SEMANA DE VERDADES. Día 1: El dios de Shermer

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El 24 de mayo el blog de Neurociencias Divertidas cumple 6 meses. Claro que cuando recièn empecé, no tuve visitas, no tuve seguidores y no seguía yo a nadie porque no sabía cómo hacerlo. Verdad que llegué sin preparación alguna. Solo con las ideas en la mente para compartir. Mas o menos despues de un mes de la invisibilidad, por fin, entendí como funciona y salí a la luz. Como ya quizá se han dado cuenta, me gustan las fechas redondas , números especiales, aun sabiendo que los especiales los hago yo. En fin, esta semana, conmemorando los 6 meses de viaje en este barco, quiero pasar publicando pequeños textos sobre los hechos puntuales que me parecen curiosos, interesantes o fascinantes.

Michael Shermer es uno de los popularizados de la ciencia más sensato y crítico que conozco. Tiene la revista  Skeptik donde pueden encontrar una enorme cantidad de material…

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El nacimiento de un dios

Mucho honraban los Mexicas a Huitzilopochtli; sabían origen, su principio fue de esa manera:
En Coatepec, por el rumbo de Tula,
había estado viviendo,
allí habitaban una mujer
de nombre Coatlicue.
era madre de los 400 Surianos
y de una hermana de éstos
de nombre Coyolxauhqui.
Y esta Coatlicue allí hacía penitencia,
barría, tenía a su cargo el barrer,
así hacía penitencia,
en Coatepec, la Montaña de la Serpiente,
y una vez,
cuando barría Coatlicue,
sobre ella bajó un plumaje,
como una bola de plumas finas.
En seguida lo recogió Coatlicue,
lo colocó en su seno.
Cuando terminó de barrer,
buscó la pluma, que había colocado en su seno.
pero nada vio allí.
En ese momento Coatlicue quedó encinta.
A ver los 400 Surianos que su madre estaba encinta,
mucho se enojaron, dijeron:
–   «¿Quién le ha hecho esto?
¿Quién la dejó encinta?
Nos afrenta, nos deshonra».
Y su hermana Coyolxauhqui les dijo:
-«Hermanos, ella nos ha deshonrado
hemos de matar a nuestra madre,
la perversa que se encuentra ya encinta.
¿Quien le hizo lo que lleva en el seno?
Cuando supo esto Coatlicue,
mucho se espantó,
mucho se entristeció.
Pero su hijo Huitzilopochtli, que estaba en su seno,
le confrontaba, le decía:
-«No temas,
yo sé lo que tengo que hacer”.
Habiendo oído Coatlicue
las palabras de su hijo,
mucho se consoló,
se calmó su corazón,
se sintió tranquila.
Y entre tanto, los 400 Surianos
se juntaron para tomar acuerdo,
y determinaron a una
dar muerte a su madre,
porque ella los había infamado.
Estaban muy enojados,
estaban muy irritados,
como si su corazón se les fuera a salir.
Coyolxauhqui mucho los incitaba,
avivaba la ira de sus hermanos,
para que mataran a su madre.
Y  los 400 Surianos
se aprestaron,
se ataviaron para la guerra.
Y  estos 400 Surianos
eran como capitanes,
torcían y enredaban sus cabellos,
como guerreros arreglaban su cabellera.
Pero uno llamado Cuahuitlíac
era falso en sus palabras.
Lo que decían los 400 Surianos,
en seguida iba a decírselo,
iba a comunicárselo a Huitzilopochtli.
Y  Huitzilopochtli le respondía:
-«Ten cuidado, está vigilante,
tío mío, bien sé lo que tengo que hacer».
Y cuando finalmente estuvieron de acuerdo,
estuvieron resueltos los 400 Surianos
a matar, a acabar con su madre,
luego se pusieron en movimiento,
los guiaba Coyolxauhqui.
Iban bien robustecidos, ataviados,
guarnecidos para la guerra,
se distribuyeron entre sí sus vestidos de papel
su anecúyotl, sus brazaletes,                              ‘
sus colgajos de papel pintado,
se ataron campanillas en sus pantorrillas
las campanas llamadas oyohualli.
Sus flechas tenían puntas barbadas.
Luego se pusieron en movimiento,
iban en orden, en fila;
en ordenado escuadrón,
los guiaba Coyolxauhqui.
Pero Cuahuitlícac subió en seguida a la montaña,
para hablar desde allí a Huitzilopochtli,
le dijo:
-«Ya vienen.»
Huitzilopochtli le respondió:
–    «Mira bien por dónde vienen.»
Dijo entonces Cuahuitlícac:
-«Vienen ya por Tzompantitlan.»
Y  una vez más le dijo Huitzilopochtli:
-«¿Por dónde vienen ya?»
Cuahuitlícac le respondió:
-«Vienen ya por Coaxalpan.»
Y de nuevo Huitzilopochtli preguntó a Cuahutlícac:
-«Mira bien por dónde vienen.»
En seguida le contestó Cuahuitlícac:
-«Vienen ya por la cuesta de la montaña.»
Y todavía una vez más le dijo Huitzilopochtli:
-«Mira bien por dónde vienen.»
Entonces le dijo Cuahuitlícac:
-«Ya están en la cumbre, ya llegan,
los viene guiando Coyolxahuqui.»
En ese momento nació Huitzilopochtli,
se vistió sus atavíos,
su escudo de plumas de águila,
sus dardos, su lanzadardos azul,
el llamado lanzadardos de turquesa.
Se pintó su rostro
con franjas diagonales,
con el color llamado «pintura de niño».
Sobre su cabeza colocó plumas finas,
se puso sus orejeras.
Y uno de sus pies, el izquierdo, era enjuto,
llevaba una sandalia cubierta de plumas,
y sus dos piernas y sus dos brazos
‘os llevaba pintados de azul.
Y el llamado Tochancalqui
puso fuego a la serpiente hecha de teas llamadas Xiuhcóatl,
que obedecía a Huitzilopochtli.
Luego con ella hirió a Coyolxauqui,
le cortó la cabeza,
la cual vino a quedar abandonada,
en la ladera de Coatépetl,
montaña de la serpiente.
El cuerpo de Coyolxauhqui
fue rodando hacia abajo,
cayó hecho pedazos,
por diversas partes cayeron sus manos,
sus piernas, su cuerpo.
Entonces Huitzilopochtli se irguió,
persiguió a los 400 Surianos,
los fue acosando, los hizo dispersarse
desde la cumbre de Coatépetl, la montaña de la culebra.
Y cuando los había seguido
hasta el pie de la montaña,
los persiguió, los acosó cual conejos,
en torno de la montaña.
Cuatro veces los hizo dar vueltas.
En vano trataban de hacer algo en contra de él,
en vano se revolvían contra él
al son de los cascabeles
y hacían golpear sus escudos.
Nada pudieron hacer,
nada pudieron lograr,
con nada pudieron defenderse.
Huitzilopochtli los acosó, los ahuyentó,
los destrozó, los aniquiló, los anonadó.
Y entonces los dejó,
continuaba persiguiéndolos.
Pero ellos mucho le rogaban, le decían:
-«¡Basta ya!»
Pero Huitzilopochtli no se contentó con esto,
con fuerza se ensañaba contra ellos.
Los perseguía.
Sólo unos cuantos pudieron escapar de su presencia,
Pudieron liberarse de sus manos.
Se dirigieron hacia el sur
se llaman 400 Surianos,
los pocos que escaparon
de las manos de Huitzilopochtli.
Y cuando Huitzilopochtli les hubo dado muerte,
cuando hubo dado salida a su ira,
les quito sus atavíos, sus adornos, su anecúyotl,
se los puso, se los apropió,
los incorporó a su destino,
hizo de ellos sus propias insignias.
Y este Huitzilopochtli, según se decía,
era un portento,
porque con sólo una pluma fina,
que cayó en el vientre de su madre Coatlicue,
fue concebido.
Nadie apareció jamás como su padre.
A él lo veneraban los mexicas,
le hacían sacrificios,
lo honraban y servían.
Y  Huitziiopochtli recompensaba
a quien así obraba.
Y su culto fue tomado de allí,
de Coatépec, la montaña de la serpiente,
como se practicaba desde los tiempos antiguos.

 

huitzilopchtli

*Tomado de Justino Fernández, «Una aproximación a Coyolxauhqui», Estudios de Cultura Náhuatl (México: UNAM, 1963), Vol. IV, pp 37-53

(Códice Florentino, Lib. III. Cap. I

Traducción directa del náhuatl hecha por

el Dr. Miguel León-Portilla)

Ven… de JOUMANA HADDAD

Ven
Recógela a flote en tus ojos.

Su jardín, fortaleza que exhala la intriga y dulce muerte que huele la presa. El diablo se siente allí en su casa.

Las miradas no pueden capturarla, ni los cálices: mujer de brumas, de incertidumbres y de fantasías. Mujer de caídas también.
Sobre su piel una infinitud de continentes desconocidos se mueven. Cada guijarro es un falso juramento, liso como las esperas vistas de lejos, y cada mano, cada mañana, son viajes. ¡Pero cuántas trayectorias horizontales y cuán pocas escaladas!

Ven
Clava tus cimas en sus abismos.

Tan púdica que se refugia en las palabras obscenas, insolente hasta el punto de enrojecer gritando su fuego. Guerrera amadora, amazona de carrera, lanza como flechas sus palabras y sus flechas le retornan cargadas de presas.

Habla todas las lenguas de la noche pero escribe sobre todo con las uñas. Escribe en el cuerpo mismo. Malditos son los dedos que no pueden descifrar los timbres puntiagudos de su éxtasis. Del escote de sus gemidos se elevan músicas, cantos, rumores y murmullos. Violín en erupción, busca el carpintero de notas que sabrá hacer vibrar las cuerdas.

JOUMANA HADDAD

Una mujer camina dentro de mí

Nadie ha leído mi taza
sin que sepa que eres mi amada,
nadie ha estudiado las rayas de mi mano
sin que descubra las cuatro letras de tu nombre.
Todo se puede negar
salvo el olor de la mujer amada,
todo se puede disimular
salvo los pasos de la mujer que se mueve dentro de nosotros,
todo se puede discutir
salvo tu feminidad.
¿Dónde ocultarte, amor mío?
Si somos dos bosques que arden,
y todas las cámaras de televisión están fijas en nosotros.
¿Dónde esconderte, amor mío?
Si todos los periodistas quieren convertirte
en la estrella de las portadas,
y a mí en un héroe griego
y en un escándalo gráfico.
¿Dónde llevarte?
¿Dónde me llevarás?
Si todos los cafés conocen de memoria nuestra cara,
todos los hoteles conocen de memoria nuestro nombre
y todas las aceras conocen de memoria la música de nuestros pasos.
Estamos al descubierto como una terraza marina
y nos observan como a dos peces dorados
en una vasija de cristal.

Siéntate conmigo un momento
para acordar una forma de amar

en la que no seas mi esclava
ni yo una pequeña posesión
en la lista de tus colonias
que no cesa, desde el siglo diecisiete,
de reivindicar ante tus pechos la liberación.
Pero no escuchan,
no escuchan.
DATOS DEL AUTOR: Nizar Qabbani. Es un diplomático sirio, además de uno de los poetas árabes contemporáneos de más prestigio. Nació en Damasco en 1923. Aunque era hijo de un pastelero, tuvo una buena educación y acabó matriculado en la Facultad Científica Nacional.
RETUSCHERAD
RETUSCHERAD

Joumana Haddad , rebelde, atea, poeta

La pantera escondida donde nacen los hombros

Ella tiene la cabellera más lejana que un placer que acaba de pasar y en la sonrisa mil promesas que no impiden la lluvia. Sus colores son una paleta de temblores, ya cicatriz de ondas, ya claro de cuchillo. Ningún cartero llama a su puerta porque no se le conoce morada. Tampoco se le conoce fin, porque es libre como un árbol.

Y como un árbol, sube.

Joumana Hadad

“Soy madre y soy poeta”, me decía con sencillez esta “furiosa escritora arabe”, en su acristalado despacho, abarrotado de libros de todas las lenguas, del diario An Nahar.Tiene a sus hijos siempre presentes , y los citaba al final de su lista de agradecimiento de su famoso libro Yo mate a Shrerezade. “Gracias a ellos -escribió- a Munir y a Onsi por enseñarme todos los días como merecerlos más,  como madre, como mujer, como ser humano.”
Primero fue poeta. A los veinticuatro años publicó el libro en francés Le temps d’un reve . Desde los quince escribía un articulo semanal para el diario Le Reveil, recibido con satisfacción en su familia, cuyo padre poseía una gran biblioteca. Después compuso sus poemas en árabe, algunos traducidos al castellano como El tiempo del sueño, Invitación a una cena secreta o El retorno de Lilith.
Allí donde el río se incendia es una antología sobre la poesía contemporánea libanesa, traducida al castellano por la misma Jumana Haddad. En su prólogo evocaba el fructífero ambiente cultural de Beirut de la década de los sesenta con la publicación la revista Shir fundada por Yusef El Khal cuando comenzó la renovación poética de la literatura árabe. En sus páginas se dieron a conocer Adonis, varias veces propuesto para el premio Nobel, Onsi El Hange, Chauki Abi Chakra, Fuad Rifka. Poetas del sueño y de la libertad, muy influidos por el surrealismo que rompieron el estancado estilo tradicional.
Lilith es una criatura femenina mitológica que atraviesa sus poemas, y sus ensayos como Yo maté a Sherezade. Mata ala heroína de las Mil y una noches porque es símbolo de la sumisión al sultán, porque estaba percatada de que era una “conspiración contra la mujer árabe y en general la mujer”. Sherezade y Eva son dos prototipos femeninos impuestos por la hegemonía masculina. Joumana reivindica a Lilith -cuyo nombre quiere decir en árabe, la noche- que fue creada en otra mitología anterior por Dios a la par que el hombre, y que se rebeló y abandonó el paraíso, provocando la desazón y el malestar de Adán de cuya costilla hizo Dios a Eva.
Con Yo maté a Sherezade traducido a diecisiete lenguas consiguió un éxito internacional. Si Sherezadee, con textos como Mujer árabe que lee al Marques de Sade Mujer árabe que no teme provocar a Allah, compuso un alegato contra los prejuicios contra la mujer árabe, su posterior obra Superman es árabe fue un manifiesto contra la invención del machismo, la batalla de los sexos o la invención de la castidad. Escribió primero estas obras en inglés antes de verterlas al árabe. Hubo gente que le advirtió del peligro de hacerlo porque proclamaba claramente su ateísmo.
Jumana Haddad trabaja en An Nahar desde hace diecisiete años como crítica literaria. Como poeta y escritora goza de una gran audiencia en los paises árabes y en Occidente. Una revista del Oriente Medio la ha declarado una de las mujeres árabes mas influyentes. En 2009 creó una lujosa revista de papel couché titulada Jaassad (Cuerpo,  en árabe) que rompió los arraigados tabúes sexuales de esta sociedad hipócrita y conservadora. La revista que se vendía al precio de diez dólares era sobre todo una revista de textos literarios, cuidadas fotografías, raros anuncios publicitarios. No era una publicación pornográfica que sirviera como dice Joumana para “ayudar a los hombres mientras se masturban”. En su portada, estaban impresas unas esposas para expresar su voluntad de romper los tabúes sexuales. Envuelta en una cubierta de plástico estaba destinada a los adultos. Fuera del Líbano solo era vendida por suscripciones y no se exhibía en ningún kiosko. El mayor número de abonados se encontraba en el reino de Arabía Saudí, el país mas represivo del Oriente Medio. A pesar de las amenazas como “Dios te castigará”, “Ojalá te arrojen ácido”, solo ha cesado de editarse por dificultades financieras. Joumana Haddad espera continuarla en una versión online.
Muy vivaracha,  nacida en 1970, cultiva su cuerpo con gimnasia y con la práctica de la salsa. Se acuesta regularmente a las nueve de la noche y se levanta a las cuatro de la mañana para escribir. “La palabra no hay que buscarla, está aquí- me dice plena de energía-, hay que respetar su ritmo, y cuando cumpla su tiempo, me llegará¨.
Incansable, confiesa que cuando se levanta tiene miedo de no ser capaz de hacer nada pero que en seguida es arrastrada por su vocación. En su Sherezade ha escrito “Aunque soy, lo que se dice una mujer árabe, yo y muchas como yo, no llevamos velo, no estamos domeñadas, ni somos analfabetas, y desde luego no somos sumisas. Somos como tú¨

 

JHoumana hadad

Estampa antigua de Julio torri

No cantaré tus costados, pálidos y divinos que descubres con elegancia; ni ese seno que en los azares del amor se liberta de los velos tenues; ni los ojos, grises o zarcos, que entornas, púdicos; sino el enlazar tu brazo al mío, por la calle, cuando los astros en el barrio nos miran con picardía, a ti, linda ramera, y a mí, viejo libertino.

Julio Torri escritor mexicano, de los iniciadores de la minificción en México.

De mil amores. Antología de microrrelatos amorosos.

Julio Torri nació en Saltillo, Coahuila el 27 de junio 1889 y se murió en la Cuidad de México el 11 de mayo, 1970. El esta considerado uno de los mejores escritores de prosa en su generación. En actualidad, Torri También, el estaba admitido a la Academia Mexicana de la Lengua en 1952. Por fin, muchas personas piensan que Torri es uno do los primeros autores que usó la poesía prosa en sus obras.

 

La diferencia entre alegoría y metáfora

La alegoría es una figura retórica que “consiste en hacer patentes en el discurso, por medio de varias metáforas consecutivas, un sentido recto y otro figurado, ambos completos, a fin de dar a entender una cosa expresando otra diferente” (*). Esta característica central de “dar a entender una cosa expresando otra diferente” aproxima la alegoría a otras figuras retóricas, por lo que es importante establecer diferencias entre ellas para comprender mejor el sentido de la alegoría. En breve, la alegoría y la metáfora comparten la dualidad en significar una cosa expresando otra diferente, la distinción es la duración: la metáfora se contiene en sí misma, mientras que la alegoría se sostiene a lo largo de una composición, con frecuencia a través de sucesivas metáforas que apuntan a un mismo significado estructural. Aunque en algunos textos críticos se considera la alegoría una especie de analogía, ésta depende más de la razón, de la lógica (la comparación), mientras que la alegoría depende más de la imaginación (la metáfora). Podemos decir igualmente que se diferencia de la fábula o de laparábola en que éstas se expresan a través de una historia (en prosa o verso) con un objetivo moral que con frecuencia se reitera de modo explícito y sucinto al final.

https://www.ensayistas.org/curso3030/glosario/a-b/alegoria.htm

Alegoria a la muerte

El perro de Alonso Ibarrola

Día tras día, año tras año, en la misma esquina. El ciego tocando un desafinado violín y su perro sosteniendo con sus dientes un sombrero, donde niños y mayores, conmovidos, arrojaban algunas monedas al pasar. Cuando sonaban siete campanadas se retiraban a su casa. El perro le guiaba por calles y plazas hasta llegar a la mísera vivienda donde transcurría su vida en solitario. Un día el ciego murió. Se percató del hecho una piadosa vecina, al no verles salir por la mañana como era habitual; luego el perro que ladraba y ladraba… Se llevaron el cadáver al cementerio y el perro fue conducido a la perrera, en espera de poder confiárselo a otro invidente necesitado de asistencia. Días más tarde se descubrió -hecho, por desgracia, bastante frecuente- que el difunto ciego guardaba en su colchón miles de billetes. Mayor fue la sorpresa al saberse que el perro, por su parte, ocultaba en su madriguera, bajo unos mugrientos cojines, que despedían un hedor infame, varios cientos de monedas, que se supone sustraía furtivamente del sombrero de su difunto propietario. Es por ello que fue eliminado en una cámara de gas especial para animales.

LIMOSNERO CON PERRO

El bebo

Son olas fragiles que suaves resbalan hacia la orilla.
Es una lancha con motor fuera de la borda.
El ruido de la maquina aumenta o disminuye según el aire que sale de los mofletes abultados del niño.

Son olas suaves,
que el barco de papel
hace en la pila.barco serolla

Joaquín Serolla

Ida de Mei Morán

El padre colgó pensativo el teléfono. Después de la llamada, a ella no le quedaban dudas. Era la elegida. Eufórica, ultimó los preparativos. El planeta Trántor la había invitado con honores a la conferencia intergaláctica. Dispuso meticulosa los efectos que llevaría consigo. Depositó en la maleta las aletas para nadar bajo la ducha y los patines para rodar entre satélites. Saludó a los robots que llegaron a buscarla. La introdujeron en la ambulancia. Tras un convulso enfrentamiento le pusieron la camisa de fuerza. La madre lloraba, las vecinas cuchicheaban. Decían que la situación ya hacía tiempo que se veía venir.

espacio

Tomasa del Fb

El eterno encanto del animal consciente

Avatar de BorgeanoEl Blog de Arena

Borges decía que uno podía toparse con la poesía en cualquier momento y en cualquier circunstancia. En una conversación callejera, por ejemplo, una persona cualquiera podía dejar caer un verso maravilloso sin ser consciente, siquiera, del valor de lo que había dicho. Es por eso (no recuerdo si esto lo dijo Borges o si es una conclusión lógica de lo anterior) que hay que estar atentos a lo que oímos por aquí o por allá, ya que nunca sabremos cuándo la belleza o el asombro se harán presentes.

Hace un par de días me pasó, precisamente, eso (el párrafo anterior y los que siguen nacieron gracias a ese encuentro fortuito, por supuesto). Conversaba con una querida amiga y yo le dije algo así como «eres demasiado buena persona» (hablábamos de cómo nos movemos en sociedad); a lo que ella respondió de inmediato: «No, soy un animal que toma decisiones conscientes».

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Anónimo Maya: el pájaro reloj

Cuentan los antiguos señores, que no había pasado mucho tiempo después de la creación de los animales, cuando Dios recordó que no le había dado nombre a ninguno. Por esta razón, anunció que haría una fiesta en la cual habría una carrera. Todos los animales correrían y conforme fueran llegando les iría dando su nombre. Correrían juntos aves y animales de la tierra.
El Señor Dios lo comunicó al lider de los animales y fue así como quedó concretada la carrera.
Entre todos los animales que hay en este mundo existe un pequeño pájaro muy hermoso, debido a su plumaje multicolor y a su larga cola.
A distancia se veía como un animal perfecto. Y así como cuando vemos a una persona hermosa pero de corazón muy feo o malo, este pajarillo se veía muy hermoso pero le encantaba dormir demasiado, se pasaba de dormilón.
El día que se anunció la carrera a todos los animales y también los festejos; este hermoso pájaro se durmió. Del pico de otras aves lo supo.
– Huum, si así vas a dormir el día de la carrera, no podrás ganar tu nombre, te encanta dormir.
Le dolió tanto este comentario, que empezó a pensar en la manera de participar y poder ganar su nombre. Esto era lo que pensaba:
– Es verdad lo que dice mi compañero, me encanta dormir ¿Qué haré entonces? De otra manera no podré tener mi nombre.
Pasaron dos días en los cuales solo esto pensaba. Entonces decidió dormirse en medio del camino, pues así, cuando oyera el ruido de todos los animales, el solamente se levantaría e iría atrás de sus compañeros.
Así como lo pensó, así lo hizo. No había salido aún el sol cuando fue a terminar de dormir en medio del camino.
Cuando amaneció, todos los animales participaron en la carrera, sin embargo, este pequeño pájaro no los oyó pasar, no sucedió lo que había pensado.
Mientras todos los animales estaban felices de haber recibido su nombre de la boca de Dios, esta ave apenas despertaba.
Contento estaba cuando despertó y no encontró a nadie sobre el camino y comenzó a correr. Sin embrago, mas contento se puso cuando sentía que al batir las alas con la fuerza acostumbrada volaba mas rápido, sentía que no pesaba. Sin saber porqué, viró la cabeza para ver si venía algún animal corriendo, cuando reventó en llanto.
Se hallaba asustado. Buscaba su hermosa cola, pero no quedaba mas que una delgada pluma. al mirar el sol y ver que se encontraba en medio del cielo, comenzó a comprender porqué no había ningún animal; todos habían pasado sobre su cola, la habían pisoteado.
Estaba llorando cuando llegó hasta la meta. El señor Dios, al ver a este pajarito se aguantaba las ganas de reír por el aspecto que tenía su cola.
El Señor le dijo así:
– ¿Ves lo que te pasa por dormilón? En este día te pongo el nombre de Recto, porque así quedó tu cola. Recto, no te la voy a componer, para que se acuerden tú y tus descendientes cuál es la razón por la que no debemos dormir demasiado.

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6 cuentos mexicanos para leer en español y en su lengua originaria

Etgar Keret: cuento Yad Vashem

Entre la exhibición de los judíos europeos antes del ascenso del nazismo y la de la Kristallnacht había una barrera de cristal transparente. Esta partición tenía un significado simbólico directo: para los no iniciados, la Europa de antes y la de después de la noche de ese pogromo histórico podían parecer la misma, pero en realidad una y otra eran universos totalmente distintos. Eugene, que caminaba rápido, con su guía jadeante unos pasos detrás, no había notado ni la partición ni el significado simbólico. El choque fue perturbador y doloroso. Un hilo de sangre salía de sus narices. Rachel murmuró que no se veía bien y que tal vez sería bueno que regresaran al hotel, pero él sólo se metió un trozo de papel higiénico en cada fosa nasal y dijo que no era nada y que debían continuar.
— Si no te ponemos hielo se va a hinchar — intentó de nuevo Rachel —. Vamos. No tienes que… —entonces se detuvo a media frase, tomó aire y agregó — Es tu nariz. Si quieres que sigamos, seguiremos.
Eugene y Rachel alcanzaron al grupo en la esquina que explicaba las leyes raciales. Mientras escuchaba a la guía con su fuerte acento sudafricano, Eugene intentó figurarse qué era lo que Rachel había empezado a decir. «No tienes que convertir todo en un dramón, Eugene. Es muy aburrido». O: «No tienes que hacerlo por mí, corazón. De todos modos te amo». O tal vez simplemente: «No tienes que ponerle hielo, pero tal vez ayude». ¿Cuál de estas frases, si alguna, había empezado a decir?
Muchos pensamientos pasaron por la cabeza de Eugene la primera vez que se decidió a sorprender a Rachel con dos boletos a Israel. Él pensaba: Mediterráneo. Pensaba: Desierto. Pensaba: Rachel sonriendo otra vez. Pensaba: Hacer el amor en una suite del hotel mientras el sol empieza a ocultarse más allá de los muros de Jerusalén, tras ellos. Y en este océano de pensamientos no había habido ni el más mínimo sobre sangrados nasales ni sobre Rachel comenzando frases para no terminarlas de ese modo que a él siempre lo volvía loco. De estar en cualquier otro sitio del universo, probablemente habría comenzado a sentir compasión por sí mismo, pero aquí no.
La guía sudafricana les mostraba fotos de judíos desnudándose en la nieve a punta de pistola. La temperatura, decía la guía, era de quince grados bajo cero. Un momento después de tomada la foto, la gente —todos y cada uno de ellos, las mujeres, los viejos, los niños— fue obligada a meterse en una zanja excavada en el suelo y fue muerta a tiros. Cuando terminó la frase, lo miró por un momento con una mirada vacía y no dijo más. Eugene no pudo entender por qué lo miraba a él, de entre toda la gente. Lo primero que le pasó por la cabeza fue que era el único en el grupo que no era judío, pero incluso antes de que ese pensamiento terminara de formarse en su mente él se dio cuenta de que no tenía sentido.
— Tiene sangre en la camisa — dijo la guía con una voz que a Eugene le sonó un poco distante. Él miró la pequeña mancha en su camisa azul claro y luego dirigió la vista de vuelta a la imagen de una pareja de ancianos, desnudos. La mujer se cubría las partes pudendas con la mano derecha, intentando mantener un poco de dignidad. El marido apretaba la mano izquierda de ella con su gran palma. ¿Cómo reaccionarían él y Rachel si los sacaran de su agradable departamento del Upper West Side, los llevaran al parque cercano y les ordenaran desnudarse y meterse en una zanja? ¿También terminarían sus vidas tomados de la mano?
— La sangre, señor. — la guía interrumpió su línea de pensamiento — Sigue goteando… Eugene metió más adentro de sus fosas nasales el papel de baño y trató de mostrar una de esas sonrisas de «Todo está bajo control».
Comenzó junto a una foto muy grande de seis mujeres con las cabezas rapadas. A decir verdad, había comenzado cuatro semanas antes, cuando él había amenazado con demandar al ginecólogo de Rachel. Estaban sentados juntos en el consultorio del viejo doctor, y a la mitad de su monólogo medio amenazante ella le había dicho:
— Eugene, estás gritando.
La expresión en sus ojos era distante e indiferente. Era una mirada que no había visto antes. Realmente debía de haber estado hablando muy fuerte, porque la recepcionista entró en el consultorio sin llamar y preguntó al doctor si todo estaba bien. Había empezado entonces y las cosas empeoraron aún más mientras estaban ante la foto de las mujeres rapadas. La guía dijo que las mujeres que llegaban a Auschwitz embarazadas debían abortar antes de que comenzara a notarse, porque un embarazo en el campo de concentración significaba, siempre, la muerte. A media explicación, Rachel dio la espalda a la guía y se alejó del grupo. La guía la vio alejarse y entonces miró a Eugene, que balbuceó, casi instintivamente:
— Lo siento. Es que acabamos de perder un bebé.
Lo dijo lo bastante alto como para que la guía lo oyera y lo bastante bajo para que Rachel no. Rachel siguió alejándose del grupo, pero incluso desde lejos Eugene pudo detectar el temblor que corría por su espalda cuando él habló.
Yad Vashem Monumento niños
El sitio más conmovedor y poderoso del Yad Vashem era el Memorial de los Niños. El techo de esta caverna subterránea estaba repleto de incontables velas memoriales que intentaban —no con mucho éxito— disipar la oscuridad que parecía abrirse camino en todo. En el fondo estaba la banda sonora, recitando los nombres de niños que habían muerto en el Holocausto. La guía dijo que eran tantos que leer todos los nombres tomaba más de un año. El grupo empezó a salir, pero Rachel no se movió. Eugene se quedó de pie tras ella, congelado, escuchando los nombres que alguien leía, uno por uno, monótonamente. Dio una palmada en la espalda de ella, sobre su abrigo. Ella no reaccionó.
— Lo siento — dijo él —. No debí haberlo dicho como lo dije, enfrente de todo el mundo. Es algo privado. Algo sólo de nosotros.
— Eugene — dijo Rachel, y siguió mirando las débiles luces sobre ella —, no perdimos al bebé. Tuve un aborto. No es lo mismo.
— Fue un error terrible — dijo Eugene —. Estabas emocionalmente vulnerable y yo, en vez de tratar de ayudarte, me hundí en mi trabajo. Te abandoné.
Rachel miró a Eugene. Sus ojos se veían como los de alguien que hubiese llorado, pero no había lágrimas.
— Estaba emocionalmente bien — dijo —. Tuve el aborto porque no quería al niño.
La voz en el fondo estaba diciendo «Shoshana Kaufman». Muchos años antes, cuando Eugene estaba en la primaria, había conocido a una niña pequeña y gorda con ese nombre. Sabía que no era la misma, pero la imagen de ella, muerta en la nieve, de cualquier manera apareció ante sus ojos por un segundo.
— Ahora dices cosas que no quieres decir de veras — le dijo a Rachel —. Las dices porque estás pasando por un momento difícil, porque estás deprimida. Nuestra relación no está yendo bien ahora, es cierto, y tengo mucha de la culpa, pero…
— No estoy deprimida, Eugene — lo interrumpió Rachel —. Simplemente no me siento feliz contigo.
Eugene se quedó en silencio. Escucharon algunos nombres más de niños asesinados y entonces Rachel dijo que iba a salir a fumar. El lugar era tan oscuro que era difícil determinar quién estaba allí. Fuera de una mujer mayor, japonesa, de pie muy cerca de él, Eugene no podía ver a nadie. Supo que Rachel había estado embarazada sólo hasta enterarse de que había abortado. Se había puesto furioso. Furioso de que ella no le hubiera dado ni un minuto para imaginar juntos a su bebé. De que no le hubiera dado la oportunidad de poner la cabeza en su vientre suave y tratar de escuchar lo que sucedía adentro. La rabia había sido tan abrumadora, recordó, que le había dado miedo. Rachel le dijo que era la primera vez que lo veía llorar. Si se hubiera quedado unos minutos más, lo habría visto llorar una segunda vez. Sintió una mano tibia en su cuello y cuando alzó la vista vio a la japonesa de pie justo al lado de él. A pesar de la oscuridad y de sus gruesos lentes pudo ver que ella también estaba llorando.
— Es horrible —dijo a Eugene con un espeso acento extranjero—. Es horrible lo que las personas son capaces de hacerse unas a otras.»
Traducción de Alberto Chimal.

Etgar_Keret

 

«Yad Vashem» un cuento de Etgar Keret