Ishiguro: lo que queda del día y la hoja en blanco

Hace pocos días que Kazuo Ishiguro fue elegido por la Academia Sueca para formar parte del Olimpo literario compuesto por los ganadores del Premio Nobel de Literatura. El autor británico no es un escritor especialmente prolífico, pero sus obras parecen estar medidas palabra por palabra, en un ejercicio de preciosismo difícil de imitar. Por eso sorprende que el propio Ishiguro confiese que escribió Lo que queda del día, una de sus obras más conocidas, en apenas cuatro semanas.

Sí, cuatro semanas. Un mes. El tiempo en que otros autores apenas han puesto las primeras piezas de la documentación en su sitio. En un artículo de The Guardian, publicado en 2014, comentó cómo enfrentarse al bloqueo del escritor y a la página en blanco, explicando su propio método para encarar una de las novelas más importantes de su carrera y que fue adaptada posteriormente al cine con gran éxito.

Hay que tener en cuenta que entonces Ishiguro tenía 32 años, tenía problemas de trabajo y la creatividad parecía que se le escapaba. Entonces urdió una estrategia junto a su esposa, Lorna, para reactivar su parte más imaginativa. Lo que no podía esperar es que le diera un resultado tan impresionante. Según él:

Durante un periodo de cuatro meses, limpiaría sin miedo mi agenda y entraría en lo que llamamos “misteriosamente” un accidente. Durante ese accidente no haría otra cosa que escribir desde las 9 de la mañana a las 10:30 de la noche, de lunes a sábado. Tendría una hora libre para comer y dos para cenar. No miraría ni respondería el correo y no me acercaría al teléfono. Nadie vendría a casa. Lorna, pese a su propia agenda, se encargaría durante ese periodo de mi parte en la cocina y las tareas de la casa. De esa manera, esperábamos, no sólo completaría más trabajo de manera cuantitativa, sino que también entraría en un estado mental en el que mi mundo de ficción se convertiría en más real para mía que el de verdad.

Este plan de choque acabó funcionando, ya que Ishiguro escribió Lo que queda del día en esas cuatro semanas, al menos, o eso parece, la primera versión. En un mes, sólo en un mes, logró dejar atrás la crisis creativa que le amenazaba y terminar una de sus mejores obras. La concentración y la constancia como base de una voluntad volcada en la creatividad.

El mejor consejo para escribir de Kazuo Ishiguro

TACUCHI — manologo

Lo que nos falta de entendedera, lo suplimos con curiosidad y trabajo

La primera vez que oí el término “tacuchi” fue cuando mi hija se refería a una amiga suya que era bastante rellenita, pero no registré mucho el calificativo y me pareció una de esas palabras que los jóvenes de todas las épocas han inventado y usan; cuando la volví a escuchar aplicada a un muchacho, paré la oreja porque el susodicho estaba más bien gordo y me di cuenta –lentito yo- que lo que decía era “está cuchi”…

Uno de los nombres que se dan a los cerdos, marranos o chanchos, es el de “cuchi” y también se usa la palabrita para decir que algo está sucio, pero en un tono menor, casi cariñoso (se usa también para significar que algo es bonito); ahora bien, como los chanchos tienen la imagen de andar siempre en el barro y revolcarse en él (lo que hacen en realidad es eso pero para mantener fresca su piel) ensuciándose, el cerdo es un cuchi por chancho y por “sucio” o “cochino” (otro nombre que se le da al animal).

El chancho crece y engorda, o sea que un gordo sería alguien por analogía, que está “cuchi”; lo que abreviado y casi críptico resulta en “tacuchi”.

Todos los días se aprende algo: “tacuchi” me enseñó que soy lento de entendederas, pero que la curiosidad no me la quita nadie.

Fábula de artistas de Orlando vn bredam

Lo cierto es que el gato, con mucha paciencia, aprendió a ladrar. Ladraba con fuerza, con eficacia de perro adulto. Tanto ladró que se olvidó de sus maullidos. Entonces, las opiniones se dividieron entre quienes sostenían que se trataba de un gato falso y quienes, por el contrario, aseguraban que era un perro apócrifo. Nadie tenía en cuenta su virtuosismo, el estudiado empeño que exhibía cada vez que quería soltar un ladrido. Lo peor, sobrevino cuando los demás gatos lo tildaron de traidor, cobarde, obsecuente, cipayo, etc. El mismo rechazo obtuvo de los perros, para quienes era un vulgar imitador, un alcahuete, un arribista, un desarraigado, etc.
Con pesadumbre de artista postergado y vagando sin sentido, el gato llegó un día hasta mi casa. Poco nos bastó para comprendernos. Y decidimos vivir juntos, aunque ustedes no lo crean. Le conté mi drama: nadie quiere saber nada con un perro fino, delicado, que sólo emite maullidos de gato
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Mal de tren de Tanizaki

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Fue a primeros de junio pasado, estando en Kioto, cuando me amenazó la enfermedad. Por supuesto, ya había sufrido ataques en Tokio pero, absteniéndome de alcohol, tomando baños fríos y masajes e ingiriendo píldoras, me consideré recuperado. Mas después de llegar a Kioto empecé a llevar una vida cada vez más irregular y pasé muchas noches en los bares y en las casas de geishas, con lo que me encontré resbalando hacia una recaída.

Según dice un amigo, esta alteración mía —esta atormentadora y estúpida alteración en la que me asquea ahora pensar— es probablemente una especie de neurosis llamada Eisenbhankrankheit (mal de tren). Mis ataques no tienen nada que ver con la náusea y el vértigo de los mareos: sufro las agonías del propio terror. En el momento en que me subo a un tren, en el instante en que pita el silbato y las ruedas empiezan a girar y los vagones arrancan balanceándose, en ese instante, se me acelera el pulso en todas las venas como si hubiese sido estimulado por una bebida fuerte, y la sangre se me sube a la cabeza. Un sudor frío aflora por todo mi cuerpo, los brazos y las piernas empiezan a temblarme como si tuviese tercianas. Me parece que, si no me someto a un tratamiento de emergencia, toda mi sangre —cada una de sus gotas— se precipitará dentro de ese pequeño recipiente, redondo y duro, que llevo encima del cuello, hasta que el mismo cráneo, como un globo de juguete inflado más allá de su capacidad, no tenga más remedio que estallar. Y, encima, el tren, con absoluta indiferencia y tremenda energía, se lanza por los raíles a toda velocidad. “¿Qué vale la vida de un ser humano?”, parece preguntar. Vomitando como un volcán su humo hollinoso y rugiendo a lo largo de su osado y cruel camino, se lanza ansioso, implacable, hacia los túneles color azabache, a lo largo de vacilantes puentes de acero, cruzando ríos, a través de praderas, bordeando bosques. Los pasajeros, también ellos, parecen demasiado indiferentes, mientras leen, fuman, descabezan un sueño o hasta contemplan por la ventanilla el panorama que se desenrolla vertiginosamente.

“¡Socorro, me muero!”, grito en mi interior, poniéndome pálido y jadeando como embargado por un fatal paroxismo. Corro al lavabo, zambullo la cabeza en agua fría o me agarro a la ventanilla y doy patadas en el suelo agitándome con frenética desesperación.

Tratando de lanzarme fuera del tren de una forma u otra, golpeo ferozmente los tabiques de mi departamento, sin reparar en mis puños sangrantes, y rujo como un criminal encerrado en el calabozo. En el paroxismo del ataque, a duras penas puedo contenerme para no abrir la puerta y tirarme del tren, o agarrar me ciegamente al timbre de alarma. Pero, en todo caso, me las arreglo para controlarme hasta la parada siguiente, salgo dando traspiés, ofreciendo un doloroso y deplorable aspecto, y me abro camino a duras penas desde el andén hasta la puerta de salida. Tan pronto como abandono la estación, el pulso se me tranquiliza con absurda rapidez y las sombras de mi ansiedad desaparecen una tras otra.

Esta fobia mía no se limita a los trenes. Puede echárseme encima en los trolebuses, automóviles y teatros, en cualquier lugar en que el movimiento y el color, y el ruido y el bullicio de la multitud, parecen amenazar a mis nervios enfermizamente excitables. Estoy expuesto a un ataque en cualquier parte y a cualquier hora. Sin embargo, en los trolebuses y teatros, puesto que puedo escapar fácilmente, nunca me he sentido tan al borde de la locura.

Y así fue como a primeros de junio, cuando iba subido en un oscilante trolebús de Kioto, me di cuenta de que la enfermedad me tenía aún entre sus garras. Hasta entonces, había evitado escrupulosamente los trenes y abandonado toda idea de volver a Tokio hasta sentirme seguro de que no me volvería la fobia. Quería presentarme al reconocimiento militar, lo que había de hacerse antes de que pasase el verano, en cualquier lugar cercano a Kioto, al que pudiese llegar sin tomar el tren.

Desgraciadamente, supe que era demasiado tarde para sufrir el examen en cualquiera de los centros cercanos a Kioto, pero gracias a un amigo de Osaka conseguí ir a uno que había en una aldea de pescadores, en la línea de trolebuses Osaka-Kobe, siempre que transfiriese allí mi residencia legal con dos o tres días de anticipación. Los reconocimientos en aquel pueblo estaban anunciados para mediados de junio.

Estaba encantado de poder ir en trolebús, sin tener que pisar el tren, ni mucho menos hacer el viaje a Tokio. Y alrededor de las doce del día, con mi certificado oficial y una copia de mi partida de nacimiento (que me fue enviada desde Tokio) en el bolsillo, me dirigí a la estación de la línea Osaka-Kobe, que está en la calle de Gojo.

Una luz como de pleno verano resplandecía sobre las secas y polvorientas calles de Kioto, el cielo claro parecía venenosamente alisado: suave extensión de denso índigo azul. Yo llevaba una capa de seda sobre un kimono liso sin forro y en el camino hacia la estación, en rickshaw, pude sentir un suave rezumar como de pegajosas gotas de sangre desde los crecidos cabellos junto a las sienes y cómo me resbalaban por las mejillas hasta empaparme el cuello. Mirando hacia el monte Atago desde el puente de Gojo, vi las calientes olas ondulando al pie de las colinas como impulsadas desde las entrañas de un horno ardiente. Los campos distantes y los bosques estaban oscurecidos por una neblina vaporosa, mientras en el primer plano los tejados y los muros de piedras ajedrezadas y las aguas del río Kamo estaban teñidos de tan vívidos tonos, tan vivos como si fuesen pintura aún fresca, que me herían los ojos al mirarlos. Cuando empecé a bajar, tras dejar el rickshaw, a la estación, los bordes del kimono se me pegaban a las piernas empapadas de sudor y las ceñían tan estrechamente que estuve a pique de caerme.

“Todo irá bien si se trata de un trolebús”, fue lo que me dije a mí mismo queriendo darme un poco de ánimo, pero ya tenía los nervios tensos por culpa del deprimente calor. Después de sacar el billete para Osaka, decidí descansar hasta que se me calmasen los nervios y me desplomé en un banco sobre el que permanecí sentado, mirando ausente a la calle igual que un mendigo.

Coche tras coche de la línea Osaka-Kobe —construidos mucho más sólidamente que los trolebuses, tan oscuros y macizos como jaulas de fieras— llegaban, ululaban su silbido y vomitaban una multitud de viajeros a cambio de otra (que inmediatamente engullían) y se marchaban a Osaka. Llegaba un coche cada pocos minutos. Haciendo acopio de todo mi valor, me puse en pie y me acerqué a la puerta de control de billetes, pero entonces el corazón empezó a latirme salvajemente y las piernas se negaron a llevarme más lejos. Me pareció haber sido paralizado por un espantoso hechizo. Me volví tambaleante hacia el banco.

—¿Rickshaw, señor?

—No, estoy esperando a alguien —le contesté al hombre—. Voy a Osaka. —Pero después de haberme librado de él me quedé donde estaba. “Voy a Osaka”, había respondido, pero no sé por qué sonó en mis oídos “voy a morir”. Qué asombro hubiera sentido el hombre de la rickshaw si se me hubiesen cerrado los ojos y me hubiese quedado en el sitio: una cosa tan brusca como la muerte de Svidrigailov en Crimen y castigo (“¡Si alguien te pregunta, dile que me he ido a América!”), cuando se apoyó la pistola en la frente y se pegó un tiro.

Cuando miré el reloj, vi que era cerca de la una. La oficina del pueblo cerraría seguramente a las tres o las cuatro y yo tenía que estar inscrito antes de acabar el día para ser admitido a examen. De otra forma, los amables esfuerzos de mi amigo habrían sido estériles. Súbitamente inspirado, compré un botellín de whisky en una tienda cercana. Luego, me senté otra vez en el banco, me apoyé en el respaldo y empecé a vaciar el frasco a sorbitos.

De acuerdo con experiencias pasadas, el whisky me amortecía los nervios el tiempo suficiente para permitirme escapar de lo más agudo del terror. Tenía en él una fe casi supersticiosa. Pensé que si me emborrachaba hasta perder la cabeza antes de subir al trolebús, podría ser capaz de llegar a Osaka sano y salvo.

El entumecimiento iba empapando poco a poco mi abatido cuerpo. Mientras seguía pacientemente sentado, era consciente de que una loca borrachera iba pudriendo de un modo espléndido mi conciencia y embotando todos mis sentidos. Pronto empecé a mirar con ojos mortecinos y lánguidos al alegre y ruidoso pasaje, observando el flujo de las arremolinadas luces y sombras.

Las gentes que pasaban al pie del puente de Gojo iban ruborizadas, color carmín, y perladas de sudor, como figuras de gelatina derritiéndose. Hasta las guapas jovencitas envueltas en ropas de verano finas como películas sufrían ostensiblemente —se veía su cuerpo inflamado— el calor que no cedía. El sudor… el sudor de muchedumbres ingentes parecía exudar sin fin en la atmósfera bochornosa, cernerse sobre todo, adherirse pegajoso a las paredes y a cuanto era superficie. Recordé un verso de poesía decadente: “Sobre la ciudad cuelga una neblina de sudor…”.

Como una pantalla de cine que se arrugase, la calle parecía ondear hacia atrás y hacia adelante, unas veces combándose, quebrándose otras, empañándose, duplicándose… Saber que estaba borracho perdido era lo único que me envalentonaba, que me daba osadía.

Por fin, me decidí a subir al coche siguiente y tomé la precaución de comprar otra botella de whisky. También —para poder enfriarme la cabeza si, por casualidad, sintiese que iba a darme un ataque— compré un poco de hielo picado y lo envolví en el pañuelo.

Armado así, me dejé estrujar y empujar hacia la verja por la trituradora multitud, di el billete para que lo picasen y ya iba a llegar al andén cuando me sentí de nuevo bajo el hechizo. En presencia de aquel coche enfurecidamente bufante y gritador, tan impaciente por salir bramando, mis nervios se desprendieron de su protector barniz alcohólico y mi cabeza, de repente lúcida, se despejó y empezó a trepidar y temblar. Me sentía presa de un todopoderoso terror, como si se me fuese a romper la mente, como si estuviese a punto de hundirme en un negro coma o en el limbo de la locura. Instintivamente, retrocedí de prisa hacia la puerta.

—Perdón —dije sin pensar al empleado—, acaban de picarme el billete, pero tengo que esperar a un amigo, así es que tomaré el próximo coche. —Apretándome el paquete de hielo sobre la frente, me abrí camino contra la corriente de viajeros y, enervado por completo, me fugué de la estación como si me persiguiese un espíritu diabólico. Desfondándome desmadejadamente en un banco, me las arreglé para empezar de nuevo a respirar sin agobio. Sentí como si alguien, a mis espaldas, estuviese riéndose de mí sarcásticamente.

“Esto no debería haber sucedido —me dije—. Pensé que estaba bastante borracho como para conseguirlo; ¿qué diablos marcha hoy mal? ¿Están hoy mis nervios tan en carne viva que no hay whisky que pueda con ellos?”

Y dieron las dos. “Si pierdo más tiempo va a ser demasiado tarde —pensé—. Y si pierdo esta ocasión, tendré que volver pronto a Tokio. Pero supongamos que escribo una carta a las autoridades explicándoles mis cuitas”: “Dado que un viaje en tren podría matarme o volverme loco, no puedo volver a Tokio a tiempo para el reconocimiento”. Quizá me respondiesen: “Aun en el caso de morir o volverse loco, no puede dejar de presentarse a tiempo para el reconocimiento. Esto me obligaría a coger el tren y volver a Tokio como un loco furioso… Me gustaría arremeter contra ellos el día del examen y dar un espectáculo. “¿Lo están viendo? —les diría entre sollozos—. ¡Son ustedes tan insensatos que he perdido la razón!” ¿Qué diría entonces el médico militar?, me pregunto. Quizá me felicitase indiferentemente. “Muy bien. Ha hecho usted bien en volver. Ha hecho usted bien en volver aun a costa de volverse loco. Admiro su sentido del deber.”

Todavía rebosante de whisky, dejé vagar mis pensamientos de una estupidez a otra, sentado allí, riéndome de mí mismo, enfureciéndome, rabiando o sintiendo asco.

Tras considerar seriamente la situación, decidí que solo tenía tres opciones: morirme, volverme loco o seguir sin volver a Tokio. Si no quería morirme o volverme loco, tenía que vencer mi fobia y salir para Osaka inmediatamente.

Pero supongamos que pierdo el sentido en el trolebús…

Suspirando con desconsuelo, miré foscamente al coche que se acercaba y me levanté del banco. Tal vez debería volar a una casa de geishas para olvidar mis cuitas. ¿O debería quedarme allí otro poquito en espera de tranquilizarme? El sol se pondrá, la noche se irá cerrando. Si me quedo aquí sin más hasta que parta el último de los trolebuses y entonces vuelvo a mi apartamento sin haber resuelto nada, quizá me conforme con mi suerte y sienta algún alivio.

—¡Qué bien, T! ¿Adónde vas?

Era mi amigo K. Vestía un fresco kimono de verano y un sombrero panamá, airosamente encasquetado en la nuca, sombreaba sus bien dibujadas facciones y su elegante cabellera.

Sobresaltado, como si me hubiesen cogido cometiendo un crimen, balbuceé:

—Solamente a Osaka… —y sonreí como un bobo.

—¡Ah! Aquel médico militar del que me hablaste el otro día —asintió comprensivo K.—. Precisamente voy a Fushimi. Podemos ir juntos.

—Bueno…

—Te presento a un amigo mío.

K. me presentó al instante a su compañero, que era médico: un hombre rubicundo, algo rollizo, de unos treinta y pocos años, con un encantador bigotito pulcramente recortado.

—¿Seguimos el viaje juntos? Pase delante, por favor.

—Sí, gracias —respondí, todavía indeciso. Pero me dejé llevar hacia aquel feroz coche.

—Por favor, por favor, tú primero —insistió K., casi empujándome dentro.

—Pues bueno.

Resueltamente, cerré los ojos y subí de prisa al coche. Apenas estuve dentro, me agarré a una correa con una mano, y con la otra me acerqué la botella de whisky a la boca y tomé un buen trago. El hecho de hallarme en pie y agarrado a una correa me dio la sensación de ejercer todavía algún control sobre mi destino.

—Es usted un buen bebedor, ¿no? —dijo el doctor.

—No, es que detesto los trenes. Tengo que beber o no puedo tomarlos.

Me di cuenta, de pronto, de que mi explicación podría parecer un tanto ilógica, especialmente a un médico.

Con un último resoplido del silbato, el trolebús empezó a moverse:

“¿Voy a morirme ahora? —susurró una voz dentro de mí—. Esto debe de ser lo que se siente cuando le van a guillotinar a uno.”

—¿Qué piensa usted, doctor? ¿Cree usted que superaré el examen físico?

—Vamos a ver. Lo pasará perfectamente. Un tipazo tan fortachón como usted…

Ya habíamos dejado atrás las calles de Kioto; a gran velocidad, iban pasando por las ventanillas las hojas tiernas de los árboles y arbustos suburbanos, el camino real, las bajas colinas de las afueras de la ciudad. Fue entonces cuando un pequeño brote de confianza empezó a abrirse en mi interior. Después de todo, quizá pudiese llegar a Osaka sano y salvo.

El tirador galante de Charles Baudelaire


Cuando atravesaban el bosque, mandó detener el carruaje junto a un campo de tiro tras confesar que le apetecía realizar unos cuantos disparos para matar el Tiempo.
-¿Matar a ese monstruo no es acaso la ocupación más normal y legítima de cualquier persona?
Y tendió cortésmente la mano a su querida, deliciosa y odiosa mujer, a aquella misteriosa mujer a la que debía tantos placeres, tantos dolores y tal vez buena parte de su genio.
Algunas balas dieron lejos de la diana y una de ellas fue a parar incluso al techo. Cuando aquella encantadora criatura empezó a reír como una posesa, burlándose de la torpeza de su marido, éste se volvió bruscamente hacia ella y le dijo:
-Fijaos en aquella muñeca, allá, a la izquierda, aquella con la nariz respingona y el rostro tan altivo. Pues bien, angelito mío, imaginaré que sois vos.
Y tras cerrar los ojos, amartilló la pistola. Al momento la muñeca quedó decapitada.
Acto seguido, se volvió hacia su querida, su deliciosa, su odiosa mujer, su inevitable e implacable musa y, tras besarle la mano, añadió:
-¡Ah, angelito mío, cuánto os debe mi destreza!

Tomado de Fb. La imagen del Google

Gata*

Es la única gata cuyo nombre es Gata. Así entiende. Por la mañana me sigue hacia la cocina, mientras tomo el café, se enrosca en mi pierna y maúlla breve: cómo diciéndome «¡A qué horas, me sirves!” En la noche, al retornar a la casa, me espera en el portón, -ella reconoce el ronroneo del carro y corre a recibirme-, no es que sea muy afectuosa, sucede que tiene hambre. Maúlla suave y prolongado, diciendo: ¡qué tarde llegas!
Gata tiene una historia de sobrevivencia, en eso se parece a mí. Pasa porque la vida convida sorpresas, misterios. Y es un misterio que yo esté con vida; como también lo es para ella.

* Los textos que no escribo el nombre del autor son de mi propiedad. En este caso la foto también.

Los pañales de Yukio Mishima

El marido de Toshiko estaba siempre ocupado. Incluso esa noche había tenido que salir precipitadamente para acudir a una cita y ella había vuelto sola en un taxi. Pero, ¿qué otra cosa podía esperar una mujer casada con un atractivo actor? Toshiko había sido una tonta al suponer que pasaría la noche con ella. Sin embargo, él sabía cuánto le espantaba volver a su casa tan poco acogedora con sus muebles de estilo occidental y las manchas de sangre que aún podían verse en el piso.

Toshiko había sido siempre extremadamente sensible. Tal era su naturaleza. Como resultado de un constante preocuparse por todo jamás engordaba, y ahora, ya una mujer adulta, más parecía una figura etérea que una criatura de carne y hueso. Hasta sus amistades ocasionales no podían dejar de advertir la delicadeza de su espíritu.

Aquella noche se había reunido, momentos antes, con su marido en un night club y se había sentido herida al encontrarlo relatando a sus amigos una versión del «incidente». Sentado allí, con su traje de estilo americano y un cigarrillo entre los labios, se le había antojado un extraño.

—Es un cuento increíble —decía con ademanes extravagantes intentando acaparar la atención que monopolizaba la orquesta—, fíjense ustedes que llega a casa la niñera enviada por la agencia de colocaciones para nuestro hijo y lo primero que veo es su vientre. ¡Enorme! ¡Como si tuviera una almohada debajo del kimono!, y no era de extrañar, porque en seguida observé que podía comer más que todos nosotros juntos. Nuestra provisión de arroz desapareció así… —hizo chasquear los dedos— «Dilatación gástrica». Tal fue la explicación que nos dio acerca de su gordura y su apetito. Anteayer, escuchamos quejidos y lamentos provenientes de la habitación del niño. Corrimos hasta allí y la encontramos en cuclillas, agarrándose el vientre con las dos manos, gimiendo como una vaca. En la cuna, a su lado, nuestro chico, aterrado, lloraba con toda la fuerza de sus pulmones. ¡Les aseguro que era algo digno de verse! —¿Y salió el gato encerrado? —preguntó un amigo, actor de cine, como el marido de Toshiko.

—¡Vaya si salió! Me dio el susto de mi vida. Yo había aceptado sin titubear la historia de la «dilatación gástrica», ¿comprenden? Bueno, sin perder el tiempo, rescaté la alfombra fina y extendí una manta sobre el piso para que se acostara allí. Durante todo el tiempo la muchacha gritaba como un cerdo herido. Cuando llegó el médico de la clínica el chico ya había nacido. ¡La habitación había quedado convertida en un matadero!

—No me cabe la menor duda —apuntó alguien, y todo el grupo se echó a reír.

Escuchar a su marido hablar del horrible suceso como de un incidente jocoso, hizo enmudecer a Toshiko. Cerró los ojos durante un instante y vio nuevamente al recién nacido frente a ella, en el piso y su frágil cuerpecito envuelto en papel de periódico manchado de sangre.

Toshiko pensaba que el médico lo había hecho todo por despecho. Como para acentuar el desprecio que sentía por esta madre que había dado a luz a un bastardo en tan sórdidas condiciones, había ordenado a su asistente que, en vez de envolver al pequeño con los correspondientes pañales, lo hiciera con papel de periódico.

Esta dureza para con el recién nacido hirió a Toshiko. Sobreponiéndose al disgusto que le causaba toda la escena, había buscado un pedazo de franela sin usar que tenía en reserva y fajando cuidadosamente al niño lo había depositado sobre un sillón.

Esto había sucedido después de que su marido saliera de la casa. Toshiko no se lo había contado temiendo que la creyera demasiado blanda y sentimental. Sin embargo, el episodio se había grabado profundamente en ella. Lo recordaba, sentada en silencio, mientras la orquesta de jazz atronaba los aires y su marido charlaba alegremente con sus amigos. Sabía que nunca podría olvidar a aquel niño, acostado sobre el piso, envuelto en los papeles manchados. Era una escena como de carnicería.

Toshiko, cuya vida había transcurrido dentro del más sólido bienestar, sentía dolorosamente la infelicidad del niño ilegítimo.

«Soy la única que ha presenciado su vergüenza», se le ocurrió. La madre no había visto a su hijo tendido allí, envuelto en diarios y, por supuesto, el niño no lo sabría nunca.

«Si guardo silencio, este chico nunca se enterará de la verdad. ¿Por qué siento culpa, entonces? Después de todo, fui yo quien lo levantó del suelo y lo envolvió en la franela y lo depositó sobre el sillón…»

Se retiraron del night club y Toshiko subió al taxi que su marido había llamado para ella.

—Lleve a esta señora a Ushigomé —ordenó al conductor, mientras cerraba la puerta desde fuera. Toshiko observó por la ventanilla la fisonomía sonriente de su marido y sus dientes blancos y fuertes. Se recostó entonces en el asiento sintiendo con angustia que la vida entre ellos era, en cierta manera, demasiado fácil, demasiado carente de dolor. No hubiera podido expresar este pensamiento con palabras. Echó una última mirada a su marido por la ventanilla trasera del coche. Se aproximaba a grandes zancadas a su automóvil Nash y la espalda de su llamativa chaqueta de tweed no tardó en mezclarse y desaparecer entre la gente.

El taxi se alejó, cruzó una calle llena de bares y pasó, luego, por un teatro frente al cual se apretujaba la gente. Acababa de finalizar la función, las luces ya estaban apagadas y en la semioscuridad las flores artificiales de cerezo que decoraban la entrada resaltaban en forma deprimente.

Dejándose llevar por sus pensamientos, Toshiko llegó a la conclusión de que, aun cuando el niño creciera en la ignorancia de su origen, nunca se convertiría en un ciudadano respetable. Aquellos pañales de sucios diarios serían el símbolo bajo el cual se encaminaría toda su vida.

Toshiko se interrogó, «¿por qué me preocupo tanto? ¿Estoy acaso intranquila por el porvenir de mi propio hijo? Cuando, dentro de veinte años, mi niño se aya convertido en un hombre refinado y educado, podría encontrarse por una de esas casualidades del destino, frente a este otro muchacho que también tendrá entonces veinte años. Supongamos que este joven, contra quien se ha pecado, pudiera acuchillarlo en forma salvaje…»

La noche de abril era nublada y calurosa, pero los pensamientos sobre el futuro hicieron estremecer a Toshiko y la entristecieron.

«No, cuando llegue el momento, yo tomaré el lugar de mi hijo», se dijo, de pronto. «Dentro de veinte años yo tendré cuarenta y tres y me presentaré ante ese muchacho y se lo relataré todo… sus pañales de periódicos y cómo yo lo envolví en la franela y lo levanté del suelo…»

El taxi se adelantaba por el ancho camino que bordeaba el parque y el foso del Palacio Imperial. A lo lejos, Toshiko veía los puntos luminosos que señalaban los altos edificios.

Prosiguió su monólogo interior: «Dentro de veinte años, ese pobre infeliz se encontrará en la mayor miseria. Llevará una existencia desolada, sin esperanzas, llena de pobreza. Será una rata solitaria. ¿Qué otra cosa podría ocurrirle a un niño que ha tenido semejante nacimiento? Irá vagabundeando por las calles, maldiciendo a su padre y aborreciendo a su madre. No cabía duda de que aquellos sombríos pensamiemos producían a Toshiko cierta satisfacción. Se torturaba con ellos sin cesar.

El taxi se aproximó a Hanzomon y pasó frente a la embajada británica. Las famosas hileras de cerezos se extendían desde allí en toda su mágica pureza. Toshiko decidió contemplar aquellas flores a solas, lo cual era una extraña decisión para una joven tímida y carente de espíritu aventurero. Sin embargo, se hallaba en un estado de ánimo poco usual y temía volver a su casa. Aquella noche su mente estaba invadida por toda clase de fantasías inquietantes.

Cruzó la ancha calle. Se convirtió en una delgada y solitaria figura en la oscuridad. Por lo general, cuando se movía entre el tráfico, Toshiko se aferraba con miedo a su acompañante. Sin embargo, aquella noche caminó sola rápidamente entre los autos hasta llegar al parque largo y angosto que rodea el foso del Palacio. Aquel foso se llama Chidorigafuchi, Abismo de los Mil Pájaros.

El parque se había convertido en un bosque de cerezos en flor. Las flores formaban una masa de sólida blancura bajo el cielo nublado y tranquilo. Los farolitos de papel que colgaban entre los árboles estaban apagados. Los reemplazaban lamparillas eléctricas de varios colores que brillaban tenuemente bajo las flores. Ya eran más de las diez y la mayoría de los visitantes se habían marchado. Los pocos que aún permanecían allí empujaban automáticamente con los pies botellas vacías o aplastaban los desechos de papel al caminar. «Diarios…», recordó Toshiko, y su mente retomó el hilo de los acontecimientos anteriores. Papel de periódico manchado de sangre. Si un hombre oyera hablar alguna vez de tan lastimoso nacimiento y descubriera que era el suyo, aquello bastaría para arruinar toda su vida.

«Y yo, una extraña, tendré que guardar tan gran secreto… El secreto de una vida…» Perdida en estos pensamientos, Toshiko caminó por el parque. La mayoría de los transeúntes eran parejas silenciosas que no le prestaban atención. Vio a dos personas sentadas sobre un banco de piedra al lado del foso. No miraban las flores, sino el agua. Todo estaba oscuro y envuelto en pesadas tinieblas. El sombrío bosque del Palacio Imperial se perdía tras el foso. Los árboles parecían formar una sólida masa con el oscuro cielo. Toshiko caminó lentamente por el sendero sobre el cual colgaban, grávidas, las flores. Sobre un banco de madera, ligeramente apartado de los demás, vio algo que no era, como imaginara en un principio, una cantidad de flores de cerezo ni alguna prenda olvidada por los visitantes del parque. Al acercarse, comprobó que era una forma humana echada sobre el banco. ¿Sería alguno de esos miserables borrachos que se ven durmiendo a la intemperie? Evidentemente, no era ése el caso, ya que el cuerpo había sido cuidadosamente cubierto con papeles cuya blancura había atraído la atención de Toshiko. Observó detenidamente al hombre con camiseta marrón, acurrucado sobre una cama de papeles de periódicos y, también, cubierto por ellos. Sin duda aquella era su morada ahora que la primavera había llegado.

Toshiko observó el pelo sucio y despeinado que, en ciertas partes, mostraba una irremediable decadencia. Mientras velaba el sueño del hombre envuelto en diarios, no pudo evitar el recuerdo de aquel otro niño acostado en el suelo, cubierto por sus miserables pañales. El hombro enfundado en la camiseta marrón subía y bajaba acompasadamente en la oscuridad.

Toshiko sintió, de repente, que todos sus miedos y premoniciones tomaban cuerpo. La frente pálida del hombre se destacaba en la oscuridad. Era una frente joven, aunque surcada por las arrugas de largas penurias y miserias. Había arremangado ligeramente sus pantalones color kaki y en sus pies descalzos llevaba zapatillas deshilachadas. Resultaba imposible ver su rostro y, de pronto, Toshiko sintió un deseo incontrolable de observarlo.

La cabeza del hombre estaba semioculta entre sus brazos pero, acercándose aún más, Toshiko pudo ver que era sorprendentemente joven. Observó las gruesas cejas y el fino puente de la nariz. La boca, ligeramente entreabierta, respiraba juventud.

Pero Toshiko se había acercado demasiado. La cama de diarios crujió en el silencio de la noche y el hombre abrió bruscamente los ojos. Se levantó, de pronto, al ver a la joven parada a su lado. Sus ojos brillaron en la noche y, segundos después, una mano llena de fuerza tomó la fina muñeca de Toshiko.

Ella no se asustó ni hizo esfuerzo alguno por librarse. Como un relámpago, un pensamiento atravesó su mente. ¡Ah, ya habían pasado veinte años!

El bosque del Palacio Imperial estaba tan oscuro como el azabache y un profundo silencio reinaba en él.

CORTEZA CEREBRAL: una pequeña reflexión

Avatar de AlonaDeLarkNeurociencias divertidas

La corteza cerebral, nuestro orgullo y el templo misterioso de nuestra cognición y la humanidad en todas sus dimenciones, oscuras y llenas de luz se ubica en una pequeña area de máximo 0.25 metros cuadrados con el grosor que no supera 0.5 centimetro entre todas sus 6 capas de neuronas.

Cuando de neuronas se trata, ya es sabido que el cerebro humano contiene 89 billones de las celulas nerviosas, llamadas neuronas, pero estas neuronas están distribuidas en diferentes partes del cerebro dejando para nuestra adorada corteza solo 18 billones. 18 de los 89 en total. Para comparar, el cerebelo es el lugar de ubicación de 50 billones de neuronas, más de la mitad de todas que tiene el cerebro humano. Si recordemos qué maravillas hacen estas 18 billones, podemos entender que no se trata de la cantidad en sí, sino, de las conexines que se forman. No podemos aumentar la…

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Los rostros de kawabata

Yasunari Kawabata
Desde los seis o siete años hasta que tuvo catorce o quince, no había dejado de llorar en escena. Y junto con ella, la audiencia lloraba también muchas veces. La idea de que el público siempre lloraría si ella lo hacía fue la primera visión que tuvo de la vida. Para ella, las caras se aprestaban a llorar indefectiblemente, si ella estaba en escena. Y como no había un solo rostro que no comprendiera, el mundo para ella se presentaba con un aspecto fácilmente comprensible.

No había ningún actor en toda la compañía capaz de hacer llorar a tanta gente en la platea como esa pequeña actriz.

A los dieciséis, dio a luz a una niña.

–No se parece a mí. No es mi hija. No tengo nada que ver con ella –dijo el padre de la criatura.

–Tampoco se parece a mí –repuso la joven–. Pero es mi hija.

Ese rostro fue el primero que no pudo comprender. Y, como es de suponer, su vida como niña actriz se acabó cuando tuvo a su hija. Entonces se dio cuenta de que había un gran foso entre el escenario donde lloraba, y desde donde hacía llorar a la audiencia, y el mundo real. Cuando se asomó a ese foso, vio que era negro como la noche. Incontables rostros incomprensibles, como el de su propia hija, emergían de la oscuridad.

En algún lugar del camino se separó del padre de su niña. Y con el paso de los años, empezó a creer que el rostro de la niña se parecía al del padre.

Con el tiempo, las actuaciones de su hija hicieron llorar al público, tal como lo hacía ella de joven.

Se separó también de su hija, en algún lugar del camino. Más tarde, empezó a pensar que el rostro de su hija se parecía al suyo. Unos diez años después, la mujer finalmente se encontró con su propio padre, un actor ambulante, en un teatro de pueblo. Y allí se enteró del paradero de su madre.

Fue hacia ella. Apenas la vio, se echó a llorar. Sollozando se aferró a ella. Al hallar a su madre, por primera vez en la vida lloraba de verdad.

El rostro de la hija que había abandonado por el camino era una réplica exacta del de su propia madre. Sin embargo, ella no se parecía a su madre, así como ella y su hija no se asemejaban en nada. Pero la abuela y la nieta eran como dos gotas de agua.

Mientras lloraba sobre el pecho de su madre, supo qué era realmente llorar, eso que hacía cuando era una niña actriz.

Entonces, con corazón de peregrino en tierra sagrada, la mujer se volvió a reunir con su compañía, con la esperanza de reencontrarse en algún lugar con su hija y el padre de su hija, y contarles lo que había aprendido sobre los rostros.

Una rémora detiene a una flota de barcos

El viejo marinero, acomodó los barquitos sobre un mar de papel azul, Miró a los niños, se puso la gorra y con voz pausada se dirigió a los pequeños.
—Mi tatarabuelo que era capitán de los siete mares me dijo que en tiempos muy antiguos los barcos eran de madera. El vigía en la cofa estaba atento a lo que sucedía. Esa vez una flota se detuvo. Sobre las olas, había una rémora que hacía mil acrobacias: se levantaba unos metros de la superficie, daba de vueltas con gracia en el aire y parecía jugar con la espuma y la brisa, Al terminar, graciosamente doblaba su cabeza ofreciendo su respeto a los capitanes. Estos ordenaban que tronaran los cañones, primero uno, después otro; que era la forma de aplaudir y reconocer a la rémora. luego, cada barco seguía su camino.
—¿Y las rémoras son tan grandes como las ballenas? — preguntó Carlitos.
—No tanto, dijo el capitán— pero casi casi…

Natsume Sōseki* : Kokoro fragmento

Siempre lo llamé Sensei.1 Así lo haré en estas páginas en lugar de revelar su nombre. No es que quiera mantenerlo en secreto, simplemente me resulta más natural. La palabra «sensei» se me viene a los labios cada vez que lo recuerdo. Ahora que escribo sobre él, lo hago con la misma reverencia y respeto que siempre sentí. No me parece adecuado usar sus iniciales para referirme a él. De ese modo sentiría como si hubiera una gran distancia muda entre nosotros. Lo conocí en Kamakura,2 cuando yo aún era estudiante. Un amigo mío fue allí a pasar las vacaciones de verano, y a disfrutar del mar. Me escribió para que lo acompañara, así que me las arreglé para juntar el dinero necesario para el viaje, algo que me llevó dos o tres días. Sin embargo, apenas media semana después de mi llegada, mi amigo recibió un inesperado telegrama de su casa en el que le pedían que regresara. Al parecer su madre había caído enferma. Él no terminaba de creérselo. Sus padres intentaban desde hacía tiempo obligarlo a aceptar un matrimonio que él no deseaba. Según las costumbres de la época era demasiado joven para casarse y, además, la chica en cuestión no le gustaba. Precisamente por eso decidió no regresar a su casa durante las vacaciones, como hubiera sido lo normal, sino que prefirió irse a la costa a disfrutar de unos cuantos días de asueto. Me enseñó el telegrama y me pidió mi opinión. ¿Qué debía hacer? Mi amigo se debatía entre las dudas. Yo no sabía qué aconsejarle, pero en el caso de que su madre estuviera realmente enferma, le dije que debía volver, sin dudarlo. Al final se marchó. Después de todos los esfuerzos que hice para pasar unos días con él en Kamakura, al final me quedé allí solo y sin nada que hacer. Podía quedarme o bien volver a casa, pero aún quedaba tiempo hasta que empezasen las clases, así que al final decidí permanecer donde estaba. Mi amigo pertenecía a una familia acomodada de la región de Chugoku y no le faltaba el dinero. Sin embargo, era joven y se las arreglaba más o menos como yo. Así que, después de su marcha, me vi obligado a buscar un hostal menos costoso del que habíamos elegido en un primer momento. El lugar que había elegido estaba en las afueras del pueblo. Para llegar a los sitios de moda, los billares, las heladerías, tripa KOKORO.indd 20 02/10/14 14:20 21 tenía que caminar un buen rato atravesando inmensos arrozales. Ir en rickshaw me habría costado por lo menos veinte sen. A pesar de todo, por los alrededores se veían muchas casas nuevas de veraneo, la playa quedaba cerca y era la mejor opción para ir a bañarse. Todos los días bajaba al mar. Dejaba atrás las viejas casas de campo con sus tejados de paja ennegrecidos por el humo y llegaba a la playa, repleta de gente de Tokio que huía del calor del verano en la ciudad. Algunos días, la playa me parecía un grandísimo baño público repleto de oscuras cabezas flotantes. No conocía a nadie, pero disfrutaba enormemente cuando me embebía en aquella alegre visión de cuerpos tomando el sol, cuando me tumbaba en la arena o me metía en el agua hasta las rodillas para que las olas las golpeasen. Fue en medio de esa multitud donde por primera vez vi a Sensei. Por aquel entonces, cerca de la orilla había un par de puestos de bebidas que, además, tenían casetas de baño para cambiarse. Sin ninguna razón en particular, di en frecuentar uno de ellos. Al contrario de los propietarios de las grandes casas de veraneo de la zona de Hasé, los bañistas de aquella playa no teníamos casetas de baño privadas, sino que nos veíamos obligados a usar las comunitarias. En ellas la gente aprovechaba para relajarse, para tomarse un té, dejar sus sombreros y sombrillas en un lugar seguro, a salvo de los ladrones, y quitarse la sal con una buena ducha mientras los empleados se encargaban de enjuagar sus trajes de baño. Yo no tenía un bañador propiamente dicho y por tanto no necesitaba ir a cambiarme. Sin embargo, solía dejar mis cosas en la caseta cada vez que me metía en el mar para evitar que alguien me las robara. tripa KOKORO.indd 21 02/10/14 14:20 22 2 Fue allí donde vi a Sensei por primera vez. Caminaba en dirección a la orilla justo cuando yo salía del agua, con la brisa marina acariciando mi cuerpo. Entre nosotros había una considerable cantidad de cabezas negras que me impedían distinguir bien sus rasgos. Era muy probable que en condiciones normales me hubiera pasado inadvertido —de hecho, yo caminaba algo distraído—, pero hubo algo en él que llamó mi atención y que me hizo distinguirlo entre la muchedumbre: iba acompañado por un occidental. El occidental tenía una piel blanquísima. Había dejado su yukata3 encima de un banco y tan solo llevaba unos calzones de estilo japonés. Miraba fijamente al mar, con los brazos cruzados. Su circunspección me fascinó. Dos días antes había ido a la playa de Yuiga. Allí, sentado sobre una pequeña duna de arena formada junto a la entrada trasera de un hotel frecuentado por extranjeros, me pasé un buen rato contemplando cómo se bañaban los occidentales. Del hotel salían muchos hombres, y todos se precipitaban en dirección al agua. Al contrario que ese occidental, ninguno de ellos llevaba el torso, los brazos o las piernas al descubierto. Las mujeres se mostraban aún más recatadas si cabe que los hombres. La mayor parte de ellas llevaban gorros de color castaño rojizo o azul, que emergían graciosos entre las olas. Comparado con aquella reciente escena, la visión de aquel occidental de aire impasible, de pie frente a todo el mundo, cubierto tan solo por unos calzones sencillos, me resultó de lo más extraña. En un determinado momento, el extranjero giró la cabeza y dijo algo en japonés al hombre que lo acompañaba. Este acababa de agacharse para alcanzar la toalla que se le había caído a la arena. Cuando la alcanzó, se la anudó a la cabeza y se dirigió al mar. Ese hombre era Sensei. Movido por la curiosidad, mis ojos siguieron a las dos figuras que ahora caminaban juntas en dirección al agua. Atravesaron la rompiente de las olas abriéndose paso entre el gentío concentrado en la zona menos profunda. Cuando alcanzaron una zona despejada, lejos ya de la orilla, empezaron a nadar. Se deslizaron mar adentro hasta que sus cabezas se convirtieron en dos puntos diminutos perdidos en la distancia. De regreso a la orilla, poco después, se secaron con la toalla sin tomarse siquiera la molestia de ducharse. Entonces se vistieron y se marcharon de la playa, tan rápidamente que apenas me dio tiempo a ver a dónde se dirigían. Continué en el mismo banco donde estaba una vez se marcharon y me fumé un cigarrillo. Pensé despreocupadamente en Sensei. Estaba convencido de haber visto antes su cara, pero no fui capaz de recordar dónde ni cuándo. Entretanto, no tenía nada que hacer, me moría de aburrimiento y debía entretenerme de algún modo. Al día siguiente, a la misma hora, volví a la playa. Y allí estaba él. En esa ocasión llevaba puesto un sombrero de paja e iba solo. No lo acompañaba el occidental. Sensei se quitó las gafas, las dejó encima de una mesa y, ciñéndose la toalla alrededor de la cabeza, caminó con brío hasta el agua. Mientras observaba cómo se abría paso entre la multitud y se echaba a nadar, me invadió la imperiosa necesidad de seguirlo. Haciendo salpicar el agua a mi alrededor, me metí tripa en el mar, hasta que ya no pude hacer pie. Entonces clavé la vista en él y me eché a nadar. Sin embargo, a pesar de mis esfuerzos, fui incapaz de alcanzarlo. En lugar de volver por el mismo sitio, como había hecho el día anterior, esta vez describió una gran curva hasta salir del agua en una zona alejada de la playa. Salí del agua, tras él. Cuando regresé al puesto de bebidas, aún chorreando, él pasó junto a mí impecablemente vestido, ignorándome completamente. 3 Al día siguiente volví a la playa a la misma hora. De nuevo encontré allí a Sensei. Y al día siguiente, como impulsado por un conjuro, hice lo mismo. Y, como el primer día, no reuní fuerzas para hablar con él, ni tan siquiera para saludarlo. Su actitud me intimidaba. La verdad es que había algo en él que hacía que no pareciera muy sociable. Según comprobé, día tras día llegaba a la misma hora, con el mismo aire inaccesible y distante, y se marchaba puntual, indiferente a la ruidosa multitud que lo rodeaba. El occidental con el que lo vi el primer día no volvió a aparecer. Sensei llegaba solo y solo se marchaba. Aquel día, como de costumbre, Sensei volvió de su baño, se dirigió a donde había dejado la ropa y cogió su yukata. Pero se dio cuenta de que estaba llena de arena y, al sacudirla, se le cayeron las gafas que había dejado envueltas en la ropa. Una vez se puso la yukata y se ciñó el obi4 a la cintura, se dio cuenta de que no tenía las gafas y se puso a buscarlas. Vi que aquella era mi oportunidad. Sin pensarlo dos veces, me metí debajo de la mesa y se las alcancé. —Gracias —me dijo, dirigiéndome una tímida sonrisa. Al día siguiente lo seguí hasta el mar y nadé tras él. Habríamos avanzado unos doscientos metros cuando, de pronto, se detuvo, se dio media vuelta y se dirigió a mí. Éramos las dos únicas personas en aquella franja de mar azul. Estábamos a una considerable distancia de la playa. Hasta donde alcanzaba la vista, el sol inundaba el mar y las montañas. Yo me movía danzando en el agua, intentando mantenerme a flote. Sentí mis músculos hincharse. Estaba pletórico. Una indescriptible sensación de libertad y deleite se apoderó de mí. Entretanto, Sensei dejó de moverse para flotar tranquilamente de espaldas. Lo imité. El intenso azul del cielo me golpeó en la cara, como si se hundiera en lo más profundo de mi mirada. —Es divertido, ¿no cree? —dije en voz alta. Al cabo de un rato, Sensei recuperó la posición en el agua. —¿Volvemos? Yo me sentía pleno de energía, me hubiera quedado allí más tiempo, pero asentí de inmediato, feliz de poder hablar con él por fin. Nadamos hacia la playa por el mismo sitio por el que habíamos venido. A partir de ese día, Sensei y yo nos hicimos amigos. Sin embargo, aún desconocía todo de él, incluso dónde se alojaba. Tres días después de nuestro primer baño, nada más llegar a la casa de té de la playa, se giró hacia mí. Era mediodía. —¿Tienes previsto quedarte por aquí mucho más tiempo? No había planeado nada al respecto. No tenía, por tanto, una respuesta preparada. —No lo sé. La sonrisa que se dibujó en su rostro me hizo sentir torpe. —¿Y usted, Sensei? Aquella fue la primera vez que lo llamé así. Esa misma tarde fui a verlo a su hotel. Digo hotel, pero en realidad descubrí que no se trataba de un establecimiento propiamente dicho. Sensei se alojaba en una villa situada en el interior del amplio recinto de un templo. Compartía alojamiento con gente que apenas conocía, no era parte de su familia. Al notar la mueca irónica en su expresión cada vez que me oía llamarlo «sensei», me excusé diciéndole que era mi costumbre cuando me dirigía a personas mayores que yo. Le pregunté por el occidental con el que lo había visto el primer día. Era un excéntrico, me dijo, y ya había abandonado Kamakura. Luego se sinceró y me contó algunas cosas sobre sí mismo. Me confesó que para él era realmente extraño haber entablado relación con aquel hombre. Ni tan siquiera era amigo de relacionarse con sus compatriotas japoneses. Le dije que tenía la impresión de conocerlo de antes, aunque era incapaz de recordar dónde lo había visto. Joven e ingenuo como era, esperaba que a él le ocurriese lo mismo y ya imaginaba su respuesta. Sin embargo, tras una pausa meditativa dijo: —Pues a mí no me suena tu cara. ¿No será que te recuerdo a otra persona? Me sentí en cierto modo decepcionado por sus palabras.

1. Término que se traduce habitualmente como maestro y se refiere a una persona sabia, docta, pero que también implica respeto hacia alguien de mayor edad.

2. Ciudad costera a 50 kilómetros de Tokio y que constituye uno de los principales destinos vacacionales para la gente de la capital.
3. Quimono de verano. http://impedimenta.es/media/blogs/libros/capitulosPDF/9788415979128.pdf


4. Cinturón para ceñir el quimono, generalmente de seda.