos en la misma mesa y esa vez tu señora hizo un mole de guajolote con tortillas recién hechas. —Se bajó de la máquina y se acercó a saludarme.
—¿Pues quien es usted?  —se rascaba la cabeza, hasta que se hizo la luz en su memoria. — Ya recuerdo tú eres el médico
y esa vez fue para darle medicinas a mi esposa.
—Así es Clotilde, pero dime, si no es cierto el dicho que dice que más vale llegar a tiempo que ser invitado.
Nos despedimos con un abrazo en un paisaje verde, ausente de brisa y saturada de silencio y soledad.

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¿QUIÉN HA DE ASCENDER A LA COLINA DEL SEÑOR? AMOS ZOS

Avatar de Rubén Garcia García - SenderoPUROCUENTO

http://www.sisabianovenia.com/LoLeido/Ficcion/IndiceFiccion.html

En el que se dan por concluidas las negociaciones, se firma un contrato y se discute buena cantidad de planes, así como se habla de lejanas tierras en las que el hombre blanco no ha puesto el pie.

En la penúltima casa de la calle Sofonías vivía mi amigo, Aldo Castelnuovo, cuyo padre era famoso por los trucos que sabía hacer con tren-del-fin-del-mundonaipes y fósforos; además, tenía en propiedad una agencia de viajes, El Orient Express. Yo sabía que, de todas las personas del mundo, Aldo tenía que ver mi bicicleta. Era lo único que sus padres no le habían comprado, pues le habían regalado ya casi todo lo demás. No le dejaban andar en bicicleta por los diversos peligros que lleva consigo y, en concreto, porque podía entorpecer el progreso que Aldo llevaba hecho en el violín. Por esta razón le pegué un silbido, furtivamente, desde fuera de su casa. Cuando apareció, Aldo se…

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Zoológico cerebral. Parte 1.

Enterese del zoológico que llevamos dentro

Avatar de AlonaDeLarkNeurociencias divertidas

Seguro que más de una vez han escuchado a las personas hablar sobre el cerebro reptiliano, el cerebro mamífero, el cerebro neomamífero u humano dentro de nuestro cráneo. Una mejor versión es el cerebro reptiliano, el sistema límbico y el neocórtex. No sé si lo cuestionaron o lo aceptaron como un hecho, pero me gustaría aclarar de què se trata y qué tan lejos de la verdad está la idea.  

Esta división, que en su momento ha sido un gran avance en la neurociencia ante todo para entender los principios de la estructuración cerebral, puede confundirnos si la tomemos de manera literal.

Nos hace entender que tenemos tres diferentes cerebros, y tres diferentes memorias, y también tres inteligencias. Así como las vacas y liebres tienen más de un estómago — bueno, es uno, pero dividido en 4 partes, así los humanos gozamos de 3 cerebros.

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La cadena de Álvaro B.G.

El enfermero empujaba la camilla sobre la que Tobías, atado con correas, miraba a los ojos de Elisa que, sonriendo, saludaba con la mano a Camila mientras ésta acariciaba el pelo del pequeño Román que silbaba una canción para Jeremías, quien, con su cigarrillo siempre apagado en la boca, levantaba las faldas de Rosario mientras reía porque Basilio tocaba las palmas a Maruxa que tejía y destejía calcetines para Zacarías, su gato.
Y así, unidos por su locura, formaban una cadena en la que el eslabón más débil era el enfermero.

cadena

Tomado del Fb

CON AMOR ELENA DE STELLA MANTRANA — SENDERO blog

Originalmente publicado en PUROCUENTO: Cuando la señora Adela atendió el llamado de la puerta, un cadete le entregó un ramo de flores, y le dijo que era para ella. Le hizo firmar un recibo, y comenzó esta pequeña historia. Cerró, la puerta, con un gran ramo de flores, envuelto, en plástico, que asemejaba a un…

a través de CON AMOR ELENA DE STELLA MANTRANA — SENDERO blog

Mi amigo autista

Dentro, tengo un vecino
que amenazado por las noches nubladas
en mi sueño siempre sale a la calle con un paraguas.
camina solitario entre las pisadas de la gente y distraído se tropieza
con las melodías de un imaginario saxofón.

caminado bajo paraguas