La flor de Luis Torregrosa

Habían pasado solo dos días desde que la yema del índice de su mano derecha sangró por culpa de una espina del rosal, cuando de la herida comenzó a brotar un hombre nuevo. Primero los cambios se extendieron por los brazos hasta llegar a los hombros y luego se apoderaron de su cabeza, dejándose caer más tarde por el resto de su cuerpo. Todo en él se convirtió en suave terciopelo, fragancia de aromas sutiles y tonos vivos, chillones como el sol luminoso del verano. Al explotar la floración creyó reventar en un oleaje de dichas. Pero sólo fue un suspiro pues pronto llegó el jardinero y lo decapitó.
Tomado de ficticia.com
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Se oye silbar el barco de Rubén garcía García

Miro la montaña, el viento que mueve la arboleda y el sol agónico que revienta en colores.  Volteo la mirada y me veo jugando con la pandilla. Recorro a pie las grandes avenidas y percibo el frío que adormece. Mis hijos son hombres. Nadie me acompaña y el golpe de mis tacones solo suena para mí. Llegan ráfagas con olor de jazmín y suspiro. Alegre vainilla que golpeas, intenso café que me hace latir. Caricias olvidadas, mujeres que sombrean la pared y sigo en el camino apretando contra mi pecho la vida. Llueve y se oye silbar el barco. Caminar sobre el mar, cerca del sol será inefable.

 

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El hallazgo de Rubén García García

El político la encontró después de cuarenta años de campaña entre los pueblos áridos y agrestes de la sierra. No hizo falta la palabra. El suspiro que abrió de par en par los pulmones y una erección violenta que no recordaba desde la adolescencia, fueron los signos. Eres la mujer que siempre han buscado mis ansias, y la acarició con la emoción contenida. Imaginando que el peso de su deseo pudiese astillarla. Su beso navegó por los ríos y afluentes del delicado cuerpo, deseando prolongar el tiempo. Dentro, la barca del infarto había desatado los nudos.
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Los pichojos o gasparitos

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Es un árbol que da las flores que se muestran. En mi región ( Poza Rica Ver. Mex) es una delicia gastronómica, pero en algunos lugares como la ciudad de México, no los consumen, sólo los miran o algunos los admiran. ¿En sus lugares los hay?

El Tedio

Dormía. Cuando fue clonado diez veces por la muerte; —la flaca huesuda se apestaba de aburrimiento— los acomodo en una línea de cuatro, cuatro, dos.  Calentó su brazo, tomó impulso y su bola negra corrió una, dos y muchas veces, hasta que exclamó ¡hurra! “chuza, Chuza».
Tuvo Alferecía, dijo el brujo del pueblo.

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La zafra

Avatar de Marti LelisCEREMONIA DE PALABRAS

El cañero, a golpe de machete, le ha tumbado la casa. Se la ve librar los haces de caña, sube, baja; ora se detiene ora marcha. Allá va, con frenesí, desgreñada, toda pelos y octetos de ojos y patas, rodillas rojas y panza abotagada.

Ya está casi a salvo, se ha detenido, observa por última vez el paisaje arrasado. Levanta dos patas, mueve los colmillos como si trajera la boca llena de briznas y tierra azucarada. Vuelve a caminar, esta vez sin prisa. En el borde del cañaveral se puede ver una larga línea zigzagueante, creciente oscura que morosamente va rompiendo en oleadas invasoras  sobre el terreno colindante. Hordas calladas, miríadas de pelos y octetos de ojos y patas; despeinadas, se van perdiendo como peluquines rebeldes que el viento arrebatara.

Allá van. Terminó la zafra. Levantan dos patas: ¡Adiós, tarántulas! ¡Adiós!

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Marti Lelis / Texto incluido en A propósito de…

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