La camaleona —Estoy cansada de que la gente critique mis continuos cambios de color. Me dicen: “fíjate que el ornitorrinco es siempre un ornitorrinco, y el escarabajo un escarabajo”. Así que he decidido ser una camaleona de carácter, de personalidad centrada y sólida, una camaleona con identidad encapsulada. Y dicho esto, se puso seria, hizo un gran esfuerzo, se volvió morada y no volvió cambiar de color. Pasaron por un bosque y la camaleona no se puso verde. Pasaron por un jardín de margaritas y la camaleona no se puso amarilla. Durante todo el día, a pesar de los muchos colores que presenciaron en esa variopinta tarde de verano en un trópico evanecido de sus excesos coloristas, a pesar del rojo crepúsculo incendiario, la camaleona permaneció firme en el color morado. Al regresar de la tarde de charla literaria por la orilla del río, la camaleona les preguntó a sus amigos: —¿Cómo os pareció mi firmeza de carácter? El ornitorrinco y el escarabajo pelotero respondieron: —Has mostrado una firmeza de carácter admirable. Pero ya no eres una camaleona.
Marcel Proust. Considera tres
aspectos del relato en su estudio: tiempo,
modo y voz. Quizá el más novedoso,
interesante y exhaustivo sea el tratamiento
del tiempo, del cual aborda el orden,
la duración y la frecuencia.
Antes de abordar los principales factores
del tiempo, es importante aclarar
aspectos terminológicos. El tiempo de la
ficción no es equiparable al tiempo físico
de la vida real, pues el primero es un
tiempo de cuasi-ficción, no real. Además
tenemos que distinguir dos planos: el
plano de la historia, que es el plano del
significado, y el de la realidad narrada.
Este último es el del relato, del significante,
del tiempo del discurso narrativo.
El tiempo del primer plano es el tiempo
ordenado, el que trata de reproducir la
historiografía; el del segundo plano es
artístico, lo crea el narrador desde el momento
en que decide dónde empezar a
contar, dónde terminar, qué acciones requieren
mayor tratamiento, cuáles le son
baladíes y por lo tanto omitibles, dónde
realizar saltos, trastrocamientos, adelantamientos,
etcétera. Entre ambos planos
se presentan tres relaciones: el orden, la
frecuencia y la duración.
El orden
Si el escritor de ficción desea alterar el
orden de las acciones que transcurren en
el tiempo lineal, de modo que un hecho
que normalmente esperaríamos al final
lo presenta a la mitad, está incurriendo
en un descalabro lógico, quizá, pero no
literario ni psicológico. A esto se le conoce
como proyección a futuro, prolepsis
o simplemente anticipación. Aquí entramos
en el tiempo de las predicciones, de
las premoniciones, de los sueños o de
las profecías. Puede ocurrir lo contrario,
hacer que un hecho que ocurre antes
incluso de la historia que va a contar el
narrador, se presente a la mitad de la
historia, como ocurre con los recuerdos
de los personajes; entonces nos enfrentamos
a otro descalabro del orden lógico-
temporal conocido como “flash back”
en el lenguaje fílmico, y retrospección o
analepsis en la retórica clásica.
LA FRECUENCIA
Lo más sencillo sería que aquello que…ocurrió una vez en la historia, se mencionara
una vez en el relato, o que aquello
ocurrido muchas veces se mencionara
muchas veces. Pero puede darse el caso
de que lo que ocurrió una vez, lo repita
el narrador de manera inusitada en
su relatoría; o simplemente que lo que
ocurrió una o varias veces en la secuencia
de los hechos de la historia, no tenga
importancia alguna para el escritor, y por
lo tanto ni lo mencione.
La duración
Más interesante que la frecuencia es
la duración del tiempo en los mundos
imaginarios. En busca del tiempo perdido
es una obra maestra del tiempo psicológico.
De ella, Genette extrae una veta
extraordinaria para hablar de la duración
del tiempo reproducido en la literatura.
Veamos los casos posibles. a) Una conversación
realista, al reproducirse en una
narración, duraría aproximadamente el
mismo tiempo que si se llevara a cabo en
una escena de teatro o en la vida real;
b) las formas de aceleración o desaceleración
son comunes, lo cual se refiere a
eventos que ocurren lentamente, aunque
en la ficción puedan durar mucho
arbitrariamente, o viceversa. Pongamos
por caso la caída de la hoja de un árbol.
Lo más seguro es que en la realidad dure
unos cuantos segundos, pero en la narración
puede describirse dicho evento en
cinco o diez páginas y no caer todavía.
Pareciera que el tiempo se comporta
como real, pero no, es seudoreal (o sea
falso), cuasi-ficción; siempre resultará
un constructo imaginario con una duración,
un orden y una frecuencia dispares,
irregulares e imprecisos; no es posible
establecer reglas generales válidas para
toda narración ficcional, que definan su
transcurso.
Existen varios y novedosos tratamientos
del tiempo literario, diferentes
cada uno en función de la perspectiva
metodológica utilizada, de la conceptualización
teórica de la fuente disciplinar,
y también del género literario utilizado3.
Sin embargo, no dejará de ser la narrativa,
por su propia naturaleza, por el sui
generis tratamiento que hace del tiempo,
la que más atractivo posea, en especial
en aquellas narraciones extensas como la novela, porque en ellas se ve, se siente
y se oye el transcurrir del tiempo y sus
efectos en los personajes que nosotros
mismos sufrimos y gozamos .
Esta historia comienza cuando Nasrudín llega a un pequeño pueblo en algún lugar lejano de Medio Oriente. Era la primera vez que estaba en ese pueblo y una multitud se había reunido en un auditorio para escucharlo. Nasrudín, que en verdad no sabía que decir, porque él sabía que nada sabía, se propuso improvisar algo y así intentar salir del atolladero en el que se encontraba. Entró muy seguro y se paró frente a la gente. Abrió las manos y dijo: -Supongo que si ustedes están aquí, ya sabrán que es lo que yo tengo para decirles. La gente dijo: -No… ¿Qué es lo que tienes para decirnos? No lo sabemos ¡Háblanos! ¡Queremos escucharte! Nasrudín contestó: -Si ustedes vinieron hasta aquí sin saber qué es lo que yo vengo a decirles, entonces no están preparados para escucharlo. Dicho esto, se levantó y se fue. La gente se quedó sorprendida. Todos habían venido esa mañana para escucharlo y el hombre se iba simplemente diciéndoles eso. Habría sido un fracaso total si no fuera porque uno de los presentes -nunca falta uno- mientras Nasrudín se alejaba, dijo en voz alta: -¡Qué inteligente! Y como siempre sucede, cuando uno no entiende nada y otro dice “¡qué inteligente!”, para no sentirse un idiota uno repite: “¡sí, claro, qué inteligente!”. Y entonces, todos empezaron a repetir: -Qué inteligente. -Qué inteligente. Hasta que uno añadió: -Sí, qué inteligente, pero… qué breve. Y otro agregó: -Tiene la brevedad y la síntesis de los sabios. Porque tiene razón. ¿Cómo nosotros vamos a venir acá sin siquiera saber qué venimos a escuchar? Qué estúpidos que hemos sido. Hemos perdido una oportunidad maravillosa. Qué iluminación, qué sabiduría. Vamos a pedirle a este hombre que dé una segunda conferencia. Entonces fueron a ver a Nasrudín. La gente había quedado tan asombrada con lo que había pasado en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que el conocimiento de Él era demasiado para reunirlo en una sola conferencia. Nasrudín dijo: -No, es justo al revés, están equivocados. Mi conocimiento apenas alcanza para una conferencia. Jamás podría dar dos. La gente dijo: -¡Qué humilde! Y cuanto más Nasrudín insistía en que no tenía nada para decir, con mayor razón la gente insistía en que querían escucharlo una vez más. Finalmente, después de mucho empeño, Nasrudín accedió a dar una segunda conferencia. Al día siguiente, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde había más gente aún, pues todos sabían del éxito de la conferencia anterior. Nasrudín se paró frente al público e insistió con su técnica: -Supongo que ustedes ya sabrán que he venido a decirles. La gente estaba avisada para cuidarse de no ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia; así que todos dijeron: -Sí, claro, por supuesto lo sabemos. Por eso hemos venido. Nasrudín bajó la cabeza y entonces añadió: -Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decirles, yo no veo la necesidad de repetir. Se levantó y se volvió a ir. La gente se quedó estupefacta; porque aunque ahora habían dicho otra cosa, el resultado había sido exactamente el mismo. Hasta que alguien, otro alguien, gritó: -¡Brillante! Y cuando todos oyeron que alguien había dicho “¡brillante!”, el resto comenzó a decir: -¡Si, claro, este es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer! -Qué maravilloso -Qué espectacular -Qué sensacional, qué bárbaro Hasta que alguien dijo: -Sí, pero… mucha brevedad. -Es cierto- se quejó otro -Capacidad de síntesis- justificó un tercero. Y en seguida se oyó: -Queremos más, queremos escucharlo más. ¡Queremos que este hombre nos de más de su sabiduría! Entonces, una delegación de los notables fue a ver a Nasrudín para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. Nasrudín dijo que no, que de ninguna manera; que él no tenía conocimientos para dar tres conferencias y que, además, ya tenía que regresar a su ciudad de origen. La gente le imploró, le suplicó, le pidió una y otra vez; por sus ancestros, por su progenie, por todos los santos, por lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, Nasrudín aceptó temblando dar la tercera y definitiva conferencia. Por tercera vez se paró frente al público, que ya eran multitudes, y les dijo: -Supongo que ustedes ya sabrán de qué les voy a hablar. Esta vez, la gente se había puesto de acuerdo: sólo el intendente del poblado contestaría. El hombre de primera fila dijo: -Algunos si y otros no. En ese momento, un largo silencio estremeció al auditorio. Todos, incluso los jóvenes, siguieron a Nasrudín con la mirada. Entonces el maestro respondió: -En ese caso, los que saben… cuéntenles a los que no saben. Se levantó y se fue.
Vientos solanos,las sombras de las nubescubren el monte.
Crestas de nube:el barco ha surcado la mar en calma
Montes de otoño:una mancha nubosapasa tranquilamente.
Las nubes vieneny van por la cascada¡ los arces rojos !
Natsume Soseki, (Tokio, 1867-1916) es uno de los escritores japoneses más destacados -y re conocidos- de la segunda mitad del siglo XIX. Llamado en realidad Natsume Kinnosuke, decidió utilizar el pseudónimo Soseki, que en japonés quiere decir terco. Alcanzó una gran popularidad a través de sus célebres novelas «Soy un gato», «Botchan», «Rondon To» y, sobre todo, «Kokoro», su obra maestra. Entre otras cosas fue profesor de inglés, un excelente calígrafo, pintor, poeta de haikus y también de poesía china. Tras una estancia en Londres, de 1900 a 1902, con una ínfima beca y una vida de verdaderas penurias, regresará a Japón con un contrato para enseñar lengua inglesa en la Universidad Imperial de Tokio. A partir de 1903 comienza a dedicarse poco a poco a la literatura, y ante el éxito que obtiene abandona progresivamente la docencia, para dedicarse a escribir hasta su prematura muerte en 1916, con 49 años. En 1948, el gobierno japonés decide poner su efigie en los billetes de mil yenes, en homenaje a su importante trayectoria.
Había un lobo en la selva. Un día, cuando estaba afuera paseando, encontró a un árbol que tenía unas hojas que parecían caras de personas. Escuchó atentamente y pudo oír al árbol hablar.
El lobo se asustó y dijo:
-Hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante.
Tan pronto como hubo dicho estas palabras, alguna cosa que no pudo ver lo golpeó y lo dejó inconsciente. No sabía durante cuánto tiempo había estado allí tendido en el suelo, pero cuando despertó estaba demasiado asustado para hablar. Se levantó inmediatamente y empezó a correr.
El lobo estuvo pensando acerca de lo que le había ocurrido y se dio cuenta de que podía usar el árbol para su provecho. Se fue paseando de nuevo y se encontró a un antílope. Le contó lo del árbol que hablaba, pero el antílope no le creyó.
-Ven y lo verás tu mismo -dijo el lobo- pero cuando llegues delante del árbol asegúrate de decir estas palabras: “Hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante”. Si no las dices, morirás.
El lobo y el antílope se acercaron hasta el árbol que hablaba. El antílope dijo:
-Has dicho la verdad, lobo, hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante.
Tan pronto como dijo esto alguna cosa lo golpeó y lo dejó inconsciente. El lobo cargó con él a su espalda y se lo llevó a casa para comérselo. “Este árbol que habla solucionará todos mis problemas”, pensó el lobo. “Si soy inteligente nunca más volveré a pasar hambre.”
Al día siguiente el lobo estaba paseando como de costumbre. Al cabo de un rato se encontró con una tortuga. Le contó la misma historia que le había contado al antílope, y la llevó hasta el lugar. La tortuga se sorprendió cuando vio al árbol hablante.
-No creía que esto fuera posible -dijo- hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante.
Inmediatamente fue golpeada por algo que no pudo ver y cayó inconsciente. El lobo la arrastró hasta su casa y la puso en una olla. Pensó en hacer una estupenda sopa.
El lobo estaba orgulloso de sí mismo. Después del antílope y la tortuga cazó un ave, un jabalí, y un ciervo. Nunca antes había comido mejor. Siempre usaba la misma estrategia. Contaba a sus presas que debían decir que nunca antes habían visto a un árbol hablar y que si no lo decían morirían. Todos ellos hicieron lo que el lobo les dijo y todos ellos quedaron inconscientes. Luego el lobo cargaba con ellos hasta su casa. Era un plan perfecto, él lo creía simple e infalible, y agradecía a las estrellas el hecho de haber encontrado a ese árbol. Esperaba comer como un rey durante el resto de su vida.
Un día, que se sentía con algo de hambre, el lobo fue a pasear de nuevo. Esta vez se encontró con una liebre. El lobo le dijo:
-Hermana liebre, he visto algo que tú no has visto desde el tiempo de tus antepasados.
-Hermano mayor, ¿qué puede ser? -preguntó la liebre.
-He visto un árbol que habla en la selva -dijo el lobo.
Contó la misma historia de siempre a la liebre y se ofreció para llevarla a ver ese árbol hablante. Fueron juntos hasta el lugar. Cuando se acercaban al árbol el lobo le dijo:
-No olvides lo que te he contado.
-¿Qué me contaste? -preguntó la liebre.
-Lo que debes decir cuando llegues junto al árbol, o si no , morirás -dijo el lobo.
-¡Oh!, sí -dijo la liebre-.
Y empezó a hablar con el árbol.
-¡Oh!, árbol, ¡oh!, árbol -dijo-. Eres un árbol precioso.
.No, esto no -dijo el lobo.
-Perdona -dijo la liebre. Entonces habló de nuevo-. Árbol, ¡oh!, árbol, nunca pensé que pudieras ser tan maravilloso.
-¡No, no! -dijo el lobo- no un árbol precioso, un árbol hablante. Te dije que tenías que decir que nunca habías visto antes a un árbol hablante.
Tan pronto como hubo dicho estas palabras, el lobo cayó inconsciente. La liebre se fue andando y mirando hacia el árbol y el lobo. Luego sonrió:
-Entonces, este era el plan del señor Lobo -dijo-. Se pensaba que este lugar era un comedero y yo su comida.
La liebre se marchó y contó a todos los animales de la selva el secreto del árbol que hablaba. El plan del lobo fue descubierto, y el árbol, sin herir a nadie, continuó hablando solo.
No resulta fácil para un neófito tratar de hacer una reseña medianamente digna sobre una de las mayores obras de la literatura japonesa de todos los tiempos. Tampoco ayuda mucho a ello saber que, para el gran público castellano, es una novela prácticamente desconocida debido a su escasa difusión.
“Tropezarse” en una librería con un ejemplar de este tipo y descubrir, a medida que se avanza en su lectura, que nada es como nos parece resulta, cuanto menos, sorprendente y muy adictivo.
Pero para tratar de explicar tales consideraciones se hace necesario acercar al lector al mundo Genji.
En primer lugar, ¿por qué es tan desconocida esta obra? Cabe decir que, sobre todo, por la dificultad de su traducción. Los japoneses basaron su sistema de escritura en los caracteres chinos (el chino era, para los japoneses, el equivalente del griego para los romanos, o del latín para los hombres del Renacimiento) a los que llamaban kanji. Adoptaron estos caracteres e inventaron un sistema relativamente reducido de símbolos suplementarios, dando lugar a una fonética que, en realidad, era una versión simplificada de los kanji y que se denominaba kana. Pues bien, el genji está plasmado en escritura kana, que consta de cuarenta y seis signos aumentados con dos diacríticos especiales.
Esta novela fue escrita en el siglo X. Los primeros manuscritos aparecieron a finales del siglo XII, es decir, más de un siglo después de su conclusión y el primer texto completo en el siglo XIV. Ello supone que, a lo largo de los dos siglos que separan la composición de la novela de los primeros manuscritos supervivientes, el texto haya sido objeto de retoques, interpolaciones y lecturas erróneas.
La versión reseñada -una auténtica adaptación- se recrea en la clásica del inglés Arthur Waley, publicada entre 1924 y 1933 que, para algunos, constituyó un auténtico hito de la literatura inglesa, ya que amplificó el texto para hacerlo más inteligible al lector, siendo –a juicio de la crítica mayoritaria- la que mejor “explica” la historia, seguramente porque Waley amó el Genji con pasión de descubridor.
Aclaradas las dificultades de su desconocimiento, ora es de incardinar su contenido a la época Heian.
La Novela de Genji transcurre en Japón durante la segunda mitad del siglo X y el primer cuarto del XI. En aquellos tiempos, oscuros en el resto del mundo, donde el esplendor de Roma era puro recuerdo y la pobre Europa empezaba a levantarse a trancas y barrancas de su inmensa decadencia, tan sólo China y Japón podían enorgullecerse de contar con unas civilizaciones dignas de tal nombre.
En el año 784, la capital de Japón fue trasladada a una ciudad de nueva planta, diseñada a imitación de Ch´ang-an, la capital de China y que fue bautizada Heian Kyo, “La Ciudad de la Paz y la Tranquilidad”, la actual Kyoto. Dicho traslado dio lugar al inicio de un nuevo periodo absolutamente decisivo en la historia de Japón. Nunca la civilización nipona volvió a ser tan refinada, tan culta y tan llena de glamour, hasta el extremo que algunos han comparado esta época con el Grand Siècle de Luis XIV, pero un Grand Siècle de casi cuatro siglos de duración.
Claro está que esta “civilización” era patrimonio exclusivo de un uno por mil–minúscula la proporción- de los habitantes del país. El nivel de educación (por no hablar de cultura) de las clases bajas era inferior al de las sociedades primitivas actuales de Nueva Guinea. La cultura de la nobleza, en cambio, se manifestaba en un modo de vida extraordinariamente artificioso en torno a una utopía de carácter estético, un esteticismo sutil y al servicio de un lujo sin precedentes en la historia. A diferencia de las culturas de Egipto, de Persia y del Indo, donde la vida lujosa era vacía, fría y estereotipada, en la corte del Japón Heian la belleza en las formas, en el vestir y en las diversiones despertaba el entusiasmo de las “almas sensibles” y todos allí querían ser así porque no serlo significaba hacer el ridículo, o sea, no estar à la page.
La historia trata de la lucha del protagonista Genji, el Príncipe Resplandeciente, por recuperar los derechos derivados de su nacimiento (es hijo de un emperador) y de los cuales se ve injustamente privado en su infancia. Nos encontramos, pues, ante un auténtico agon en el sentido que los griegos daban al término. Un joven que se ve obligado por el destino a vivir una serie de experiencias más o menos iniciáticas hasta que se le reconoce lo que es legítimamente suyo. Así, Genji debe abandonar la casa paterna, tiene una serie de encuentros amorosos con mujeres de todo tipo, se granjea enemigos que buscan perjudicarlo, es condenado al exilio y finalmente regresa a la capital, obteniendo la posición que le corresponde y gobernando los destinos del país como una especie de “emperador a la sombra”.
No parece un hilo argumental muy distinto al de otro tipo de novelas. Sin embargo, adentrarse en la vida del Genji constituye todo un reto y un desafío para quién busca algo diferente.
Todo lo anterior, que se resume en apenas cinco líneas, da para mucho en la novela. Con su repaso, el lector se transporta a una época alucinante por lo extraño y lo ajeno. Si bien, a través de sus numerosas páginas, se percibe el devenir de la vida del Príncipe Resplandeciente tal y como se ha narrado, en la novela -por encima de todo-, se eleva la figura del amor y su forma de entenderlo en aquel periodo, tan diferente al nuestro, al que hemos conocido y nos han enseñado a través de la historia. Nos desvela, por arte de la pluma de la autora, cómo pensaban las mujeres Heian, cómo sentían, cómo amaban, padecían y sufrían. Cómo se educaban en el arte de la poesía y de la música. En la danza y la pintura. Y cómo de una simple caligrafía con un tipo de grosor y, según qué tipo y color de papel, averiguaba un noble Heian si estaba ante una mujer perfecta o no. Amor en estado puro. Tan puro que, a veces, el lector desconoce que lo que acaba de leer ha sido una relación sexual o, incluso, una violación y que sólo lo descubre – más tarde- con la discreta pero asombrada reacción de la dama.
La novela, aún así, da para mucho más.
¿Cómo se organizaba el poder y quién movía realmente los hilos en el Japón Heian?, ¿cómo influían los tabúes de orientación en las supersticiones japonesas?, ¿cómo eran sus casas y porqué esas distribuciones?, ¿cómo se establecían las jerarquías en el mundo de Genji?, ¿cómo era su religión?, ¿cómo veían los nobles Heian el ideal de belleza femenina y masculina?, ¿cómo se entendía la monogamia y la poligamia?, ¿cómo eran la vida social, los ceremoniales y la dolce vita?, ¿cómo era el refinamiento y el culto a la naturaleza?, ¿porqué la poesía y la música eran tan importantes?, ¿cómo era su caligrafía?, ¿existían los celos?.
Todas y cada una de estas preguntas tiene adecuada respuesta en la novela, admirándose el lector de la capacidad única que tiene la autora para cambiar de registro en un mismo capítulo y, a veces, en un mismo párrafo.
La novela de Genji constituye un relato de costumbres contemporáneas y es el mejor documento de que se dispone para conocer cómo se vivía, se pensaba y se sentía en un momento determinado de la historia de Japón, al menos en cuanto a las clases sociales más poderosas e ilustradas. No hay que olvidar que nos encontramos ante una obra del siglo X escrita por una contemporánea, Musaraki Shikibu, que retrata un mundo que conoce, una manera de pensar y una manera de vivir que son las de su tiempo, lo que otorga al libro un valor añadido. Es por eso que no narra simplemente una crónica de sucesos ocurridos, sino que nos encontramos ante una auténtica novela en el sentido más moderno del término.
En España, la vida del Príncipe Resplandeciente aparece como la primera versión con vocación de completa de la obra universal de Murasaki Shikibu en Ediciones Destino, en noviembre de 2005, bajo el título de La novela de Genji, por ser escrita como una novela de su tiempo. Esa es la explicación al título y no el de La historia de Genji, que debería ser el correcto a tenor de la traducción del original.
En su “debe”, a la novela cabe atribuirle alguna tara, derivada de su peculiar naturaleza y características. En primer lugar, la selva de personajes, que hace harto difícil seguir las trayectorias parentales sin tener que acudir al apéndice alfabético que la autora incluye al final del texto -menos mal- y que detalla las relaciones entre los actores. Este esfuerzo, además, se acrecienta si se deja de leer por un tiempo. En segundo lugar, se echan de menos gráficos e imágenes de su tiempo que faciliten las explicaciones y algún mapa simple de la época. En tercer lugar, el estilo y el ritmo de la novela que puede parecer, en algunas fases, algo –sólo algo- tedioso por lo extenso. Su lectura requiere, por tanto, delicadeza y paciencia. Finalmente, el precio.
En su “haber”, la propia técnica de narración empleada, una adaptación del original que hace muy llevadera su lectura, empezando por poner los nombres propios a los personajes que en los textos originales aparecen mentados sólo por sus cargos. Además, cuando se hace necesario, se acompañan a pie de página, notas marginales que hacen más comprensible el texto. Y a su favor también, saber que se lee algo fresco, lejano, exótico, diferente y especial. ¿Alguien da más?
Consta de dos tomos. El primero, Esplendor, es un relato de afirmación y triunfo. El segundo, Catástrofe, es de decadencia. No obstante, su lectura es independiente.
Características técnicas Volumen I: Ediciones Destino, Colección Ancora y Delfín, 6ª edición, marzo 2006. Cartoné. 15×23 cm, 886 pp, 30 €.
Características técnicas Volumen II: Ediciones Destino, Colección Ancora y Delfín, 1ª edición, mayo 2006. Cartoné.15X23 cm, 840 pp, 30 €.
“Ay”, dijo el ratón, “el mundo se está haciendo más chiquito cada día. Al principio era tan grande que yo tenía miedo, corría y corría, y me alegraba cuando al fin veía paredes a lo lejos a diestra y siniestra, pero estas largas paredes se han achicado tanto que ya estoy en la última cámara, y ahí en la esquina está la trampa a la cual yo debo caer”. “Sólamente tienes que cambiar tu dirección”, dijo el gato, y se lo comió.
En el camino de Akasaka, cerca de Tokyo, hay una colina, llamada Kii-No-Kuni-Zaka, o “La Colina de la provincia de Kii”. Está bordeada por un antiguo foso, muy profundo, cuyas laderas suben, formando gradas, hasta un espléndido jardín, y por los altos muros de un palacio imperial.
Mucho antes de la era de las linteranas y los jinrishkas, aquel lugar quedaba completamente desierto en cuanto caía la noche. Los caminantes rezagados preferían dar un largo rodeo antes de aventurarse a subir solos a la Kii-No-Kuni-Zaka, después de la puesta de sol.
¡Y eso a causa de un Mujima que se paseaba!
El último hombre que vio al Mujima fue un viejo mercader del barrio de Kyôbashi, que murió hace treinta años.
He aquí su aventura, tal como me la contó:
Un día, cuando empezaba ya a oscurecer, se apresuraba a subir la colina de la provincia de Kii, cuando vio una mujer agachada cerca del foso… Estaba sola y lloraba amargamente. El mercader temió que tuviera intención de suicidarse y se detuvo, para prestarle ayuda si era necesario. Vio que la mujercita era graciosa, menuda e iba ricamente vestida; su cabellera estaba peinada como era propio de una joven de buena familia.
– saludó al aproximarse-. No llore así.. Cuénteme sus penas… me sentiré feliz de poder ayudarla.
Hablaba sinceramente, pues era un hombre de corazón.
La joven continuó llorando con la cabeza escondida entre sus amplias mangas.
-¡Honorable señorita!- repitió dulcemente-. Escúcheme, se lo suplico… Este no es en absoluto un lugar conveniente, de noche, para una persona sola. No llore más y digame la causa de su pena ¿Puedo ayudarle en algo?
La joven se levantó lentamente… Estaba vuelta de espaldas y tenía el rostro escondido… Gemía y lloraba alternativamente.
El viejo mercader puso una mano sobre su espalda y le dijo por tercera vez:
-¡Oh-Jochú! Escúcheme un momento…
La honorable señorita se volvió bruscamente. Dejó al caer la manga y se acarició la cara con la mano… ¡El viejo vio que no tenía ni ojos, ni nariz, ni boca!…
¡Huyó, gritando de espanto!
Corrió hasta el borde de la colina, oscura y desierta, que se extendía delante de él… Corría sin pararse y sin osar mirar hacia atrás… Por último vio, en lontananza, la luz de una linterna… Era una lucecilla tan pequeña que se hubiera podido confundir con una mosca luminosa. Era la bujía de un mercader ambulante, un vendedor de «soba»(2) que había levantado su tenderete al borde del camino. Después de la experiencia que el viejo acababa de sufrir, la más humilde de las compañías le pareció deseable. Se echó a los pies del vendedor de soba, gimiendo:
-¡Ah! … ¡Ah! … ¡Ah! …
-«Koré» …«Koré» …-replicó el vendedor ambulante bruscamente-. ¿Qué le ocurre? ¿Le ha hecho daño alguien?
-¡No! … Nadie me ha hecho daño…-murmuró el otro-. Pero… ¡Ah! …¡ah! …¡ah! …
-¡Por lo menos le han dado un buen susto!-dijo el mercader, demostrando poca simpatía-. ¿Se ha encontrado con algún ladrón?
-¡No! … Pero, cerca del foso… he visto … ¡Oh!, he visto una mujer que… ¡Ah!, jamás podré describir cómo la he visto…
-¿Qué? ¿La ha visto, tal vez, así? …-exclamó el mercader.
Se acarició la cara, que, de pronto se hizo semejante a un huevo.
—Si mañana hace buen día, iré al mercado a comprar un asno —dijo Nasrudín a su mujer.
—Olvidaste añadir: “Si Alá lo quiere” —señaló su esposa.
Pero Nasrudín, exasperado por una racha de desgracias, dijo malhumorado:
—Nunca Alá parece querer nada. Estoy cansado de decir esas palabras cuando no tienen ninguna utilidad.
El día siguiente era soleado y el mulá se fue a la subasta de asnos, donde compró uno por un precio muy razonable. Montado en su nuevo asno, emprendió el regreso a casa.
—¿Quién necesita los buenos deseos de Dios? —se dijo feliz a sí mismo—. He encontrado una verdadera ganga, sin su aprobación.
Justo entonces, una culebra se deslizó por el camino. El asustado asno corcoveó y Nasrudín voló por el aire, aterrizando en un matorral de espino. Cuando luchaba por liberarse del matorral, las raíces del arbusto se desprendieron y rodó con el mulá cuesta abajo, hasta el pie de la ladera. Nasrudín se las arregló como pudo para liberarse de las espinas. Magullado, sangrando, con las ropas desgarradas y hechas jirones, se fue cojeando hasta su casa. Estaba tan lejos de la aldea que llegó cuando la noche había caído. Llamó, haciendo acopio de sus últimas fuerzas.
—¿Quién es? —preguntó su esposa desde dentro.
—Abre, mujer —replicó Nasrudín a punto de desfallecer—. Soy yo, si Alá lo quiere.
Era un padre de familia. Había conseguido unas anciano condiciones de vida y había enviudado, después de que sus hijos se hicieran mayores y encauzaran sus propias vidas. Siempre había acariciado la idea de dedicarse a la búsqueda espiritual y poder llegar a sentir la unidad con la Conciencia Universal. Ahora que ya no tenía obligaciones familiares, decidió ir a visitar a un yogui y ponerlo al corriente de sus inquietudes, pidiéndole también consejo espiritual.
El yogui vivía cerca de un río. Cubría su cuerpo con un taparrabos y se alimentaba de aquello que le daban algunos devotos. Vivía en paz consigo mismo y con los demás. Sonrió apaciblemente cuando llegó hasta él el hombre de hogar.
-¿En qué puedo ayudarte? -preguntó cortésmente.
-Venerable yogui, ¿cómo podría yo llegar a percibir la Mente Universal y hacerme uno con Ella?
El yogui ordenó:
-Acompáñame.
El yogui condujo al hombre de hogar hasta el río. Le dijo:
-Agáchate.
Así lo hizo el hombre de hogar y, al punto, el yogui lo agarró fuertemente por la cabeza y lo sumergió en el agua hasta llevarlo al borde del desmayo. Por fin permitió que el hombre de hogar, en sus denodados forcejeos, sacara la cabeza. Le preguntó:
-¿Qué has sentido?
-Una extraordinaria necesidad y ansia de aire.
-Pues cuando tengas esa misma ansia de la Mente Universal, podrás aprender a percibirla y hacerte uno con ella.
Una relectura del capítulo 68 de ‘Rayuela’ nos adentra en aquellas palabras inventadas por Julio Cortázar. En apenas unos párrafos, el escritor argentino, nacido un 26 de agosto de 1914, nos regala un lenguaje íntimo y sugerente que narra el encuentro amoroso entre La Maga y Horacio Oliveira.
Julio Cortázar siempre consideraba la literatura como un juego. El escritor argentino jugaba con los géneros, jugaba con las formas, pero también con el lenguaje.
“Yo ya no podía aceptar el diccionario, ni aceptar la gramática. (…) El buen escritor es ese hombre que modifica parcialmente el lenguaje. (…) Los prosistas introducen toda clase de trasgresiones que hacen palidecer a los gramáticos y que luego son aceptadas y entran en los diccionarios”, explicaba Cortázar.
Entre sus invenciones, nos dejó ese significado ambiguo que cada lector le encuentra a los cronopios, a las famas y a las esperanzas en sus serie de relatos. Sin embargo, quizás sea el capítulo 68 de Rayuela, su anti-novela collage, donde el lenguaje creado por Cortázar cobre su máximo protagonismo formal.
Cuando releemos ese capítulo, el escritor nos adentra en un nuevo mundo de palabras imaginarias, como ya lo había hecho Lewis Carrol en su poema Jabberwocky u otros escritores vanguardistas. Cortázar nos entrega un capítulo digno de la Torre de Babel.
“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo”.
El glíglico o lenguaje inventado de estos párrafos funciona como juego y como un verdadero quebradero de cabeza para los traductores la obra cortazariana.
No en vano, Cortázar inserta palabras imaginarias junto con otras incluidas en los diccionarios, para crear más verosimilitud en el lector. El resultado es una narración íntima entre los dos protagonistas de Rayuela, La Maga y Oliveira, que activa la imaginación del lector.
Así, en este capítulo 68, leemos las palabras que inventan estos dos enamorados para describirnos uno de sus encuentros amorosos. Toda pareja usa ciertos vocablos solo reconocibles por ellos mismos, cuyos significados son ajenos al resto del mundo. Cortázar juega y el lector participa.
“Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé!”
Una vez que el lector asume la invención, se deja seducir por la melodía de estos nuevos vocablos creados por el autor de Rayuela. Apenas importa el significado, la música de cada palabra crea una nueva y melódica sintaxis que nos muestra la sensualidad de la escena.
“Vemos, una vez más, la complicidad con el lector, que, en este caso, se puede volver en contra de él, pues se avergonzará, quizás, al comprobar como su imaginación ha recurrido a términos más gráficos que los empleados por el escritor”, escribe Andrés Amorós en el prólogo de Rayuela publicado por la editorial Cátedra.
Julio Cortázar murió el 14 de febrero de 1984 y fue enterrado en Montparnasse, el cementerio parisino al que acuden muchos de sus seguidores y donde descansan sus restos, junto a su última pareja, Carol Dunlop.
Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias. | Julio Cortázar, Rayuela, capítulo 68
Hace tiempo que desde TabuTalks queríamos tocar un tema relacionado con el deseo sexual femenino y hoy hablaremos de lo que se conoce como deseo sexual hipoactivo;