El dios de las pequeñas cosas de Arundhati Roy fragmento

«En el estudio de Pappachi la colección de mariposas diurnas y mariposas nocturnas se había desintegrado hasta convertirse en montoncitos de polvo iridiscente que cubría la parte de abajo de los expositores de cristal, y los alfileres que las atravesaban habían quedado desnudos. Algo cruel. Los hongos y el abandono habían invadido la habitación. Un viejo hula-hoop de color verde neón colgaba de un gancho de madera que había en la pared como un enorme halo de santo desechado. Una hilera de hormigas negras relucientes cruzaba el antepecho de la ventana con los traseros levantados como una fila de chicas de revista, todas acompasadas, en un musical de Busby Berkeley. Sus siluetas se recortaban contra el sol. Lustrosas y bellas.
Rahel (sobre un taburete puesto encima de la mesa) revolvía una estantería de libros con los cristales sucios y opacos. Las pisadas de sus pies descalzos se podían apreciar claramente sobre el polvo del suelo. Iban desde la puerta hasta la mesa (arrastrada hasta la librería) y hasta el taburete (arrastrado hasta la mesa y subido encima de ella). Buscaba algo. Ahora su vida tenía forma y tamaño. Bajo los ojos tenía ojeras en forma de media luna y había duendecillos en su horizonte.
En el estante más alto las tapas de cuero del conjunto de volúmenes de Pappachi La riqueza entomológica de la India se habían despegado y se habían ido abombando hasta parecer amianto ondulado. Los lepismas habían hecho madrigueras entre las páginas, habían perforado túneles de una especie a otra y habían convertido en encaje amarillento lo que antaño fue una información organizada.
Rahel fue tanteando detrás de la fila de libros y sacó varias cosas que estaban escondidas.
Una concha marina lisa y otra rugosa.
Un estuche de plástico para lentes de contacto y una pipeta naranja.
Un crucifijo de plata que colgaba en el extremo de una sarta de cuentas: el rosario de Bebé Kochamma.
Lo usó contra la luz. Cada una de las cuentas atrapó, avariciosa, una porción de sol.
En el rectángulo que el sol iluminaba sobre el suelo del estudio se reflejó una sombra. Rahel se volvió hacia la puerta con su sarta de cuentas de luz. «

Arundhati Roy

El Poder de la Palabra
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SEXUALIDAD CONFUNDIDA?

Avatar de AlonaDeLarkNeurociencias divertidas

Hoy hablaremos del aspecto de nuestra biología etiquetado por muchas culturas ( no todas!) como pecaminoso. Es un tema sensible para mi, por lo tanto me voy a permitir algunas exclamaciones emocionales en ciertas partes de mi narrativa. Me disculpen, por favor, esta debilidad.

8 semanas de desarrollo embrional

Aproximadamente en la octava semana del desarrollo del embrión humano, sus glándulas sexuales empiezan a secretar las hormonas esteroides (testosterona en los del sexo masculino, y de estrógenos con progesterona en los del femenino). El testosteron y la hormona antimulleriana se encargan de formar los rasgos del cerebro masculino que en su vida postnatal se expresará en la conducta observada como la conducta propia de los humanos del sexo masculino. Antes que las dos hormonas mencionadas entren en acción, el cerebro del embrión se forma de acuerdo con el modelo femenino. Hay un sinfín de experimentos que demuestran que en…

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Fragmento dos de los hijos de la media noche de Salman Rushide

Entendedme lo que digo: en la primera hora del 15 de agosto de 1947 —entre medianoche y la una de la madrugada— nacieron nada menos que mil y un niños dentro de las fronteras del recién nacido Estado soberano de la India. En sí mismo, no es un hecho insólito (aunque las resonancias del número sean extrañamente literarias)… en esa época, los nacimientos en nuestra parte del mundo superaban a los fallecimientos en unos seiscientos ochenta y siete por hora. Lo que hacía el acontecimiento notable (¡notable! Qué palabra más desapasionada, ¿no os parece?) era la naturaleza de esos niños, cada uno de los cuales estaba, por algún fenómeno biológico, o quizá a causa de algún poder preternatural del momento, o simplemente, de forma concebible, por pura coincidencia (aunque una sincronicidad a esa escala haría vacilar hasta a C. G. Jung), dotado de características, talentos o facultades que sólo pueden describirse como milagrosas. Fue como si —si se me permite un minuto de fantasía en lo que, por lo demás será, lo prometo, el relato más sobrio que pueda hacer— como si la Historia, al llegar a un punto de las más altas significación y promesas, hubiera decidido sembrar, en ese instante, las semillas de un futuro auténticamente distinto de todo lo que el mundo había visto hasta entonces.
Si se produjo un milagro análogo al otro lado de la frontera, en el recientemente separado Pakistán, no tengo conocimiento de ello; mis percepciones, mientras duraron, estuvieron limitadas por el mar Arábigo, el golfo de Bengala y la cordillera del Himalaya, pero también por las fronteras artificiales que atravesaban el Punjab y Bengala.
Inevitablemente, algunos de esos niños no sobrevivieron. La desnutrición, la enfermedad y las desgracias de la vida cotidiana habían dado cuenta de nada menos que cuatrocientos veinte de ellos para cuando tuve conciencia de su existencia; aunque es posible formular la hipótesis de que esas muertes tenían también su finalidad, porque 420 ha sido, desde tiempo inmemorial, el número asociado con el fraude, el engaño y la superchería. ¿Podría ser, pues, que los niños que faltaban hubieran sido eliminados porque se habían vuelto en cierto modo inapropiados, y no eran auténticos hijos de esa hora de la medianoche? Bueno, en primer lugar, ésa es otra divagación de mi fantasía; y en segundo, se basa en un concepto de la vida que es a un tiempo excesivamente teológico y bárbaramente cruel. Se trata también de una pregunta sin respuesta; todo examen ulterior resulta, por lo tanto, improductivo.
Para 1957, los quinientos ochenta y un niños supervivientes se estaban acercando todos a su décimo cumpleaños, totalmente ignorantes, en su mayor parte, de su mutua existencia… aunque sin duda había excepciones. En la ciudad de Baud, junto al río Mahanadi, en Orissa, había un par de hermanas gemelas que eran ya leyenda en la región, porque, a pesar de su impresionante fealdad, ambas tenían la facultad de hacer que todos los hombres que las veían se enamorasen desesperada y, a veces, suicidamente de ellas, de forma que sus perplejos padres se veían interminablemente acosados por un torrente de hombres que les ofrecían su mano para casarse con cualquiera de las dos y hasta con las dos desconcertantes niñas; ancianos que habían renunciado a la sabiduría de sus barbas y jóvenes que hubieran debido estar chiflándose por las actrices del cine ambulante que venía a Baud una vez al mes; y había otra procesión, más perturbadora, de familias desconsoladas que maldecían a las gemelas por haber embrujado a sus hijos para que cometieran actos de violencia contra sí mismos, mutilaciones y flagelaciones fatales e incluso (en un caso) una autoinmolación. Con excepción de esos raros casos, sin embargo, los hijos de la medianoche habían crecido completamente ignorantes de quiénes eran sus verdaderos hermanos, sus compañeros-elegidos a lo largo y lo ancho del diamante tosco y mal proporcionado de la India.
Y entonces, como consecuencia de una sacudida recibida en un accidente de bicicleta, yo, Saleem Sinai, tuve conciencia de todos ellos.
A todo aquel cuya mentalidad sea demasiado inflexible para aceptar estos hechos, tengo que decirle lo siguiente: así es como fue; no es posible renunciar a la verdad. Sencillamente, tendré que soportar la carga de la incredulidad de quien lo dude. Pero ninguna persona que sepa leer en esta India nuestra puede ser totalmente inmune al tipo de información que estoy revelando… ningún lector de nuestra prensa nacional puede haber dejado de tropezarse con una serie —desde luego menor— de niños mágicos y monstruos variados. Sólo la semana pasada fue ese chico bengalí que anunció que era la reencarnación de Rabindranath Tagore y comenzó a improvisar versos de notable calidad, para asombro de sus padres; y yo mismo puedo recordar niños de dos cabezas (a veces una humana y otra animal), y con otras características curiosas, como cuernos de toro.
Debo decir enseguida que no todos los dones de los niños eran deseables, ni siquiera deseados por los propios niños; y, en algunos casos, los niños habían sobrevivido pero se habían visto privados de las cualidades regaladas por la medianoche. Por ejemplo (para emparejar la historia de las gemelas de Baud), permitidme mencionar a una niña mendiga llamada Sundari, que nació en una calle situada tras la Oficina General de Correos, no lejos de la terraza en donde Amina Sinai escuchó a Ramram Seth, una niña cuya belleza era tan intensa que, a los pocos momentos de su nacimiento, había conseguido cegar a su madre y a las vecinas que la habían estado ayudando en el parto; su padre, que se precipitó en la habitación al oír los chillidos de las mujeres, fue avisado por ellas justamente a tiempo; pero su única ojeada fugaz a su hija le dañó tanto la vista que, a partir de entonces, fue incapaz de distinguir entre los indios y los turistas extranjeros, lo que afectó grandemente a su capacidad para obtener ingresos como mendigo. Durante algún tiempo después de eso, Sundari fue obligada a llevar un trapo que le tapaba la cara; hasta que una tía abuela vieja y despiadada la cogió en sus brazos huesudos y le dio nueve tajos en el rostro con un cuchillo de cocina. En la época en que tuve conciencia de ella, Sundari se ganaba muy bien la vida, porque nadie que la mirase podía dejar de apiadarse de una chica que en otro tiempo había sido evidentemente tan bella y estaba ahora tan cruelmente desfigurada; le daban más limosnas que a cualquier otro miembro de su familia.
Como ninguno de los niños sospechaba que el momento de su nacimiento tuviera nada que ver con lo que eran, tardé algún tiempo en descubrirlo. Al principio, después del accidente de bicicleta (y, especialmente, una vez que los manifestantes por el idioma me hubieron purgado de Evie Burns), me contenté con descubrir; uno por uno, los secretos de los seres fabulosos que habían llegado repentinamente a mi campo de visión mental, coleccionándolos vorazmente, como algunos chicos coleccionan insectos y otros reconocen trenes; perdiendo interés por los álbumes de autógrafos y todas las demás manifestaciones del instinto de acopio, me zambullía siempre que podía en la realidad distinta y absolutamente más brillante de los quinientos ochenta y uno. (Doscientos sesenta y seis de nosotros éramos chicos; y nuestras colegas femeninas nos superaban en número: eran trescientas quince, incluida la-bruja-Parvati.)
¡Los hijos de la medianoche…! De Kerala, un chico que tenía la facultad de penetrar en los espejos y volver a salir por cualquier superficie reflectante terrestre… por los lagos y (con mayor dificultad) por las pulidas carrocerías de los automóviles… y una chica goanesa con el don de multiplicar los peces… y niños con poderes de transformación: un hombre-lobo de las montañas Nilgiri, y de la gran cuenca de las Vindhyas, un muchacho que podía aumentar o reducir su tamaño a voluntad, y había sido ya (juguetonamente) causa de un pánico desatado y de rumores sobre el regreso de los Gigantes… de Cachemira había una criatura de ojos azules, de cuyo sexo original nunca estuve seguro, porque, metiéndose en el agua, él (o ella) lo podía cambiar como ella (o él) quisiera. Algunos de nosotros llamábamos a esa criatura Narada, otros Markandaya, según qué antiguo cuento fantástico sobre cambios de sexo hubiéramos oído… cerca de Jalna, en el corazón del reseco Deccan, encontré a un joven zahorí, y en Budge-Budge, en las afueras de Calcuta, a una muchacha de lengua afilada cuyas palabras tenían ya el poder de causar heridas físicas, de forma que, después de que algunos adultos se vieron sangrando abundantemente como consecuencia de algún dardo salido indiferentemente de sus labios, decidieron encerrarla en una jaula de bambú y hacerla bajar flotando por el Ganges hasta las selvas de los Sundarbans (que son el verdadero hogar de monstruos y de fantasmas); pero nadie se atrevía a acercarse a ella, y se desplazaba por la ciudad rodeada por un vacío de miedo; nadie tenía valor para negarle comida. Había un muchacho que podía comer metales y una chica cuyos dedos eran tan lozanos que podía cultivar berenjenas de concurso en el desierto de Thar; y más y más y más… abrumado por su número y por la exótica multiplicidad de sus dones, prestaba poca atención, en esos primeros tiempos, a sus envolturas ordinarias; pero inevitablemente nuestros problemas, cuando surgieron, fueron los problemas cotidianos y humanos que surgen del carácter-y-el-medio; en nuestras peleas, éramos sólo un puñado de chicos.
Un hecho notable: cuanto más próximo a la medianoche estaba el momento de nuestro nacimiento, tanto mayores eran nuestros dones. Los niños nacidos en los últimos segundos de la hora eran (para ser franco) poco más que fenómenos de circo: chicas barbudas, un muchacho con las agallas en perfecto funcionamiento de una trucha mahaseer de agua dulce, hermanos siameses con dos cuerpos que colgaban de una sola cabeza y un solo cuello: la cabeza podía hablar con dos voces, una masculina y una femenina, en todos los idiomas y dialectos del subcontinente; pero, a pesar de todas esas cosas maravillosas, eran los desgraciados, las víctimas vivas de aquella hora sobrenatural. Hacia la media hora venían las facultades más interesantes y útiles: en la selva de Gir vivía una muchacha-bruja que tenía el poder de sanar imponiendo las manos, y el hijo de un acaudalado plantador de té de Shillong tenía la bendición (o, posiblemente, la maldición) de ser incapaz de olvidar nada que hubiera visto u oído. Pero los niños nacidos en el primer minuto de todos… para esos niños la hora había reservado los más altos talentos que el hombre había soñado. Si tú, Padma, tuvieras un registro de los nacimientos en que estuvieran anotadas las horas al segundo exacto, también tú sabrías qué vástago de una gran familia de Lucknow (nacido veintiún segundos después de la medianoche) dominaba totalmente, a los diez años, las perdidas artes de la alquimia, con las que rehízo la fortuna de su antigua pero derrochadora casa; y qué hija de un dhobi de Madrás (a las doce y diecisiete segundos) podía volar más alto que cualquier pájaro simplemente cerrando los ojos; y a qué hijo de un platero benarsi (doce segundos después de la medianoche) se le concedió el don de viajar en el tiempo, profetizando así el futuro y aclarando también el pasado… un don en el que, niños como éramos, confiábamos implícitamente cuando se refería a cosas pasadas y olvidadas, pero del que nos burlábamos cuando nos advertía de nuestro propio fin… afortunadamente, no existen tales datos; y, por mi parte, no revelaré —o bien, pareciendo revelarlos, falsificaré— sus nombres y hasta su ubicación; porque, aunque esos datos serían una prueba absoluta de mis afirmaciones, los hijos de la medianoche merecen ahora, después de todo lo ocurrido, que se los deje tranquilos; quizá para olvidar; pero espero (contra toda esperanza) que para recordar.
La-bruja-Parvati nació en el Viejo Delhi en un barrio miserable que se arracimaba en torno a las escaleras de la mezquita del viernes. No era un barrio ordinario aquél, aunque las chozas construidas con viejas cajas de embalaje y trozos de chapa ondulada y jirones de sacos de yute que se alzaban a la buena de Dios a la sombra de la mezquita no parecían diferentes de las de cualquier otro barrio de chabolas… porque ése era el gueto de los magos, sí, el mismísimo lugar que en otro tiempo engendró un Colibrí al que los cuchillos atravesaron y los perros callejeros no pudieron salvar… el barrio de los nigromantes, al que acudían en tropel continuamente los mayores faquires y prestidigitadores e ilusionistas del país, para buscar fortuna en la capital. Encontraban chozas de lata, malos tratos policíacos y ratas… El padre de Parvati había sido en otro tiempo el mayor nigromante de Oudh; ella había crecido entre ventrílocuos que podían hacer que las piedras contasen chistes y contorsionistas capaces de tragarse sus propias piernas y tragafuegos que echaban llamas por el ojo del culo y payasos trágicos que se podían sacar lágrimas de vidrio del rabillo del ojo; había permanecido plácidamente en medio de muchedumbres boquiabiertas mientras su padre se atravesaba el cuello con pinchos; todo el tiempo había guardado su propio secreto, que era mayor que cualquiera de las pamplinas de ilusionista que la rodeaban; porque a la-bruja-Parvati, nacida sólo siete segundos después de la medianoche el 15 de agosto, se le habían dado los poderes del verdadero adepto, del iluminado, los auténticos dones del conjuro y la hechicería, el arte que no necesitaba artificios.
Así pues, entre los hijos de la medianoche había niños con poderes de transmutación, vuelo, profecía y hechicería… pero dos de nosotros habíamos nacido al dar la medianoche. Saleem y Shiva, Shiva y Saleem, nariz y rodillas y rodillas y nariz… a Shiva, la hora le había dado los dones de la guerra (de Rama, que podía tensar el arco intensable; de Arjuna y Bhima; ¡el antiguo valor de kurus y pandavas reunidos, incontenible, estaba en él!)… y a mí, el mayor talento de todos: la capacidad de ver en los corazones y las mentes de los hombres.

Posiciones encontradas — El Blog de Arena

. Dijo Elena Garro: «El amor no existe. Existe sólo un mundo que trabaja, que va, que viene, que gana dinero, que usa reloj, que cuenta los minutos y los centavos y acaba podrido en un agujero, con un piedra encima que lleva el nombre del desdichado». Pero de inmediato por la ventana entra […]

a través de Posiciones encontradas — El Blog de Arena

Hijos de la media noche de Salman Rushide- fragmento

«Y entonces mi padre cogió un viejo maletín de cuero con la palabra HEIDELBERG pirograbada en su base, porque había decidido que, como ella estaba muy agotada, sería mejor que le hiciera un reconocimiento médico detenido. Mientras abría el maletín, su hija empezó a llorar.
(Y así estamos. Padma: ha llegado el momento.)
Diez minutos más tarde, la larga temporada de silencio acabó para siempre cuando mi abuelo salió rugiendo del cuarto de la enferma. Vociferó llamando a su esposa, a sus hijas, a sus hijos. Tenía buenos pulmones y el ruido llegó hasta Nadir Khan en el sótano. No le debió de ser difícil adivinar a qué se debía el alboroto.
La familia se congregó en el salón en torno a la radiogramola, debajo de las fotografías eternas. Aziz llevó a Mumtaz a la habitación y la dejó en un sofá. Tenía una expresión terrible en el rostro. ¿Podéis imaginaros cómo debían de estar sus narices por dentro? Porque tenía que soltar una bomba: su hija, después de dos años de matrimonio, era todavía virgen.
Habían pasado tres años desde que la Reverenda Madre habló por última vez. -Hija, ¿es cierto eso? -El silencio, que había colgado por los rincones de la casa como una telaraña desgarrada, se disipó por fin; pero Mumtaz se limitó a asentir: sí. Cierto.
Entonces habló. Dijo que amaba a su esposo y que la otra cosa terminaría por llegar. Él era un hombre bueno y, cuando pudieran tener hijos, seguro que podría hacer la cosa. Dijo que un matrimonio no debía depender de la cosa, eso era lo que ella había pensado, y por eso no había querido mencionarlo, y que su padre no hacía bien al decírselo a gritos a todo el mundo, como había hecho. Hubiera dicho más cosas; pero entonces la Reverenda Madre estalló.
Tres años de palabras salieron de ella a borbotones (aunque su cuerpo, dilatado por la exigencia de almacenarlas, no se redujo). Mi abuelo permaneció muy quieto junto a la Telefunken, mientras la tormenta descargaba sobre él. ¿De quién había sido la idea? ¿De quién el estúpido plan disparatado, como se llame, de admitir en la casa a aquel cobarde que no era siquiera un hombre? ¿De qué se quedara aquí, como se llame, libre como un pájaro, con alimento y cobijo durante tres años, qué te importaban los días sin carne, como se llame, qué sabías tú del costo del arroz? ¿Quién era el inútil, como se llame, sí, el inútil de pelo blanco que había permitido aquel matrimonio inicuo? ¿Quién había metido a su hija en la, como se llame, cama de aquel bergante? ¿Quién tenía la cabeza llena de toda clase de puñeteras cosas, incomprensibles y estúpidas, como se llame, quién tenía el cerebro tan reblandecido por estrafalarias ideas extranjeras que era capaz de inducir a su hija a un matrimonio tan antinatural? ¿Quién se había pasado la vida ofendiendo a Dios, como se llame, y sobre qué cabeza caía ahora el castigo? ¿Quién había traído la desgracia sobre la casa…? estuvo metiéndose con mi abuelo durante una hora y diecinueve minutos y, para cuando acabó, las nubes se habían quedado sin agua y la casa estaba llena de charcos. Y, antes de que la Reverenda Madre terminase, su hija menor Emerald hizo algo muy extraño.
Las manos de Emerald se alzaron a ambos lados de su cara, cerradas en puños, pero con los índices extendidos. Los índices penetraron en sus orejas y parecieron levantar a Emerald de su silla, hasta que se puso a correr, con los dedos taponándole los oídos, a correr -¡A TODA MECHA!- sin su dupatta, por las calles, atravesando los charcos de agua, pasando por delante de la parada de rickshaws, de la tienda de pan donde los viejos acababan de salir, cautelosamente, al aire fresco, limpio, de-después-de-la-lluvia, y su velocidad asombró a los golfillos, que estaban a punto de tomar la salida, esperando para comenzar su juego de esquivar los chorros de betel, porque nadie estaba acostumbrado a ver a una señorita, y mucho menos a una de las Teen Batti, corriendo sola y enloquecida por las calles empapadas de lluvia, con los dedos en los oídos y sin dupatta por los hombros. Hoy en día, las ciudades están llenas de señoritas sin dupatta, modernas y a la moda; pero entonces los viejos chasquearon la lengua apesadumbrados, porque una mujer sin dupatta era una mujer sin honor y ¿por qué había decidido Emerald Bibi dejarse el honor en casa? Los viejos estaban desconcertados, pero Emerald lo sabía. Había visto, clara y frescamente en el aire de después de la lluvia, que la fuente de los problemas de su familia era aquel gordito cobarde (sí, Padma) que vivía bajo tierra. Si pudiera deshacerse de él, todo el mundo volvería a ser feliz… Emerald corrió sin detenerse hasta el distrito del Acantonamiento. El Cantt, donde estaba estacionado el ejército; ¡donde estaría el Mayor Zulfikar! Quebrantando su juramento, mi tía llegó a la oficina del Mayor.
Zulfikar es un nombre famoso entre los musulmanes. Era el nombre de la espada de dos puntas que llevaba Alí, el sobrino del profeta Mahoma. Un arma como el mundo no había conocido jamás.
Ah, sí: algo más estaba sucediendo ese día en el mundo. Estaban dejando caer sobre gentes amarillas en el Japón un arma como el mundo no había conocido jamás. Sin embargo, en Agra, Emerald utilizó su propia arma secreta. Era un arma patizamba, pequeña, de cabeza plana; la nariz casi le tropezaba con la barbilla; soñaba con una gran casa moderna y un baño con fontanería empotrada, al lado mismo de la cama.

«El Poder de la Palabra
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El adolescente

Hacía caminatas para deteriorar el aburrimiento.
Caminaba por el impulso de caminar
la mente ida y toreando los carros por instinto.
En su interior construía un circo de tres pistas
y en cada una, transcurría la vivencia de un sueño.
Los actos se ejecutaban al unísono,
con luces intermitentes y un sol artificial.
El sol rojo del semáforo,
o el agudo sonido del claxon lo sacaba del ajetreo imaginativo:
y volvía. como vuelve una burbuja de oxígeno a la superficie.

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El analfabeto político de Bertol Brecht

El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el coste de la vida, el precio de las alubias, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de losremedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales

La luz

La luz del faro aluza al viento

que persigue a la red,

a las sirenas y a las olas.

Tiemblan los peces.

En la memoria de la noche

se oyen pasos de viejos naufragios.

El mar contempla a las almas

que abrazadas al viejo tablón

sucumben al ojo espumoso del remolino.

El astrónomo R. tagore

-¡Oh, si pudiéramos coger la luna, al anochecer, cuando es completamente redonda y se engancha en las ramas del cadabo! -no dije más que eso.
Pero Dadá, mi hermano mayor, se burló de mí:
-No he conocido a nadie tan tonto como tú. La luna está muy lejos, ¿cómo podríamos cogerla?
Yo dije:
-¡El tonto eres tú, Dadá! Cuando, desde la ventana, Mamá mira cómo jugamos en el patio y nos sonríe, ¿te parece que está muy lejos?
Pero Dadá replicó:
-Pobre ignorante, ¿dónde encontraríamos una red bastante grande para coger la luna?
Yo dije:
-Podrías cogerla perfectamente con las manos.
Dadá se echó a reír y me dijo:
-¡Nunca vi un niño tan simple! ¡Si la luna se acercara, ya me dirías tú si es grande o no!
Yo dije:
-Dadá, ¡qué barbaridades te enseñan en la escuela! Cuando Mamá se inclina para besarnos, ¿te parece que su cara es muy grande?
Pero Dadá repite:
-Eres un pobre tonto.

 

RabindranathTagore

 

 

 

http://relatosexpres.blogspot.com/2014/08/el-astronomo-rabindranath-tagore.html

Escritores de la India

Para los lectores de mi generación, India es aquel lugar mítico en el que transcurrían las narraciones de Rudyard Kipling, y para saber cosas de ese enorme subcontinente asiático aquel viejo inglés conservador y tan a menudo reaccionario sigue siendo una de las mejores opciones. Lo es en ‘Kim’ y en ‘El libro de la selva’, y sobre todo en las docenas de historias agrupadas en impagables colecciones de relatos.
Quien viaje a India y quiera aprovechar de verdad su estancia, no debería despreciar a Kipling ni a E. M. Forster (Pasaje a la India), otro británico fascinado por aquel país de países. A día de hoy, por fortuna, el abanico se ha ampliado hasta adquirir dimensiones de fenómeno literario, pues no otra cosa hay que decir de la eclosión de grandísimas novelas escritas, también en inglés por hindúes de nacimiento u origen. La novela angloindia ha conquistado el mundo porque ha producido numerosas obras maestras que han sabido encontrar lectores en todas partes. Combinando lo aprendido con el realismo mágico, y agarrándolo muy fuerte a la tradición británica, el resultado suele estar lleno de frescura y personalidad.
La cumbre de esa novela sigue siendo, pasados los años, una de las primeras obras de Salman Rushdie, Hijos de la medianoche, galardonada con el primer ‘Man Booker Prize’ y luego con el premio especial como ‘Mejor Man Booker Prize del siglo XX’. Es la historia de un chico nacido cuando India cree haber logrado el paraíso con la victoria contra el Imperio, y todo lo que realmente ocurrió tras aquel día de júbilo. Una obra en la que Rushdie, nacido en India pero residente en Inglaterra desde la universidad, reconstruye su país en forma de mosaico abigarrado poblado por mil voces, en una metáfora magnífica de la sociedad tal vez más poliforme que existe sobre la tierra.
Tras Rushdie hay que destacar a Arundhati Roy, una mujer nacida en 1961, que estudió ingeniería y que sólo ha escrito una novela, El dios de las pequeñas cosas, que también obtuvo el ‘Booker’. Sus demás escritos son políticos, de un fuerte compromiso con la lucha, contra la opresión del imperialismo y contra las desigualdades sociales y de castas tan específicas de la India. La novela narra, desde el punto de vista de unos hermanos gemelos nacidos en tiempos actuales, la historia de tres generaciones de una familia del sur de la India, y en ella se mezclan las tensiones políticas, los deseos prohibidos, los conflictos personales…
Una antecesora de Roy es Anita Desai, que abrió el camino de la novela psicológica centrada en el destino de la mujer en un mundo machista, que luego ha continuado otra escritora del sur, a su manera también intimista: Anita Nair, cuya novela El vagón de las mujeres cuenta las historias que diferentes mujeres se narran mutuamente para entretenerse durante un largo viaje de tren en la época en que en los ferrocarriles indios había vagones exclusivos para mujeres. Y son muchas más las buenas novelistas indias, incluso algunas de la diáspora, como Jhumpa Lahiri, segunda generación de emigrantes a Estados Unidos y galardonada con el Pulitzer. Su mundo es el de la permanencia de los vínculos con India, la nostalgia, la llegada de viajeros, novios…
A gran distancia de todos los anteriores se encuentra el camino transitado por Hari Kunzru, un novelista situado en la más rabiante modernidad del siglo XXI. El transformista es un brillante ejercicio de análisis de personalidad en el que un joven indio, repudiado por su familia al averiguar que es en realidad hijo de un británico, se pasa la vida reinventándose, exactamente como la propia India, que de hecho no ha dejado de hacerlo en los últimos cincuenta años de su historia. Igualmente moderno es otro brillante escritor de la generación más joven, cuya obra ha significado, una vez más, un Booker para un autor indio. Me refiero a ‘El tigre blanco’, de Aravind Adiga, que trata de la ruptura entre la India moderna y urbana y la pobre y rural. Una novela divertida e ingeniosa que se lee de una sentada.
https://www.gentleman.elconfidencial.com/personajes/2019-05-19/india-escritores-literatura-rudyard-kipling_1321441/
La literatura india una de las más importantes y antiguas del mundo. Vale la pena señalar que la literatura india está conformada por escritos en varias lenguas como el hindi, el urdu, el sánscrito, el marathi, bengalí, el kannada, el inglés, entre otros. Muchas de las más importantes obras de la India han sido traducidas a diversos idiomas del mundo, y algunas de ellas convertidas en obras de teatro y dramas indios. La historia de la literatura india se remonta a las escrituras en sánscrito y a los vedas.
Hoy conoceremos quienes han sido los más grandes escritores de la India. Empecemos señalando a Rabindranath Tagore, escritor bengalí quien dejó un gran legado de cuentos, novelas y obras de teatro, pero además composiciones musicales. Algunas de las obras más famosas de Tagore son Gitanjali, Gora, Chaturanga, Shesher Kobita, Char Odhay, Noukadubi, Ghare Baire y Kaabooliwala. Vale la pena mencionar que Tagore ganó en el año 1913, el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose así en el primer asiático en recibir el galardón.
Rabindranath-Tagore

https://www.absolutviajes.com/grandes-escritores-de-la-literatura-india/

Rudyard Kipling: La historia de Muhammad Din

¿Quién es el hombre feliz? El que ve en su propia
casa pequeños niños coronados de polvo,
saltando, cayendo y llorando.

Munichandra
      Era una pelota de polo vieja, surcada, astillada y abollada. Estaba sobre la repisa de la chimenea entre los tubos de las pipas que Imam Din, el khitmatgar[sirviente] limpiaba para mí.
—¿Quiere todavía esta pelota el Nacido del Cielo? —preguntó Imam Din con deferencia.
Al Nacido del Cielo le daba igual conservarla o no; ¿pero de qué podía servirle una pelota de polo a un khitmatgar?
—Le ruego a su Merced: tengo un pequeño hijo, ha visto esta pelota y la desea para jugar. No la quiero para mí.
Nadie por un instante hubiera acusado al viejo corpulento Imam Din de querer jugar con pelotas de polo. Así pues, llevó el vejestorio hasta la terraza y ahí se escuchó un huracán de alegres chirridos, un golpeteo de pequeños pies y el tac-tac-tac de la pelota rodando por el piso. Evidentemente el pequeño hijo había estado esperando afuera de la puerta para asegurar su tesoro. Pero ¿cómo se las había ingeniado para ver esa pelota de polo?
Al día siguiente, de regreso de la oficina media hora más temprano que de costumbre, llamó mi atención una pequeña figura en el comedor, una menuda y rolliza figura en una ridícula e inadecuada camisa que cubría hasta más o menos la mitad del vientre ligeramente abultado. Vagaba por la habitación con el pulgar en la boca, canturreando para sí mientras miraba las fotografías. Sin duda era el “pequeño hijo”.
Desde luego no tenía nada que hacer en mi cuarto, pero estaba tan absorto en sus descubrimientos que nunca notó mi presencia en la puerta. Entré a la habitación y se sobresaltó tanto que casi le da un ataque. Se sentó en el piso con la respiración entrecortada, sus ojos se abrieron y su boca también. Yo sabía lo que vendría así que huí, seguido por un aullido largo y seco que llegó a los cuartos de los sirvientes mucho más rápido que una orden mía lo hubiera hecho. En diez segundos Imam Din estaba en el comedor. Luego se oyeron desesperados sollozos y al regresar encontré a Imam Din amonestando al pequeño diablillo que usaba la mayor parte de su camisa como pañuelo.
—Este niño —dijo Imam Din juiciosamente— es un budmash [malvado], un gran budmash. Sin ninguna duda irá al jailkhana [prisión] por su comportamiento.
Renovados gritos se escucharon del penitente y una elaborada disculpa de Imam Din hacia mí.
—Dile al niño que el Sahib [señor]no está enojado y llévatelo —le dije.
Imam Din comunicó mi perdón al ofensor, que ahora se había recogido la camisa alrededor del cuello, como una cuerda, y su grito disminuyó a sollozo. Los dos se dirigieron a la puerta.
—Su nombre —dijo Imam Din, como si el nombre fuera parte del crimen— es Muhammad Din y es un budmash.
Libre del presente peligro, Muhammad Din se volvió en los brazos de su padre y dijo gravemente:
—Es cierto que mi nombre es Muhammad Din, Tahib, pero no soy un budmash, ¡soy un hombre!
De ese día data mi conocimiento de Muhammad Din. Nunca más entró a mi comedor, pero en la zona neutral que era el jardín, nos saludábamos con mucha ceremonia, aunque nuestra conversación se limitaba a “Talaam, Tahib”de su parte y “Salaam, Muhammad Din” de la mía. Diario a mi regreso de la oficina, la pequeña camisa blanca y el cuerpecito regordete solían salir de la sombra que producía la reja cubierta de enredadera donde se habían escondido y diario detenía mi caballo para que mi saludo sonara bien claro.
Muhammad Din nunca tuvo compañeros. Solía trotar por todas partes del jardín, dentro y fuera de los arbustos de ricino, en misteriosas misiones personales. Un día tropecé con una de sus artesanías al fondo del jardín. Había enterrado a medias la pelota de polo en el polvo y había dispuesto seis caléndulas marchitas en un círculo a su alrededor. Afuera del círculo había un cuadrado disparejo, trazado con pedacitos de ladrillo rojo alternados con fragmentos de porcelana y todo rodeado por un pequeño borde de polvo. El encargado del pozo de agua disculpó al pequeño arquitecto diciendo que sólo era el juego de un bebé y no desfiguraba mi jardín.
Dios sabe que no era mi intención tocar el trabajo del niño entonces ni después; pero esa tarde, un paseo por el jardín me llevó sin darme cuenta hacia el pequeño monumento; de manera que pisoteé, antes de saberlo, las cabezas de las caléndulas, el borde de tierra y los fragmentos de plato en una confusión tal que no había esperanza de remediarlo. A la mañana siguiente me encontré a Muhammad Din llorando quedo sobre la ruina que yo había dejado. Alguien, cruelmente, le había dicho que el Sahib estaba muy enojado con él por estropear el jardín y que, maldiciendo, había regado esa basura. Muhammad Din trabajó una hora para borrar todo rastro del borde de tierra y de los fragmentos de loza y con un rostro lloroso y lleno de excusas me dijo “Talaam, Tahib” cuando regresé de la oficina. Tras una rápida averiguación de mi parte, Imam Din informó a Muhammad Din que por un especial favor mío le estaba permitido jugar a su gusto, lo que el niño tomó en serio, y trazó el plan para un edificio que habría de eclipsar la creación de la pelota de polo y las caléndulas.
Por algunos meses la rechoncha pequeña excentricidad se revolvió en su humilde órbita entre los arbustos y el polvo; siempre formando magníficos palacios de flores viejas tiradas por el jardinero, guijarros lisos de riachuelo, pedacitos de vidrio roto y plumas arrancadas, imagino, a mis aves; siempre solo y siempre canturreando para sí.
Un día alguien tiró una vistosa concha moteada cerca de la última de sus pequeñas edificaciones; y me pareció que Muhammad Din, inspirado en ella, construiría algo más espléndido de lo ordinario. No fui decepcionado. Meditó por casi una hora y sus canturreos se convirtieron en una alegre canción. Después comenzó a trazar en el polvo; sin duda sería un maravilloso palacio, ya que era de dos pasos de largo y uno de ancho en el plano de la planta baja. Pero el palacio nunca fue terminado.
Al día siguiente no había ningún Muhammad Din al final de la entrada de coches, ni ningún “Talaam, Tahib” para recibirme. Estaba ya acostumbrado al saludo y su omisión me perturbó. Imam Din me dijo que el niño sufría ligeramente de fiebre y necesitaba quinina. Consiguió el medicamento y un doctor inglés.
—No tienen resistencia estos mocosos —dijo el doctor al salir de los cuartos de Imam Din.
Una semana más tarde, aunque me hubiera gustado mucho evitarlo, me topé en el camino al cementerio musulmán con Imam Din, acompañado por un amigo, cargando en sus brazos, envuelto en una tela blanca, lo que quedaba del pequeño Muhammad Din.

 

Niño de richard kipling

https://www.literatura.us/idiomas/rk_din.html

(Bombay, 1865 – Londres, 1936) Narrador y poeta inglés, controvertido por sus ideas imperialistas y considerado uno de los más grandes cuentistas de la lengua inglesa. Pertenecía a una familia de origen inglés (su padre, John Lockwood Kipling, era pintor y superintendente del Museo de Lahore), y pasó en la India los primeros tiempos de su infancia. A los seis años fue enviado a Inglaterra, donde estudió en el United Services College de Westward Ho, en Devonshire, ambiente que luego describió en la novela Stalky C.


Rudyard Kipling

Vuelto en 1882 a la India, se dedicó al periodismo en calidad de subdirector de The Lahore Civil and Military Gazette y después, entre 1887 y 1889, de The Pioneer. A los veintiún años publicó su primer libro, Departmental Ditties (1866), colección de versos de circunstancias, y a los veintidós el primer volumen de narraciones, Cuentos simples de las colinas (1887), al que siguieron, en 1888-89, otros seis: Tres soldadosBajo los cedros deodarasEl rickshaw fantasmaLa historia de los GadsbyEn blanco y negro y El pequeño Guillermo Winkie.