-Tuve suerte. Un verdadero ogro me encontró a mí. Sin embargo, en aquel entonces, yo me sentía como tú, no podía considerarme afortunado, aunque mi benefactor me decía lo contrario.
Don Juan dijo que su penosa experiencia comenzó unas semanas antes de conocer a su benefactor. Apenas tenia veinte años de edad en aquel entonces. Había conseguido un empleo como jornalero en un molino de azúcar. Siempre había sido muy fuerte, y por eso le era fácil conseguir trabajos para los que se requerían músculos. Un día, mientras movía unos pesados costales de azúcar llegó una señora. Estaba muy bien vestida y parecía ser mujer rica y de autoridad. Dijo don Juan que la señora quizá tenía unos cincuenta años de edad, y que se le quedó viendo, luego habló con el capataz y partió.
Seguramente un pájaro me depositó en el patio de un tal sendero. Él tuvo la gentileza de dejarme vivir, y me dio de beber en períodos de sol y bochorno. Crecí sin saber que la vida me pondría un verde intenso en mis hojas y me daría flores tan blancas que podrían pensar que me cayó nieve; eso sería una locura en el trópico. Se abrieron, y exhalé un aroma dulce y penetrante que llamó a las abejas que prontas acudieron a succionar mi polen. fue hermoso tener tantas visitas e irme con ellas hacia lugares donde fecundaré a otros de mi especie. No sabía. A mis frutos que son de color azul oscuro, casi negro, pequeñas circunferencias que los niños se llevan a la boca y sonríen al ver maculados sus dientes. La gente tritura las esferitas y hace paletas y una bebida caliente que llaman atole, sí , atole de capulín. Cuando me zarandean, me da por suspirar y dejar un exuberante olor que complace a los sentidos más exigentes. Puedo entintar pasteles y servir de sombra a pintores que gusten contrastarme con su luz. Cómo muchos frutos que no somos comerciales, es posible que me pierda en el tiempo por las manos mezquinas del hombre, que piensa que los que no dan dinero, están de sobra.
«La gran penuria, que pesa en el corazón y daña el alma, no la conocería Michael hasta llegar a la escuela. El bofetón -precedido por una mirada de ira del profesor a los ojos del hipnotizado alumno que se prolongaba durante largos segundos- y los varazos asestados con todo ímpetu -que amorataban las puntas de los dedos y los pulpejos de las manos, o iban directos al trasero, produciendo unos habones rojos y gruesos como gusanos- no eran lo más terrible que el maestro Dúrr infligía a sus cuarenta cabezas de turco. Lo más terrible era el miedo. Su método educativo consistía en transformar a los chiquillos en seres poseídos por el miedo. El temor caldeaba el aula. De noche, el miedo era el contenido de los sueños de sus estudiantes. Antiguos alumnos, ya adultos casados, seguían sobresaltándose con sus pesadillas por culpa del maestro, y se cambiaban de acera cuando en la calle se cruzaban inesperadamente con él. Incluso en clase de religión, cuando tocaba el tema de Adán y Eva en el Paraíso y el eterno Reino de los Cielos, el maestro se paseaba con una sonrisa fanática a la espera de la respuesta equivocada, igual que un domador, vara en mano, como si no estuviese preparando a cuarenta niños para emprender su camino en la Vida, sino a cuarenta bestias para domesticarlas. Utilizaba su abrumadora autoridad para exterminar la personalidad de sus alumnos y llevaba a cabo una exhaustiva aniquilación de sus almas. Al poco tiempo, la mayoría eran criaturas con todos los atributos del sumiso, material listo para la siguiente autoridad -el sargento en el patio del cuartel-, y los más sensibles llevaban en la frente el sello de candidatos a ingresar en el manicomio. En especial, temían su sonrisa. Cuando por las mañanas, al comenzar las clases, gritaba: ‘¡Cálculo mental’, sonreía desde la altura de su mesa durante un rato en mitad del silencio sepulcral, hasta que el miedo hacia que los cuarenta chiquillos se bloquearan mentalmente. El temor a ser el blanco de la pregunta, un temor que nublaba los sentidos, habría imposibilitado al mismísimo Immanuel Kant calcular con diez años que ocho por siete son cincuenta y seis. A Michael, un chiquillo sensible que antes de ir a la escuela hablaba con fluidez y, bajo el yugo del maestro, se había vuelto tartamudo de repente -un padecimiento que no volvería a superar hasta pasadas varias décadas”, ya no le dirigía pregunta alguna, dado que lo consideraba demasiado tonto para que de él pudiera salir algo y, en cualquier caso, nunca iba a llegar a nada en la Vida. El maestro había colocado al tartamudo en la última bancada, solo. Lo interpelaba alguna que otra vez, únicamente para entretenimiento de la clase, y todos tenían permiso para reírse de Michael, junto con el maestro, cuando el niño daba, entre tartamudeos, la respuesta equivocada. Al salir de la escuela después de siete años, Michael era un joven herido de gravedad. De hecho, si no se suicidó fue tan solo porque aún no era consciente de que las personas, cuando ya no pueden más, se suicidan. En realidad, sin saberlo, protagonizó varios intentos de suicidio. Su convicción de que no valía para nada y de que era el más tonto de todos desembocaba a veces en ataques repentinos de un salvajismo descontrolado. En aquellos momentos, para demostrarse a sí mismo y a sus amigos de la calle que era capaz de todo, corría al galope sobre el puente del Meno, por la balaustrada estrecha de piedra que quedaba a la altura de una casa por encima de la superficie del agua, en una carrera contra la muerte; o bien trepaba hasta lo alto de la torre de la iglesia, saltando de una cornisa a otra, separadas por veinte metros. En dos ocasiones, a Michael, que no sabia nadar y quería demostrar a sus amigos que podía pasar buceando bajo una balsa, lo habían llevado a casa casi muerto, sin que se enterase su madre». Fragmento de la novela «A La Izquierda, Donde El Corazón» (1952) Publicado 16th October 2018 por Álvaro Heras-Gröh
Hay palabras en el lenguaje que recrean las cosas del mundo de manera tan vívida, pero sobre todo tan visual, como la impresión que originalmente deja en el “ánimo” el objeto ausente. Pero hay palabras que incluso aguzan ese objeto ausente, sacándole filo a su naturaleza física. Estas palabras son escazas y, dentro de la […]
Sobreviviendo apenas con los desechos y las aguas negras. Los ricos los toleran pues de entre ellos escogen sus prostitutas y sus sirvientes ínfimos. Los ricos salen de la Ciudad cuando quieren, se van a las montañas o al mar, o visitan otras ciudades igual de prósperas. Los miserables viven afuera de la ciudad, pero no pueden ir a ningún lado.
«‘Me volví loca por él -me dijo-, loca de remate’. Le bastaba cerrar los ojos para verlo, lo oía respirar en el mar, la despertaba a media noche el fogaje de su cuerpo en la cama. A fines de esa semana, sin haber conseguido un minuto de sosiego, le escribió la primera carta. Fue una esquela convencional, en la cual le contaba que lo había visto salir del hotel, y que le habría gustado que él la hubiera visto. Esperó en vano una respuesta. Al cabo de dos meses, cansada de esperar, le mandó otra carta en el mismo estilo sesgado de la anterior, cuyo único propósito parecía ser reprocharle su falta de cortesía. Seis meses después había escrito seis cartas sin respuestas, pero se conformó con la comprobación de que él las estaba recibiendo. Dueña por primera vez de su destino, Ángela Vicario descubrió entonces que el odio y el amor son pasiones recíprocas. Cuantas más cartas mandaba, más encendía las brasas de su fiebre, pero más calentaba también el rencor feliz que sentía contra su madre. ‘Se me revolvían las tripas de sólo verla -me dijo-, pero no podía verla sin acordarme de él’. Su vida de casada devuelta seguía siendo tan simple como la de soltera, siempre bordando a máquina con sus amigas como antes hizo tulipanes de trapo y pájaros de papel, pero cuando su madre se acostaba permanecía en el cuarto escribiendo cartas sin porvenir hasta la madrugada. Se volvió lúcida, imperiosa, maestra de su albedrío, y volvió a ser virgen sólo para él, y no reconoció otra autoridad que la suya ni más servidumbre que la de su obsesión. Escribió una carta semanal durante media vida. ‘A veces no se me ocurría qué decir -me dijo muerta de risa-, pero me bastaba con saber que él las estaba recibiendo’. Al principio fueron esquelas de compromiso, después fueron papelitos de amante furtiva, billetes perfumados de novia fugaz, memoriales de negocios, documentos de amor, y por último fueron las cartas indignas de una esposa abandonada que se inventaba enfermedades crueles para obligarlo a volver. Una noche de buen humor se le derramó el tintero sobre la carta terminada, y en vez de romperla le agregó una posdata: ‘En prueba de mi amor te envío mis lágrimas’. En ocasiones, cansada de llorar, se burlaba de su propia locura. Seis veces cambiaron la empleada del correo, y seis veces consiguió su complicidad. Lo único que no se le ocurrió fue renunciar. Sin embargo, él parecía insensible a su delirio: era como escribirle a nadie. Una madrugada de vientos, por el año décimo, la despertó la certidumbre de que él estaba desnudo en su cama. Le escribió entonces una carta febril de veinte pliegos en la que soltó sin pudor las verdades amargas que llevaba podridas en el corazón desde su noche funesta. Le habló de las lacras eternas que él había dejado en su cuerpo, de la sal de su lengua, de la trilla de fuego de su verga africana. Se la entregó a la empleada del correo, que iba los viernes en la tarde a bordar con ella para llevarse las cartas, y se quedó convencida de que aquel desahogo terminal sería el último de su agonía. Pero no hubo respuesta. A partir de entonces ya no era consciente de lo que escribía, ni a quién le escribía a ciencia cierta, pero siguió escribiendo sin cuartel durante diecisiete años. Un mediodía de agosto, mientras bordaba con sus amigas, sintió que alguien llegaba a la puerta. No tuvo que mirar para saber quién era. ‘Estaba gordo y se le empezaba a caer el pelo, y ya necesitaba espejuelos para ver de cerca -me dijo-. ¡Pero era él, carajo, era él!’. Se asustó, porque sabía que él la estaba viendo tan disminuida como ella lo estaba viendo a él, y no creía que tuviera dentro tanto amor como ella para soportarlo. Tenía la camisa empapada de sudor, como la había visto la primera vez en la feria, y llevaba la misma correa y las mismas alforjas de cuero descosido con adornos de plata. Bayardo San Román dio un paso adelante, sin ocuparse de las otras bordadoras atónitas, y puso las alforjas en la máquina de coser. -Bueno -dijo-, aquí estoy. Llevaba la maleta de la ropa para quedarse, y otra maleta igual con casi dos mil cartas que ella le había escrito. Estaban ordenadas por sus fechas, en paquetes cosidos con cintas de colores, y todas sin abrir».
Fragmento de la novela «Crónica De Una Muerte Anunciada» (1981)Publicado 30th December 2017 por Álvaro Heras-Gröh
“Entonces, ¿todo había sido un sueño? ¡Dios mío, qué sueño! ¿Para qué despertó? ¿No pudo acaso prolongarlo un minuto? Seguro que ella habría reaparecido. Una luz molesta asomaba a las ventanas con fulgor difuso. La habitación ofrecía un desorden gris, triste… ¡Qué desagradable era la realidad! ¿Acaso podía compararse con los sueños? (…) Permaneció en la cama hasta mediodía, intentando dormir, pero ella no se le aparecía. ¡Volver a contemplar, tan solo un instante, sus hermosos rasgos, solo un instante escuchar sus ligeros pasos, ver su brazo desnudo, como la nieve en las cumbres…! Despojado de todo, olvidado de todo, permanecía sentado sin consuelo y sin esperanza, nada más que con los sueños. No tenía ganas de hacer nada; sus ojos miraban desencantados, sin emoción, por la ventana que daba al patio, donde un aguador sucio repartía agua que se helaba en el aire y la voz berreante de un chamarilero trepidaba: ‘Se venden ropas usadas’. Lo cotidiano y lo real le herían el oído. En ese estado permaneció hasta la noche, cuando se tumbó con avidez en la cama. Después de un largo forcejeo con el insomnio, lo venció. Y tuvo otro sueño, un sueño vulgar y mísero. ‘Dios misericordioso: muéstramela por un instante. Por un solo instante’. (…) Los sueños terminaron siendo su vida, y, desde ese momento, toda su existencia tomó un giro extraño: se hubiera dicho que dormía despierto y vivía en sueños. Quien le viere callado ante la mesa vacía, o caminando por la calle, le habría tomado por un sonámbulo o por un hombre vencido por el alcohol. Su mirada perdió la expresividad, su distracción natural llegó a tal grado, que, imperiosa, borró de su cara todos los sentimientos, todos los movimientos que le animaban. Solo volvía a vivir cuando llegaba la noche. Ese estado alteró todas sus fuerzas, hasta que al final llegó a padecer el más horrible de los tormentos cuando el sueño comenzó a abandonarle. Intentando salvar esa su única riqueza, recurrió a todos los medios para reconquistarla. Tenía oído que, para recuperar el sueño, bastaba con tomar opio. Pero ¿dónde conseguirlo? Se acordó de un persa, propietario de un taller de chales, que, casi siempre, al verle, le pedía que le dibujara una mujer hermosa. Confiando en que aquél tendría ese opio, decidió visitarle. El persa le recibió sentado en un diván y con las piernas cruzadas. -¿Para qué quieres el opio? –le preguntó. Piskariov le habló de su insomnio. -Bien. Te daré el opio si tú me dibujas una mujer guapa de verdad. Las cejas negras y los ojos grandes como aceitunas; y a mí me pones al lado, fumando en pipa. ¿Me oyes? ¡Que sea guapa! ¡Que sea bellísima! Piskariov le prometió todo eso. El persa se ausentó un instante y regresó con un tarro lleno de un líquido oscuro, vertió con cuidado una parte en otro tarro y, entregándoselo a Piskariov, le recomendó echar tan solo siete gotas en un vaso de agua. Piskariov se apoderó con ansia del valioso tarro, que no habría cambiado por un montón de oro, y regresó corriendo a casa. Una vez allí, echó las gotas en un vaso de agua, lo bebió y se acostó. ¡Dios, qué alegría! ¡Ella! ¡Era otra vez ella! Pero con otro aspecto distinto. ¡Qué bien se la veía, sentada a la ventana de una soleada casa campesina! Su vestido transpiraba la sencillez de la que solo se viste la idea del poeta… Su peinado… Señor, qué peinado tan sencillo y qué bien le iba. Llevaba una ligera toquilla echada descuidadamente sobre sus esbeltos hombros; todo en ella era sencillo, todo revelaba un secreto e inexpresable sentido del gusto. ¡Qué encantador era su gracioso caminar! ¡Qué musical el susurro de sus pisadas y de su sencillo vestido! ¡Qué hermoso aparecía su brazo ceñido por una pulsera de amatista! (…) Se despertó conmovido, conmocionado, con lágrimas en los ojos. ‘Más valdría que no existieras!, que no vivieras en el mundo, que fueras solo obra de un pintor inspirado! No me apartaría del lienzo, no cesaría de contemplarte, de besarte. Viviría y respiraría añorándote, como a la más hermosa de las ilusiones, y sería feliz. No tendría otros deseos. Te invocaría, como al ángel de la guarda, al dormirme y al despertar, y esperaría a que aparecieses cuando tuviera que pintar lo divino y lo sagrado. Pero ahora… ¡Qué vida más horrible! ¿Qué sentido tiene mi existencia? ¿Acaso la vida del demente agrada a sus familiares y amigos, que antes le quisieron? ¡Señor, qué vida la nuestra! ¡Una eterna pugna entre el sueño y la realidad!’ Éstas y otras ideas semejantes le asaltaban constantemente. No pensaba en nada, apenas comía, y esperaba con impaciencia, con la pasión del amante, la llegada de la noche y de la visión anhelada. Esa fijación adquirió por fin tal poder sobre su vida y su mente, que la imagen deseada se le aparecía casi a diario y siempre bajo un aspecto opuesto a la realidad, porque los pensamientos de Piskariov eran tan puros como los de un niño. A través de aquellos sueños, el propio objeto que los motivaba se iba purificando y transformándose por completo. El opio excitó aún más su mente, y si alguna vez hubo un enamorado que llegó al último extremo de la demencia, con una pasión arrebatadora, terrible, destructora, turbulenta, ese desdichado era él”. Fragmento del relato “La Avenida Nevski” (1835)Publicado 19th August 2012 por Álvaro Heras-Gröh