Día tras día, año tras año, en la misma esquina. El ciego tocando un desafinado violín y su perro sosteniendo con sus dientes un sombrero, donde niños y mayores, conmovidos, arrojaban algunas monedas al pasar. Cuando sonaban siete campanadas se retiraban a su casa. El perro le guiaba por calles y plazas hasta llegar a la mísera vivienda donde transcurría su vida en solitario. Un día el ciego murió. Se percató del hecho una piadosa vecina, al no verles salir por la mañana como era habitual; luego el perro que ladraba y ladraba… Se llevaron el cadáver al cementerio y el perro fue conducido a la perrera, en espera de poder confiárselo a otro invidente necesitado de asistencia. Días más tarde se descubrió -hecho, por desgracia, bastante frecuente- que el difunto ciego guardaba en su colchón miles de billetes. Mayor fue la sorpresa al saberse que el perro, por su parte, ocultaba en su madriguera, bajo unos mugrientos cojines, que despedían un hedor infame, varios cientos de monedas, que se supone sustraía furtivamente del sombrero de su difunto propietario. Es por ello que fue eliminado en una cámara de gas especial para animales.

LIMOSNERO CON PERRO