El mito del cerebro izquierdo y el cerebro derecho

Avatar de José R. AlonsoJosé R. Alonso

1fd60999-9766-4074-redTodos sabemos que tenemos dos hemisferios cerebrales, dos grandes masas encefálicas densamente plegadas en su superficie —la corteza cerebral— que es donde están situadas las funciones intelectuales. En la década de 1960, el tratamiento de personas con epilepsia refractaria a los medicamentos, usó una nueva estrategia: la callosotomía, cortar el cuerpo calloso, la cinta de sustancia blanca formada por entre 200 y 250 millones de axones y que conecta ambos hemisferios. La idea era

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Caza mayor de I. Asimov

-He leído en los periódicos -dije apurando mi cerveza- que la nueva máquina del tiempo de Stanford ha sido adelantada dos días en el tiempo, llevando en su interior un ratón blanco que no padeció efectos nocivos.
Jack Trent asintió y dijo, muy serio:
-Lo que deberían hacer con ese invento es retroceder algunos millones de años y averiguar que ocurrió con los dinosaurios.
Durante los últimos minutos yo había estado observando casualmente a Hornby, que ocupaba la mesa vecina. El individuo alzó los ojos y se encontró con mi mirada. Estaba solo y a su lado tenía una botella de la que había bebido la cuarta parte. Tal vez por eso no habló en ese momento.
Sonrió y se dirigió a Jack:
-Demasiado tarde, viejo. Hice eso hace diez años y lo averigüé. Los sabihondos dicen que fue debido a los cambios climáticos. No es verdad. -Levantó el vaso en silencioso brindis y lo apuró de un trago.
Jack y yo nos miramos. Sólo conocíamos a Hornby de vista, pero Jack me guiñó el ojo derecho y meneó ligeramente la cabeza. Sonreí, nos trasladamos a la mesa vecina y pedimos otras dos cervezas.
Jack miró a Hornby con solemnidad.
-¿Realmente inventó una máquina del tiempo?
-Fue hace mucho -Hornby sonrió amigablemente y volvió a llenar su vaso-. Mejor que la chapuza de esos aficionados de Stanford. La destruí. Dejó de interesarme.
-Hablemos de eso. ¿Dice que no fue el clima lo que acabó con los grandes saurios?
-¿Por qué habría de serlo? -Nos lanzó una rápida mirada de soslayo-. El clima no los afectó durante millones de años. ¿Por qué habría de borrarlos tan completamente una súbita temporada seca, mientras otras especies seguían viviendo con toda comodidad? -Intentó chasquear los dedos a modo de burla, pero le salió mal y terminó murmurando-: ¡No es lógico!
-Y entonces, ¿qué pasó? -inquirí.
Hornby vaciló, mientras jugueteaba con la botella. Luego respondió.
-Lo mismo que acabó con los bisontes: ¡seres inteligentes!
-¿Los hombres de Marte? -sugerí-. Era demasiado temprano para los habitantes de la Atlántida.
De pronto, Hornby se volvió truculento. Supongo que estaba medio tocado.
-Les digo que los vi -afirmó con violencia-. Eran reptiles, no muy grandes. Bípedos de un metro veinte de altura. ¿Por qué no? Aquellos dinosaurios tuvieron millones de años para evolucionar. Reptaban, trepaban, volaban y nadaban. Eran de todas las formas, tamaños y variedades. ¿Acaso uno de ellos no pudo desarrollar un cerebro…, y acabar con los demás?
Intervine:
-No hay inconveniente, salvo que jamás se ha descubierto el fósil de un saurio cuya caja craneana pudiera cobijar más materia gris que la de un pequeño gato.
Jack me dio un codazo, pues quería que Hornby siguiera desbarrando, pero a mí no me gustan los despropósitos.
Hornby se limitó a dirigirme una ojeada desdeñosa.
-Tampoco se encuentran muchos fósiles de animales inteligentes. Ya sabe que por lo general no suelen caerse en los pantanos. Además, ocurre que eran de cerebro pequeño. ¿Qué me dice a eso? ¿Qué tanto por ciento de su cerebro utiliza usted? Como mucho, menos de un quinto y el resto no sirve, o Dios sabrá qué ocurre. Esos reptiles tenían el cerebro de un pequeño gato, pero lo usaban todo.
Luego insistió:
-Y no me pregunten por qué no encontramos restos de sus ciudades o máquinas. Creo que no construyeron nada. Su inteligencia era de un tipo por completo diferente de la nuestra. Intentaron contarme su vida, pero no logré entender nada…, salvo que su gran diversión era la caza mayor.
-¿Cómo pudieron entenderse? -preguntó Jack-. ¿Por telepatía?
-Creo que sí. Le digo que tenían cerebro. Los miré y ellos me miraron, y entonces supe. Supe muchas cosas. No oí ni sentí nada; sencillamente supe. En realidad, no puedo explicarlo. Algún día lo intentaré – sus ojos, fijos en el vaso, tenían una expresión melancólica-. Me habría gustado quedarme más tiempo.
Pude aprender muchas cosas -se encogió de hombros.
-¿Por qué no lo hizo? -pregunté.
-Era arriesgado -respondió-. Me di cuenta. Para ellos, yo era un monstruo, y les inspiraba curiosidad. No por mi cuerpo, naturalmente, que no les molestaba. Se trataba de mi cerebro -sonrió torcidamente-. Ya saben, era muy grande. Se preguntaban para qué podría servirme tanto cerebro.
Querían hacer mi disección para averiguarlo, conque me largué de allí.
-¿Cómo pudo irse?
-No lo habría logrado, si en aquel momento ellos no hubieran visto un triceratops. Lo dejaron todo y salieron corriendo con sus varitas de metal en las manos. Ya me entienden: eran sus armas. Ahí tiene la respuesta. Esos pequeños y sesudos reptiles mataban saurios con el entusiasmo de un cazador de leones.
Preferían matar un «tyrannosaurus» antes que comer. ¿Por qué no? Aquellas enormes fieras debieron constituir magníficas presas. Ninguno de los demás, desde el pterodáctilo hasta el ictiosaurio -no logró pronunciarlos muy bien, pero comprendimos lo que quería decir-, podía ser un trofeo tan digno de aquellas bestias enanas que los mataban por diversión o por gloria. Y fueron rápidos. Nosotros matamos cientos de millones en treinta años, ¿recuerdan?
Otra vez intentó chasquear los dedos. Luego agregó con sarcasmo:
-¡Cambios climáticos! ¡Un cuerno! Pero, ¿quién creería la verdad?
Guardó silencio y Jack le dio un codazo:
-Dígame, viejo, ¿quién acabó con esos pequeños saurios? ¿Por qué no están aquí, vivos y coleando?
Hornby levantó la mirada y observó fijamente a Jack.
-Jamás regresé para averiguarlo, pero de todos modos sé lo que ocurrió. La única diversión que había en sus vidas era la caza mayor. Le dije que lo supe cuando los miré a los ojos. Por eso, cuando se quedaron sin brontosaurios y sin diplodocos, se dedicaron a la caza más peligrosa: ¡ellos mismos! E hicieron buena faena.
Hizo una pausa y agregó, truculento:
-¿Por qué no? ¿Acaso los hombres no estamos haciendo lo mismo?

Asimov.

http://www.letrasperdidas.galeon.com/consagrados/c_asimov01.htm

PARADIGMAS — UNA LUZ MÁS

Para entender o impugnar la disyuntiva de quien dice: “Escribir con el Corazón o no escribir” habrá que indagar primero si es posible escribir solamente con el corazón, sin un proceso paralelo de razonamiento, que respalde la estructura del lenguaje utilizado al expresar los sentimientos. Se asume que hablar con el corazón es hablar con […]

a través de PARADIGMAS — UNA LUZ MÁS

Cónocete: anónimo hindú

Un niño de la India fue enviado a estudiar a un colegio de otro país.
Pasaron algunas semanas, y un día el jovencito se enteró de que en el colegio había otro niño indio y se sintió feliz. Indagó sobre ese niño y supo que el niño era del mismo pueblo que él y experimentó un gran contento.
Más adelante le llegaron noticias de que el niño tenía su misma edad y tuvo una enorme satisfacción. Pasaron unas semanas más y comprobó finalmente que el niño era como él y tenía su mismo nombre. Entonces, a decir verdad, su felicidad fue inconmensurable.

niño hindú

Tomado de Ciudad Seva

Anita Nair periodista y escritora

Escritora india nacida en Shoranur en 1966. Estudió Filología inglesa y Literatura en el NSS College, Ottapalam en Kerala. Más tarde asistió a clases en Estados Unidos, en Virginia Center for Creative Arts, gracias a una beca a la que tuvo acceso por su primer libro de relatos breves, Satyr of the Subway & Eleven Other Stories (1997).
En sus relatos cortos y novelas, abundan las protagonistas femeninas en historias emotivas que mezclan tradición y modernidad con un lenguaje sencillo. Sus obras se han traducido con éxito a varios idiomas
Por sus novelas, Nair ha sido nominada y ha recogido varios premios literarios. Finalista en prestigiosos certámenes como Orange Prize for Fiction, LiBeraturpreis o PEN/Beyond Margins y ganadora del Kerala Sahitya Akademi Award o el FLO FICCI Women Achievers.

EL LIBRO

Akhila, si tengo una virtud, es la inmunidad a lo que la gente piense de mí. Naturalmente, esto hace que les guste aún menos. A la gente no le gusta pensar que su opinión sobre alguien no significa nada para esa persona. Y cuando es una mujer…, la sola idea es intolerable. Pero, como he dicho, no me preocupa. No estoy diciendo que debieras pensar como yo. Aunque descubrirás que, una vez que dejas de preocuparte por lo que el mundo pensará de ti, tu vida se hace mucho más fácil de vivir.

el vagón de las mujeres de la autora Anita Nair.

En el caso del presente volumen encontramos un retrato de la sociedad india desde el punto de seis mujeres diferentes que coinciden en un viaje en tren, durante el cual estas mujeres irán hablando de sus situaciones vitales y de las relaciones con sus maridos y familiares, y cómo todo esto las ha ido afectando, a ellas y a su visión de la vida a lo largo de los años.

En este aspecto del retrato social, encontramos una radiografía de la vida de las mujeres en el país, cómo es su juventud y su vida adulta, lo que se espera de ellas en cada momento de sus vidas y sobre todo como esta vida cambia cuando se quedan viudas o solteras, esto se puede ver tanto en la historia de la propia protagonista y las anécdotas que va contando sobre ella y su familia, como sobre mujeres de su propio vecindario así como de las historias de las mujeres que acompañan a Akhila en el vagón a lo largo del viaje en tren, lo que sirve de excusa para denunciar una serie de injusticias respecto de la mujer.

Creo que lo bueno que tiene este libro es que presenta todas estas situaciones, en algunos casos muy desagradables, de una forma muy delicada y que, dentro de lo extremadamente desagradables que resulta, no llegan al punto de provocar desagrado al leerlos, a la vez que utiliza todas estas historias protagonizadas por mujeres para poner el valor del esfuerzo de estas mujeres para sacar adelante a sus familias aun a costa de dejar de lado todo aquello que ellas quieren o necesitan en sus respectivas vidas.

El libro se encuentra en Pdf y pueden bajarlo gratuitamente.

El río y la moto

La carretera se pierde en la lejanía, Detrás, escucho el motor, que en instantes se hace ruidoso y pasa a mi lado. Es una motocicleta que en segundos se vuelve diminuta. Cuando corro, el sol cae sobre la espalda y mi sombra se inclina sobre la lengua gris del asfalto. Estoy en el pico del cerro, con un charco de sudor en la cabeza. Desde aquí, puedo tomar las nubes con la mirada, los árboles parecen arbustos. Casi podría lavarme la cara con el agua del rio. El río que corre abajo y parte los cerros. Hay un cielo con un azul transparente, sin nubes. Tengo mi garganta seca y la lengua pastosa y el sudor hace regatos por las mejillas. Mi sudor es lluvia y fluye. La moto viene de regreso y el rio se dobla y estira como una sierpe manchada de espejos.

rio amazonas

MADRE TIERRA — POESÍA JAPONESA DE ELFICAROSA.

Pertenezco a la tierra, a los susurros de los ríos, pertenezco a las aves, a la sonrisa de un niño. Soy mar y espuma, soy arena y palmera, soy aquellos ojos marrones, como la miel de tus labios. Soy volcán que arde, tierra seca, tierra en el que el verde lleva aromas de vida. Soy […]

a través de MADRE TIERRA — POESÍA JAPONESA DE ELFICAROSA.

El héroe Tagore

Madre, figúrate que vamos de viaje, que atravesamos un país extraño y peligroso.
Yo monto un caballo rubio al lado de tu palanquín.
El sol se pone; anochece. El desierto de Joradoghi, gris y desolado, se extiende ante nosotros.
El miedo se apodera de ti y piensas: ‘¿Dónde estamos?’
Pero yo te digo: ‘No temas, madre’.
La tierra está erizada de cardos y la cruza un estrecho sendero.
Todos los rebaños han vuelto ya a los establos de los pueblos y en la vasta extensión no se ve ningún ser viviente.
La oscuridad crece, el campo y el cielo se borran y ya no podemos distinguir nuestro camino.
De pronto, me llamas y me dices al oído: ‘¿Qué es aquella luz, allí, junto a la orilla?’ Se oye entonces un terrible alarido y las sombras se acercan corriendo hacia nosotros.
Tú te acurrucas en tu palanquín e invocas a los dioses.
Los portadores, temblando de espanto, se esconden en las zarzas.
Pero yo te grito: ‘¡No tengas miedo, madre, que yo estoy aquí!’ Armados con largos bastones, los cabellos al viento, los bandidos se acercan.
Yo les advierto: ‘¡Deténganse, malvados! ¡Un paso más y son muertos!’
Sus alaridos arrecian y se lanzan sobre nosotros.
Tú coges mis manos y me dices: ‘¡Hijo mío, te lo suplico, escapa de ellos!’
Y yo contesto: ‘Madre, vas a ver lo que hago’.
Entonces espoleo a mi caballo y lo lanzo al galope. Mi espada y mi escudo entrechocan ruidosamente.
La lucha es tan terrible, madre, que morirías de terror si pudieras verla desde tu palanquín.
Muchos huyen, muchos más son despedazados.
Tú, inmóvil y sola, piensas sin duda: ‘Mi hijo habrá muerto ya’.
Pero yo llego, bañado en sangre, y te digo: ‘Madre, la lucha ha terminado’.
Tú desciendes del palanquín, me besas, y estrechándome contra tu corazón me dices: ‘¿Qué habría sido de mí si mi hijo no me hubiera escoltado?’
Cada día suceden mil cosas inútiles. ¿Por qué no ha de ser posible que ocurra una aventura semejante? Sería como un cuento de los libros.
Mi hermano diría: ‘¿Es posible? ¡Siempre lo tuve por tan poca cosa!’
Y la gente del pueblo proclamaría: ‘¡Qué suerte la de la madre al tener a su hijo a su lado!’

caballero inf

choka al otoño

Cada año vengo
a la vieja alameda.
En los veranos
me refresca su sombra,
y en el otoño,
al caerse las hojas…
fluye el recuerdo:
tu perfume con hierbas;
y de tus besos de ave.

Leonid-afremov-the-way-of-the-fog